Capítulo XIII

by Cris (Acceso crispires)
Moderadoras

 
Mónica tomó por un brazo a su hija, y la llevó a la recamara de ésta. Cerró la puerta, y la soltó, bruscamente. Ana se tambaleó, turbada. Miró a su madre con expresión interrogativa.
-Mamá, ¿qué ocurre? –le preguntó.
Mónica respiraba con dificultad. Estaba intentando no llorar, y su rostro estaba enrojecido. Ana cayó en la cuenta de que nunca la había visto tan desencajada.
-¿Cómo has podido, Ana? ¿Cómo? –la acusó Mónica.
-No entiendo. Siento llegar tan tarde, ya sabes cómo soy cuándo me voy a la playa...
Mónica dejó escapar una exclamación de irritación, y la abofeteó. Ana la escrutó con la mirada, perpleja. Su madre no la había pegado en toda su vida, y en pocos minutos ya lo había hecho dos veces.
-La playa... eso ha sido siempre la excusa, ¿no es cierto? –repuso Mónica. –La culpa ha sido mía, ¿cómo he podido estar tan ciega?
Ana empezaba a asustarse. Sólo había una cosa que pudiera enfurecer tanto a su madre, y era imposible que la supiera.
-¿Qué te pasa, madre? –inquirió Ana, aterrorizada.
-Lo sé todo. –contestó Mónica despacio. -¡Y no soy capaz de entender por qué! ¡Siempre confiamos en vosotros! Santo Dios, esto tiene que ser una pesadilla... ni siquiera puedo mirarte, no te reconozco.
-¿Por qué?
-Y Alejandro... –prosiguió Mónica e hizo una pausa para respirar hondo. –Ese buen muchacho... siempre le hemos querido como un hijo, el nieto de Don Noel, hijo de Marcelo y Mariana... ¿cómo pudo casarse con Carolina y verse a escondidas contigo? Es tan espantoso...
Si Ana tenía alguna duda de lo que estaba hablando su madre, acababa de disiparse. Estaba claro que su madre lo sabía todo. Sin duda, aquel era para Ana el peor día de su vida.
-¿Cómo te has enterado? –balbuceó Ana.
-Ni siquiera lo niegas. –observó Mónica, descompuesta. -¿De verdad te importa ahora cómo lo supe? Claro, seguramente tienes miedo de quién más lo sepa.
-¿Fue mi primo? –preguntó Ana.
Mónica dio un paso atrás, espantada.
-¿Esteban lo sabe? – se asombró.
-Él... ¿no fue él? Lo supo hace poco, mamá... yo...
Mónica levantó la mano, y Ana no se movió, dispuesta a aceptar otra cachetada, pero su madre no la pegó. Mónica contuvo su ira, y simplemente acarició la mejilla a su hija, que tenía los ojos cerrados y estaba llorando en silencio.
Mónica se limpió sus ojos, humedecidos también, y apartó la mano del rostro de Ana.
-Fue Azucena. –le contó. –Nicolás vino esta tarde a visitarte, pero no estabas, así que la envíe a buscarte a la Palapa... dónde supusimos que estarías. Cuando ella llegó allí, os vio... os vio besándoos.
-Lo siento. –dijo Ana, que no sabía que más podía añadir a su disculpa.
-¿Lo sientes? –Mónica hizo una pausa eterna para Ana. –Quiero que me des una explicación, no servirá de nada, pero quiero saber cuándo empezó todo.
Ana se pasó las manos por la cara, y luego miró a su madre.
-Fue después de la boda de Alex con Carolina. –comenzó.
-No entiendo nada. –replicó Mónica furiosa.
-Nosotros... pues ya sabes cómo ha sido siempre nuestra relación...
-No, no sé nada. Creía muchas cosas, pero está claro que no sabía nada. Nada de mi propia hija.
-Yo... –Ana carraspeó. –Cuando él regresó de la capital con Carolina y la presentó como su prometida, me sentí muy confusa. Estaba celosa, y así descubrí mis sentimientos. Me di cuenta de que estaba enamorada de él. Y...
-Sigue. –la exigió Mónica frente a ella.
-No tuve valor para confesárselo a él, y se casó con Carolina. Se fueron de luna de miel y cuando regresaron... pues, Alejandro me vio bailando con Nicolás, y en fin, por una serie de circunstancias, tuvo un ataque de celos...
-¿Celos? –repitió su madre como si nada de aquello tuviera sentido.
Ana asintió con la cabeza, aunque sabía que ya nada de aquello era cierto para sí misma. Eso había pensado, pero las cosas para Alejandro habían funcionado siempre de un modo distinto. Sin embargo, no podía contarle eso a su madre, sólo empeoraría más las cosas. No quería hacerle un doble daño.
-Así es. –confirmó ella. –Discutimos acaloradamente... y me besó. Él estaba muy aturdido por todo, desconocía sus sentimientos hacia mí... y todo nos trastocó. Hablamos sobre ello, sobre nuestro amor... y él pensó en anular su matrimonio con Carolina, porque no la quiere... quería...
-¿Anulación? Eso es tan ridículo... y esa pobre muchacha... ¿pero cómo habéis podido?
-Mamá, nosotros... –quiso agregar Ana.
-¡No tenéis ninguna justificación! –gritó Mónica y tomando a su hija por los hombros empezó a zarandearla. -¡Os habéis portado como unos miserables! Mi hija convertida en la amante de un hombre casado... engañando, mintiendo, urdiendo... ¡y os habéis estado viendo en la Palapa todo este tiempo! ¡¿Porqué?! ¡¿Porqué?!
-¡Porque le amo! –chilló Ana, su madre la soltó y retrocedió, atolondrada. – Porque le amo, mamá... le amo como tú amas a papá.
-Me recuerdas tanto a tu tía Aimeé que me aterroriza... –comentó Mónica.
Ana se puso a la defensiva, sus ojos chispeaban.
-¿Qué ocultáis sobre ella? ¿Qué hizo que fuera tan grave y por qué me comparas con alguien que ni siquiera conozco? –replicó ella.
-No tiene importancia.
-¿Entonces porqué siempre que sale el tema os calláis todos? –la interrogó Ana.
-El tema ahora no es tu tía Aimeé.
-Lo es si me comparas con ella. –repuso Ana.
Las dos se quedaron calladas y mirándose unos segundos.
-El amor que yo siento por tu padre no tiene que ver con lo que vosotros habéis hecho. –habló Mónica, de pronto.
-Es el mismo amor, cambian las circunstancias. –opinó Ana.
-No podréis estar juntos nunca... ¿entiendes eso?
Ana suspiró, realmente cansada. No estarían juntos, pero Alejandro le había dicho aquella tarde que tampoco quería que fuese así. Se sentó sobre la cama, y miró el suelo.
-Lo sé... lo sabemos... hoy decidimos... –Ana tragó saliva, una mentira más. –Decidimos darnos por vencidos. Terminamos, para siempre.
-Ana... ¿has... has tenido intimidad con él, verdad? –inquirió su madre. -¿Has... te has entregado a él?
-Sólo una vez.
-¿Pero cómo pudiste? Ana, ¿entiendes en que te has convertido? Carolina, ella es su esposa, si ella se enterase... te has convertido en una mujer que no puede ir con la cabeza alta, que no puede mirar a esa mujer a la cara... perdiste la decencia, la moral, los principios, todo lo que te enseñé. No eres la mujer que...
Ana no soportaba más. Todo le había superado, y empezó a llorar, tan triste y atormentada que no pudo responder a su madre. Mónica la contempló, llena de lástima, pero mantuvo su dureza.
-¿Has pensado en cómo se lo va a tomar tu padre? –le soltó.
Ana levantó la cabeza.
-No, por favor, mamá, no... no se lo cuentes, por favor... –suplicó entre sollozos.
-¿Cómo voy a ocultarle algo así?
-Por favor, te lo ruego... papá no tiene porque sufrir eso, además, se ha acabado. Todo ha acabado entre Alejandro y yo, mamá, te lo ruego... papá no...
Juan abrió entonces la puerta, y las miró, intrigado.
-Se os escucha discutiendo desde nuestra habitación, Mónica. ¿Qué está pasando aquí? –preguntó él.
Ana se apresuró a secarse las lágrimas de la cara con las manos.
Mónica miró a Juan y le sonrió, sintiéndose ya culpable por la mentira que iba a decirle.
-Nada, mi amor, estaba reprendiéndola por llegar a estas horas. No es nada más. –contestó Mónica.
-Está bien, entonces ven pronto a la recamara. –dijo Juan y miró a su hija. –Buenas noches, cielo.
-Buenas noches, papá...

Alejandro se encontró con Esteban en la entrada de la casa. Él estaba sentado, acomodado y con una copa en la mano, claramente esperándole.
-Buenas noches. Hace horas que te fuiste, ¿cómo te ha ido? –le habló Esteban. -¿Quieres una copa?
Alejandro le miró, y por un instante parecía que no iba a contestar.
-No, gracias. –rehusó. –Llevo horas caminando por San Pedro. Quería despejarme, pero ha sido inútil.
-¿No me cuentas cómo fue?
Alejandro tomó aire, y caminó hacia uno de los sofás, sentándose a su lado.
-¿Carolina está acostada? –inquirió.
-Subió a su cuarto hace un rato. –le informó Esteban. -¿Cómo se lo tomó Ana?
-Al principio no me creía, después sólo se quedó tan sorprendida que no... está mal. Aunque no peor que yo. –explicó Alejandro con la mirada perdida en algún punto del lugar.
-Te dije que ibais a sufrir más con todo esto que con la propia verdad.
-Quiero que rehaga su vida, que piense que yo nunca fui real, que se decepcione y me deje atrás. –expuso Alejandro una vez más.
-Las cosas nunca son tan fáciles, Alex. Además, mi prima pudo haber hecho eso con la verdad...
-No estoy tan seguro. Sólo quiero que... me baje del pedestal. Al menos logré que me llamara “miserable”. –prosiguió Alejandro.
-¿Y eso te alegró?
-Me dolió más que nada. Me costó tanto fingir, mentirla... fue demasiado duro para los dos.
Esteban contempló el contenido de su copa, pensativo.
-Si yo amara así a una mujer... si amara como tú lo haces, no creo que pudiera renunciar a ella. Nunca. –dijo.
-Si amaras como yo amo, desearías que ella fuera feliz aunque no fuera a tu lado. –le contradijo Alejandro.

Mónica y Ana se quedaron de nuevo en silencio, una vez Juan abandonó la habitación. Ana continuaba llorando. Mónica la observaba, y un gran sentimiento de dulzura la invadió. Se acercó a la cama, y se sentó al lado de Ana. La rodeó con los brazos, y la atrajo hacia ella. La abrazó, y le acarició el pelo con ternura, como cuando era niña y se caía por subirse a los árboles de Campo Real. Primero la reprendía, y luego la consolaba.
Ana no había sido una mala hija. La había dado problemas porque era demasiado parecida en carácter a su padre. Era necia, y desobediente. Pero de gran corazón. Daniel siempre había sido mucho más fácil de tratar.
-Mi niña... tranquila. –le susurró mientras la mecía en sus brazos. –Todo va a pasar... te lo prometo. Siento tanto haberte pegado. Lo siento, cariño...
Ana se separó de su madre, y habló entre sollozos.
-Perdóname, nunca quise decepcionarte... sé que lo que he hecho está mal... pero no pude evitarlo. Le amo, mamá. Y ese sentimiento me va a acompañar para siempre. –declaró.
-Tienes que tratar de olvidarle, mi cielo. –le aconsejó Mónica.
-¿Y enamorarme de Nicolás? –completó Ana.
-Entiendo ahora porqué no te fijabas en él, en ningún otro, Ana. Yo no pienso insistir en ese tema, ahora ya no. Date tiempo, pero saca a Alejandro de tu mente, hija. Es lo mejor. –continuó Mónica.
-¿Cómo hago eso?
-Saca fuerzas.
-Es imposible. –replicó ella.
-Te contaré algo, algo que no sabes. –sonrió Mónica. –Antes de casarme con tu padre, yo estaba enamorada de otro.
Ana arqueó una ceja, sorprendida.
-Como oyes, amaba a otro hombre. Un hombre que me rechazó y escogió a otra. Lo llevé tan mal que incluso quise meterme en el convento.
-¿En serio? –preguntó Ana atónita.
-Así es. –aseguró Mónica. –Sufrí mucho, me sentí humillada, rechazada... pero ya ves, el tiempo cura todas las heridas. Y llegó tu padre. Y no sabría vivir sin él. Es el gran amor de mi vida.
-Pero el problema es que... –Ana suspiró. –Alejandro es el gran amor de mi vida. Y no podré querer a nadie con tanta intensidad. De hecho, él constituye gran parte de mi vida.
-Lo sé... pero puedes volver a amar. Confía en mí. –insistió Mónica.
-¿Tú amabas a ese otro hombre como a mi padre?
Mónica titubeó, vencida. Y fue sincera.
-No. –negó. –Le quise... pero no como a tu padre.
-Ese es mi problema.

Juan la esperó despierta hasta que llegó. Él tenía el torso desnudo, y descubierto de la sábana, como a él le gustaba acostarse. Mónica estaba apesadumbrada, pero aún así le sonrió con afecto.
-Creí que no vendrías nunca. –habló él. -¿Seguro que no pasa nada con nuestra hija?
-No, es que... –Mónica se quitó la bata, y se echó a su lado, apoyando la cabeza en su pecho. –Es tan indisciplinada, a veces tengo miedo de que se parezca a mi hermana. Al fin y al cabo son de la misma sangre.
Juan rió, divertido.
-Tu hermana era una zorra, y Ana es como yo. –opinó.
-No hables así, Juan. Aimeé era mi hermana.
-¿Entonces porqué tienes miedo de que se pueda parecer Ana a ella?
-Tú sabes... –replicó Mónica, molesta.
-Lo que quiero decir es que tu hermana no sabía amar a nadie. Amaba, pero era tan egoísta que no supo demostrarlo. Era fría, superficial. Ana es rebelde, pero tiene la misma nobleza que tú posees, Mónica. Aunque creas que es distinta a ti, cada día os parecéis más. Por eso quiero tanto a mi hija. –se explicó Juan.
-Tiene tu mismo mal carácter.
-Lo sé... pero eso te encanta, ¿no es cierto? –bromeó él. -¿Seguro que no ocurre nada más?
-No, mi amor. –mintió ella, y le besó en el cuello.
Juan se movió, y se acomodó, mirándola a los ojos.
-¿Tienes sueño? –inquirió.
Mónica se rió.
-No... –contestó.
-Bien... –murmuró Juan y empezó a llenarla de besos.
Mónica le besó en la boca, pero luego le apartó, suavemente.
-Juan, en realidad, estoy agotada... ¿podrías simplemente abrazarme?
Juan asintió con la cabeza, serio.
-Estoy seguro de que te preocupa algo. –comentó él.
-Abrázame, me gusta quedarme dormida en tus brazos... –musitó Mónica y cerró los ojos, mientras se cobijaba en el cuerpo de su esposo. –Así me siento tan segura... te quiero, ¿sabes lo afortunados que somos?
-Lo recuerdo cada día. –respondió Juan, observándola detenidamente.

Esteban acudió a la recamara de Isaura, se había propuesto no molestarla aquella noche, pero después de su conversación con Alejandro no pudo reprimir el deseo de verla. Ella estaba dormida, y le abrió la puerta parpadeando. Encendió la luz cuando él entró.
-Esteban... no puedes seguir viniendo a mi cuarto, es peligroso, alguien podría vernos...
Antes de que ella acabara de quejarse él la sorprendió con un beso en la boca, breve y urgente. Cerró la puerta de una patada.
-Ey... ¿qué te pasa? –le sonrió Isaura.
-Me has ignorado todo el día... ¿y sabes qué? Hoy me he portado bien, me levanté temprano, e hice todo el trabajo.
-¿Querías que te besara delante de tus padres o qué? –bromeó Isaura.
-No, pero al menos una mirada, una sonrisa... algo.
-Con la fama que tú tienes, Esteban, eso hubiera provocado que me juzgaran como una nueva amante tuya. –repuso Isaura. –Y ya tengo bastantes problemas.
-¿Soy un problema?
-¿Pero qué te pasa hoy? –se quejó Isaura. –Le sacas un doble sentido a todo. Aunque sí, eres un problema, pero de los que no puedo alejarme.
-Tú también me estás complicando las cosas, espero que lo sepas. –replicó él.
-Sí, pero tú ya tienes experiencia en tener más de una mujer. Seguro que puedes manejarlo. –le espetó Isaura.
-Prometo hablar con Isabel mañana mismo. Pero déjame dormir esta noche aquí. –solicitó él.
-¿Qué? –se escandalizó ella. -¿Pero qué te has creído?
Esteban se quitó la chaqueta y la dejó sobre la única silla que había en el cuarto.
-Vete de mi habitación, no voy a... ni hablar. –se negó ella.
-No te estoy sugiriendo una noche de pasión, Isaura. Siempre piensas mal...
Ella le contestó con una mirada de incredulidad.
-Sólo te he pedido dormir. Nada más. –prosiguió él.
-Tu habitación es más grande y confortable, úsala para dormir. –le rebatió ella.
-Pero no te tiene a ti. Oye, prometo irme antes de que amanezca, pero por favor, déjame dormir a tu lado. –le rogó Esteban.
Ella vaciló unos segundos.
-¿Prometes qué no intentarás sobrepasarte? –le preguntó.
-Pero... ¿por quién me has tomado? –repuso Esteban, mostrándose ofendido.
Isaura frunció el ceño, escéptica.
-De acuerdo, te lo prometo. –dijo él.
-Está bien. –aceptó Isaura, poco convencida.
Él se descalzó, y se metió vestido en la cama. Se arropó con la manta, y la miró, esperando que ella hiciera lo mismo. Isaura se sentía incómoda.
-Vamos, te lo he prometido. Confía en mí por una vez. –habló él.
Ella se metió en la cama con la bata puesta, y se colocó dándole la espalda a Esteban.
-Buenas noches. –le deseó.
Esteban sonrió para sí.
-Buenas noches.
Él apagó la luz, y se puso también de espaldas a ella. Se quedaron quietos. En la oscuridad de la habitación sólo se escuchaba sus respiraciones.

Esteban se despertó poco antes de que saliera el sol. Isaura estaba boca arriba, dormida todavía. Se dio unos minutos para observarla. Estaba despeinada, y sus facciones eran más dulces y serenas incluso que cuando estaba despierta.
Sintió un leve cosquilleo en el estómago, algo que le azuzó. Se levantó sin hacer ruido, y se puso la chaqueta. Antes de irse, se inclinó sobre ella y le dio un beso en la mejilla.
Cuando Isaura oyó la puerta cerrarse, abrió los ojos de golpe. Apenas había pegado ojo en toda la noche. Sonrió, y se tocó la mejilla.

Ana quería ir a Campo Real para hablar con Isaura, pero sabía que su madre no se lo permitiría, dado que allí vivía Alejandro. Pensó en algo que pudiera servirle de excusa, pero no encontró nada.
Hasta que apareció Nicolás. Aquel hombre parecía seguro en su empeño de conquistarla. Siempre que le veía, Ana recordaba a Carolina, y quizás por ello, no terminaba de sentirse cómoda en su presencia, aunque él era realmente muy distinto de su hermana. Había algo en Carolina, algo más allá del hecho de que estuviera casada con Alejandro, que le producía desconfianza.
Nicolás se quitó el sombrero, y muy caballerosamente, le besó la mano.
-Ayer vine a visitarte, y estuve esperando, pero no apareciste. –habló él.
-Estaba en la playa. –dijo ella.
-Tengo que ir un día, a ver si entiendo la pasión que sientes por ella.
-Es un lugar especial, dudo que tú puedas entender todo lo que me inspira. Es mi segunda casa. –repuso Ana.
Él la contempló, la veía diferente.
-Estás ojerosa. –observó. -¿No has dormido bien?
-No mucho.
-¿Algún problema?
Ana negó con la cabeza.
-Quizás te apetezca dar un paseo antes de la comida. –propuso él.
-Me apetece. –sonrió ella. –En realidad, hace mucho tiempo que no monto a caballo.
-Campo real es más seguro desde entonces. –bromeó él.
-En serio... ¿no te importa llevarme? Así podré también ver a mi amiga Isaura.
-Será un placer.
Mónica apareció en la entrada, y se sorprendió al ver a Nicolás.
-Oh, buenos días, joven. –le saludó.
-Buenos días. Vengo a invitar a su hija a un paseo.
-No sé si Ana tendrá muchas ganas... –observó ella.
-Al contrario, mamá. Creo que es una gran idea. Nos vamos. –informó Ana a su madre. –Nos vemos en la comida, mamá.

Esteban citó a Isabel en uno de los cafés más regentados y lujosos de San Pedro. Las damas iban a tomar té, café o un refrigerio cada día, acompañadas de sus esposos, amigas... o amantes.
Él ocupó una mesa que estaba al lado de una ventana. El sol le daba en la espalda, y los camareros iban de un lado a otro, muy atareados. Él miró la hora por tercera vez en el reloj que llevaba en la chaqueta. Aquella mujer siempre llegaba tarde.
Tomó un sorbo de tu taza de café, y revisó el lugar con la vista. Había mujeres de todas las edades, casi todas custodiadas por algún hombre. Eran de posición acomodada, y las encontró increíblemente aburridas. Algunas eran hermosas, pero por una vez en su vida sólo pensaba en una mujer: Isaura.
Iba a hacer aquello por ella. Y no sería fácil. Sabía que tendría problemas con sus padres, también con los de Isabel. Pero lo mejor era cortar por lo sano con aquella historia.
Isabel se plantó delante de él hora y media tarde. Él se puso en pie para recibirla, y luego se sentaron ambos.
-Bueno, ¿qué es eso tan urgente de lo que quieres hablarme? –preguntó ella sonriendo.
Esteban respiró hondo.

Ana y Nicolás estuvieron montando a caballo largo rato. A Ana le sirvió para desahogar la ira que tenía por dentro. Durante toda la noche la rabia y la pena se habían sucedido la una tras la otra. Se había propuesto odiar a Alejandro, y pensaba que si lo veía ante ella, no podría contenerse y le pegaría.
Después de devolver los caballos a sus establos, ambos entraron en la casa. Nicolás le sonrió.
-¿Ocurre algo? –inquirió Ana.
-Eres la mujer más temperamental que he conocido en toda mi vida. –opinó Nicolás en la entrada. – Nunca he visto a nadie montar a caballo como a ti.
Ana le devolvió la sonrisa.
-Voy a cambiarme. –dijo él.
-Bien, yo iré a ver a Isaura.
Ana se dirigió a la habitación de Isaura, esperando verla allí. Se sintió afortunada de no tener que recorrer el resto de la casa, la puerta de la recamara de su amiga estaba abierta, y oía voces en el interior.
Se asomó, y la vio junto a una encolerizada Carolina. Se extrañó, y se dispuso a entrar cuando vio cómo Carolina abofeteaba a Isaura y la insultaba.
Ana sintió que toda la furia le subió a la cabeza. No iba a tolerar un abuso semejante.
Dio tres pasos, y entró en la habitación justo a tiempo de evitar otra cachetada. Detuvo la mano de Carolina en el aire, sujetándola con fuerza.
-¿Se puede saber qué demonios está pasando aquí? –habló Ana, furiosa.
Isaura miró a su amiga, asustada. Carolina estaba tan estupefacta que no respondió.






Escrito desde Oct 1, 2004, 10:37 PM
de la dirección IP 200.243.65.126


Respond to this message

Return to Index

Create your own forum at Network54
 Copyright © 1999-2009 Network54. All rights reserved.   Terms of Use   Privacy Statement