-Por eso estabas tan nervioso, sabías que ella estaba allí.
Fue lo primero que ella le dijo en cuanto cruzaron la puerta de su habitación. Alejandro se sentía demasiado cansado y deprimido como para discutir.
-¿Te das cuenta de cómo me he sentido viéndoos bailar? –siguió Carolina, había empezado y no iba a parar. -¡Viendo a mi marido bailando con su amante!
Alejandro estaba desatándose la corbata de espaldas a ella, y se giró, bruscamente.
-¡No es mi amante! –chilló, exasperado. Luego, bajó el tono de su voz. –Estoy cansado, Carolina, ¿podemos simplemente dormir?
-¡Dormir! –repitió ella, roja de rabia. –Eso es lo único que hacemos… ¡mi marido es incapaz de comportarse como un hombre y hacerme el amor! Y encima tengo que soportar como la miras a ella, como la deseas, como sufres por no tenerla cerca…
-¡Lo siento! –la interrumpió él. –Siento muchísimo que nos la hayamos encontrado, no es culpa mía...
Carolina hizo una pausa, se quedó callada, mirándole.
-Es en esta habitación donde deberíamos celebrar tu cumpleaños. –dijo. –No puedes amarme, y ni siquiera puedes desearme…
-No quiero herirte, y…
-Me hieres cada noche. Tu absoluta indiferencia, Alex, es peor que cualquier otra cosa. –repuso ella.
Alejandro no contestó, y le dio de nuevo la espalda. Se quitó la corbata, y la posó sobre la mesita.
-¡Mírame! –exigió ella, pero él no obedeció. -¡No puedo más! Si supieras cuánto la odio... y cuánto te odio a ti… ¡me has arruinado la vida!
Un largo silencio siguió a los reproches de Carolina. Entonces Alejandro se dio la vuelta, y la contempló. Ella continuaba mirándole, tenía los ojos húmedos y respiraba entrecortadamente. Alejandro se acercó.
-Mira en lo que me he convertido por tu culpa. –murmuró Carolina.
El rostro de Alejandro se endureció. Tomó a Carolina por los brazos, sosteniéndola fuertemente, y la atrajo hacia él. La besó en la boca, con determinación y un poco de rabia, quizás hacia él mismo.
Ella se sorprendió, no esperaba un beso como aquél. Luego, él la llevó hacia la cama, y la tiró sobre el colchón. Se tumbó sobre ella, y la besó de nuevo.
Ana entró en su habitación, y encendió la luz del cuarto. Su prima Estefanía estaba tumbada sobre su cama, dormida. Seguramente llevaba horas esperándola.
Ana empezó a desvestirse sin decirle nada. De pronto, Estefanía se sobresaltó en sueños, y abrió los ojos.
-Ana… -musitó al verla. -¿Qué hora es?
-Tarde. –respondió ella.
Estefanía se incorporó con dificultad, y bostezó.
-¿Cómo te ha ido? –inquirió frotándose los ojos.
-Bien. –contestó escuetamente Ana.
-¿Te gustó la ópera?
Ana sonrió, recordándola. Desde el encuentro con Alejandro, sólo él había ocupado su pensamiento.
-Maravillosa. –dijo ella. –Luego hemos ido a una fiesta en casa de los… ¿Venegas?
Estefanía asintió con la cabeza.
-¿Y él? ¿Cómo te fue con él? –quiso saber ella.
Ana se encogió de hombros.
-Es un hombre encantador...
-Y guapo. –apuntó Estefanía.
-Me ha acompañado hasta la puerta. –le contó Ana. –Y me ha… besado.
Estefanía abrió los ojos de par en par.
-¿Te besó? ¿Un hombre te ha besado?
Ana no se inmutó, y se dispuso a colgar el vestido en el armario.
-Me he preguntado tantas veces que debe de sentirse… -comentó Estefanía, como una niña pequeña. -¿Cómo fue?
-Pues… un beso. –dijo Ana, con indiferencia.
-¿Ya está? Lo dices como si te besaran a diario…
-No sé, estoy confusa. –replicó Ana. –Fue un beso agradable.
Estefanía la escrutó con la mirada.
-No estás confusa, estás triste. –observó.
Ana se sentó sobre una silla.
-Tengo ganas de llorar… -confesó.
-¿Qué pasó? ¿Intentó propasarse contigo?
-¿Qué? –preguntó Ana, y sacudió la cabeza. -¡No!
-¿Entonces?
-Nos encontramos con… Alejandro. –le contó ella.
Estefanía frunció el ceño.
-¿Alejandro? –se sorprendió - ¿Tu Alejandro?
Ana asintió con la cabeza, sumida en sus pensamientos.
Carolina empezó a desabrochar la camisa de su esposo, mientras éste la llenaba de besos y caricias. No podía creer que por fin fuese a suceder. Metió la mano por dentro de la camisa, y le acarició el pecho. Gimió cuando él le mordisqueó un labio.
Pero entonces Alejandro pareció desinflarse. Se retiró de golpe, y se tumbó a su lado.
-¿Qué pasa? –preguntó ella.
-No puedo… no puedo… lo siento, Carolina…
Antes de que pudiera terminar la frase, Carolina se levantó de la cama, y salió corriendo, cerrando la puerta de la recamara con un sonoro portazo.
Alejandro se pasó las manos por la cabeza, y suspiró, agotado. Pensó en Ana. Ella había declarado que ya no le odiaba. ¿Cómo podía haberle perdonado después de todo lo que le había hecho? Tal vez ella ya no le amaba, y todo lo pasado le resultaba indiferente. Quizás amase a otro. Quizás ese otro fuese Nicolás. En cambio, la forma en que habían bailado… era como si todo siguiese intacto, latente. Estaba confuso. ¿Qué había significado aquel encuentro?
Alejandro desvió la mirada, y vio la hora en el reloj colgado de la pared. Era más de media noche, y su esposa había salido abruptamente de la habitación. Él había estado apunto de hacerle el amor, y en el último momento, no pudo. No quería herirla, y por eso había parado. No se sentía preparado, pero sabía que Carolina se lo tomaría como una ofensa, y una nueva humillación.
Aquella pequeña pensión era el lugar favorito de Ángel cuando no le apetecía regresar a la casa de su padre a dormir, y huía de los hoteles lujosos para poder pasar desapercibido. Pocas personas sabían que pasaba noches enteras allí. A veces le acompañaba alguna mujer, la mayoría estaba solo.
Por eso se sorprendió cuando la dueña de la pensión le informó de que tenía visita. Apuró el último sorbo de su copa de coñac, y esperó a que la persona que había ido a verle apareciera en la habitación.
-Aquí está. –dijo la dueña de la pensión, doña Mercedes. –Yo me retiro. No hagan ruido, y si necesitan algo, ya saben donde buscarme.
Una vez doña Mercedes se hubo ido, ella pasó al cuarto. Ángel estaba contemplando las calles vacías de la ciudad a través de la diminuta ventana de la recamara. Se volvió, y parpadeó dos veces antes de poder hablar.
-Tú… -musitó.
Carolina no dijo nada. Estaba pálida, desencajada, y con el cabello suelto y alborotado. Tenía los ojos rojos, y le miraba fijamente. Ella cerró la puerta, y atravesó la pequeña habitación hasta llegar a él.
Se paró frente a Ángel en silencio. Estiró una mano, y le tocó la mejilla con la punta de los dedos, casi imperceptiblemente.
-Dices que ya no me amas. –habló Carolina. –Pero me preguntaba si… si quizás aún me deseas.
Ángel apartó su mano con suavidad, y la observó detenidamente. Había olvidado lo hermosa que era, y lo vulnerable que se sentía en su presencia. Aquella endemoniada mujer tenía un poder especial para hacerle perder los papeles y volverle loco por completo.
Sus rasgos parecían más delicados a través de la tenue luz que iluminaba el cuarto. El lugar no podía ser más sombrío y humilde. Todo el mobiliario se reducía a la cama, un par de sillas, y una mesita sobre la que estaba la vieja lámpara.
Carolina rompió el incómodo silencio. Se movió, y le besó en los labios, con rapidez y decisión. Ángel sintió que los labios le ardían. Se inclinó y le devolvió el beso. Poco a poco, la timidez desapareció, y los dos volvieron a sentirse como en el pasado.
El beso se hizo apasionado y urgente. Ángel sostuvo la nuca de Carolina con una mano, y ella, hambrienta, empezó a desabrocharle la camisa. En esta ocasión, como tantas otras antes, con este hombre, ella sabía que no había posibilidad de rechazo.
Ángel le revolvió el pelo con la mano, la besó en el cuello, y subió de nuevo hacia su boca. Sus lenguas juguetearon expertas. Ambos conocían de memoria el camino.
Mientras ella buscaba a tientas el cierre del pantalón, Ángel cerraba el puño de su mano en las faldas de Carolina, y se las subía poco a poco, hasta que por fin encontró una de sus piernas. Carolina gimió, y se separó, lo necesario para intentar por si misma desabrocharse los botones del vestido, a su espalda.
Perdieron el equilibrio, y cayeron sobre la cama. En un último esfuerzo, Carolina se desprendió del vestido, y lo tiró al suelo. Ángel tenía el torso desnudo, y estaba tan fatigado como excitado.
Ella estaba debajo de él, preparada. Sus ojos brillaban. Ángel la miró un segundo, como si quisiese hacerle muchas preguntas. Pero no las hizo. Nunca se habían dado explicaciones. La besó en la boca, y luego hundió su cabeza en el cuello de Carolina.
Ella dio un pequeño grito cuando él hurgó con los dedos en su entrepierna. Hacía tanto tiempo que no sentía un placer tan agudo, que cuando él la penetró los ojos se le llenaron de lágrimas. Carolina tenía ganas de llorar, y no quería que aquello acabase. Le clavó las uñas en la espalda, y cerró los ojos, en éxtasis.
Poco después, se quedó dormida. Ángel la cubrió delicadamente con una sábana, y se echó a su lado. Estaba agotado, pero no cerró los ojos ni tuvo la tentación de dormirse. Apoyó la cabeza sobre una mano, y hundió el codo en la almohada. La contempló, largamente. No lo entendía. Carolina le había abandonado y se había casado con otro. Y ahora había vuelto a sus brazos sin más. ¿Por qué?
-¿Qué estás mirando? –preguntó ella, horas más tarde, cuando abrió los ojos.
-Estaba pensando. –contestó Ángel, impasible. – Trataba de averiguar porque estás en mi cama otra vez.
Carolina bostezó, y se movió un poco, hasta quedar de nuevo cómoda. Seguía teniendo sueño, pero debía volver a su casa.
-Había olvidado lo bien que se duerme aquí… -comentó ella, con los ojos cerrados.
-Estás casada. –dijo él.
-Y tú prometido. –repuso Carolina, indiferente. –Pero hay cosas que nunca cambian…
-Yo he cambiado. Mis sentimientos hacia ti lo han hecho. –replicó él.
-No lo he notado. –contestó Carolina, sonriendo. –Acabas de hacerme el amor con la misma furia y pasión de siempre. No puedes evitarlo, Ángel.
-¿El qué?
-Amarme como yo amo a Alejandro. –le espetó ella.
Ángel encajó mal aquello. Por unos instantes había olvidado lo hiriente que Carolina podía llegar a ser. Lo disimuló con una sonrisa cínica.
-No vales nada, Carolina. No me extrañaría que tu esposo a estas alturas ya lo haya descubierto, y por eso tengas que venir aquí a satisfacer tus necesidades. –dijo él.
Carolina le miró, furiosa, pero no contestó. Ángel se levantó de la cama, y se puso los pantalones.
-Deberías irte. –prosiguió Ángel.
-Será un placer.
Isaura sabía porque la había mandado llamar. En el fondo, lo estaba esperando. Entró en el despacho temblando de miedo.
Andrés la esperaba sentado, y con los brazos cruzados. No parecía ni furioso ni desafiante, tan sólo frío y muy distante.
-Supongo que ya sabes porque te he mandado llamar. –empezó él. –No voy a acusarte ni nada por el estilo. No eres una mala muchacha, y no tengo nada en contra de ti. Tú no tienes la culpa de esto.
Isaura tragó saliva, nerviosa e incapaz de encontrar una respuesta.
-Quita esa cara de susto, niña. –le dijo Andrés, con cierta amabilidad. –No voy a hacerte nada, ni voy a hablar con tu familia. Nada.
-Entonces… -murmuró Isaura con un hilo de voz. –Entonces… ¿qué quiere de mí?
-Mi hijo no sabe razonar, así que espero que hagas eso por él. No dudo que seas sensata pese a haberte involucrado con él. Sé como es Esteban, y sé el poder de seducción que tiene en las mujeres. En fin, es guapo, rico y tiene se carisma descarado que tanto os atrae… así que no te culpo. –Andrés hizo una pausa, y la examinó. –Vuelve a tu casa, y prometo encontrarte otro trabajo, en otro lugar.
Isaura se llevó una mano instintivamente al vientre. Sabía que la iba a echar.
-Su hijo me quiere. –dijo ella, tímidamente.
-Eso es lo que él cree o quiere hacerme creer… sólo es otro de esos intentos suyos por llamar la atención. –se apresuró a responder Andrés. –Créeme, le conozco. Y aunque así no fuera, tengo muchos años más que vosotros, y más experiencia… y esto es una tontería.
-Perdóneme, señor… pero nosotros no lo sentimos así…
-Aún eres una niña, Isaura. No funcionaría. Sois demasiado diferentes. –concluyó él.
Aquel muro de las clases sociales contra el que ella había luchado siempre. Su mejor amiga, su segunda familia, y ahora el hombre que amaba pertenecían a la clase para la que ella trabajaba. Siempre tan cerca, y sin poder mezclarse.
-Los sentimientos no cuentan, entonces. –repuso ella, nerviosa, y ruborizada por la vergüenza.
-Por favor… -suspiró Andrés. –No nos pongamos melodramáticos. Simplemente quiero que recojas tus cosas y vuelvas a San Pedro con tus padres. Diles que ya no te necesitamos aquí, nada más. Afuera te esperará un coche.
Isaura no podía hacer nada. Eso le correspondía a Esteban y lo sabía. Se puso en pie, y le miró un segundo antes de darse media vuelta y abandonar el despacho.
Carraspeó para aclararse la garganta antes de hablar.
-Él me buscará, señor. –musitó.
Andrés no levantó la vista hasta que ella abandonó el despacho. Se reclinó en su asiento, y exhaló un suspiro. Las canas empezaban a aflorar en su pelo, y tenía un par de arrugas en la cara que le recordaban su edad y su sabiduría. Que le recordaban que él sabía, mejor que nadie, lo que le convenía a su hijo.
Hizo la maleta con un nudo en la garganta y aguantando las ganas de llorar. Apenas tenía cosas que recoger, y lo hizo rápido. Estaba asustada, nerviosa, agotada.
Isaura revisó el cuarto con la vista unos segundos antes de dejarlo. Entre aquellas cuatro insignificantes paredes habían transcurrido los momentos más trascendentales de su vida, o al menos los que la habían cambiado del todo. Nada volvería a ser igual a partir de entonces. Nada.
Cogió su pequeña maleta, y se encaminó al despacho de Esteban. Entró en él sin llamar, azorada. Posó la maleta en el suelo, y comprobó que tan sólo estaba Daniel.
De pie, al lado de la ventana, él se volvió cuando la oyó. Isaura se pasó la mano por la frente, y le sonrió, sin ganas.
-Me voy… -murmuró, entre lágrimas. -¿Dónde está… él?
Daniel la miró, con semblante serio y preocupado.
-Fue a San Pedro, a revisar algunas cosas… quizás esté aquí para la comida… lleva toda la mañana trabajando sin parar… sin hablar, muy pensativo… ¿te vas? –habló él, desconcertado.
-Tu tío me ha echado, no quiere que esté cerca de su hijo… -expuso ella.
-Entiendo. –contestó Daniel, en un susurro.
-Me voy ahora, a casa de mis padres… -continuó Isaura. –Díselo, por favor.
-Por supuesto… ¿hay algo que pueda hacer?
Isaura negó con la cabeza, y siguió reprimiendo el llanto.
-Lamentablemente, no…
-¿Sabe mi tío que estás embarazada?
Ella negó de nuevo con la cabeza.
-Debiste decírselo, eso le haría ver las cosas de otro modo… -opinó él.
-O tal vez no. –disintió Isaura. –En cualquier caso, no quiero utilizar a mi hijo. Quizás eso sólo empeoraría las cosas entre ellos. Y además, quiero que me acepten a mí. Quiero que Esteban me defienda a mí, y no que use a mi hijo para que su padre me apruebe…
-No es momento para ponerse dignos, Isaura. Eso debiste pensarlo antes de compartir tu habitación con mi primo. –le espetó Daniel y se sintió tremendamente violento cuando se dio cuenta de lo que había dicho. –Perdóname, no quise…
-Lo sé. –le sonrió ella, con afecto. –Y tienes razón. Pero si algo me ha enseñado la vida en esta última época, es que las cosas pasan por una razón…
Daniel observó que sus ojos estaban húmedos, y comprendió cuánto debía estar sufriendo. Se acercó a ella sin pensarlo, y la estrechó entre sus brazos. No era la primera vez que lo hacía, y para Isaura resultó tan reconfortante como siempre.
Ella hundió la cabeza en su cuello, y aspiró el sereno aroma de Daniel. Cuando Isaura levantó de nuevo la cabeza, sus ojos se encontraron y el ambiente de intimidad se hizo tan intenso e incómodo, que los dos se separaron instintivamente.
-¿Quieres que te acompañe? –balbuceó él.
-No es necesario. –respondió ella. –Pero… gracias.
Carolina había entrado sigilosamente en casa aquella madrugada, y se había acostado al lado de su esposo, callada. Alejandro estaba durmiendo y no la oyó entrar. Por la mañana, cuando él se levantó para ir a trabajar, ella fingió seguir durmiendo. En realidad, no quería hablarle ni afrontar una discusión. No estaba avergonzada ni arrepentida por lo que había hecho, sólo lo suficientemente irritada como para no poder abordar una conversación con su marido, al menos no inteligentemente.
Se sorprendió cuando él se plantó ante ella, la tomó de un brazo y la obligó a ponerse súbitamente en pie. Las mantas cayeron al suelo, y ella se tambaleó, tan perpleja que no pudo articular palabra.
-Vístete. –ordenó él. –Vienes a casa de los Garza conmigo.
-¿Qué?
-Ayer Claudia te pidió que fueses para ir con ella a hacer algunas compras, para el ajuar de Rosa. No vas a dejarla plantada. –explicó Alejandro, muy serio. Molesto.
Carolina asintió con la cabeza, y tragó saliva, incapaz de protestar.
Isaura se dirigió a casa de Juan y Mónica, pues sabía que a aquellas horas era imposible encontrar a nadie en la suya. Entró por la puerta de la cocina, que estaba vacía, y dejó allí la maleta.
Luego, se sentó a esperar en una silla. No tenía idea de cómo contárselo a su madre, ni siquiera sabía si podría. Quizás debía esperar. Todavía no entendía cómo podía estar metida en semejante problema.
Meche apareció con Azucena en la puerta pocos minutos después, una llevaba una bandeja en la mano, y la otra una jarra con agua. Venían del comedor.
Su madre se sorprendió al verla. Isaura se puso en pie, y recibió el beso de su madre a modo de recibimiento sin decir nada.
-¿Qué haces aquí? –preguntó Meche, y se fijó en la maleta. -¿Te han echado?
Isaura asintió con la cabeza, avergonzada.
-¿Hiciste algo? –intervino Azucena, que calló al instante al ver la mirada de Isaura.
-No… -murmuró la joven, abatida. –El señor Andrés dijo que ya no necesitaban mis servicios, y que me buscaría trabajo en otro lugar.
-Oh, vaya… -comentó Meche, contrariada. –Bueno, ya que estás aquí, ayúdame a limpiar la casa.
Isaura sonrió a su madre, y ella le hizo una caricia en la cara.
-A tu padre le alegrará volver a tenerte en casa.
Cuando entraron en la casa de los Garza, las primeras personas que vieron fueron a Fernando y Ángel, que salían de un cuarto, conversando animadamente. Carolina estuvo apunto de subir las escaleras con la excusa de buscar a Claudia, pero no le dio tiempo.
Ángel llevaba un traje gris oscuro, y su pelo negro estaba peinado hacia atrás, y recogido en una pequeña y discreta cola. Siempre había llevado el cabello más largo que los demás, y le favorecía. Era guapo, y siempre había tenido una larga lista de mujeres que le perseguían. Sus ojos eran castaños con motas en verde, de un tono extraño y peculiar. Cuando él la vio, Carolina bajó la vista.
Fernando les saludó con la cabeza, y habló.
-Habéis llegado temprano. Buscaré a mi esposa, Carolina. Vuelvo enseguida.
Cuando Fernando se hubo ido, los tres se quedaron en silencio.
-¿Cuándo es la boda? –preguntó Alejandro, poco después.
-En unos meses, aún no tenemos fijada la fecha. –contestó Ángel, escuetamente. - ¿Cuánto tiempo lleváis casados vosotros?
-Unos meses. –se apresuró a responder Carolina, deseando que Fernando o Claudia aparecieran pronto.
-¿Y para cuando vendrán los niños? –inquirió Ángel, con una sonrisa de cinismo.
-Hace poco esperábamos uno, pero lamentablemente Carolina sufrió un accidente, y lo perdimos. –explicó Alejandro.
-Ya veo.
Justo entonces apareció el matrimonio Garza, y Carolina y Ángel intercambiaron una mirada de la que Alejandro no se percató.
-Alex, ven conmigo, tienes que revisar unos contratos… -habló Fernando.
Alejandro siguió a su jefe, pensando en lo raro que seguía pareciéndole Ángel.
-Oh, querida, acompáñame. Rosa está en su recamara, y vendrá con nosotras. –dijo Claudia, y empezó a subir las escaleras que llevaban a la otra planta.
Cuando Carolina se disponía a seguirla, Ángel la detuvo tomándola por una muñeca.
-¡Ey! –se quejó ella.
-Así que perdiste a tu primer hijo… -habló él, con burla.
Carolina se liberó de su mano con un movimiento brusco. Estaba furiosa.
-Cállate. –ordenó.
Ángel la miró, con desprecio.
-Me encantaría saber cómo has podido quedarte embarazada si no puedes tener hijos.
-¡Baja la voz! –se exasperó Carolina.
-O debería decir que ya no puedes, después de haber abortado a nuestro hijo…
Escrito desde Aug 24, 2005, 11:07 PM de la dirección IP 195.29.130.28