Capítulo XIV

by Cris (no login)

 
Ana contuvo la respiración unos segundos antes de liberar la mano de Carolina, intentando calmar la cólera incontrolable que sentía por lo que había presenciado.
-He hecho una pregunta. ¿Qué está pasando aquí? –repitió Ana, severa.
Carolina se acomodó las mangas del vestido, y la miró, indiferente.
-Nada. Son asuntos entre mi criada y yo. –contestó y luego fingió una sonrisa –Me alegra verte, Ana.
Ana pasó por alto el segundo comentario.
-¿Quién te has creído para tratarla así? –la increpó ella.
-¿Y quién te has creído tú para meterte en mis asuntos? –replicó Carolina con un tono de voz menos suave de lo que pretendía.
-No son tus asuntos exclusivamente. Ella es mi asunto, es mi mejor amiga. Y no permitiré un trato así hacia ella. Es un ser humano, ¿lo sabes? –argumentó Ana, usando el sarcasmo.
Carolina estaba realmente fastidiada por tener que dar explicaciones a aquella estúpida. Verdaderamente había sido un contratiempo que la hubiera sorprendido dándola aquella bofetada a Isaura.
-Lo siento, mi gran problema es que pierdo la paciencia con los incompetentes. –repuso Carolina caminando hacia la salida del cuarto.
-Mi gran problema, -le contestó Ana mientras Carolina se alejaba –es que pierdo la paciencia con los abusivos. Que no se te olvide.
Carolina aparentó no escuchar su advertencia y se fue dejándolas solas. Isaura y Ana se relajaron.
-Es como si la habitación se hubiera oxigenado desde que salió. –comentó Isaura.
De todos modos, Ana no parecía cómoda. Estaba preocupada.
-Si no la he matado todavía es porque quiero escuchar de tus labios que ha pasado aquí. Pero te juro que en cuanto tenga tu confirmación, hablaré con mi tío para que te busque trabajo en otra casa y de paso con Alejandro para que sepa con quién se ha casado... –expuso Ana.
-¡No! –la interrumpió Isaura. –No, por favor. No quiero irme de Campo Real.
Ana se sorprendió, y entonces comprendió. Cerró la puerta. Observó detenidamente a su amiga.
-Ya veo. Primero no querías venir, ahora no quieres irte. Y sospecho que ambas cosas son por el mismo motivo: mi primo. –dedujo.
Isaura suspiró, rendida. Se encogió de hombros ante la evidencia.
-¡Por el amor de Dios! Ya te he dicho cómo es mi primo, te lo he advertido hasta la saciedad, Isaura no cometas ese error... te hará sufrir. Aunque parezca lo contrario, él es incapaz de comprometerse con nadie. No es serio, ni confiable. –explicó Ana.
Isaura recordó las palabras del mismo Esteban: “Soy así, soy incapaz de ponerme serio”. Sacudió la cabeza para borrar ese pensamiento.
-Ya lo sé... seguramente tienes razón, Ana. –aceptó Isaura. –Pero tú no puedes reprocharme nada. Mira lo que estás haciendo tú.
-Eso no es justo. Son cosas distintas...
-No veo la diferencia, salvo que Esteban no está casado. –la atacó Isaura y en el acto se arrepintió. –Perdona.
-No, tienes razón. Por eso te lo estoy diciendo. Oye, hay cosas... –Ana titubeó –cosas que han pasado y desconoces. Estoy sufriendo mucho, Isaura.

El camarero le sirvió un té caliente. Después de varias semanas lluviosas, el mes de Octubre concluía soleado. Isabel bebió de su taza, saboreando su contenido.
Entonces Esteban procedió a explicar sus lógicas razones, sus serios motivos para romper aquella relación sin futuro.
Isabel le escuchó hablar hasta que terminó, con la misma falta de expresividad que tenía en todo momento. Sin embargo, cuando él hubo concluido su monólogo ella cambió de actitud.
-¿Estás rompiendo conmigo? –habló Isabel, dolida.
-Lo siento. –musitó él.
Ella le miró, un par de segundos.
-No puedes hacerme esto. –repuso.
-En ningún momento dije que me casaría contigo, Isabel.
-¿En ningún momento? –repitió ella, perpleja. –Cuando estábamos en la cama, no ponías reparo a nada.
Esteban se movió en su silla, realmente incómodo.
-Nunca te obligué a nada, ni te prometí nada. Sabes cómo soy. –argumentó él, como si aquello sirviera de excusa.
-Te has cansado de mí, y seguramente me dejas por cualquier otra. –dedujo Isabel, con los puños apretados y apoyados en la mesa.
-No es eso... te aprecio, pero no estoy enamorado de ti, y eso lo sabes. –continuó él.
-¿Con quién estás revolcándote ahora? –le espetó Isabel, al borde de un ataque de furia.
-Con nadie, te juro que no se trata de eso.
-Entonces... ¿te has enamorado esta vez? Ya veo... llegó la mujer que te hará cambiar. Pues te diré algo, Esteban. –dijo ella endureciendo la expresión de sus hermosas facciones –Las personas no cambian. Y tú siempre serás quién eres, sólo escoria. Y al final, tendrás lo que te mereces.
Ella se colocó de nuevo su sombrero, y se puso en pie. Tomó la taza de té y lanzó lo que en ella quedaba a la cara de Esteban, empapándole y haciendo que toda la atención del lugar se centrara en ellos.
-Esto no se quedará así. –farfulló Isabel. –Te aseguro que no te librarás de mí tan fácilmente.

Isaura llevó a Ana hasta la cama, y ambas se sentaron. La miró, intrigada.
-¿Qué ha sucedido, Ana?
Su amiga titubeó. E Isaura creyó que iba a llorar.
-Alex... –Ana dejó escapar un largo suspiro –me ha dejado.
Isaura frunció el ceño.
-¿Cómo?
-Me dijo que está enamorado de su esposa, que nunca me ha querido y que me olvide de él. Pero lo peor ni siquiera fue eso, no, lo peor fue cómo me lo dijo. Fue muy cruel, y te juro que no sé quién es ahora mismo... –expuso Ana rápidamente, le dolía incluso hablar de ello.
-Ana... eso es... imposible. ¿Estamos hablando de Alejandro? –comentó Isaura desconcertada. –Incluso aunque él fuera diferente de cómo es, estoy segura de que te quiere. Yo lo sospeché siempre. Se le nota... se os nota demasiado.
-Pues no. Si me quisiera... ¿por qué iba a hacer algo así?
-Quizás esté asustado. –sugirió Isaura.
-No tiene porque romperme el corazón de esa forma, con decirme que lo nuestro no puede ser, basta. –replicó Ana.
Isaura se quedó pensativa.
-No entiendo nada. –dijo, al fin. –Pero no me creo que él haya jugado contigo de ese modo. Es Alejandro. Siempre ha sido honrado, limpio, sincero, y encantador. Y te adora desde niño. Es imposible.
-Tal vez todo era una fachada. Estoy muy confundida. –confesó Ana. –Y quiero encontrar una explicación, pero lo cierto es que no la hay...
Isaura la abrazó, instintivamente. La abrazó con fuerza. Ana se apartó un poco y comenzó a juguetear con las manos, nerviosamente.
-Hay otra cosa. –declaró.
-¿Te ha sucedido algo más? –se sorprendió Isaura.
-Mi madre lo sabe todo.
Isaura abrió la boca, y movió los labios, pero fue incapaz de formular alguna de las mil preguntas que pasaban por su cabeza.
-Azucena nos vio a Alex y a mí en la Palapa, y se lo contó a mi madre. –continuó Ana.
-¿Cómo?
-Pues... él me citó allí, para romper conmigo por lo visto, yo le besé al verle, y Azucena estaba allí. Había ido a buscarme porque Nicolás estaba de visita en mi casa. Un enredo. –concluyó ella.
-Dios Santo... –murmuró Isaura. -¿Cómo está tu madre? Es decir, conociéndola como la conozco, supongo que estará destrozada...
-Fue terrible. Ayer fue el día más largo y dramático de mi vida. Primero lo de Alex, y después lo de mi madre. La vi tan decepcionada de mí, tan triste, y tan enfadada... que sólo me recordó la horrible persona que soy.
-No eres una horrible persona. –la contradijo Isaura vehementemente. –Eres una buen ser humano, noble, justa, y que sabe dar amor a manos llenas. Simplemente no eres perfecta... a veces la vida nos lleva por caminos extraños y que nunca habríamos imaginado en otras circunstancias.
Ana sonrió.
-Campo Real te ha vuelto muy sabia. –bromeó. –También estoy preocupada por ti. Primero por Esteban, y ahora por Carolina. Isaura, sé que quieres quedarte, pero bajo ningún concepto toleraré que esa mujer descargue sus frustraciones o su amargura contigo.
-Suele gritarme... y por algún motivo que desconozco, me odia. Me ha pegado en un par de ocasiones, y no sé por qué. Pero no quiero irme. –insistió Isaura.
-Hablaré con Alex. –resolvió Ana.
-¿Para qué? –protestó Isaura. –Tú misma has dicho que ya no sabes quién es, y después de lo que te ha hecho a ti, dudo que yo le importe.
-Aún así, Isaura. Si todavía queda algo en él de la persona que yo conocí, no se quedará de manos cruzadas cuando se lo cuente. –opinó Ana. –Y por favor, cuídate de mi primo.

Esteban se sentía cansado, y quizás apesadumbrado. Se limpió la cara con un pañuelo, y salió de aquel restaurante con las miradas clavadas en él. La discusión que había mantenido con Isabel sería el chisme de aquella gente durante varios días.
Dio un paseo antes de volver a la hacienda. Intentaba encontrar una buena manera de concluir con Isabel, pero sabía que no sería fácil. La había enfrentado, pero aún faltaban sus padres. De lo que más seguro se sentía era de que jamás se casaría con aquella mujer por mucho que le presionaran.
Entró en la cocina por la puerta trasera. Sonrió al verla de espaldas, secando unos platos. No había nadie más allí, pero se oían voces dentro de la casa y en cualquier momento podía regresar alguna de las otras criadas.
Esteban se acercó sigilosamente a Isaura, y la tomó por la cintura. Ella se giró, totalmente sobresaltada.
-Buenos días, cielo. –la saludó él.
Isaura le apartó de un empujón, muy molesta y blanca por el susto.
-Definitivamente has perdido el juicio. –le recriminó ella con la voz entrecortada. -¿Qué haces en la cocina?
-He venido por una taza de... ¿café? –sugirió él.
-Nunca habías venido tanto a la cocina como desde que yo trabajo en esta casa, ¿crees que la gente está ciega? –repuso ella. –Nos meteremos en un problema enorme por tu inconsciencia.
Esteban se rió, despreocupado y divertido.
-Me encanta el peligro. –bromeó. –Además, como estabas dormida cuando me fui esta mañana, no pude despedirme como es debido.
-¿Quieres callarte? –le pidió Isaura mirando a su alrededor. –Alguien puede oírte y pensar cosas...
-Fue una noche muy especial para mí. –siguió él como si no la hubiera oído.
-Como si no hubieras amanecido al lado de mil mujeres más hermosas, y... –replicó ella y vaciló –desnudas.
Esteban se rió de nuevo.
-¿Crees que porqué no hubo intimidad no fue especial para mí? –habló. –Pues para que lo sepas, eres la primera mujer con la que duermo una noche entera y no toco ni un dedo. Fue muy...
-Ridículo. –le interrumpió Isaura. –Nunca debimos hacerlo. Ni eso ni nada.
Él se puso serio al escucharla.
-¿Por qué eres tan insegura? –la increpó.
Ella bajó la mirada, intentando evitar aquella conversación.
-¿Por qué crees que eres inferior a cualquier otra que haya habido en mi vida? –la interrogó Esteban.
-Porque... porque... a lo mejor porque ha habido demasiadas. –respondió ella.
-Tú eres la primera.
Isaura levantó la cabeza, y le miró con expresión interrogativa.
-La primera en hacerme romper con otra. –completó él.
-¿Qué? ¿Has dejado a Isabel?
-Esta noche hablamos. –dijo él, simplemente.
-Pero...
Esteban se acercó a ella, y le dio un beso rápido en la frente. Luego, salió de la cocina.

Alejandro estaba ordenando algunos papeles en su mesa del despacho cuando alguien llamó a la puerta.
-Adelante. –dijo él sin levantar la cabeza de los folios.
Oyó como se abría la puerta, y entraba alguien que la cerraba otra vez. Distinguió las faldas de una mujer.
-¿Carolina? –preguntó y alzó la vista.
-No. –negó ella.
Era Ana. Alejandro tragó saliva, y notó como todos los músculos de su cuerpo se tensaban. Intentó no parecer demasiado desencajado, e hizo un esfuerzo por relajarse.
Ella estaba realmente hermosa, como siempre, como cada día. El hecho de no poder tocarla, ni mirarla, ni siquiera hablarla como antaño, le producía una aguda agonía en el pecho. Sintió que las fuerzas le flaqueaban frente al deseo.
-Tú. –habló él y endureció su expresión. -¿Qué haces aquí?
Ana no contestó. Echó un vistazo a la estancia, bien iluminada por el sol.
-Si has venido a reprocharme, insultarme o lo que sea... no pierdas tu tiempo, porque tengo trabajo. –prosiguió Alejandro fríamente.
-Tranquilo, Alex. –dijo ella, con una sonrisa sarcástica. –No he venido a rogarte. Vine a ver a Isaura.
-Pues como ves, ella no está aquí. –se burló él.
Ana pasó por algo el comentario.
-La encontré con tu esposa.
Alejandro se levantó y caminó hacia Ana. Se detuvo a pocos pasos.
-Es su criada, ¿no? –continuó él temiendo que Carolina hubiese contado lo de su embarazo.
-No por ello tiene derecho a tratarla como lo hace, ¿no crees?
Alejandro no esperaba aquello. Frunció el ceño.
-¿A qué te refieres? –inquirió.
-Carolina abofeteó a Isaura, e iba a repetirlo cuando yo la interrumpí. –expuso Ana. –Isaura no se merece un trato semejante, así que espero que le pongas límites a tu esposa.
Alejandro no dudaba de que lo que Ana le estaba contando era absolutamente cierto, ella nunca había mentido, y menos sobre algo así. Pero realmente no podía esconder su sorpresa ante el hecho de que Carolina fuera capaz de hacer aquello. Y lo usó contra Ana.
Él esbozó una sonrisa irónica.
-Ana... jamás creí que te inventarías estas cosas por celos. –le espetó.
Ana dejó escapar una exclamación ahogada, atónita.
-¿Pero cómo puedes pensar algo así? –masculló, ofendida.
-Entiendo que estés despechada, pero al menos no intentes calumniar a Carolina. Ella es incapaz de hacer lo que tú dices. –repuso Alejandro.
-¿Crees que miento? Esto no tiene nada que ver con nosotros, Alex. Nunca caería tan bajo. –ella hizo una pausa, escrutándolo con la mirada. –Te juro que no te reconozco. Te miro... y no sé quién tengo delante de mí.
Alejandro puso su mano sobre el hombro de Ana, y la sujetó, fuertemente. Después se inclinó sobre ella, y le besó en los labios, de una forma insolente y casi insultante.
Eso dolió a Ana más que ninguna otra palabra.
-¿Eso es lo que querías, no? –dijo él.
Ana le dio una cachetada, pero Alejandro ni siquiera se movió.
-Eres despreciable. –musitó ella, reprimiendo las lágrimas.
Acto seguido, ella se volvió y salió del despacho dando un portazo.
Alejandro se tocó los labios, le ardían.

Ana salió de Campo Real corriendo y llorando. Quería evitar encontrarse con Nicolás, y hubiera querido hablar con Isaura y resolver su problema con Carolina.
Pero no le quedaba valor, quería huir y desaparecer del planeta.

Nicolás estaba en la habitación de Carolina con ella, que parecía más feliz que nunca.
-Las cosas con Alejandro empiezan a solucionarse. –le anunció.
-Tu casa estará lista en pocos meses. –le informó él a su vez. -¿Ya hay intimidad entre tu esposo y tú?
-No, pero está más cariñoso conmigo, más atento... –explicó ella, sentándose en una silla cerca de la ventana. –He conseguido sacarle a Ana de la cabeza.
-¿Cómo? –preguntó él, con curiosidad.
-Un hijo siempre centra la atención de un esposo.
Nicolás la observó detenidamente.
-¿Estás embarazada?
-¿Yo he dicho eso? –replicó ella, con una sonrisa.
-No entiendo nada. –dijo él, contrariado.
-Le he dicho a mi marido que estoy embarazada. Pero no lo estoy. –confesó Carolina tranquilamente.
-¿Estás loca? ¿Cómo puedes inventar algo semejante? –la reprochó él.
-Alejandro iba a romper nuestro matrimonio, fue lo único que se me ocurrió para detenerle. –se excusó ella. –No voy a perderle.
-Pero inventarte un hijo... aparte de ser absolutamente mezquino, hermana, y sé que eso no te importa con tal de mantener a Alejandro a tu lado, es algo imposible de sostener. Tarde o temprano tu vientre no crecerá, no habrá bebe, y él se dará cuenta. ¿Lo has pensado? –se burló él.
-Ya se me ocurrirá algo para salir del paso.
-¿Qué? Fingir un aborto... ¿qué? –le preguntó Nicolás.
-Por ejemplo, u otra cosa. Tendré un médico a mi favor, y luego veremos. Eso no me preocupa ahora. No me amargues el triunfo.
-Estás perdiendo la cordura, hermana.
-Confío en tu discreción. Nos conviene a ambos.
Nicolás no respondió.
-Eres lo único que tengo. –insistió ella e hizo una pausa. -¿Cómo te va con Ana?
-Nos llevamos bien, pero sigue bastante cerrada conmigo. Tengo que darle tiempo. –contó él.

Ana deambuló por las calles de San Pedro durante horas. Finalmente y sin saber casi cómo, llegó a la playa. Se quitó la ropa en un impulso, y pese a la brisa, fresca y constante, se metió en el agua. Nadó hasta agotarse, y no se dio cuenta de que el viento iba en aumento, y la marea subía.
Cuando quiso regresar a la playa, no pudo. Las olas eran gigantescas y se encontraba exhausta. Creyó que se desmayaría.

Alejandro interrumpió la conversación de Nicolás y Carolina poco antes del almuerzo. Su rictus era severo, y Carolina supo que algo le ocurría a su esposo. Nicolás salió de la recamara y les dejó a solas.
Carolina le dio un beso en la mejilla como recibimiento.
-Mi amor, ¿te sucede algo?
-Quiero que me expliques por qué has pegado a Isaura. –expuso Alejandro.
Carolina dio un paso atrás, realmente fastidiada.
-¿Yo? –vaciló. -¿Quién te ha dicho esa mentira?
-Carolina, no intentes ni siquiera mentirme, porque perderé la paciencia por completo. Te juro que no comprendo este comportamiento. Tú siempre has sido una dama. –la acusó él. -¿Por qué lo hiciste?
Ella se mordió el labio inferior, pensando una respuesta.
-¿Quién te lo contó? –preguntó.
-Ana. –le comunicó Alejandro.
Carolina sintió el odio crecer dentro de ella.
-Ya veo. –murmuró y sonrió sin ganas. –Pudo mentirte, ¿por qué la crees a ella antes que a mí?
-Carolina, ¿por qué lo hiciste? –insistió él.
Ella se dio la vuelta, y agachó la cabeza, empezando a llorar. Luego, se dio la vuelta y le miró, con los ojos llenos de lágrimas.
-Lo siento, mi amor... yo... –tartamudeó Carolina. –Mírame, estoy embarazada, y creo que no te importo, nuestro matrimonio va mal desde el primer día, y me siento sola... y creo que me he descargado con la pobre Isaura, que no tiene culpa...
Alejandro se sintió invadido por la culpa una vez más al verla llorar. Se dirigió a ella, y la estrechó entre sus brazos.
-Lo siento, Carolina... sé que no he sido un buen esposo, pero intentaré arreglarlo. –la consoló, y luego la apartó, mirándola a los ojos. –Pero de todos modos, no tienes justificación alguna para lo que hiciste. Prométeme que jamás volverás a tocar a esa muchacha.
-Lo prometo. –aseguró ella, con total falsedad. -¿Cuándo les contaremos a tus padres que vamos a tener un hijo?
-Aún no, espera un poco de tiempo, ¿sí? –pidió él.
-Echo de menos la ciudad. –comentó ella entre sollozos. –Allí éramos más felices.
Alejandro suspiró.
-Tienes razón. –admitió él. –Carolina, de hecho, he estado pensando en ello.
Ella se sorprendió.
-¿En qué? –inquirió.
-En regresar a la capital. –aclaró Alejandro. –Al menos hasta que nuestra casa esté terminada, dentro de unos meses.



Escrito desde Oct 11, 2004, 8:49 PM
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