Esteban la miró durante largos segundos. Isabel le miró a él durante el mismo tiempo.
Los padres de ambos seguían discutiendo, hasta que finalmente Andrés levantó la voz por encima de la de los demás para detener la disputa.
-Bien, creo que esto es algo que tenemos que hablar con calma. –sugirió Andrés. –Esteban... todos esperamos una explicación.
Él estaba concentrado en Isabel, y desvió la atención hacia su padre.
-Creo que ya he dicho lo que tenía que decir. –respondió escuetamente.
-Su grosería llega a límites extremos. –comentó Julián escandalizado.
Esteban miró a Isabel por el rabillo del ojo.
-Este asunto es privado… quizás debamos hablarlo nosotros. Ella y yo, a solas. –propuso Esteban. –Ya lo hemos hecho antes, pero parece que ella no entendió muy bien…
-Ni piense que voy a dejarle solo con mi hija. –interrumpió Julián, con la mano de su esposa asida. –Jamás lo haré.
Esteban clavó sus ojos en Isabel de un modo lo suficientemente convincente y sugerente como para que ella colaborara con él.
-Está bien. Padre, permíteme hablar con él sólo unos minutos. Quiero escucharle. –intervino Isabel.
-Hija, este hombre ya se ha burlado lo suficiente de nosotros como para que…
-Por favor. –le rogó ella. –Sólo serán unos segundos.
Julián suspiró resignado.
-Está bien. –aceptó.
Esteban se puso en pie.
-Acompáñame a mi despacho. –habló él y luego se dirigió a todos. –Volveremos en breve.
Ana entró en casa y se encontró con su madre en el recibidor. La esperaba sentada.
-Le has dejado plantado, ¿no es cierto? –habló Mónica.
Ana titubeó.
-No… le saludé, y ya. –contestó.
-Ven aquí. –dijo Mónica señalando con la mano el butacón en el que estaba sentada.
Ana obedeció y se sentó junto a ella.
-Aún no hemos hablado. –dejó caer Mónica.
-¿De qué?
-De su marcha. –aclaró ella.
-No creo que haya nada de que hablar. –repuso Ana. –Ya no está, se acabó.
Mónica la miró, con pena. Le tomó una mano.
-Mi cielo… -murmuró. –Guardártelo todo para ti no es sano. Sé lo que estás sufriendo. ¿Has pensado que vas a hacer ahora? Nunca has decidido hacia donde llevarás tu vida, prefieres que el tiempo lo diga… de pronto se me ocurre que esperabas que Alex y tú lo decidierais juntos. Lo esperabas inconscientemente. Pero eso no va a pasar…
-Mamá… ahora no puedo pensar en nada. Estoy… como flotando, necesito tiempo. –respondió Ana, en voz baja.
-Lo sé. Tiempo para olvidar. Lo que quiero que sepas, es que entiendo por lo que estás pasando…y que estoy aquí para lo que necesites. –concluyó Mónica deseando decir mucho más y sin saber cómo.
Ana la miró con lágrimas en los ojos.
-Gracias, mamá. Te quiero. –susurró. –Yo… no sé si podré seguir viviendo sin él…creo que eso es lo que siento. Miedo.
Mónica estiró la mano, y le acarició el pelo con dulzura. No dijo nada.
-Miedo a… a enfrentarme a la vida sin él. –continuó Ana. – Todos estos meses han sido demasiado confusos, y ahora me siento vacía. Prométeme que se me va a pasar, mamá…prométemelo.
-Quisiera hacerlo, mi vida. Lo que sí puedo prometerte es que el dolor se hará poco a poco más soportable. Y que un día, aprenderás a vivir sin Alejandro. Será como empezar de nuevo… -repuso Mónica, y la envolvió en la ternura de sus brazos.
Isabel cerró la puerta del despacho. Esteban se apoyó en el borde de la mesa, y los dos se miraron de nuevo unos instantes. Isabel se quedó de pie, frente a él.
-¿Qué significa eso? –preguntó él.
-Te dije que no te librarías de mí tan fácilmente. –replicó ella.
-Ya veo. –Esteban hizo una pausa. –No te quiero… ¿entiendes eso?
-Claro… la criadita esa es tu nuevo capricho, ¿no?
Esteban sonrió, sarcástico.
-La aprecio… pero no es ningún capricho. Ella es una muchacha vulnerable, y no te permito que la metas en esto. –dijo.
-La quieres. Lo sabía… no soy tan estúpida, Esteban. Tú nunca has tenido “amigas”, y menos en la servidumbre.
Él desvió la mirada, incómodo.
-¿Lo ves? –prosiguió Isabel. –Así que, te has enamorado… me pregunto que pensarán tus padres.
-Más vale que no te atrevas a andar de chismosa, Isabel, o no respondo.
-¿Me amenazas?
-Te advierto. –precisó él.
-¿Qué vas a hacerme? –le desafió ella.
-Por ejemplo, contarle a tu padre que tu virtud la robó otro antes de que yo llegara a tu vida.
Las facciones de Isabel se endurecieron.
-No serías capaz. –repuso.
-Sabes que sí lo soy. Escúchame bien, Isabel, nadie, y nada de lo que te inventes, hará que me case contigo… absolutamente nada. Así que más vale que salgas ahí, y te lleves a tus padres, o me tocará abrir la boca…
-Mis padres nunca te creerían. –replicó Isabel.
-¿Hacemos la prueba?
-Nada convencerá a mi padre para llevármelo de aquí.
-Invéntale lo que quieras. Y vete… -insistió Esteban.
-Cuánto te odio, Esteban Alcázar…. Ojalá y seas infeliz por el resto de tu vida. Ojalá te mueras solo. Ojalá y tengas lo que te mereces. –masculló Isabel con tanto odio que casi hizo que él palideciera.
-Vete. –dijo él, muy despacio.
Los padres de ambos estaban más calmados, pero seguían conversando en torno a lo mismo. Esteban entró con Isabel en la estancia, y la vio sentarse junto a Julián.
Ella le dijo algo al oído, y su padre pareció alterarse.
-¿Qué estás diciendo? –preguntó, entre dientes.
-Es mejor así, papá. –dijo Isabel.
-No permitiré que este hombre se burle de ti. –repuso Julián. –Y mucho menos de nuestra honra, jamás. Te ha faltado al respeto, y ahora debe cumplir.
Isabel estaba furiosa, pero hizo acopio de fuerzas y se lo guardó para sí. Respiró hondo.
-Padre, no merece la pena. Este hombre no me quiere y…
-Cuando se metió contigo no dijo eso. –protestó de nuevo Julián. –Ahora que asuma las consecuencias.
-Es que yo ya no quiero…
-¡Es una cuestión de principios!
-Mentí. –murmuró Isabel.
-¿Cómo? –preguntó ésta vez la madre de Isabel.
-Entre Esteban y yo nunca ha pasado… -Isabel buscó las palabras adecuadas. –No ha pasado lo que dije, mentí.
Andrés examinó el rostro de su hijo, impasible. Sabía cómo era, y por lo tanto, sabía que ahora Isabel sí estaba mintiendo.
-Estaba desesperada porque él había roto nuestra… amistad, y me lo inventé para que le obligarais a casarse conmigo.
Julián abrió la boca para decir algo, y luego la volvió a cerrar. Miró a Esteban, y luego de nuevo a su hija.
-¿Estás segura? –le preguntó a ésta.
Isabel se limitó a asentir con la cabeza.
-Me siento avergonzado. –dijo Julián. –Pero tampoco me esperaba esto de tu hijo, Andrés. Creí que era un hecho que nuestros hijos se casarían.
-No sé que decirte… -contestó Andrés, realmente avergonzado. –No entiendo la conducta de mi hijo, y no la apruebo.
-Esto ya ha sido bastante humillante para mí, papá. Deseo volver a casa, y olvidarme de todo. –continuó Isabel. –Por favor.
-Está bien, así lo haremos.
Todos se pusieron en pie, y Julián se dirigió a Andrés. Le estrechó la mano, a modo de despedida.
-Lamento decir esto, -habló Julián. –pero nuestra amistad ha acabado. No puedo volver a esta casa después del desprecio de tu hijo, espero que lo entiendas.
Andrés asintió con la cabeza, sin nada más elocuente para decir.
-Padre… estoy acalorada… esperadme en la salida. Voy a tomar un poco de agua a la cocina, ¿sí? –dijo Isabel.
Julián la observó.
-Está bien, pero no te tardes. –consintió.
Isaura estaba sentada en una de las sillas de la cocina, sola, mordiéndose las uñas, nerviosa y preocupada. Quería llorar, pero no lo hizo.
Isabel irrumpió en la cocina con tal violencia que se sobresaltó y se levantó de golpe.
-Se… señorita. –tartamudeó Isaura. -¿Desea algo?
-Sí, que te mueras. –replicó Isabel, iracunda.
Isaura frunció el ceño, desconcertada. No supo que responder, y entonces entró Esteban y amarró a Isabel de un brazo.
-Tus padres te esperan en el carruaje. ¿Ya bebiste lo que querías? –le dijo él.
Isabel se soltó de su mano, y le miró, con desdén.
-Me voy. Lo has conseguido, Esteban. Pero los dos terminareis teniendo lo que merecéis. –habló, y salió de la estancia corriendo.
Esteban sonrió a Isaura.
-Se van. –la informó.
-Esa mujer me ha asustado.
-Ignórala.
Andrés apareció entonces en el umbral de la puerta. Clavó los ojos en su hijo, con gesto severo.
-A mi despacho. Ahora. –le dijo, y se retiró.
Alejandro había salido a comprar algunas cosas. Carolina tenía el tiempo justo. Lo había planeado todo, pero aún así se sentía un poco nerviosa. Después de la discusión que habían tenido, era el momento perfecto.
Se aseguró de haber echado a todas las criadas, menos a una, y de tener a ésta lo suficientemente ocupada en la cocina. Se aseguró también de encontrar el teléfono del médico que durante años había atendido a su familia. Todo transcurriría en la gran escalera de su mansión. Arriba del todo, desde el segundo piso, contempló los escalones. Había un jarrón de porcelana cerca de ella, y después de tomar aire, lo lanzó escaleras abajo, lo que provocó un gran estruendo.
El jarrón votó varios escalones, hasta romperse del todo. Y justo entonces, ella dio un grito, y corrió escaleras abajo, hasta tenderse en el suelo, donde las escaleras terminaban.
Se tumbó de lado, y cerró los ojos, fingiéndose desmayada.
La criada, una joven de apenas dieciséis años, no tardó en aparecer. Aterrorizada, la llamó por su nombre, y se arrodilló a su lado.
-Señora, señora… -la llamó sin atreverse a tocarla. -¿Está bien?
Carolina no se movió.
-¡Ay, Dios mío! –murmuró la muchacha. – ¿Se habrá matado?
Esteban entró y se sentó. Su padre estaba enfadado, pero él se sentía liberado. Andrés, de pie, le miraba tan serio como pocas veces le había visto.
-¿Cómo has podido avergonzarnos así? –empezó su padre.
-No pretenderás que me case con una mujer que no amo, ¿verdad?
-¿Eso es todo lo que tienes que decir? –le rebatió Andrés. -¿Por qué no lo pensaste antes de meterte con ella?
-Isabel misma dijo que eso no era del todo cierto.
-Ella puede decir lo que quiera, pero yo te conozco. Sé perfectamente que tú no estás con una mujer sin tocarla. –dijo Andrés. ¿Pero qué tienes en la cabeza? ¿Cuándo vas a madurar un poco? Esa muchacha era perfecta para ti, hermosa, educada, culta, de buena familia…
-A mí esas cosas no me interesan. –repuso Esteban, indiferente.
-¿Y qué te interesa, Esteban? ¿Qué te interesa salvo tu persona? –le acusó Andrés. –La familia de Isabel era amiga nuestra, es importante, y les hemos afrentado. No pienso consentir que nuestro nombre se enlode por tu irresponsabilidad. Así que ve pensando en cómo rectificar, y pedir la mano de Isabel.
Esteban se rió, atónito.
-¿No lo estarás diciendo en serio? –contestó. –He dicho que no me casaré con ella, y es mi última palabra.
-¿Qué más te da ella u otra? –Andrés le observó. -¿O es que hay otra?
-He dicho que no me casaré con Isabel y es mi última palabra. –concluyó Esteban y se levantó de la silla. –Si no quieres nada más, me voy a trabajar con mi primo.
Andrés le vio abandonar el despacho, y sintió que la cólera se le subía a la cabeza. Se sentía indignado. Carmen entró entonces, y se acercó a él.
-Mi amor… déjale, no podrás obligarle. –le dijo ella.
Andrés la rodeó con los brazos.
-No sé que voy a hacer con él. –musitó Andrés.
-¿Recuerdas cuando tenías su misma edad? –inquirió Carmen. – Tu madre tampoco pudo obligarte a casarte con quién ella quería, me lo contaste. Y no pudo evitar que cometieras un error en la elección de tu esposa, Aimeé.
-Sí, pero esto es distinto… yo no deshonré a Mónica. Y tampoco me comporté de una forma tan inmadura.
-Dale tiempo. Creo que mi hijo ya está cambiando… le noto diferente. –comentó Carmen.
-Yo le veo exactamente igual que siempre.
- Los hombres sois menos perceptivos. Pero yo soy su madre, puedo verlo. Tú no te das cuenta todavía, mi amor, pero algo ha cambiado dentro de Esteban. Lo sé. –afirmó Carmen.
Carolina movió imperceptiblemente una mano, y abrió los ojos levemente.
-Señora… señora… ¿está bien? –le preguntó la criada.
-Ve… ve y llama a un doctor… -pidió Carolina con la voz entrecortada.
-¿A quién?
-El número está… está… en la mesita de mi habitación, búscalo… -dijo Carolina, y pareció quedar de nuevo inconsciente.
La criada se disponía a subir las escaleras cuando Alejandro entró en la casa con el periódico y un par de bolsas en la mano. Al ver a su esposa tendida en el suelo, lo tiró todo y corrió hacia allí. Se agachó a su lado.
-¡Carolina! –la llamó él, y luego miró a la chica. -¿Qué ha pasado?
-Creo que la señora se ha caído por las escaleras. Me mandó que llamara al doctor, y luego se volvió a desmayar… -explicó la muchacha en balbuceos –Creo que tiene el número en su recamara…
-¿Y a qué esperas? –la apremió Alejandro. –Ve… ¡corre!
Mientras la criada cumplía órdenes, Alejandro miró a su esposa. Podía haber muerto, quizás algo le había pasado al bebe. Se acordó de la discusión que habían tenido hacía un par de horas, y los remordimientos se apoderaron de él.
La levantó en sus brazos, cogiéndola con sumo cuidado, y empezó a subir las escaleras, hasta la recamara de ambos.
El médico se quedó a solas con Carolina. Era un hombre de unos cincuenta años, canoso y con barba, muy delgado y de aspecto inteligente.
Alejandro se sintió aliviado al verle, y se quedó esperando fuera.
Carolina abrió los ojos, recostada sobre la cama, y le miró. Don Bernardo la miró también.
-No veo que tenga ninguna lesión… -comentó el doctor. –Es más, casi parece que no ha habido caída.
-Doctor, esto le va a parecer una locura, pero en nombre de la amistad que ha habido entre nuestras familias durante una década, le pido que le haga creer a mi marido que hemos perdido a nuestro hijo. –le pidió Carolina con expresión suplicante.
-¿Qué hijo? Usted no está embarazada… -se sorprendió él.
-Yo sé… pero verá, son asuntos de pareja. Sólo le estoy pidiendo una pequeña mentira.
-Carolina, lo siento mucho, pero va contra mi ética profesional. –se quejó Don Bernardo. –Sea lo que sea, la verdad es lo mejor.
Carolina apretó la mandíbula, enfadada, pero tratando de disimularlo.
-Yo sé, pero apenas es una leve mentira. Yo le contaré la verdad a mi esposo más adelante…verá, doctor, Alejandro ha querido tener un hijo desde que nos casamos, y como yo quería darle la alegría, pues le dije que ya estaba embarazada, esperando embarazarme poco después… pero no ha sucedido, y no sé como decirle que mentí. Sólo le pido que haga esto por mí, hasta que encuentro el momento para contarle toda la verdad. –inventó Carolina, muy convincente. –No es tan grave…
Don Bernardo titubeó.
-No creo que sea lo adecuado.
-Se lo suplico, por favor. –insistió Carolina. –Hágalo por mí, usted me conoce desde niña…
El hombre suspiró, poco convencido.
-Está bien. –aceptó. –Pero lo desapruebo. Lo hago sólo por tratarse de usted.
Carolina sonrió, realmente satisfecha.
-Muchas gracias. –musitó.
Alejandro esperaba a pocos pasos de la recamara de ambos. Estaba inquieto, y no paraba de dar vueltas. Don Bernardo de acercó a él, despacio.
-¿Cómo se encuentra? –inquirió Alejandro. -¿Nuestro hijo?
-Lamento decirle que… -el doctor carraspeó. –El bebe…
-¿Qué?
-Se esposa ha perdido al hijo que esperaba. –mintió el doctor. –Lo siento.
Alejandro lo había oído con total claridad, pero aún así no lo creía. No lo consideraba posible. Pocas horas antes, su esposa había deseado que aquel bebe no naciera, y simplemente la fatalidad lo había hecho posible.
Todas sus esperanzas habían sido puestas en aquel hijo. No se trataba tan sólo del deseo común de tener un hijo, sino que en su caso le había ayudado y empujado a creer que podía reconstruir su matrimonio. Le había querido sólo por imaginárselo, y ahora debía entender que ya no existía. Su esperanza se había esfumado. Estaba de nuevo frente a la nada. Estaba desarmado y solo frente a su matrimonio, ya no podría respaldarse en su hijo o esconder la cabeza tras él. Ahora estaba solo frente a la realidad.
Pensó en Carolina y en lo que estaría sufriendo. En el mismo día había sabido la verdad sobre sus sentimientos, y había perdido a su hijo. Alejandro estaba tan destrozado que ni siquiera tenía palabras para responder a aquel doctor.
Don Bernardo extendió una mano, y le dio una palmada en la espalda, a modo de consuelo.
-Lo lamento mucho. –repitió el médico. –No te preocupes, muchacho, otros hijos vendrán. Si necesitáis algo, llamarme. Carolina sólo necesita descansar para recuperarse.
Alejandro asintió con la cabeza, y le dejó marchar.
Carolina estaba dormida cuando él entró en la habitación. Alejandro se sentó a su lado, y la observó mientras dormía.
Se veía muy serena. Era bonita, buena. Era, sobre todo, su esposa. Debía hacer un esfuerzo. Debía aprender a amarla. Debía concentrarse en aquello. Debía dejar atrás San Pedro. Tenía que hacerlo, y tenía que hacerla feliz. Sería un buen esposo, y un buen padre. Habría otros hijos. El tiempo les ayudaría.
La miró, y algo volvió por un segundo a su mente.
“Se quedaron dormidos juntos, bajo las sábanas. Cuando Alejandro volvió a despertarse, Ana estaba a su lado, próxima y tibia. Sonrió, y la acercó más a él. Alargó otro brazo y le acarició el cabello suelto y desordenado. Dejó allí la mano, jugueteando tiernamente con su pelo.
Ana abrió los ojos y le miró, sonriendo adormitada. Él la besó dulcemente en los labios.
-Me temo que los rumores han dejado de ser falsos. –comentó ella.
Alejandro apoyó su nariz sobre la de ella, y la movió, rozándose ambas. Ana rió, y se quedaron quietos, juntos, pero sin apenas tocarse. Ambos sentían el latido del corazón del otro, y su respiración entrecortada.
-Te amo. –repitió Alejandro.”
Alejandro sacudió la cabeza, y apartó aquel recuerdo de su mente. “Se acabó”, pensó. Desde aquel momento se prohibía a si mismo pensar en otra mujer que no fuera Carolina. Las lágrimas, fruto de la pena, la culpa, y la pérdida de su hijo, resbalaron por su cara, tranquilas, monótonas, irreprimibles. Y sintió como su pecho se encogía, hasta que lo vació todo en llanto.
Esteban acudió aquella noche a ver a Isaura. Ella le abrió la puerta, más seria de lo normal. Llevaba la bata puesta sobre el camisón, y se sentó en la cama mientras él cerraba de nuevo la puerta.
-¿Sucede algo? –inquirió él.
-Esa mujer, Isabel… me odia. –comentó Isaura, pensativa y con el ceño fruncido. –Me odia porque sabe lo que hay entre nosotros, ¿verdad?
-Eso ya no importa. Se ha ido y no volverá. He dejado las cosas muy claras, a ella, y a nuestros padres. –la informó Esteban. -¿Qué te preocupa?
-He sido tan estúpida, tan poco sensata, tan… indecente. –le soltó Isaura mirando el suelo.
Esteban se sorprendió, y se agachó frente a ella.
-He… he sido imprudente, tanto que ni yo misma lo entiendo. –continuó ella divagando. –Yo nunca… debí meterme contigo. Debí pensar en las consecuencias, y no sólo por moral o decencia, sino porque… tú, si algún día eliges a una mujer para ser tu esposa, nunca seré yo. Cuando vi a Isabel con sus padres aquí me di cuenta de que…
-Ya te he dicho que no me voy a casar con ella. –insistió Esteban.
-Entonces será otra. –replicó Isaura. –Otra que tu padre acepte, otra que sea de tu clase, otra cuyo papel vaya más allá de ser tu amante.
-Isaura, te equivocas. –la rebatió él con convicción. –No ha habido nada amoral o indecente entre nosotros. Sólo ha habido amor.
Ella siguió sin mirarle, pero emitió una exclamación de incredulidad ante aquellas palabras.
-Si entre nosotros hubiera habido algo… “malo”… ¿porqué iba yo a sentirme tan bien? –argumentó Esteban. –Puedo asegurarte que me has hecho feliz, eres la primera que lo consigue. Me he enamorado, y no me arrepiento de nada.
-¿Y qué va a ser de mí cuando esto acabe?
-Mírame. –la ordenó él. –Vamos.
Isaura levantó la cabeza, y le miró, con ojos llorosos.
-Es que…no va a acabar. –repuso Esteban.
-Acabará cuando se sepa lo nuestro. Y entonces yo seré la deshonrada, y también…te perderé. Y tendré que vivir con ambas cosas. –prosiguió ella.
-No. Porque si tú me pierdes, yo te pierdo a ti, y no podré vivir. –negó él, clavando sus ojos en la miel de los de ella. –Escúchame bien, Isaura.
-No creo que…
-Escúchame. –repitió él. –Te amo, y es la verdad más absoluta que hay en mi vida. No puedo ni quiero cambiarlo, porque amarte me hace feliz, me llena de cosas buenas, me conmueve. Y te digo algo más…
-¿Qué?
-Sólo me casaría contigo. –confesó Esteban, en voz baja
Escrito desde Jan 9, 2005, 8:45 AM de la dirección IP 201.252.105.86