El beso les estaba inflamando y consumiendo, e Isaura sintió la excitación crecer dentro de ella. Se apartó de él suavemente, y caminó hacia el otro lado de la habitación. Tropezó con el armario que estaba cerca de la ventana cuando pasó por su lado.
Esteban la observó apoyado desde la puerta. No podía esconder que estaba apenado por provocar aquella situación, por hacer que ella se sintiera tan mal e incómoda.
-¿Me tienes miedo, verdad? –preguntó él.
Isaura no esperaba aquella pregunta. Realmente Esteban parecía querer saberlo, estaba serio, y era algo poco usual.
-¿Por qué me dices eso ahora? –preguntó a su vez ella, confusa.
-Porque siempre que llegamos a un punto sin retorno, te alejas de mí, sales huyendo.
-No huyo. –le rebatió Isaura, con rapidez.
-Por supuesto que sí. Isaura, sé cómo soy. Pero a ti nunca te haría daño, te lo he dicho. No podría soportar verte sufrir.
-¿Por qué yo soy diferente a las otras? –quiso saber ella.
Esteban vaciló. No le resultaba fácil hablar de sus sentimientos.
-Porque... no lo sé, lo eres. No tengo una explicación lógica. Eres diferente... porque así lo siente mi corazón. –respondió.
Isaura sonrió, con burla.
-Y todos sabemos que tu corazón está más abajo que el de todo el mundo...
-No te burles. –se molestó él.- Trataba de ser sincero.
-Lo siento. –se disculpó Isaura.- Es que supongo que es cierto. Te temo porque no confío por completo en ti.
-¿Que tengo que hacer para cambiar eso?
Isaura se encogió de hombros.
-No lo sé... tal vez, tal vez hacerte un hombre responsable. Ayudar a Daniel haciendo el trabajo que te corresponde, dejar de andar con mujeres, ser franco con Isabel...
-Son muchas cosas, ¿no crees? –sonrió él. –Puedo hacerlo. Haré todo lo que dices.
-No tienes que sentirte obligado.
-Quiero que confíes en mí. –dijo Esteban despacio, mirándola fijamente.
Isaura le sonrió, con cierta timidez.
-Bueno, -habló él cambiando el tono grave de su voz. –estoy esperando un beso de buenas noches.
Isaura se acercó a él y se puso de puntillas, dándole un beso en la mejilla.
-Eso ha sido demasiado fraternal. –replicó él.
Isaura le sonrió nuevamente, y se dirigió a su boca. Pero él movió la cabeza, y la besó en la frente. Ambos se rieron.
-Duerme bien. –habló Esteban.
Cuando ya había abierto la puerta para irse, él agregó algo que sorprendió a Isaura.
-Ah, por cierto. –dijo él. –Siento haber sido tan estúpido estas dos semanas.
Esteban llegó tan temprano al despacho que cuando su primo lo hizo él ya tenía la mitad del trabajo hecho. Así que decidió ir a buscar él mismo un café.
Entonces pasó por el despacho de Alejandro, y comprobó que la puerta estaba entreabierta. Se asomó y le vio, con una copa y una botella casi vacía de ron sobre la mesa. Extrañado, entró y cerró la puerta.
-¿Alejandro? –le llamó.
Alejandro levantó la cabeza del escritorio, aturdido y muy borracho. Tenía los ojos rojos, de sueño y lágrimas.
-Por Dios, ¿qué te pasa? –se asustó Esteban. -¿Has pasado aquí la noche?
-Exacto. –respondió Alejandro intentando levantarse, pero se tambaleó y volvió a sentarse. –Celebrando la gran noticia.
-¿Gran noticia?
-Carolina y yo vamos a ser padres. –le contó él y rompió a reír. -¿Puede ser más irónico todo? Justo cuando yo estaba dispuesto a contarle lo que me pasa con Ana, ella me da la noticia.
-Lo siento, eso es lo peor que podía pasaros ahora... ¿le confesaste todo?
-¿Te has vuelto loco? –replicó Alejandro. –Acaba de decirme que está embarazada, no podría hacer algo tan... tan... esto lo cambia todo.
Esteban asintió con la cabeza, y se sentó en una silla, frente a él.
-¿Y qué vas a hacer? –preguntó.
-Ser realista. –Alejandro se pasó la mano por la cara, para despejarse. -¿Cómo pude siquiera imaginar que lo mío con Ana podía tener alguna clase de oportunidad?
-Realista... ¿qué quiere decir eso exactamente? –inquirió Esteban, desconcertado.
-Implica dejar a Ana y seguir con mi matrimonio.
-¿Cómo?
-Voy a tener un hijo. –recalcó Alejandro. –No puedo abandonar a mi esposa y a un hijo.
¿Entiendes? Y no puedo decirle a Ana que me espere hasta que mi hijo sea mayor de edad, y nosotros tengamos cincuenta años para poder fugarnos o algo así... se acabó.
-Pero, ¿me hablas en serio? Así... tan fácil... –comentó Esteban atónito.
-No hay otra salida. Y te juro que no será fácil.
Alejandro se apoyó en la mesa, y se puso en pie. Caminó hacia los ventanales de la estancia con la copa en la mano, y miró a través de ellos. Estaba de espalda a Esteban.
-Mentir nunca es fácil. Y mentir a la persona que amas aún menos. –habló.
-¿Mentir? No entiendo nada. Le dirás a Ana que lo vuestro no puede ser porque tu esposa espera un hijo. ¿Qué hay de mentira en ello? –le interrogó Esteban.
-No le diré eso. –negó Alejandro. –Le diré que no la amo, que nunca lo he hecho.
Esteban abrió la boca, perplejo. Y no acertó a pronunciar palabra.
Alejandro apuró el último sorbo de ron que había en la copa. Se volvió hacia él, aparentemente sereno.
-Es lo único que puedo hacer por ella. –le dijo.
-¿Perdona?
-Si le digo que Carolina está embarazada, ella comprenderá que no podemos seguir adelante, simplemente sufrirá y lamentará nuestro cruel destino. –empezó a explicar Alejandro.
-Sigo sin entenderte. –apuntó Esteban.
-En cambio, -continuó Alejandro –si le miento y le aseguro que nunca la he querido, que nunca pensé en disolver mi matrimonio para estar con ella, y que la he utilizado, Ana tendrá un motivo para odiarme.
-¿Odiarte?
-Si me odia, podrá olvidarme, enamorarse de otro hombre y ser feliz. –concluyó Alejandro.
Esteban sonrió, con cierto sarcasmo.
-Buen plan... –él hizo una pausa. -¿Te has vuelto completamente loco? Ana no podría aprender a odiarte jamás. Sólo le harás daño gratuitamente.
Alejandro dio dos pasos hacia él, y le miró, enfadado.
-¿Gratuitamente? –balbuceó. –Todo lo que nos está pasando es culpa mía, pero nunca haría daño a Ana gratuitamente. Te aseguro que he estado pensando toda la noche, y no he hallado otra salida.
-Estás demasiado borracho para pensar. –replicó Esteban.
-Ana puede decepcionarse de mí por lo que le voy a decir. Seré cruel y frío. Te juro que lo único que quiero en esta vida es verla feliz. Y si tengo que mentirla, lo haré.
-Ella no te creerá, te conoce muy bien.
-Puedo ser convincente. Más de lo que crees. –le rebatió Alejandro.
-Suponiendo que te crea y te odie, ¿vas a poder vivir sin ella? –inquirió Esteban. –Y no me refiero a vuestra faceta amorosa, no, me refiero a las casi dos décadas de amistad íntima que habéis tenido.
-Debo afrontar las consecuencias de mis actos, Esteban. Debo cuidar de Carolina y el niño que viene en camino, debo permitir que Ana rehaga su vida. Lo hago por las dos, lo hago principalmente por Ana. No sé si puedo vivir sin tenerla cerca, pero tendré que aprender a resignarme. –concluyó Alejandro.
-¿Estás seguro del embarazo de tu esposa?
-Ella fue a un médico que se lo confirmó.
-¿Y si te mintió? –calibró Esteban.
-¿Por qué iba a hacer algo así?
-Me parece extraño que cuando tú ibas por fin a confesarle lo de Ana, ella te suelte esa noticia. Quizás sospeche algo. –dejó caer Esteban.
-¿No crees que es una mentira que no puede mantenerse por mucho tiempo? No tiene sentido que me engañe sobre algo así. –opinó Alejandro.
-Entonces... está decidido.
-Así es. –suspiró Alejandro y se sentó de nuevo.
-Admiro tu valor.
-Ahora debo citar a Ana en un lugar en el que podamos hablar a solas. La Palapa. ¿Crees que Isaura podrá llevarle el mensaje a Ana? –le preguntó Alejandro.
-Yo iré a casa de mi prima y se lo diré.
-Te lo agradezco. La veré esta tarde. –resolvió Alejandro.
-Sí, pero primero duerme, debes despejarte de la borrachera. –aconsejó Esteban.
Alejandro asintió con la cabeza. Estaba agotado.
Nicolás la había visitado un par de veces en aquellas dos semanas, y aunque no le desagradaba, Ana rezaba para que no fuera él otra vez. Abrió la puerta de la casa cuando oyó cómo llamaban. Se sorprendió al ver a su primo.
-Buenos días, prima. –habló él y entró en la casa. –Te traigo un mensaje.
-¿Qué quieres, Esteban? –preguntó Ana, fastidiada.
-Alejandro te cita en la Palapa esta tarde.
El rostro de Ana se tensó al oír aquello.
-¿Qué sabes tú?
-Todo. –contestó él.
-¿Cómo te enteraste?
-Eso ya no importa. Ve a la Palapa, me pidió que te lo dijera.
-Gracias.
Esteban sonrió a Ana, sabiendo que él se acababa de convertir en mensajero de las malas noticias. Sentía pena por ella y por Alejandro; su prima y un buen amigo. Dos personas que iban a sufrir mucho en el futuro y por las que no podía hacer nada.
Esteban caminó hacia la salida.
-Ah, primo... –le dijo ella antes de que se fuera. –No te acerques a Isaura si no quieres tener problemas conmigo.
“Demasiado tarde”, pensó él.
Poco después de que Ana saliera para la Palapa, a media tarde, Nicolás apareció en su casa. Mónica le recibió amablemente, contenta porque su hija empezara a abrirse a otras personas.
Le mandó sentarse en el butacón de la entrada, y le informó de que su hija no estaba. Y le pidió que esperara a su regreso mientras tomaba un café. Se dirigió a la cocina, dónde se encontró con Azucena.
-Azucena, mi hija no está, ¿la viste salir? ¿Sabes dónde fue? –le preguntó Mónica.
-Pues la vi irse con sus botas desgastadas, las que suele llevarse a la playa. –le contestó Azucena.
Mónica reflexionó un instante.
-Hace tiempo que no va a montar a Campo Real, así que puede que se haya ido a la Palapa. Es tan necia... –comentó Mónica. –Tiene visita, y la he mandado esperar.
-¿Es ese señor otra vez? –inquirió Azucena.
Mónica le sonrió con cariño.
-Nunca perderás tu curiosidad, ¿no es cierto? –la reprendió con dulzura.
Azucena bajó la cabeza, un poco avergonzada. En parte había logrado corregir algunos de sus defectos con el paso de los años, pero su personalidad rebelde e inconformista, tan parecida a la de Juan, no había cambiado. Muchas cosas se habían modificado en su vida, pero cuatro seguían intactas: el fondo de su corazón, su desprecio hacia cierta gente, su cariño por Juan, y su fidelidad a Mónica. Una mujer de la que había tenido celos hacía tantos años, y a la que había aprendido a adorar.
-Lo siento, señora. –se disculpó Azucena.
-No te preocupes. Pero, ¿podrías hacerme un favor?
-Diga.
-Ve a buscar a Ana a la Palapa y dile que venga, ¿sí?
-Sí, señora. –aceptó Azucena.
Los nubarrones cubrían el cielo, pero no había llovido todavía como en días anteriores. La brisa era casi fría cerca del mar, y Ana tuvo que sujetarse el sombrero con la mano para que no se lo llevara el viento.
Cuando llegó a la Palapa, Alejandro ya estaba allí, realmente serio y sombrío. Ana entró en la estancia en la que hacía semanas habían tenido aquel único encuentro maravilloso, dejando la puerta abierta.
Le sonrió, olvidando por un momento la culpa, y se lanzó en sus brazos. Le abrazó estrechamente, pero Alejandro dejó sus brazos inmóviles. Ana se separó sólo unos centímetros, y antes de poder hablar, buscó con anhelo su boca. Le besó con tibieza.
Alejandro lo aceptó como el último contacto. Cerró los ojos y se concentró en la suavidad de los labios de Ana.
Ninguno se percató de la presencia de Azucena tras la puerta. Ella les observó unos segundos para cerciorase de que no era un espejismo lo que tenía ante ella, mientras el corazón le latía deprisa. Acto seguido, salía corriendo de allí.
Alejandro empujó a Ana con tal brusquedad que ella se asustó. La miró, en un gesto que Ana consideró de altivez.
-¿Qué ha pasado para que me mandes venir aquí? ¿Cómo se enteró mi primo de lo nuestro? –quiso saber ella, desconcertada por todo.
-Esteban nos vio cuando nos besamos en Campo Real. Es una larga historia, y no importa ahora. –le contestó Alejandro, pensando que esa sería la única verdad que le diría.
-Bueno, entonces dime que ha pasado para que me cites aquí. –insistió Ana. -¿Tienes buenas noticias?
Alejandro sonrió, con cinismo.
-Estás muy extraño. –observó ella.
-He venido a informarte de que lo nuestro ha terminado. –le soltó él, queriendo mostrarse duro y distante, con un tono de voz frío. –Ya es hora de que dejes de perseguirme, nunca me separaré de mi esposa. Es a ella a quién amo.
Ana escuchó sus palabras, sin encontrarles ningún sentido. Sacudió la cabeza, confusa.
-¿Qué?
Azucena entró en la cocina, fatigada. Se sirvió un vaso de agua, y bebió a grandes tragos. Estaba sudando, y le dolían las piernas de correr. ¿Cómo iba a contarle algo así a Mónica? Sin embargo, sabía que no podía ocultárselo.
Mónica pasó a la cocina, un poco molesta.
-Creí que entrarías por la puerta principal, con Ana. ¿Dónde está mi hija? –la interrogó. –No me digas que no ha querido venir...
Azucena se sentó en una silla, y la miró, buscando las palabras.
-Lo mejor es que le diga a la visita de Ana que ella no podrá atenderle hoy. –empezó.
-¿Cómo?
-Señora, dígale que se vaya. Créame, lo que tengo que decirle es muy importante.
Mónica la miró, preocupada por lo que veía en la cara de su criada y amiga. Había miedo, pena, disgusto y desasosiego.
-Lo que has oído. –ratificó Alejandro alejándose de ella. –No te amo, jamás lo he hecho.
-No has podido encontrar nada que nos ayude y has decidido rendirte. ¿Es eso lo que quieres decir? –compuso Ana.
-No, no es eso. Lo que te digo es que nunca busqué una salida para nosotros. Nunca pensé en dejar a mi esposa, amo a Carolina, por eso me casé. Pero tú estabas demasiado hermosa para resistirse. Te engañé, y lo cierto es que no me resultó difícil. –se inventó él, impasible.
Ana analizó sus palabras mentalmente, y luego sonrió, convencida de que aquello era imposible.
-Por el amor de Dios, Alex, ha debido suceder algo muy grave para que te inventes algo tan... ridículo. –dedujo.
-No estoy mintiendo. Fue bonito mientras duró, pero ahora quiero centrarme en quién de verdad me interesa: Carolina. –insistió Alejandro, elocuente. –Lo que lamento es que sólo tuviéramos plena intimidad una vez y aquí.
Ana tenía un nudo en el estómago. No creía en lo que le decía, sabía que había algo oculto tras todo aquello, pero la idea de que Alejandro recurriera a esa treta para deshacerse de ella, no le cabía en la cabeza. Era hiriente, y cruel. Le desconocía y estaba tan confundida que le costaba pensar.
-¿Por qué me mientes? –preguntó, dolida.
-Te estoy diciendo la verdad. Abre los ojos de una vez, niñita. –protestó él, enfadado. –Sólo espero que no me hagas una escena de llanto, porque no tengo ganas ni tiempo. Y también espero que no vayas a contarle esto a tu hermano o tu padre para que te defiendan, espero que seas más lista que todo eso.
Ana le atravesó con la mirada, indignada.
-Te olvidas que te conozco mejor que tú mismo. –repuso ella. –Y tú no eres así, no eres como mi primo. Tú me amaste aquí, Alejandro... y eso no lo fingiste.
Alejandro sonrió, burlón.
-¿Y tú qué sabes? –replicó él. –Tú no tienes experiencia con los hombres, no es difícil decirte dos palabras bonitas y convencerte, Ana. Y respecto a lo de conocerme, tú conocías al Alejandro que se fue de San Pedro siendo un niño, y volvió siendo un hombre. Cinco años cambian a una persona, y tú ya no sabes quién soy.
-¿Me estás diciendo que después de haber crecido juntos lo único que he significado para ti es un momento de pasión? –dijo Ana y se le quebró la voz.
-Por favor, Ana... eres demasiado ingenua. –contestó Alejandro. –Fuiste capaz de creerte que no tocaba a mi esposa.
Él se echó a reír tras decir esto, despiadadamente.
-¡¿Por qué a mí?! Hay cientos de mujeres bonitas para eso, ¿por qué me lo hiciste a mí? –preguntó ella, con los ojos húmedos.
-Ya te lo he dicho, me tentaste. Eres muy hermosa, y eso no lo puede negar ningún hombre. –explicó Alejandro.
-Entonces tienes razón. No te conozco. El Alejandro que yo conocí cuando era un niño era noble y transparente... y ahora es un miserable al que no merece la pena ni despreciar. –le espetó Ana, y apartó la vista, reprimiendo las lágrimas.
Alejandro se dio entonces un tiempo para observarla, con los ojos llenos de agua, pero que debía contener ante ella. La estaba matando, y eso le estaba destrozando por dentro. Creyó que iba a morirse de la pena. Y la miró con toda la intensidad del dolor.
Ana tenía el gesto comprimido, en un esfuerzo por no llorar. Las líneas de su cuello estaban tensas, los labios apretados.
-Puedes insultarme si quieres, no me importa nada. –dijo él, y se dio cuenta de que su voz había sonado más débil de lo que pretendía. Pero ella ya no lo apreció.
Ana levantó de nuevo la vista, y él vio sus ojos verdes cubiertos por un paño de lágrimas. Eran los ojos más bellos del mundo. Tenían el color y la fuerza del mar, la intensidad de un beso, y la calidez del mismo fuego. Los amaba, al igual que la amaba a ella.
Ana caminó hacia la cama, y se sentó en el borde, absorta en sus pensamientos.
-Puesto que ya lo hemos aclarado todo, -habló él. –me voy a Campo Real. Quiero llegar para la cena.
Ella no reaccionó. Alejandro hubiera querido desmentirse de todo lo que había dicho, pero no podía. Se volvió hacia la salida.
-¿Alejandro? –le llamó ella.
Él se detuvo y se quedó de espaldas a ella.
-¿Qué? –le contestó.
-No has terminado solo con nuestra relación amorosa. ¿Lo sabes, verdad?
-Sí.
-Acabas de destruir nuestra amistad... para siempre. –sentenció Ana.
-Lo... –él tragó saliva con dificultad. –lo sé.
Alejandro deseaba volver a mirarla, pero no lo hizo. Salió de allí, y cerró la puerta tras él. Una bocanada de aire fresco le golpeó en la cara. Lo recibió aliviado, pero aún así tenía una presión en el pecho que le ahogaba.
Apoyó la cabeza sobre la puerta, y se le escapó un sollozo. Tenía el corazón roto en mil pedazos.
“Adiós, Alejandro”, pensó mil veces Ana. Se echó sobre la cama, de lado, con los brazos rodeando su estómago y las piernas encogidas. Cerró los ojos y no supo cuánto tiempo estuvo así.
Un aluvión abrumador y desordenado de recuerdos, imágenes y palabras acudieron a su cabeza. Hubo un recuerdo especialmente tierno y al mismo tiempo lejano que no se apartaba de su pensamiento.
Eran ella y Alejandro, cuando tenían siete años. Ese verano Juan les había enseñado a nadar. Y los dos habían pasado casi todas las tardes corriendo en ropa interior sobre la arena mojada de la playa.
Ana sintió de nuevo la arena dura y compacta bajos sus pies, el aroma a sal, el sol caliente sobre su piel. Oyó de nuevo la voz de su padre, fuerte y dulce, las risas de Alejandro, sus quejas por temor al agua.
Aquel verano ella y Alejandro se habían enamorado del mar, y habían convertido la playa en su lugar de juegos favorito y casi exclusivo. Allí, más que en otro lugar, habían crecido.
Ana abrió los ojos de golpe. La invadió una súbita oleada de pena y miedo. Ella no sabía vivir sin Alejandro. Nunca lo había hecho, ni siquiera cuando él se había ido a la capital habían estado por completo separados. No entendía nada, y no podía concebir que Alejandro fuera distinto a aquel niño. Algo en su interior la obligaba a no creer en nada de lo que él le acababa de decir, pero no tenía nada que la convenciera de ello.
De pronto, la angustia se convirtió en llanto. Rompió a llorar en un torrente imparable y desesperado.
Cuando volvió a casa, la familia ya había cenado. Las luces estaban casi apagadas, y al cruzar el umbral de la puerta, se descalzó para que no la oyeran. Quería meterse en la cama si ver a nadie.
Se sorprendió al toparse de frente con su madre, que estaba de pie junto a la escalera. Llevaba puesto un camisón blanco y el cabello suelto le caía sobre los hombros. Su gesto era severo, y Ana atisbó en su rostro una aguda tristeza.
-Mamá... siento llegar tan tarde, se me pasaron las horas sin darme cuenta. –se excusó.
Mónica la miró fijamente durante unos segundos interminables. Levantó la mano, y le dio una sonora bofetada.
Ana se llevó la mano a la cara, atónita. Era la primera vez en su vida que su madre le pegaba, pese a que de niña había sido rebelde y bastante desobediente.
Ana no entendía nada, y la miró, vacilante. Parecía que Mónica iba a llorar en cualquier momento.
Escrito desde Sep 24, 2004, 8:48 PM de la dirección IP 200.243.65.126