Bajó del carruaje que le había llevado hasta la hacienda y sintió todo el peso abrumador de los recuerdos sobre él.
La hacienda gloriosa que un día había estado bajo el cargo de su padre, y luego bajo el suyo, parecía haberse esfumado, como todos los sueños de grandeza que su madre y él ostentaran en el pasado. El orgullo, la soberbia, la venganza, el dolor, sólo habían dejado dentro de él una sensación de vacío, de cansancio y profunda melancolía.
Una vez creyó tener la felicidad, un amor y poder... y todo se desvaneció tan rápido como lo hace la oscuridad al encuentro de la luz. Como lo hace la mentira al ser desenmascarada por la verdad.
Ahora sólo quedaba de aquel niño ingenuo y hombre torturado por la verdad un hombre maduro, que llevaba sobre sus espaldas la sabiduría que dan los golpes y las equivocaciones. Ahora entendía a su padre. Ahora, sobre todo, entendía con más claridad a su hermano, Juan.
La hacienda estaba al borde del abandono. No lo entendía. No había criados, apenas empleados, todo se había desmoronado. Él se paró frente a la entrada, dubitativo.
Su madre había dejado que todo se viniera abajo, después de su partida a Europa, nada pareció importarle a doña Sofía. La pena y la soledad se apoderaron de ella, y enfermó. Eso le contaba la carta del nuevo abogado de su madre, que recibió en España, avisándole de la gravedad del estado de la mujer. Pero aún así no pensó que la situación fuera tan real.
Entró en la casa. Los muebles estaban polvorientos, la casa oscura, solitaria. Andrés creyó enfermar de pena sólo con poner los pies allí.
Subió las escaleras hasta la habitación de su madre. Se detuvo de nuevo frente a la puerta, paralizado por el miedo a lo que iba a encontrarse.
Finalmente tomó el pomo de la puerta, y lo giró, abriéndola. Se asomó con cierta timidez a un cuarto inmerso en la penumbra. Apenas podía distinguir a su madre tumbada en la cama, que emitía suaves quejidos.
-Mamá... –murmuró Andrés casi inconscientemente.
Sofía estaba lúcida, en contra de lo que él pensaba.
-¿Andrés? –balbuceó ella y se incorporó con cierta dificultad -¿Andrés, eres tú?
Él se acercó a la cama de su madre, y se sentó su lado, cerca, de modo que ella le tomó la mano.
-Hijo... no creí que vinieras... –dijo Sofía y los ojos se le llenaron de lágrimas.
-Madre, ¿cómo no iba a venir? Me educaste para ser un buen cristiano...
-¿Has venido sólo por deber?
Andrés vio asomar en el rostro de su madre un resquicio de dolor infinito, un dolor que nunca había visto en sus ojos, ni siquiera el día en que se había marchado de Campo Real. Se dio cuenta de que ya no era tiempo de rencores ni reproches. Dentro de él, pese a todo, encontró un gran cariño por ella.
-No, mamá. –dijo Andrés y suavizó el tono de su voz –Vine porque eres mi madre, y te quiero. Siento haberte dejado sola.
Sofía sonrió satisfecha.
-Gracias... ¿te vas a quedar aquí conmigo? –preguntó ansiosa.
-Sí.
-¿Me perdonas?
-Sí. Pero hay más gente, madre, más gente a la que dañaste. Tú misma. Te destruiste por culpa del rencor. Los dos nos destruimos por ello. Yo me perdoné a mí mismo y también a ti, ahora tienes que hacerlo tú. –habló él.
-Juan... ese hombre... supe desde el momento en que lo vi en esta casa cuando era un niño que iba a destrozarme la vida.
-Fuiste tú, madre, no él. Él no tiene culpa de nada. –sin darse cuenta, Andrés había tomado de nuevo un tono áspero en sus palabras.
Sofía gimió, quizás por los malestares físicos. Parecía muy fatigada.
-Sólo quiero saber si tú me has perdonado, hijo, lo demás no me importa... dímelo y podré morir en paz. –rogó ella.
-Si, madre, te he perdonado. A estas alturas no vale la pena lo contrario. Todo quedó atrás. –afirmó Andrés.
Ella le acariciaba la mano, y se la apretó más fuertemente.
-Hijo, prométeme algo... –la voz de Sofía zozobraba.
-¿Qué, mamá?
-Que después de que muera, tú te quedarás en Campo Real y harás que esta hacienda vuelva a ser lo que era en tiempos de tu padre. Que te casarás y la llenarás con tus hijos, no dejes que todo se acabe...
Andrés la miró, sorprendido de que incluso a puertas de la muerte quisiera gobernar su vida. Él quería irse, lejos, muy lejos y no volver en mucho tiempo, quizás nunca. No conseguía respirar en ese lugar, los malos recuerdos le agobiaban.
-Está bien, madre, te prometo que no dejaré que Campo Real se arruine... –prometió Andrés. Luego, se acercó a su madre, y le dio un beso en la frente.
-Ahora descansa, mamá. –le susurró.
Sofía cerró los ojos y se quedó dormida con absoluta facilidad. Dos horas más tarde murió.
Mónica estaba en su habitación, contemplando como dormía su hija. Ana dormía casi todo el día, pero cuando entreabría los ojos y le sonreía, Mónica se sentía la mujer más feliz del mundo. La adoraba, y podría pasarse horas mirándola.
Desde la habitación oyó cómo alguien llamaba a la puerta. Juan no estaba en casa, y recordó que Meche y Azucena habían salido al mercado.
Así que bajó a abrir. Atravesó el recibidor, y abrió la puerta. Allí estaba él parado.
-Andrés... –sonrió Mónica.
Él pareció turbado. Su rostro acumulaba la tristeza de los últimos años de su vida.
-Entra... –le invitó Mónica amablemente.
Andrés entró, se quitó el sombrero y lo posó en una butaca. Por fin, hizo un esfuerzo, y sonrió.
-Estás muy linda. –dijo.
-Gracias. Es que soy tan dichosa que...
-Mi madre murió. –soltó Andrés.
-¿Ya? –se sorprendió ella.
-La enterramos hace una hora. –le contó Andrés.
-¿Por qué no nos avisaste?
-Llegué ayer, y lo primero que hice fue visitarla. Estuve con ella hasta que murió. Luego pensé que no era justo obligaros a asistir a ese funeral, así que decidí enterrarla sin contároslo. Ni siquiera a tu madre. –explicó Andrés.
-Entiendo. Pero pudimos haber ido, para acompañarte. –repuso Mónica.
-Estoy bien, no te preocupes. ¿Juan?
-Salió, viene a comer, así que no tardará mucho en llegar.
-¿Cómo os marchan las cosas? –se interesó Andrés.
-Muy bien. –respondió ella con una amplia sonrisa. –Somos muy felices. ¿Y a ti? ¿Vas a quedarte?
-Aún no lo sé, no me gustaría, al menos por el momento. La verdad es que estoy confundido, quiero hablar con mi hermano. Campo Real está abandonado, no sabes que derruido está aquello...
-He oído algo al respecto, sí.
-Al entrar allí, sentí tantas cosas, Mónica... supongo que los recuerdos volvieron a mi cabeza. Todo hubiese sido distinto si Aimeé hubiera sabido amarme, o si yo la hubiera perdonado y hubiera sido capaz de hacer que ella me amase... –Andrés hizo una pausa. –O si te hubiera elegido a ti.
Mónica no estaba preparada para oír aquello en ese momento. No imaginaba que él aún pensara de esa forma.
-Deja el pasado en el pasado, Andrés. Eres joven, aún puedes encontrar una mujer que te quiera. –aconsejó ella.
-Eres maravillosa, Juan tiene mucha suerte. –dijo él.
Mónica dio un paso al frente, y le abrazó. Pensó que debía hacerlo, que Andrés necesitaba consuelo, que era la única forma que tenía para expresarle su cariño y apoyo. Sintió como los brazos de él la rodeaban y la sostenían, como le respondía con sinceridad y alivio. Le oyó suspirar. Entonces Mónica giró la cabeza y vio a Juan parado en la entrada. Se separó de Andrés, comprendiendo lo que el rostro de Juan reflejaba en ese momento, su gesto severo.
-Mi amor... no te oí abrir la puerta. – dijo ella contrariada.
Andrés se volvió y sus ojos se encontraron con los de Juan. Le sonrió, pero no fue correspondido. Andrés le abrazó, realmente contento de verle.
-¿Cuándo llegaste? –preguntó Juan suavizando la expresión de su rostro.
-Ayer.
-Sofía fue enterrada hace una hora, Juan. –-le informó Mónica.
-Ah. Lo siento, Andrés. –le dijo Juan dándole una palmada en la espalda.
-Estoy bien. –aseguró Andrés.
-¿Conoces ya a mi hija?
Andrés miró a Mónica.
-No, aún no. –contestó.
-Oh, que torpe soy. Ven a la recamara y así la conoces. Nació hace una semana y media. –se excusó Mónica.
-Se llama Ana –habló Juan.
Andrés comió con ellos, y luego regresó a Campo Real. Prometió volver al día siguiente, para hablar a solas con su hermano. Durante la comida les había hablado de España, de otros lugares de Europa, de cómo se encontraba, y a su vez escuchó cómo habían transcurrido allí las cosas, en monotonía y placidez.
Cuando él se hubo ido, y Juan y Mónica se quedaron a solas, ya era tarde, y Meche y Azucena empezaron a preparar la cena.
Mónica fue a ver a su hija, y Juan la siguió hasta la habitación. La niña dormía tranquilamente, después de que Mónica la amantase por última vez.
Juan se paseó por el cuarto, impaciente. Algo le rondaba en la cabeza, Mónica le conocía demasiado bien.
-Juan, ¿te pasa algo? –preguntó ella.
-No lo sé, dímelo tú.
-¿Perdón?
-Te vi muy emocionada con el regreso de mi hermano. –soltó él al fin.
Mónica le miró, desconcertada.
-¿No estás contento tú?
-Déjame pensar... el hombre que intentó arruinarme la vida, quitarme mi esposa y luego quiso violarla... sí, estoy feliz de verlo.
-¿De qué estás hablando? ¿Por qué tanto sarcasmo? Tú mismo dijiste hace meses que todo eso había quedado atrás, estabas contento por vuestra reconciliación...
Juan titubeó.
-Y así es. –corroboró él.
-¿Entonces qué te pasa?
-No me gustó lo que vi.
-¿Y qué viste?
-A mi esposa y mi hermano abrazados.
-¡Era una forma de darle el pésame! –se quejó ella, enfadada.
-Una forma muy efusiva. –añadió él.
-Por el amor de Dios Juan, ¿celos a estas alturas?
-No son celos, es realismo. Vi cómo te miraba, vi tu cariño... en el fondo siempre has tenido clavada la espina de lo que pudo ser y nunca fue... nunca pudisteis intentarlo.
Mónica no sabía si reírse o abofetearle por su insensatez. Estaba atónita.
-¿Qué? –acertó a preguntar.
-Amabas a Andrés, hasta que llegue yo... luego sentías indiferencia, y quizás un poco de odio, porque él nos hacía la vida imposible, y por el modo en que nos trataba... se comportó mal hasta contigo... era imposible que sintieras algo por él. Pero ahora ha cambiado, es el hombre que imaginabas en tus sueños, apuesto, gentil... bueno.
-Gracias por el gran análisis, Juan, pero nunca sentí indiferencia ni odio hacia Andrés. Le amaba, no me correspondió, llegaste tú, y te convertiste en mi vida entera... luego
él, simplemente me daba lástima por el daño que se estaba imponiendo a si mismo. –replicó ella enérgicamente.
-Bien, la lástima implica respeto y cariño...
-Siempre le he tenido cariño, eso no es nuevo. Es tu hermano. –refutó Mónica.
-¿Cambiaría algo si él estuviera interesado en ti? ¿Cambiaría tu grado de afecto? –la interrogó Juan.
-¿Qué? No me puedo creer, Juan, que después de todo lo que hemos pasado juntos, aún creas que puedo amar a alguien que no seas tú.
Juan sabía que todo aquello era cierto, pero algo que se había apagado dentro de él hacía siglos, había vuelto a encenderse al verlos abrazados. Eran los celos.
-Le gustas. –dijo él. –Vi cómo te miraba a lo largo de toda la comida...
-Él jamás pretenderá nada conmigo, Juan. Porque es tu hermano, y porque sabe que no puedo corresponderle.
-Quizás, pero el sentimiento existe, y eso me tortura... no desconfío de ti, ni siquiera de él... pero sí de sus sentimientos. Los sentimientos traicionan a la voluntad. –explicó Juan.
-Entonces sabrás que yo no puedo traicionarte. Mi corazón es tuyo, y lo sabes perfectamente. –dijo ella.
Juan la miró, de ese modo que a Mónica le hacía temblar, que la hacía sonrojarse y sentirse tan vulnerable ante él. Eso no había cambiado pese al tiempo, nunca cambiaría. Ella lo sabía y él también, por eso lo seguía haciendo. Sus ojos verdes la miraban de una forma excesivamente cálida e intensa, y Mónica se obligó a apartar la vista de ellos.
Juan se le acercó, y se paró a escasos milímetros de su cuerpo. Le tomó las manos entre las suyas, las acercó a su boca, y se las besó.
-Me haces perder el juicio... siempre ha sido así. Soy un necio, y un celoso estúpido... pero si antes temía perderte, imagínate ahora que me has dado a Ana. –habló él.
Mónica levantó la cabeza, y le miró a los ojos.
-Tú nunca podrías perderme, no sé vivir si no es a tu lado. –afirmó ella rotunda.
Juan esbozó una sonrisa.
-Perdóname. –pidió. –Perdóname por todas las tonterías que he dicho...
-Te perdono. –ella le devolvió la sonrisa. –Pero no desconfíes de tu hermano. Él no me ama, sólo envidia sanamente lo que nosotros tenemos. Nada más.
Juan asintió.
-Prometo no volver a pensar cómo lo he hecho hoy. –dijo.
Él se inclinó sobre ella, y la besó en los labios. Después, acercó su boca al oído de Mónica.
-Te amo, Mónica. –le susurró.
Mónica se dejó envolver por tu tibio abrazo, cerró los ojos, y se besaron nuevamente.
-Juan... –murmuró.
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