Estaban en la sala de la casa. Isaura no dejaba de mirar a Daniel, aterrorizada, y le pidió por favor que no le soltase la mano. Frente a ellos, extrañados, estaban Meche y el Tuerto, y Mónica. Ninguno entendía aquélla escena.
Era tarde, y ya habían cenado todos. Mónica iba a acostarse, cuando su hijo los había reunido a todos.
-¿Y bien? –preguntó Mónica dirigiendo su atención a Daniel.
-Hay varias cosas importantes que tenemos que comunicaros… -comenzó él, y buscó la aprobación en los ojos de Isaura. – Ella está algo nerviosa, así que os lo contaré yo.
La pareja estaba sentada, e Isaura notaba sus rodillas temblar. Tomó aire un par de segundos antes de que Daniel hablase.
-Nos tienes en ascuas, muchacho. –se impacientó el Tuerto.
-Su hija es una mujer extraordinaria… -dijo Daniel, sonriendo amablemente. –Y quería… bueno, es una decisión tomada por ambos, pero quería pedirle su mano porque queremos casarnos.
Mónica abrió los ojos desmesuradamente.
-¿Cómo? –inquirió ella.
-¿Qué dice? –preguntó a su vez el Tuerto. -¿Es una broma?
Meche miró a su hija, que agachó la cabeza.
-No, no lo es. –respondió Daniel. –Dejarme terminar y luego preguntad cuánto queráis.
Mónica estaba demasiado sorprendida para poder preguntar, así que simplemente asintió con la cabeza mientras tomaba asiento al lado de los padres de Isaura.
-Isaura va a… a tener un bebé. –soltó él de golpe, suponiendo el aluvión de exclamaciones.
El Tuerto se levantó en el acto, y fue Meche quién tuvo que detenerle.
-Papá… espera, por favor. –suplicó Isaura con un hilo de voz.
-¿Estás embarazada, hija? –preguntó Meche.
-¿Vais a ser padres? –dijo Mónica a su vez.
-Yo no… ella sí. –musitó Daniel.
-No entiendo nada. –protestó Meche. –Isaura, habla de una vez.
-Yo… -murmuró Isaura y sólo salió de su boca un sollozo.
-¿Has dejado embarazada a mi pequeña? –dijo el Tuerto en voz muy alta, y apunto de estallar.
-No es hijo mío. –repitió Daniel, tranquilo y amable, intentando calmar la crispación que se respiraba en el ambiente.
El Tuerto atravesó con la mirada a su hija, que no se atrevía a mirarle a la cara.
-Di algo tú, Isaura. –exigió.
-Ella está muy afligida… esto no es fácil para ella, así que os pido que me escuchéis a mí. Yo os lo contaré. –replicó Daniel.
Carolina estaba tumbada sobre la cama. No había protestado ante la reacción de Ángel. Él se estaba tomando su tiempo en desnudarla. Nunca le había visto así, o tal vez, no lo recordaba. Iba tan despacio que su ansiedad sólo aumentaba.
Una vez él la desprendió del vestido, se inclinó sobre ella, para lo que parecía ser darle un beso en el pecho, pero subió la cabeza y le dio un beso en la barbilla. Eso estaba descontrolando a Carolina.
Se incorporó, molesta.
-¿Qué demonios te pasa? –protestó. –No pienso dejar que tú también te burles de mí.
Ángel ni siquiera contestó, y desató el pelo de Carolina.
-Me gusta más cómo te queda suelto. –dijo.
Él se acercó, despacio, y la besó suavemente en los labios, mientras con una mano le acariciaba el cuello. Carolina se dejó vencer, no opuso resistencia, y su habitual conducta defensiva desapareció.
Cayó otra vez sobre la cama con Ángel sobre ella. Él separó sus labios de la boca de Carolina unos segundos, y le acarició levemente las mejillas con el roce de su nariz. Ella cerró los ojos. Había sentido la dulzura en Ángel, y tal vez, tal vez, incluso cariño…
Él la contempló brevemente, ella no le vio. Estaba ciertamente confuso, pero decidido.
Empezó entonces a hacerle el amor.
-Ese hombre se aprovechó de su inocencia. –relataba Daniel mientras todos le escuchaban. –Y bueno, no podemos culpar a Isaura de enamorarse del hombre equivocado, y de que éste después desapareciera. Mientras esto sucedía, yo estaba cerca de ella en Campo Real, así que he sido un apoyo para ella. Y nuestro cariño ha ido creciendo, así que la he propuesto matrimonio. No me importa lo sucedido, es más, la conozco lo suficiente como para estar seguro de que es una gran mujer.
Isaura le sonrió, imperceptiblemente, conmovida. Daniel no se dio cuenta.
-¿Quién es ese hombre, mi niña? –inquirió Meche con lágrimas en los ojos.
-Eso no importa, mamá. Él ha abandonado San Pedro y posiblemente no volvamos a verle. –contestó Isaura, algo más tranquila.
-¿Estáis enamorados? –intervino Mónica.
-Así es. –respondió Daniel. –Y perdonadme por contestar por los dos, pero Isaura es tímida y no le resulta cómodo hablar de esto.
-No sé que decir. –comentó el Tuerto.
-Señora Mónica… -habló Meche pidiendo su opinión.
Mónica suspiró.
-Bueno, me ha pillado por sorpresa todo esto. No sabía que mi hijo tenía estos sentimientos hacia Isaura, y tampoco lo que a ella le ha pasado. Soy comprensiva, y lo entiendo… y ella forma parte de esta casa y casi de esta familia. Mi esposo quiere mucho a tu familia, Facundo… -dijo Mónica y le sonrió. –No seré yo quién me oponga.
-Nosotros tampoco, al contrario. –contestó el Tuerto.
Isaura miró a su padre.
-¿No estás decepcionado de mí, papá? –inquirió ella, apenada.
-No, mi cielo, enfadado por no poder reclamarle a ese hombre, y disgustado por lo que te ha pasado… pero no decepcionado. –repuso el Tuerto.
Isaura soltó la mano de Daniel, se levantó, y se lanzó a los brazos de su padre, que la acogió, arropándola con un gran abrazo. Acto seguido, ella se sentó a su otro lado.
-También, y por último, nos gustaría que esto no trascendiera. –solicitó Daniel.
-¿Cómo dices? –repuso Mónica, sin comprender.
-Me refiero a su embarazo… no queremos que se sepa, no tiene porqué. Nadie. Y cuando digo nadie, mamá, me refiero también a mi tío Andrés y su familia. –se explicó Daniel. –Por Isaura, mamá.
-Pero es tu tío, Daniel… además, se acabarán enterando, hijo. –objetó Mónica.
-Pero si es después de la boda, pueden pensar que el niño es mío, no lo sé, mamá, en cualquier caso, no es algo tan difícil, es nuestra vida, sólo pedimos que no salga de esta casa. –repuso Daniel, tajante.
Mónica suspiró, abrumada por toda la información recibida.
-Está bien, Daniel. Veremos que dice tu padre de todo esto.
Carolina quedó tan satisfecha que se durmió profundamente. Cuando abrió los ojos, Ángel la contemplaba sentado en una silla frente a la cama, vestido y fumando tranquilamente.
Ella se incorporó, tapada con las sábanas. Debajo estaba completamente desnuda.
-Estás linda cuando duermes. –comentó él. –Incluso pareciera que eres una criatura inocente.
-Yo no he sido inocente en mi vida, y lo sabes. –protestó ella. –No finjas que no me conoces.
Ángel sonrió, imperceptiblemente, algo divertido.
-¿Se puede saber de que te ríes? –inquirió ella, molesta.
-Del mal genio que tienes, Carolina. No me extraña que tu marido no te aguante. –él hizo una pausa y de su boca salió una bocanada de humo. –Y de la costumbre esta que estás adquiriendo de venir a mi cama, y salir de ella insultándome… ¿tan mal amante soy?
Carolina enrojeció, de ira. Se levantó de la cama, resuelta y enroscada en una sábana.
-Dame mi ropa, quiero irme. –exigió.
-Está por el suelo, cógela tú misma.
Carolina recogió las piezas de su vestido, y su corsé, airada.
-Levántate. –dijo ella al llegar al lado de la silla de Ángel. –Mis medias están ahí debajo.
Ángel no hizo ademán de moverse.
-¿Qué me das a cambio? –preguntó.
Isaura se había ido con sus padres, que querían hablar con ella, a solas en su pequeña casa. Mónica y Daniel les despidieron, y luego entraron de nuevo en la sala.
-Mamá, estás preocupada, lo sé. –habló él.
Mónica se sentó en un sillón.
-Es tarde, mejor será que vayamos a dormir. –dijo ella. –Es sólo que, bueno, yo aprecio mucho a la familia de Meche, y también a su hija, pero no pensé que tú la quisieras de esa forma, que fueras a casarte con ella… y no es que me importe, porque siempre he dicho que aceptaría las parejas de mis hijos si les hacían felices, pero… ¿no has pensado en lo de su hijo?
-Lo he pensado, sí. Y aun así, estoy decidido. –contestó Daniel.
-Tendrás que quererla mucho y ser bueno con su hijo si aceptas ese compromiso, y sé que lo harás porque te conozco… sólo espero que te haga feliz, cariño. Todo esto me ha dejado tan sorprendida, ha sido tan… rápido… no sé que pensará tu padre… -se explicó Mónica.
Daniel la sonrió, con cariño. Sentía cierto remordimiento por no poder contarle toda la verdad, pero después de todo, lo hacía por Isaura. Callaba por ella. Así que, se acercó a su madre, y le dio un beso en la mejilla.
-Te quiero, mamá. –manifestó. – Y seremos felices juntos, te lo prometo.
-¿A cambio? –repitió Carolina.
Ángel sonrió de nuevo, y se puso en pie, permitiéndola coger las medias. Seguía fumando, impasible.
-¿Vas a volver por aquí o prefieres que yo vaya por tu casa? –comentó él.
Carolina le miró, furiosa.
-No te atrevas a faltarme al respeto.
Él se rió, abiertamente.
-Eres una hipócrita.
-¡No me insultes! –gritó ella.
-Soy un hombre prometido, Carolina… no puedo seguir haciendo estas cosas. –dijo él, con burla.
Ella le miró, algo extrañada. Ángel la había hecho el amor, y había sido algo más que sexo para él, se había dado cuenta, durante ese tiempo la había amado. Pero era muy posible que realmente la odiase.
Carolina alzó la cabeza, le daba igual.
-Me voy. –dijo, resuelta.
Juan se despidió de su hija mientras ella dormía. Le dio un beso en la mejilla, y le dejó una nota al lado de la cama. Detestaba las despedidas.
Al llegar a San Pedro, Mónica le esperaba radiante. Se lanzó a sus brazos en cuánto él entró en la casa, y le dio beso en la boca. Juan la estrechó entre sus brazos, y aspiró el aroma de su cabello. Cuánta falta le había hecho su esposa…
-Te he echado tanto de menos, Juan. –comentó Mónica, sonriéndole. –La casa está muy vacía sin ti.
-Yo también, mi amor. –dijo él. –No estoy acostumbrado a pasar tiempo lejos de ti.
-¿Qué tal está nuestra niña? –preguntó Mónica.
-Linda, hermosa, inteligente, y encantadora… de hecho, creo que hay un hombre que está cayendo ante sus encantos en la capital… -contestó Juan.
-¿Quién? –inquirió ella, sorprendida.
-Pues ese hombre, el hermano de la esposa de Alejandro. Que por cierto, no sabes lo que tengo que contarte, lo que pasó cuando les visitamos…
-Yo también tengo que contarte, Juan. –le interrumpió ella. –Nuestro hijo se casa.
-¿Cómo?
Nicolás la esperaba a la salida de la clase. Ana salió cargada con algunos libros, y le sonrió al acercarse. Se estaba acostumbrando a su compañía.
Con ella iba una compañera, una muchachita de la capital, probablemente de clase alta, que no dejaba de parlotear, y que se había arrimado a Ana rápidamente.
-Estás preciosa. –le dijo él al oído.
-Gracias. –musitó Ana.
La universidad era enorme, y los pasillos largos. A Ana le seducía todo aquello. Alejandro había tenido razón, pero claro, él la conocía a la perfección. Se entristeció un segundo al recordarle. Y cuando levantó la vista, aquella chica se estaba presentando a Nicolás.
-Eres un hombre realmente guapo… -decía.
Y de pronto, Ana se sintió malhumorada.
-Tenemos que irnos, Inés. –la despidió Ana. –Hasta otro día.
Ana se cogió del brazo de Nicolás, y se fue con él dejando a la chica con la palabra en la boca.
Al salir a la calle, Nicolás se rió.
-¿Qué? –inquirió Ana.
-Me ha hecho gracia la forma brusca en que has plantado a esa chica. –comentó él.
-No hay forma de hacerla callar.
-Ya veo. –dijo él e hizo una pausa. -¿Tu padre?
-Se ha ido ya de vuelta a San Pedro. Le echaré de menos.
-Estoy yo para hacerte compañía. Esta noche, de hecho, hay una función en el teatro que pensé que tal vez te gustaría, así que he comprado las entradas. –dijo Nicolás.
-¿Cuál? –preguntó ella, emocionada.
-Romeo y Julieta. –le comunicó él.
Ana sonrió.
-Me encanta. –opinó.
Esteban estaba almorzando con sus padres en el comedor de Campo Real. La resaca iba a hacer que le estallara la cabeza. La mesa estaba en silencio, hasta que Andrés habló.
-Mi hermano ya ha regresado de la capital. –dijo. –Su hija, Ana, está bien allí, por lo visto.
-Me alegro. –contestó Carmen.
Hubo una pausa, y entonces Andrés prosiguió.
-Hay una cosa que tal vez te interese, Esteban.
Esteban levantó la vista del plato, pero no contestó a eso. Continuó en silencio, masticando lentamente la comida.
-Es una noticia bastante curiosa… ¿sabes que tu primo se casa?
-¿Daniel? –habló Esteban, realmente atónito.
-Lo que supongo que no sabes, y le da un toque de… -él se quedó pensativo y no encontró la palabra. – un toque a la noticia, es quién es la novia…
Esteban se alarmó, aunque sin sospechar lo que venía detrás.
-¿Quién?
-Isaura, la hija del Tuerto, parece ser la elegida… -concluyó Andrés, con cierto tono triunfal.
A Carmen se le cayó el tenedor al suelo por la sorpresa.
-Te lo estás inventando. –fue lo primero que dijo Esteban, lo primero que le vino a la cabeza. –Te lo estás inventando.
-No tengo motivos para inventarme semejante cosa. –repuso Andrés, categórico, y con el gesto serio.
Esteban se puso en pie, y tiró el plato al suelo al dar un golpe con el puño sobre la mesa.
-¡Eso es imposible! –chilló.
-Para que veas la clase de mujer que ibas a meter en la familia. –le atacó Andrés. –Como ves, no ha tardado mucho en buscar un sustituto… y no demasiado lejos.
Esteban apretó una mano a su copa de cristal, y la hizo pedazos. Carmen se asustó visiblemente.
-¡Dios santo, hijo! –exclamó.
Esteban abrió la mano, y su madre le quitó los trocitos de cristal incrustados. Estaba sangrando.
-Aunque no lo creas, lamento que hayas tenido que desengañarte así. –añadió Andrés.
-Sobre mi cadáver. –replicó Esteban. –Ese matrimonio jamás se celebrará.
Juan abordó a su hijo en cuanto quedaron a solas tras la comida. Habían estado hablando todo el almuerzo sobre la boda, pero él quería hablarlo con él a solas.
Se sentó a su lado, en uno de los sillones, y sacó uno de sus puros. Empezó a fumarlo.
-No deberías fumar, papá. –se quejó Daniel. –Empiezas a estar mayor.
Juan hizo una mueca, y le sonrió.
-No me eches en cara la edad, Daniel. Estoy mejor que nunca. –él hizo una pausa. –Esta tarde salgo con el Tuerto, para celebrar… y por la noche, están los tres invitados a cenar. Hay mucho que planear.
Daniel asintió, en parte todavía sorprendido del giro que habían dado los acontecimientos.
-¿Estás seguro de querer casarte con Isaura? –le tanteó Juan.
-Sí, claro…
-¿Aunque vaya a tener un hijo de otro hombre? –prosiguió Juan. –Verás, su condición social no me importa en lo absoluto, sabes como soy, como pienso, y que el Tuerto es uno de los mejores amigos que he tenido…
-Isaura es una buena muchacha, papá. –le interrumpió Daniel.-Y sí, quiero casarme con ella.
-Supongo que es lo que pasa cuando uno está enamorado. –comentó Juan. –Si tu madre hubiese sido de otro hombre, o hubiese tenido un hijo de otro hombre, les habría querido igual para toda la vida. Porque amo a tu madre más que a nadie en esta vida, y eso no lo habría cambiado un ápice. Sólo quería saber si estabas seguro de tus sentimientos.
Daniel asintió con la cabeza. Juan le sonrió de nuevo, y le despeinó afectuosamente.
-Mi pequeño Daniel se casa… -dijo. –No me lo puedo creer. Seguro que Ana se pone muy contenta cuando lo sepa, y cuando sepa quién será su cuñada.
Daniel esbozó una sonrisa. Era muy posible, dada la amistad que unía a Ana con Isaura, que su hermana lo supiese todo. Él no estaba tan seguro de la afirmación de su padre.
-Te veo esta noche entonces. –dijo Nicolás al dejar a Ana frente a su casa.
Ana asintió con la cabeza, y se dispuso a entrar en la casa.
Nicolás la detuvo sujetándola por un brazo.
-Me ha gustado comer contigo. Y verte… estoy deseando que llegue esta noche. –comentó él, en voz baja, muy próximo a ella.
Estaban a plena luz del día, recogidos en el portal de la casa, pero aún así cualquiera podría verles. Y Ana se acordó nuevamente de Alejandro, y de cómo les había visto la noche antes, de cómo ella había perdido la razón por unos instantes y se había lanzado a sus brazos…
-Debería entrar ya. –habló Ana.
Nicolás le dio un beso en la mejilla.
-Estoy enamorado de ti. –le dijo en un susurro al oído.
Después, se dio media vuelta y se fue sin ni siquiera mirarla. Ana abrió la boca, sorprendida, y no alcanzó a decir nada. No esperaba oír algo así.
Isaura se encontraba en la sala de la casa, con los que, en pocas horas, se habían convertido en su futura suegra y su prometido. Mónica les había reunido a ambos, y les había servido amablemente un té.
Isaura la observaba mientras Mónica les hablaba. Era quién más hablaba. Era una señora magnífica. Dulce, buena, fuerte.
Adoraba aquélla casa y aquélla familia, y no podía creerse que fuese a formar parte de ella. Aún no había asimilado todo lo acontecido, y no entendía como podían dejarla formar parte de esa casa, de esa familia, si valía tan poco y encima estaba embarazada de otro hombre. No entendía su generosidad, ni tampoco la benevolencia que sus padres habían mostrado al saberlo todo. Ella no se merecía todo eso.
Tocaron a la puerta, fuertemente, sacándola de su ensimismamiento.
-Abre tu, hijo. –pidió Mónica mientras se ponía un poco más de té en su taza.
Daniel se acercó a la puerta, y abrió. Dos segundos después, Esteban, hecho una furia, entraba en la casa.
El corazón de Isaura le dio un vuelco en el pecho, pensó que se le iba a salir, y la angustia la ahogó. Vio la mano vendada de Esteban.
-Esteban, ¿qué haces tú por aquí? –preguntó Mónica, sonriente.
Antes de que ninguno pudiera reaccionar, Esteban le dio un puñetazo a su primo, derribándole. Daniel respondió y se enzarzaron en una pelea.
-¡Santo Dios! – exclamó Mónica. -¡¿Qué es esto?!
Isaura se puso en pie, y Mónica corrió a separarles. Lo intentaba, pero no lo conseguía.
-¡Basta ya! –chilló Mónica.
Esteban se levantó del suelo, y Daniel hizo lo mismo. Intentaron acomodarse la ropa. Se miraron, fijamente. Los ojos de Esteban estaban cargados de odio.
-¿Qué es esto? ¿Qué te pasa, Esteban? –preguntó Mónica, desconcertada y muy enojada.
Esteban miró a su tía, fuera de sí. Cogió aire, y respondió, tajante.
-¡Yo también la quiero! –gritó él, señalando con la mano a Isaura.
Mónica miró a Isaura, y a la muchacha se le empezó a nublar la vista. Le zumbaban los oídos, se le revolvió el estómago y notó como las piernas empezaron a flaquear. No oyó nada más antes de caer desvanecida al suelo.
Daniel y Esteban corrieron a su lado, mientras Mónica observaba boquiabierta la escena. Parpadeó, perpleja y asustada. No era posible que la historia se repitiese.
Escrito desde Mar 20, 2007, 8:50 PM de la dirección IP 200.251.50.167