Carolina observó que su marido se había puesto pálido.
-No, no. –respondió Alejandro. –Ana y yo estábamos... le estaba hablando del viaje.
-¿Y para eso la has traído a nuestra habitación? –objetó Carolina.
-Sí, es que abajo había mucho ruido y no se podía hablar con comodidad. –mintió él.
-Ya veo. –aceptó Carolina poco convencida. Estaba segura de que Alejandro estaba mintiendo, porque no sabía hacerlo.
-Bueno, yo ya me voy, mis padres deben de estar esperándome para volver a casa. –intervino Ana sin atreverse a mirar a Alejandro a la cara.
-Bien. –contestó Carolina, y se abrazó a su esposo. –Porque ya sabes, los recién casados necesitan intimidad...
-¡Carolina! –se quejó Alejandro cada vez más tenso.
-¿Qué? –preguntó ella con una fingida inocencia. –Ella es mayor, sabe de lo que hablo, ¿no es cierto, Ana?
-Yo ya me voy. –se limitó a decir Ana, y salió por la puerta.
Alejandro contuvo la respiración, y luego exhaló un suspiro. Tampoco tuvo valor para mirar a los ojos a Ana cuando se había ido, ni siquiera lo tuvo para levantar la cabeza.
-Por fin, a solas... –murmuró Carolina y trató de besarle, pero él se apartó.
Carolina no pudo ocultar su enfado.
-¿Qué te pasa hoy, eh? –dijo ella. –¿Estás cansado otra vez... o tienes que madrugar mañana?
-Yo, simplemente...
-¿Simplemente qué? No me has tocado desde la noche de bodas, ¿tan horrible fue?- gritó ella. –Dos semanas de luna de miel, y cada noche una excusa diferente... me mareo en el barco, me sentó mal la comida, estoy cansado, hay que madrugar mañana, no me apetece... ¡estamos recién casados! He fingido ante todos que somos un matrimonio feliz, y apenas sé si somos un matrimonio.
-Tienes razón, lo siento, yo...
-¿Qué, Alex? ¿Porque no le ponemos nombre a tu problema?. –le soltó Carolina.
-¿Nombre? –se sorprendió él.
-Ana.
-¿Ana?
-Oye, ¿crees que soy estúpida o qué? Pasas más tiempo con ella que conmigo, la traes a nuestra habitación, hablas de ella, piensas en ella... nunca te dije nada, pero ahora soy tu esposa y no voy a permitir que te veas con ella de esta forma... –explicó Carolina.
Alejandro hubiera podido argumentar eso que tantas veces había dicho, que Ana era tan sólo una hermana para él. Pero hacía unos minutos que eso había dejado de ser cierto, y no podía mentir a su esposa tan descaradamente. Guardó silencio.
-Además, ya sé que tuviste algo con ella. –agregó Carolina.
-¿Qué?
-Me lo contó una mujer del pueblo, antes de la boda. Me dijo que por eso te enviaron a la capital.
-Eso es mentira. –replicó él. –La gente interpreta las cosas como le da la gana... me enviaron para hacer que los rumores dejaran de circular, y para estudiar.
-¿Por qué no me lo contaste nunca entonces?
-Porque era una mentira, y no le concedí importancia. No sé cómo pudiste creer a esa mujer.
Carolina se mordió la lengua. Decirle que sabía que él amaba claramente a Ana sería descubrir demasiado.
-Puedo confiar en ti. Muy bien. –dijo ella. –Pero también necesito intimidad.
-Te prometo que en cuanto tenga en orden las cosas en la hacienda, todo será normal entre nosotros. –contestó Alejandro para tranquilizarla, poco seguro de su promesa. Menos seguro que nunca.
Daniel llegó a casa, y entró en la cocina para beber un vaso de agua. Se sorprendió al ver allí a Esteban, parado cerca de la puerta, y a Isaura, inmóvil con una escoba en la mano.
-¿Esteban? –preguntó él como si no creyera lo que veía. -¿Qué estás haciendo aquí?
-La invité y no vino a mi cumpleaños, así que me pasé por aquí para saber cómo se encontraba. –contestó Esteban.
-¿Isaura? –inquirió Daniel atónito.
-Sí, somos buenos amigos. –dijo Esteban.
-Tú nunca has tenido amigas. –repuso Daniel.
-Eso parece que cree todo el mundo, sí.
-Ya se iba. –habló Isaura.
-La voy a acompañar a su casa. –insistió Esteban.
-No. –replicó Isaura secamente. –No es necesario.
-Yo te acompaño, Isaura. –propuso Daniel.
Isaura le sonrió.
-Muchas gracias. –le dijo.
Esteban les miró, molesto. Vio en sus rostros una nota de complicidad que no le gustó en absoluto.
-Maldita sea. –farfulló para sí en un susurro. Aquello le molestaba más de lo que hubiera pensado.
Ana regresó a casa con sus padres. Corrió a la cocina para hablar con Isaura, pero ni ella, ni su madre ni Azucena se encontraban en el lugar. Suspiró y se sentó en la mesa. Estaba cansada. Había sido un día demasiado intenso. Un día inolvidable, pero también lleno de complicaciones. Un día que no le dejaría dormir en paz. Se pasó de nuevo la mano por la boca, recordando el contacto cálido y suave de Alejandro. Se estremeció, y sacudió la cabeza, como si eso le permitiera quitarse el asunto de la mente.
Se dirigió a su habitación, y allí se soltó el cabello frente al espejo. Un río desordenado de rizos le cayó a ambos lados de la cara. Luego, tomó un peine y trató de desenredarlo con cuidado.
Fue hacia la ventana, y la abrió, dejando que el aire la refrescara. La calle estaba desierta y en penumbra. Era ya muy tarde.
Se quedó allí algunos minutos, y poco después vio a un hombre joven pararse frente a la verja de la casa. Le observó, inquieta. Estuvo apunto de alertar a su padre, cuando aguzó la vista y vio quién era.
Salió de la habitación, atravesó la casa, en la que todos ya dormían, y salió al patio. Abrió la verja, y se quedó junto a él.
-Alejandro... –murmuró ella -¿Qué haces aquí?
-Pensaba en tirar una piedra a tu ventana, o escalar hasta el balcón de tu habitación, o algo así. –rió él.
Ana le observó y se dio cuenta de que estaba borracho. Muy borracho. De hecho llevaba una botella casi vacía en la mano derecha.
-Veo que mi primo te ha contagiado sus vicios en bien poco tiempo de vivir bajo el mismo techo. –dijo ella.
Él estiró una mano y le tocó el pelo, sólo un momento.
-Te queda mejor así, suelto. –opinó Alejandro.
-¿Cómo se te ocurre venir a esta hora? ¿Y Carolina?
-En casa, bien dormida, estaba agotada del viaje... –contestó él y bebió un poco por la botella.
-No deberías beber más. –comentó Ana. –Nunca te había visto así.
-Lo sé. El prudente y responsable Alejandro. –él sonrió sarcásticamente. –Al cuerno.
Ana vio con pena como empinaba la botella. Se la arrebató de la mano, y vertió el poco líquido que quedaba en el suelo, mientras Alejandro protestaba con una exclamación abierta.
-¿Por qué haces eso? –preguntó él.
-Alex... vete a casa, lávate la cara y duerme.
-No puedo, ¿no lo ves? No podía dormir, así que decidí tomar una ayuda.
-Emborracharse a base de ron no es una ayuda. –repuso Ana.
-¿Conoces otra mejor?
-Sí, deja de atormentarte.
-¿Dejar de atormentarme? –repitió él incrédulo. – Esta tarde, te besé. ¿Te das cuenta de lo que supone eso? Ya sería una locura en condiciones normales, pero ahora es mucho más. Estoy casado. Y te he besado. Ana, tú siempre has sido... mi hermana.
-Ese cuento ya acabó. –replicó ella. –Somos amigos y...
-Hemos traspasado esa línea. –la cortó Alejandro. – Ana, te besé... pero no puedo olvidar el hecho de que tú también lo hiciste. Pudiste rechazarme o gritarme que estaba loco, pero no lo hiciste. Lo aceptaste.
Ella bajó la cabeza, sonrojada. No sabía qué mentira inventar para ocultar lo obvio. Alejandro posó sus ojos sobre ella, sobre la curva de sus labios, los lóbulos de sus orejas, la forma de su cuello. Sintió una apremiante urgencia de besarla de nuevo, de mordisquearle suavemente una oreja, de tocarla y probarla. Se asustó tanto que dio un paso atrás. Tragó saliva, tenía la garganta seca y le sudaban las manos.
-¿Qué vamos a hacer? –inquirió.
-Olvidarlo, y enterrar el asunto, Alex. Francamente, no sé cómo pudiste hacer algo así. Yo creo que sólo estás confundido. Céntrate en Carolina, es tu mujer y la quieres. –resolvió Ana.
-Carolina... ¿soy despreciable, verdad? –Alejandro hizo una pausa. – No puedo enterrar el asunto. El tema es que... ese beso, fue el mejor y el peor de mi vida. ¿Lo entiendes?
Ana asintió con la cabeza.
-Es tarde, Alex. Si alguien nos ve... mejor vete ya. –pidió ella.
-Pero tenemos que resolver esto. Tenemos que hablar.
-Ahora no es el momento ni el lugar.
-¿Cuándo entonces? ¿Dónde?
-Mañana. En la Palapa. Allí podremos hablar a solas. –propuso Ana. –Por la tarde.
-Nos vemos mañana.
Alejandro pensó en darle un beso en la mejilla como despedida, pero entendió todo lo que ese gesto conllevaría esta vez. Le dio una palmada en el hombro, y se dio media vuelta.
Ana le vio alejarse, vio como se tambaleaba por la calle. Tenía un nudo en el estómago.
-Nos vemos. –susurró y cerró la verja.
Isaura se levantó temprano, como cada mañana. Llegó a casa de Ana todavía adormitada, y al entrar en la cocina vio como su madre ya se ocupaba de la comida, y Azucena se dirigía a las tareas de limpieza. Sorprendió a su madre dándole un sonoro beso en la cara.
-Por fin llegaste. –le sonrió Meche.
-Papá se fue a la taberna, y me despertó. –la informó ella.
-Isaura, mi cielo, la señora Mónica estuvo aquí hace sólo un momento. Tenemos planes para ti.
-¿Planes? –preguntó Isaura desconcertada.
-Así es. Verás, durante bastante tiempo he estado pensando en buscarte un trabajo fuera de esta casa, para que te hagas mayor. Esta casa es casi como la tuya, y necesitas un trabajo de más responsabilidad. –empezó a explicar Meche.
-¿Y qué habéis pensado?
-El señor Juan comentó que la señora Carolina está buscando una criada personal, y hemos pensado que tú...
-¿Qué? Yo no puedo ser la criada de esa mujer. –replicó Isaura.
-Más respeto, niña. –la reprendió su madre.
-Pero esa mujer... es demasiado... es de ciudad, y seguro maniática y pesada, y además, tendría que trasladarme a Campo Real.
-Campo Real está cerca, y es lo que quiero. Que empieces a hacerte mayor, lejos de nosotros. Te conviene, hija. Hasta que te cases. –dijo Meche.
-Entonces no tengo opción. –comprobó Isaura.
-No. Ve haciéndote a la idea.
Ana apareció en la puerta, y entró. Tenía ojeras, y el pelo aún revuelto.
-Buenos días. –las saludó.
-Buenos días. –contestó educadamente Meche.
Ana cogió una manzana roja del frutero de la mesa, y dio un mordisco.
-¿Has dormido bien? –se interesó Isaura. –No lo parece.
-No he pegado ojo. –dijo Ana sentándose en una silla.
-¿Le sirvo el desayuno, señorita? –le preguntó Meche a Ana.
-Sí, por favor.
-¿Que pasó? –inquirió Isaura sentándose enfrente de su amiga.
-Luego te cuento en mi habitación. –dijo Ana.
Daniel llegó a las seis y media a su despacho en Campo Real. Para su sorpresa, Esteban ya estaba allí, colocando algunos papeles.
Daniel cerró la puerta, y avanzó hacia la mesa.
-¿Y este milagro? –comentó.
-Para demostraros a todos que estáis equivocados. –contestó Esteban. –Puedo trabajar, y ser como tú.
-Me alegro.
Daniel dejó el sombrero sobre una silla, y se dispuso a ojear unos documentos. Esteban no dejaba de mirarle, guardando una pregunta.
-¿Qué? –preguntó Daniel sintiendo su mirada sobre él.
-¿A ti te gusta Isaura? –lanzó Esteban.
-¿Perdón?
-Anoche la acompañaste a casa.
-Para que no fuera sola. –repuso Daniel.
-Para que no fuera conmigo.
-Es lo mismo. –concluyó Daniel.
-¿Lo mismo?
-Oye, dejarla ir contigo, es dejarla en manos del mismo peligro. Y lo sabes.
-¿Creéis que voy a violarla o qué? –protestó Esteban.
-No te hagas el ofendido, te conocemos demasiado bien. Tú seduces a todo lo que lleva faldas, y no dejaré que te metas con ella. A Isaura ni te acerques.
-Entonces te gusta.
-La aprecio. –corrigió Daniel.
-Te gusta. –insistió Esteban. –Yo no la haré daño. A ella no.
-¿Vas a casarte con ella?
-¿Qué? No... yo...
-Entonces sólo quieres divertirte. –prosiguió Daniel.
-No, eso no es así.
-¿Ser su amigo y llevarla a misa los domingos? –se burló Daniel.
-No seas ridículo.
-¿Entonces qué?
Esteban movió los labios, y calló. No sabía que responder.
-Si no puedes hacerla realmente feliz, déjala ir. Para lo que quieres de Isaura, puedes tener a cualquier otra. –sentenció Daniel.
Alejandro se metió en la cama a las cuatro de la madrugada. Carolina dormía tranquilamente, tal como la había dejado.
Al amanecer despertó con ella abrazada a su torso. Él se movió, y sintió un dolor punzante en las sienes. La cabeza le dolía terriblemente.
Carolina se despertó, y le sonrió. Le besó brevemente en los labios. Alejandro fue incapaz de devolverle la sonrisa.
-¿Has dormido bien? –habló ella.
Él asintió.
-¿Qué te parece si... si lo intentamos ahora? Tenemos tiempo antes de que sirvan el desayuno en el comedor. –sugirió Carolina.
-Yo tengo trabajo ahora. –se excusó él y se incorporó.
-Ya veo. –ella hizo una pausa. –Tienes mala cara, mi amor, ¿te pasa algo?
-No, son cosas tuyas.
Alejandro se puso la bata y se dirigió al cuarto de baño para lavarse. Carolina también se levantó, y le siguió.
-Alex... –dijo ella. –Había pensado que tal vez tus problemas se deban al cansancio, o la presión. La casa que aún no tenemos, el largo viaje que hemos hecho, tu trabajo aquí... no sé, había pensado que podríamos tomarnos un día libre e ir por ahí, de campo.
Alejandro que se estaba secando la cara con una toalla, la miró.
-¿De campo? –repitió.
-O a la playa, me han dicho que antes te gustaba mucho, y todavía no me has llevado. Podríamos invitar a Nicolás y Ana, así tendrían oportunidad de intimar más. ¿Qué te parece? –dijo ella y sonrió con malicia.
-No creo que ellos tengan tiempo. –repuso Alejandro.
-Mi hermano sí. Estoy segura. Y Ana... ¿por qué no iba a tenerlo?
Él no contestó.
-No te preocupes por nada, yo les invito a ambos. Es que, estaba pensando que apenas conozco a Ana, y es tu mejor amiga, así que me gustaría que también fuese la mía.
Alejandro salió del baño, y fue hacia el armario del cuarto, de donde sacó un traje.
-Ayer no querías que la viese con tanta frecuencia, y ahora quieres que sea tu amiga íntima. –observó él. –¿A qué viene ese cambio de parecer?
-Bueno, si tú la quieres tanto, no veo porque yo no pueda. Digo, si es buena para ti, seguro que también para mí. –explicó Carolina tras una sonrisa falsa.
Alejandro dejó la ropa sobre la cama.
-¿Qué te parece? –inquirió ella.
-Haz lo que quieras. –masculló Alejandro.
-¡¿Qué te besó?! –chilló Isaura perpleja.
Ana se aseguró de que la puerta de su habitación estaba bien cerrada.
-¿Quieres bajar la voz? –le rogó.
-Perdona. –se disculpó Isaura. –Pero eso es... es... muy importante, que digo yo, casi catastrófico.
-Es catastrófico, y lo peor es lo mucho que me gustó, y que comprobé lo muy vulnerable que soy ante él. Me olvidé de Carolina, de su matrimonio... ¡de mis principios! –le contó Ana.
-Ya veo. Eres humana, Ana. –la justificó Isaura. –Pero... ¿porqué crees que lo hizo?
-No lo sé, parecía tan confundido y atormentado, como cuando vino a la casa ayer.
-¿Vino ayer?
-Cuando todos dormían, y estaba borracho. –continuó Ana.
-Dios mío, y ¿qué te dijo?
-Se sentía culpable por lo que había hecho, está lleno de dudas. Y me dijo que el beso había sido el mejor y el peor de su vida. Quería que lo hablásemos, así que hemos quedado esta tarde en la Palapa.
-¿Solos? –se escandalizó Isaura. –Ana, ¿eres consciente de lo que puede pasar allí?
-No vamos a hacer nada, sólo a conversar. Hemos estado solos cien mil veces.
-Pero no en estas circunstancias. Tú misma lo has dicho, si él se acerca, tú no puedes pararlo...
-Él no se va a acercar con esas intenciones, no está tan loco. –replicó Ana – Es Alex, jamás lo haría.
-Ya te besó una vez. –le recordó Isaura.
-¿Y qué voy a hacer? ¿Dejarlo plantado? –balbuceó Ana.
-Ten cuidado, y piensa bien en lo qué haces. En lo que hacéis, porque supongo que sabes que entre vosotros todo está ya perdido.
Ana se sentó sobre la cama, y cerró los ojos, reprimiendo las lágrimas.
-Sí, ya sé. –musitó.
-Ana...
-¿Qué?
-Voy a ser la criada personal de Carolina. –le comunicó Isaura. –Mañana me voy a Campo Real.
Ana abrió los ojos, y la miró.
-¿Cómo?
-Así es. Mi madre quiere que trabaje en otra parte, con otros patronos.
-Eso es terrible, te vas con esa mujer... y ya no estaremos todo el tiempo juntas. Primero Alejandro, ahora tú. –comentó Ana y se le escapó un sollozo.
Isaura se sentó a su lado. Puso un brazo alrededor de ella, y la abrazó.
-Te prometo que estaré todo lo distante que pueda con ella, y que nos veremos siempre que podamos. Tú irás a verme, y yo haré lo mismo. –la consoló Isaura.
-Echaré de menos tenerte en casa.
-Yo también lo echaré de menos. –confesó Isaura.
Era una tarde calurosa y soleada, como todas las de aquel mes.
Alejandro anduvo el camino hacia la Palapa en menos tiempo del que calculó. Recordaba exactamente el sitio, había estado allí cientos de veces.
Pero ésta vez los nervios y la angustia casi no le dejaban respirar. No sabía qué iba a decirle a Ana, no sabía con qué propósito acudía a la cita. Pero tenía que verla.
Subió unas escaleras, y entró en el lugar. Entró en la habitación principal. Vio a Ana mirando el mar desde la ventana. Cerró la puerta tras él, y ella se sobresaltó.
Ana sintió como le daba un vuelco el corazón. Se giró y sus miradas se encontraron.
-Hola. –la saludó él.
-Hola. –le sonrió nerviosamente Ana. –Te estaba esperando.
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