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VIAJE A CARILÓ - PARTE V - FINAL

by Pat (no login)

 
Lola se hizo cargo de la situación de inmediato.
- Yo puedo ayudar. Soy partera.
La camarera la llevó hasta la mesa. La mujer, de unos 30 años, estaba sentada, con la cara enrojecida, una mano sobre su abdomen, sacudiéndose por las contracciones. A sus pies había un gran charco, lo que indicaba que había roto la bolsa. Al lado, su amiga, que parecía sumamente preocupada por la situación, le sostenía una de las manos y le decía que se tranquilizara.
Lola se presentó, le hizo varias preguntas básicas a la parturienta, la revisó rápidamente y preguntó si había algún otro sitio adonde poder trasladarla. El dueño del restaurante, Oscar, hizo su aparición para decir que estaba tratando de conseguir una ambulancia pero que la línea telefónica estaba ocupada. Ofreció su auto para llevarla al hospital de la ciudad.
- Es que no queda tiempo. El bebé va a nacer en cualquier momento. Yo me refería a si hay algún cuarto, un lugar más privado –dijo Lola.
- Sí, el vestuario donde se cambian los empleados.
- ¿Hay una mesa, como para acostarla encima?.
- Sí, tengo una que puede servir.
- Póngale manteles, muchos, todos los que pueda –dijo, y Oscar salió rápidamente a cumplir el encargo.
- ¿Y yo qué puedo hacer? –preguntó Roberto.
- Tómele el tiempo a las contracciones y dígame cada cuántos minutos tiene una. Mientras esperamos a que esté lista la habitación y después me ayuda a llevarla adentro.
Lola mandó a la camarera a que pusiera a hervir agua y consiguiera más manteles y toallas. Después se sentó al lado de la mujer, que se encontraba muy nerviosa y le acarició la cabeza y el pelo para tranquilizarla. Le mostró la manera en que podía respirar para facilitar el trabajo de parto, relajarse y disminuir los dolores. Del otro lado, Roberto cronometraba el tiempo entre contracciones. Como pudo, en las pequeñas pausas que se producían, la amiga explicó que el parto se estaba adelantando casi tres semanas a la fecha pronosticada pero que por lo que sabía, todo el embarazo se había desarrollado normalmente. El futuro padre estaba de viaje por asuntos de trabajo hasta la semana próxima en la creencia de que no pasaría nada hasta su regreso.
- Bueno, a la vuelta se va a encontrar con que se perdió toda esta aventura. ¿Es el primer hijo?.
- Sí, el primero.
- ¿Cómo se llama su amiga?.
- Silvia y yo soy Marta. Gracias a Dios que Ud. está acá, sino no sé qué hubiéramos hecho.
- Lola –interrumpió Roberto-, las contracciones son cada 5 minutos.
- Está batiendo un record para ser primeriza, va muy rápido. Falta poco.
- El vestuario ya está preparado –dijo Oscar, que volvía en ese momento.
- Vamos a llevarla.
Les indicó a los hombres que la levantaran cuidadosamente y la transportaran a la habitación, donde estaba la mesa ya dispuesta a modo de camilla.
- No sé si es conveniente que se queden las dos a solas o ... –empezó a decir Roberto, una vez que Silvia estuvo acomodada.
- Yo no puedo ver una gota de sangre –declaró Oscar-. Perdonen, pero prefiero estar afuera y ocuparme de todo lo que necesiten. Además voy a cerrar, no sea cosa de que empiece a llegar gente justo ahora. Y seguiré insistiendo con la ambulancia –dijo, y salió.
- Marta, dígale a la camarera que traiga el agua y las toallas. Y consiga una tijera o un cuchillo bien afilado –pidió Lola-. Roberto, Ud. se va a quedar conmigo.
- Pero, ¿le parece, Lola?. ¿De qué le sirvo acá?.
- Me sirve y mucho. Quédese.
Por toda respuesta, él se quitó el saco y se subió por encima de los codos las mangas de la camisa.

**********

Pasó un largo, largo rato.
Desde afuera, sólo se oía el jadeo de Silvia y la suave voz de Lola que le hablaba continuamente, casi en un murmullo.
De pronto, un grito, fuerte, profundo.
Luego, el llanto de un bebé.
Oscar y su camarera se miraron emocionados. No se atrevían a asomarse al interior del vestuario.
Al instante apareció Marta, con la cara empapada en lágrimas.
- Es una nena –anunció.
El ulular de la sirena de una ambulancia llegó hasta ellos.
A los pocos minutos, frenó frente al restaurante. Un paramédico se bajó y entró rápidamente. Detrás de él, dos enfermeros, llevando una camilla. Oscar les señaló hacia adentro.
En el interior, Lola los recibió y los puso al tanto de las alternativas ocurridas. Prontamente dispusieron que Silvia debía ser trasladada al centro médico.
La flamante mamá abrazaba a su beba y lloraba de alegría y de emoción.
- ¿Vio que las cosas resultaron bien?. La van a llevar al hospital para controlar que esté todo en orden, pero me animo a anticiparle que así va a ser –dijo Lola, mientras los enfermeros trajinaban alrededor en preparación de la partida.
- Estoy tan feliz que no sé cómo agradecerle. A los dos, en realidad –declaró Silvia, incluyéndolo a Roberto-. Me trataron tan bien, me dieron tanta confianza ...
- Ahora tiene que pensar solamente en Ud. y en la beba. ¿Cómo la va a llamar?. Seguramente algo tenía pensado... –comentó Lola.
- No, no sabía el sexo del bebé. Quería que fuera una sorpresa. Y la verdad que lo fue ... Nunca pensé que pasaría esto. Cuando mi marido se entere ... No sabe lo que se perdió.
- Un milagro –terció Roberto, todavía luchando por contener la emoción que sentía por todo lo que había vivido en esas horas-. Esto fue un verdadero milagro.
- ¡Ahí está! –exclamó Silvia con una sonrisa-. A mi hija le voy a poner Milagros.

**********

- Y pensar que yo me iba a tomar un helado –dijo Lola cuando volvían caminando hacia la casa.
Ya estaban cerca. No hacía frío y habían permanecido un buen rato en la playa, contemplando las estrellas brillantes sobre el cielo oscuro y sereno, y el mar, que parecía renegrido en vez de azul.
Roberto se mostraba extremadamente silencioso. Casi no había hablado desde que dejaran el restaurante, después de que Silvia, la beba y Marta se fueron en la ambulancia y ellos se quedaron un rato más con Oscar, tomando una copa para festejar el nacimiento.
Lola intuía que la experiencia de asistir al parto lo había conmovido profundamente y conociéndolo, sabía que le costaba expresar esos sentimientos, así que prefirió dejarlo en paz y no insistir en entablar conversación.
Lo miró, tratando de descubrir qué se escondía detrás de la aparente inexpresividad de su rostro. Estaba de pie, las manos en los bolsillos de los pantalones, concentrado en la observación de las olas que llegaban suavemente a la orilla de la playa. Se detuvo a su lado, sin tocarlo, y miró hacia donde él miraba.
Permanecieron así durante algunos minutos hasta que Roberto se acercó, la tomó de la mano y reemprendieron la caminata.
- Me hizo vivir la experiencia más emocionante de mi vida –dijo él repentinamente.
Ella se estrechó contra su brazo y le apretó más la mano.
- Fue increíble -continuó.
- Ud. es increíble. No se impresionó, me ayudó muchísimo. No es para nada de esos hombres que se ponen a temblar nada más que de oír la palabra “parto”.
- En realidad, sí. Me quedé porque Ud. me lo pidió, pero al principio tenía ganas de irme, me daba mucho miedo.
- Lo disimuló muy bien.
- Qué hermosa profesión la suya, Lola. Hacer esto todos los días debe ser algo maravilloso. Es casi como vivir un milagro a cada rato...
- Es cierto. Y cada nacimiento es especial, único y diferente, nunca uno es igual a otro. Y aunque a veces no todo es tan sencillo como en este caso y hay complicaciones serias que resolver, ese desafío lo hace todavía más apasionante.
- Y siendo como es y viviendo estas cosas a diario, ¿no le dieron ganas de tener un bebé?.
- Claro que sí. Pero nunca estuve en las condiciones apropiadas. Y lo digo así para no entrar en detalles del pasado ... Ud. ya sabe.
- Sí, ya sé.
En ese instante llegaron a la casa.
- ¿Y Ud.?. ¿Soñó alguna vez con ser padre?.
Roberto abrió la puerta y entraron.
- Sí, lo soñé, pero pasaron los años y ese sueño se fue desdibujando, perdiendo en el tiempo ...
- ¿No tenemos una botellita de champagne? –interrumpió Lola.
El se quedó momentáneamente desorientado por el cambio de tema, pero respondió que creía que sí.
- ¿Por qué no la abre, mientras voy un minuto adentro, y nos tomamos una copita antes de acostarnos?.
- Bueno, ¿por qué no?.
Roberto buscó las copas y sacó el champagne de la heladera. Llevó todo a la sala, lo acomodó sobre la mesa ratona, junto al sofá, y empezó a maniobrar para destapar la botella. Como si estuviera ensayado, en el mismo momento en que se produjo la típica explosión y el corcho salió volando por el aire, Lola volvió del dormitorio, vistiendo el camisón blanco tan sexy que esa misma mañana le había regalado Carmen.
El, con la botella todavia en la mano, se la quedó mirando, impresionado. Si bien sabía perfectamente que Lola era una hermosa mujer, ella siempre se las ingeniaba para sorprenderlo todavía más, para volverlo a conquistar a cada minuto. Como ahora, con esa prenda de lencería que parecía diseñada para hacer que la temperatura de un hombre se elevara hasta las nubes. Cayó en cuenta de que debería parecer un idiota y se apresuró a apartar la vista y servir la bebida.
- Roberto –murmuró Lola con su tono de voz más dulce.
- Mmm, ¿sí? –dijo él a duras penas, después de carraspear para tratar de aclararse la garganta. Le puso una copa en la mano, tomó la otra, hizo entrechocar precipitadamente ambas en una especie de brindis y apuró en dos tragos el contenido, a ver si lograba enfriar -al menos- su garganta.
- Cuando llegábamos a la casa me estaba hablando de un sueño ...
- Sí, es cierto.
- Me contaba que se había desdibujado en el tiempo ..., creo que esas fueron las palabras exactas.
- Tal cual, eso dije.
- Bueno, yo creo que no es tarde para que ese sueño se vuelva a dibujar en su vida –dijo Lola. Dejó la copa a un lado, se acercó y enroscó los brazos alrededor del cuello de él-. Me encantaría ayudarlo a que se hiciera realidad ..., si es que me acepta como candidata para ser la mamá de un hijo suyo.
Roberto se quedó sin habla.
- Mi amor -dijo con ternura cuando volvió a recuperar su voz- ... Está aceptada desde hace mucho tiempo. Ud. lo sabe.
- Entonces, ¿por qué no ponemos manos a la obra?. Hacer un bebé requiere de ciertos trámites pero me parece que podemos empezar ya mismo, ¿no?.
Como única respuesta, la besó vorazmente, despertando inmediatamente el deseo en ambos. La pasión interior creció en segundos a punto tal que fue imposible contenerse. Ella estaba perdida en sensaciones. Temblaba. El también. La alzó y la llevó al dormitorio.

**********

Cuando Lola abrió los ojos, Roberto seguía durmiendo, a su lado, medio abrazado a ella. Le pasó la mano por el pelo y le hizo una tierna caricia en la mejilla, jugando con la idea de despertarlo, pero decidió dejarlo dormir un poco más. Después de las emociones del día anterior y de la noche sensual y por demás activa que habían tenido, era mejor que descansara un poco.
Se levantó, cuidando de no moverse demasiado ni de hacer ruido, y fue a la cocina. Podía preparar el café, las tostadas y sorprender a Roberto. Sí, haría eso. Era buena idea.
Al rato volvió al dormitorio, llevando una bandeja prolijamente preparada. Roberto se estaba desperezando entre las sábanas. Lola abrió la ventana y entró la luz del sol.
- ¡Buen día!. Mientras seguía durmiento un rato, hice el desayuno, así lo tomamos en la cama.
- ¡Buen día!. ¡Qué lindo, Lola, despertar así es ... glorioso!.
Lola se sentó y apoyó la bandeja sobre la cama, entre los dos. Puso cara de circunstancias.
- No crea que es tanta gloria...
- ¿Por qué?. Está todo tan bien presentado, perfecto.
- No tan perfecto.
Lola levantó una de las tostadas y se la mostró: de un lado dorada, tentadora; del otro, casi quemada.
- Soy un desastre, Roberto.
- Eh, no es para tanto. A cualquiera le puede pasar. Es de lo más común.
- Pero la intención fue la mejor.
- Ya lo sé –dijo él, sonriendo, y sirviendo el café en las tazas.
- Si le doy las tostadas a pedacitos y mezcladas con besos, a lo mejor no se nota tanto que están un poquito quemadas, ¿no?
- No sé si se va a notar o no, pero me encanta la idea. Debería acostumbrarse a quemarlas siempre para darme todos esos besos.
- Se los puedo dar igual. Para empezar, el de los buenos días, que no se lo dí –declaró Lola y lo besó, tratando de no volcar nada de lo que había en la bandeja.
El desayuno se prolongó más de lo debido, por el operativo tostadas y besos, pero cuando estaban tomando la segunda taza de café, Roberto se puso serio.
- Lola, estuve pensando algo.
- ¿Sí?. ¿Y tuvo tiempo? –sonrió ella-. Porque yo no tuve tiempo de nada. Bah, de nada más que de estar juntos y ... quemar las tostadas.
- Es que justamente tiene que ver con eso.
- ¿Con las tostadas?
- No. Con estar juntos.
- Ah.
- Pero me da un poco de temor hablar del tema, porque ya lo intenté hace un tiempo y la verdad que no me fue bien.
- No sé de qué me habla, Roberto. ¿En qué no le fue bien?. ¿Conmigo?. Si está todo mejor que nunca..., ¿o no?.
- Sí, Lola, está todo mejor que nunca. Tanto que inclusive hemos pensado en tener un bebé.
- Bueno, quizás tengamos que hacer algún otro trámite hasta conseguirlo –dijo ella con un mohín pícaro y le dio otro beso.
- Exactamente, y vamos a hacer todos los trámites necesarios, eso no es el problema –contestó él, devolviéndole el beso-. Pero es justo por eso que me parece conveniente que pensáramos en otra cosa. Lo que pasa es que me cuesta ...
- No, Roberto, no puede ser. ¿No era Ud. el hombre valiente que ayer me ayudó tan bien en el parto de Silvia?. Si se animó a eso, se tiene que animar a hablar conmigo de cualquier cosa.
- Está bien. Tiene razón.
Abrió el cajón de la mesa de luz y sacó una cajita de terciopelo azul.
- ¿Se acuerda de ésto, Lola?.
Ella miró la cajita en su mano y se puso seria. Luego lo miró a los ojos.
- Sí, claro que me acuerdo.
- Entonces ya sabe de qué se trata.
- Sí.
- Creo que si pensamos en tener un bebé juntos, deberíamos pensar también en darle un hogar. Y para formar ese hogar, debería haber una pareja, y todos, construir una familia.
Lola no dijo nada. Roberto tomó impulso.
- ¿Quiere casarse conmigo? -le preguntó con su voz más tierna.
Ella pareció pensarlo por un momento. El la observaba, y en su interior se iba formando la idea de que si volvía a rechazarlo, como aquélla otra vez, le iba a dar un infarto.
- ¿Y se anima a proponerme matrimonio después de haber probado mis tostadas?. De verdad que es un hombre valiente...
- Lola, no me haga bromas en este momento, por favor.
- No es una broma. Soy un desastre en la cocina.
- ¿Qué importancia tiene?. Yo la amo a Ud., por lo que es, por lo que despierta en mí, porque juntos podemos ser muy felices. ¡Qué me importa que no sepa cocinar!.
- Espero que nunca se arrepienta de decir eso.
- Me lo puede recordar todos los días.
- Yo también lo amo, Roberto. Como nunca antes amé a nadie.
- ¿Y?.
- Y claro que acepto casarme con Ud. Mañana, el mes que viene, ya mismo. Cuando quiera.
- ¿De verdad?.
- De verdad.
Roberto tomó el anillo de compromiso de la cajita y lo colocó en el dedo anular izquierdo de Lola. Le calzaba perfectamente.
- Voy a ser el hombre más felíz del mundo..., a pesar de las tostadas.
Lola se rió y lo abrazó.
- Eso no fue más que una excusa para darle besos. Muchos besos.
- Entonces, además de casarse conmigo, ¿me promete que me va a besar todos los días?.
- Todos los días. Infinidad de veces. Lo amo con toda el alma, Roberto.
- Yo también.
Y así quedó definitivamente sellado el compromiso de matrimonio.
Después de tantas idas y vueltas, tantos engaños y mentiras, tantas trabas y problemas que debieron enfrentar y superar a lo largo del tiempo, Lola y Roberto pudieron finalmente vencer los obstáculos y pensar en su futuro juntos.
Todo terminó y empezó, a la vez, en Cariló.






Escrito desde Jan 12, 2004, 12:09 PM
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