Carolina se sentó en una silla, la única que estaba vacía. Cerró los puños de sus manos sobre la falda, y contuvo la respiración unos segundos, aterrada y buscando en su cabeza una idea que le librara de lo que iba a escuchar. Sabía que no tenía escapatoria.
-Carolina, lo que voy a decirte es terrible, no sólo para ti, sino también para mí. No han sido unos meses fáciles, he estado viviendo todo este tiempo una tortura en absoluto silencio y...
-Alejandro, mi amor, no veo la necesidad de tener esta conversación. Sea lo que sea, estoy segura de que no es tan grave. –le cortó ella.
-Es tan grave que por eso no te toco.
Carolina tragó saliva, tenía la garganta seca.
-No sé si es el momento...
-No podemos seguir evitando esta conversación, Carolina. –repuso él.
-Muy bien. Te escucho.
Alejandro caminó hacia ella, y se paró delante. Se agachó y tomó sus manos entre las suyas.
-Perdóname. Nunca he pretendido herirte. –susurró.
-Habla de una buena vez.
Alejandro la miró. Ella vio sus ojos negros, profundos, grandes y hermosos; y una mezcla poderosa de amor y odio la invadió.
-No sé cómo decirte esto... Carolina, me casé contigo porque eres una gran mujer. Bonita, fuerte, valiente... hay cosas que no compartimos, pero pensé que te quería y que serías una excelente esposa. –empezó él.
-¿Te he decepcionado? ¿Soy una mala esposa? –preguntó ella.
-No, no... soy yo quién se ha decepcionado de sí mismo, por ser tan estúpido y tan mal esposo.
Carolina sabía lo que venía a continuación, sabía lo que iba a decirle, y una iracunda rabia afloraba en su interior con cada palabra que él pronunciaba.
-Confundí mis sentimientos hacia ti, el cariño con el amor, confundí lo que había entre nosotros, y he perjudicado a tres personas. –dijo él.
-¿Tres personas? –preguntó Carolina tratando de no gritar demasiado.
-Ana es la tercera. –confesó Alejandro, y de pronto se sintió un poco mejor por decir la verdad, y mucho peor por provocar más sufrimiento en Carolina. –Ella es mi hermana, mi amiga, es la mitad de mi vida.
-¿Y qué tiene que ver ella en nuestro matrimonio, Alex? –le interrogó Carolina al borde de un ataque de furia.
Alejandro titubeó.
-¡Dímelo! –chilló Carolina, casi histérica.
-Estoy enamorado de ella, desde siempre. Pero no lo supe hasta poco después de nuestro matrimonio. –contestó Alejandro, con los ojos llenos de lágrimas. –La amo, y lo siento mucho, Carolina...
Esteban retrocedió, y se sentó al borde de la cama. Se pasó las manos por la cabeza, abatido.
-Lo siento mucho. –habló. –Lamento haberte tratado así, Isaura... yo no... nunca me había portado así con una mujer.
Isaura le observó, parada en la puerta de la habitación. No contestó.
-He sido cruel, injusto, necio, estúpido, y tremendamente hiriente... y no te lo mereces. Tú no. –prosiguió Esteban.
-¿Por qué lo has hecho?
-Quería escapar. –contestó él sin mirarla.
-¿De mí? –inquirió ella, aún con los ojos húmedos. –Yo... no te he pedido nada... simplemente quería que fueses sincero conmigo, creí que lo eras...
-No era de ti... –repuso él. –Supongo que quería huir de mis sentimientos.
-¿Qué?
Esteban levantó la cabeza, e Isaura vio que tenía lágrimas en los ojos. Estaba apunto de llorar.
-Yo... no sé que me pasa, y no puedo controlarme... te veo con Daniel, y es como si perdiera la cordura. Todo lo que te he dicho... no es cierto, no lo pienso, jamás lo he hecho. Te ataco cuando lo que quiero es besarte, me voy con otra, cuando sólo te tengo a ti en la cabeza... –balbuceó él con un hilo de voz. –Estoy divagando, perdona...
-Daniel es un buen amigo, un apoyo...
-Lo sé, pero aún así soy incapaz de entenderlo cuando os veo juntos. Te estaba abrazando... y vi algo entre vosotros, algo que...
-Algo que no existe. –replicó ella. –Tú te fuiste con otra, ¿cómo se supone que debo sentirme yo?
-Te juro, te lo juro, Isaura... no pasó nada. Me fui con ella porque quería sacarte de mi pensamiento... pero te prometo que te estoy contando la verdad. –afirmó él con rotundidad. –Y ser sincero conmigo mismo es algo que me está costando mucho.
-¿Por qué debo creerte?
-Porque es la verdad. –insistió Esteban. -¿No lo ves?
-Pasé la noche contigo, y no significó nada nuevo para ti... –le contradijo Isaura. –Y no sólo eso, sino que me has tratado como si fuera una...
-¡Lo siento! –exclamó él. –Estoy aterrado. Y estás tan equivocada...
-¿Yo estoy equivocada? –preguntó ella, incrédula.
-La noche que pasamos juntos significó demasiado para mí.
-Me imagino...
-Me di cuenta. –siguió él. –Me di cuenta.
-¿De qué? ¿De qué conquistarme fue más fácil de lo que pensabas? ¿De qué soy tu criada y además puedes humillarme?
-¡No!
-¿Entonces?
-¡Te lo acabo de decir! –gritó él, e Isaura guardó silencio. –Te he dicho que... te quiero.
-Un poco, dijiste. –agregó ella.
Esteban sacudió la cabeza, aturdido.
-Te quiero... –repitió él casi en un sollozo. –Estoy enamorado de ti, como un loco.
Isaura no lo sabía. Lo deseaba tanto que no lo creía posible.
Se acercó a él, y cuando estaba muy cerca, Esteban se puso en pie. Se quedaron quietos, frente a frente, separados por un escaso espacio.
Él sonrió, levemente, y llevó su mano a la cara de Isaura. Le acarició la mejilla a la altura de la oreja. A Isaura le temblaba todo el cuerpo.
-Ya te lo he dicho. –comentó Esteban.
Isaura asintió con la cabeza, incapaz de decir algo más elocuente.
-Te quiero... –repitió él en un susurro.
Esteban rozó con su nariz la de ella, y se rieron, bajito. Después, la besó en la frente.
-Y estoy terriblemente asustado. –confesó él. –Nunca antes me había pasado.
-Yo también... –Isaura parpadeó. –También estoy asustada.
Él pasó la mano por sus labios, y la besó. Para Isaura fue el momento más romántico que había vivido hasta entonces. Esteban la besó con la mayor ternura del mundo. Y por primera vez, se sintió segura entre sus brazos, y absolutamente complacida.
-Me dices que amas a otra como si fuera un mínimo detalle. ¿Qué se supone que he de decir? –repuso Carolina.
Alejandro se había erguido, y estaba delante de ella sin ninguna palabra coherente para decir.
-Nada. –dijo él. –No tienes que decir nada.
-¿Tengo que aceptarlo? ¿Acaso perdonarte? ¿Qué, Alejandro? –le increpó Carolina, llena de odio. -¿Te estás burlando de mí?
-¿Cómo puedes pensar eso?
-¿Cómo puedes decirme que amas a otra?
-Es lo que siento... –trató de disculparse él.
-¿Lo que sientes? ¿Y por qué no me lo contaste cuándo nos íbamos a casar? ¿Pensabas tener una esposa y una amante, y ahora sólo te queda una esposa? –le atacó ella, dejándose llevar por el deseo de hacerle sentir aún peor. –Dímelo... tú que te llenabas la boca jurando que Ana era como tu hermana...
-Parte de eso es verdad.
-¡Un hermano no se enamora de su hermana! –chilló Carolina y se levantó. -¿Te la has llevado ya a la cama?
-Yo... ¿cómo puedes preguntarme eso?
-¿Y tú eres quién se escandaliza? –protestó Carolina.
-No lo sabía, ¿me entiendes? No sabía lo que sentía por ella hasta después de nuestra boda, te lo he dicho, sé que es terrible, pero es la verdad... ¿crees que amando a otra me hubiera casado igualmente contigo?
Carolina sonrió, con ironía, y cierta perversidad.
-Tengo una fortuna enorme, Alex. Y lo sabías.
-Es increíble lo que estoy oyendo... ¿piensas eso de mí?
-Con lo que estoy oyendo, puedo pensar cualquier cosa. –repuso ella.
-Tienes derecho a decirme lo que sea, pero no eso. Nunca he tocado tu dinero.
-Sí, ya lo sé... y tampoco me has tocado a mí. ¿Ana suplía esa carencia? –continuó Carolina, disfrutando con su tormento y a punto de perder los nervios por completo. –Estoy segura de que ella calentaba tu cama...
-¡Basta ya, Carolina!
-¡Yo diré cuando es suficiente! –exclamó, fuera de sí. -¡Yo soy la ofendida, la engañada...!
-Te entiendo, pero los tres hemos sufrido con esto.
-Yo era quién lo desconocía... –le recordó Carolina. –Seguro que os gustaba burlaros de mí a mis espaldas...
-Estoy contigo aquí, en la capital, porque me importáis, tú y mi hijo.
-Y porque en San Pedro serías incapaz de serme fiel, y eso perjudicaría a Ana, en la que siempre piensas... es la única que te preocupa. –le acusó ella.
-Eso no es cierto. Tú me importas, te lo juro. Pero no estoy enamorado de ti, y lo lamento, todo sería más fácil si lo estuviera, sé que es culpa mía, todo... pero debes saberlo. No puedo seguir ocultándolo. Si me odias, lo entenderé.
-No te daré ese gusto. –le rebatió ella. –No te daré el gusto de odiarte para que te sientas libre. Te amaré, y tendrás que cargar con eso.
-Entiendo tu ira, Carolina, y sé que lo que dices no lo sientes de corazón. –Alejandro hizo una pausa. –Yo te quiero, pero no de la forma en que se quiere a una esposa. Y también pensé en corregir el error, en una anulación, pero ahora que vamos a tener una familia, quiero solucionar nuestros problemas... merece la pena.
“Lo sabía”, pensó ella. Sus ojos brillaron por el resentimiento.
-Nuestro problema es que no me tocas porque estás enamorado de una vulgar mujer que corre desnuda por la playa, y que conoces desde tu más tierna infancia. –se burló ella. –Nuestro problema eres tú.
-Y el hecho de que somos muy diferentes. –puntualizó Alejandro. –Y te agradecería que toda tu rabia la dirijas contra mí, Ana es otra víctima...
-¡Yo soy la única víctima! –chilló de nuevo Carolina, y se dio la vuelta. –Cuánto más la defiendes, más la odio... a ella sí la odio.
Alejandro la hubiera abrazado si eso la hubiera aliviado, pero comprendía que todo lo que hiciera sería inútil.
-Lo siento... –murmuró.
-Yo también. –contestó ella de espaldas a él. –Ahora sabrás lo que es vivir con tu peor enemiga. Lo juro.
-No sabes lo que dices...
Carolina le atravesó con la mirada, orgullosa.
-Y este hijo que tanto deseas... no nacerá nunca. –sentenció, como si tal hijo existiera realmente.
-¡No digas algo así! –se quejó él, enojado esta vez. –No juegues con esas cosas... es nuestro hijo. Ninguna madre desea que su hijo no nazca, ni siquiera por venganza.
-¡Yo sí! –afirmó Carolina con la mano en el vientre. -¡Yo sí!
Andrés estaba caminando por la hacienda con su hermano Juan cuando un peón se dirigió a él. Hacía fresco, y Andrés iba enfundado en su capa. Se detuvo, y le miró.
-¿Qué pasa, pues?
El peón se paró frente a él, y se quitó el sombrero.
-Patrón, me han mandado a que le diga que tiene visita. –le informó.
-Si es así Andrés, yo continuo solo. –intervino Juan. –No importa.
-¿Visita? –se extrañó Andrés. –¿Quién es?
-Pues parece ser que la muchacha esa rubia tan bonita, la novia de su hijo Esteban, y sus padres... dicen que es urgente. –respondió el peón.
-¿Urgente? –repitió Andrés. –Eso tiene que ser culpa de mi hijo. Discúlpame, Juan. Nos vemos.
-Nos vemos.
Esteban desabrochó el primer botón de la camisa de Isaura, y metió la mano. Mientras la seguía besando, su mano le acariciaba el escote, el cuello y se prendía en su nuca.
Isaura le apartó suavemente.
-Esteban... –dijo ella jadeando. –No podemos... tengo que volver a la cocina...
Él volvió a besarla sin hacerle caso. Su mano bajó hasta uno de sus senos, y le pellizcó un pezón levemente por encima de su ropa interior. Isaura gimió, y sintió humedad en sus ingles. Volvió a separarle, con poca voluntad.
-Espera... –pidió ella. –No podemos, sino vuelvo a la cocina, Petra se enfadará...
Esteban maldijo en voz baja, y se apartó.
-Tengo demasiadas ganas de estar otra vez contigo. –habló él y la miró mientras ella se abrochaba de nuevo el botón. –Prométeme que nos veremos esta noche.
Isaura dudó, y finalmente, le sonrió.
-Está bien. –aceptó. –Pero esto es un problema para mí. No sé que voy a hacer, y pese a todo, no puedo parar.
Esteban le devolvió la sonrisa.
-Yo tampoco puedo parar. –dijo.
Esteban se acercó nuevamente a ella, y le besó el mentón con tal dulzura que Isaura hubiera querido que el mundo entero se desvaneciese para poder estar a solas con él.
-Tenemos que irnos. –insistió Isaura. –Vamos.
Cuando ella se acercaba a la puerta, él la tomó del brazo, y le dio la vuelta súbitamente, para robarle un último beso.
-Estás loco. –sonrió ella.
-Te amo.
Andrés entró en la sala, dónde le esperaba toda la familia al completo. Se sorprendió al encontrar a Carmen también allí. Estrechó la mano del padre de Isabel, besó cortésmente la mano de su esposa, y luego saludó a Isabel. Se paró junto a Carmen, y les pidió que se sentaran.
-Bien, ustedes dirán. –habló Andrés tomando asiento junto a Carmen.
-Mi hija no puede hablar. Está muy dolida, y lo haré yo en su lugar. –expuso Julián, el padre de Isabel. –Estamos aquí porque su hijo se ha desatendido de ella por completo.
-No es posible, ¿cómo que se ha desatendido? –inquirió Andrés, indignado.
Esteban cruzaba entonces la estancia, y al encontrarlos allí, pensó en irse sin decir nada, pero su padre ya le había visto.
-¿Esteban? –le llamó, con tono de reproche. –Tenemos visita, ven a sentarte.
Esteban miró hacia atrás, por el pasillo que había venido, y suspiró resignado. Él e Isaura habían acordado salir uno detrás del otro del cuarto de ella. Todos le estaban observando.
Asintió con la cabeza, y de muy mala gana se unió a ellos. Sabía lo que le esperaba.
Alejandro la miró de arriba abajo, examinándola, como si la viese por primera vez. En su rostro había una nota de decepción.
-Entiendo que me odies a mí, entiendo incluso que odies a Ana... ¿pero a tu hijo? Creo que no te conozco, Carolina. –dijo él, despacio.
-Eso, atrévete a juzgarme. Tú.
-Yo he hecho muchas cosas mal, pero nunca he pegado a mi criada personal ni he deseado la muerte de mi hijo. –le espetó Alejandro.
-No tener este hijo sería una liberación para ti. Estás atado a mí por él. –replicó ella, con frialdad. -¿Crees que no lo sé?
-¿Y crees que yo no me he dado cuenta de que con tal de que permanezca a tu lado, eso no te importa? –repuso él, casi inconscientemente.
Carolina le dio una cachetada.
-Me dices que amas a otra, y luego me insultas... –murmuró ella, y sollozó, llevándose la mano a la boca, y dándose la vuelta.
Alejandro apoyó las manos en sus hombros, apesadumbrado.
-Lo siento, perdóname... pero si queremos que esto funcione, tenemos que perdonar, o no lo conseguiremos. –comentó él en voz baja.
Carolina se dio la vuelta, y le miró de nuevo.
-¿Puedes olvidarla a ella? ¿Puedes amarme? –le interrogó.
Alejandro vaciló. Conocía la respuesta, quizás demasiado tajante, pero no podía decírsela a Carolina.
-Puedo intentarlo. –dijo en su lugar, deseando por encima de todo lograrlo.
Carolina le abrazó, estrechamente.
-Entonces yo también puedo hacerlo. –dijo ella, y sonrió para sí, triunfalmente.
Isabel le miraba fijamente, sin ningún decoro, y con un atisbo de rabia y altivez. Esteban se sentía incómodo, y deseó no haberla conocido nunca. Él se había sentado junto a sus padres, y la tenía enfrente.
Isaura pasó por la estancia de vuelta a la cocina un par de segundos después. Andrés la llamó, y Esteban maldijo para sí.
-Isaura, muchacha, tráenos un café a todos, por favor. –le encargó Andrés.
Isaura les miró, y asintió, desapareciendo con rapidez. Esteban sabía lo que ella debía estar sintiendo.
-Bueno, Esteban, espero que lo que están diciendo sea un malentendido. –empezó su padre.
-Cielo, ¿qué está pasando? –intervino Carmen mirándole.
-No lo sé... –mintió Esteban para ganar tiempo. -¿Qué sucede?
Él estaba mirando a Isabel, pero respondió su padre.
-Mi hija me ha contado que la has rechazado y que no piensas cumplir con ella, se siente terriblemente defraudada. –dijo Julián, con determinación. –Y yo no pienso permitir que te burles de ella...
-Nunca he pretendido burlarme. –repuso Esteban.
-¿Cómo puedes ser tan cínico? –protestó Isabel. –Si esto no ha sido una burla, ¿entonces qué?
-Isabel, tú y yo ya lo hemos hablado, no veo la necesidad de montar esta escena. –replicó Esteban. –Esto no va a cambiar mi postura.
Isabel se puso en pie, airada, sorprendiendo a todos, menos a Esteban.
-¡Tú no puedes dejarme así y sabes por qué!
-¿Qué ha pasado, hija? –inquirió Julián, preocupado.
-Este hombre me ha robado mi virtud... ¡Y ahora pretende dejarme así! –chilló Isabel.
Esteban tuvo que esforzarse en no reírse, pues cuando él había estado con ella, Isabel ya no era virgen. Aquella estrategia tampoco le iba a servir, pues él se negaría hasta la muerte a casarse.
Isaura se quedó parada con la bandeja de los cafés en la entrada, acobardada.
-Pasa, muchacha, déjalos sobre la mesa. –le dijo Andrés, mientras todo estallaba.
-¡Esto no es posible! –exclamó Julián que de buena gana le hubiera partido la cara a Esteban. –Exijo una explicación...
-La tendrá, no se preocupe, Julián. Mi hijo tiene una explicación, ¿cierto?
-Pues...
-¡No hay ninguna! –le interrumpió Isabel. –Las cosas son como son...
Isaura dejó la bandeja sobre la mesa, y se agachó al lado de Esteban para hacerlo. Él la miró, disimuladamente, mientras los demás discutían acaloradamente su vida íntima.
Alargó una mano, y la detuvo sujetándola por la muñeca, suave pero firmemente.
-Isaura... ve la cocina, y que sea Petra u otra quién recoja la bandeja. –le dijo, y luego bajó más la voz. –Tranquila, confía en mí... no va pasar nada.
Isaura le sonrió imperceptiblemente, apenada. Luego, se retiró.
Nadie se había percatado de la escena, nadie... excepto Isabel. Cuando Esteban levantó la mirada, se encontró con sus ojos, escrutadores, vigilantes, maliciosos. Le había descubierto.
Ana volvía a casa con su madre, de regreso de la iglesia. A dos pasos de casa, las dos se toparon con Nicolás, que salía de la misma. Se detuvieron frente a frente.
Nicolás se quitó el sombrero para saludarlas.
-Buenos días. –le saludó Mónica. –Ana, te espero en casa.
Ana hubiera querido protestar, pero su madre ya se había encaminado hacia la verja. De modo que se quedaron solos en medio de la calle.
-Vine a visitarte, pero me dijeron que no estabas... ¿de dónde vienes? –preguntó él.
-De la iglesia. –respondió Ana secamente.
-Veo que aún estás enfadada por lo de ayer. –comentó Nicolás, sonriendo cortésmente. –Te ruego que me disculpes, no suelo comportarme de esa forma.
-No tengo porqué disculparte. –repuso Ana. –Ahora sé que tu excesiva educación es una máscara bajo la que ocultas quién eres.
Él sonrió, aquella frase había sido demasiado mordaz.
-Sé que tienes genio, y probablemente el enfado te durará un par de semanas. Pero te juro que siento haberme metido en lo que no debía. No es mi asunto.
-Eso desde luego. Me alegra que admitas que no tienes ni idea de lo que hablabas. –contestó Ana.
-No he dicho que crea que no tenía razón. –le espetó él. –Solamente me he disculpado por la forma en que lo dije, y quizás por habértelo dicho, pero creo que es la verdad...
Ana estaba boquiabierta.
-Me parece inaudito. –musitó ella. –Si me disculpas, me esperan en casa.
Ana le rodeó, y se fue a casa sin decirle nada más. Sin mirarle, sin despedirse, le dejó con la palabra en la boca.
Nicolás la observó hasta que ella desapareció detrás de la verja, y entre los árboles de su patio. Sonrió largamente mientras se volvía a colocar el sombrero. Le encantaba aquella mujer.
Carolina dejó a su esposo en la habitación, y recibió a la nueva servidumbre en la cocina. Aún no se quitaba de la cabeza la pelea con su marido. Todo había salido mejor de lo que esperaba. Ahora sólo debía dar el siguiente paso de su plan.
Escrito desde Dec 10, 2004, 5:37 AM de la dirección IP 200.243.65.126