Capítulo XXXV

by (Acceso crispires)
Moderadoras

 
Daniel y Esteban forcejeaban por tomar a Isaura en brazos, mientras Mónica salía poco a poco de su perplejidad. Después de contemplarles durante algunos segundos, decidió intervenir.

-Daniel, llévate a Isaura a la recamara de Ana y recuéstala en la cama, a ver si vuelve en sí. –decidió Mónica.

Esteban miró a Daniel. Por supuesto, no estaba de acuerdo.

-¡No la toques! –protestó él.

-Por favor, Esteban… -suplicó Mónica. –Vamos a hablar tú y yo.

Daniel clavó sus ojos en su primo, pidiéndole en silencio que no hablase más de la cuenta. Acto seguido, obedeció a Mónica y tomó en brazos a Isaura, saliendo con ella de allí.

Mónica dio dos pasos hacia donde estaba su sobrino.

-¿Qué significa todo esto, Esteban? –inquirió ella.

Él respiró hondo.

-Creo que ya lo he dicho. –contestó.

-¿Y ya está? –le increpó Mónica. – Has aparecido de súbito en mi casa, has agredido a mi hijo y has dicho que tú también quieres a Isaura… ¿ya está? Tienes suerte de que esté sola, porque mi marido ha salido, pero regresará pronto, hoy cenamos con los padres de la prometida de mi hijo… así que explícate.

Daniel apareció entonces detrás de su madre.

-La he dejado en el cuarto. Todavía está inconsciente. –habló, despacio. -¿Busco un médico?

-No. –musitó Mónica. –Seguramente haya sido algo poco importante. Llévale un poco de agua y asegúrate de que vuelve en sí.

Esteban y Daniel se midieron con la mirada.

-Tu primo no quiere explicarse. –comentó Mónica. –Y resulta que yo estoy realmente enfadada.

-Lo que pasa, -intervino Daniel. –es que mi primo está encaprichado con Isaura, mamá.

-¿Encaprichado? –repitió Esteban, realmente ofendido. –Estoy enamorado de ella.

Mónica les miró a ambos, alternativamente.

-¿Qué pasa aquí? –preguntó. -¿Acaso Isaura y tú, Esteban, habéis tenido algo?

-Por supuesto que no, mamá. –prosiguió Daniel. –Isaura nunca se hubiese atrevido a algo semejante. Pero él puso sus ojos en ella.

Esteban no se atrevía a contradecirle, y a Daniel no se le ocurría que más decir. El honor de Isaura estaba de por medio.

-Será mejor que me vaya. –opinó Esteban. –Buenas tardes, tía.

Dicho esto, Esteban abrió la puerta, y se fue.

Mónica se volvió hacia su hijo.

-¿Qué me estáis ocultando, Daniel? –dijo. –Esto suena demasiado raro.

-Nada, mamá… mi primo se ha encaprichado con ella porque es la primera mujer que le ha dicho que no… se le pasará. Tendrá que aceptarlo. Al fin y al cabo, la decisión es de Isaura, no nuestra.

-Ya veo. –murmuró Mónica. –Ya veo.




Isaura abrió los ojos lentamente. Había perdido la noción del espacio y del tiempo. Pronto se dio cuenta de que se encontraba en la recamara de Ana, y la habitación no dejó de darle vueltas durante algunos segundos. En cuanto recobró la memoria sobre lo ocurrido, el terror se apoderó de ella. Intentó incorporarse, pero las náuseas regresaron, y se recostó de nuevo. Le dolía la cabeza.

Entonces se abrió la puerta, y Daniel pasó al cuarto con un vaso de agua. Sonrió al verla consciente.

-Toma, bebe un poco. –dijo acercándole el vaso.

Isaura se sentó sobre la cama, haciendo un esfuerzo, y bebió un poco.

-¿Cómo te encuentras? –se interesó Daniel.

-¿Qué ha pasado ahí abajo?

Daniel se sentó al borde de la cama, cerca, pero manteniendo una distancia prudente.

-Tranquila, no ha pasado nada de gran gravedad.

-¿Qué no ha pasado nada de gran gravedad? –replicó ella. –Esteban ha dicho delante de tu madre que me quiere, y te ha pegado, y ¿dices que no ha pasado nada de gran gravedad?

-No ha sido para tanto, mírame… estoy ileso.

Isaura le contempló un par de segundos. Tenía el mentón algo enrojecido, y también un ojo.

-Se te pondrá morado.

Daniel frunció el ceño.

-Vamos, no es para tanto. –aseguró.

-Siento haberte metido en este lío…

Daniel sonrió de nuevo.

-Me he metido yo solo, Isaura.

-No sé que vamos a hacer ahora, no sé que pensará tu madre de mí… ¿qué ha pasado? –insistió ella.

-Nada, mi madre quiso saber porqué dijo eso mi primo, y que ocurría, y él… bueno, dijo que te quiere, pero no se atrevió a contar nada más. Para salir del paso, inventé que él está encaprichado contigo, y que como has sido la primera mujer que le ha rechazado, pues no lo acepta. –relató Daniel.

-Eso es una gran mentira. –comentó Isaura. –No sé que estoy haciendo, pero sobre todo no sé que te estoy obligando a ti a hacer.

-Todo mejorará, saldrá bien. –repuso Daniel para animarla. –Has tomado una decisión, y todos la respetarán.

-Estoy siendo egoísta, tan egoísta… ¿cómo vas a casarte con una mujer que ni siquiera amas?

Daniel hizo una mueca.

-Lo siento, quizás…

-No más disculpas, Isaura. –replicó él. –En un rato se reunirán nuestros padres, y no sé que contará mi madre. Tienes que ser fuerte, estoy a tu lado. Descansa un rato más.

Él se levantó, dispuesto a irse.

-Daniel…

-¿Qué? –respondió volviéndose otra vez hacia ella.

-¿Cómo le viste a él?

Daniel suspiró largamente.

-Furioso, e indignado. Creo que no puede creerse que esto esté pasando. Dolido. –explicó él.

-¿Crees que me odia? –continuó Isaura.

-No lo sé, es mucho más posible que me odie a mí…

-¿Y no te importa?

Daniel la examinó con la mirada, y tardó unos instantes en responder.

-Por supuesto, es mi primo… pero tendrá que entenderlo. No nos hemos confabulado contra él, yo sólo…

-Estás ayudándome, ofreciéndome una salida. –completó Isaura.

Daniel asintió con la cabeza.

-Así es.




Todos hablaban animadamente. Mónica no se había atrevido a hablar del asunto delante de los padres de Isaura. Habían servido la cena, y ella se había mantenido más callada, viendo la alegría de su marido. Hasta ese momento, no se había dado cuenta de lo feliz que a Juan le hacía ese matrimonio. Estaba contento porque él quería al Tuerto y su familia, y no se había preocupado ni siquiera por el embarazo de Isaura.

Mónica la observó. La muchacha no parecía especialmente ilusionada, ni tampoco fastidiada, más bien parecía resignada, o confusa. Era extraño todo aquello.

Isaura giró la cabeza y sus ojos se encontraron con los de Mónica. Para suavizar la preocupación que Esteban había despertado en ella, Mónica la sonrió.

Isaura apreció el gesto, y le devolvió la sonrisa, tímidamente.

Entonces Mónica vio como Daniel pasaba su mano por encima de la de Isaura, de un modo afectuoso. Tal vez, después de todo, Isaura sólo sentía las molestias propias de un embarazo, y no sucedía nada más. O tal vez estaba avergonzada por la escena producida entre Esteban y Daniel. Desechó la idea de que su hijo y ella estuviesen mintiendo.

-Y bueno, debido a la rapidez con la que se ha llevado a cabo el compromiso, no habréis pensado en esto, pero… ¿dónde vais a vivir? –dijo Juan.

-No lo sé, papá. –respondió Daniel.

-Porque Campo Real, aunque es el lugar dónde trabajas, no creo que sea un sitio muy adecuado para unos recién casados que quieran estar a solas… tus tíos, tu primo…

Isaura bajó la cabeza, y el rubor asomó en sus mejillas. Daniel carraspeó, y esbozó una sonrisa amable.

-No, papá… ese lugar no es adecuado. –afirmó Daniel. –Tal vez con el sueldo que recibo, y lo que tengo ahorrado, pueda alquilar una casa o…

-No, cariño. –intervino Mónica. –No quiero que empecéis a vivir con estrecheces.

Daniel miró a su madre.

-Lo sé, pero tampoco quiero recurrir a vuestro dinero. –rehusó él.

-Bueno, pero yo había pensado en la casa de mi madre. –sugirió Mónica. –La casa de tu abuela Catalina. Lleva mucho tiempo cerrada, pero con unas reformas puede convertirse en un lugar muy acogedor.

Daniel sonrió.

-Es buena idea, ¿qué opinas, papá? –aceptó él.

-Me parece una excelente idea. Mañana mismo puede acompañarme Facundo y miramos las reformas que sean necesarias, para empezar ya mismo con las obras y así tengáis lista la casa pronto… -comentó Juan. - ¿a ti te gusta la idea, Isaura?

Isaura levantó la cabeza.

-¿Qué? –inquirió.

-Estamos decidiendo todos acerca de vuestro futuro, y eres la única que no has opinado.

Isaura asintió con la cabeza.

-Sí, señor, estoy contenta. Esa casa será perfecta.

-Bien, bien. –se alegró Juan. -¿Y la fecha para cuándo?

-No sé… pronto, en cuánto don Marcelino pueda. Tenemos que pasar a verle a la iglesia. –respondió Daniel. –Iremos mañana.

Isaura se tocó el vientre imperceptiblemente, y unas lágrimas asomaron en sus ojos.

-Disculpádme… -pidió. –Voy a la cocina un segundo a buscar un poco más de agua.

Ella cogió la jarra de cristal, vacía, y se encaminó a la cocina mientras todos seguían sumidos en la conversación. Todos, menos Daniel. Él la observó mientras abandonaba la cocina.




Isaura entró en la cocina, posó la jarra y tomó aire con los ojos cerrados. Se incorporó de nuevo, y abrió los ojos. Entonces le vio allí, sentado, esperando. La atravesó con la mirada, e Isaura creyó que se desmayaría otra vez.

-Esteban… -balbuceó ella.

Él se levantó de la silla, sin decir una palabra, se acercó a la puerta de la cocina, y la cerró.

-¿Qué haces? –preguntó Isaura, temerosa.

Esteban clavó sus ojos en ella, su gesto era frío y severo.

-Agradece que no arme un escándalo. –habló. –No saldrás de aquí hasta que hablemos tú y yo.

-Me están esperando, mi familia, tus tíos…

-Y tu prometido, ¿no es así? –completó él. –De aquí no vas a salir, Isaura. Ahora me toca el turno a mí.




Ana y Nicolás regresaban de la obra de teatro, todavía era temprano. Iban en el coche, sentados el uno al lado del otro, movidos por el vaivén del mismo. Ella lo había pasado realmente bien con la obra, y había rechazado el plan de ir a cualquier fiesta posterior. Lo cierto es que se encontraba cansada.

-¿Eres feliz? –soltó él de golpe.

Ana le miró con expresión interrogativa. No sabía a que venía aquella pregunta.

-¿De qué hablas?

-¿Nunca piensas en ello? –comentó Nicolás. –Yo sí, porque sólo tengo una vida y no pienso pasarla esperando a que la felicidad me venga sola.

-No te entiendo.

Él acercó su cara a la suya, y la besó. Era algo a lo que Ana había terminado acostumbrándose. Nicolás tenía barba de unos pocos días, y notó su aspereza en su rostro. Aún así, no se retiró. Él la besó en los labios, despacio, y luego abrió la boca de ella en un movimiento acompasado. Metió su lengua y alcanzó la de ella. De repente, Ana se sobresaltó y apartó la cara.

-No está bien que hagas eso cada vez que te plazca. –se quejó.

-Creí que te gustaba algo.

-¿Por qué?

-No es la primera vez que te beso, y sales con bastante frecuencia conmigo. Además, te pusiste celosa esta mañana cuando esa chica me abordó en la universidad…

-No me puse celosa, es sólo que ella es una entrometida. –replicó Ana, orgullosa. –Sólo te veo como un amigo, pero…

-Pero me devuelves los besos. –interrumpió Nicolás. –Te dije algo esta mañana cuando te dejé en casa.

Ana agachó la cabeza, abrumada, sin saber qué contestar a eso.

-Te dije que estoy enamorado de ti, y lo mantengo. –dijo él, rotundo. –No pienso dejarte escapar, Ana.

-Yo no siento lo mismo por ti. –repuso ella, enfadada por la seguridad que él mostraba.

Nicolás estiró una mano, sujetó su barbilla y le plantó otro beso en los labios, rápido y contundente.

-¿Qué crees que estás haciendo? –protestó Ana, furiosa.

-¿Hasta cuándo vas a tener a Alejandro metido en la cabeza?

-¿Qué?

-¿Crees que ignoro lo que sientes por él? –la atacó Nicolás. –Lo he sabido siempre, te lo dije una vez. No es difícil de ver. Pero creí que yo había despertado algún tipo de sentimiento en ti… veo que no.

Ana se mordió el labio inferior, contrariada.




-Estás loco, cualquiera puede entrar. –dijo Isaura.

Esteban la miró, incrédulo.

-¿Crees que me importa? –habló él. –La única razón por la que no dije nada ante mi tía, es por no manchar tu honor, pero si tengo que hacerlo para impedir la boda, lo haré.

-Estás siendo un injusto, un necio, un…

-¡¿Yo?! –la interrumpió Esteban, fuera de sus casillas. – No me has dejado otra opción, Isaura. ¿De verdad piensas que permitiré que te cases con mi primo?

-Eso no es asunto tuyo. –replicó ella.

-¿Qué no lo es? –repitió él, indignado. – Es muy irónico todo este asunto… tú que decías que no había nada entre vosotros, tú que asegurabas que no sentíais nada el uno por el otro… y cuando me doy la vuelta, me encuentro con vuestros planes de boda. Me pregunto si esto no vendrá de mucho tiempo atrás, sino estarías con ambos a la vez, si mi padre no tendría razón… me pregunto si no serás otra mujerzuela como tu propia madre…

Isaura dejó escapar una exclamación ahogada, y le dio una cachetada.

-¡Cómo te atreves! –chilló, enojada y ofendida. –A mi madre ni la menciones.

Esteban esbozó una sonrisa burlona.

-¿Y eres tú quién se indigna?

-¡Basta ya! –ordenó Isaura. –Fuiste tú quién se acostó con otra, no yo.

-¡Es mi primo! –recalcó Esteban. - ¿Lo haces para vengarte de mí?

Isaura pasó una mano por la frente, aturdida.

-Aunque no lo creas, no todo tiene que ver contigo. No todo lo que hago es por tu causa.

-¿Entonces qué? ¿Te has enamorado de él de la noche a la mañana? –preguntó Esteban. –O más bien, buscas una fortuna jugosa…

-Cállate. –exigió Isaura, con los ojos humedecidos. –No tienes ni idea de nada. Jamás me he movido por dinero.

-¿Estás segura? –insistió Esteban. –En cuanto las cosas con mis padres se pusieron complicadas, buscaste un hombre que no tuviera problemas en darte la misma posición económica…

-¿Cómo puedes pensar eso de mí? ¿Acaso crees que fingí contigo? –repuso ella, apunto de romper a llorar. –No fallé solo yo, Esteban… sabes perfectamente todo el abismo que se instaló entre nosotros. Tu familia, tu actitud, acostarte con otra mujer… algo que no puedo olvidar…

-Te he pedido mil veces disculpas por lo que pasó con Isabel. Mil veces. –la recordó él marcando las palabras. –Pero no has querido entenderme ni perdonarme.

-No puedo.

-¿Por qué Daniel? ¿Eh? ¿Por qué él? –la interrogó Esteban, acercándose más a ella.

-¡Por qué me lo pidió! –soltó Isaura entre sollozos. –Quería ayudarme… soy una mujer… que ha perdido su honra, Esteban, que no tiene nada… quiso ayudarme, y he estado tan desesperada…

-¿Por qué me echas de tu lado? Yo debería ser quién te ayudase, yo quién…

-Ahora es demasiado tarde. –dijo ella. –Demasiado tarde.

-¿Y te casas con un hombre al que no amas? –la increpó Esteban. –No puedes ser tan ingenua, no sé cómo puedes pensar que él no siente nada por ti.

-Si me amase no aceptaría esta locura. –refutó Isaura.

-¿Crees que no? Al contrario. –Esteban hizo una pausa. –Ningún hombre se casa con una mujer para hacerle un favor… esa clase de favores no se hacen, Isaura… no se hacen a menos que se esté enamorado. Piénsalo un poco.

Isaura se quedó callada, dándole vueltas a aquello. Esteban dio un paso más, agarró los brazos de Isaura con ambas manos, y apretando fuertemente, la atrajo hacia él, terminando de cerrar el espacio que les separaba.

-Mírame a la cara y dime que quieres casarte con él…

Isaura bajó la vista, temblando. El corazón le latía deprisa.

-Por favor, déjame… -suplicó.

-No puedes hacerme esto, no puedes hacernos esto…

Isaura levantó la cabeza de nuevo, y le miró fijamente.

-No voy a volver contigo. –afirmó, rotunda. –Y me casaré con él.

El gesto de Esteban, de melancólica esperanza, se turbó, dando paso a uno de ira y desazón.

-Te arrepentirás. –vaticinó él. –Lo harás. ¿Y sabes por qué?

Esteban acercó su boca a la de ella, e Isaura cerró los ojos casi inconscientemente, dispuesta a recibir el beso. Entonces, él la soltó y retrocedió. Isaura volvió a abrir los ojos, y se encontró con la expresión reveladora de triunfo de Esteban.

-Porque aún me amas. –concluyó él.

Daniel abrió la puerta, y pasó a la cocina. Les miró, extrañado y sorprendido.

-Así que este es el motivo de que tardes en volver. –dijo él, dirigiéndose a Isaura.




El coche se detuvo ante la casa. Ana suspiró.

-No has vuelto a dirigirme la palabra. –empezó Nicolás. - ¿Tan malo es que te quiera?

-Es que no creo que me quieras. Sólo estás obsesionado porque no te correspondo.

Nicolás se rió, abiertamente.

-¿Te parece gracioso? –se enojó Ana.

-Un poco, sí. –contestó él. –Creo que soy lo suficientemente maduro para darme cuenta de mis sentimientos. Y siento si te molesta, pero estoy loco por ti.

-No me molesta... no es eso. Me sorprende. Me confunde. –se explicó ella.

-Soy algo nuevo para ti, ¿no? Aceptarme implicaría correr nuevos riesgos. –opinó Nicolás, convincentemente. – No voy a romperte el corazón, Ana, yo corro más riesgos que tú, si es eso lo que te preocupa…

Ana frunció el ceño, y le miró.

-¿Qué es exactamente lo que quieres o esperas de mí?

-Bien, -musitó él – no andaré con rodeos. Quiero casarme contigo.

Ana abrió desmesuradamente los ojos.

-Eso es más de lo que esperaba. –confesó.

-¿Puedes prometerme que al menos lo pensarás?

Para su sorpresa, Ana asintió con la cabeza.

-Necesitaré algún tiempo… -murmuró.

-Lo tendrás.

-Bien. –dijo ella, en voz baja. Luego, le dio un beso en la mejilla, y bajó del carruaje.




-¿Tienes miedo de que arme un escándalo, primito? –preguntó Esteban, con sorna.

-No, eso ya lo hiciste hace unas horas. –respondió Daniel. –Espero que razones.

-Eres un traidor, ¿lo sabías?

-Esteban, por favor… -rogó Isaura. –Vete de una vez.

-Esto no quedará así. –juró Esteban, y después de lanzar una mirada desafiante a su primo, salió por la puerta de la cocina que conducía al exterior de la casa.

Isaura suspiró, aliviada. Daniel se acercó a ella.

-¿Estás bien? –se interesó.

-No mucho… son demasiadas cosas, demasiadas emociones… -expuso Isaura, abrumada. – Me gustaría ir a acostarme en lugar de volver ahí con todos.

-Claro, le diré a mi madre que te prepare la habitación de invitados. –resolvió Daniel.

-No… vuelvo con mis padres a casa…

-Aquí estarás mejor. –replicó Daniel. –Y al fin y al cabo, yo soy tu único desahogo, Isaura. El hecho de estar prometida conmigo no cambia nada. Puedes seguir contándomelo todo, ser sincera.

Isaura le sonrió, enternecida.

-Gracias. –contestó. – En honor a esa sinceridad de la que hablas, me gustaría saber…

-¿Qué?

-Qué sientes exactamente por mí.

-¿Por qué me preguntas eso? –repuso Daniel.

-Porque me siento tremendamente culpable por casarme contigo, por enfrentarte con tu primo, por obligarte a cargar con un matrimonio que es un embuste, por…

-Deja todo eso a un lado, te dije que lo hicieras.

-Esteban cree que estás enamorado de mí. –soltó Isaura.

Daniel apoyó una mano sobre el respaldo de una de las sillas, y cerró el puño en torno a ella.

-Mi primo cree muchas cosas que son erróneas, como que yo tengo la culpa de lo que os sucede. –refutó Daniel.

-¿Qué clase de respuesta es esa?

-Vamos a casarnos por motivos que nada tienen que ver con el romanticismo. –prosiguió Daniel. -¿Cambiaría algo que mi primo tuviese razón?

Isaura titubeó.

-No puedo hacerte esto a ti. Es demasiado egoísta. –comentó.

-¿Te echas para atrás por lo que mi primo ha dicho? ¿Qué cambia eso exactamente?

Ella le analizó con la mirada. Un chico joven, muy joven era Daniel. Rubio, tan guapo, tan angelical. Tan bueno.

-¿Qué clase de matrimonio tendríamos tú y yo? –se preguntó ella a sí misma, y lo dijo en voz alta.

-Uno en el que os protegeré, a ti y a tu hijo. –aseguró él.

-No hemos hablado de algunas cosas. –dijo Isaura. –Cómo será nuestra vida en común, la vida de esposos… yo no me siento preparada para tener esa clase de intimidad contigo.

Daniel vio como ella se había sonrojado al lanzar esa cuestión al aire.

-No soy como mi primo, Isaura, no me muevo por ese tipo de impulsos únicamente.

Ella bajó la cabeza, visiblemente incómoda.

-No te preocupes. –continuó él, para aliviarla. –No voy a exigirte nada, Isaura. No te tocaré si así lo quieres. No tienes que temer nada de mí. Te aprecio, te respeto…

-¿Me quieres? –insistió ella.

Daniel la miró fijamente, y exhaló un suspiro.

-Te quiero. –confesó.







Escrito desde Sep 29, 2007, 7:02 AM
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