Capítulo VII (XXXXXXX)

by Cris (no login)

 
Se hizo un incómodo silencio entre ambos. Alejandro caminó hasta pararse a unos pocos pasos de Ana.
-Este lugar... está diferente. –comentó él echando un vistazo a su alrededor.
Había una cama grande con mosquitero en el centro del cuarto, un par de pequeñas mesas redondas y otro par de sillas, un butacón, lámparas en dos mesitas contiguas a la cama, una estantería con libros, un armario y unas cortinas bordadas y de color azul pálido en el amplio ventanal. El lugar era muy acogedor.
-Isaura y yo lo arreglamos mientras estabas de luna de miel. –explicó Ana.
-Se ve lindo.
-¿Sabes que Isaura va a trabajar para tu... para Carolina? Será su criada personal.
Alejandro la miró, extrañado.
-¿En serio? No sabía nada. –dijo él.
-Mañana se trasladará a Campo Real, y me gustaría pedirte que la cuides, porque todo va a ser nuevo para ella.
-Claro, no hay problema. –Alejandro tosió para aclararse la garganta. –Carolina me ha propuesto que vayamos de picnic o algo así, con Nicolás y contigo. ¿Qué piensas?
-¿Qué pienso? Como comprenderás, no es mi idea de un día perfecto, sobre todo teniendo en cuenta lo que ha pasado últimamente.
-Creí que Nicolás te gustaba.
-¿Cómo dices? –se molestó Ana.
-¿No disfrutas de su compañía? No hagas caso de lo que te dije ayer, él es un buen hombre, y te puede dar comodidades y una vida feliz...
-¿Qué estás haciendo? –replicó Ana furiosa y separándose de él. – ¿Para eso querías que habláramos? ¿Para expiar tu culpa y arreglarlo como si nada? Ya sé que ese beso fue un tremendo error, que lo hiciste sin pensar, que no significó nada y que desearías borrarlo, pero no es necesario que intentes casarme desesperadamente con Nicolás. Sé cómo son las cosas, Alex. Y te aseguro que no tengo intención de ser tu amante, ni la pobre de tu amiga que se enamoró de ti y pasará la vida lamentándose por no ser correspondida. Tranquilo, no vas a tener que cargar con eso.
-¿Enamorada? –se sorprendió él.
-Hablo hipotéticamente. –balbuceó Ana.
-Hipotéticamente enamorada, ¿me lo dirías?
-¿Qué?
-Si lo estuvieras, de él o de mí, ¿me lo contarías? –preguntó Alejandro.
-Tú te prometiste con Carolina y casi me enteré el día de tu boda. –le recordó ella.
-Ya. Entonces no me lo dirías.
-¿Cuál es el tema, Alex? Quieres que me enamore de Nicolás, ¿es eso?
-Te conviene, sí. –corroboró él y se dio cuenta de lo poco que creía en sus palabras.
-Muy bien. Entonces asunto arreglado. Ya puedo estar contenta porque cuento con tu aprobación para tener hijos con él. Permiso. –dijo Ana con sarcasmo y bastante dolida. Salió del cuarto, dando un portazo.
-¡Espera, Ana! No era eso lo que yo quería... decir. –titubeó Alejandro y salió tras ella.

Meche llegó a casa antes de lo habitual, acompañada de su hija. Azucena se ocuparía ese día de todo en la casa de Mónica y Juan.
Facundo aún no había regresado de la taberna, así que Meche se dispuso a preparar la cena para los tres. Isaura fue a su cuarto para hacer la maleta.
Poco después apareció su padre, y besó a Meche.
-Qué linda estás... –le susurró él al oído.
Meche le sonrió con cariño. Aquel hombretón de apariencia ruda tenía el corazón más tierno que ella había conocido nunca. Le amaba por lo mucho que él la quería y cuidaba.
Isaura tenía la puerta abierta de su habitación y pudo oír a sus padres hablar, probablemente de su marcha a Campo Real.
Su recamara estaba al lado de la cocina, la casa era pequeña, pero ella la echaría de menos. Ahora tendría que dormir en Campo Real, porque a diferencia de Juan o Daniel, ella no podía disponer de carruaje diario para transportarla. Suspiró y se dejó caer sobre la cama.
Pensó en Esteban. Ahora lo vería a diario, y él continuaría con su acoso. Isaura tenía miedo porque no sabía cuánto tiempo podría resistir a su asedio. Contárselo a su madre era una posibilidad, pero verle cada día era una idea que la emocionaba. Si sus padres lo averiguaran, Meche la metería poco menos que en un convento como medida preventiva, y el Tuerto se agarraría a golpes con Esteban sólo por acercarse a su niña, de eso estaba segura. Así que concluyó que lo único que podía hacer era enfrentarse sola a él y sus sentimientos.
Notó la presencia de su padre, y se puso en pie.
-Hola, papá. –dijo ella y le besó en uno de sus rechonchos mofletes.
Facundo sonrió, y observó su maleta abierta.
-¿No has terminado? La cena está casi ya lista. –comentó él.
-Luego termino de hacerla. Aún es pronto, no se ha puesto el sol.
-Tu madre me ha dicho que te apenas por irte.
-Echaré de menos estar con Ana, y esas cosas. –se sinceró Isaura.
-Es por tu bien, no puedes estar todo el día bajo las faldas de tu madre.
-Ya lo sé, papá. Y te aseguro que estoy orgullosa de poder trabajar por mi cuenta. Es sólo que... os voy a echar de menos.
El Tuerto la encerró en sus grandes y fuertes brazos.
-No te aflijas, no te vas al fin del mundo, te veremos casi todos los días. Y si no te tratan bien sólo tienes que decirlo, e iré a rescatarte. –dijo él y la besó en la nuca.

Alejandro vio desde las escaleras de la Palapa cómo Ana se desnudaba en la playa. Se quitó el vestido y se quedó tan sólo con las enaguas y el corsé. Luego, se adentró en el mar, y empezó a nadar. Él se dio cuenta de que hacía mucho tiempo que no la veía nadar, se había perdido cinco años de su vida.
Levantó la vista al oír el canto de una gaviota sobrevolando su cabeza. Adoraba aquel lugar. Adoraba San Pedro y el mar. Comprobó que las nubes estaban cubriendo los rayos del sol y que se estaba formando una tormenta.
Bajó a la playa y gritó a Ana ordenándola que saliera del agua, pero ella no le oyó o fingió no hacerlo. Cuando se enfadaba, no escuchaba. Era terca como una mula. Esperó.
El sol desapareció por completo, y escuchó silbar el viento. Poco después el crujido seco de un trueno. Y dos segundos más tarde llovía torrencialmente sobre la playa. Las olas crecían y se estrellaban con furia contra las rocas. La llamó de nuevo, pero Ana no hizo caso.
-Maldita sea. –masculló él.
Alejandro se desprendió de la chaqueta y fue a por ella. Se lanzó al agua, y nadó hacia Ana. La agarró por la fuerza, en medio de sus protestas, y la arrastró hacia la costa. Ella se cayó sobre la arena al forcejear con él, y bufó. Se levantó, airada.
-No tienes ningún derecho a...
-¿Qué demonios te pasa? –la interrumpió él. -¿Quieres matarte o qué? Mírate, estás empapada, vas a enfermar.
-Tú también estás empapado. –repuso Ana.
-¡Por culpa tuya! ¡Estás loca de remate! Eres peor que una niña pequeña.
Ellos callaron. La lluvia seguía cayendo sobre ellos. Ana se estremeció de frío cuando el viento empezó a soplar de nuevo.
-Estás helada. –dijo él e intentó acercarse, pero ella se movió.
-Déjame. –exigió ella, molesta.
Alejandro sintió aumentar la ira dentro de él, y simplemente recogió la ropa de ambos de la arena, y luego la tomó a ella en brazos, colgándola a su espalda como si fuera un saco.
-¡Suéltame! –gritó Ana.
Alejandro la llevó a la Palapa tan rápido como pudo, la metió en la habitación, y la dejó caer sobre la cama. Tiró su chaqueta y el vestido sobre una silla.
-¿No hay mantas o toallas por aquí? –preguntó él, todavía enfadado.
Ana contempló su ceño fruncido, y cómo su mirada se hacía más intensa en ese estado. Sus grandes ojos negros brillaban, y ella casi se quedó absorta en ellos.
-¿Ana? –insistió él devolviéndola a la realidad.
-En el armario hay varias. Las tengo ahí para cuando vengo a bañarme en el mar. –respondió.
Alejandro sacó dos largas toallas del armario, y envolvió a Ana con una de ellas. Luego, frotó sus brazos para que entrara en calor.
-Tápate, tienes toda la ropa mojada. –indicó ella calmada.
Alejandro cogió la otra toalla y se la pasó por la cabeza, intentando secarse el pelo. Luego, se quitó la camisa, y se arropó con la toalla. Se sentó al lado de Ana, sobre la cama.

Mónica y Juan observaban la lluvia caer desde la puerta de su casa. Azucena ya había servido la cena, y Daniel estaba con ellos.
-¿Dónde puede estar? –hablaba Mónica.
Juan, detrás de ella, puso sus brazos alrededor de la cintura de Mónica.
-No lo sé. –contestó. –Ella siempre suele estar en casa a esta hora.
-¿Crees que le habrá pasado algo?
-No. –afirmó él.
-¿Por qué estás tan seguro?
-Porque es Ana. En fin, es hija mía.
-Quizás esté con Isaura, en su casa, ayudándola a prepararlo todo para ir mañana a Campo Real. –intervino Daniel desde la mesa. – Como hay tormenta, se habrá quedado allí.
-¿Lo ves? Seguro que Daniel tiene razón, mi amor. –dijo Juan. –No hay por qué preocuparse. ¿Quieres que vaya a buscarla?
-No, no es necesario. Seguro que llega cuando pare de llover. –sonrió Mónica. –Aún no ha anochecido. Esperaremos.

-¿No vas a volver a hablarme? –le preguntó Ana a Alejandro.
Él no respondió.
-Estás furioso conmigo. –dedujo ella.
-No es eso, Ana. Tú no tienes la culpa, es lógico que estés decepcionada y dolida con mi actitud. No he sido un buen amigo. No te conté lo de Carolina, me despreocupé de ti, y luego te falté al respeto al besarte.
Ana respiró hondo.
-Cómo tú bien dijiste, yo te devolví el beso, Alex. Y te he reprochado cada palabra y cada acto en el último tiempo, cuando sólo te preocupabas por mí. Hemos metido la pata ambos.
-Pero yo he sido el insensato. –la rebatió él. –Uno siempre tiene que tener en cuenta las consecuencias de sus actos.
Ana se levantó, y anduvo un poco por la habitación, hasta volver a pararse frente a él.
-¿De verdad... de verdad quieres que acepte a Nicolás? –se atrevió a inquirir.
-No. –contestó él secamente.
-¿No? Porqué no le consideras apropiado...
-No, porque... porque...
-¿Qué?
-La razón por la que te dije todas esas cosas ayer fue porque... tuve un ataque súbito e incontrolable de celos. –confesó Alejandro.
Ana sonrió, inevitablemente ilusionada y complacida.
-¿Celos?
-Sí. –afirmó él. –El día de la boda os vi bailando, tú te reías, y ayer otra vez en el cumpleaños de Esteban. Y Carolina me comentó que hacíais buena pareja, y que se os veía interesados el uno por el otro.
-¿Y no te haría feliz que yo me enamorara?
-Pues antes creía que sí, luego pensé que no me gustaba Nicolás para ti, pero debo reconocer que es un buen partido, y ahora... simplemente sé que no me gustaría verte con ningún otro hombre, Ana.
-¿Por qué?
-No lo sé, supongo que el beso lo explica todo. –dijo Alejandro.
-¿Lo explica? Creo que lo complica todo, porque Alex... ya nada volverá a ser igual entre nosotros.
-Explica mis sentimientos, quiero decir. –aclaró él. –Ana, yo... siento cosas muy distintas por ti que por mi esposa.
-Lo sé.
-No, no lo sabes. No es como te he dicho siempre, no te veo como mi hermana o mi amiga de la infancia, ya no. Creo que nunca fuimos simplemente amigos. Nuestros lazos no son tan fraternales como yo creía. –expuso Alejandro.
-¿Estás preparado para esto? ¿Para hablar de ello?
-La verdad me asusta incluso a mí. Entendí algo al besarte, Ana. Pero no sé si debo decirlo. –prosiguió él.
Ana se calló un instante. Quería saberlo, el corazón le latía deprisa. Ése era el momento que tan desesperadamente había ansiado. Pero llegaba demasiado tarde.
-Si vamos a ser sinceros, seámoslo del todo. –apuntó finalmente ella ignorando a la razón.
Alejandro se puso en pie, y la miró fijamente a los ojos.
-Creo que... creo que estoy enamorado de ti. –declaró.
Ana notó como le temblaban las piernas, y por un segundo creyó desvanecerse de la emoción. Movió los labios, pero no pudo hablar.
-Lo sé, es terrible. Pero soy sensato, y espero que tú no me odies por esto, y puedas perdonarme. Y también espero que seas feliz, con Nicolás o con quién sea. Yo intentaré guardarme esto, y enamorarme de mi esposa. –dijo Alejandro.
-¿Enamorarte? ¿No lo estás?
-No. Sea lo que sea que confundí con el amor, no lo es. El amor es... lo que yo sentí al besarte, Ana. ¿Espantoso, verdad? –él bajó la cabeza, sinceramente avergonzado.
Ella retuvo las lágrimas. Tenía una gran presión sobre el corazón, le faltaba el aire para respirar. Deseaba besarle, desprenderle de la toalla y tocarle. Se ruborizó.
-Alex, yo...
-No hace falta que digas nada, Ana. –la interrumpió y la miró de nuevo. –En cuanto pase la tormenta, te llevaré a casa.
-Yo también... –Ana tomó aire. –Yo también te amo, Alex.
Él clavó sus ojos en ella, perplejo. Luego sonrió.
-La buena de Ana... gracias por intentar apoyarme.
Ella cambió la expresión de su rostro, se enfadó.
-No te estoy apoyando, no seas imbécil. Estoy diciéndote la verdad. ¿Por qué crees que me cayó tan mal la noticia de tu boda? ¿Por qué crees que estoy aquí? ¿Por qué sino iba a responder a tu beso? Alex, te amo, no sé desde cuándo, pero lo averigüé el día en que regresaste prometido. –Ana sintió un gran alivio al terminar su confesión.
-¿Estás hablando en serio? ¿Por qué nunca me dijiste nada?
-¡Por qué pensé que tú no sentías lo mismo! –replicó ella.
Guardaron silencio, mirándose intensamente. Luego, Alejandro vio como Ana tiritaba de frío.
-Tienes que ponerte algo seco, o te resfriarás. Mejor quítate la ropa interior, y envuélvete con una o dos toallas secas. Mientras lo haces, te espero afuera. –aconsejó él.
-¡No cambies de tema! –protestó ella. –No te va ser tan fácil ignorar esto. Tenemos un problema muy grande, Alex.
-Y tendrás otro si no te quitas esa ropa húmeda.
-No te vayas ahora, por favor... –rogó ella ahogando un sollozo.
Alejandro dudó, y finalmente, la abrazó. Ella apoyó la cabeza en su hombro, y notó como las manos de él le acariciaban la espalda. Fue un abrazo largo, tibio y efusivo.
Ana rompió a llorar, inevitablemente desbordada por las emociones.
-Ey, tranquila... –le susurró Alejandro. –No pasa nada, todo va a estar bien. Estamos juntos en esto.
Ella se separó, y él estiró una mano, limpiándole las lágrimas que aún caían por sus mejillas.
-Deja de llorar. –pidió Alejandro. –No lo soporto.
-Te quiero tanto que...
-¿Qué?
-Me olvido de ella, podría olvidarme de ella. –dijo Ana.
-Yo también, Ana. Ni siquiera pienso en ella.
Alejandro posó una mano sobre la boca de Ana. Ella cerró los ojos, y él le pasó el dedo pulgar por el labio inferior. Sin poder resistirse, la atrajo hacia él, y terminó con la escasa distancia que separaba sus cuerpos. La besó, largamente. Sus lenguas se encontraron, hambrientas, titubeantes. Ana percibió el tierno contacto de los labios de Alejandro moviéndose al compás sobre los suyos. Su cercanía la conmovió, y la excitó inexorablemente. Se abrazaron mientras seguían disfrutando lentamente de la caricia y de sus sentimientos.
Sus toallas cayeron al suelo. El beso se hacía cada vez más urgente, cuando Alejandro la agarró por los brazos y la separó con firmeza.
-Esto no está bien, Ana. –dijo mientras ambos jadeaban. –No puedo hacerte esto a ti, no te lo mereces. Yo tengo que cuidarte, no hacerte daño.
-Ya sé que no está bien, pero ahora no me hacías daño, me hacías feliz. Y no tienes porque adoptar una postura paternal conmigo, Alex. Soy mayor que tú. –repuso ella.
-Pero no sabes nada de esto... de lo que supondría... continuar. –balbuceó Alejandro.
-Alex, puede que sea virgen, pero no soy estúpida. En fin, no conozco los detalles... pero sé lo que supone.
Él sonrió, y luego habló.
-Siento tener que decir esto, Ana, pero estoy casado.
Ana bajó la vista, indudablemente herida.
-Entiendo. Ella merece todo tu respeto, pensarás que soy una cualquiera... y además, no tienes que desearme como yo te deseo. –musitó.
-Ana, mi Ana... –murmuró Alejandro. –Jamás pensaría eso de ti, nunca de ti. Y en cuanto a lo otro... he de decir que nunca en toda mi vida he deseado a alguien con la misma fuerza que lo hago contigo. Me está quemando por dentro.
Ella volvió a alzar la vista.
-A mí me pasa igual, he tratado de calmarme, pero no puedo. –manifestó Ana.
Alejandro tenía una expresión de aturdido anhelo y confusión dolorosa. Le sonrió de nuevo, con ternura, y luego se inclinó sobre ella, besándola suavemente. Pero finalmente el beso se hizo tan intenso como los anteriores.
Él le mordisqueó levemente el labio inferior, y Ana sintió un ligero vértigo. Un escalofrío recorrió las espinas dorsales de ambos. Alejandro siguió besándola mientras sus manos se dedicaban a desatarle el corsé.
Cuando hubo terminado de soltar el corsé, Alejandro la miró buscando en sus bellos ojos verdes su consentimiento. Ella no habló, sólo mordió un poco el lóbulo de la oreja derecha de Alejandro, y le besó el mentón.
Alejandro cerró los ojos, y simplemente, se dejó llevar. Hundió la cabeza en el cuello de Ana, besando y acariciando con sus labios cálidos. Ella le abrazó, y entonces él la tomó por la cintura, acercándola aún más a la cama.
Se separó un instante, y le quitó por completo el corsé. Ana tenía el torso totalmente desnudo, y él la observó, maravillado. Estiró una mano, turbado, y le tocó uno de sus senos. Vio como Ana se ponía más roja, excitada, nerviosa, y húmeda. Luego, ella se desprendió de las enaguas, y se sentó en la cama, abrumada. Le faltaba el aliento. Alejandro se colocó delante de ella, y le besó en la cabeza. Ella buscó con timidez el cierre de su pantalón, pero retiró la mano, avergonzada. Alejandro sonrió ante tal gesto, y la besó en la boca, empujando delicadamente hasta tumbarla sobre la cama.
Estaba colocado sobre ella, y la miró a los ojos.
-No tienes que tener miedo de nada. –le susurró Alejandro. –Puedes tocarme, no tiene nada de malo. Ana, te quiero, te quiero más que a nada. Jamás pensé que te quisiera de esta forma. No entiendo cómo...
Ana le sonrió y le interrumpió con un beso.
-No entiendo cómo... –continuó él. –Como no me he dado cuenta antes.
-Ya te dije una vez que soy más lista que tú.
Los dos se rieron un momento, como solían hacer cuando compartían confidencias o corrían por la playa, con la misma sinceridad y complicidad.
Se besaron de nuevo, y Alejandro se las arregló para quitarse el pantalón, y lanzarlo a un lado de la habitación. Notó los pezones de Ana apretados contra su pecho, y se excitó aún más. Se detuvo un instante.
-Ana, no tenemos... no tienes que hacer esto, piensa en las consecuencias, en las complicaciones, podemos parar. Todavía podemos parar. –habló él.
-Ya no, Alex. Yo no puedo parar, y veo en tus ojos la misma necesidad acuciante de seguir adelante. Por primera vez en mi vida, no voy a pensar en las consecuencias, sólo en este instante. –respondió ella, y gimió al sentir una mano de él explorándola.
Alejandro deslizó suavemente la mano por su pierna hasta llegar a su parte más íntima. La tocó, y ella gimió más fuerte, acompañada por él.
Se besaron, y empezaron a hacer el amor. Se acariciaron, Alejandro gozó de cada rincón nuevo del cuerpo de Ana, iba despacio para no perderse nada. Descubrió los caminos, los atajos, toda la geografía de la mujer que amaba. Cuando se hundió en ella, fue el final de todo un viaje. Arqueado sobre ella, la penetró con una ternura infinita y casi imposible. Lo hizo lenta y cuidadosamente, dominándose con una voluntad de hierro, mirándola fijamente, y parando cada vez que veía el dolor en el rostro de ella.
Ana se sentía tan extraña que no podría explicarlo. Alejandro le estaba haciendo daño, y sin embargo, si él no hubiera continuado, se hubiera muerto de la pena. Apretó los dientes, dolía más de lo que había pensado, pero cuando él estuvo por completo dentro de ella, sintió un placer tan grande que tuvo que gritar.
Alejandro se movía rítmicamente, y poco después, cuando todo hubo terminado, se quedó tendido y relajado sobre ella. Ambos sudaban, y ella le besó en la frente, tan dichosa que apenas podía contener las lágrimas.
-Gracias, Alex. Ha sido el momento más maravilloso de mi vida. –dijo.
Se quedaron dormidos juntos, bajo las sábanas. Cuando Alejandro volvió a despertarse, Ana estaba a su lado, próxima y tibia. Sonrió, y la acercó más a él. Alargó otro brazo y le acarició el cabello suelto y desordenado. Dejó allí la mano, jugueteando tiernamente con su pelo.
Ana abrió los ojos y le miró, sonriendo adormitada. Él la besó dulcemente en los labios.
-Me temo que los rumores han dejado de ser falsos. –comentó ella.
Alejandro apoyó su nariz sobre la de ella, y la movió, rozándose ambas. Ana rió, y se quedaron quietos, juntos, pero sin apenas tocarse. Ambos sentían el latido del corazón del otro, y su respiración entrecortada.
-Te amo. –repitió Alejandro.
-¿Qué vamos a hacer ahora, Alex?
-No lo sé. Pero... supongo que la anulación es una buena solución.



    
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