Capítulo X

by Cris (no login)

 
Esteban no llevaba chaqueta, tan sólo una camisa blanca sin corbata, remangada hasta las muñecas y con el cuello abierto. El flequillo negro le caía sobre la frente y su maravillosa sonrisa le iluminaba el rostro. Estaba realmente guapo, e Isaura palideció.
-¿Qué hace aquí? –le preguntó ella.
-Por favor, no me vuelvas a tratar de usted. –pidió él, y entró en el cuarto.
Isaura se asomó al pasillo, para comprobar que estuviera vacío, y luego cerró la puerta.
-¿Te has vuelto loco? Es muy tarde, si alguien te ve aquí, vamos a estar en problemas. –habló Isaura.
Él la contempló brevemente antes de contestar. Vio sus pies descalzos, y su cabello negro y liso alrededor de su cara, lo que resaltaba sus ojos color miel. Deseó poder tocarla.
-Están todos acostados, nadie me ha visto, tranquila.
-No se trata de eso, es que tú no deberías estar aquí... yo no debería tutearte, y tú no deberías perseguirme. Ya ves cómo le sentó a tu novia que me presentarás como “tu amiga”. –comentó Isaura, intentando ocultar sus celos.
-Eso es lo que menos importa de todo.
-¿En serio? No creo que ella piense igual. –replicó Isaura. –Me odia.
-Tú le tiraste la infusión encima, a propósito.
-Fue un accidente. –mintió ella.
Esteban se rió, divertido.
-Por supuesto que no. –negó.
-¿Ya se fue? –balbuceó Isaura.
-Ella y sus padres, se fueron antes de cenar. –le comunicó Esteban. -¿Por qué lo hiciste?
-¿Qué?
-¿Por qué le tiraste la infusión encima?
-Porque me trató mal. –explicó Isaura.
-¿Nada más por eso?
-¿Qué quieres decir? –preguntó ella, y se pasó un mechón de pelo por detrás de la oreja.
-Tenía la esperanza de que fuera por algo más. Tal vez... porque ella estaba conmigo. Quizás por algo parecido a los celos. –dejó caer Esteban.
-Tú siempre tan engreído. ¿Crees que el mundo entero gira alrededor de ti?
-Entonces te da igual. –comentó él, incrédulo.
-¿Cuándo es la boda?
-No me voy a casar con ella. Ni siquiera estamos prometidos. Me resulta tan antipática como a ti.
-Pues para caerte tan mal, parecías muy cariñoso con ella. Además, si sus padres estuvieron aquí fue por algo, no me mientas.
Esteban sonrió, satisfecho. Si tiraba un poco más del hilo, Isaura mostraría sus sentimientos.
-Sus padres estuvieron aquí porque conocen a los míos desde hace años. No te voy a decir que no quieran verme casado con ella, pero te aseguro que no entra en mis planes. –aseguró él e hizo una pausa. -¿Así que crees que estaba cariñoso?
-Tú lo estás con todo lo que lleve faldas, pero cuando os encontré en el salón, me pareció interrumpir una escena romántica.
-¿Y te molestó?
-No empieces otra vez. –repuso Isaura.
-¿Por qué no quieres admitirlo? –inquirió Esteban.
Isaura hizo una mueca. Se sentía incómoda.
-Estoy cansada. Quiero acostarme ya, así que te pido por favor que te vayas. –solicitó ella sin mirarle a los ojos.
-Está bien, si eso es lo que quieres... –dijo él y se dirigió a la puerta.
-¿Esteban? –le llamó ella, y él se volvió de nuevo hacia Isaura.
-¿Qué? –preguntó él.
-No te he dado las gracias.
Esteban arqueó una ceja, desconcertado.
-¿Por qué?
-Por cómo me defendiste ante Petra primero, y luego ante tu novia.
-Isabel no es mi novia. –insistió Esteban.
-De todos modos, gracias.
Isaura le miró con timidez, y bajó la cabeza, sonrojada.
-No puedes hacer esto. –dijo él. –No puedes ponerme esa cara y esperar que me vaya, no puedes darme las gracias de la forma en que lo has hecho y esperar que no te toque. Las cosas no funcionan así.
Isaura levantó la cabeza, irritada.
-¿Y cómo funcionan entonces? Tengo que... ¿entregarme a ti para que te sientas satisfecho? –le increpó ella perdiendo la vergüenza.
-No digas eso. –se molestó él.
-¿No es eso lo que quieres?
-No sé... no sé lo que quiero. –titubeó Esteban. –Oye, tú me importas. Y te juro que estoy siendo sincero. Me preocupa lo que te pase, pienso en ti gran parte del día, quiero verte... y aunque en un principio tenía el simple afán de seducirte, siempre sentí una atracción más fuerte hacia ti que hacia cualquier otra mujer en mi vida. No quiero herirte, Isaura. No lo soportaría. Pero soy así... soy incapaz de ponerme serio.
Ella vio la verdad escrita en sus ojos, y se enterneció. Las piernas le empezaron a temblar y quiso poder dominarse.
-Estaba celosa. –confesó en un susurro.
-¿Cómo?
-Cuando le lancé la taza a Isabel, estaba celosa. Es decir, me humilló y eso me dolió... pero al veros juntos, la rabia me invadió y... me dejé llevar. Fui una estúpida. –se sinceró Isaura.
Esteban dio un paso al frente y se paró a escasos milímetros de ella.
-¿Qué estás haciendo? –preguntó Isaura sin moverse.
Esteban sonrió.
-No intentes detenerme. –dijo. –No podrás ésta vez.
Él le pasó la mano por debajo de la barbilla y le levantó la cabeza. Sus ojos se encontraron, enardecidos. Ella vio su rictus solemne, y cerró los ojos en un acto reflejo. Estaba asustada, y nerviosa. Pero no podía apartarse de él.
Esteban lo hizo despacio, con suavidad y dulzura. Inclinó su cabeza sobre ella, y la besó en los labios. Fue el mismo roce de la bodega, fugaz y exiguo. Él se separó un segundo, y la volvió a besar de nuevo, presionando sus labios levemente hasta que ella le dejó entrar en su boca. El beso les quemó, tenían la garganta seca y el corazón a mil por hora.
Isaura sintió la humedad del contacto, de su lengua, de su boca cubriendo la suya. Le dolía el estómago, y apenas podía mantener el equilibrio. Pero Esteban la sujetaba en sus brazos, con firmeza. Sus dos manos estaban prendidas en su cintura.
Cuando el beso acabó, Isaura tardó un instante en volver a abrir los ojos y recuperar la noción del tiempo. Estaban aturdidos.
-¿Te ha gustado? –musitó ella.
Esteban se rió, divertido.
-Déjame decirte, Isaura, que esto es cuestión de práctica...
-Oh, eres... ¿porqué siempre...? –se quejó ella.
Pero él no la dejó acabar. La besó de nuevo, y sus manos empezaron a acariciarle la espalda.

Carolina entró en su habitación, tan llena de ira que no sabía que hacer con ella. Tomó un jarrón con flores y lo tiró contra la pared. Las flores, el agua y los trozos de porcelana se quedaron en el suelo, mientras ella se sentaba sobre la cama y trataba de no llorar y concentrar todo su odio en la construcción de una estrategia.
Tenía que ser más inteligente que ellos, tenía que idear un buen plan, y Nicolás tenía que seducir a Ana. Eso era lo primero. Pero tenía que hacer algo más, algo definitivo.
Se cambió de ropa dándole vueltas al asunto, y se metió en la cama.
Alejandro entró en la habitación poco tiempo después. Se sorprendió al verla acostada en la cama, aparentemente durmiendo. Prefirió no despertarla, se desvistió y se metió en la cama con ella. Durmió de lado toda la noche.

Esteban llevó los labios por el cuello de Isaura, hacia abajo y luego hasta el lóbulo de su oreja, y más tarde le besó el mentón, la punta de la nariz, la frente, y buscó de nuevo sus labios, besándola con intensidad.
-Mi niña... –susurró en su oído.
Él subió una mano hasta su nuca, y la acarició, algo que iba a provocar que Isaura perdiera el control por completo. Tuvo un momento de lucidez, y le apartó, cortando abruptamente las caricias.
-¿Qué? –preguntó él. –Creí que...
-Ya sé lo que creíste. –replicó ella con lágrimas en los ojos. –Lo sé perfectamente, pero yo no soy como las chicas con las que tú estás.
-Eso lo sé.
-No soy ninguna... cualquiera.
-¿Qué? –se indignó él. -¿Por qué siempre piensas eso? Esto, no tenía nada que ver con eso... yo no...
-Claro, vienes a mi habitación a medianoche porque tienes intención de conversar conmigo, ¿verdad? –le rebatió Isaura. –Como si todo lo que me has dicho me lo hayas contado sólo a mí, ¿con cuántas lo has usado?
Él sonrió, con una incredulidad amarga. Levantó la mirada, atónito.
-Sabes que he sido sincero. Lo sabes. –dijo.
Ella se limpió los ojos, no quería llorar delante de él.
-Vete de mi cuarto. –exigió.
-No puedes hacerme esto siempre, Isaura. No es justo. No puedes permitir que me acerque a ti, y luego echarme. Estoy cansado de esta sucesión de peleas y reconciliaciones que tenemos tú y yo. Estoy cansado de perseguirte para poder estar contigo. –expuso Esteban.
-Pues no lo parece. –contestó Isaura y tan pronto como lo dijo, se arrepintió de hacerlo.
-Muy bien. No volveré a acercarme a ti, a menos que me lo pidas. Lo juro. –afirmó él, dolido.
Abrió la puerta, y se fue, dando un portazo.

-Buenos días. –le habló Carolina dándole un beso en la mejilla.
Ella estaba sentada sobre la cama, a su lado, y ya se había vestido y abierto las cortinas de la habitación. Alejandro se dio cuenta de lo profundamente dormido que había estado para no darse cuenta.
-Buenos días. –contestó somnoliento.
-Hoy tengo planes para los dos.
-¿Planes?
-Nada de trabajo. Mi hermano llegará pronto de México, así que nos iremos los tres con Ana de picnic por Campo Real. Esta hacienda es lo suficientemente grande como para hacerlo. –expuso Carolina con una sonrisa forzada.
-No creo que sea buena idea.
-Para ti nada lo es. Al menos podrías tratar de complacerme en algo, ¿no crees?
-Es que no creo que Ana quiera...
-De eso me encargo yo. –se ofreció ella.
-¿Cómo volviste tan pronto de la ciudad?
-¿Te molesta que haya vuelto, verdad? –Carolina vio la expresión de su marido y comprendió que debía ser más cuidadosa. –Hice pronto lo que tenía que hacer. Cuando llegué aquí anoche Andrés me dijo que estabas trabajando y no quise interrumpirte, así que vine a la recamara y me acosté.
-Hay un jarrón roto.
-Tropecé con él. –mintió Carolina y sonrió de nuevo. –Bueno, mientras te levantas, yo voy a hacer una visita a Ana. Yo misma la invitaré.
-En serio, Carolina, podemos ir solos, ¿para qué quieres...?
-Prometí conocer mejor a Ana, y eso voy a hacer. –zanjó ella.
Alejandro abrió la boca, pero no encontró ningún argumento para hacer que su esposa desistiera. Al menos, ninguno lógico.

Ana se levantó temprano, la fiebre se había ido y se encontraba con más fuerzas. Por fin, podía recordar con precisión y lucidez todo lo acontecido entre ella y Alejandro en los últimos días. Se lavó y sintió el agua fresca sobre su piel como una bendición. Se vistió, y se desenredó bien el cabello. Luego, bajó a desayunar con su familia.
Poco después de que su padre y su hermano se fueran a Campo Real y su madre saliera a la Iglesia, Ana se sentó a leer un poco en el recibidor de la casa. Entonces llegó ella.
Ana abrió la puerta cuando tocaron, y no pudo disimular la sorpresa.
-Usted... –murmuró paralizada.
Carolina entró en la casa y contempló el lugar con detenimiento. Luego, observó a Ana tratando de esconder su odio.
-No hace falta que me trates de usted, Ana. Por dios, soy la esposa del hombre que... ha crecido contigo, ¿me equivoco? Tu mejor amigo. –habló Carolina.
Ana asintió con la cabeza, dominando los nervios.
-¿A qué debo esta inesperada visita? –preguntó.
-Él y tú sois como hermanos, o al menos eso es lo que siempre dice él. –Carolina hizo una pausa para escudriñar el rostro de Ana, pero no encontró ninguna reacción evidente de que aquello era falso. – Y como Alejandro tiene un afecto tan grande hacia ti, quiero que tú y yo seamos las mejores amigas. Entiendo que no puedo competir con vuestra historia, pero me gustaría intentar ocupar el lugar de una nueva hermana para ti.
-Bueno, -empezó Ana y tragó saliva con dificultad. –Eso no es posible de un día para otro, una amistad hay que trabajarla. Y tú y yo apenas nos conocemos.
-Soy consciente de ello. Pero siendo la esposa de tu querido Alejandro, esperaba que me tuvieras algo de aprecio. Pensé que...
-No me malinterpretes, Carolina. No estoy diciendo que no pueda suceder lo que quieres, es que entre nosotras no hay confianza, repito que no nos conocemos. –argumentó Ana y se sintió terriblemente violenta e hipócrita.
-Sí, eso lo sé. Y quiero remediarlo. Así que, toma lo que necesites porque nos vamos a Campo Real. –dispuso Carolina.
-¿Cómo?
-He mandado a las criadas que nos preparen un delicioso almuerzo. Mi hermano ya debe de estar en la hacienda, él nos acompañará, si no te molesta. –continuó Carolina. –Iremos los cuatro de picnic y pasaremos un bonito día en Campo Real.
-Yo... preferiría no ir. He estado agripada estos días, aún no me encuentro muy bien, y...
-Tonterías. Tomar aire fresco te hará bien. No acepto un “no” por respuesta.
Ana suspiró, vencida.

Alejandro y Nicolás esperaban con los cestos del almuerzo en la entrada de la hacienda. Las criadas se los habían dado, y Alejandro rezó porque todo transcurriera en paz. El día era espléndido, y una ligera brisa hacía más llevadero el calor. Carolina y Ana descendieron del coche, y se aproximaron a ellos.
Nicolás avanzó hacia Ana en cuanto la vio, con una sonrisa en los labios. Le extendió una mano, y Ana se vio forzada a darle la suya. Él se la tomó y se la besó muy caballerosamente.
-Buenos días. –la saludó Nicolás.
-Buenos días.
Carolina estaba ya al lado de su marido y le había dado un beso en la mejilla. Alejandro intentaba no centrar su atención en Ana, pero le estaba costando demasiado trabajo.
-Hola. –la saludó él cuando ella se acercó.
-Hola. –respondió Ana escuetamente.
-Mi marido me ha dicho que Campo Real tiene una bonita y pequeña laguna, y he pensado que podríamos almorzar allí. Seguro que es un lugar precioso, y me apetece conocerlo. ¿Sabes dónde está, Ana? –habló Carolina.
-Sí, he estado un par de veces por allí. –contestó ella.
-Vamos entonces. –intervino Nicolás.
Los cuatro emprendieron el camino. Carolina se aseguró de adelantarse con Alejandro y dejar a pocos pasos atrás a Nicolás con Ana. Así su hermano podría entablar conversación con ella a solas. Alejandro se mostraba ciertamente reticente a dejarlos atrás, pero ella se desentendió del tema, y empezó a hablar animadamente para distraerle.
Rápidamente dejaron atrás la casa, y se internaron en todo un mundo de árboles, y flores. Siguieron el camino por un sendero rodeado de matorrales y vetustos árboles.
Ana tenía ganas de salir corriendo y volver a casa, o escaparse a la playa o al fin del mundo con tal de no estar allí. Iba absorta en sus pensamientos hasta que Nicolás la habló.
-Hacía bastante tiempo que no nos veíamos. –dijo.
-En realidad, no tanto. –contestó Ana, distraída.
-Sí, observo que mi compañía le resulta bastante desagradable, ¿cierto?
-No he dicho eso, simplemente...
-Prefiere a Alejandro. –comentó Nicolás, y notó que ella le miraba sorprendida. -¿Acaso no es así? Él es el único hombre que tiene el privilegio de acercarse a usted.
-Alejandro me conoce de toda la vida, es distinto. Y no pretendía decir eso.
-No sé si ha notado que yo quiero conocerla, pero usted no me deja. –continuó Nicolás.
-Lo lamento. No es por usted, es que no creo que pueda darle lo que quiere.
-¿Y qué quiero? No le he pedido matrimonio todavía, Ana, y no he pensado en hacerlo. Sólo quiero ser su amigo. –replicó él de forma convincente.
-Está bien, quizás haya sido demasiado brusca con usted, pero yo soy así. Espero que lo entienda.
-Tiene un carácter difícil, lo acepto. En realidad, me gusta. Le dije que me parece interesante. ¿Puedo ya tutearla? –pidió él con una sonrisa amable.
-De acuerdo, tuteémonos.

Daniel esperó inútilmente a que su primo hiciera su parte del trabajo. Seguramente aún estaba durmiendo o cortejando a alguna inocente víctima. Así que ordenó el despacho, y bajó a la cocina para pedir un café bien cargado. Le esperaba una jornada dura.
Le pidió a una muchacha que se lo subieran, y se topó con Isaura de vuelta en las escaleras. Bajaba deprisa, y tenía los ojos enrojecidos. Pareció no verle, así que la detuvo tomándola suavemente de un brazo cuando pasó por su lado.
-Isaura... buenos días. –le dijo.
Ella le miró, y le sonrió con cariño. Su aspecto sombrío desapareció.
-¿Te encuentras bien? –se interesó Daniel.
-Sí, Daniel... es que he tenido que ordenar todo el cuarto de la señora Carolina, y aún no he desayunado nada. –explicó ella.
-Tienes cara de sueño. Y los ojos como si hubieras llorado. –observó él.
-Es que... me está costando un poco adaptarme a Campo Real. Echo de menos tu casa, y a mis padres. No es nada.
-¿Te han tratado mal? –inquirió él, preocupado.
-No, pero esto es distinto. En vuestra casa, estaba en la mía. Lo añoro. –expresó Isaura. -¿Cómo está Ana?
-Hoy bien, pero ha tenido una ligera gripe. Enfermó el día de la tormenta, estaba en la playa, ya sabes como es mi hermana. ¿Quieres que le diga algo? –preguntó Daniel.
-Sí, por favor, dile que tengo ganas de verla, que venga cuando pueda.
Daniel sonrió.
-Se lo diré. –afirmó. –Ella también querrá verte. Y si tienes algún problema en esta casa, sólo dímelo. Yo hablaré con mi tío.
-Gracias, Daniel. Eres muy bueno conmigo, siempre lo has sido. No te preocupes por mí, estoy bien. –afirmó ella.
-Quiero que confíes en mí, ¿de acuerdo?
-Confío en ti, ya lo sabes.
Isaura le sonrió de nuevo, y siguió su camino hacia la cocina. Daniel se quedó mirándola un segundo, pensativo. Sabía que algo le estaba pasando, y no era únicamente la añoranza de su familia.

Nicolás se rió, divertido.
-¿De verdad hiciste eso? –preguntó.
-Bueno, tenía doce años. Y siempre fui rebelde. –contestó Ana.
Él rió de nuevo.
-Eres increíble. –comentó él.
Habían pasado hora y media de camino hablando animadamente, y Ana había olvidado por un momento su situación con Alejandro. Pero ya habían llegado a un claro, dónde estaba la laguna. El paseo había concluido.
Carolina se dio la vuelta, y les saludó con la mano. Luego, señaló el lugar con el dedo.
-¡Ya hemos llegado! –anunció.
Alejandro estaba serio, aburrido, y seguramente incómodo. Ana lo sabía aunque él fingiera la sonrisa.
Una vez todos estuvieron reunidos, Nicolás y Alejandro extendieron un mantel de cuadros rojo y blanco sobre la hierba, y colocaron en el centro las cestas con la comida.
Ana contempló la laguna unos instantes. Había una capa de niebla flotando sobre el agua, y oyó el canto de un par de pájaros.
Se sentaron, y Carolina y ella repartieron la comida. Durante todo el almuerzo, habló principalmente Carolina.
-Es un lugar tan hermoso... –comentó ella mientras comía las uvas. –Me alegro de haber venido. Claro, que algún día tendremos que disfrutar de esto a solas, ¿verdad, mi amor?
Alejandro no respondió, y ella le dio una uva a la boca. Nicolás se aguantó las ganas de reír por lo evidentes que eran las intenciones de su hermana.
Intenciones que funcionaron. Ana sintió como se le encogía el corazón, y tenía el estómago revuelto. Trató de pensar en otra cosa, pero Carolina no dejaba de hacerle caricias a Alejandro, y creyó que iba a explotar de los celos.
Carolina le besó con brevedad en la boca. Ana apartó la vista, y Alejandro separó a su esposa.
-No estamos solos, Carolina. Modérate. –le pidió Alejandro en voz baja.
Ana prefirió levantarse, y caminó hacia la orilla del lago. Nicolás la siguió, y Alejandro les miró, inquieto. Pero Carolina impidió que se moviera acurrucándose sobre su pecho.
-Pareces molesta. –le dijo Nicolás a Ana.
-No, es que estoy cansada. Aún no estoy recuperada del todo de mi gripe. –inventó ella. Quería estar a solas, pero no podía echarle.
-Bueno, si te sirve de algo, he disfrutado mucho de tu compañía.
-Yo también he estado cómoda contigo. –contestó Ana.
-Veo que vas cediendo. –sonrió él.
-Un poco. Te lo has ganado. –continuó Ana.
-¿Y me premias con una frase amable? Iré pensando en algo para lo que la recompensa sea mayor. –bromeó Nicolás.
Ana no pudo reprimir la risa.
-¿ Te ríes de mí? –inquirió él.
-Me río de tu inocencia. –explicó Ana siguiendo con la broma que él había iniciado.
-Ya veo, no habrá ninguna recompensa futura.
Alejandro no podía dejar de mirarles. Los celos también se le habían atascado en el pecho.
-Quiero volver a casa antes de que se haga tarde. –le dijo Ana a Nicolás.
-Claro, vamos.
Nicolás se acercó a su hermana y su cuñado, y se lo comunicó mientras Ana tenía la vista perdida en el horizonte. Recogieron todo, y comenzaron el camino de regreso.

Esta vez, Alejandro consiguió mantener el paso de los cuatro juntos, y luego fue aminorando la marcha. Quería hablar con Ana a solas, y tenía que buscar una oportunidad. Esperó hasta que estaban cerca de la casa y Carolina y Nicolás les llevaban unos pasos de ventaja. Se aseguró de que estaban conversando.
Entonces lo hizo. Tomó a Ana por un brazo, y la sacó de golpe del camino.
-¿Qué estás haciendo? –inquirió ella, desconcertada.
-Les diremos que perdiste tu pañuelo y volvimos a buscarlo. –respondió él mientras continuaba alejándola del camino.
-¿Qué?
Él se detuvo cuando supo que no podrían verles ni oírles. Ana estaba fatigada por la carrera, y se apoyó en el tronco de un árbol.
-Esto es una imprudencia. Estamos perdiendo el control, Alex. –opinó Ana.
-Hace tiempo que lo hicimos. Pero te juro que necesitaba hablar contigo. Estoy buscando información sobre anulaciones, pero aún no he encontrado nada que nos pueda servir. –le contó él.
-Bueno, quizás no haga falta.
-¿Qué?
-No veo que tu matrimonio vaya tan mal. –le espetó Ana.
-Vamos, no hagas caso de Carolina, ya sabes cómo es.
Ana hizo una mueca, no contestó. Si lo hacía provocaría una discusión.
-Tampoco se te veía mal con Nicolás. –comentó él, tan celoso como ella.
-Por el amor de Dios, ¿qué querías que hiciera? Trataba de ser amable. –explicó Ana.
-Te divertías, no creo que fuera un sacrificio tan grande estar con él. Tus risas lo demostraban.
-No soy yo quién está casada, Alex. Yo no tengo una esposa que me hace carantoñas a cada segundo.
-No, pero si prefieres quedarte con Nicolás al menos espero que me lo digas. –replicó Alejandro.
La tensión se elevó entre ellos. Hicieron una pausa que Ana terminó por romper.
-Eso es ridículo.
-Tus celos también lo son. –repuso él. –Sabes que no la amo.
-Pero ella es tu esposa. No puedo competir contra eso.
-Ella no puede competir contra ti. Eres la mujer a la que amo, siempre ha sido así, sólo que no lo sabía. –dijo Alejandro.
-Nunca me has dicho cómo entró Carolina en tu vida.

Nicolás y Carolina llegaron a la casa solos. Cuando se volvieron, ellos no estaban. Carolina se alarmó, y se dio la vuelta para ir a buscarlos. Tropezó con Esteban, que venía de las caballerizas.
-Ey, cuidado... –se rió él al verla tan nerviosa. -¿Le ocurre algo?
-Hemos perdido a mi marido y a Ana. –le comunicó Carolina.
-No se preocupe, ellos conocen la hacienda, no tendrán problemas en volver. –respondió Esteban.
-Lo sé, pero necesito a Alejandro para una cosa... ¿usted podría buscarles? Conoce este lugar a la perfección, no como mi hermano y yo. –solicitó Carolina tratando de aparentar calma.
-Si eso la consuela, iré a buscar a mi prima y a Alejandro. Seguro que están cerca. –aceptó Esteban.
-Se lo agradezco profundamente.

Alejandro exhaló un suspiro.
-Bien, la conocí en la universidad. Primero conocí a su hermano, y él me la presentó. Congeniamos rápidamente. Yo... me sentía solo lejos de casa. Tenía amigos, y estudiar me tenía ocupado, pero supongo que te echaba en falta, Ana. Carolina me divertía, era bonita y agradable. Nuestra amistad se convirtió en algo más, y nos hicimos novios porque pensé que era lo más natural. –relató Alejandro. –Ahora me doy cuenta de que sólo intentaba sustituirte a ti.
-¿Sólo fue eso?
-La apreciaba y confundí las cosas. –concluyó él.
-Hoy me sentí tan insegura al veros juntos...
-¿Crees que yo no sentí lo mismo al verte con Nicolás? Soy consciente de que él podría darte todo lo que yo no puedo...
-No es verdad. Lo que tú y yo tenemos, no podemos buscarlo en nadie más. –le rebatió Ana. –Si no, no estarían las cosas como están.
Él la sonrió, y ella le devolvió la sonrisa.
-Alex... dado que ya hemos saturado el cúmulo de las tonterías, me preguntaba si... si podrías besarme. Sólo una vez. –sugirió Ana.
-Prometimos que no lo haríamos.
-Lo sé, pero... un beso no empeorará lo que ya ha pasado, ¿no crees? Y sólo sería una vez. Me haría sentir un poco mejor. –ella tragó saliva. –En realidad, lo necesito desesperadamente...
Alejandro ya estaba frente a ella cuando Ana terminó de hablar. Le acarició la mejilla, y los dos cerraron los ojos mientras sus labios se encontraban. Ella se colgó de su cuello, y se apretaron el uno contra el otro tanto como pudieron. El beso, lejos de calmarles, les aguijoneó aún más. Fue sólo como una gota de agua sobre todo un incendio.

Esteban les buscó durante un rato, hasta que oyó unas voces. Siguió el sonido, y los encontró. Sonrió y se dirigió a ellos, cuando se quedó paralizado por lo que tenía delante.
Alejandro y Ana se estaban besando. Esteban abrió los ojos, perplejo. Y no pudo dar un paso más.



Escrito desde Sep 14, 2004, 12:18 AM
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