Ana no dejaba de mirar a su alrededor cuando se sentaron en el palco. Estaba eufórica, y pendiente de todo. El teatro era enorme, y se quedó mirando las gigantescas lámparas de cascada. Nicolás le pasó un librito y unas gafas para que no se perdiera ningún detalle de la ópera.
-¿Estás contenta? –preguntó él.
Ana le sonrió, y asintió con la cabeza. En ese momento apagaron las luces.
Los murmullos de las conversaciones cesaron, y el gran telón rojizo del escenario se abrió, dejando ver al primer par de actores. Cuando la música empezó a sonar, y las voces se alzaron mágicamente, con su perfecta modulación, Ana se sintió extrañamente emocionada. Los ojos se le llenaron de lágrimas, y le pareció tan hermoso, que comprendió que estaba hechizada. La ópera la había conquistado.
Nicolás alargó una mano, y tomó la de Ana. Ella se la apretó con afecto.
-Gracias. –le susurró Ana.
Él se limitó a sonreír. Entonces entendió que si ella había sido cautivada por la ópera, él lo había sido por ella. Estaba hechizado, estaba seducido. Estaba embargado por un sentimiento hermoso y terrible. Estaba, tal vez, enamorado…
Alejandro estaba rígido. No había un solo músculo que no estuviera tenso en él. Carolina lo supo desde que se sentaron en sus butacas. Algo le pasaba a su marido. Estaba ausente, y desde luego, no prestaba atención a la ópera. Ella se inclinó, y le habló en voz baja.
-Mi amor… no pareces disfrutar de la función. ¿Te sucede algo?
Alejandro forzó una sonrisa.
-No… -murmuró él. –Estoy perfectamente.
Carolina le dio la mano, y comprobó que la de su esposo estaba helada. Le miró, él tenía la vista perdida en algún punto del horizonte.
Alejandro tenía un nudo en la garganta. Ana estaba allí. Hacía meses que no se veían, que no sabían nada el uno del otro. No se habían despedido, todo había terminado de un modo abrupto y terrible entre ellos. En apenas unos días se había roto una relación que duraba desde que los dos podían recordar. Y ahora ella estaba allí. Y estaba con Nicolás.
Por primera vez desde hacía meses, Alejandro tuvo miedo a derrumbarse de nuevo. Por primera vez en su vida, Alejandro tuvo miedo de Ana.
Esteban siguió a su padre hasta el despacho, como éste le había ordenado. Su madre, Carmen, se quedó en el comedor, esperando. Quizás luego hablara con Andrés del tema.
Esteban había temido ese momento durante mucho tiempo, y estaba sucediendo tal cómo había supuesto. Andrés estaba encolerizado, y no le entendería jamás. No se permitiría a si mismo entenderle.
Entraron, y se quedaron parados mirándose. Andrés se puso tras su mesa, y de pie, le atacó.
-¿Te has vuelto loco por completo o esto es otra forma tuya de desafiarme? –le soltó.
Esteban sacudió la cabeza, contrariado.
-¿Desafiarte?
-No veo otra manera de llamarlo. –objetó Andrés.- Eres incapaz de madurar o de comprometerte con alguien o con algo, y ahora me cuentas que quieres casarte con una de nuestras criadas, no sé si reírme o…
-No es una broma. –interrumpió Esteban, serio, tajante. –Me he enamorado de ella, y tengo la intención de hacerla mi esposa…
Andrés se rió, una larga carcajada. Y luego se sentó, escrutándole con la mirada.
-No. –dijo.
-¿No? Te cuento que me he enamorado y quiero casarme, y me dices…”no”. ¿Es todo? No tengo doce años, padre. No puedes disponer sobre mi vida con simples órdenes.
-¿Quién te da de comer y paga todos tus vicios?
-Eso no es justo.
-¡No me digas que es justo! –chilló Andrés, levantándose de nuevo de su silla. –Ni siquiera creo que sea justo que tenga que escuchar esto…
-No me estás escuchando, no quieres oírme. –le rebatió Esteban, disgustado.
-Por supuesto que no, no quiero acostarme con dolor de cabeza a causa de tus tonterías. –replicó Andrés. –Así que ve a dormir, y déjame en paz.
Esteban se quedó quieto, observando como su padre se sentaba, y se ponía a leer unos documentos.
-La amo, y ella ha estado esperando por mí mucho tiempo. –habló Esteban, en voz baja y temblorosa. –No puedo dejarla, no puedo decepcionarla ni deshonrarla. Y además, si la dejara, mi vida volvería a estar vacía, a carecer de todo sentido.
Andrés continuaba impasible, sin levantar la cabeza. Parecía no oírle.
-Yo siempre he sido un tarambana, lo admito. –continuó Esteban, con los ojos húmedos. –Y creía que el amor no existía, o que yo no lo necesitaba…y un día, de pronto, me estrellé contra la realidad. Es una de nuestras criadas, padre. Pero es la mujer más maravillosa que he conocido, y sé que tú pensarías igual si tan sólo le dieras una oportunidad… ella me hace ser mejor persona. Y me ha enseñado a amar.
Andrés levantó la cabeza, molesto.
-Buenas noches. –le dijo, con frialdad.
Agotado, y a sabiendas de que sería imposible continuar hablando con él, al menos por ahora, Esteban se dio la vuelta para irse. Y entonces vio a su madre en el umbral de la puerta, mirándole con cariño y lástima. Él pasó por su lado sin decirle nada.
Ana aplaudió hasta que le dolieron las manos. Todavía tenía los ojos llenos de lágrimas cuando la ópera llegó a su fin. Se pusieron en pie, y Nicolás la tomó del brazo mano para indicarle que debían salir.
-Me ha gustado mucho. –confesó ella. –Nunca te estaré lo suficientemente agradecida por esto, Nicolás.
Él se limitó a sonreír.
-Vamos fuera, quiero presentarte algunas personas. –habló él. –Por cierto, Ana, ¿estás cansada?
-No, en absoluto. –dijo ella.
-Entonces quizás te apetezca acompañarme a una fiesta que tiene lugar en casa de unos amigos…
Ana titubeó.
-Ahora no puedes echarte para atrás. –repuso él antes de que ella se opusiera.
Ella sonrió, y guardó silencio.
Fuera, había mucha gente conversando sobre la ópera, y un matrimonio se acercó a saludarles. Nicolás la presentó, con orgullo y amabilidad.
Después de saludar a varias amistades, se encaminaron a la salida. Ella iba cogida de su brazo, y se sentía cómoda. En realidad, estaba disfrutando de su compañía, y se alegraba de haber aceptado su invitación. Cuando iban a cruzar la puerta de la salida, a Ana se le cayó uno de sus guantes. Se lo había quitado porque tenía calor, y se agachó para recogerlo. Entonces tropezó con una mujer.
-Disculpe. –dijo ella, y cuando levantó la vista, sus miradas se encontraron.
Ana sintió un escalofrío recorriéndole todo el cuerpo, y se irguió. Se encontró frente a frente con Carolina, y de golpe se dio cuenta de que Alejandro también debía estar allí. Toda la sangre se le subió a la cabeza, y no tuvo tiempo para reaccionar. Nicolás estaba de nuevo a su lado, antes de que ninguna de las dos hubiesen dicho nada.
Con total naturalidad, Nicolás se inclinó para besar a Carolina en la mejilla.
-Qué casualidad… ¿qué tal, hermana? –le preguntó él.
Carolina estaba tan descompuesta como Ana, pero recobró falsamente la dignidad y el equilibrio necesarios para contestar.
-Estamos celebrando el cumpleaños de mi marido. –explicó ella. –Y tú… aquí… ¿cómo es que no me has visitado?
-Apenas llegué hoy, y la única persona a la que he ido a ver es a Ana.
Carolina miró de arriba abajo a Ana. Hizo un gesto de desdén.
-Entiendo. –sonrió, con dificultad. –Estás muy guapa, Ana.
-¿No buscas a Alejandro para que le saludemos? –solicitó Nicolás.
Ana apretó la mano en el brazo de Nicolás, incapaz de disimular lo violenta que se sentía.
-Claro, debe de andar por ahí… enseguida vuelvo.
-Creo que deberíamos irnos, es tarde… -solicitó Ana en cuanto Carolina se retiró para buscar a Alejandro. –Y…
-¿No te apetece ver a tu amigo?
Ana abrió la boca para hablar, pero no le salió nada coherente. Siguió con la vista a Carolina, hasta verla detenerse junto a un grupo de personas, y entonces, vio como él se volvía hacia ella. Le vio, y el corazón le saltó en el pecho.
-Creo que has sido muy duro con él. –dijo Carmen, entrando en el despacho de su marido.
Andrés se acercó a ella, y le dio un beso en la mejilla.
-No me digas que tú también me vas a hablar del mismo tema…
-Le has tratado como a un niño pequeño. –protestó Carmen. –Esteban es un hombre, y creo que fue sincero…
-¿Piensas realmente que está enamorado de esa chica?
-¿Por qué iba a inventarse algo así? –repuso Carmen.
-Para llamar la atención… es lo que más le gusta. –dijo Andrés, y notó que su esposa había encajado mal aquello. – O quizás no se lo inventó, y ahora cree que está enamorado… ya sabe que nunca lo aprobaré, y lo considera un reto… ya sabes cómo es tu hijo.
-Nuestro hijo. –corrigió Carmen. –Y creo que no estás siendo racional.
-¿Quieres que le diga que si? –se escandalizó Andrés.
-No me parece bien que le ignores. Tú no lo ves ni lo aprecias, pero ha cambiado. Y creo que en Isaura está la respuesta…
-Yo veo al mismo inútil bueno para nada de siempre. –respondió Andrés. –A un hombre que no ve su futuro ni piensa en él.
-¿Bueno para nada? No te consiento que hables así de mi hijo, Andrés. –se enojó Carmen. –Esteban no ha tenido una vida fácil. Se crió entre dos países, vino aquí con ocho años, siempre se ha sentido como si no perteneciera a ninguna parte… supo desde niño que no tenía padre porque éste no le había querido, y aprendió a quererte a ti, tanto como a agradecerte. Y toda su vulnerabilidad la esconde tras una imagen frívola. No es más que un niño asustado. Lo ha tenido todo materialmente, un padre al que respeta y una madre que protege, pero yo sé que nunca ha sabido lo que quiere. Siempre he creído que has sido el mejor padre del mundo para él, Andrés. Por Dios, no lo estropees ahora con tu arrogancia.
Mientras ellos se aproximaban, los nervios de Ana aumentaban más y más. Alejandro y Carolina se detuvieron a escasos milímetros de ellos. Él ni la había mirado.
Nicolás estrechó la mano de su cuñado a modo de saludo, y entonces Alejandro la miró.
-Feliz cumpleaños. –musitó Ana, porque fue lo primero que le vino a la cabeza.
Alejandro sonrió, sólo un poco, y ella atisbó cariño en su gesto. Entonces él se acercó, y le dio un beso rápido en la mejilla.
-Gracias. –contestó, y se apartó, volviendo junto a su esposa.
Estaba tan guapo que a Ana se le cortaba la respiración. Creyó que iba a echarse a llorar allí mismo, sin poder reprimirse.
-Siento mucho lo del bebe, Alex. –comentó Nicolás.
Ana observó a Carolina, y se dio cuenta de que no había señal alguna de embarazo. Frunció el ceño, confundida.
-¿Qué… pasó? –inquirió, casi inconscientemente.
Carolina se llevó la mano al vientre.
-Perdimos el bebe. –explicó, y acarició el brazo de su esposo con el gesto compungido. –Si no hubiese sido por el apoyo de Alex no sé qué habría sido de mí…
Ana miró a Alejandro, directamente.
-Lo siento mucho. –le dijo.
-Lo sé. –contestó él.
Se produjo un largo silencio entre los cuatro entonces.
-Bueno, nosotros nos vamos a la fiesta que dan los Venegas en su casa. –dijo Nicolás.
-Allí íbamos a ir nosotros ahora. – murmuró Alejandro.
-¿Queréis que vayamos en el mismo coche? –sugirió Nicolás, y Ana estuvo apunto de gritar.
-¿Qué te parece, cariño? –preguntó Carolina.
Alejandro se encogió de hombros.
-Vamos entonces. –resolvió ella.
La abrazó estrechamente en cuanto ella abrió la puerta. Aspiró su aroma, suave y dulce, y ello le alivió. Isaura le recogió en sus brazos, y fue para él como estar de nuevo en casa. Ella le acarició la nuca, para reconfortarle.
-¿Qué ha pasado, mi amor? –inquirió ella.
Esteban la miró a los ojos, y la besó en los labios, brevemente.
-He hablado con mi padre. –dijo, y cerró la puerta.
Isaura estaba ya vestida con su camisón para irse a dormir.
-¿Y? –preguntó ella, nerviosa.
-No lo aprueba, ni siquiera me ha escuchado. –le contó él, y se sentó sobre la cama.
Isaura le observó, parecía exhausto.
-¿Y qué vas a hacer ahora? –inquirió.
-Insistir… seguir insistiendo hasta que me escuche, lo entienda o lo que sea. –respondió Esteban. –Pero no será una lucha fácil, Isaura. Y más que por mí, temo por ti…
Ella le sonrió, con afecto. Se acercó a él, y se arrodilló a sus pies. Alargó una mano, y le acarició una rodilla.
-Te quiero. –musitó Isaura, disimulando su miedo. No podía decirle que iban a tener un hijo, no quería presionarle más, y no se sentía preparada. Pero era algo que hacía más difícil la situación, más urgente, y más decisiva, sobre todo para ella. Y no tenía un buen presentimiento.
Esteban posó su mano sobre la de ella.
-Y yo a ti.
Los Venegas eran otra de esas familias acaudaladas de ciudad de México, que organizaban fiestas para celebrar su opulencia, reunirse con la escala más importante de la sociedad, y hablar de trivialidades.
Los cuatro pasaron a la casa entre más personas. En todo el viaje en carruaje, Nicolás y su hermana habían mantenido la conversación, y Ana y Alejandro apenas habían abierto la boca. Carolina les había hablado del nuevo trabajo de Alejandro en casa de los Garza, de que Ángel Rábago, un antiguo amigo de su hermano, era el prometido de la única hija de la familia, y algunas cosas más. Nicolás había prometido irles a visitar, e incluso comentó que llevaría a Ana.
A la entrada, Carolina se llevó a su esposo a saludar a unos conocidos, y Ana y Nicolás se movieron a lo largo de la sala, concurrida de gente. Era la primera fiesta a la que Ana acudía.
-Te lo pasarás bien. –le dijo Nicolás. –Y tienes que reservarme un baile.
Ana le sonrió.
-Estás muy callada. –observó él. –Y eso es raro, cuando llegamos a la ópera no parabas de hablarme de los meses que has pasado aquí, y de todo lo que has visto, y de lo mucho que te gustaba todo, y del teatro… me gusta oírte hablar con tanto entusiasmo de las cosas.
-Ya te lo he contado todo. No tengo mucho más que decir. –repuso ella, con amabilidad.
-Está bien. –aceptó él, poco convencido, y percatándose de su congoja. –Oye, voy a hablar un segundo con mi hermana, ¿puedo dejarte sola aquí un momento?
Los dos estaban parados en el corro que rodeaba el lugar donde las parejas bailaban, y una pequeña orquesta tocaba. Ana asintió con la cabeza.
-Pero no me abandones, Nicolás, porque no conozco a nadie, y no estoy en mi ambiente. –le rogó ella.
-No te preocupes, enseguida vuelvo. –afirmó él.
Nicolás se alejó entonces, y Ana tomó aire, contemplando a todos los que la rodeaban.
Mientras Alejandro hablaba con un hombre, Nicolás tomó a su hermana de un brazo, y la apartó unos metros de allí.
-¿Qué pasa? –preguntó Carolina, molesta.
-Recibí tu carta. –expuso él. -¿Cómo has sido capaz?
-No sé de que me hablas.
-De fingir un aborto, lo sabes perfectamente.
Carolina hizo un gesto de fastidio.
-No estaba embarazada, alguna solución tenía que darle al asunto. –dijo, con naturalidad.
-Toda tú eres una mentira, hermana. –le atacó Nicolás. –No puedo creerme que hayas llegado a este punto en el que eres incapaz de hablar sinceramente con tu esposo.
-No tienes ni idea de cómo son las cosas, así que te exijo que no te metas. –protestó Carolina. –Y más vale que vigiles a tu amiguita sino quieres que se te escape, ella es la causa de todos mis males, recuérdalo.
-Ana no tiene la culpa de tus manipulaciones, Carolina.
-Ya sé que te gusta, pero te recuerdo que corres el riesgo de entusiasmarte con alguien que tampoco tiene interés en ti. Me gustaría verte enamorado de alguien que no te corresponde, quizás entonces comprobaríamos que harías tú en ese caso. –argumentó ella.
-Jamás sería como tú. –le espetó Nicolás.
Alejandro vio que Ana estaba sola. Por su cabeza pasaban muchas cosas, y suponía que ella debía seguir odiándole, pero en cambio no había notado nada en ella que le confirmara tal suposición. Y pese al miedo a una confrontación, y las señales de advertencia, no pudo evitar acercarse.
Ana estaba intentando quitarse de encima a un hombre bastante mayor que la estaba invitando a bailar. Alejandro llegó allí, y se detuvo a su lado.
-En serio, no me apetece. –se estaba excusando Ana.
Cuando el hombre vio a Alejandro, se disculpó, y desapareció.
-Vayas dónde vayas, siempre serás el centro de atención. –comentó Alejandro, sonriente.
Ana le devolvió la sonrisa.
-Ya ves… mi mal carácter no les espanta. –bromeó ella.
Por un segundo, los dos sintieron que la naturalidad y la confianza se habían vuelto a instalar entre ambos. Pese a todo lo dicho, y todo lo sucedido, había algo que nunca cambiaría entre ellos.
-Estás increíblemente hermosa esta noche, Ana. –dijo Alejandro, casi inconscientemente. –Aunque no lo creas, me ha encantado volver a verte.
Ana no contestó. Hizo una mueca, y bajó la cabeza. Alejandro estaba parado a su lado, muy cerca, pero sin tocarla. Estaba nerviosa. Si empezaban a hablar, no sabía lo que podría ocurrir.
-Alex… ¿cómo sucedió lo de tu esposa? –preguntó ella.
-Un accidente, se cayó por las escaleras de la casa. –contó Alejandro, apesadumbrado de pronto. –No me apetece hablar de eso.
-¿Dónde está ahora Carolina?
-Con tu acompañante. Les vi antes, estaban conversando. –respondió él.
Mil preguntas quería hacer ella, y ninguna salió de su boca.
-¿Te apetece bailar? –sugirió de golpe Alejandro.
-¿Qué?
-Me acabo de dar cuenta de que nunca hemos bailado juntos.
Ana titubeó, sorprendida, y debatiéndose entre las ganas de hacerlo y la parte de su cerebro que le advertía de las posibles consecuencias de un acercamiento.
Entonces Alejandro alargó una mano y tomó la de ella, conduciéndola hacia la pista de baile. Ana le siguió sin protestar, y sintió el contacto de su piel, suave, cálida. Ella, en cambio, tenía las manos heladas, y el corazón a mil por hora. Le dolía el estómago, y estaba tan nerviosa que no podía dejar de temblar como una hoja.
Él puso una mano en su cintura, sosteniéndola firmemente, y la otra la tomó entre la suya, y entonces empezaron a bailar. La música sonaba lenta, hermosa, afinada.
Todos los que estaban su alrededor se desvanecieron sin más. Sólo estaban ellos. Se movían lentamente, los pies iban solos, y la música les envolvía. Ana pudo haberse derretido entre sus brazos, y no se atrevía a mirarle directamente a la cara, porque sabía que se encontraría con sus penetrantes ojos negros, ante los que nunca había podido esconder nada.
Casi sin darse cuenta se habían acercado más y más, y Ana apoyó su cabeza en el hombro de Alejandro. No debió hacerlo; en cambio, no pudo evitarlo.
-Bailas muy bien, Alex. –dijo ella, cerrando los ojos.
Él no contestó. Poco después, habló.
-Te he echado de menos, aunque no lo creas.
Ana se mordió el labio inferior.
-Ahora no, por favor. No nos demos explicaciones. –pidió ella. –No es el momento, ni el lugar.
-Sólo me gustaría saber si aún… si aún…
La canción había terminado. Se separaron cuando fueron conscientes de ello. Otra pieza, mucho más rítmica estaba empezando a sonar, y las parejas habían hecho filas y se habían dispuesto ordenadamente para bailarla.
Ellos, sin embargo, se quedaron parados frente a frente, mirándose fijamente. Le pena y el deseo les habían sacudido sin remedio.
-Si… ¿qué? –inquirió Ana.
-Si aún me odias… -terminó él en un susurro.
Ana hubiese querido abrazarle, y contarle que lo sabía todo, pero no pudo.
-No te guardo rencor. –dijo ella, abatida. –A ti no puedo, Alejandro.
Los ojos de Alejandro se llenaron de agua, y de una tristeza abrumadora. Ana le vio, y no pudo soportarlo. Levantó la vista por encima de los hombros de Alejandro, y descubrió a Carolina y Nicolás detrás de ellos, a unos pocos pasos, observándoles.
Ana volvió a casa después de aquello. Le había pedido a Nicolás que la acompañase de inmediato, poniendo como excusa que le dolía la cabeza y se sentía cansada.
Él había accedido, y se habían despedido de Carolina y Alejandro apresuradamente.
Volvieron casi en silencio. Y Nicolás la acompañó hasta el portal de la casa. Las calles estaban vacías a esas horas de la noche.
-He disfrutado mucho esta noche, gracias. –habló Ana, que quería entrar cuánto antes en la casa, y tumbarse sobre su cama.
-Ha sido un placer. –sonrió él. –Siento que el desafortunado encuentro lo estropease un poco.
Ana esbozó una sonrisa, se negaba a hablar sobre Alejandro.
-Buenas noches. –dijo ella.
Nicolás no contestó. La estaba mirando, fijamente. Ella se sintió incómoda. Entonces él se acercó y lo hizo. La besó en la boca. Fue un beso extraño, pero no desagradable. Sus lenguas se tocaron por unos segundos muy breves, y apenas había empezado, cuando terminó.
-Buenas noches. –murmuró Nicolás en el oído de Ana antes de irse.
-Buenas noches. –tartamudeó Ana, por segunda vez.
Nicolás subió en su carruaje y se fue. Y Ana se quedó allí, en la puerta, atónita. Nicolás la había besado… y le había gustado.
Escrito desde Jun 25, 2005, 6:42 PM de la dirección IP 200.243.65.55