Capítulo XXII

by Cris (no login)

 
Juan puso sus brazos alrededor de la cintura de Mónica, y apoyó su cabeza en un hombro de ella. Mónica, que estaba abriendo la cama, sonrió.
-¿No me lo vas a contar? –preguntó él.
Mónica se volvió hacia él, y entre sus brazos, le miró a los ojos.
-¿Contarte qué?
Juan se inclinó lentamente, y la besó tiernamente en los labios.
-Qué te pasa. –aclaró él.
-No me pasa nada, mi amor.
Juan se separó de ella, y se apoyó en uno de los pilares de la cama. La examinó con la mirada.
-Mónica, te conozco hace demasiado tiempo. Y desde hace semanas luces muy extraña. Te preocupa algo, y a mí me preocupa que trates de ocultarlo.
-Te aseguro que estoy bien. –repuso ella, queriendo zanjar el asunto. No le agradaba tener que mentirle.
-¿Y Ana también lo está?
-¿Qué le pasa a Ana? –preguntó Mónica tratando de que su voz sonara sin temblor.
Juan sonrió, sin creer en el desconcierto de su esposa.
-No lo sé. –continuó él. –Nunca ha estado tan… ausente. La veo deambulando, triste, callada, pensativa… como una mujer que se ha enamorado, y no ha sido correspondida. O quizás algo parecido.
Mónica abrió los ojos, sorprendida. Desde luego, Juan siempre había sido demasiado perceptivo.
-Te prometo que no sé de que me hablas. –replicó ella, y bajó la mirada, dedicándose a arreglar las almohadas.
Juan no apartó la vista de ella.
-Mónica, si nuestra hija tiene un problema, quiero conocerlo…
Mónica volvió a mirarle.
-Está bien. –contestó ella, con suavidad y cariño. –En serio, son cosas tuyas.
Juan hizo un gesto, escéptico.
-No lo creo. –discrepó él.
Mónica se acercó de nuevo a Juan, y le abrazó.
-Mi amor…Ana está bien. Además, ¿de quién podría haberse enamorado?
-No lo sé… tal vez…ese tal… ¿Nicolás? –sugirió Juan.
-Mi cielo, ella ni siquiera se voltea a verle.
-Quizás no sea eso, tal vez no sea un hombre, pero estoy seguro de que a nuestra hija le sucede algo. –porfió él.
Juan apartó con las manos a Mónica, y la miró fijamente a los ojos.
-Espero no ser el último en enterarme.
Ella titubeó, sintiéndose culpable. Pero no podía contarle la verdad. Sonrió, sin ganas.
-Te quiero, Juan. –musitó Mónica. –Cálmate, todo está bien.
Juan le acarició la mejilla, y luego la besó en la boca.
-Yo también te quiero… -susurró en su oído.

Isaura se lanzó a besarle en cuanto entró en la habitación. Esteban la respondió, y los dos se tambalearon al encaminarse hacia la cama.
De pronto, Esteban rompió a reír, y ella se apartó un poco. Él la sujetó por los brazos.
-Desde que ha empezado toda esta locura, no hablamos mucho, ¿no crees? –comentó él con su hermosa sonrisa.
Isaura le devolvió la sonrisa, algo avergonzada.
-Lo siento…
-No lo sientas… –exclamó él. –En realidad, me encanta.
-No te burles.
-No me burlo. –afirmó Esteban y la besó de nuevo.
-Te amo. –musitó ella.
Él ladeó la cabeza, y le mordisqueó levemente el lóbulo de una oreja. Isaura cerró los ojos y gimió.
-Consigues que pierda el control con tanta facilidad… -confesó ella.
-Yo, en cambio, soy totalmente inmune ante tus caricias… -bromeó él.
-¿A sí?
Isaura se movió y acarició con sus labios el cuello de Esteban. Ella le sintió temblar.
-No es justo. –protestó Esteban. –Sabes que ese es mi punto débil…
Ella se rió, divertida. Él dio un paso al frente obligándola a moverse, y cayendo así los dos sobre la cama. Se besaron, largo rato.
El beso era agua, era fuego, era eterno, húmedo y etéreo. Era suave, poderoso. El beso era tan sólo el comienzo del ritual que llevaban a cabo cada noche.
Justo antes de que sus cuerpos se encontrasen y se cubrieran de caricias, Esteban se detuvo, intentando recuperar el aliento. Isaura notó como el peso de su cuerpo se hacía más leve cuando él se incorporó, apoyando sus manos en el colchón.
La miró, detenidamente. Ella jadeaba, y tenía el blusón desabrochado hasta el nacimiento de sus senos.
-¿Te pasa algo, cariño? –preguntó ella, con voz baja y suave.
Esteban sonrió, sólo un poco.
-No…
-¿Entonces?
Esteban sacudió la cabeza, y la besó de nuevo.

Se miraban fijamente bajo las sábanas. Estaban tumbados juntos, frente a frente, en complicidad y armonía, con las extremidades entrelazadas. La habitación estaba sumergida en la oscuridad.
-¿Y no te acuerdas nada de él? –preguntó ella, atenta.
-No. Era muy pequeño cuando murió…
-¿Y tu madre nunca te habla de tu padre?
-Mi padre es Andrés Alcázar y Valle. –respondió Esteban, con rotundidad.
-Pero algo debes saber de él… cómo era, debes haber visto su cara al menos en una foto…
-Él hirió a mi madre, nunca he necesitado tener información acerca de él. Naturalmente que sé cosas, pero no me importan. Para mí, mi padre siempre será Andrés. Él me lo ha dado todo. –explicó Esteban, y alargó una mano, acariciando la mejilla de Isaura.
-Cuando llegaste a México… tenías… ¿ocho años? –siguió preguntando Isaura. –Algún recuerdo has de tener de España, de cómo eran las cosas antes de que el señor Alcázar apareciera en vuestras vidas.
-Te cuento. –aceptó Esteban y le esbozó una sonrisa de cariño. –Mi madre venía de familia con apellido importante, ya sabes. Se enamoró de un hombre pobre, un vividor y un fracasado: mi padre. En resumen, él se aprovechó de ella, de su amor y su inocencia. Quería más su dinero que otra cosa. Cuando mis abuelos descubrieron su romance, les casaron, muy a su pesar. Mi padre arruinó a mi madre, la dejó en la miseria con un bebe. Se fue para nunca más volver. Y mi madre tuvo que hacer frente la vergüenza y la soledad… sé que parece una mujer frágil, delicada… pero no lo es. Sufrió mucho durante años, y conserva su educación y amabilidad… pero es fuerte. La admiro mucho. Es… una gran mujer.
-¿Cómo llegó él a conocerla? No parece que sus caminos estuvieran muy cerca como para encontrarse…
-Andrés, el único padre que he conocido, apareció por casualidad. Mi madre no tenía dinero, pero mis abuelos conservaban su rancia posición, así que le conocieron en una fiesta en casa de unos amigos. Hablaron durante largo rato con él, y le invitaron a casa. Allí conoció a mi madre. Me imagino ahora que debió pensar… un mujer tan hermosa, cargando con un hijo y sola en la vida. Malviviendo. Se enamoró de ella, y no sé porqué, me quiso a mí también. Ahora que lo pienso, y sabiendo cuáles son sus ideas, sus principios, debió de enamorarse mucho para aceptarnos a ambos. Una mujer abandonada con un hijo de otro hombre, y sin un centavo.
-Pero ella estaba casada con tu padre. –observó Isaura.
-Sí, pero hasta en eso el destino les ayudó. Semanas después, mi madre recibió la noticia de que era viuda. Mi padre fue asesinado en una calle, a media noche, probablemente debido a sus deudas… y el resto ya lo sabes. Mis padres se casaron, y regresaron a San Pedro conmigo. Fin de la historia.
-Es una historia muy bonita. –comentó ella. –Pero ese no es su fin… más bien es el comienzo. Si tu padre no se hubiera casado con tu madre, sino la hubiera conocido… tú no estarías ahora a mi lado.
-¿Y no sería eso lo que querrías? –repuso Esteban. –Tu vida sería mucho más fácil sin mí…
Isaura frunció el ceño, ofendida. Le había dolido.
-Sí, y también estaría vacía. Sería una existencia común, vulgar, sin ilusiones. Sin amor. Sin magia… -replicó ella. –Yo te quiero, Esteban, te quiero mucho… aunque me lo compliques todo.
-Debes pensar por mi actitud que soy un desagradecido con mi padre. –murmuró él.
Isaura no contestó.
-Sé que no soy un buen hijo, que siempre le contradigo, que le devuelvo todo el amor, la comodidad y la educación que me ha dado ignorándole. Pero te juro que le quiero de verdad. Ha sido un buen padre. Nos ha hecho feliz, sobre todo a mi madre. Yo, al fin y al cabo, ya la tenía a ella. Pero ella… ella no tenía a nadie. Recuerdo que antes de que Andrés llegara, la veía llorar todos los días. Estaba siempre tan triste…
-¿Por qué no tuvieron más hijos? Hijos de ellos, quiero decir…
-Mi madre tuvo un parto complicado cuando me tuvo. No puede tener más hijos. –contestó Esteban.
-Lo siento.
-A lo mejor esa es la razón de que los dos me quieran tanto, ¿no crees?
Isaura le sonrió.
-A ti se te quiere sin más. –dijo ella. –Pese a tu comportamiento… tienes algo que atrae a la gente. Eres muy especial.
-Gracias, pero yo no creo que sea así… -disintió Esteban. –A veces me da miedo parecerme a mi padre. Tengo miedo de estropear la vida de los que se cruzan en mi camino, de los que me aman.
-Tú no eres como tu padre. –aseguró Isaura, firmemente.
-¿Cómo puedes estar tan segura? Si tenemos en cuenta todas las mujeres que he…
-Porque te conozco. –le interrumpió Isaura. - Creo que sólo eres un hombre lleno de temores, aunque no lo parezca a simple vista.
-Tenía mucho miedo a esto que está pasando. Tenía miedo a amar. Ahora estoy enamorado… -dijo él y sonrió. –Pero no estoy seguro de haberme librado del miedo… tengo miedo de decepcionarte. Eso es lo que hago siempre, ¿no?
-No es cierto.
-Claro que sí, no hago más que decepcionar a todo el mundo…
Isaura puso su dedo índice sobre los labios de Esteban para hacerle callar. Notó la suave textura de su boca, siempre apetecible.
-No te compadezcas de ti mismo, por favor. No lo soporto. –protestó ella. –Eres muy afortunado por tener todo lo que tienes.
Esteban sonrió de nuevo.
-Sé que soy afortunado de tenerte. –habló él, despacio. –Eres la primera mujer en mi vida que realmente me importa. Y la primera que me conoce, y me ama de verdad. No creo que merezca tanta felicidad…
Isaura le interrumpió abruptamente con un beso.
-No digas estupideces. –le dijo.
Él estiró la mano, y le tocó el hombro desnudo. Le acarició despacio, haciéndole ciertas cosquillas y erizando su piel.
-Háblame de tu familia, sé algunas cosas, pero no muchas… -pidió él, clavando su mirada en la de ella.
Isaura intentó desconectar del ligero vértigo que estaba sintiendo con las caricias de Esteban, y quiso concentrarse en la conversación.
-Mi familia no es tan apasionante como la tuya. –dijo ella.
-Eso no importa. Te has criado en la casa de mi prima, casi eres como su hermana…y se nota, sobre todo en la educación que has recibido. No eres como las otras criadas. Eres una mujer culta. –observó él.
-Bueno, el hecho de que Azucena tuviese dos hijos varones, y de que yo fuese hija única, provocó que me pasara los días en la casa de los señores… bueno, tú sabes que es como mi segunda familia. Adoro a Ana, y también a su hermano, y por supuesto, a tus tíos. Son personas maravillosas. Siempre me trataron muy bien. Me educaron, y Ana me prestaba sus libros. Les quiero mucho. –le contó ella. Cuando hablaba de ellos, se le llenaba la voz de amor y agradecimiento.
Esteban subió la mano hasta su oreja, y empezó a juguetear con su pelo, mientras la escuchaba. Isaura sentía un nudo en el estómago. Tenía tanto calor que la cabeza se le atontaba.
-Tus padres son buenas personas. Conozco al Tuerto, ha comido muchas veces en casa de mi tío, es un hombretón que, francamente, me impone respeto… -comentó Esteban. –Seguro que va a querer matarme.
Isaura se rió, divertida imaginando la escena.
-La verdad es que es probable que reaccionara así… -musitó.
-Siento haber sido malo contigo antes.
-¿Cuándo?
-Me dijiste una vez que yo te tiraba de las trenzas o algo así. Perdóname. Supongo que antes de empezar a sentirme atraído por todas las mujeres que me rodeaban, tuve otra etapa de rechazo…
Isaura asintió con la cabeza, se acordaba.
-Sí. Bueno, fue una vez. Fuiste muy antipático conmigo, creo que Ana me defendió. Desde entonces te recordaba como un tipo cruel y no me caías muy bien… supongo que porque me ponías nerviosa, y me hacías sentir incómoda.
-Me alegra que ya se te haya pasado. –sonrió Esteban.
-Bueno, no del todo…
Los dos dejaron escapar una sonora carcajada.
-Nos van a oír… –dijo ella, suavemente.
-Ven aquí.
Isaura se acercó aún más en él, y sintió la tibieza de su aliento sobre ella. Esteban tocó su mejilla a la altura de la oreja, y luego la atrajo hacia él. La besó, tiernamente.

Mónica bajó al recibidor temprano. Vio a su hija allí sentada, bordando. Ya estaba vestida, y se sorprendió. Ana nunca había dormido mucho, pero de todos modos, era demasiado pronto. La observó.
Ana estaba realmente concentrada bordando, de pronto pareció equivocarse, se sobresaltó, y sin más, casi desesperada, la vio arrojar el tapete al suelo. Luego, se cubrió la cara con las manos. Estaba llorando.
Mónica se acercó despacio a ella, y se sentó a su lado. Al advertir su presencia, Ana se movió, incómoda, y se limpió disimuladamente las lágrimas de los ojos.
Mónica pasó su mano por la espalda de su hija, de abajo hacia arriba, tratando de reconfortarla.
-Mi cielo… no puedes seguir así. –le dijo, en un susurro.
Ana asintió con la cabeza, y se levantó.
-Lo sé. –contestó. –Pero es que me siento tan perdida… todo sería distinto si tuviera algo que hacer.
Mónica la miró, desconcertada.
-Me hubiese gustado tanto poder ir a la universidad. –aclaró Ana. –Poder estudiar, tener algo en lo que sentirme bien y ocupada, para no pensar… si yo hubiese tenido la misma oportunidad de Alex… y ahora, mamá, no sé cómo explicarme… os adoro, y adoro San Pedro, pero me siento tan atrapada, me falta el aire, es como si me estuviera ahogando…
-Cariño… no puedes huir de tu vida.
-¡No! –negó Ana. –No es eso. No sé que me pasa, pero siento que no puedo seguir así. Tú misma lo has dicho.
Mónica esbozó una sonrisa, de pena. Una sonrisa comprensiva.
-Eres como tu padre. –comentó. –Quizás necesitas cambiar de aires, tal vez tengas toda la razón. San Pedro se te está quedando pequeño.
-¿Y adónde iré? ¿A Campo Real?
-Quizás… a ciudad de México. –sugirió Mónica y los ojos de Ana se encendieron.

Daniel esperó sentado en su despacho, mirando la puerta. Uno de los dos llegaría tarde o temprano. Entonces alguien tocó en la puerta, y ésta se abrió al segundo.
Isaura venía con un café, como casi todas las mañanas. Él había dejado su toquilla sobre la silla, tal como había quedado la noche anterior.
Sonriendo, ella se inclinó y dejó la bandeja sobre la mesa. La mirada de Daniel se mantenía fija en ella.
-Te olvidaste la toquilla. –habló él, muy despacio.
Isaura le sonrió de nuevo, con timidez, y cogió la toquilla.
-Gracias. –musitó. –No sé dónde tengo la cabeza…
-Yo tampoco.
Ella se sorprendió, y le miró con expresión interrogativa.
-Quiero decir, debías estar tan cansada, que se te olvido recogerla… pensé en llevártela, pero pensé que además de impropio, ya estarías acostada. –continuó él. -¿Has descansado?
-Sí, ¿y tú?
-Más o menos. –respondió Daniel.
-¿Sucede algo? –preguntó ella, realmente incómoda. –Me miras de un modo muy extraño…
Daniel se dio cuenta de ello, y la sonrió, para calmarla.
-No, no me hagas caso. He dormido menos de lo que necesitaba. –le dijo.
No pretendía herirla, ni hacerle pasar por la gran vergüenza de un interrogatorio sobre lo que estaban haciendo ella y Esteban. Querría preguntarle, advertirle, decirle que lo sabía todo, pero no podía. Al menos no con ella. Lo último que deseaba era ofenderla.
-Bien. –habló Isaura. –Entonces buenos días.
-Buenos días.

Una hora más tarde, fue Esteban quién entró en el despacho. Despreocupado, y apurado, le dio los buenos días y se acercó para revisar algunos documentos. Daniel se los arrebató de la mano, realmente furioso.
-¿Qué demonios te pasa? –le preguntó Esteban, contrariado. –He llegado bastante temprano…
Daniel, de pie, le miró de un modo acusativo y terrible. Mezcla de desprecio y decepción.
-¿Qué te pasa? –insistió Esteban.
-Lo sé todo.
Esteban arqueó una ceja.
-¿Todo?
-Todo. –repitió Daniel. –Ayer te vi. Te vi entrando en la habitación de Isaura… y por Dios que ya me había imaginado que algo pasaba entre vosotros, pero jamás pensé que ella te aceptara, jamás pensé que te atreverías a tanto…
Esteban suspiró, resignado y bastante tranquilo.
-Escucha, primo…
-Eres lo peor que existe. –le atacó Daniel. –Meterte con una muchacha como Isaura… eres un canalla. Nunca piensas en nadie más que no seas tú mismo, tus instintos, tus placeres…
-Esto es distinto. –intentó explicarle Esteban.
-¿No pensarás que vas a engañarme a mí también, verdad? –le rebatió Daniel, indignado. –No podrás manipularme. Y escúchame bien, porque no te lo repetiré. Si no te alejas de ella, si vuelves a verla, sino consigues que vuelva a su casa con sus padres, de un modo lo más discreto posible, entonces me veré en la obligación de…
-¿Me estás amenazando? –le cortó Esteban. –Ella trabaja para la hacienda, para mi padre, no me corresponde a mí echarla… además, no creo que eso sea la solución. No creo que ella quiera ser despedida.
-Ella no va a seguir bajo tu mismo techo después de lo que le has hecho. No voy a arriesgarme a que todos os descubran y su honra quede manchada para siempre. Ya sé que a ti no te importa, pero yo no dejaré que le destroces la vida por tu lujuria. –concluyó Daniel.
-La amo. –confesó Esteban. –Y no permitiré que me la quites, ¿me has oído? No te metas.
-No te creo, y me meto porque ella no tiene quién la proteja. Yo lo haré.
-¿Por qué? ¿Por lo mucho que te gusta? –le espetó Esteban.
-Porque no soy como tú. Porque yo sí tengo un sentido de la decencia y la moral.
-¿Y si no quiero? ¿Y si no dejo que se vaya?
-Entonces yo mismo hablaré con mi tío. Lo sentiré en el alma, pero lo haré.
-Sólo conseguirías que la honra que tanto intentas defender quede manchada. Nada cambiaría, y aunque mi padre la echara, seguiría viéndola. –repuso Esteban, desafiante.
-Si tu padre se entera, Isaura volverá a su casa. Entonces jamás te dejarían volver a verla. Ella misma se daría cuenta de lo poco que vales, y jamás volvería a aceptarte. –prosiguió Daniel. –Además, yo puedo intervenir ante mi tío para que del asunto no se haga un escándalo. Piénsalo, Esteban. O la dejas tú, o tu padre hará que la dejes. No consentiré que abuses más de ella.
-Entonces, es un ultimátum. –dijo Esteban y le midió con la mirada.
-Podría decirse que sí. Se acabó.
-Tú no cuentas con algo, primo. –replicó Esteban, tajante. – Amo a Isaura, y no voy a dejarla. Ni por ti… ni por mi propio padre.



Escrito desde Mar 1, 2005, 2:15 PM
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