Capítulo VIII

by Cris (no login)

 
Había parado de llover, y estaba anocheciendo. Ana se incorporó al oírle decir aquello, y cubrió su desnudez con la fina sábana.
-¿Anulación? –murmuró ella. –Alejandro, tu matrimonio se celebró hace dos semanas, ningún tribunal eclesiástico o civil lo permitiría...
-Lo sé, ya lo sé. –la cortó Alejandro sentándose también sobre la cama –Pero soy abogado, tengo que encontrar una solución.
-¿Y si no la hay?
-Tiene que haberla, Ana. No nos puede estar pasando esto, no por lo estúpidamente ciego que he estado. No es justo para nadie. Pienso en Carolina y me siento peor que un canalla, por hacerla sufrir, por haberla arrastrado a esto, por engañarla, y luego pienso en ti y... en que te hice sufrir porque no me di cuenta de que te amaba, por casarme con otra, y ahora por confesarte mis sentimientos tan egoístamente y...
-Alex, para. –pidió Ana. –No te tortures, por favor. Sé que lo que nos está pasando parece una terrible pesadilla, pero no tienes porque cargar con ello tú solo. Si yo no te correspondiera, o si te hubiera contado lo que me pasaba antes de casarte... somos víctimas de las circunstancias. Yo tampoco me siento muy bien que digamos ahora mismo.
Alejandro calló, pensativo.
-Quizás sea el destino. –prosiguió Ana.
-Tú no crees en el destino, siempre dices que tenemos lo que conseguimos.
-Así es.
Alejandro se levantó y se puso los pantalones rápidamente.
-Debemos irnos, tus padres estarán preocupados. –dijo él.
-Alex... –habló Ana e hizo una pausa como reflexionando en si debía decirlo o no. – Te parecerá absurdo e infantil que te pregunte esto... pero...
-Dime.
-Pues... –ella respiró hondo. –Lo que hemos hecho... ¿con Carolina es igual?
-¿Qué? –se rió Alejandro, sonoramente.
-Oye, no te rías de mí, ¿vale? Porque yo no soy muy experta en estas cosas y...
-Perdona, no me río de ti, Ana. ¿Qué si es igual, qué?
-Sabes perfectamente de que hablo. Si es igual... ya sabes. –Ana se sonrojó y él volvió a reírse, divertido.
-Nunca te había visto tan tímida. –comentó Alejandro.
-No te burles.
Él se sentó de nuevo en el borde de la cama, se inclinó sobre ella y la besó en la mejilla.
-No me burlo. –afirmó.
-Entonces... es igual. –dedujo Ana.
-¿Cómo puedes pensar que es igual? Por supuesto que no. –respondió Alejandro tajante. –Esta ha sido la primera vez en mi vida que he hecho el amor. Y como no podía ser de otro modo, fue contigo.
A Ana se le llenaron los ojos de lágrimas. Ella sentía lo mismo. Nunca había imaginado un momento tan íntimo con un hombre, y cuando por fin lo concibió, sólo lo hizo con él en su pensamiento y su corazón. Avergonzada, Ana se limpió los ojos con las manos.
-Me estoy volviendo una llorona insoportable. – dijo ella, molesta consigo misma.
Alejandro se mordió el labio inferior, sofrenando el impulso de besarla y repetir lo que habían hecho tan sólo hacía algunos minutos.
-Te cuento un secreto. –habló él. –Sólo he estado con Carolina en la noche de bodas.
-¿Cómo? –inquirió Ana desconcertada.
-Que sólo he hecho el amor con mi esposa una vez. –aclaró Alejandro. –No he podido volver a repetirlo. Desde que te vi bailando con Nicolás en mi boda, y los celos empezaron a torturarme, no he podido... sólo puedo pensar en ti.
Ana sonrió, indudablemente contenta, y también un poco culpable por la ilusión que la embargaba.
-Alex... tú siempre tan fiel a tus sentimientos. –musitó ella.
-Fiel a ti, supongo. Y mi matrimonio es un infierno, como imaginarás. Y ahora... no puedo llegar a casa, y cumplir con mi esposa... sería un cerdo aún más grande. –prosiguió Alejandro.
-¿Y qué vas a hacer?
-No lo sé, las excusas se me acaban. –confesó Alejandro. –Quizás deba contarle la verdad.
-No. –se opuso ella. –Si lo haces, las cosas sólo empeorarán para ti. Primero intenta averiguar si puedes separarte legalmente de tu mujer, sino es así, lo mejor es que nos olvidemos, y trates de que funcione tu matrimonio. No la cargues a ella también con nuestro pecado. Mientras buscas una salida o tomas la decisión adecuada, nos mantendremos separados. Ya sabes... esto no volverá a suceder. Y en cuanto a cumplir con ella... mi mente dice que lo hagas, y mi corazón... no lo soporta.
-Esto es lo que haremos. Buscaré una solución, y mientras tanto, me mantendré lejos de ti y de ella... y sino la encuentro... lo siento, Ana, pero se lo contaré todo... ella no se merece más mentiras. Y yo no puedo hacerla feliz.
-Ya, pero tampoco se merece saber que... –ella rectificó. –Tienes razón. Pero si no puedes separarte... ¿de qué sirve decirle que me amas a mí? No podremos estar juntos. Y entonces, en vez de sufrir dos, sufriremos tres.
-Ella ya está sufriendo. Entiéndelo... estamos recién casados y no la toco.
-Lo sé. Somos dos personas horribles, ella no se merece nada de esto. –Ana hizo una pausa. – Entonces lo mejor sería...
-Necesitamos tiempo. Tiempo... eso es.
Ella esbozó una sonrisa de aprobación, bastante angustiada. En su interior sabía que les esperaban tiempos difíciles. Alejandro la besó en la boca tiernamente. Ella se estremeció, y quiso llorar. Pero consiguió dominarse.
-Vamos a casa. –dijo él.

Mónica daba vueltas por el recibidor de su casa, preocupada. Ya era de noche, la luna llena iluminaba el cielo, y Ana no aparecía. Juan había ido a buscarla, y Daniel estaba acompañando a su madre, sentado sobre un butacón.
Entonces por fin, la puerta se abrió, y entró Ana. Mónica la observó, tenía el pelo y la ropa mojada, y parecía muy cansada. Mónica se acercó a ella inmediatamente, y la abrazó. Luego la miró, severa y enfadada.
-¿Se puede saber dónde demonios has estado? –la reprendió.
-Perdona, mamá... estaba en la playa cuando vino la tormenta, y me refugié en la Palapa hasta que terminó... lo siento. –se excusó Ana.
-Tu padre está buscándote... nos tenías muy preocupados. ¿Te parece normal hacer esto? Te hemos dicho cientos de veces que no nos gusta que pases tanto tiempo allí, pero eres obstinadamente desobediente...
-Lo siento. –se limitó a decir Ana.
Mónica le puso una mano en la frente.
-Estás ardiendo... Santo Dios, tienes fiebre. –comprobó Mónica. –La playa nos va a traer un disgusto. Anda, ve a la habitación, cámbiate, y recuéstate... enseguida te llevo un zumo de naranja y algo de cenar.
Ana se retiró sin más, y Juan entró en ese instante por la puerta.
-No está en casa del Tuerto, vengo de allí. –declaró.
-Tranquilo, cariño, Ana está en su habitación... estaba en la Palapa. Y creo que se ha resfriado. –le informó Mónica.
Juan suspiró, aliviado.
-Esta hija nuestra... –masculló.
-Ha salido a ti. Sois como dos gotas de agua. –sonrió Mónica.
-Perdóname, cielo, pero tú tampoco resultas muy fácil de manejar que digamos. –repuso Juan con cariño.

Ana todavía sentía calor en su entrepierna, y una leve molestia. Se quitó la ropa mojada, y se puso un camisón blanco de lino. Luego, se cepilló el cabello, mientras las imágenes de lo que había sucedido en la Palapa regresaban a su cabeza. No conseguía medir las consecuencias de su acto, no sabía si estaba llena de felicidad, angustia o culpa. Suponía que era una mezcla de todo ello, pero la intensidad de lo que Alejandro y ella habían hecho superaba el resto.
Se metió en la cama, y se cobijó bajo las sábanas y la delgada manta de verano. Estornudó, y creyó que la cabeza le iba a explotar del dolor. Su madre entró sin llamar, con una bandeja en la mano. Ana se sentó, y Mónica le puso la bandeja sobre el regazo. Había zumo, una sopa caliente, un pedazo de pescado, y una manzana roja.
-No tengo hambre, mamá... –repuso Ana.
-Tienes que comer algo, mañana llamaré al doctor para que te revise y te dé alguna medicación. Tienes fiebre, cariño. Vamos, al menos la sopa y el zumo. –insistió Mónica.
Ana prefirió no discutir, y bebió un sorbo de zumo. Luego, empezó con la sopa.
-Mañana vienen a comer Don Noel y su familia. –comentó Mónica.
-¿Todos?
-Bueno, no sé si Alejandro y Carolina vendrán o no... si sigues con fiebre, tendrás que quedarte en la cama. No quiero que empeores.
-Está bien, mamá. –respondió escuetamente Ana.
-Cielo... ¿qué hay de ese hombre?
Ana se sobresaltó.
-¿Qué hombre?
-Nicolás Mendoza. –aclaró su madre. –No sé, se os veía bien juntos, quizás...
-No.
-¿Por qué eres tan testaruda? –protestó Mónica. –Tu hermano se casará algún día, y nosotros no viviremos para siempre... ¿qué va a ser entonces de ti? ¿Acaso no quieres formar una familia como la que tenemos tu padre y yo?
-Para eso se necesita amor. –replicó Ana.
-Podrías enamorarte si lo intentaras, pero ni siquiera dejas que se te acerquen, cariño.
-Sé que lo que dices... sé que tiene una perfecta lógica, mamá... pero Nicolás no... le veo como un posible amigo, nada más.
-De los hombres que te rodean, o huyes de ellos antes de conocerlos, o los colocas como tus amigos. Ana, no puedes hacer con todos como con Alejandro.
Ana notó como el rubor le subía desde el estómago y se le plasmaba en la cara súbitamente.
-¿Qué?
-Alejandro es un buen amigo, y reconozco que tenéis una relación muy bonita, pero hay otras posibilidades de relacionarse con los hombres, Ana. Bueno, admito que durante cierto tiempo pensé que tú y Alex podíais llegar a algo más, pero ahora que sé que no... quiero que hagas tu vida, y seas feliz. –explicó Mónica.
-¿Pensaste que Alejandro y yo... ? –quiso preguntar Ana, pero no sabía cómo.
-Sus padres también, y sus abuelos... en fin, teníais un vínculo tan especial que era normal que lo pensáramos. Pero ya sabemos que estábamos equivocados, y que lo que os une es una sincera amistad. Me parece lindo que tengas un segundo hermano en Alejandro. Pero un marido es necesario.
-Yo me valgo por mi misma. No necesito a nadie.
-Ahora piensas así, pero dentro de unos años no lo harás, y entonces será demasiado tarde. Recapacita, Ana. Sé que acabarás entendiéndolo. –concluyó Mónica y le dio un beso en la frente.

Cuando Alejandro entró en su habitación de Campo Real se encontró con Carolina haciendo una maleta. Absolutamente extrañado, se paró a su lado.
-¿Qué haces? –preguntó.
-¿Dónde te habías metido?
-La tormenta me sorprendió fuera, y esperé a que remitiera.
Carolina observó su ropa húmeda.
-Ya lo veo. –dijo. –Mañana me voy a la capital con mi hermano, ¿quieres venir?
-Sabes que tengo trabajo. ¿Por que os vais?
-Por si se te ha olvidado, la construcción de nuestra casa está apunto de empezar, y quiero revisar y escoger algunos materiales personalmente. Como tú no tienes interés en ello, quédate. –le espetó Carolina.
-Perdona, mi am... –él se calló. – Sé que tú tienes buen gusto, Carolina.
-Bien, me voy mañana por la mañana.
Carolina cerró la maleta y le miró.
-Vuelvo en dos días, más o menos. –le comunicó ella. -¿No nos vamos a despedir como es debido?
Alejandro tragó saliva, terriblemente turbado.
-Es mejor que descanses para el viaje. Ya tendremos tiempo cuando regreses.
Carolina se apartó de él, enfadada, pero dispuesta a disimularlo. Le sonrió con dificultad.
-De acuerdo... ¿quieres cenar algo?
-No, gracias. –rehusó él.
-Entonces será mejor que durmamos.
-Por cierto, -habló Alejandro. –mañana llega Isaura.
-¿Mi criada?
-Sí, pero espero que la trates bien, es la mejor amiga de Ana y yo la aprecio mucho. Es una gran muchacha. –expuso él.
-Ni más faltaba, por supuesto que lo haré. –afirmó Carolina con una sonrisa aún más falsa. –Mientras estoy fuera, que se instale y ayude en la cocina.

Isaura apenas durmió esa noche, y al amanecer estaba ya en pie. Se despidió de su madre con un suave beso en la mejilla, y su padre la acompañó hasta Campo Real en un coche que enviaron a por ella.
Entró sola en la casa, por la puerta principal, con una maleta en la mano. No sabía adónde dirigirse, pero entonces aparecieron Alejandro, Carolina y Nicolás. Bajaban de las habitaciones juntos, y los dos hombres llevaban maletas. Isaura les observó, desconcertada. Alejandro se detuvo junto a ella, y descansó posando las maletas de Carolina en el suelo.
-Bienvenida, Isaura. –la saludó.
-Gracias. –sonrió ella un poco nerviosa.
Carolina la escrutó con la mirada.
-Bueno, muchacha, yo me voy de viaje y volveré en un par de días. Mientras tanto, instálate y deja mi cuarto listo para mi regreso. –exigió Carolina distante y autoritaria. – Y no toques mis cosas ni husmees demasiado, porque si me doy cuenta de que me falta algo...
-¡Carolina! –la cortó Alejandro. –Isaura no es esa clase de chica, ella es honrada, ni siquiera lo menciones. No la ofendas.
Isaura bajó la cabeza, incómoda por la situación.
-Está bien, mi amor. Pero es que a veces el afecto te ciega... –comentó Carolina.
-¿De qué estás hablando? –se molestó aún más Alejandro.
-De nada. –les interrumpió Nicolás para detener la naciente pelea. –Lo mejor es que nos vayamos ya o se nos hará tarde.

Alejandro acomodó a Isaura en su nuevo cuarto, cercano a la cocina, en la zona de la servidumbre, y le recordó que él era ante todo su amigo en esa casa. Quiso preguntarle por Ana, pero se dio cuenta de que no era prudente ni apropiado, así que se contuvo.
Después se dirigió a casa de sus padres.
El sol quemaba, y él se sentía débil pues tenía algunas décimas de fiebre. No había dormido en toda la noche, la garganta le dolía, y la conciencia no le dejó pegar ojo.
Se sorprendió al verles vestidos y listos para salir. Mariana le dio un abrazo en la entrada de la casa, y le besó en la mejilla, dejándole una huella de carmín en la cara, que luego se afanó en limpiarle.
-¿Qué haces aquí, cariño? –preguntó su madre.
-Carolina se fue esta mañana a la capital con su hermano, para revisar algunos materiales de nuestra casa, y pensé en comer con vosotros. –expuso Alejandro.
-¿No fuiste con ella?
-Tengo trabajo. –respondió él rápidamente.
Marcelo apareció por detrás de Mariana con una sonrisa burlona en la cara.
-Cuidado, Alex, nunca es bueno dejar a tu esposa sola, sobre todo si estáis recién casados... –comentó su padre.
El gesto de Alejandro se contrajo, y Mariana percibió su tensión.
-Oh, cielo, no hagas caso a tu padre. Dice tonterías. Vamos a comer a casa de Juan, ¿quieres venir? Tus abuelos también lo harán. –le informó Mariana.
Alejandro dudó un segundo.
-¿Te pasa algo, cielo? –inquirió Mariana.
-No, estoy bien. Iré con vosotros. –contestó él.
Mariana le observó.
-Estás pálido. –dijo ella y le tocó la cara. -¿Tienes fiebre?
-Seguramente sea un resfriado de verano. –opinó Marcelo. –Salgamos ya.
Mariana se acomodó el sombrero, y los tres partieron hacia la casa de Juan y Mónica.

A Isaura le habían encargado que buscara una botella de vino en las bodegas para la comida. Apenas llevaba unas horas en Campo Real y se sentía tan desorientada como incómoda. Se encaminó hacia las bodegas con paso seguro.
Iba tan absorta en sus pensamientos que no vio a Esteban. Él acababa de encerrar a su caballo, y estaba conversando con Isabel Rivas, que había sido invitada a comer en la hacienda junto con sus padres. Esteban la vio alejarse, y se disculpó con Isabel.
Un minuto más tarde, estaba siguiendo a Isaura.
Ella abrió la puerta de la bodega, y la dejó entreabierta, sujetándola con un palo grueso dispuesto para ello.
Esteban entró tras ella, y empujó el palo inconscientemente, provocando que la puerta se cerrara de golpe una vez él estaba dentro de la bodega. Isaura se sobresaltó al oír el ruido, y se dio la vuelta, viéndole ante ella.
-¿Usted? –murmuró.

Alejandro y su familia se sentaron en la mesa del comedor una vez todos se hubieron saludado. Él se dio cuenta en cuanto cruzó el umbral de la puerta de que Ana no estaba allí, pero no dijo nada. Apenas habían probado bocado y Mónica se dirigió a él.
-¿Dónde dejaste a Carolina, Alex? –le preguntó.
-Fue a la capital con su hermano, por lo de nuestra casa. –Alejandro tomó aire y se atrevió a preguntar. -¿Ana?
-Me parecía extraño que tardaras tanto en preguntar por ella. –bromeó Don Noel sonriéndole a su nieto.
-Pues está en su recamara, acostada. –explicó Mónica. –Anoche se resfrió, tiene fiebre y el médico le ha recomendado reposo, agua y algún medicamento.
Mariana miró a Mónica, sorprendida.
-Es curioso... mi Alex también está un poco afiebrado hoy. –declaró.
-¿En serio? –le contestó Mónica y se fijó en Alejandro. –Si... es curioso.
Un pensamiento cruzó la mente de Mónica, pero prefirió desecharlo. Sacudió la cabeza, razonando que eso era imposible.
-Están tan coordinados que hasta se ponen enfermos al mismo tiempo. –habló Daniel.
Alejandro no dijo nada más en toda la comida, y al término le consultó a Mónica si podía subir a ver a Ana.
-Si, está bien. Pero te acompaño. –repuso ella. –No es apropiado.
-Por favor, Mónica. No creo que en esa recamara vaya a suceder nada. –intervino Juan bebiendo un sorbo por su taza de café.
-¡Juan! No es correcto y punto. –se quejó Mónica y luego miró a Alejandro. –Ven conmigo.

-Así que eres la nueva criada de Carolina. –habló Esteban con una sonrisita que irritaba a Isaura. –Llegaste hoy...
-Eso es. Soy la criada, estoy aquí para trabajar honradamente, así que haga el favor de dejarme en paz. –replicó Isaura furiosa.
-Dejarte en paz... no puedo. –se limitó a decir él.
-¿Qué es lo que quiere de mí?
-Una vez me dijiste que ya lo sabías. ¿Ya no lo tienes tan claro? –se rió Esteban.
Isaura dejó escapar una exclamación de indignación, tomó una botella de vino tinto, y pasó por su lado, furibunda. Pero él la detuvo cogiéndola por un brazo, que apretó con fuerza, obligándola a mirarle a los ojos.
-Me gustas. –confesó Esteban. –Me gustas mucho.
-No le creo.
-Eres distinta. –siguió él como si no la hubiera oído. – Eres fresca, graciosa, resulta muy fácil enfadarte y eso me divierte. Eres sincera. Y muy guapa...
Isaura sintió su cálida mirada en ella, y las piernas empezaron a temblarle involuntariamente. Sabía que se había ruborizado, y no podía evitarlo.
-Me hace daño. Suélteme. –pidió ella autoritariamente.
Pero Esteban no la soltó. Ni siquiera hizo ademán de ello. Se inclinó sobre ella, y sus labios rozaron su boca. Isaura no pudo detenerlo, y él la besó. Acarició sus labios con un roce tierno y delicado, y entonces ella apartó la cara, e hizo un esfuerzo por soltarse de sus manos. Lo consiguió y se apartó, asustada, emocionada por lo que había sentido, y muy enfadada por su atrevimiento.
-¡Cuida tus modales! –gritó Isaura. – Eres un irrespetuoso, y un niño malcriado, y egoísta, irresponsable y...
Esteban se rió a carcajadas ante tal arrebato de ira.
-Vaya, por fin me has quitado el “usted”. Está claro que tendré que besarte con más frecuencia. –comentó.
-Eres incorregible. –concluyó ella y se dirigió a la salida bufando. Pero se detuvo frente a la puerta cerrada. Intentó abrirla, pero no pudo. Se volvió de nuevo hacia él.
-¿Dónde está el palo que sujetaba la puerta? –inquirió.
-Yo no lo tengo. –se encogió de hombros Esteban.
-¿Lo quitaste? ¿Por qué no tuviste más cuidado? –le reprochó Isaura.
-No lo sabía.
Isaura forcejeó con la puerta inútilmente. Suspiró vencida.
-Estamos encerrados. –dijo.
Esteban sonrió para sí.
-Es una lástima. –le contestó.

Mónica tocó la puerta antes de entrar en la habitación de su hija junto a Alejandro. Ana estaba sentada y tapada con la manta, apoyada en la almohada que tenía doblada a su espalda. En cuanto vio a Alejandro no pudo evitar revivirlo todo de golpe, y se sintió casi mareada. Ellos se miraron.
-Buenas tardes. –la saludó él.
-Buenas tardes. –respondió Ana.
Mónica les observó alternativamente.
-Bueno, bajaré a terminar de tomar mi café. –anunció Mónica. –Sois vosotros, así que supongo que no importa que no me quede...
-Claro, mamá. –aseguró Ana.
Mónica salió del cuarto, y dejó la puerta entreabierta. Alejandro suspiró, y se paró cerca de la cama.
-¿Cómo te encuentras? –le preguntó.
-Un poco mareada, es por la fiebre y... lo demás. Ya sabes.
-Sí, yo estoy igual. –declaró Alejandro.
-¿Carolina?
-Está en la capital con su hermano, por lo de la casa. –la informó él.
-Vuestra casa. –precisó Ana e hizo una pausa. –Alex... creo que nos hemos equivocado.
-¿Por qué? ¿No sientes por mí lo que creías o...?
-No, no es eso. Es que esto no va a salir bien. No podemos ser tan ingenuos. Carolina, nuestras familias, el pueblo entero de San Pedro y sus chismes, no vamos a poder nunca. Es pueril el hecho de que pensemos que algún día podremos estar juntos. –se explicó Ana.
Alejandro se quedó pensativo un instante y luego habló.
-¿Recuerdas cuando teníamos ocho años y nos escapamos una noche a la playa? Bueno, en realidad tú tenías nueve y yo ocho.
-Pues...
-Recuerdo que aquella historia de piratas que nos contó tu padre provocó que quisiéramos ir allí de noche. –continuó él. –Yo me escapé de casa y me reuní contigo en la puerta de la tuya. Cuando llegamos a la playa yo estaba aterrado, y tú me cogiste la mano diciendo que sólo era oscuridad, que estábamos juntos y que cuidarías de mí. Queríamos ver un buque fantasma que no existía.
Ana sonrió al recordarlo.
-Cuando volvimos a tu casa, absolutamente decepcionados, nos castigaron más de un mes sin salir, y dos semanas sin vernos. Y tú dijiste que la culpa era tuya porque tú me habías convencido para bajar hasta la playa. Añadiste que yo era un mocoso, que me habías manipulado, y que el castigo debía ser para ti. –relató Alejandro. –Creo que te amo desde ese día.
Ana le miró, conmovida. Tenía un nudo en el estómago.
-No me acordaba. –musitó ella.
-Hemos pasado por muchas cosas juntos. Esto también lo superaremos. No sé cómo, pero tengo fe. –dijo Alejandro.
-Estoy asustada.
Alejandro se sentó con ella en la cama.
-Yo también lo estoy. –dijo y la miró profundamente a los ojos. –Y quiero besarte...
-Yo también. Pero no podemos.
Alejandro estiró una mano y le acarició la mejilla a la altura de la oreja. Ana sintió un escalofrío recorriéndole la espina dorsal.
-Te quiero. –murmuró ella imperceptiblemente.
-No puedo pedirte que me esperes, Ana. –habló Alejandro. –Pero si decides hacerlo, te juro que no renunciaré a ti jamás.
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Escrito desde Aug 16, 2004, 6:39 PM
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