Mónica abrió los ojos de golpe, sobresaltada. Aún no había amanecido, la habitación estaba oscura, y ella estaba húmeda por el sudor. Se sentó sobre la cama, aún adormilada. Al hacerlo, movió ligeramente las sábanas, y Juan se dio la vuelta, despierto. La miró fijamente, con sus profundos ojos verdes.
-¿Qué pasa, Mónica? –preguntó él.
-Nada, es sólo que... –ella se pasó suavemente la mano por la frente, limpiándose las gotitas de sudor –hace mucho calor... ¿no te parece?
-No, mi amor... no lo hace. –Juan sonrió, sólo un poco.
-¿Soy yo, verdad? Y este embarazo...
-Mónica, ya falta poco y todo habrá pasado... –la consoló él.
-Ese es mi problema, que tengo miedo al parto... ¿y si algo va mal?
-No dejaré que eso pase. –afirmó rotundo Juan. –Vamos a tener un hijo precioso.
Mónica se pasó las manos por su abultado vientre. Tenía ya casi completados los nueve meses de embarazo, y el peso y la incomodidad se habían apoderado de ella.
-Sólo quiero que esté sano... –musitó para sí.
Juan sonrió de nuevo, y se sentó también sobre la cama. Estiró la mano y le acarició dulcemente la espalda.
-No sé como puedo gustarte con este aspecto... –comentó Mónica.
-Estás más bonita que nunca.
Mónica sonrió, agradecida.
-No es verdad. –disintió. –Lo dices para animarme.
Juan se inclinó y la besó brevemente en los labios. Al separarse, clavó sus ojos en ella un instante. Mónica se sintió ruborizar levemente, mientras Juan deslizaba sus labios por su cuello, sintiendo su fresco aroma. Ella lo apartó delicadamente con la mano.
-Juan, ahora no...
-Lo sé. –la interrumpió él. –Lo sé. Recuéstate, y trata de dormir.
Mónica se acostó de nuevo, y cerró los ojos. Él la contempló un momento, y después se echó a su lado.
Andrés esperó la llegada de la mañana con ansia. Se levantó en cuanto hubo salido el primer rayo de sol, y recorrió su habitación, intranquilo. No tomó el desayuno que le subieron al cuarto. Se asomó al balcón, y respiró profundamente mientras observaba el gentío de las calles de Madrid. No volvería a verlas en mucho tiempo. Cuando regresó al interior de su recamara, alguien golpeó la puerta. Él la abrió, y un muchacho, empleado del hotel, le miró.
-El coche ya está esperando por usted para conducirlo hasta la estación. –le comunicó el chico.
-Gracias, bajo enseguida. –dijo Andrés y antes de cerrar de nuevo la puerta, le entregó un par de monedas al chico, como agradecimiento.
Sacó un traje gris del armario, se vistió apresuradamente, y sacó el equipaje, que había preparado la noche anterior, al centro de la habitación. Abrió la puerta, llamó de nuevo al muchacho, que procedió a bajar las maletas al coche, y abandonó el hotel.
Al subirse al coche que le estaba esperando, sintió el mismo nerviosismo compulsivo que el día en que dejara atrás Campo Real. Era la hora de su regreso, quizás anticipado, puesto que en realidad tan sólo había estado en España unos siete meses. Nunca pensó que volvería tan pronto, que volvería por esa razón.
El tren le llevaría hasta Cádiz, y allí tomaría el barco que le devolvería a su México natal. Suspiró de nuevo.
Juan cruzó el comedor, la mesa estaba servida. Mónica apareció pronto, con su gran y hermosa sonrisa, andando con cierta dificultad debido a su embarazo, llevando puesto un vestido humilde y ligero, desprovisto de la elegancia de sus ropas habituales. Hacía meses que sólo usaba ropa holgada y cómoda.
-Hola, mi cielo. –le saludó ella.
- Hola. Don Noel viene a cenar hoy con Amanda. Espero que no te importe. –le comunicó Juan.
-No, por supuesto, ya sabes que la presencia de ambos siempre es bienvenida... –contestó ella dejando una fuente sobre la mesa.
-Mónica, te he dicho que no quiero que te ocupes de ninguna tarea, al menos hasta que des a luz, ahora debes estar tranquila...
-Lo sé, Juan, pero francamente, estar parada todo el día se me hace cuesta arriba y...
Juan caminó hacia ella.
-Y tú eres muy hacendosa... a veces se me olvida que eres una santita... Santa Mónica. –se rió él.
-Juan, por favor, te he dicho miles de veces que no me gusta que me llames así...
-Y tú ya sabes que me encanta. Además hacía mucho tiempo que no lo hacía. –replicó Juan.
Él dio un paso al frente y la besó en la boca, un beso largo y cálido, como todos los suyos. Mónica apartó la cara un segundo, interrumpiendo abruptamente la caricia.
-¿Qué pasa? Nunca me niegas un beso. –protestó Juan, visiblemente molesto por su actitud.
-Nada, es sólo que aún no te he dicho algo.
-¿Qué?
-Llegó carta de Andrés.
-¿De mi hermano? –se sorprendió Juan. Cuando Andrés se había marchado a Europa, las cosas por fin habían quedado resueltas entre ellos, pero la correspondencia entre ambos apenas existía.
-Si, parece que vuelve a México, a San Pedro...
-¿Tan pronto? –él sintió la mirada de Mónica sobre él, como reproche. –Es decir, cuando se fue parecía que el viaje sería largo, para encontrar un poco de paz...
-Si, pero es que ha ocurrido algo...
Juan la miró, expectativo.
-Mi tía Sofía... está enferma. Andrés cuenta en su carta que recibió un aviso de ella... se está muriendo. –explicó Mónica.
-Mala hierba nunca muere.
-¡Juan! – se quejó ella indignada.
-Perdona, pero es que me cuesta creer que esa mujer esté en las últimas... es como un roble. –se excusó él, a su particular modo.
-La carta llegó esta mañana, pero yo ya sabía algo por mi madre... ya sabes que ayer la visité en el convento. El caso es que mi madre no sabe si visitar a mi tía o no... porque la situación es violenta...
-Entiendo. Bueno, conmigo no contéis. –dijo Juan.
Mónica no replicó a eso.
-Yo tampoco pienso ir a verla. Lo siento mucho, y que Dios me perdone, pero... no puedo verla después de todo lo que nos hizo... te hizo... a todos, también a Andrés. –se expresó ella.
-Andrés. Siempre pendiente de él, ¿verdad?
-¿A qué viene eso ahora, Juan? –se molestó Mónica.
Juan sonrió, instantáneamente, consciente de la absurdez de su comentario.
-Nada, perdona...
-Bueno, entonces voy a servir la comida, ¿te parece? –ella le sonrió y le besó en la mejilla, dirigiéndose a la cocina de nuevo.
Juan apoyó los puños sobre la mesa, pensativo.
Don Noel se puso la chaqueta lentamente en su despacho, y justo entonces Amanda entró en el lugar. Estaba lista para salir, con un sombrero y un chal puestos. Le miró mientras él colocaba algunos papeles en la mesa.
-¿Estás listo? –le preguntó ella.
-Si... estaba pensando en llevar los documentos, pero he pensado que ésta no es una noche de negocios, así que Juan y yo hablaremos en otro momento... –explicó Don Noel y levantó la mirada hacia ella. –Mariana y Marcelo...
-Están en la casa, acaban de llegar de su viaje de novios, y están agotados, por eso no insistí en que vinieran...
-Bien, bien... estoy deseando verlos. Pero no hay tiempo, así que lo dejaré también para mañana... vamos, Mónica y Juan deben estar esperando.
Al llegar a la puerta, donde ella lo esperaba pacientemente, él la tomó por la cintura, y la besó en los labios. Le sonrió largamente.
-Soy tan feliz de poder morirme a tu lado... –le susurró él.
-Querrás decir, envejecer... –le corrigió ella.
-¿Más? No creo que nadie pueda envejecer más que yo...
-Ay, por favor, Noel, no digas tonterías... –se rió Amanda –Te ves mejor que nunca...
-Sólo porque estoy a tu lado cada día, Amanda.
-Te estás poniendo muy galante, y me temo que vamos a llegar más tarde de lo previsto a casa de Juan...
Don Noel sonrió.
-Tienes razón... ¿ves? Hasta el sentido de mi responsabilidad lo pierdo por ti...
Amanda le respondió con una sonrisa de cariño, y los dos cruzaron el umbral de la puerta.
La mesa estaba recién preparada y servida cuando Don Noel y Amanda llegaron a la casa. Después de los saludos, se sentaron y empezaron a cenar conversando tranquilamente. Había tres candelabros sobre la mesa que iluminaban la estancia mientras comían.
-Así que Mariana y Marcelo están de regreso... Recién casados, al principio será todo felicidad para ellos. –comentó Juan sonriendo.
-Así es. –asintió Don Noel.
-¿Acaso no es todo felicidad cada día después de casados? –protestó Mónica.
-A veces. –se rió Juan.
Ella le miró, casi ofendida. Le conocía a la perfección, pero no le gustaba que se comportara así ante los invitados, aunque fueran Don Noel y su esposa.
Juan se dio cuenta por la mueca de su esposa de su infortunado comentario, así que estiró la mano sobre la mesa, y alcanzó la de Mónica, sentada a su lado, acariciándosela suavemente.
-Sabes bien que la felicidad más absoluta la he conocido casado contigo. –dijo Juan.
Mónica le sonrió, y le brillaban los ojos. Por un instante, la mesa se quedó en silencio mientras ellos se miraban. Amanda sonrió complacida, observándolos en silencio.
Mónica interrumpió el mágico momento al emitir un quejido abrupto.
-¿Qué pasa? –se asustó Juan instantáneamente.
Ella se llevó la mano al vientre, y Don Noel y Amanda se levantaron en el acto.
-Creo que he roto aguas... –les informó Mónica.
-Pero si aún faltan un par de días... –comentó Juan contrariado.
Mónica apartó la silla, e intentó ponerse en pie con la ayuda de Juan, que la sostenía.
-¿A quién llamamos? –inquirió Don Noel.
-Meche... ella es la que va ayudarme... –murmuró Mónica.
-Bueno, yo voy a avisar al médico... –dijo Don Noel y se retiró presuroso.
-Mónica, yo te acompaño a tu recamara... –se ofreció Amanda, y la tomó delicadamente por el brazo, ayudándola a subir las escaleras hacia el cuarto.
Juan fue hacia la cocina, e inmediatamente vio a Meche lavando algunos platos.
-Meche, Mónica está de parto, sube ahora mismo... ¡corre! –ordenó Juan.
-Tranquilo, no se preocupe... enseguida voy. Tengo que poner agua a hervir...
-¡No te demores, por favor! –exigió Juan y salió de la cocina, encaminándose hacia su habitación.
Amanda ya había ayudado a Mónica a recostarse. Estaba tumbada en la cama, gimiendo, y comenzaba a sudar. Amanda le acomodó los cojines detrás de la espalda.
-Todo irá bien, ya lo verás. –le dijo limpiándole el sudor de la cara con una pañuelo.
-Gracias, Amanda...
Juan entró corriendo en el cuarto.
-¿Estás bien? –le preguntó a su esposa.
-He estado mejor, Juan... –respondió Mónica e intentó reírse, pero una contracción le impidió hacerlo.
Él se acercó y le dio un beso en la frente.
-Juan, te recomendaría que salieras, sé que estás nervioso e impaciente, pero tu lugar es fuera... –le recomendó Amanda.
Juan se quedó paralizado, mirando a Mónica.
-No. –balbuceó.
-Juan, por favor... –pidió Mónica entre jadeos. –Vete...
Meche entró en la recamara con un balde lleno de agua y unas toallas.
-Ya estoy aquí, no hay problema... –habló Meche.
Amanda tomó a Juan por el brazo, y lo sacó de la habitación. Merche y Mónica se quedaron a solas, y la primera lo dispuso todo para comenzar el parto. El médico entró en el lugar a los pocos minutos. Las horas pasaban lenta y pesadamente.
-Empuje, señora Mónica... –la animaba Meche mientras Mónica gritaba de dolor.- Vamos, un poco mas...
-No puedo... –sollozó la parturienta.
-Tiene que hacerlo. –dijo el médico.
Mónica tenía las piernas abiertas, la sangre empapaba las sábanas, tenía la vista nublada y le faltaba la respiración. Estaba tan exhausta que creyó morirse.
Juan se paseaba nerviosamente por el recibidor de la casa, mientras Amanda y Don Noel le observaban sentados sobre el sofá, en silencio.
Juan miró hacia las escaleras, y lanzó un bufido.
-Juan, por Dios, cálmate, te va a dar un ataque si sigues en ese estado. Es sólo un parto, lleva su tiempo, todo irá bien... –replicó Don Noel.
-¿Y cómo lo sabe?¿Ha estado en muchos? –repuso Juan enojado.
-Juan, mi esposo tiene razón, tienes que tranquilizarte... –intervino Amanda.
En ese momento, Meche cruzó la estancia apurada, y sin decir nada. Juan la siguió instintivamente hasta la cocina. Ella cogió de nuevo más toallas.
Juan la amarró por los brazos, bruscamente, obligándola a mirarle a la cara directamente.
-¿Está mal? –inquirió. –Si ese médico no cumple, lo mato...
-No, él está haciendo bien su trabajo, es que la criatura viene en una postura un poco más difícil, pero no tiene porque preocuparse...
Juan la soltó.
-Anda. –le dijo. –Ve y perdona, estoy muy nervioso...
-Lo entiendo, señor. Pero la señora Mónica es fuerte. –le sonrió Meche.
-Lo sé.
Juan le devolvió la sonrisa, con cariño. Meche salió de nuevo la cocina, en dirección a la habitación.
Comenzó a amanecer mucho antes de lo que Juan esperaba. La noche se le pasó con la rapidez de unos pocos minutos. Don Noel y Amanda seguían en el mismo sofá, se levantaban, caminaban, habían bebido varios cafés, y allí estaban, al lado de un Juan absolutamente angustiado.
El médico bajó al fin por las escaleras con su maletín negro en la mano. Les miró a todos, visiblemente cansado. Juan le dirigió una mirada interrogativa, tenía un nudo en la garganta, no podía hablar.
El médico, un hombre bajito, regordete, y canoso, avanzó hasta Juan y posó su vista sobre él.
-Ya es padre. Tiene una hermosa niña. –habló el doctor con una sonrisa en los labios. –Enhorabuena.
Juan dejó escapar una carcajada de risa, y la emoción se apoderó de él. Don Noel y Amanda sonrieron satisfechos, y el primero le dio una palmada en la espalda a Juan, en señal de afecto.
-¿Mónica? –inquirió Juan.
-Está agotada, fue un parto largo y difícil, pero se recuperará... con unos días de cama, estará como nueva. –les informó el doctor. –Bueno, sólo me resta decirles que si me necesitan, ya saben dónde encontrarme. Permiso.
Juan asintió con la cabeza, dejándole pasar. Luego, el hombre se retiró y salió de la casa.
Juan se volvió hacia Don Noel y Amanda.
-¿Qué esperas? –replicó Don Noel. –Ve a ver a tu hija y tu esposa.
Juan subió los peldaños de la escalera de dos en dos. Andando a zancadas llegó hasta la recamara. Abrió la puerta. Meche había abierto las cortinas y las ventanas. Era un bello día de verano, el sol entraba e iluminaba todo el cuarto.
Mónica estaba sentada en la cama, son su hija en brazos. El sol le daba en la cara, y él sintió la calidez de su sonrisa desde la puerta. Tenía el pelo suelto, desordenado, llevaba puesto un camisón blanco marfil, ligero, limpio... y la cama estaba vestida únicamente con sábanas bordadas en blanco. Toda la habitación olía a flores, que Meche había tenido tiempo de colocar antes de que él subiera, y oyó el primer llantito de su niña.
Juan supo que ese era el día más feliz de su vida. Sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas antes de poder evitarlo. Guardaría para siempre aquella imagen en su recuerdo.
-Mi amor, ¿ no te acercas? –preguntó Mónica.
Juan caminó hacia la cama, y se paró a su lado.
-Mírala. –dijo Mónica y movió a la niña para que él pudiera verle la cara. -¿No es preciosa?
-Nunca creí que diría esto, pero lo es casi tanto como su madre... –contestó Juan.
-¿Quieres tomarla en brazos?
Juan se asustó un poco, y Mónica lo percibió en su rostro.
-Vamos, Juan, tómala...
Él se inclinó y la cogió en brazos. Fue consciente de que apenas era un bultito humano, suave, pequeño, vulnerable, tierno, tibio... sintió su ligero peso sobre los brazos, y de pronto, una lágrima cayó por su mejilla.
Mónica le vio.
-Juan... estás llorando... –Mónica se rió. La reacción de Juan la conmovía, pero no pudo evitar sentir ese momento cómo algo divertido. –Tú nunca lloras.
-Ya ves, debo de estar haciéndome viejo...
Juan depositó de nuevo la niña en brazos de su madre. Luego, besó en los labios a Mónica.
-¿Qué nombre le vas a poner? –preguntó.
-Había pensado en Ana, si te gusta, claro. –propuso Mónica.
-Ana... suena muy lindo. Es breve, bonito... me gusta. Ana, entonces. –aceptó Juan.
Luego posó sus ojos sobre Mónica, y su voz adoptó un tono solemne.
-Te quiero, por todo lo que eres, por todo lo que me das, por cada momento que pasamos juntos, por cómo me haces sentir... y ahora también por haberme dado lo más bonito del mundo. Gracias, Mónica. –le dijo.
Ella le miró, ahora estaba realmente emocionada.
-Yo también te quiero, Juan.
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