Ana parpadeó, y contuvo la respiración, abrumada. Lo que él le pedía que hicieran era algo temerario e imposible, pero el hecho de olvidarle y sacarlo para siempre de su vida era algo mucho más imposible. Ella tenía el pulso acelerado, y la cabeza recalentada por la fiebre. No podía pensar con claridad y fue incapaz de responder.
-Ana... –habló él con voz dulce. –Si no te sientes con fuerzas para afrontar todo esto, lo entenderé perfectamente. Sólo tienes que decirlo.
Ella le miró, mordiendo una frase elocuente, pero no pudo pronunciar una sola palabra.
-¿Qué me contestas? –insistió Alejandro temiendo una negativa.
Ana pareció finalmente salir de su estado de conmoción, y una sonrisa asomó en su rostro.
-Ya conoces la respuesta, Alex. –dijo firmemente.
-¿Eso es un sí? ¿Vas a esperarme? ¿Realmente estás tan loca como yo?
-Sabes que sí. Que quieres que te diga... Estamos hechos el uno para el otro. –bromeó Ana.
Alejandro sonrió, sinceramente feliz y aliviado.
-¿Sería inadecuado que te abrazara? –preguntó.
Ana rompió en risas.
-Dadas las circunstancias, sí. Pero eso no es lo más inadecuado de todo lo que estamos haciendo... –repuso ella.
-Siempre tan sarcástica... a veces me fastidia, otras lo encuentro realmente adorable y...
-Vete ya. Antes de que olvidemos en qué casa estamos, Alex. –le interrumpió Ana.
Alejandro titubeó, y luego se acercó más a la cama. Se inclinó sobre ella y le dio un beso en la frente, rápido y tibio.
-Te quiero... mi amor. –musitó él.
Antes de que ella pudiera hablar, Alejandro había salido de la habitación.
“Mi amor”, pensó Ana. Sonaba tan nuevo, tan diferente... y sin embargo, resultaba tan natural que no la sorprendió en absoluto sentirlo así.
Isaura permanecía parada cerca de la puerta de la bodega, encogida por el frío del lugar, y totalmente en silencio. Esteban la observaba y se preguntaba que estaría pasando por su cabeza en aquellos momentos. Que habría sentido con el beso.
Él nunca había dado un beso tan breve e inocente, apenas tocó sus labios y todo había acabado. Pero algo había empezado también, y ya no podía detenerlo.
-Bueno, como creo que no volverás a hablarme al menos hasta que salgamos de aquí... –empezó él, pero no pudo completar la frase.
-Todo esto es culpa tuya. –le cortó abruptamente ella. –Cuando haces las cosas, nunca piensas en las consecuencias, ni en los demás, sólo en ti y en lo que te apetece.
Esteban levantó la mirada, fastidiado como si estuviera escuchando el sermón de reproche de una madre.
-Dime una cosa, ¿qué te molesta más? ¿Qué nos hayamos quedado encerrados o el beso? –preguntó él.
-¡Ambas cosas! –exclamó Isaura. –Y lo sabes perfectamente.
-Nos sacarán de aquí, en cuanto se den cuenta de que no vuelves son las botellas.
-¿A ti nunca te pone nervioso nada, verdad? –le increpó ella.
-Tú me pones nervioso, cielo. –se burló Esteban.
-Oye, conmigo no, ¿de acuerdo? No te pongas en plan chulesco conmigo, porque perderé por completo la paciencia.
Esteban se rió divertido.
-Me encanta enfadarte. –comentó él..
-Pues admito que lo haces mejor que nadie.
Esteban suspiró y se quitó la chaqueta, extendiéndosela con la mano a Isaura. Ella le miró desconcertada.
-Tómala, tienes frío. Prefiero que la cojas tú misma, no quiero acercarme demasiado para que no peligre mi vida. –explicó él.
Isaura no pudo evitar sonreír ante ese comentario, y aceptó la chaqueta asintiendo con la cabeza. La cogió y se la puso sobre los hombros, realmente agradecida.
-Por lo menos me has sonreído. –dijo Esteban.
-No te lo creas tanto. –protestó Isaura. –Sólo es una tregua.
-Me sirve.
Carolina daba vueltas por la habitación del hotel, de un lado a otro, mientras observaba a su hermano sentado y tomando un té tranquilamente. Carolina pasó por su lado y bufó, lo que hizo que él la mirara de reojo.
-Si nos hubiéramos quedado en casa estaríamos más cómodos que en el hotel. –dijo Nicolás.
-Pero hace tiempo que nos fuimos de casa, y no estará en condiciones. Alojados aquí estamos mejor.
-Como digas. –contestó él indiferente.
Tras una pausa, ella habló de nuevo.
-¿Vas a prestarme atención o no?
Nicolás la miró de nuevo y posó la taza sobre la pequeña mesa redonda que había en el centro de la habitación.
-Así que con todas estas vueltas lo que querías era que te prestara atención. Muy sutil, hermana. ¿Con Alejandro te funciona? –comentó Nicolás.
-Con él nada funciona, de eso quiero hablar.
-Creo que esta conversación ya la hemos tenido. –observó él.
-Sí, pero nada cambió desde entonces. Me hiciste una promesa y no la cumpliste.
-¿En serio? –Nicolás carraspeó para aclararse la garganta. -¿Por qué no me dices de una maldita vez que sucede?
-Ana, Ana y otra vez esa zorra de Ana... –contestó Carolina con exasperación.
-Veo que tu aprecio por ella va en aumento.
-No te burles. Mi matrimonio es un fracaso.
-Te lo advertí. –repuso él.
-No me vengas con esas. Entre Alejandro y yo no hay intimidad... ni siquiera comunicación, no le gusto, no me toca.
-¿Hablas en serio?
-Sólo hemos estado juntos en la noche de bodas. No tengo porque darte detalles, pero espero que entiendas cómo están las cosas. –habló Carolina.
-Comprendo. Y crees que todo se debe a que se está acostando con Ana.
-¡No! –negó ella. –Alejandro... no, él no podría, te lo dije una vez. Pero algo le ronda la cabeza, lo sé. Le conozco lo suficiente. No es que las cosas fueran perfectas antes, pero hasta la boda todo fluía... ahora él ha cambiado, finge que no es así, pero lo es. Alejandro no es el mismo, y es por ella. Quiero detener esto antes de que vaya a más.
-¿Cómo?
-Rompiendo lo que quiera que hay entre ellos. –resolvió Carolina.
-Si no sabes lo que hay, ¿cómo lo vas a cortar?
-Te tengo a ti. –dijo ella y sonrió.
Nicolás dejó escapar una carcajada.
-A mí... –murmuró él. –Yo no pienso ser tu marioneta en esto.
-¡¿Quieres prestarme atención?! –gritó Carolina y lanzó la taza de té al suelo. -¡Escúchame, maldita sea!
Nicolás la miró totalmente sorprendido.
-Cuidado Carolina, no pierdas los nervios. –la amenazó él.
-Quiero a ese hombre, y tú vas ayudarme. Eres mi hermano, así que continua lo que empezaste antes de mi boda. Aleja a Ana.
-Ana es maravillosa. –dijo Nicolás. –Además de esos impresionantes ojos verdes que tiene, es un desafío. Cualquier hombre desearía tenerla, y me incluyo. Pero no cometeré tu mismo error, hermanita. No me enamoraré de alguien que no pueda corresponderme.
-Alejandro y yo éramos felices, aquí. Si pudiéramos regresar a la ciudad...
-Nunca le sacarás de San Pedro. –afirmó Nicolás.
-Lo sé. Por eso te necesito. No tienes que enamorarte, me sirve con que la conquistes. Tú tienes cualidades para eso, te sobran.
-¿Y qué pasa si yo también me involucro sentimentalmente? Siento decir esto, pero tengo la sensación de que sería muy fácil enamorarse de Ana. –replicó Nicolás.
-Sí, ya sé que todos estáis prendados de ella. –Carolina hizo una pausa. –Si en algo me quieres, por favor, haz lo que te pido. Visítala, asédiala, no me importa cómo. Hazlo. O tendré que tomar medidas drásticas.
-No me amenaces. –le advirtió él seriamente enfadado.
-No es una amenaza para ti.
-Estás loca.
-Puede ser. Pero sigo siendo tu hermana, y debes asegurar mi felicidad.
Nicolás reflexionó durante un par de segundos.
-No será fácil. –dijo al fin.
-Nada que realmente merezca la pena lo es. –opinó Carolina.
-Está bien. Lo haré por ti, Carolina. –decidió Nicolás.
Ella sonrió con la misma expresión de insolente triunfo que mostraba siempre que conseguía lo que se proponía.
-Bien, adelantaré mi regreso para esta noche. Tú llegarás mañana, habiendo dispuesto ya todo lo de la casa. Y prepararé un picnic con Ana, mi marido, tú y yo... tendrás la ocasión de acercarte a ella. ¿Estamos de acuerdo?
-Lo estamos. –concluyó él.
Oyeron pasos fuera. Ambos reaccionaron y afinaron el oído. Finalmente alguien llamó a Isaura por su nombre, y abrieron la puerta de la bodega. La claridad el sol los dejó ciegos por unos segundos, y luego consiguieron distinguir en la entrada la figura de una mujer mayor y regordeta, jefa de las criadas. Miró a Isaura con severidad.
-Pero bueno, niña... ¿qué haces aquí? ¿Es que no sabes mantener abierta una puerta? –la reprendió la mujer.
Isaura salió y le entregó la botella, cabizbaja. Entonces Esteban se dejó ver, y la mujer se cuadró en el acto.
-Señor, no sabía que usted también estaba aquí...
Esteban la sonrió con su particular encanto.
-Hazme un favor, Petra, no la culpes a ella. No fue su culpa, soy yo quién no sabe mantener una puerta abierta. –habló él.
Isaura dirigió una sonrisa disimulada a Esteban, en un gesto de complicidad que él le devolvió. Entonces una tercera persona se acercó e Isaura oyó la voz de otra mujer, más joven, tras el cuerpo de Petra.
-Cariño, ¿dónde te habías metido? Estaba buscándote para la comida. –dijo Isabel Rivas deteniéndose junto a Esteban. –Mis padres están ya en el comedor con los tuyos. Desapareciste sin más.
Isaura se movió para poder verla y se quedó petrificada. Aquella mujer tenía un rostro tan perfecto que parecía una de las muñecas de porcelana que Ana había tenido cuando era una niña. Sin embargo, su mirada estaba vacía.
-Voy ahora. –respondió Esteban visiblemente incómodo.
Isabel posó su vista momentáneamente en Isaura.
-¿Quién es esta mujer y por qué tiene tu chaqueta? –inquirió Isabel.
-Es una de las criadas, señorita, no se preocupe. –intervino Petra. –Vamos, Isaura, dale la chaqueta al señor.
-No es una simple criada, ella es amiga mía. –rebatió Esteban a Petra molesto, y luego se dirigió a Isaura. –No es necesario que me...
Pero Isaura ya le había devuelto la chaqueta a Esteban.
-Gracias, señor. –musitó Isaura y se fue andando a paso ligero. Hubiera corrido a su cuarto a llorar de haber podido.
-Es una muchacha nueva, y un poco rara. –comentó Petra.
Estaban la vio alejarse, entristecido.
-¿Tu amiga? –repitió Isabel sin dar crédito a lo que había oído.
Alejandro se despidió de sus padres y sus abuelos cuando llegaron a la casa de los primeros. Su madre quiso acompañarle hasta la calle, y le estrechó entre sus brazos.
-Mi cielo, ¿eres feliz? –le preguntó ella de sopetón.
-Siempre me dices que es imposible que no lo sea si estoy recién casado. –contestó Alejandro e hizo un esfuerzo por sonreír.
-Lo sé, pero no todo es fácil en un matrimonio. Alex, te conozco, soy tu madre. Sé que tienes el mismo espíritu reservado y serio de tu padre, que pocas veces cuentas lo que sientes, pero tengo la sensación de que algo te está pasando... puedes contármelo. –expuso Mariana con esa ternura especial que guardaba para su hijo.
-Lo sé, mamá... pero yo creo que es puro cansancio. Y esta gripe de verano que tengo. Nada más.
-Eres un gran hombre, Alejandro. No lo olvides nunca.
-Gracias, mamá. Viene bien oírlo de vez en cuando. –comentó él.
-¿Seguro que no quieres quedarte a cenar?
-No, en serio, tengo cosas que hacer en la hacienda.
-Está bien. Cuídate.
Alejandro le dio un beso en la mejilla a su madre, y subió en el carruaje que le regresaría a Campo Real.
Esteban se sentó en el comedor con sus padres y los invitados sin poder dejar de pensar en Isaura. Isabel se sentó a su lado, todos conversaban y él no participaba.
Se preguntaba si Isaura serviría la mesa o si realmente sólo se ocuparía de cosas simples hasta que regresara Carolina. Estaba preocupado, sabía que le había hecho daño y se le había quitado el apetito.
-Me encanta este lugar. Es tan grande, todos los árboles, los caballos... no me iría nunca. –contaba Isabel.
-Para nosotros también es un placer tenerte aquí, junto con tus padres, por supuesto. –le contestó Andrés amablemente.
Los dos padres de Isabel, un hombre calvo y bajito y una mujer de enorme parecido a su hija le sonrieron con la misma educada amabilidad.
-Lo que más me agrada es poder disfrutar de la compañía de Esteban. –prosiguió Isabel. –Además, desconocía la estrecha relación que mantiene con la servidumbre.
Esteban levantó la cabeza de su plato en el acto.
-¿Con la servidumbre? –se extrañó Carmen.
-Olvídalo, mamá. –pidió Esteban y miró a Isabel. –Ahora no es momento de hablar de estas cosas.
-Déjala, Esteban. –intervino Andrés. –Quiero saber a que se refiere, porque en veinticinco años que tienes y casi diecisiete que hace que vives aquí, nunca te has relacionado con los criados. De hecho, ni entras en la cocina.
-Pues no lo sé, desconozco los detalles. –contestó Isabel. –Pero él calificó a una criada, que al parecer es nueva, de su “amiga”.
-¿Nueva? ¿Es Isaura? –dedujo Andrés.
-Lo que quise decir, papá... es que Isaura es como de la familia de mi tío Juan, y por lo tanto como de la nuestra, nada más.
-No es nuestra familia. –corrigió Andrés. –Estoy seguro de ello porque no es pariente de ninguno de nosotros. Es la hija de unos amigos íntimos de mi hermano Juan, pero no es nada nuestro.
-Cielo, creo que lo que quiere decir nuestro hijo es que no es una desconocida en esta casa. En casa de Juan y Mónica la consideran mucho y aquí siempre tendrá nuestro respeto. –opinó Carmen deseando zanjar el asunto. -¿No es cierto, Esteban?
Esteban asintió con la cabeza, guardó silencio y empezó a comer.
Después de la comida, Andrés y Carmen se llevaron a los padres de Isabel a dar un paseo por la hacienda para enseñársela, y Esteban se quedó con Isabel en la sala de estar.
Ella caminó hacia uno de los sofás y se sentó, sonriéndole con la picardía que nunca dejaba ver ante sus progenitores.
-Cariño... ¿no vienes a sentarte a mi lado? –preguntó ella.
-Aquí no, Isabel. Alguien podría vernos.
-Soy tu novia, ¿no? Además, eso nunca te ha importado. –razonó Isabel.
-En mi casa, sí. –disintió él. –Y además, no estamos comprometidos.
-Oh, eso son sólo formalidades. Y cuando estamos a solas no las tienes muy en cuenta que digamos.
Esteban prefirió no responder a eso y bebió por su copa de coñac.
-¿Podrías al menos traerme una infusión de manzanilla? –pidió Isabel.
-Voy a encargártela yo mismo. –dijo él, posó su copa y se dirigió a la cocina.
Esteban podía llamar a una criada, pero prefería ir personalmente con tal de librarse de ella y de su aburrida conversación por unos minutos. Y por supuesto, pensaba en encontrarse a Isaura.
Al entrar en la cocina la vio ayudando a dos criadas a lavar la vajilla que había sido utilizada para la comida. Petra también estaba allí cumpliendo con sus labores.
Isaura le vio, pero no le miró a la cara y siguió con su trabajo. Esteban maldijo no poder estar a solas con ella.
-Petra, ¿podrías preparar una infusión de manzanilla y llevarla a la sala de estar? –solicitó Esteban.
-Claro, señor, no era necesario que usted viniera. Enseguida la preparo, ¿es para usted? –contestó la mujer que no podía dejar la curiosidad al margen de su trabajo.
-No, no es para mí. –aclaró Esteban.
-¿Entonces para su novia? Esa muchacha es muy hermosa. –dijo Petra y notó la tensión en el rostro de Esteban. –Perdone, no quería ser indiscreta...
-Entonces limítate a llevar la infusión. –replicó Esteban.
-Claro, Isaura misma lo hará.
Isaura les miró, por primera vez desde que Esteban había llegado a la cocina.
-¿Qué? –inquirió y no pudo evitar el tono de protesta. –Yo no estoy aquí para eso.
-Estás para lo que se te mande.
Esteban la miró, pero Isaura apartó la vista y se alejó de ellos. Afortunadamente, la cocina era lo suficientemente amplia como para permitirse eso.
Esteban volvió con Isabel, enfadado por la situación y seguro de que Isaura no iba a olvidar fácilmente todo aquello. Eso reducía aún más sus oportunidades con ella. Oportunidades que él quería, pero que no sabía para qué. Nunca había estado tan confuso con respecto a una mujer, nunca le había afectado tanto, y todo se le estaba complicando demasiado. Se sentó junto a Isabel, y ella recostó su cabeza en su hombro.
-Se está muy bien así. –dijo ella. Pero Esteban no la escuchó.
Isaura entró en la sala apurada, con una bandeja y la taza caliente de manzanilla. Esteban no se atrevió a mirarla esta vez, y bajó la vista. Isabel, en cambio, levantó la cabeza del hombro de él, y fijó su atención en ella.
-Aquí, deja la bandeja aquí. –ordenó Isabel señalando la mesa que se encontraba entre los sofás.
Isaura se dirigió allí, sintiéndose demasiado observada. Posó la bandeja en la mesa, y tomó la taza para entregársela a Isabel a las manos.
-Eres bonita, ¿lo sabías? Así que eres amiga de Esteban... Te ordeno que te alejes de él a partir de ahora. Él no tiene “amigas”, y menos de tu clase. –dijo con una voz tan sobradamente autoritaria y fría que Isaura se dio cuenta de que nunca la habían humillado de tal forma.
Y nunca se había sentido tan furiosa. Le pasó la taza a Isabel, pero la soltó antes de que ella pudiera sujetarla. El resultado fue que todo el líquido se desparramó en el vestido de Isabel.
-¡Maldita estúpida! –bramó Isabel y se puso en pie sacudiéndose las faldas.
Esteban se levantó también, enojado.
-Te voy a pedir que te comportes como la dama refinada que eres, y le pidas disculpas a Isaura por cómo acabas de tratarla. –exigió él.
Isaura dio un paso atrás, arrepentida de su arrebato. Pensó en sus padres y en lo decepcionados que estarían si la despedían por comportarse de forma incorrecta.
-¿Yo? ¡Nunca! –chilló Isabel indignada. –Lo ha hecho a propósito.
-Lo siento, señorita. –se disculpó Isaura tragándose su orgullo.
-Ya puedes sentirlo. –replicó Isabel.
Ana bajó al comedor a media tarde, y después se acomodó en el sofá de la entrada de la casa. Ni siquiera se había vestido, llevaba un camisón y una bata blanca.
A los pocos segundos, su padre entró en la casa. Venía de casa de Don Noel. Le sonrió con cariño.
-¿Ya estás levantada? –preguntó Juan.
-Estaba cansada de estar en la cama. Además, tengo menos fiebre. –explicó Ana.
Juan se quitó la chaqueta y la dejó sobre el sillón. Luego, se sentó junto a su hija y la rodeó con los brazos. Ella apoyó la cabeza en su pecho, y suspiró, realmente cómoda. Su padre le acarició la nuca suavemente.
-¿Dónde están tu madre y Daniel? –le preguntó.
-Mamá está en la cocina con Meche y Azucena, y mi hermano creo que en su habitación. –le informó Ana.
Juan siguió acariciando con ternura el cabello de su hija en silencio. Ana estaba pensativa y por fin se atrevió a formular la pregunta.
-Papá... ¿cuando tú y mamá os enamorasteis todo os resultó fácil? –soltó.
Juan la miró, desconcertado.
-¿A qué viene esa pregunta?
-Me preguntaba... si tú hubieses luchado por ella si las cosas no hubieran sido fáciles. Si hubieses peleado contra todas las circunstancias, sólo por estar a su lado... –expuso Ana.
-Lo hice. Los dos lo hicimos. –respondió Juan.
-Nunca nos habéis contado como fueron las cosas.
-Es complicado, y una larga historia... –comentó él y suspiró apesadumbrado. –Además, es mejor dejar el pasado en el pasado. ¿Por qué te interesa?
-Sólo quería conoceros un poco mejor. Y por otra parte, nunca habláis de tía Aimeé... creo que tenéis un mal recuerdo de ella. –observó Ana. –Intuyo que pasó algo que nos ocultáis.
-Bueno, tu tía era una hermosa mujer. No era perfecta. Hizo algunas cosas bien, y otras no tanto. –se limitó a contestar Juan.
-Fue la primera esposa de tío Andrés, y no hay ninguna foto en su casa.
-¿Qué quieres saber, eh? No seas tan curiosa. Te aseguro que no son sucesos especialmente graves los que acontecieron en aquella época. –mintió Juan, y se sonrió con sarcasmo al oírse decir aquello.
-Está bien.
-¿Por qué tan interesada?
-Todo el día en la cama, sin hacer nada... me dio por pensar. No lo pregunté por nada en especial. –contestó Ana.
Isaura se metió en su recamara en cuanto anocheció. Estaba contenta de que su cuarto fuera individual y así poder descansar de todo. Sólo un día en Campo Real y ya estaba agobiada de todo cuánto le había sucedido. Y aparentemente, nada bueno.
Se descalzó, y se soltó el pelo. Luego, se dejó caer en la cama y cerró los ojos.
Alguien tocó en la puerta. Se preguntó si sería otra vez Petra para mandarle hacer algo más, y estuvo tentada de no abrir.
Se levantó, y abrió la puerta. Dio un paso atrás, sorprendida y nerviosa. Estaba boquiabierta y desconcertada.
-¿Esteban? –balbuceó.
Carolina llegó a Campo Real cuando la oscuridad era ya completa. Entró con la maleta, y se encontró con Andrés en la entrada de la casa.
-Carolina... –se sorprendió él. – Ha vuelto muy pronto, apenas se fue esta mañana...
-Tuve poco que hacer, se encarga mi hermano de lo fundamental. Echaba de menos a Alejandro. ¿Usted sabe dónde puedo encontrarlo?
-No bajó a cenar. Creo que está en el despacho, trabajando. –le contó Andrés. –Buenas noches.
-Buenas noches.
Carolina subió a su habitación y dejó la maleta sobre la cama. Acto seguido, se dirigió al despacho de su marido. Tocó imperceptiblemente en la puerta, y como nadie contestó, decidió pasar.
Alejandro estaba apoyado en la mesa, dormido. La luz de una de las lámparas le iluminaba la cabeza. El resto de la habitación estaba en penumbra.
Se acercó a él sin decir nada, y contempló lo que había sobre la mesa. Papeles, desordenados y en pila, y un montón de polvorientos libros.
Tomó una hoja y leyó. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Leyó un par de hojas más, todas tenían el mismo contenido. Sentencias de anulación, matrimonios inválidos...
Fijó su vista en él. Un destello de odio apareció en sus ojos.
Escrito desde Sep 11, 2004, 4:46 AM de la dirección IP 200.243.65.126