Capítulo XVI (XXX)

by Cris (no login)

 
Ellos permanecieron abrazados largo rato, estrechamente. Él percibió los huesos de sus caderas clavadas en él, su cuerpo delgado y tibio apretado al suyo. Isaura estaba temblando, quizás de miedo.
Esteban la apartó con las manos, que dejó sujetas en sus hombros, y la miró a los ojos, directamente.
-¿Estás asustada? –quiso saber.
-Un poco. –balbuceó ella. –Yo... nunca he... no sé...
Esteban sonrió, y sabía que no era un momento para hacer bromas, pero no pudo contenerse.
-Ya te he dicho que todo es cuestión de práctica.
Isaura se apartó de él, molesta.
-Lo siento. –se disculpó él. –Lo siento... oye, no tenemos que hacer esto si no quieres.
Ella vaciló. Pareció que iba a decir algo, pero no lo hizo.
-¿Quieres que me vaya? –preguntó él.
Isaura tampoco contestó, y se quedó de espaldas a él. Esteban miró al suelo, y de nuevo a ella. Caminó hasta pararse a pocos milímetros de Isaura, entonces se inclinó y la besó en la nuca, y luego en el cuello, mientras la rodeaba con sus brazos. Ella se dio la vuelta, y le empujó suavemente.
-Dijiste que confías en mí... –habló él.
-Te odio por hacerme esto. –repuso Isaura.
Esteban arqueó una ceja, desconcertado.
-¿Por hacerte qué?
-Por hacer que sea yo quién decida. Sería mucho más fácil si no me dieras opción, así no tendría que ser responsable de mis actos, sólo tendría que dejarme llevar... –comenzó ella.
Esteban se rió, y la amarró por la cintura, atrayéndola a su cuerpo, y manteniéndola allí, inmovilizada por un sólo brazo.
-Entonces no te doy opción, ¿te parece mejor así? –comentó él, indudablemente divertido.
Isaura forcejeó, pretendiendo moverse, pero él la tenía asida con tanta fuerza que sus intentos fueron inútiles. Estaba atrapada.
-Eres... ¿no puedes ponerte serio por una vez? –replicó ella luchando contra él.
-¿Qué te pasa?
-Pues...
-Mírame a los ojos. –exigió él. –Vamos...
Isaura levantó la cabeza, y le miró.
-Sólo quiero saber qué quieres tú. –continuó Esteban. –Dímelo sin vergüenza.
-Quiero... –Isaura titubeó un segundo. –Quiero estar contigo, pero yo no he... no he sido educada para decir algo así, es inmoral, y sucio...
Esteban sonrió, en cierta forma enternecido.
-Mi querida Isaura... eres una niña en un cuerpo de mujer. –comentó.
Ella apartó la vista, fastidiada.
-No te burles. –repuso.
-No me burlo, me encanta... –replicó él.
Esteban puso de nuevo sus dos brazos alrededor de la cintura de ella, y aflojó sus manos, permitiendo que ella pudiera moverse, pero impidiendo que se le escapara.
-No debes tenerme miedo... no soy tan horrible, ¿sabes? –dijo él.
-No es miedo a ti, es miedo a algo que no he... –Isaura vaciló otra vez. –Tienes un extraño poder para ponerme nerviosa...
Esteban la besó, y a ella le tomó por sorpresa. Le abrazó.

Mónica le observó con severidad unos segundos casi interminables.
-¿Qué haces aquí, Alex? –repitió.
-Quería saber cómo se encontraba Ana, no pude venir antes. Espero no haber molestado... –trató de excusarse él.
-Siento decirte que ya no eres bienvenido a esta casa. Si no quieres tener problemas, espero que no vuelvas por aquí. –le interrumpió Mónica.
Alejandro se sorprendió, y movió los labios, pero no acertó a preguntar.
-Sé lo que estarás pensando, muchacho. Eres el nieto de Don Noel, y el hijo de unos amigos muy especiales, siempre te hemos tenido en gran estima. Pero las cosas han cambiado, y no dejaré que vuelvas a acercarte a mi hija. –sentenció ella, con dureza.
Alejandro la contempló, detenidamente.
-Usted lo sabe, ¿verdad? –dedujo.
Mónica alzó la cabeza, y suspiró.
-Así es... y hubiera preferido no saberlo nunca.
-¿Su marido... ?
-Sólo lo sé yo. –le cortó ella.
-Entiendo. –dijo él, en un susurro.
-Pero si vuelves a esta casa me obligarás a contárselo. –le advirtió Mónica.
-No se preocupe... me voy de San Pedro.
Mónica no pudo evitar mostrar confusión.
-Sí, así es. –confirmó él. –Ana no lo sabe, y prefiero que no se lo diga todavía. Créame, Mónica, a pesar de todo lo que ha pasado, yo quiero mucho a su hija. Sé que no lo parece, pero es la persona más importante de mi vida. Por eso he cometido tantos errores.
-Sé que la quieres, pero siempre creí que tú serías incapaz de hacerla daño. Por eso no puse límites a vuestra amistad... Sé sólo en parte lo que ha pasado entre vosotros. Ana me ha contado algunas cosas... pero también sé que me oculta algo, algo que la ha herido especialmente. –Mónica hizo una pausa. – En esa habitación, tengo una hija destrozada... y te lo debo a ti, Alex. Por eso no quiero que te acerques.
Alejandro sintió que la pena se apoderaba de él otra vez, y levantó la vista, evitando que las lágrimas cayeran por su cara. Tomó aliento.
-Lo sé, y cargaré con ese peso cada día de mi vida... –murmuró.

Esteban le acariciaba los brazos, de abajo hacia arriba, mientras la seguía besando. Isaura sentía un calor aturdidor, estaba sudando, y sin embargo, tenía las manos heladas. Ambos jadeaban cuando él dejó de besarla. Se escrutaron con la mirada, los dos esperaban una señal en el otro para continuar.
-Te amo. –soltó Isaura inconscientemente, y notó como el rubor afloraba en sus mejillas.
Esteban la besó en la mejilla, y luego le mordisqueó una oreja.
-Mi niña... –susurró.
Isaura prendió sus manos en la chaqueta de él, mientras Esteban subía sus manos por los brazos de ella hasta detenerlos a la altura de sus pechos. Pasó sus manos por encima, sin tocarlos, y desabrochó el primer botón de su blusón. Luego, la miró.
Isaura zozobraba. Se mordió el labio inferior, quería que Esteban prosiguiera, pero no tenía valor para solicitarlo. De pronto, él dio un paso atrás.
-¿Que... qué ocurre? –tartamudeó ella.
Esteban se quitó la chaqueta, y la tiró al suelo.
-Supongo que eres consciente de que vamos a vernos desnudos. –habló él.
Isaura frunció el ceño, incómoda.
-¿Qué?
-Eres tan vergonzosa que quizás...
Isaura tenía el escote abierto, y se cubrió con las manos. Bajó la cabeza.
Esteban se volvió a acercar, y se paró frente a ella. Pasó una mano por debajo de su barbilla, y le levantó nuevamente la cabeza.
-Desvísteme tú primero. –sugirió él.
Isaura le atravesó con la mirada.
-¿Cómo? Yo no, nunca, no... –rehusó ella, atolondrada.
-¿No lo deseas? –la interrogó él. –Imagina que soy tu esposo, y que tú eres mi mujer.
-Pero no lo soy. –replicó ella.
Esteban esperó, no la tocó, no contestó, no se movió.
-Bésame, por favor... –rogó ella, unos segundos más tarde.
Él obedeció, y la besó en los labios, brevemente.
Ella miró a Esteban, y comenzó a desabotonar su camisa, despacio y con cierta torpeza.

Carolina dio un gritito de felicidad y abrazó a su hermano. Se habían encerrado en la recamara de ella después de la cena, porque Carolina tenía algo que comunicarle.
Él la tomó por los brazos, y se los retiró con suavidad. Se apartó.
-¿Qué ha pasado para que estés tan contenta? –preguntó Nicolás. -¿Te has quedado embarazada de verdad?
Carolina le miró, poco divertida por su comentario.
-No, pero voy ganando terreno. Nos trasladamos a la ciudad por varios meses... así que tendré tiempo para reconquistar a mi marido. –le contó ella, sonriente.
-Una ardua tarea... ¿cómo le convenciste? –inquirió Nicolás despreocupado, y se sentó en un butacón.
Carolina se sentó a los pies de la cama, apoyando las manos.
-Pues no he tenido que convencerle. –replicó ella. –Él me lo sugirió, y acepté encantada.
-¿Por qué iba a querer Alejandro irse? En San Pedro tiene todo lo que ama, el pueblo, el mar, su familia... y especialmente, Ana.
-No te burles, tus ironías no tienen gracia. No lo sé, algo ha debido pasarle... quizás su futuro hijo. –dejó caer Carolina.
-Eres única en el chantaje. Dime, Carolina, ¿porque te rebajas tanto?
Carolina dejó de sonreír, y se puso violentamente en pie.
-Porque él es lo único que tengo, que he tenido... desde que nuestros padres murieron... Nicolás, él es el único hombre que realmente me ha gustado. Él único que amo, y sólo quiero que me corresponda... tengo que conseguir que hable de mí cómo hablaba de Ana cuando estábamos en la capital, que me mire cómo a ella... que me necesite así. –explicó ella con cierto tono de desesperación. –Siempre estuve sola, lo sabes... no quería a nadie a mi alrededor. Hasta que llegó él. Por eso, estoy dispuesta a lo que sea.
Nicolás suspiró, sentía lástima por su hermana.
-Bueno, quizás sea un problema de actitud. No puedes obligarle a que te ame... tienes que entender eso. Una vez lo asumas, empezarás a necesitarle menos. O quizás entonces... seas la clase de persona que puede ser feliz por sí misma.

Mónica entró en la habitación de su hija una vez Alejandro abandonó la casa. Dejó la taza sobre la mesita, y le dio un beso en la frente. Luego, revisó a Ana con la mirada.
Estaba sentada en la cama, arropada en las mantas, y con las piernas cruzadas.
-¿Pasa algo, mamá? –habló Ana, disimulando su estado descompuesto.
Mónica vio sus ojos rojos, y supo que había vuelto a llorar.
-Le he visto. –dijo Mónica.
-¿A quién?
-Vi a Alex saliendo de esta habitación. –Mónica hizo una pausa mientras Ana se pasaba un mechón de pelo por detrás de una oreja, nerviosa. –Le advertí que no se vuelva a acercar a ti.
Ana tuvo el impulso de quejarse y recordarle a su madre que no tenía porqué meterse en su vida, pero se dio cuenta de que lo que Mónica había hecho era lo más lógico, razonable, y conveniente. Algo que quizás Ana aún no podía hacer.
-¿Pasó algo entre vosotros? –se atrevió a preguntar Mónica.
-¡No! No... Se interesó por mi estado de salud, y le pedí que se fuera. Me deseó que... –Ana tragó saliva al recordarlo. – Me deseó que fuera feliz... y se fue.
-No entiendo el comportamiento de ese muchacho, ni siquiera el tuyo.
Ana suspiró.
-Yo tampoco. –musitó.

Isaura terminó de desabrochar la camisa de Esteban. La abrió despacio. Él sintió sus manos heladas rozándole la piel.
Isaura se apartó, abrumada.
-No puedo... no puedo... –vaciló. –No puedo seguir.
-Lo haré yo.
Esteban se quitó la camisa, dejándola caer al suelo lentamente. Isaura se sonrojó cuando él caminó hacia ella y la abrazó, apoyando la cabeza en su hombro. Empezó a besarla en el cuello, y deslizó su boca hasta el escote. Isaura lo aceptó, y se concentró en lo que sentía cerrando los ojos.
Para él hacer el amor era algo habitual, un ámbito mil veces explorado y conocido, se sentía tan seguro como cualquier otro maestro en su oficio. Para Esteban seducir y hacer el amor con una mujer era casi un arte.
Pero se sorprendió al darse cuenta de que titubeaba por primera vez en su vida, y al preocuparse más por ella que por sí mismo.
Desabrochó el segundo botón de Isaura, y tiró con delicadeza del blusón para sacarlo por encima de su falda. Una vez conseguido, fue botón por botón hasta terminar.
La miró antes de hacer otro movimiento. Isaura respiraba entrecortadamente, y seguía con los ojos cerrados. La besó en los labios, y fue como aquella vez en la bodega. Un contacto efímero y rápido. Dulce. Ella abrió los ojos, estaba enardecida.
-Te quiero. –repitió ella casi imperceptiblemente.
Esteban la sonrió con afecto, y abrió el blusón hasta descubrir sus senos. Ella exhaló aire, y dejó que él la desprendiera por completo del blusón y lo tirara al suelo.
El primer instinto de Isaura fue abrazarle y así lo hizo. Esteban la correspondió, y sus bocas se encontraron, fundiéndose en un beso apasionado y caliente.
Se apretaron tanto el uno al otro que apenas podían respirar. Él acariciaba su espalda, gozando de su piel suave y tibia, tan suave como la piel de un melocotón o el terciopelo.
Luego, Esteban prendió una mano firmemente en su cabello, mientras seguían besándose sin descanso.
Ella perdió el pudor y dejó que la tocara. Se apartaron lo suficiente para que Esteban pudiera llevar su mano de la espalda a uno de los pechos de Isaura. Ella levantó los brazos, y los puso alrededor del cuello de Esteban.
Él la acarició y pellizcó su pezón, levemente. Isaura gimió en medio del beso, y creyó que iba a volverse loca. Si aquello era lo que tanto temían las mujeres, y tanto buscaban los hombres; entendía porque ellos lo buscaban, pero no porque ellas lo evitaban y lo censuraban... para ella era el momento más hermoso y feliz de toda su vida.
Esteban dejó su pecho, y deslizó la mano hasta su cadera, para bajarle la falda. Isaura le ayudó, quitándosela del todo y dejándola también en el suelo.
Impaciente, ella le abrió y bajó los pantalones hasta las rodillas. Él sonrió.
-Aprendes rápido. –comentó.
Se besaron de nuevo, y con cierta ropa enredada en los pies, caminaron hacia la cama.
Cayeron en ella en un torbellino de besos y caricias urgentes.

Juan entró en la habitación de Ana para darle las buenas noches. Su hija estaba acostada, y tapada con las mantas. La fiebre le había remitido, y todo había quedado en un susto.
Ana estaba dormida. Se sentó a su lado, y la contempló. Era tan hermosa como su madre, aunque todos se empeñaran en decir que era físicamente igual a él. Tenía la elegancia de Mónica y su saber estar, por más rebelde que pareciera.
Juan siempre había querido por igual a sus dos hijos, porque no podía concebir su amor a ellos de otro modo, pero en una parte recóndita de su ser, sentía una predilección especial hacia Ana, su niña.
Recordaba con absoluta precisión la primera vez que la tuvo entre sus brazos, recordaba el olor a flores de la habitación, el sol entrando por la ventana, la sonrisa de Mónica, las sábanas blancas, y el liviano peso de su hija. Recordaba su carita arrugada, y su vulnerabilidad.
Juan le pasó la mano por el pelo, y la besó en la frente con ternura. Si le hubiera pasado algo en aquella playa, él se habría muerto. Siempre la había protegido, pero desde aquel momento se juraba a sí mismo impedir que cualquiera la hiriera. A ella o a su familia.
Algo que siempre había tenido claro, y que renacía dentro de él con mayor poder.
Estaba tan concentrado observándola, que no se dio cuenta de que Mónica había entrado en el cuarto y se había parado a su lado.
-Mi amor, ¿no vienes a acostarte? –habló ella en voz baja para no despertar a Ana.
Juan levantó la vista, y le sonrió. Alargó una mano, y la tomó por la cintura, atrayéndola a él y apoyando la cabeza en su regazo.
-No permitiré que nunca os pase nada a ninguno de vosotros. Lo juro. –afirmó él.
Mónica la acarició la cabeza, y sonrió con amor.
-Lo sé, lo sé, Juan... pero no puedes protegernos de la vida. Debes aceptarlo.
Juan no contestó a eso.
-Además, Ana está bien. Sólo necesita tiempo... tiene tu fortaleza, y lo sabes. –añadió Mónica.

Isaura abrió las piernas, y él se acomodó entre ellas. Para ella era el momento más trascendental de su vida, y como todos los momentos realmente decisivos, llegan sin pensar, y se hacen sin medir todas las consecuencias.
Esteban sentía una mezcla extraña de sentimientos, y un nudo en el pecho. Era la primera vez que hacer el amor con una mujer le aturdía y conmovía de aquella forma.
La miró a los ojos, un instante.
-Esto te va a doler un poco... pero te prometo que pasará y te compensará. –la informó.
Isaura asintió con la cabeza, y él la besó en la boca, largamente. Continuaron acariciándose, estaban húmedos y preparados para llegar al final. Esteban se fue colocando lentamente, mientras la besaba con dulzura en toda la cara, el cuello y los pechos.
Ella nunca le había visto así, con aquella expresión febril e indescriptible, y supuso que su rostro mostraría las mismas sensaciones.
Notó una leve presión en su entrepierna, el miembro de Esteban estaba duro y erecto.
Isaura tomó aire, y le besó la mandíbula. Esteban giró la cabeza, y la besó de nuevo en la boca. Al mismo tiempo que sus lenguas jugueteaban, él empezó a entrar en ella.
Isaura sintió un dolor agudo, casi insoportable, y apretó sus manos en la espalda de él.
Poco después, aquello se transformó en una sensación tan maravillosa que se le llenaron los ojos de lágrimas. Esteban entraba y salía de ella, y alcanzaron el clímax en una conjunción de gemidos, besos, caricias y amor.

Ella dormía plácidamente. Normalmente, Esteban se iba poco después de hacer el amor, no quería permanecer mucho tiempo en un mismo sitio con la misma mujer, y prefería regresar a su cama a dormir. Pero como en todo, Isaura constituía la excepción.
Él no pudo irse y simplemente abandonarla, y se dio cuenta de que estaba amaneciendo cuando la luz del sol empezó a entrar por la ventana que estaba situada al lado de la cama.
Él estaba sentado, y cubierto con la sábana de cintura para abajo. Isaura estaba boca abajo y con las manos metidas bajo la almohada, la sábana le llegaba por debajo de la mitad de la espalda, y el cabello le caía desordenado sobre la misma. El sol la empezaba a cubrir, y producía unos bellos destellos en su pelo.
Habían hecho el amor tres veces aquella noche. Y desde entonces hasta el amanecer, Esteban la había observado mientras dormía. Aquella niña se había convertido en una mujer, y tenía un rubor en su tez que la hacía aún más hermosa e irresistible. Sencillamente, no pudo apartar la vista de ella.
Algo había cambiado dentro de Esteban. Algo había nacido, o quizás acababa de descubrirlo y había comenzado mucho antes.
“Te amo”, pensó él. Pero no lo dijo.

Nicolás fue a ver a Ana por la mañana. Se levantó temprano, y tomó uno de los carruajes que le trasladaron a San Pedro.
Ana se levantó, se lavó y se vistió pese a las recomendaciones de su madre de que permaneciera en cama para reponerse completamente. Y poco después del desayuno, su padre acompañó a Daniel a Campo Real, y su madre salió para la iglesia.
Ana se sentó a leer en el recibidor, y Nicolás tocó a la puerta. Ella vislumbró su figura a través del cristal de la puerta, y hubiera querido huir a su habitación, pero en vez de eso, abrió la puerta.
Nicolás le sonrió, y como habitualmente hacía, tomó una de sus manos y se la llevó a la boca, rozándola con sus labios. Ana carraspeó, y le indicó que entrara.
-¿Estás mejor? –preguntó él entrando en la casa.
-Sí, gracias.
Nicolás se quitó el sombrero.
-¿Puedo sentarme? –inquirió.
Ana sonrió, con ironía.
-Eres todo un manual de modales del perfecto caballero. –se burló.
-Me educaron así. –repuso él sin perder su cortés y encantadora sonrisa.
-Ahora mismo no soy una profunda admiradora de los hombres, pero supongo que decirte que no, supondría una señal de evidente mala educación, así que...
Nicolás se rió, y tomó asiento.
-Estás muy a la defensiva. ¿Qué te han hecho los hombres? Creí que les mantenías al margen de tu vida. –le contestó él, divertido.
Ana esbozó una sonrisa, por la hábil forma de Nicolás de intentar sonsacarle.
-No importa. –dijo ella.
-¿Realmente no querías que me quedara ni unos minutos?
-¿Importa eso? Te has sentado igualmente...
-Sólo quería saber cómo te encuentras. Ayer no vine porque no quise ser inoportuno. –aclaró Nicolás.
Ana aceptó su respuesta, y se sentó en uno de los dos butacones.
-Estuviste apunto de... según he oído. –continuó él.
Ana asintió con la cabeza.
-Quizás deba irme, si no quieres recibir visitas ahora mismo... –observó Nicolás e hizo ademán de levantarse.
-No, por favor... discúlpame. He sido... ¿quieres tomar algo?
-No gracias, acabo de tomar un desayuno más suculento de lo que me conviene. –rehusó él.
-Es que no me encuentro muy bien anímicamente, siento parecer tan poco amable. –se disculpó Ana.
-En realidad, ahora mismo eres más amable que de costumbre. –Nicolás hizo una pausa. –Si puedo ayudarte en algo...
Ana le sonrió, educadamente.
-Verás, Ana, no conozco a nadie en este pueblo aparte de mi hermana, y pensé que tú podrías ser mi amiga, eres de las pocas personas que considero interesante... –trató de explicarse él.
-Eso ya me lo dijiste en una ocasión.
-En efecto... por eso me gustaría disfrutar de tu compañía sin tener que soportar tantos reparos por tu parte. Me encuentro bastante solo... en fin, tengo a mi hermana, pero ella está casada y tiene su vida. Y como además, se marcha, me quedaré solo por completo en la hacienda, y con un sólo pasatiempo, dirigir las obras de la casa que...
-¿Se marcha? –repitió Ana, desconcertada.
-¿No lo sabías? Bueno, al fin y al cabo aún no lo han comunicado... mi cuñado y ella se van a la capital, y no volverán en meses. –le comunicó Nicolás, esperando su reacción.
Ana movió los labios, estaba pálida. Parpadeó.
-¿Se van? –dijo en un susurro. –Se va...
-Pensé que dada la estrecha amistad que te une a Alejandro él ya te lo habría comentado.
Ana respiró fuerte, para evitar las lágrimas.
-No hemos podido vernos últimamente... –inventó.
“Se va, Alejandro se va”, era lo único que cruzaba su mente. ¿Por qué se iba? Él adoraba San Pedro... ¿estaba huyendo? ¿Pero de qué? De lo que estaba segura era de que aquella visita de la noche anterior sería la última vez que le vería, él no iba a despedirse de otro modo. Y ella no pensaba buscarle... a menos que cediera a lo que sentía.



Escrito desde Nov 4, 2004, 2:58 PM
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