Isaura sonrió, emocionada, y sorprendida.
-Gracias. –musitó.
Esteban le devolvió la sonrisa.
-De nada. –contestó él.
Isaura se pasó un mechón de pelo por detrás de la oreja, y sintió como se ruborizaba ante la descarada mirada de Esteban. Él se inclinó hacia delante, y la besó en la mejilla. Luego se levantó del suelo, y se sentó junto a ella en la cama.
Se quedaron quietos y en silencio unos segundos. Ella tenía las manos empapadas en sudor, y un nudo de nervios en la boca del estómago. Esperaba que él se moviera o dijese algo antes de que la tensión se hiciese definitivamente insoportable.
Entonces Esteban apoyó las manos sobre la cama, y se echó hacia atrás, poniéndose más cómodo. Ella le miró, casi enfadada por su actitud tan tranquila.
-¿Vas a quedarte ahí toda la noche? –le increpó Isaura. –Es tarde, ha sido un día duro, y quiero dormir…
Esteban sonrió con picardía.
-¿Estás segura de que quieres dormir? –repuso él y la vio ponerse roja.
-¿Cómo puedes comportarte así siempre? –protestó ella, molesta.
-Ya sabes cómo soy…y sabes que no tengo remedio. –dijo Esteban y acto seguido se puso serio. –Pero te quiero. Por eso estoy aquí.
Isaura le deseaba, y no podía negarlo. Todo su cuerpo, su expresión, la delataban. Estaba embargada por ello, y lo había aceptado. Había aceptado que el amor iba acompañado del deseo, aquella fuerza tan incontrolable como inexorable.
-Yo también… -empezó a decir ella, y entonces, al percibir como se encendía, apartó los ojos de él, tratando de ocultarlo. –Yo también… te quiero.
Esteban se movió, y se acercó a ella. Puso su mano en el cuello de Isaura, y percibió sus agitadas pulsaciones. Sonrió con cariño.
-¿Has visto? –habló él. –No podemos esconderlo, no podemos huir de ello… es mejor rendirse.
Isaura no contestó, y cerró los ojos, respirando entrecortadamente. Esteban la besó en el cuello, con suavidad, y sus manos comenzaron a despojarla de la bata.
Alejandro apagó las luces de la habitación, y dejó tan solo encendida la de una pequeña lámpara que estaba próxima a la cama. Arropó a Carolina entre las mantas, y se sentó en una silla.
Ella había estado todo el día durmiendo, despertando a veces, pero careciendo de capacidad para mantener una conversación coherente. Él tampoco tenía fuerzas para hacerlo. Sólo la había dejado sola un par de horas, había bajado a la cocina y había tomado algo de comer.
Se sentía derrotado, pero no tenía sueño.
Así que se quedó allí. Sentado sobre una incómoda silla, velando el sueño de Carolina, y pensando en el amanecer. Pensando en otro día de la vida que había escogido.
Bajo las sábanas, con los cuerpos entrelazados, envueltos en la intimidad, en la oscuridad de la noche, rodando sobre el colchón, haciendo el amor en perfecta armonía. La torpeza de la primera vez había desaparecido, las caricias eran urgentes, los besos cálidos, y todo era tan intenso como abrumador.
Esteban estaba sobre ella, había sido tan tierno como apasionado, y le había susurrado mil palabras al oído, palabras de amor, palabras sinceras, que confirmaban los sentimientos de ambos. Cuando llegaban al final, cuando el clímax era tan álgido como agudo, sus labios se encontraban, y todo en ellos zozobraba, mientras trataban de no gritar y alertar a todos con la culminación de su amor.
Se quedaron dormidos juntos, llenos de felicidad, abrazados. No había nada en el mundo que les pudiera despertar de aquel maravilloso sueño.
Esteban abrió los ojos poco antes del amanecer. Ella estaba dormida a su lado, como siempre, desnuda y bella. Cercana y suya. Isaura estaba dormida entre sus brazos, y él no se cansaba de contemplarla allí. La amaba, y la necesitaba tanto, que aquel sentimiento se tornaba doloroso.
La cabeza de ella reposaba en su pecho, y Esteban le acarició la espalda con la mano, dulcemente. La besó en la frente, y ella se despertó, poco a poco. Estaba aturdida, y al verle, una sonrisa se dibujó en su rostro. Esteban se dio cuenta de que con solo mirarla se excitaba nuevamente, e intentó reprimirse.
-¿Ya es hora de levantarnos? –preguntó ella, en voz baja.
-No, aún es pronto. Siento haberte despertado. –contestó el, sonriente.
Isaura bajó la mirada, y se refugió en las sábanas, impidiendo que su cuerpo quedara visible. Aún sentía cierta vergüenza, y eso enternecía a Esteban.
-Hay algo que todavía no me has dicho. –comentó él.
Ella le miró de nuevo, desconcertada.
-¿Qué? –inquirió.
-¿Por qué me quieres?
Isaura se rió, en parte sorprendida por aquella pregunta.
-Bueno, yo ya te he dicho que cosas me gustaron de ti… -continuó él. –pero tú, hasta ahora, no me has dicho porque te has fijado en mí. Porque pasaste del odio…
-No era odio. –le corrigió ella.
-Bien, indiferencia…
-Tampoco era eso.
-Entonces quizás… ¿repulsión?
-¡No! –se quejó ella, enérgicamente.
-El caso es que no me has dicho porque pasaste de no soportarme o lo que fuera, a… todo lo contrario. En fin, ya sé que te perseguí durante bastante tiempo, pero tú no parecías vulnerable ante mis intentos de seducirte… -intentó explicarse Esteban.
Isaura se quedó pensativa un segundo.
-En realidad, no lo sé. –contestó ella.
-¿No lo sabes?
Ella se sentó sobre la cama, cubierta por la sábana.
-No lo sé. –repitió. –No sé cómo pasó, pero pasó.
Esteban sonrió, con cierto halo de cinismo.
-Bien, eso me aclara las ideas. –dijo.
-¿Te molesta? –se interesó Isaura.
-No, es sólo que esperaba una respuesta más elocuente.
-Simplemente la lógica no se aplica a lo que tenemos. –se excusó ella. –No tengo un motivo, siento lo que siento por ti, pero no sé porqué… los sentimientos han nacido, no sé cómo, pero existen. Lamento no tener más palabras para explicártelo. Te quiero, y eso es lo que sé con certeza.
Esteban asintió con la cabeza, y guardó silencio.
-¿No dices nada? –preguntó ella.
-Sólo quería saber si acaso has visto algo bueno en mí. Si has visto algo que nadie más ha visto.
Isaura le observó, conmovida. Se acercó a él, y le dio un beso en la mejilla. Esteban giró la vista hacia ella.
-¿Qué? –inquirió.
-Tú eres una buena persona, Esteban. –afirmó Isaura. – Tienes una fachada diferente, y simplemente hay que cruzarla para comprobarlo. Puede que seas descarado, e irónico, y que parezca que no te importa nada ni nadie, pero no es así. No eres tan duro, ni tan inaccesible. Por supuesto que he visto algo bueno en ti, he visto muchas cosas buenas en ti. A veces eras cruel, pero tu forma de mirarme, de tocarme… están llenas de amor. Lo he sentido.
Esteban sonrió, sorprendido, suspiró, y bajó la cabeza, sin replicar.
-Y eres terriblemente encantador. –añadió Isaura. –Siempre consigues ponerme nerviosa, y te confieso que sí era vulnerable ante tus “galanteos”, pero traté de huir de ellos… por miedo.
-Sé que soy terriblemente encantador. –bromeó él y los dos se rieron, divertidos.
Isaura se acercó y le besó en los labios, brevemente. Esteban levantó la mano, y le sujetó la barbilla. Buscó su boca, y la besó. Luego, abrió los ojos y la miró. Estaba ruborizada.
-Y tú eres tan irresistible… -murmuró él mientras un nuevo beso nacía entre los dos.
Ella soltó la sábana que le cubría el busto cuando Esteban la tumbó sobre la cama, y comenzó a hacerle el amor por segunda vez en aquella noche.
Alejandro se había quedado dormido. Carolina se había despertado a las siete de la mañana, y le vio reclinado en la silla, con los ojos cerrados. Realmente parecía agotado, como si el peso de todo se le hubiese hecho demasiado insoportable.
Ella sonrió, alegre. Su arriesgado plan había funcionado. Sabía que una de las peores sensaciones del mundo era la culpa, y ella le tenía atrapada precisamente por ella. Se preparó para desempeñar nuevamente su papel.
-Mi amor… -murmuró Carolina con voz débil.
Alejandro se despertó, sobresaltado, y se acercó a ella, arrodillándose a los pies de la cama.
-¿Estás bien? –preguntó él.
Carolina asintió con la cabeza, esforzándose porque las lágrimas asomasen en sus ojos.
-El doctor me contó que nuestro hijo… -sollozó ella.
Alejandro le acarició la cabeza.
-Lo siento mucho. –dijo él. –Estoy aquí contigo, lo superaremos juntos.
-Seguro que tú te sientes mejor, incluso liberado. Quizás hasta pienses en abandonarme. –le espetó ella.
Alejandro intentó encajarlo lo mejor posible, pero aquello le había molestado. Carolina no perdía la oportunidad de atacarle, y casi siempre a través del sufrimiento. Calló porque se obligó a entenderla.
-Ni se te ocurra pensar eso. No voy a abandonarte. –afirmó él.
-Lo siento tanto, dije que quería perder a nuestro hijo, y mira lo que ha sucedido… -musitó ella, entre lágrimas.
-Tranquila, no es tu culpa… -trató de calmarla Alejandro, porque no sabía que más podía decir. –Necesitas descansar, y te recuperarás. Estoy seguro.
Ana decidió ir a Campo Real a ver a su amiga. Su hermano accedió a ir más tarde a trabajar que de costumbre, y la esperó. Llegaron en el mismo carruaje a la hacienda.
Hacía un día soleado, y fresco. Los dos se separaron a la entrada, y Ana se encaminó a la cocina tras saludar a sus tíos. Afortunadamente, no se topó con Nicolás.
Le llevaba una cesta con alimentos y una toquilla que Meche le había pedido que le diera a Isaura. Lo dejó sobre la mesa de la cocina y se sentó a esperarla, ya que Isaura no se encontraba allí.
La muchacha apareció unos minutos más tarde. Las dos se sonrieron al verse, y Ana corrió a abrazarla. La observó.
-Estás estupenda, muy bonita. –le dijo Ana. –Sólo que pareciera que has dormido poco.
Isaura dejó de sonreír, incómoda.
-Bueno, ya sabes, nunca es suficiente. –se excusó ella. –Tú te ves… triste.
Ana suspiró.
-Será porque lo estoy. –contestó y se fijó en Petra y otro par de criadas, dándose cuenta de que no podía hablar allí. –Vamos a tu cuarto, tengo ganas de conversar contigo.
-Aún no he hecho toda la limpieza. –le comunicó Isaura. –No sé si pueda…
Ana cogió la cesta en la mano.
-Esto es de tu madre. Lo dejamos en tu recamara. –dispuso Ana. –Petra, me la llevo un rato, estoy segura de que alguien puede terminar sus quehaceres, ¿no es cierto?
-Sí, señora. –aceptó Petra.
Ana e Isaura salieron de la cocina sin percatarse de cómo se quejaban las otras criadas.
-Estoy harta de que porque sea amiga de los patrones, haga lo que se le antoje… ¿ahora tenemos que hace nosotras su tarea? –habló una.
-Lo que los señores manden. –la cortó Petra. –No hay de otra.
Ana e Isaura se encerraron en el cuarto de la segunda. Se sentaron sobre la cama, contentas de verse. Acostumbradas a verse a diario, cada día separadas era una eternidad.
Ana sacó la toquilla de la cesta. Isaura la tomó, emocionada con ella.
-Es caliente. –la informó Ana. –Te la hecho tu madre, y yo se la terminé anoche…
-Gracias. –dijo Isaura y la abrazó.
-Y también te he traído unos dulces que hicieron ayer Meche y Azucena, y que sobraron, porque ya sabes… yo no tengo mucho apetito. –la informó Ana.
-¿Cómo te sientes? Quizás no debí contarte lo que te conté… -se lamentó Isaura, preocupada.
El rostro de Ana se ensombreció, pero aún así, le sonrió con afecto.
-No estoy bien. Estoy…ni siquiera sé cómo sentirme. –contestó Ana. –Es una mezcla de pena, confusión y miedo. Mucha soledad. Le echo de menos…mucho. Y también… sé que debe de estar sufriendo mucho con una esposa que no ama. Y después de la mentira que me dijo, ahora que lo sé todo… me da lástima. Pienso en él continuamente, todo el día. Sufro por mí, pero sobre todo, por él. No se merece ser infeliz para toda la vida. Le quiero tanto…
Isaura asintió con la cabeza, la escuchaba atentamente.
-Y también tengo un poco de celos. –prosiguió Ana. –Sé que es injusto, pero saber que Carolina le va dar un hijo, me atormenta. Estoy celosa, no puedo evitarlo.
-Es humano. –dijo Isaura. –Y te entiendo perfectamente.
-Intenté verle antes de que se fuera.
Isaura se sorprendió.
-¿En serio?
-Sí. –respondió Ana. –Estaba tan desesperada, me sentía tan perdida, quería verle… pero no llegué a tiempo a la estación. Quizás fuese mejor así, porque no sé que podría haberle dicho. Y tampoco creo que eso mejorara las cosas entre nosotros.
-Lo siento mucho, Ana. De veras que no te mereces esto. Eres la mujer más fuerte y noble que conozco. No te mereces pasar por esto. –comentó Isaura. –Pero sé que algún día serás feliz, no puede ser de otro modo.
Ana se levantó, y empezó a andar por la habitación, como solía hacer siempre que le daba vueltas a algo.
-¿Y tú? –inquirió ella.
-Yo, ¿qué?
-¿Mi primo ha dejado de molestarte?
-Sí, por supuesto. –mintió Isaura a su pesar. –Ya entendió que no… no va a conseguir nada de mí.
Mentir a su mejor amiga la atormentaba. Iba en contra de su sincera amistad, de todo lo que siempre las había unido, y sabía que era muy poco honesto estar escuchándola hablar de lo que le pasaba, y ella en cambio, ocultarle todo lo que estaba viviendo. Pero no sabía que más hacer. Si le contaba a Ana lo que había entre ella y Esteban, su amiga montaría en cólera, y le reprocharía tal comportamiento. Le obligaría a terminar con aquella locura. E Isaura no podía renunciar a verle.
-¿Me estás diciendo la verdad? –la interrogó Ana, poco convencida, examinándola.
-Por supuesto, ¿por qué iba a hacer lo contrario? –repuso Isaura, y su conciencia se escandalizó.
-No lo sé… creo que pasa algo más de lo que dices. Te conozco muy bien, amiga. Sólo espero que no te equivoques. Y que confíes en mí, como siempre lo has hecho.
Nicolás leía en la sala de Campo Real. Revisaba al día un par de libros de arquitectura y seguía con su trabajo.
Ana pasó por allí desconcentrándole. La vio cruzar la estancia sin siquiera detenerse para saludarlo. Iba con el cabello recogido, y un vestido bastante sobrio. Aún así la belleza de aquella mujer siempre le dejaba atónito.
-¡Ana! –la llamó él, obligándola a pararse de mal gusto.
Ella se giró, molesta, y disimulándolo.
-¿No pensabas ni darme los buenos días? –le dijo él, con su particular sonrisa, entre impertinente y educada.
-Lo siento, no te vi. –mintió Ana.
-¿Vas a seguir huyendo de mí toda la vida?
-Yo no huyo de nadie. –replicó, airada.
Él se puso en pie y caminó hacia ella, parándose justo enfrente.
-Espero que no me odies. –comentó él.
-Yo no te odio. Simplemente…
-No soy santo de tu devoción, lo sé, ya me he dado cuenta. –la interrumpió él. –En fin, ¿qué puedo decir? He tratado por todos los medios de acercarme a ti y ser un buen amigo, pero…
-Tú no sabes nada de mí. –repuso ella.
-Es posible, pero tú no me das margen alguno de confianza. Creo que me has prejuzgado, y no es justo. Quizás eres tan esquiva conmigo por que soy la primera persona realmente sincera que te encuentras en el camino. Quizás te asusto.
Ana dejó escapar una exclamación de irritación.
-Eres un presuntuoso. –dijo Ana. –A mí me asustan muy pocas cosas, y tú no eres una de ellas.
Nicolás soltó una carcajada.
-¿Y a eso cómo se le llama? –le espetó. –No soy más presuntuoso de lo que lo eres tú. Somos iguales, Ana.
-Lo dudo mucho. Además, no tengo tiempo para perderlo contigo. –replicó ella, con ganas de poder retirarse.
-¿No has pensado en que podríamos llevarnos bien sólo por diversión?
Ana arqueó una ceja.
-No sé que impresión te he dado, pero no soy de esa clase de…
-No, perdona. No quise decir eso. –corrigió Nicolás. –No pretendía ofenderte. Quiero decir, que no tienes que defenderte de mí constantemente. No pienso hacerte nada, no voy a esclavizarte ni a convertirte en mi esposa. Me doy cuenta de que huyes del compromiso con un hombre con tanta vehemencia como el resto de mujeres de tu edad lo buscan. Podríamos ser amigos sólo para conversar y pasar el rato. No tiene nada de malo.
-Yo no paso el rato…
-¿Qué hacías con Alejandro? –preguntó él.
La misma pregunta de siempre. Los ojos de Ana se encendieron.
-La relación de Alex y yo viene de la infancia, es especial y única, no lo entenderías. Crecimos juntos. –contestó ella, fastidiada.
-Y por eso te enamoraste de él. La cercanía lo provocó.
Su rostro enrojeció. Ana se dio media vuelta dispuesta a irse, pero él la detuvo sujetándola por un brazo.
-Siempre digo lo más inconveniente, discúlpame. –musitó Nicolás. –Prometo no volver a hablarte de él.
Ana suspiró.
-Discúlpame, vuelvo a San Pedro.
Isaura ayudó a Petra a servir la cena en el comedor de Campo Real. Daniel era el único que faltaba, y aunque ya habían recogido prácticamente todo, y estaba agotada, Petra la envió al despacho con una sopa y un poco de pan para Daniel, que al parecer seguía allí haciendo cálculos.
Ella abrió la puerta, iba envuelta en su toquilla nueva, porque la noche era fría y ella había tenido que salir hasta la bodega. Era cierto que el clima que tenían era bastante benigno, pero precisamente por eso, cuando refrescaba, se hacía insoportable.
Caminó hasta la mesa, y dejó la bandeja allí.
-Buenas noches. –dijo Daniel, con su dulce sonrisa.
-Buenas noches.
-¿Qué tal te ha ido el día?
-Bien. –respondió ella.
-¿La toquilla es nueva? –preguntó él.
Daniel tenía un montón de papeles sobre la mesa, la luz de la lámpara más próxima le daba en la cabeza, y estaba sin chaqueta. Parecía cansado. Aún así, siempre reservaba unas palabras amables para ella.
-Me la trajo Ana esta mañana. –le contó Isaura.
-Ella vino conmigo, sí. –Daniel hizo una pausa. –Gracias por la cena. ¿No quieres sentarte un rato y contarme como te va todo?
Isaura titubeó. Esteban debía estar apunto de llegar a su recamara. Finalmente se dejó llevar por el simple placer de conversar con Daniel, y por la serenidad que éste le trasmitía, y se sentó en una silla frente a él, quitándose la toquilla y dejándola sobre el respaldo.
A través de la luz de la lámpara, los ojos azules de Daniel se veían cristalinos y realmente bonitos. Tenían un tono azul tan suave y diáfano que no parecían humanos. Su pelo era casi rubio, y su carácter era tan parecido al de Mónica que resultaba imposible no encariñarse con él.
-¿Desde que se ha ido la esposa de Alejandro tu situación en esta casa ha mejorado? –se interesó él.
Isaura asintió.
-Así es, lo cierto es que todo es más fácil, aunque nunca será como en tu casa… -habló ella. –Ya lo sabes.
-Si alguien te molesta, Isaura, por favor, no dudes en decírmelo… y eso incluye a mi primo.
Isaura se puso tensa, indudablemente.
-No te preocupes, todo está bien. –le dijo ella.
Daniel no parecía muy convencido con su escueta respuesta, pero prefirió dejarlo así. Isaura había cambiado, su expresión, de abrumadora y repentina felicidad, le hacían sospechar que algo podía perjudicarla, y no podía apartar de su mente a Esteban.
-Bueno, es tarde… creo que iré a descansar. –continuó Isaura. -¿Tú no vuelves a San Pedro? Cada vez trabajas más horas…
-Quizás me quede a dormir aquí hoy. –contestó Daniel. –Alguien tiene que hacer el trabajo. Si bien es cierto que mi primo colabora mucho más que antes, tengo debilidad por el trabajo…
-Cuando te cases vas a tener a tu esposa abandonada. –bromeó ella, y se dio cuenta de que hablarle así no era apropiado. –Disculpa, soy una atrevida, no he debido tomarme tantas confianzas…
Daniel le sonrió.
-No te preocupes, Isaura. Tú no eres mi criada, ni una criada de la casa de mi tío. Tú eres de la familia, para mis padres, para Ana y para mí. Puedes hablarme con total libertad, sino me sentiré ofendido… -repuso él.
Isaura le devolvió la sonrisa.
-Muchas gracias.
-Ve a descansar. –dijo Daniel.
Isaura se puso en pie.
-Buenas noches. –le deseó.
-Buenas noches.
Y ella salió del despacho. Daniel suspiró, y justo antes de volver a sus papeles, vio la toquilla de la muchacha en la silla. Se le había olvidado.
Carolina no había salido de su recamara en todo el día. Ella y Alejandro habían sido invitados a cenar en casa de la familia amiga de sus padres, donde él sería empleado como nuevo abogado, pero debido al aborto que Carolina había sufrido, Alejandro se vio obligado a retrasar tal cena.
Él había sido amable, educado, y cariñoso, aunque de algún modo mantenía cierta distancia con ella. Pero a Carolina, por el momento, aquella conducta le bastaba.
Alejandro la besó antes de acostarse a su lado, y ella se abrazó a él. Había logrado un acercamiento.
Daniel no sabía a ciencia cierta cuál era la recamara de Isaura. Era muy inapropiado que él la fuera a buscar a aquellas horas, pero sólo pensaba entregarle la toquilla, e irse sin más.
Recorrió el pasillo donde se alojaba la servidumbre sigilosamente, y se quedó parado en una esquina, resignado. No podía ir tocando puerta a puerta, así que optó por volver a su cuarto y devolverle la toquilla a la muchacha al día siguiente.
Justo cuando iba a darse la vuelta y desaparecer en la oscuridad, oyó pasos y se detuvo. Al otro lado del pasillo vio una sombra moviéndose. Esperó.
Fijó la vista, y vislumbró a su primo Esteban. ¿Qué hacía allí a esas horas de la noche?
Entonces le vio tocar en una puerta, y vio la puerta abrirse. Allí estaba Isaura. Y luego, observó pasmado como su primo entraba en la habitación de ella, y la puerta se cerraba de nuevo.
Al final del pasillo, Daniel sintió como el corazón le latía deprisa y la sangre le hervía por la indignación.
Escrito desde Feb 9, 2005, 2:50 PM de la dirección IP 201.252.97.175