Capítulo XXXVI

by Cris (Acceso crispires)
Moderadoras

 
Ana entró en la casa, y se sentó en el sillón de la sala, cansada. Estefanía apareció ante ella, con el camisón blanco puesto hasta los pies, como venía siendo habitual.

-Cada día llegas más tarde. –comentó Estefanía.

A Ana le dolían los pies, y la cabeza. Estiró las piernas, e intentó relajarse.

-Mi madre me ha dicho que la próxima vez que salgas, tal vez deba ir contigo, que no es bueno que salgas sola tanto tiempo con ese hombre. –prosiguió ella.

Ana no respondió.

-¿Pasa algo? –se inquietó Estefanía.

-Nicolás me ha pedido matrimonio. –soltó Ana.

Estefanía abrió mucho los ojos, atónita.

-¿En serio?

Ana se limitó a asentir con la cabeza.

-¿Y no quieres? –indagó, sentándose a su lado. –No quieres por ese hombre, Alejandro…

-La verdad es que no lo sé. –musitó Ana.

-¿No sabes si quieres o no? –repitió Estefanía. – Esas cosas se saben, Ana… supongo que se saben. Y déjame decirte, que aunque es posible que no estés enamorada de él, si te gusta deberías aceptar… es mejor eso que quedarse solterona, como yo. No deberías desaprovechar las oportunidades. Y sobre todo si la oportunidad te la da un hombre como él. Le conoces, es guapo, galante, está interesado en ti… y si con el otro no puede ser…

-Lo sé. –reconoció Ana. –Lo sé. Pero es una decisión que no puedo tomar a la ligera. Necesito tiempo, tiempo…





-Me quieres. –repitió Isaura, mientras lo asimilaba, abrumada. –Me quieres… ¿entonces Esteban dijo la verdad?

Daniel titubeó un instante.

-Hay muchas formas de querer. –dijo.

-¿Y cuál es la tuya?

Él sonrió, con timidez.

-Eso no importa, te he dicho que eso no importa. No debe de influir a la hora de tomar la decisión que has tomado. –argumentó Daniel. –Y si quieres echarte atrás, puedes hacerlo en cualquier momento. Yo me las arreglaría con mis padres, y los tuyos incluso, así que… tranquila, Isaura.

Isaura se pasó un mechón de pelo por detrás de una oreja, lo hacía siempre que estaba nerviosa.

-No voy a echarme para atrás. –afirmó, rotunda. –Me casaré contigo. Sólo tú puedes cancelar el matrimonio, eres tú quién más se sacrifica con esto…

-¿En serio? –preguntó él, incrédulo. –Eres tú quién está enamorada de otro.

-No voy a negarte que sigo sintiendo algo por Esteban. –aceptó ella, e hizo una pausa, buscando las palabras adecuadas. –Pero todo es diferente a cómo era. Antes le adoraba, y tenía una ilusión, una esperanza… ahora eso se ha roto, y sólo hay decepción. No espero nada de él. No puedo casarme con él.

-¿Y no te arrepentirás?

-No.

-Entonces ya está. –concluyó Daniel. – Y ah, mi madre quiere enseñarte a comportarte en sociedad, para que si alguna vez te encuentras en una situación de ese estilo, estés tranquila, y cómoda, y también te comprará ropa nueva…

-No, no… -se negó Isaura. –No quiero que tu madre se gaste dinero en mí.

Daniel sonrió de nuevo, y se acercó a ella, apoyando las manos en sus hombros.

-Vas a ser su nuera, eres mi prometida… claro que podemos gastarnos el dinero en ti. –replicó él. –Deja que cuide de ti.

Ella asintió con la cabeza, sumisa.

-Gracias por todo… nunca podré agradecértelo lo suficiente.

Daniel hizo una mueca, casi sonrió, con ternura y algo de pena, y le dio un beso suave en la frente. Ella cerró los ojos para recibirlo.





Esteban bebió otro trago de la botella de coñac. Su cara adquirió una nota agria, y siguió mirando por la ventana. Estaba allí, en su despacho, tirado sobre una silla, y al lado de la ventana, viendo como la lluvia caía sobre Campo Real.

Su madre se asomó a la puerta, le contempló, él no se dio cuenta. Caminó hasta pararse a su lado, tomó otra silla, y se sentó a su lado. Le pasó la mano por la cabeza, y se dedicó a acariciarle con devoción la frente, y luego, la nuca.

-Mi cielo… ¿hasta cuándo seguirás así? –le dijo.

Él tenía la vista perdida en el horizonte y no contestó.

-Sé que esa muchacha te gusta, pero no puedes pasarte la vida alcoholizándote, lamentándote… -prosiguió Carmen.

Él bebió otro poco.

-Dame esa botella. –reclamó su madre.

-No. –respondió él, con la voz ronca.

-Esteban…

-¡He dicho que no!

Carmen se sobresaltó por el chillido.

-Perdóname, mamá. –rogó Esteban, a continuación. –Déjame solo, por favor, ¿sí?

-No, ya has estado demasiado solo. No me iré de tu lado. –repuso ella. –Quiero ayudarte, hijo. A tu padre y a mí nos duele mucho verte así.

-Él no es mi padre. –protestó él, marcando cada palabra.

-No digas eso.

-¿Por qué? ¿Acaso le preocupa mi felicidad? –se quejó Esteban.

-Por supuesto que sí… pero él ve las cosas de un modo diferente, es estricto, terco… pero es un buen hombre, y te ha querido siempre como si fuese tu verdadero padre. –expresó Carmen, con vehemencia.

-No quiero ser como mi padre.

Carmen se sorprendió por el comentario.

-No quiero perder lo que más amo, ni herir a los que más me quieren… -continuó él.

-Tu padre no me quería, tan sólo se aprovechó de mí. –corrigió Carmen.

-¿Y qué he hecho yo con Isaura? –expresó Esteban. –Me aproveché de su inocencia, del amor que me tenía… y la perderé, como mi padre nos perdió a nosotros… no quiero acabar así, mamá.

-Por supuesto que no lo harás. –afirmó ella. –Tú no eres como él, eres una buena persona.

-Soy un fracasado.

-No es verdad. –rebatió Carmen. –No te compadezcas de ti mismo. ¿Qué puedes hacer si ella aceptó casarse con tu primo y el matrimonio ya está en marcha?

Esteban se quedó pensativo unos segundos.

-Luchar. –respondió.





Mónica ayudaba a su marido a desvestirse, le desabrochaba con cuidado los botones de la camisa.

Unos minutos antes, habían acomodado a Isaura en la recamara de invitados, y todos se habían retirado a dormir.

-Te he echado tanto de menos… -habló él, inclinándose sobre el cuello de su esposa y besándoselo delicadamente.

Mónica cerró los ojos un instante.

-Y yo a ti. –dijo. –Me has hecho falta…

Juan sonrió.

-Hay algo que me preocupa. –expuso Mónica.

-¿Qué pasa? –preguntó Juan, algo preocupado ya. Si algo había aprendido en tantos años de matrimonio con Mónica es que ella no solía preocuparse por nada.

Mónica se mordió el labio inferior un segundo, se apartó, y dudó en el momento de expresarse.

-¿Qué pasa? –repitió él, algo impaciente.

-Hay problemas entre nuestro hijo y Esteban.

-Bueno, son completamente diferentes, eso no es novedad, pero… ¿de qué problemas hablas? –replicó Juan, desconcertado.

-Pues… Esteban vino a la casa, y se pelearon. –soltó ella.

Juan frunció el ceño. No esperaba algo así.

-¿Qué?

-Esteban dijo que él también quiere a Isaura.

-¿De qué demonios hablas? –prosiguió Juan, furioso. –Eso no es posible. ¿Ella andaba con los dos acaso, o qué…?

-No, ellos lo niegan. Es decir, hablé con Daniel y afirma que Esteban se ha encaprichado con ella porque es la primera mujer que se le ha resistido.

-Bueno, entonces es una niñería, algo sin importancia. ¿Qué te preocupa? –repuso Juan.

Mónica se sentó sobre la cama, y le miró.

-Esa chica está embarazada, Juan.

-Nuestro hijo dice que no es problema. Y eso es decisión de ellos, no vamos a ser tan retrógrados como para no permitir el matrimonio por esa causa… mientras ellos se quieran…

-Y es la hija del Tuerto y Meche.

-No me digas que vas a ser clasista a estas alturas, Mónica. –se quejó Juan.

-No, por supuesto que no… no se trata de eso… pero es la única hija de unos de nuestros mejores amigos, la mejor amiga de nuestra hija, parece buena muchacha, pero desde que Esteban se presentó aquí… me pregunto si será completamente sincera… ¿quién es el padre de su hijo? ¿Por qué nunca lo hemos visto? ¿Y cómo puede embarazarse de otro y acto seguido enamorarse de nuestro Daniel?

-Desconfías de ella. –observó Juan.

-No lo sé. Parece que entre ella y nuestro hijo hay cariño, pero no quiero que… el fantasma de Aimeé vuelva a esta casa.

-No compares, Mónica.

-Pero es que tú no estabas aquí, no los vistes, no viste el enojo de Esteban, estaba fuera de sí… no parecía sólo un capricho, ¿entiendes? –habló Mónica.

-¿Crees que entre ellos ha pasado algo realmente?

-No lo sé. –musitó ella. –Daniel lo niega.

-Tal vez sólo sea un capricho. Ya sabes lo mimado que está el hijo de mi hermano.

-Tal vez.

-Te preocupas de más. –sonrió nuevamente Juan. –Aún así, ¿quieres que vaya a hablar con Esteban?

-No, mejor no. –opinó ella. –Daniel se enfadaría por entrometernos. Sabes cómo son nuestros hijos.

-Sí, de marcada personalidad. –aceptó Juan. –Entonces sólo esperemos.

-Está bien.

Ellos hicieron una pausa, y Juan se sentó a su lado.

-No te conté. –dijo él.

-Dime, cariño.

-Fui con Ana a casa de Alejandro a entregarle una carta que me dio Don Noel para él.

-¿Ah sí? –inquirió Mónica.

-Y Ana se peleó con Carolina. Como ves, nuestros dos hijos han salido con mucho carácter. ¿De quién lo habrán heredado? –bromeó él.

-¿De verdad pasó eso? –se asustó Mónica.

Juan asintió con la cabeza.

-No me gusta la esposa de Alejandro. –manifestó.

-Ya.

-Es demasiado soberbia, prepotente… no sé que ocurrió entre ellas, pero las encontramos enzarzadas, y Alex me ayudó a separarlas. Ana apenas quiso hablar del tema después. –le relató Juan.

Mónica hizo una mueca, pensativa.

-Estaría avergonzada. Ella es muy educada aunque tiene mucho genio.

-Sí. –aceptó Juan.

-Ese malhumor de ella es característico de ti.

-No es verdad. –refutó Juan. -¿A qué te refieres?

Mónica se rió. Juan se inclinó sobre ella, sonriendo, y la besó en los labios.





Isaura no pegó ojo en toda la noche. Se levantó para atender sus nuevas obligaciones, ojerosa, cansada, y con náuseas. Bajó al comedor con Mónica, y desayunó con la familia. Más tarde, pusieron la fecha de la boda en la iglesia, y al mediodía, su futura suegra se afanó en probarle un vestido antiguo de Ana.

Mientras Meche y Azucena preparaban la comida, en la cocina, Isaura permanecía de pie y Mónica le recogía el bajo del vestido.

-Bueno, así te quedará perfecto. –habló Mónica.

-Pareces otra, mi vida. –opinó Meche.

-Está muy linda, ¿verdad? –continuó Mónica.

Isaura no se atrevió a responder más que con una sonrisa.

-Es toda una señorita. –comentó Azucena con afecto.

-Bueno, esto es temporal, porque pienso comprarte un ajuar y nuevos vestidos. Pero mientras tanto, puedes servirte de éste y algún otro vestido que se haya dejado Ana aquí. –explicó Mónica.

-Gracias, señora Mónica. –contestó Isaura. –No merezco tanto.

-Bueno, y suéltate ese cabello. –opinó Mónica, y le desató el pelo a Isaura, cayendo su melena sobre los hombros. –Mucho mejor así.

Isaura se tocó el pelo con una mano, y sonrió de nuevo, con educación.

-¿Dónde está Daniel? –preguntó Isaura. –No le he visto desde que fuimos a la iglesia a fijar la fecha.

-Fue con su padre y el Tuerto a ver la casa de mi madre, para vosotros, lo que conversamos. –aclaró Mónica. -Meche, acompáñame al mercado, ¿sí? Necesito comprar algunas cosas.

Meche asintió con la cabeza, se quitó el delantal y salió por la puerta con Mónica. Azucena se quedó encargada de las cazuelas. Entonces sonó el timbre de la puerta principal. Azucena acudió a abrir, y dos segundos después, estaba de nuevo en la cocina, apurada.

-¿Qué sucede? ¿Quién es? –inquirió Isaura.

-El joven Esteban, quiere hablar con la señora Mónica, dice que es urgente. Ocúpate tú un momento de la comida, vuelvo enseguida, voy a avisarla, tal vez no haya llegado lejos aún. –resolvió Azucena saliendo por la puerta de la cocina.

Isaura se pasó los dedos por la frente, abrumada, y corrió al recibidor.

Esteban estaba parado a escasos pasos de la puerta, serio. La vio, y la contempló, de arriba abajo.

-Vaya, qué cambio… -dijo con cierta sorna, pero su rostro expresaba otra cosa. –Te sienta bien que te acojan en una familia de clase alta. Ya hasta te regalan vestidos…

-Cambia ese tono. –exigió ella. -¿Por qué has vuelto?

-Dije que lo haría, querida Isaura. –replicó Esteban, observándola. –Sí que estás guapa…

Isaura jugueteaba con sus manos, nerviosa.

-¿Qué vas a hacer? –quiso saber.

-Lo que debí hacer desde el primer momento. –respondió él. –Contar la verdad.

-¿La verdad? –inquirió ella, entre desorientada y sorprendida.

-La verdad. –repitió Esteban. –Mis tíos van a saber que has sido mía, que me perteneces, que esto no es ningún capricho, y no te dejarán casarte con mi primo…

-Has perdido el juicio. –protestó Isaura, escandalizada. –Te lo prohíbo.

Esteban arqueó una ceja.

-¿Me das órdenes también? –repuso él. -¿Crees que soy tu títere?

Isaura cerró los ojos un instante, estaba desesperada. Se abalanzó sobre él, cogiéndole por la solapa de la chaqueta con ambas manos.

-Por favor, te lo suplico… -rogó.

Esteban la miró, confuso.

-¿Qué?

-No me hagas más daño, no empeores más las cosas, no destroces por completo mi vida, por favor, te suplico, no digas nada…

Esteban estaba sorprendido. La vio realmente angustiada, y eso le dolió. Contuvo las lágrimas.

-¿Quieres casarte con él? –preguntó.

-Voy a hacerlo. –dijo ella.

-No puedo dejar que hagas eso, eres el amor de mi vida, Isaura, ¿cómo puedes pedirme algo así?

-No puedo avergonzar más a mis padres, a mi familia… he tomado una decisión, todo está ya en marcha… no daré vuelta atrás. –aseguró ella, una vez más.

-Ellos tienen que saberlo. –insistió él.

-Por favor, por favor, Esteban, hazlo por mí, en nombre de ese amor que dices tenerme, no me delates, no me avergüences más, por favor… -prosiguió Isaura, con los ojos húmedos.

Esteban se quedó mirándola. Se acercó, y besó su frente. Tenía el corazón tan roto que nada podía herirle ya.

-Por favor… -murmuró ella.

Mónica entró en la sala acompañada de su hijo Daniel. Isaura retrocedió al darse cuenta, apartándose de Esteban y limpiándose la cara disimuladamente con una mano.

-¿Qué pasa? –preguntó Mónica, preocupada.

Isaura intentó recomponerse, y miró a Daniel.

-Hola… ya has vuelto… -dijo, como sino pasase nada.

-Sí. –contestó Daniel, algo seco. –Me encontré con mi madre afuera.

-¿Qué haces aquí, Esteban? ¿Qué es eso tan urgente? –continuó Mónica, dirigiendo su atención exclusivamente a su sobrino.

Esteban se quedó callado, pensativo, algunos segundos. Hizo un acopio de valor sobrehumano, y habló.

-Vine a… a felicitar a los futuros esposos. –dijo, su voz sonaba temblorosa. –Sé cuando he… perdido.

Isaura se tapó la boca, intentando reprimir el llanto.

Daniel les miró, atónito y desconcertado.

-¿Felicitarles? –preguntó Mónica.

-Sí… así es, tía. Felicidades, Isaura. –confirmó Esteban, mirándola. Pero la joven no se atrevió a levantar la cabeza. –Me voy, tía.

Esteban se dio la vuelta, abrió la puerta y salió de la casa sin titubeos.

Mónica miró a la muchacha que estaba absolutamente descompuesta.

-¿Te dijo algo? –le habló Mónica. -¿Por qué todo es tan raro?

-Mi primo ha sido algo pesado con ella, mamá. –intervino Daniel, nuevamente salvando la situación. –Por eso ella está tan abatida, pero parece que todo está resuelto. No te preocupes.

-Está bien. –musitó Mónica, no del todo convencida. –Vuelvo a la cocina.

Su madre se retiró, y Daniel se acercó a Isaura. Puso su mano sobre uno de sus hombros.

-¿Qué pasó? ¿Cómo estás?

Isaura rompió a llorar y le abrazó, estrechamente.

-Venía a contarlo todo, y yo le rogué, le supliqué… y parece que se apiadó de mí… –contó ella entre sollozos.

Daniel le acariciaba la espalda.

-Ya pasó, ya pasó… todo está bien, tranquila. –la consoló. –Deja de llorar…

Isaura le miró.

-Qué miedo he tenido, mis padres, mis padres…

-Tranquila. –la interrumpió él. –Tienes que ser fuerte. Estoy a tu lado.

Ella asintió con la cabeza. Daniel sonrió.

-Estás muy bonita con ese vestido. –comentó cariñosamente.

Isaura le devolvió la sonrisa.





Alejandro llegó a su casa, y su esposa estaba sentada sola en el comedor, comiendo tranquilamente. Carolina levantó la vista, y le vio entrar, él llevaba algo en la mano, iba leyendo.

-¿Qué es eso? –preguntó ella.

-Una carta de San Pedro…

-Tus padres. –supuso Carolina, algo fastidiada.

-No. Los padres de Ana. Su hermano va a casarse, es una invitación, o un aviso, como quieras llamarlo. –explicó Alejandro. –No puedo creerme que Daniel vaya a casarse…

Carolina se alarmó.

-No pensarás ir… -advirtió ella.

-Por supuesto.

-No te dejaré, no puedes ir a esa boda, yo no pienso ir a la boda del hermano de esa… -se enojó Carolina.

-Cuida tu lenguaje. –la cortó Alejandro, molesto. –Ellos son como mi segunda familia.

-No irás a esa boda. –repitió Carolina.

-Puedes apostar a que sí.





Ana había dejado las maletas a su lado, en el suelo. Esperaba sentada en el recibidor, en el sillón. Contemplaba todo a su alrededor, buscando algún cambio. Tomó aire, y sonrió.

Daniel fue el primero en verla. Pasó por el recibidor, y se encontró con la sorpresa.

-¿Ana? –balbuceó, atónito.

Ella se puso en pie, y le sonrió.

-Claro que sí, mocoso.

Daniel se acercó, y la abrazó.

-Cuánto me alegro de que estés aquí…

Ana le observó.

-Recibí la carta de mamá. –explicó. –Me puse en camino en cuanto la leí. Cuándo me fui y te dije que esperaba que a mi regreso estuvieras prometido, no era para que te lo tomaras tan en serio…

-Lo sé, ya ves, vueltas que da la vida. –dijo él, encogiéndose de hombros.

-Si me he presentado aquí así, es para impedir la boda. –soltó Ana, de repente.

Daniel frunció el ceño.

-No te metas, Ana. –pidió él. Sabía porque su hermana decía eso.

-Es una locura. Yo sé de quién es el bebé de Isaura. –comenzó ella. –Y no podéis casaros.

-Todo está preparado.

-¿Por qué lo haces, Dani? –preguntó Ana. -¿La quieres?

Daniel suspiró.

-Estoy enamorado de ella, sí. –admitió él. –A ti no puedo mentirte.

Entonces oyeron una voz a sus espaldas.

-Hola, Ana. –dijo Isaura.

Daniel se apartó, y las dos amigas se midieron con la mirada.







Escrito desde Sep 29, 2007, 7:03 AM
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