Capítulo XXXI

by Cris (no login)

 
-Juan… -murmuró Alejandro y entonces la vio tras él. –Ana…
Ella asomó tímidamente al lado de su padre. Estaba hermosa, y también incómoda. Carolina quizás no lo apreciaría, incluso quizás tampoco Juan. Pero él sí.
Se acercó a Juan instintivamente, y le dio un abrazo.
-Juan… me alegro de verte. –habló Alejandro. -¿Cómo están Mónica y Daniel?
-Bien, bien, gracias, hijo. –contestó Juan con una gran sonrisa. Para él, aquel muchacho siempre había sido como un hijo más. –Vine a ver a Ana, y tu abuelo me pidió que me pasara a verte, y te traigo una carta de él.
Carolina les observaba a unos pocos pasos de distancia.
-¿Pido a las criadas algo de beber o comer? –inquirió.
-No es necesario… -respondió Juan.
Alejandro le devolvió la sonrisa.
-Os quedáis a cenar. No podéis iros así sin más… -les invitó.
Carolina hizo una mueca de fastidio, y se encaminó a la cocina para ordenar la cena. Entonces Juan extendió la mano, y le entregó la carta a Alejandro. Él la guardó en el bolsillo de la chaqueta. Se hizo un silencio que enseguida rompió Juan mirándoles a ambos.
-¿Ya ni siquiera os saludáis? –comentó.
Ana sonrió nerviosamente, y se aproximó a Alejandro.
-Hola, Alex. –musitó muy cerca de él.
Alejandro se inclinó, y le dio un beso en la mejilla.
-Hola, Ana. –contestó, mientras sus ojos se clavaban en ella.
De pronto, Ana sintió como se quedaba sin aliento, como tantas otras veces, y bajó la vista.
-Tienes una casa impresionante. –habló Juan ajeno a todo.
-Gracias. – contestó Alejandro, educadamente. –Os la enseñaré mientras la cena está lista.

Isaura no podía moverse. La pena, y la decepción eran incluso superiores al enfado. Su madre había entrado allí justo después de que aquella horrible mujer se hubiese ido, le había dado un beso en la mejilla y le había dicho que la esperaba en casa. Ni siquiera se había fijado en la chaqueta que reposaba sobre una de las sillas.
Quería llorar, y no podía. Sabía que él aparecería, y así sucedió. Poco antes de la hora de la cena, antes de que ella tuviese que servir a los señores, Esteban entró en la cocina con una sonrisa que rompió el enfado de Isaura y lo convirtió en ira.
-Buenas noches, cariño. –habló él.
Cerró la puerta, y se acercó a ella. Cuando iba a darle un beso en la cara, Isaura movió la cabeza, y se levantó de súbito. Esteban la miró, sorprendida.
-¿Qué pasa? –preguntó. –Pensé que las cosas ya habían quedado aclaradas esta mañana…
-Eres despreciable. –farfulló Isaura. –No soy para ti más que una más…
Esteban frunció el ceño, contrariado.
-¿De qué estás hablando?
Isaura se movió, buscó en una silla, y sacó la chaqueta. La dejó caer sobre la mesa de la cocina. Él palideció al verla.
-Te prometo que hay una explicación… -dijo, sin pensar.
-Ella ya me la ha dado. –replicó Isaura.
-¿No creerás a una mujer como esa antes que a mí, verdad?
-Ni siquiera te atrevas a mentir, Esteban. –protestó Isaura, indignada. –No te atrevas. Te conozco, y sé cuáles son tus… impulsos…
-Eso no es justo. Sabes que no he estado con nadie más que no hayas sido tú desde que empezó lo nuestro… -dijo él, y movió una mano para ponérsela sobre el hombro a Isaura, pero ella se apartó de nuevo dando un paso hacia atrás.
Se miraron, fijamente.
-No me digas que es justo. –murmuró ella entre dientes.
-Está bien. –aceptó él, y suspiró, largamente. –Anoche estaba ofuscado, triste, y borracho…
-¿Y qué? Yo estaba tan triste, y dolida como tú pudieras estarlo, y asustada, y no por eso me eché en brazos de otro hombre…
-Es diferente. –respondió Esteban.
-Es diferente porque yo no soy como tú. No arreglo los problemas acostándome con otros.
-Es diferente porque tú eres mujer.
Isaura dejó escapar una exhalación ahogada.
-¿Qué? –inquirió, ofendida. -¿Por qué soy mujer? Tú y yo somos iguales…
-Sabes que no es cierto.
Isaura le miró, aún más dolida.
-¿Hablas de la clase social? –preguntó, estupefacta. –No lo tuviste en cuenta cuando te metiste en mi cama en Campo Real.
-No quiero discutir sobre eso, ¿vale? Nunca lo he tenido en cuenta, ni siquiera lo de tu madre, no voy a empezar ahora…
-¿Lo de mi madre? –repitió Isaura, desconcertada.
Esteban se sentó en una silla, cerca de ella.
-No tienes que avergonzarte, no me importa. –comentó él.
-¿De qué estás hablando? –prosiguió Isaura, sin entender ni una palabra.
-No me importa que tu madre tenga el pasado que tenga, pese a lo que diga mi padre. –soltó Esteban. –No me importa que fuese… una prostituta, sus motivos tendría, y tampoco lo de tu padre…
-¿Dé que demonios estás hablando? –dijo ella, con un hilo de voz, y los ojos llorosos.
Esteban observó su expresión, y comprendió entonces que ella ignoraba toda la historia. Ella no lo sabía hasta que él había abierto la maldita boca. Por supuesto que no lo sabía.
-No… no sé… de dónde has sacado eso… pero es… falso… -tartamudeó Isaura, absolutamente abrumada por la información recibida.
Esteban se puso en pie, y trató de abrazarla, pero ella se lo impidió.
-Lo siento, tienes razón. –dijo él, pero ya era tarde. –Mi padre mintió.

-Y esta es nuestra habitación. –dijo Alejandro al abrir la puerta de la alcoba.
No era la primera vez que Ana pasaba por aquello. En Campo Real también había visitado la habitación del matrimonio, y probablemente tendría que hacerlo también en la casa de San Pedro.
Como el resto de la mansión, la recamara era espectacular. Se preguntó cómo sería pasar cada día con Alejandro en un lugar como aquel. Sintió una profunda oleada de celos.
Alejandro se sentó a los pies de la cama mientras ellos contemplaban la estancia. Miró a Ana, que tenía la vista perdida.
-Ana… -la llamó, y ella volvió de súbito la cabeza hacia él. – No sé si has pensado en la posibilidad de inscribirte en la universidad… no tendrías que hacer ninguna carrera, pero hay cursos que quizás te gustarían… sobre todo, los de literatura o escritura…
Ana le sonrió, dulcemente.
-Conoces a mi hija mejor que nadie. –comentó Juan, con orgullo.
-La verdad, me encantaría… -contestó Ana. –El ritmo de la ciudad es agotador, pero me da la oportunidad de hacer cosas que siempre he querido…
-Puedo acompañarte si quieres. –propuso Alejandro.
-Claro. –musitó ella. –Si quieres…
Juan se paró al lado de una de las mesitas, y levantó una fotografía. En ella estaban Ana y Alejandro, el día de la boda.
-Parece mentira que ya estés casado, muchacho… -comentó él.
Ana miró la foto, y su rostro se entristeció. Alejandro estaba casado, y eso no iba a cambiar. Lo sabía desde hacía mucho tiempo, y aún así había una parte de si misma que se negaba a creerlo. Pero ya no podía seguir así. Alejandro debía quedar en el pasado. Ya era tiempo de olvidarle por completo.
-Si me disculpáis, creo que os esperaré abajo… -dijo ella, saliendo del cuarto.

-Por favor, no me odies. No podría soportarlo. –rogó Esteban.
Isaura seguía mirándole, tan herida y atónita al mismo tiempo, que él la sentía lejana como una estrella.
-Me has hecho tanto daño… -habló ella, reprimiendo las lágrimas. –Todo esto me supera, es más fuerte que yo o el amor que te tenía.
-¿Me tenías?
-No estoy segura de nada, Esteban. –continuó Isaura, en voz muy baja. –Te acostaste con otra mujer, y ahora esto… y tengo que soportar el desprecio de tu padre…
-Creí que te había perdido…
-Y además con Isabel… -le reprochó ella con la voz temblorosa. –Esa mujer me desprecia, y sabes los celos que le tenía, y aún así…
-Ella ni siquiera me gusta, te amo a ti, ella no significa nada para mí… -intentó explicar Esteban.
-Pero aún así te acostaste con ella. –insistió Isaura. –Y eso no te deja en muy buen lugar. Me has hecho a mí lo que le has hecho a las demás, no me has respetado, ni has tenido en cuenta mis sentimientos, o cómo podría sentirme si me enterase… sólo te importó tu egoísmo. Tu dolor, y no contaste con el mío.
-No sé como… arreglarlo. –dijo él, y se encogió de hombros. –Ojalá pudiera dar marcha atrás, pero no puedo… así que sólo te pido que me perdones.
-Y ahora lo de mi madre. –añadió Isaura entre sollozos. –Ella es la mujer más buena, decente y honrada que conozco…
A Esteban se le rompió el corazón una vez más al verla. Conmovido, la abrazó pese a la resistencia de ella. La sintió tibia, frágil, y suya.
-Por favor… -susurró en su oído. –Perdóname…
Esteban movió la cabeza, la besó en una mejilla, y luego buscó su boca. Pero entonces ella le separó con brusquedad de un empujón.
-¡No me toques! –gritó ella. –No con las mismas manos que la tocaste a ella…
Esteban dio un paso hacia atrás, turbado.
-Recuerdo… recuerdo la primera vez que me fijé en ti, en esta casa, y después en esta cocina, cómo intentaste limpiarme el pantalón… recuerdo lo nerviosa que te ponía… recuerdo la primera vez que te besé en la bodega… recuerdo cómo me mirabas. Asustada, y con deseo.
-Cállate. –pidió ella, más triste que enfadada.
-No lo puedes haber olvidado… no puedes haber olvidado cómo nos sentimos cuando estamos juntos. Por favor, Isaura, te lo suplico… no lo dejes todo atrás por un error.
-Si lo ves así, es que no lo entiendes. –repuso ella. –No es un error, es… todo lo que supone. No sé si puedo confiar en ti… y no puedo soportar imaginarte con ella, no puedo dejarlo a un lado… y luego está lo de tu padre… son demasiadas cosas. Y lo que acabas de decir de mi madre…
-¡Ya te he dicho que lo siento! –interrumpió él, exasperado.
-Pero eso no basta.
-¿Entonces qué? ¿Vas a volver a dejarme?
Isaura guardó silencio, pero él vio en su mirada la respuesta.
-No puede ser… -musitó Esteban.
-Y esta vez… será para siempre. Es obvio que tú y yo, no podemos ser felices juntos. –Isaura hizo una pausa para calmar su llanto. –Debí verlo mucho tiempo atrás… somos demasiado diferentes. Y tú no estás preparado ni para asumir el compromiso, ni para enfrentar a tu padre… ni para ser fiel.
Esteban apoyó una mano en la mesa, partido por el dolor.
-No puedes hacernos esto. –se quejó.
-No he sido yo.
Mónica asomó en la cocina, apurada.
-Isaura, ¿podrías servirnos la cena? –preguntó, y se paró al ver a su sobrino allí. –Esteban… ¿qué haces tú aquí?
Isaura se limpió las lágrimas con una mano, y Esteban se giró, intentando sonreír a su tía Mónica.
-Hola, tía. –la saludó, y le dio un beso en la cara.
-Vino a buscar su chaqueta… se la dejó el otro día que… vino a veros y no estábais. –mintió Isaura extendiéndole la chaqueta a Esteban. El la cogió sin apartar la vista de Isaura.
-¿Y por qué no entras por la puerta principal? –inquirió Mónica, extrañada.
-Porque supuse que estaría aquí… -comentó Esteban.
-¿Quieres quedarte a cenar? –le invitó Mónica. –Tu primo Daniel debe de estar al llegar.
-No, no, gracias… será mejor que me vaya. Adiós, tía.
Esteban besó a su tía, y salió de la cocina rápidamente, sin mirar atrás.

Ana intentó recordar el camino de vuelta al salón principal. Una vez salió de la recamara, siguió el largo pasillo que conducía a la gran escalinata. Se paró en seco cuando se dio de frente con Carolina. Incómoda, se agarró a la barandilla con una mano.
-Venía a buscaros para la cena. –habló Carolina.
-Están en vuestra habitación. –le contó Ana. –Si quieres que les diga algo…
-Ya lo hago yo, tranquila. –contestó Carolina con una falsa sonrisa. –Hacía mucho tiempo que tú y yo no nos veíamos a solas…
Ana asintió con la cabeza, y vio como Carolina la medía con la mirada.
-Espero que no vengas muy seguido, lo cierto es que molestas. –le espetó Carolina, con desprecio.
Ana hizo una mueca, sorprendida, pero no amedrentada. Estaba acostumbrada al soberbio tono de voz de Carolina.
-A Alejandro nunca le molesto. –respondió, secamente.
-Esta es mi casa, Ana. –repuso Carolina. –Ni por un segundo te imagines que podrás perseguir a mi marido por aquí del mismo que lo hacías en Campo Real o San Pedro…
-¿Qué? –preguntó Ana, indignada. –Jamás he perseguido a tu marido, Alejandro y yo…
-¡No te hagas la mosca muerta conmigo! –la interrumpió Carolina, tajante. -¿Crees que soy estúpida? Me doy cuenta de cómo le miras, sé lo que sientes por él, siempre lo he sabido.
Entonces Ana se sintió culpable. Culpable por amar a Alejandro, y por lo que había pasado entre ellos en la Palapa. Aunque hasta el recuerdo de aquel día se tornaba confuso y lejano.
Carolina dio un paso al frente, y se detuvo a un escaso espacio de Ana. La miró, de arriba abajo.
-Te odio. –le dijo, en voz muy baja, tanto que Ana lo dudó por un segundo.
-La antipatía es mutua, Carolina. –replicó Ana, segura de sí misma. –Pero ya que las dos queremos a Alejandro, lo mejor será tolerarnos por su bien.
Carolina esbozó una sonrisa, irónica.
-¿Su bien? –repitió. –No seas descarada… lo único que tú quieres es ocupar mi lugar.
-¿Sabes? Para ser alguien que está tan segura del amor de su marido, te preocupas demasiado por mí, ¿no crees?
Ana sonrió, satisfecha por la reacción evidente de Carolina, e hizo ademán de irse. Pero la mujer la agarró por un brazo, impidiéndoselo.
-Te odio. –dijo, más despacio. –Y nadie me deja con la palabra en la boca.
Ana se soltó de su brazo, con determinación, y en ese momento, inesperadamente, Carolina levantó una mano, y le dio una cachetada.
-Esto es por meterte en mi camino. –comentó, furiosa.
Ana la miró, respirando hondo, y tratando de calmarse. Notó como la mejilla se le encendía por la bofetada, y también como el genio se iba apoderando de ella. Deseó poder dominarse. Carolina la estaba provocando, era lo que buscaba.
-¿Y sabes una cosa más? –prosiguió Carolina. –La única razón por la que maltrataba a la tonta de tu amiga, Isaura… era por eso… porque era tu amiga, y la odiaba tanto como a ti… y si estuviera aquí, seguiría pegándola… era tan estúpida como tú, pero inferior y por eso podía volcar en ella todo mi desprecio hacia ti…
-Eres una bruja. –la insultó Ana, empezando a perder los nervios. –Y no mereces a Alejandro.
Carolina le dio otra bofetada, más fuerte. Probablemente le había dejado los dedos marcados en la cara, y Ana ya no vio más que la rabia. La vista se le nubló, y simplemente reaccionó. Acalorada, sintiéndose humillada, y violenta, le devolvió el golpe, con rapidez y cólera.
Carolina volvió a abofetearla, y Ana se lanzó sobre ella, tirándola al suelo. Carolina cayó con ella encima, y la agarró por el cabello, mientras ambas forcejeaban.
El ruido que provocaron hizo que Juan y Alejandro salieran precipitadamente del cuarto.
-¡Carolina! –gritó Alejandro al verlas enzarzadas en la pelea.
Los dos corrieron hacia allí, y Ana sintió como los brazos de su padre la levantaban del suelo, mientras Alejandro se concentraba en ayudar a ponerse en pie a Carolina, y la impedía tirarse sobre Ana.
-¡Os habéis vuelto locas! –gritó Juan. -¡Ana, quieta!
Ana vio a Alejandro, y se calmó de golpe. Se quedó quieta, entre los brazos de su padre, despeinada, y sofocada.
-¡Se ha atrevido a pegarme, Alex! –protestó Carolina, fuera de sí, y sujetada por su marido. -¡En mi propia casa!
-¡Tú lo hiciste primero! –replicó Ana.
-¡Silencio! –ordenó Juan. –Alejandro, lamento todo esto… no sé que ha pasado, pero creo que será mejor que me lleve a mi hija de aquí.
-Sí, será lo mejor. –aceptó Alejandro.

-Isaura, pequeña… estás demacrada. –observó Mónica una vez Esteban había abandonado la cocina.
Ella se sentó, despacio, como si estuviese muy cansada. Mónica se sentó a su lado, y le tocó la nuca.
-¿Estás bien, Isaura? –se preocupó.
A Isaura le asomaron las lágrimas en los ojos.
-No… -murmuró, y entonces se armó de valor para preguntar. – Señora Mónica… ¿es cierto que mi madre fue prostituta?
Mónica se sobresaltó, sorprendida.
-¿Quién te ha dicho eso? –inquirió.
-Su sobrino Esteban, se lo contó su padre, y…
Mónica hizo una mueca, molesta.
-El tonto de mi sobrino… no le hagas caso.
Isaura analizó a Mónica detenidamente. Y entonces supo que era cierto. Respiró hondo.
-Es verdad. –dijo. -¿Cómo es posible?
-Isaura, no hagas caso de lo que los demás te cuenten, tú conoces mejor que nadie a tus padres. ¿Qué crees tú? –argumentó Mónica.
Isaura se quedó callada un instante.
-Creo que quiero a mi madre, haya hecho lo que haya hecho. –respondió.
Mónica le sonrió, con cariño.
-Eso es. Y nadie mejor que ellos pueden contestar a tus dudas. Pero quiero que sepas, que la vida muchas veces es más difícil de lo que parece, y en ocasiones se hace insoportable… eso nos puede conducir a tomar decisiones que de otro modo nunca habríamos siquiera considerado. –expuso Mónica.
-No dejaré de querer o admirar a mi madre por eso, se lo aseguro. –afirmó Isaura, tajante. Y se llevó la mano al vientre, pensando en lo insoportable que era en aquel momento su vida para ella misma.

-Ni se te ocurra salir tras ella. –advirtió Carolina a su esposo.
Alejandro la miró, y luego bajó las escaleras detrás de Juan y Ana.
-Les acompañaré hasta la salida. –declaró.
Carolina se mordió el labio inferior, enojada.
Una vez llegaron a la puerta principal de la casa, Juan se volvió hacia Alejandro, y se despidió de él con un gesto cariñoso.
-Te espero fuera, Ana. Voy a buscar el coche. –habló Juan, y salió de la gran casa.
Ana y Alejandro se quedaron en el umbral de la puerta, uno frente al otro.
-Lo lamento mucho, Alex. –confesó Ana, abatida.
Él se fijó en sus ojos verdes, realmente apesadumbrados.
-Está bien. –aceptó Alejandro. –Sé cómo es Carolina, no creo que sólo sea tu culpa.
-Ella me odia. –dijo Ana, segura. –Me lo ha dicho, y sé que no debí ceder a sus provocaciones, pero…
-Repito que sé cómo es ella, y cómo eres tú, y entiendo que no hayas podido controlarte. –repuso Alejandro, sereno. – No tienes que renunciar a venir a verme por eso…
Ana le miró, incrédula.
-Sabes que sí. – le contradijo.
Alejandro no contestó a aquello. Después, alargó una mano y le tocó la comisura de los labios.
-Tienes un arañazo aquí. –comentó, y subió la mano hasta acariciarle la mejilla. –Y tienes la cara enrojecida, ¿te abofeteó?
Ana asintió con la cabeza, mientras sentía como algo se alborotaba en su interior al percibir el contacto de la piel de Alejandro. Quería besarle.
Él dio un paso al frente, y se detuvo a escasos milímetros de ella. Los dos tenían la vista clavada en la boca del otro.
Pero entonces Juan llamó a su hija desde el carruaje, y todo aquello se desvaneció. Alejandro apartó su mano, y levantó la vista. Ana estaba observándole. Los dos lo habían sentido, y ella lo sabía.
Alejandro se movió, y le dio un suave y lento beso en la frente.
-Buenas noches, Ana. –dijo, y entró de nuevo en la casa.

Daniel entró en la cocina, e Isaura sintió de golpe algo de alivio. Él era la única persona con la que podía contar. Rompió a llorar, y se abalanzó a sus brazos antes de que él pudiese reaccionar.
Algo sorprendido, él la abrazó también, e intentó calmarla.
-Tranquila… -le susurró al oído. -¿Qué ha pasado?
Isaura se separó y trató de hablar entre sollozos.
-He roto con… con él… se acostó con otra, y me ha contado que mi madre... mi madre…
-¿Qué? –quiso saber Daniel, que no entendía a que venía lo de Meche.
Isaura se arrepintió, y decidió no contárselo.
-Se acostó con otra… -repitió.
-¿Cómo sabes eso? –preguntó Daniel, queriendo ser objetivo.
-Ella vino aquí, y él no lo negó…
-Dios mío… ¿Qué tendrá mi primo en la cabeza? –contestó Daniel, y puso una mano en el hombro de Isaura. –Hacerte esto a ti…
Isaura tenía el gesto comprimido intentando contener el llanto.
-Le odio.
-No es verdad. –disintió Daniel. –Y él te quiere, yo nunca había visto así a mi primo.
-¿Y lo qué ha hecho?
Daniel suspiró.
-Sé que no tiene justificación.
-No puedo perdonarle. – dijo Isaura. –Y no le diré que voy a tener un hijo suyo…
-Terminará sabiéndolo.
-No sé que hacer… no sé que hacer… ¿por qué él no puede ser cómo tú?
Daniel la miró, y esbozó una sonrisa afectuosa.
-Si así fuera, no te habrías enamorado de él. –explicó Daniel. –Pero no te dejaré sola, vamos, sécate las lágrimas.
Isaura obedeció, demasiado abrumada como para pensar.
-Te parecerá una locura lo que voy a proponerte. –empezó Daniel. –Pero sino arreglas las cosas con Esteban, no dejaré que tengas a ese hijo sola…y si tú quieres…
-¿Qué?
Daniel tomó aire, y entonces lo dijo.
-Cásate conmigo.



Escrito desde Mar 30, 2006, 7:23 PM
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