-No te preocupes, enseguida lo recoge una criada. –resolvió Claudia, y Carolina le sonrió con la misma amabilidad. –Pareces muy sorprendida por la noticia…
Carolina tragó saliva.
-No, bueno, es que aún recuerdo a Rosa como una niña, y me cuesta imaginármela con planes de boda. –inventó ella.
-Bueno, te entiendo. En cierto modo, a nosotros nos pasa lo mismo. –admitió Claudia. –Voy a ordenar que limpien el suelo, regreso ya.
-¿Tan sorprendida estás? –preguntó Ángel en voz baja, y con la sonrisa pintada en su cara.
Ella le miró, con odio. Y no dijo una palabra.
-Veo que no has cambiado nada... –murmuró él, y dejó morir la frase.
Alejandro había salido al jardín.
Se estaba asfixiando en la fiesta, y había salido al jardín por una de las puertas de la gran sala. Las luces del interior alumbraban tenuemente aquel porche, que tenía una escalinata de no más de diez escalones a través de la cuál se accedía al jardín. De lejos oía el murmullo de las conversaciones, que contrarrestaban con el silencio del exterior, y el gorjeo del agua que caía en las fuentes.
Decidió no bajar las escaleras. Se apoyó en la barandilla, y tomó aire. Oyó unos pasos, y vio como una figura se acercaba desde la oscuridad del jardín.
Se movió, y descubrió a una jovencita, que venía con las faldas remangadas y los pies descalzos. En el primer escalón reposaban unos zapatos. Ella le vio también, y no pareció alterarse. Le saludó con la cabeza, y se sentó al borde de la escalera, disponiéndose a calzarse de nuevo.
-Perdone, sé que no es de caballeros decir esto, pero debo advertirle que se le ven los tobillos. –habló Alejandro, en parte desconcertado, en parte divertido.
Ella no se azoró ni lo más mínimo, y simplemente se bajó la falda. Ya calzada, se puso en pie, y le miró.
-No puedo andar con tacones por el césped. –explicó ella.
-Entiendo. –se limitó a responder él, mientras ella subía por las escaleras.
La joven se detuvo a su lado. Alejandro calculó que no tendría más de dieciséis años. Era alta, rubia, y de ojos azules. Bonita, y altiva. Llevaba el pelo recogido en un moño, y un vestido azul oscuro, con escote pronunciado en forma de uve en la espalda.
-Es usted guapo. –soltó ella de golpe.
-¿Cómo dice?
-Me parece demasiado guapo para estar en la fiesta de mis padres. –dijo ella con total naturalidad. –Mi padre se empeña en que esté ahí dentro, pero me aburro. Todos los invitados son mayores, o irritantemente monótonos. Por eso he salido a dar un paseo, me he escapado.
-Ya veo.
-¿Usted también se ha escapado? –preguntó ella, y no esperó respuesta. –Si hubiese sabido que usted estaba en la fiesta, me hubiese quedado…
Alejandro no sabía que responder a aquello. No estaba acostumbrado a que una muchacha le hablase tan directamente. Habría pensado que ella estaba coqueteando si no hablara con tanta naturalidad como quién da la hora.
-Entonces, usted debe de ser… ¿Rosa? –inquirió él. –La única hija de los Garza.
-¿Y usted quién es?
En ese momento apareció junto a ellos Fernando. Había salido de la estancia, apurado, y enojado.
-¿Se puede saber qué haces aquí? –le preguntó su padre. –Te he buscado por toda la casa, Rosa.
-Estaba tomando el aire. –se excusó la chica. –Y en buena compañía… ¿quién es él?
-Es el señor Alejandro Romero, abogado, trabajará para nosotros de ahora en adelante. –le contó Fernando. – Entra ahí, y saluda a mis invitados.
Mientras su padre caminaba hacia el interior de nuevo, Rosa se despidió de Alejandro. Hizo una reverencia bastante exagerada.
-Esto me lo enseñaron con cinco años. –dijo ella, y le guiñó un ojo.
Alejandro se rió. Y Rosa siguió a su padre.
Cuando Alejandro volvió a entrar, Carolina seguía con aquel hombre, y con Claudia. Se acercó a ellos.
-Hola, mi amor… ¿dónde te habías metido? –le dijo Carolina, con una gran sonrisa.
-Estaba por ahí. –contestó él, escuetamente.
-Alejandro, le presento al prometido de mi hija: Ángel Rábago. –habló Claudia.
Los dos se estrecharon las manos. Y Alejandro se percató de que Carolina estaba casi nerviosa. Desde luego, había algo extraño en el ambiente. Una tensión palpable.
-Oh, ahí está mi esposo con mi hija. Discúlpenme un segundo. –dijo Claudia justo antes de irse.
-Así que éste es tu marido. –habló Ángel cuando los tres se quedaron a solas.
-¿Perdón? –balbuceó Alejandro, sorprendido por la confianza que mostraba en el trato con Carolina.
-Mi vida, estoy cansada… ¿volvemos a casa? –interrumpió ella.
-Como quieras. –aceptó Alejandro. -¿Usted la conoce?
Ángel miró de reojo a Carolina antes de responder.
-Conozco a su familia, a su hermano… desde hace años. Pero hacía mucho tiempo que no la veía. ¿Cierto?
-Así es. –confirmó ella, sin mirarle a la cara. -¿Nos vamos, Alex?
-Está bien. –dijo Alejandro, sospechando que había algo más que ninguno decía.
Carolina no era mujer que se alterase con facilidad, y en aquel momento ni siquiera podía disimularlo. A Alejandro se le pasó por la mente una absurda idea, la posibilidad de que aquel hombre fuese aquella persona de la que una vez habían hablado… sacudió la cabeza. Era imposible.
Encendió la luz al entrar en la recamara. Carolina tiró el sombrero sobre el colchón. Lucía cansada. Mientras, él se aflojaba el nudo de la corbata.
-No has dicho una palabra en todo el viaje de vuelta. –habló ella.
-No sé que quieres que diga.
-Parece que le estás dando vueltas a algo. –comentó Carolina, perceptiva.
Él no contestó, y se quitó la chaqueta.
-¿Te gustó la familia Garza? –inquirió ella.
-Sí, parecen amables. –dijo él. –Hasta conocí a su hija, Rosa… es una niña bastante graciosa.
Carolina caminó hacia Alejandro. Se paró detrás de él, y le puso las manos sobre los hombros, comenzando a hacerle un masaje. Se inclinó, y le besó sensualmente en el cuello.
-Creí que estabas cansada. –repuso Alejandro.
-No para esto. –replicó Carolina.
Él se dio la vuelta, y la apartó suavemente. La miró a los ojos.
-¿Qué? –preguntó ella.
-¿Quién es ese hombre?
-¿Quién? –balbuceó Carolina.
-¿Amigo de tu familia? –comentó Alejandro. –Me refiero a Ángel Rábago… te noté muy incómoda en su presencia.
-Tonterías.
Carolina se dio la vuelta, y pasó al baño, dispuesta a zanjar el asunto.
-Voy a cambiarme. Tengo ganas de dormir… -dijo desde dentro.
Alejandro suspiró, y se quitó la corbata.
-Entonces, se lo has contado a Ana. –dijo él mientras le besaba la espalda desnuda.
Isaura estaba sentada al borde de la cama, envuelta en la sábana, y con la espalda descubierta hasta la cadera. Esteban estaba detrás, arrodillado sobre el colchón.
-Es mi mejor amiga, entiéndelo. –pidió ella, temblando.
-Lo entiendo. –contestó él, tranquilamente. –No me importa que lo sepa. Él también lo sabe.
Isaura ladeó la cabeza, y le miró con expresión interrogativa.
-¿Quién?
-Daniel.
-¿Cómo? –se escandalizó ella. -¿Se lo has dicho?
Esteban dejó de besarla, y se puso a la defensiva.
-¿Te molesta que lo sepa? –la azuzó.
-No empieces con tus ridículos celos, por favor. Es que me da… me da… vergüenza.
-Yo no se lo conté. –replicó Esteban. –Él me vio la otra noche entrando en tu recamara. Hemos discutido, pero ya está todo arreglado. Le he explicado cuáles son mis sentimientos hacia ti.
-Con razón me miraba de esa forma, debe de pensar lo peor de mí… -musitó ella.
-De ti no, pero de mí sí. Bueno, lo pensaba.
Isaura miró de nuevo al frente y se quedó callada. Entonces él le apartó el pelo, y le besó la nuca. Una de sus manos se deslizó lentamente por su espalda. Ella se estremeció.
-Te amo tanto…-murmuró ella cerrando los ojos.
Esteban la rodeó con los brazos, y la atrajo hacia él. Isaura sintió su aliento en el cuello, y toda su piel se erizó de deseo. Su mano le acariciaba el brazo desde el hombro hasta el codo.
-Yo también te amo. –le dijo él al oído.
Isaura levantó una mano, y cogió la de él, llevándosela a la boca. Le besó la palma, y luego el dedo índice. Esteban le sujetó la barbilla, y le hizo girar la cabeza, obligándola a mirarle a los ojos. Isaura palideció, incapaz de aguantar una mirada tan intensa y ardiente. Él la vio ruborizarse, y se acercó despacio a sus labios.
La visión de sus ojos cerrados, su respiración entrecortada, y su boca preparada para ser besada, casi le enloquecieron. La besó despacio, con delicadeza, su labio superior envolvió el inferior del de ella, y empezaron a juguetear.
Isaura se quedó quieta, disfrutando de la caricia. Esteban prolongó hasta el infinito el juego, e Isaura, impaciente, cogió su cara con las manos, y le acercó más, besándole con pasión. Sus lenguas se encontraron, y Esteban bajó las manos hasta la cadera de Isaura.
Ella abrió los ojos. Se apartó un poco, jadeando, y después le besó de nuevo. Estaban ya frente a frente. Entonces él metió una mano entre las piernas de Isaura, y presionó con suavidad. La oyó gemir, y notó su humedad. Se miraron, un segundo demasiado largo, y ella apoyó sus manos en los hombros desnudos de Esteban. Le acarició con suavidad, y notó su piel caliente y mojada. Sus músculos tensos.
Isaura cerró los ojos, y volvió a sentir los labios de Esteban en su boca, su cuello, su nariz, su pecho. Cayó sobre la cama con él sobre ella, y en aquella atmósfera febril hicieron el amor con tanta urgencia como la primera vez.
Los dos ignoraban todavía que aquella paz ficticia, que aquel amor incontenible y secreto, duraría tan poco. Ninguno podía imaginar que la vida les depararía un cambio tan brusco e insospechado. Y ninguno podía saber que pese a todo, algo les uniría para siempre…
Los cuatro estaban en la estación del tren. Ana llevaba dos maletas, y un bolso. Los cuatro estaban tristes, y los cuatro lo disimulaban.
Ana abrazó a su madre, estrechamente.
-¿Vendréis a verme? –preguntó ella.
-Lo haremos, no sé si los tres a la vez, pero lo haremos… -respondió Mónica. –Cuídate, y sé prudente, mi cielo.
Ana asintió con la cabeza, y posó la vista en su padre. Juan llevaba el pelo largo, como siempre le había visto, y todavía conservaba su color negro casi intacto; las canas no se atrevían a asomar.
Ana se acercó a él, y Juan sonrió, sólo un poco, con amor.
-Espero que extrañes tanto San Pedro que te haga regresar en dos días. –bromeó él.
Ana le devolvió la sonrisa.
-Te quiero, papá.
Juan la besó en la mejilla, y le dio un abrazo, breve y rotundo.
-Iré a buscarte si me lo pides, ¿de acuerdo? –habló él, serio. –Disfruta de la ciudad, y vuelve pronto con nosotros.
-El tren va a salir ya, termina de despedirte. Eres pesada para todo. –intervino Daniel, riendo. –Ven aquí.
Él la abrazó por la espalda, y Ana se rió. Luego se volvió hacia él.
-Sé buena y no hagas nada que yo no haría. –le aconsejó Daniel. –No es mucho, pero…
-Tú si irás a verme, ¿cierto? –le dijo Ana. –Así conocerás tú también a la prima Dolores, y te evadirás de esto…
-Eres tú quién necesita irse, hermana. –repuso Daniel, y luego sonrió. –Prometo ir en cuanto pueda.
Ana subió a su vagón, colocó las maletas, y se sentó en su frío y duro asiento. El compartimiento estaba vacío, y lo agradeció. Miró por la ventanilla, y los vio parados afuera, diciéndole adiós con las manos. Sintió un dolor en el pecho.
Cuando el tren empezó a moverse, sus ojos se empañaron de lágrimas. Era la primera vez que salía de San Pedro. Y era la primera vez que se alejaba de su familia.
La casa se veía terriblemente vacía cuando Alejandro llegó a ella dos días más tarde de la gran fiesta. Vacía, sin invitados, parecía aún más grande. Fernando salió a recibirle rápidamente, y le llevó hasta su nuevo despacho.
Era una estancia bien iluminada, que se encontraba en el primer piso de la casa, y daba al jardín. Tenía tres estanterías con libros, un par de alfombras en el suelo, la mesa en el centro y mirando a la puerta, y tres butacones más; además de un par de plantas altas, y una lámpara pequeña sobre el escritorio.
Iba a estar muy cómodo allí. Aquel día lo emplearía para instalarse y ponerse al día con papeles, cuentas, y libros. Pensó en preguntar por Ángel Rábago, pero creyó que sería demasiado extraño. Así que buscó un rodeo para hablar del tema.
-Anoche la fiesta fue maravillosa. –comenzó Alejandro.
-Gracias, me alegro que te gustara… -contestó Fernando. -¿Te pido un café?
-Sí, está bien.
-Si quieres, puedes quedarte a comer con nosotros. El anterior abogado lo hacía a menudo. –le informó Fernando. –Le queríamos mucho, era como de la familia, pero era ya muy mayor, y quiso dejar de trabajar…
-Entiendo. ¿Estaba ayer en la fiesta? –preguntó Alejandro.
-No, no… está un poco enfermo, y ya apenas sale de casa. –le contó Fernando. –Pero estuvo su hijo, Ángel Rábago.
Alejandro sonrió. La conversación iba mejor de lo que había esperado.
-¿Es el prometido de su hija, no? –preguntó.
-Sí, aunque esa muchacha, como comprobaste ayer, es una insensata…
-Sólo es demasiado joven. –comentó Alejandro.
-Ángel es un buen hombre, le saca casi diez años, pero nos consta por su padre que merece la pena. Estuvo muchos años en Europa, estudiando… y volvió hará unos cinco años, o menos. Es arquitecto, ¿lo sabías? –le contó Fernando.
“Arquitecto”, pensó Alejandro. Aquello podía relacionarle con el hermano de Carolina, por ejemplo.
-Creo que también es amigo de la familia de mi esposa. –dejó caer Alejandro.
-No lo sé. En realidad, ayer me contó Claudia que cuando les presentó, y dijo que Ángel es el prometido de mi hija, Carolina se sorprendió tanto que se le cayó la copa de la mano…
-¿Les presentó? –repitió Alejandro, atónito.
-Sí, claro… les presentó porque según parece ellos no se conocían.
Alejandro frunció el ceño.
-Eso es ridículo. –opinó él casi inconscientemente. –Carolina y él me dijeron que se conocen desde hace años…
-Tal vez fue un malentendido. Seguro mi esposa entendió mal. –contestó Fernando. –Voy a buscarte el café.
Alejandro asintió con la cabeza, y le dejó ir. Se quedó sumido en sus pensamientos. Todo aquel asunto era demasiado extraño…
Isaura no se atrevía a llevarle el café aquella mañana. Lo había evitado durante dos días, pero esta vez las criadas la habían ordenado a ella subir con la bandeja.
Entró al despacho, y dejó la bandeja en la mesa, deseando no tener que cruzar más de dos palabras con Daniel.
-Buenos días. –le saludó, y se dio la vuelta para irse.
-Espérate. –pidió él. – ¿Tienes mucha prisa? Parece que vas a salir corriendo… -observó él.
-En realidad, aún tengo mucho trabajo por hacer. –se excusó Isaura.
-Mi hermana se fue esta mañana.
-¿Tan pronto?
-Sí. Ya va de camino a la capital. Sé que la echaras de menos, ella a ti también… pero Ana está bien. Últimamente no era la misma, así que me alegro de que se haya ido. –manifestó Daniel. –Le vendrá bien.
-Lo sé. –dijo ella, y bajó la mirada, incómoda.
Daniel se percató, y supuso que ella ya sabía que él estaba enterado de todo. Maldijo hacerla sentir así.
-Vete ya, no quiero robarte tiempo…
Isaura asintió con la cabeza, y se fue sin levantar la vista del suelo. Daniel se reclinó en su asiento, y suspiró.
A Ana la recogieron en un carruaje en la estación de tren de la capital, y la llevaron directamente a la casa de Dolores. Se sentía llena de nervios, expectativas, e ilusiones.
No dejó de mirar por la ventanilla del coche en todo el trayecto. Estaba realmente emocionada, y aquellos altos edificios la maravillaban. Había tanta gente, y las calles parecían tan largas y entrelazadas con otras, que pensó que sola allí se perdería con suma facilidad.
La casa de Dolores estaba en una calle con mucho tránsito, y la puerta era de madera. Dejó las maletas en el suelo, y tocó a la puerta. Rápidamente una mujer, la criada, le abrió y la mandó pasar.
Ana esperó con las maletas en lo que parecía la sala de estar. Dos minutos más tarde, una mujer rechoncha y canosa se dejó ver ante ella. Sonriente, caminó hacia ella, y la abrazó.
-Bienvenida, niña. –le dijo. –Soy Dolores, y ya tenía ganas de verte… tu madre es una ingrata, mira que no traeros nunca a verme…
Ana se encogió de hombros, y le sonrió.
-¿Ana, no? –preguntó Dolores.
-Sí.
-Siéntate, estarás cansada del viaje. –dijo Dolores, y ella fue la primera en sentarse. –Mi hija salió, pero no tarda en regresar.
Ana se sentó a su lado.
-Enseguida te muestro tu cuarto. Seguramente querrás recostarte un rato. –siguió hablando Dolores. –Es increíble, eres igual que tu padre…
-Eso dicen. –contestó Ana.
-¿Cómo pasa el tiempo, no crees? La última vez que tu madre estuvo aquí fue hace tantos años…
-¿Mi madre ha estado en la capital? –inquirió Ana, con curiosidad. –Nunca me lo ha comentado…
-Sí, estuvo una vez, por un par de meses, hace años. –le comunicó Dolores. –Fue en la época en que tus padres estuvieron separados…
Ana arqueó una ceja, boquiabierta.
-¿Separados? –repitió.
Escrito desde Mar 25, 2005, 9:29 PM de la dirección IP 201.252.79.150