Mónica se despertó arropada en los brazos de Juan. Los dos estaban bajo las sábanas, y en esa quietud y paz, Mónica sentía con más profundidad la plenitud de su amor. Él se despertó, y la rodeó más fuertemente con sus brazos. Ella estaba de lado, y Juan la besó en la nuca, suavemente.
Mónica se dio la vuelta, le miró.
-Buenos días. –le dijo.
-Buenos días. –le contestó Juan y la besó en la boca.
Ella se sentó cuando tocaron a la puerta de la habitación.
-¿Quién es? –preguntó Juan, molesto por la interrupción.
Meche contestó al otro lado de la puerta.
-Lo siento, señor... su hermano Andrés le espera abajo.
-Dile que enseguida voy. –respondió Juan, y luego se volvió a Mónica.
-¿Tan temprano? –se sorprendió ella.
-Quizás tenga prisa.
Juan se puso en pie, y se cubrió con una bata.
-Sé amable con él, amor... –le pidió Mónica.
Juan le sonrió.
-Por supuesto. Es mi hermano. –afirmó con orgullo.
Juan se vistió rápido y apareció en el comedor, donde Andrés estaba tomando tranquilamente un café, y donde Meche había servido los desayunos.
Andrés se levantó y se saludaron dándose unas palmadas en la espalda.
-Viniste pronto. –comentó Juan.
-Si, salgo para la capital en dos horas, y allí tomaré un barco una hora más tarde. –-le comunicó él.
-¿Te marchas? –inquirió Juan –Creí que te quedarías, ahora que doña Sofía no vive...
-No puedo. Ese lugar me atormenta demasiado. Quizás en el futuro, si consigo ser feliz, pero no ahora.
-Es una lástima –opinó Juan sinceramente.
-Tengo que pedirte algo, Juan.
-¿Pedirme?
-Sí. Le hice una promesa a mi madre antes de morir. Y no puedo cumplirla, a menos que tú me ayudes.
-No entiendo. –dijo Juan desconcertado.
-Le juré, -continuó Andrés –que me ocuparía de Campo Real, de hacerla crecer para que vuelva a ser la que un día fue, que no la abandonaría. Pero yo quiero irme.
-¿Dónde entro yo?
-Quiero que tú te ocupes. –explicó Andrés y vio en su hermano un gesto negativo. –Pondría las tierras a tu nombre, estarían a nombre de los dos, tú serías su dueño y administrador, ya sabes cómo funcionan las cosas allí, y eres mucho más hábil que yo para hacer que la hacienda prospere.
-Hacer que yo me ocupe de Campo Real no es precisamente cumplir con la última voluntad de tu difunta madre, Andrés. Volvería a morirse de espanto si supiera que yo me encargo de esa hacienda.
-Ella ya no está para poner el grito en el cielo, sólo deseo cumplir con lo que le prometí, nunca dije en que modo. Puede sonar a trampa, pero en el fondo yo tampoco quiero abandonar aquello. Al fin y al cabo, fue mi hogar. –argumentó Andrés. –Y a nuestro padre le hubiera hecho muy feliz que Campo Real estuviera a nombre de sus dos hijos.
-No puedo aceptar. –se negó Juan. –Me va muy bien con el comercio, y no me gusta Campo Real, ni a Mónica ni a mí nos gustaría irnos a vivir allí.
-Pueden dejar un capataz encargado de todo, e ir sólo a días, ir y volver... piénsalo Juan. Tu hija heredaría parte de la hacienda, es una dote importante. Sé que les va a las mil maravillas, pero si un día no fuera así, con Campo Real nunca tendrían problemas económicos.
-Esto no lo haces por nosotros. –replicó Juan.
-No, estoy siendo egoísta, es mi naturaleza, perdona. No quiero obligarte. Pero pensé que era mejor que tú te hicieras cargo antes que un extraño. Además, confío en ti más que en cualquier otro. Así podría irme tranquilo.
-¿Volverás? –preguntó Juan.
-Muy probablemente.
-Hagamos un trato. –propuso Juan.
-Di.
-Yo me hago cargo de Campo Real, acepto ser su otro dueño, a medias contigo... si tú prometes volver aquí, con una esposa e hijos que hereden tu parte.
-Juan, no sé si volveré a casarme...
-Si no haces el esfuerzo, no, desde luego. Tienes que intentarlo. De otro modo, me desentiendo. –condicionó él.
-Eres tremendo... siempre tienes que tener la última palabra en todo.
-Más vale que te acostumbres. –advirtió Juan.
-¿Es un trato?
-Es un trato.
Andrés estiró la mano, dispuesto a aceptar. Juan hizo lo mismo, y ambos se las estrecharon. El pacto estaba sellado.
-Ahora puedo irme tranquilo. –sonrió Andrés.
Cuando Mariana le contó a Marcelo que estaba embarazada, él se quedó boquiabierto. En apenas dos meses de casados, ya iban a ser padres.
La noticia corrió como río de pólvora, y en casa de Don Noel y Amanda prepararon la celebración. Allí se reunieron con Mónica y Juan, y cenaron todos juntos, felices. Comieron, rieron y brindaron. Un futuro muy dichoso y próspero se les avecinaba.
Después de la cena, Juan le contó todo a Don Noel sobre Campo Real y los planes de los dos hermanos. Quería que él fuera el abogado de la hacienda.
Mónica y Juan decidieron dar un paseo bajo la luz de la luna antes de regresar a casa. Caminaban despacio, descalzos sobre la arena.
-No pude rehusar. –le contaba Juan.
-Lo sé, no me importa pasar temporadas de tiempo allí. Así Ana podrá aprender a montar a caballo, disfrutar más del campo y de los árboles. Además, allí nos empezamos a conocer.
-Me alegra que no te importe. Había pensado en arreglar La Palapa. Podría pedirle a mis hombres que la adecentaran, para poder estar también allí algunos días al año. Quiero que Ana aprenda a amar tanto el mar como yo lo hago.
-Me parece buena idea. Me gusta ese lugar, me inspira serenidad. Pero creo que estaremos todo el año preparando mudanzas. –rió Mónica.
Juan no contestó, se detuvo y se quedó mirando el mar, con un anhelo que pocas veces había visto en su rostro. Era una mezcla de leve desesperanza, de inquietud, de melancolía. Sus ojos casi estaban tristes. Mónica suponía que el mar le causaba ese efecto. Juan había tenido una vida muy dura, y aunque ahora era muy feliz, el pasado jamás desaparecería del todo. Su rebeldía, su constante necesidad de estar cerca del océano, en espacios abiertos... eran la muestra de ello. Mónica le apaciguaba, pero su espíritu sería siempre el de un alma indómita.
-Vamos a casa, mi amor. –le dijo ella.
Juan le sonrió, y la tomó de la mano. Con las manos juntas y los dedos entrelazados, continuaron su camino.
Una ráfaga de aire fresco empezaba a silbar en la costa.
FIN
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