Finalmente, el banquete se había ubicado en Campo Real. Siendo el mejor lugar, y asegurando que Esteban no asistiría a la boda, Isaura había consentido en celebrarlo allí. Aún así, la muchacha había estado reticente y preocupada. Sabía que Esteban no estaría, pero no dónde estaría.
Ana llevaba el pelo recogido, y un lindo vestido rojo y blanco, vaporoso y elegante. Terminado el baile, ella y Juan caminaron hacia su tío Andrés y le saludaron.
-¿Y dónde está Esteban? –preguntó Juan, intrigado.
Ana y su tío intercambiaron una mirada.
-Sé que estaba encaprichado con Isaura, -continuó Juan. –Mónica me comentó algo, pero no pensé que llegara a los extremos de no asistir a la boda de su primo.
Andrés carraspeó.
-Bueno, sabes lo impulsivo que es éste hijo mío… lo cierto es que se ha ido de San Pedro.
Eso sorprendió a Ana.
-¿En serio? –preguntó. -¿Y adónde?
-A Europa, estará una larga temporada allí, no sabemos cuándo volverá… -explicó Andrés.
Ana buscó a su tía Carmen con la mirada. Estaba sentada sola en una de las mesas. Pensó en su sufrimiento, dada la gran vinculación que tenía con su hijo.
-Disculpad. –pidió Ana, y se encaminó hacia allí.
Carmen estaba como ausente, pensativa, y desde luego, ajena a la celebración. Ana se sentó a su lado, y le dio un beso en la mejilla a modo de saludo.
-Tío Andrés está hablando con mi padre, me dijo que Esteban se ha ido. –soltó Ana. –A Europa, por largo tiempo… ni siquiera se ha despedido.
-Sí, así es. –confirmó Carmen. –Dijo que necesitaba un cambio de aires, que se estaba ahogando en Campo Real…
-Se ha ido muy lejos. –comentó Ana. –Tía, yo sé lo que pasó, lo que hubo entre mi primo e Isaura, sé que se ha ido por eso.
Carmen suspiró, parecía agotada.
-Todo esto es culpa de esa mujer. –dijo. –Hemos pasado un infierno por ella. No se merecía a mi hijo, y dudo que se merezca a tu hermano. Nos ha hecho daño a todos. Estoy empezando a odiarla…
Ana posó una mano sobre la de su tía, y la miró, sintiendo lástima por ellos.
-No la odies, tía. –aconsejó Ana. –El odio sólo provoca rencor y más sufrimiento. Lamento mucho cómo han pasado las cosas. Conozco muy bien a Isaura, no estoy de acuerdo con cómo ha hecho las cosas, pero no creo que se merezca ser odiada. Sé que es una buena muchacha, ha sido mi mejor amiga desde que puedo recordar, era mi familia mucho antes de que se casara con Daniel…
-Ya lo sé, Ana. –murmuró Carmen con los ojos llenos de lágrimas. –Pero desde que ella apareció sólo recuerdo discusiones en mi casa, entre mi marido y mi hijo, y finalmente éste se ha ido… no puedo sentir otra cosa.
-No sé, tía. Tal vez, -prosiguió Ana –tal vez, pese a todo, salga algo bueno de esto. Siempre he pensado que las cosas pasan por una razón, y todo nos enseña algo. Quién sabe… quién sabe…
Carmen sonrió a su sobrina, agradecida por sus palabras de apoyo.
-Gracias, Anita. –dijo. –Ojalá tengas razón. Ojalá mi hijo regrese restaurado de Europa. Sea cuando sea que vuelva…
Ana asintió con la cabeza.
El Tuerto dio un gran y largo abrazo a su hija. Isaura se sintió de nuevo culpable por mentir a todos.
-Mi pequeña… la novia más bonita del mundo. –dijo él, tiernamente.
Isaura le sonrió. Siempre le había extrañado eso de su padre, pese a su aspecto físico, aquél hombre enorme y de maneras bruscas, era todo corazón.
-Gracias, papá. –contestó ella. –Espero que no te sientas avergonzado de mí.
-Eso sería imposible. Estoy orgulloso.
Isaura tuvo que hacer un gran esfuerzo por no romper a llorar al escuchar aquello. Si su padre supiera, si supiera…
-Hola, Isaura. –le habló Ana.
Isaura se volteó y la miró. El Tuerto le dio un palmada en el hombro a su hija, y se retiró sonriendo, para reunirse con Meche y dejar a solas a las dos amigas.
Ana se acercó a ella.
-Daniel está con tu madre. –habló Isaura.
-Tu marido. –recalcó Ana. –No estoy buscando a mi hermano. Vengo a decirte lo que ha sido de mi primo, por si tienes la curiosidad.
-Sólo te diriges a mí para hacerme sentir mal, ¿verdad? –replicó Isaura, a la defensiva.
-Te equivocas. Soy la única que te dice la verdad.
Isaura suspiró.
-Está bien, tú dirás. –aceptó.
-Ya no tendrás que temer por encontrártelo. Se ha ido. Se ha ido de Campo Real y San Pedro…
-¿A la capital? –inquirió Isaura, expectante.
-No. Me temo que mucho más lejos… a Europa. Quizás pasen años antes de que vuelva. –le contó Ana.
Isaura no pudo disimular su desconcierto y sorpresa al oírlo. Su rostro lo reflejaba, le había entristecido. Y eso preocupó aún más a Ana.
-No sé qué clase de matrimonio tendrás con mi hermano. –dijo ella, sin poder contenerse.
Isaura contuvo la respiración.
-No quiero sonar brusca, pero eso a ti no te incumbe. –le espetó.
Daniel apareció junto a ellas, visiblemente preocupado. Miró fijamente a su hermana.
-Ana, por favor… -rogó.
Ana le sonrió.
-Está bien. –musitó ella.
Alejandro entró en el despacho de Campo Real, que un día había ocupado, para revisar la correspondencia. La casa que habían mandado construir para él y Carolina estaba terminada, y ni siquiera había entrado en ella. Sabía que no la ocuparían, o tal vez, en muy contadas ocasiones. Carolina odiaba San Pedro y sería difícil traerla de vuelta. Sacudió la cabeza. Quizás era lo mejor.
Se sentó sobre la silla, dura, y fría. Cogió el atado de cartas y las miró tranquilamente. No había, a priori, nada importante allí. Estaba tan concentrado, que no se dio cuenta de que Ana le observaba desde el umbral de la puerta.
-Hola, Alex. –habló ella, suavemente.
Alejandro levantó la vista, y se sonrojó ligeramente.
-Te vi desaparecer de la fiesta, y bueno… como no hemos vuelto a hablar, pensé en seguirte… -dejó caer Ana. –Tengo la sensación de que me evitas.
Alejandro suspiró.
-Perdona, no sabía muy bien qué hacer o decirte después de lo del otro día. –admitió él, apesadumbrado. –He hablado con tus padres y felicitado a los novios…
-No te preocupes.
-Me extraña la ausencia de tu primo. Ni siquiera he podido verlo, y siempre fuimos buenos amigos. –dijo él.
-Esteban estaba enamorado de Isaura. Se ha ido a Europa por eso. –soltó ella.
Alejandro la miró, boquiabierto.
-¿De verdad? –preguntó.
-Sí, así es. –afirmó ella, mientras se acercaba. –Es una larga historia… espero que este matrimonio no sea un error.
-Yo también, porque creéme, si un matrimonio no funciona se convierte en un absoluto infierno. –opinó Alex. –Lamentablemente, lo sé por experiencia.
-¿Por qué te casaste con Carolina? –preguntó Ana. –Lo hablamos una vez, pero sigo sin entenderlo.
Alejandro suspiró de nuevo, y se levantó de la silla. Caminó hacia Ana, bordeando la mesa, y se paró frente a ella.
-Creía que estaba enamorado, que era importante para mí, que nos entendíamos y podíamos empezar una vida juntos. –explicó, en voz calmada y baja. –No adiviné como era ella en realidad, ni tampoco lo que yo sentía por ti. Además de eso, hubo otra cosa.
Ana frunció el ceño, con expresión interrogativa.
-¿Qué cosa?
-Ella me confesó… me contó una historia que me enterneció, y creo que me dio lástima. –prosiguió él.
-¿Qué historia? –insistió Ana.
-Hubo un hombre antes que yo. Un novio, algo así. Un tipo que la engañó, y sedujo, para luego abandonarla a su suerte. Le había prometido matrimonio, eso hizo que ella se entregara, y luego él desapareció. –narró Alejandro.
-¿Y tú la crees? –inquirió ella, desconfiada. –No sé, Alex, Carolina no parece una mujer muy vulnerable o inocente. No es de las que se engañan fácilmente, más bien diría que es lo contrario…
-Entonces la creí. –contestó él. – Y me dio lástima, y por supuesto le dije que no me importaba que hubiese estado con otro antes, y que sentía que hubiese pasado por algo así… y nos prometimos en matrimonio. Me parecía una buena mujer, dulce, y debe de ser terrible para cualquier persona que ama, pero sobre todo para una mujer, entregarse por amor y descubrir que la otra parte no te quiere y te ha usado.
Ana bajó la mirada un instante y asintió.
-Sé algo de eso… tú me lo hiciste creer, Alex. –le recordó ella. –No sé cómo pudiste mentirme así, cómo fuiste tan cruel… no quiero reprocharte nada, pero…
-Conoces mis motivos. –repuso él. –No estoy orgulloso, y ahora lo hubiese hecho todo de un modo diferente. Pero quería que me odiaras, quería alejarte, quería que tu dolor fuese tan grande que te obligase a despreciarme y seguir con tu vida. Siento, siento mucho haber sido tan estúpido…
-Hace mucho que estás perdonado. –dijo Ana, sinceramente.
Ella extendió una mano y le tocó los labios con un par de dedos. Alejandro cerró los ojos y entreabrió la boca, besándolos y humedeciéndolos. Luego, besó la palma de la mano de su amiga.
-Me cuesta tanto estar cerca de ti y no tocarte… -murmuró ella.
Alejandro se acercó, y la besó en la comisura de la boca. Ana se apartó, haciendo un gran esfuerzo, y se dio la vuelta. Caminó hacia uno de los sillones que había junto a la ventana, y se sentó allí. Él la siguió, y se puso de cuclillas frente Ana. Cogió una de sus manos entre las suyas, en silencio.
-¿Qué haré con mi vida? –comentó Ana, abrumada.
-Todo lo que siempre has soñado, viajar, la universidad, escribir…
Ella le miró con lágrimas en los ojos.
-¿De qué me servirá si estoy sola? –inquirió. –Nunca le temí a la soledad, no teniendo la familia que tengo, y no teniéndote a ti, pero ahora tengo miedo…
Alejandro hizo una mueca, mucho más que apenado.
-Yo también estoy solo, Ana. –reconoció. –Lo estoy siempre que no estoy contigo.
Alguien tocó a la puerta, pese a que estaba abierta, y Alejandro se puso en pie.
-Adelante. –dijo.
Una criada pasó al interior con un sobre en la mano.
-Señor, ha llegado este telegrama para usted. –anunció ella.
Alejandro lo tomó.
-Gracias. –dijo, educadamente, y la criada se retiró.
Ana se levantó también, y se acercó a Alejandro, preocupada.
-¿De qué se trata? –preguntó.
-No sé.
Él desdobló el papel, y leyó:”Vuelve urgentemente a la capital. Carolina”.
-Qué extraño… -comentó. -¿Qué habrá pasado? Le dije a Carolina que regresaría mañana en la noche.
Ana se encogió de hombros.
-No sé. –balbució, afligida. –Pero no quiero que te vayas…
-Tengo que hacerlo. –replicó Alejandro. -¿Cuándo regresas tú a la ciudad?
-Tal vez mañana, no lo sé. No quiero dejar a mis padres solos del todo, pero me apetece volver allí, a las clases de la universidad…
-A ver a Nicolás. –le soltó él, de repente, y sin pensar. –Lo siento.
-Sí que me acuerdo de él. –confesó Ana. –No sé si puedes entenderlo.
Alejandro guardó el telegrama en el bolso de su chaqueta.
-Me gustaría que él te hiciese feliz, pese a lo que te dije el otro día en la playa. Fui sincero, no quiero que pienses que no, pero me gustaría verte… feliz. –habló él. –Ya que no puede ser a mi lado… no sé, pese a los celos que pueda tener, te conozco y te quiero desde que puedo recordar, y ese cariño está por encima de egoísmos.
Ana parpadeó rápido.
-Creo que sé lo que quieres decir. –aceptó ella, pero estaba molesta. –Aún así… si me quisieras de verdad, aborrecerías la idea de verme con él. Cuando se ama de verdad, se tienen celos.
-Ana, no me malinterpretes. –se quejó él. –No he querido decir que no me importas lo suficiente como para que me afecte que te cases con Nicolás, sabes que eso no es así…
-¿Y qué es entonces? –se enfureció ella. –Nunca has luchado por nosotros y te has escudado en tu obligación con tu esposa… y, ¿sabes qué? No tienes porque cargar con esa condena como crees, de por vida, ni hacérsela cargar a ella. No creo que sea feliz por más que se ate a ti. Lo que no quiere es perder, porque esto para ella debe de ser ya una competición.
-La anulación no es fácil, ni el escándalo, ni someterte a ti a semejante presión, Ana… tendrías que soportar muchas cosas. –argumentó Alejandro, también enfadado. –Si crees que no lo he pensado, que no estoy pensando en ti…
-Ay, por favor… ¡eres un cobarde! -exclamó ella. –Nunca he querido ser un obstáculo en tu matrimonio, no quiero ser la causa de que te separes, no es eso… pero en realidad es así. Nos amamos, Alex, o yo al menos, te amo… y tú y ella no os soportáis. No entiendo por qué tienen que ser así las cosas.
-¡Por qué estoy casado con ella! –chilló él, exasperado. –Me conoces, sabes el sentido del deber y del honor que mis padres me inculcaron, y que mi abuelo perfiló, y ya he faltado bastante a ambos…
Ana apartó la vista, apunto de llorar.
-Siento que me veas así, cobarde e inseguro. –continuó Alejandro. –Pero es justo lo contrario. Tomé una decisión, asumo las consecuencias. Y no pienso arruinarte la vida por ello, por muy dispuesta que tú estés, o por muy enamorado que yo esté de ti.
-Alex…
-Y lo que más lamento de todo esto, es que dudes de mi amor por ti. Un día quise que creyeras que no te quería, pero ahora, lo que más me duele, es que realmente lo creas. –expresó él, realmente dolido.
Ana tragó saliva, y reprimió el llanto.
-Discúlpame, Alex… pero yo también tengo celos.-dijo ella. –Pienso en cómo serás con ella, si le tendrás cariño en el fondo, si es posible que la quisieras antes o la quieras en un futuro… y no lo soporto. Todo esto me viene grande.
-Jamás la querré como te quiero a ti, Ana. Nunca. –afirmó Alejandro, rotundo. –Y tendré que vivir con eso.
Ana cerró los ojos, y él se acercó a ella. Puso una mano en su cintura, y la atrajo hacia él. Después, le dio un tierno beso en la frente.
-Debo irme. –susurró.
Ana asintió con la cabeza.
-Quiero besarte… -confesó él. –Pero no lo haré, no lo haré…
Antes de que Ana pudiera recuperarse, Alejandro ya había abandonado el despacho.
Mónica vio a Nicolás llegar a la celebración, y abrió los ojos como platos. El hombre estaba allí, desorientado, buscando a alguien. Desde luego, era a Ana.
Juan no se percató, así que Mónica caminó hacia él, y le saludó, amablemente. Le revisó con la mirada, no pudiendo evitar imaginarle como su yerno.
-He venido para ver a su hija. –la informó él. –Sé que me he presentado de forma imprevista, pero si pudiera avisarla…
Mónica sonrió.
-Sí, déme un momento. Enseguida se la traigo. –respondió.
Cuando Mónica estaba apunto de entrar en la casa, vio salir a su hija de ella. Se dirigió allí, y le dijo algo. Eso observó Nicolás.
A continuación, Ana le buscaba con la mirada, le encontraba y se encaminaba hasta donde estaba. Mónica volvía junto a su esposo, que para entonces, ya se había percatado de la escena.
-Ese hombre no la deja en paz un segundo. –comentó Juan, algo malhumorado.
Mónica sonrió a su esposo.
-¿Quién será bueno para tu Ana? –le increpó ella.
Juan le devolvió la sonrisa, afectuosamente.
-Cualquiera puede serlo… no es que sea yo exigente. –farfulló él. –Es sólo que aún no conocemos a ese cualquiera.
Ella sonrió nuevamente.
-Baila conmigo, mi amor. –pidió Mónica.
Juan obedeció en el acto, y tomando a su esposa por la cintura y sujetando una de sus manos, comenzaron a moverse al compás de la música.
Nicolás besó una de las manos de Ana.
-Siento haber venido pese a que me pediste que no lo hiciera. Tu prima me dio el recado. –reconoció él.
Ana todavía seguía abatida por su encuentro con Alejandro, y se sentía culpable por lo que le había dicho. Intentó mantener la compostura, y sonrió, sin ganas.
-No importa. –dijo.
-Sí que importa, conozco tu carácter… pero necesitaba verte. –se explicó él. –El tiempo pasa demasiado despacio sin ti allí.
-Yo también te he echado de menos. –aceptó ella.
-¿En serio? Eso es una batalla ganada. –bromeó Nicolás.
-Me pones las cosas fáciles. –le dijo Ana.
Nicolás la miró de arriba abajo, sin ningún disimulo.
-Hoy estás demasiado hermosa… ¿no se te ha acercado ningún hombre? –la piropeó.
Ana se rió, abiertamente.
-Tengo demasiadas malas pulgas.
Nicolás sonrió, tomó aire, y alzó la mirada un segundo al cielo.
-Un día precioso… -comentó. –Me he pasado por la casa de mi hermana antes de venir aquí, y bueno, está terminada, le he supervisado, podrían venir a vivir aquí cuando quieran.
-No creo que lo hagan. –opinó Ana. –Se han acomodado demasiado en la capital.
Nicolás la miró fijamente.
-Estás triste. –observó.
-San Pedro me pone nostálgica.
-No he visto a mi cuñado, ¿dónde está? –preguntó él.
-Se fue… hace nada. Volvía a la ciudad, creo.
Nicolás continuó analizándola con la mirada, algo que a ella le inquietaba.
-No quiero presionarte, Ana, pero necesito una respuesta.
-Lo sé… -ella se quedó pensativa un instante. –Podemos volver juntos a la ciudad mañana, ¿no te parece?
-¿Y qué significa eso?
-No sé si éste es el lugar apropiado para hablarlo. –repuso Ana.
-Inténtalo.
Ana jugueteó con las manos, frunció el ceño, y le miró.
-Estos días me he dado cuenta de que… un matrimonio sin amor puede ser un gran error, no es algo que quiera para mí. –comenzó. – Pero siento algo hacia ti… eso es indudable. Y también sé que… bueno, nunca he pensado en el matrimonio como el objetivo de mi vida, lo veía algo lejano e improbable, no pensé que nadie pudiese quererme y aguantarme al mismo tiempo, mi mal carácter, mi genio, mi independencia… yo sólo he querido ver mundo, estudiar, escribir… pero ahora no quiero estar sola, lo veo.
-Puedes hacer todo eso acompañada, Ana. Casarte conmigo no te lo impediría, te acompañaría a todas esas partes, y te apoyaría en todo, encantado. –aseguró él.
-Lo sé. Y eres muy generoso… -ella titubeó. –Y me gusta tu compañía, creo que lo que siento hacia ti podría crecer.
-Entonces, ¿cuál es la respuesta?
-La respuesta es sí. –soltó ella, sin contemplaciones. –Pero… no inmediatamente. Necesito tiempo para saber si realmente mis sentimientos pueden ser firmes. Te doy el sí a ser tu novia formal… y casarnos, pero en el futuro. No sé si aceptas algo así.
Nicolás sonrió.
-Si soy franco, esto es más de lo que esperaba. –contestó. –Por supuesto que lo acepto, es lo que más quiero…
-Bien. –sonrió Ana.
-¿Debo pedirle a tu padre tu mano? –inquirió.
Ana hizo una mueca.
-Bueno… es una posibilidad, sí.
Isaura entró en la casa con Daniel. Cuando la celebración terminó, se retiraron a solas a su casa, la que una vez había pertenecido a la abuela de Daniel y Ana, y que Juan y el Tuerto habían reparado.
Isaura se sentía exhausta, e iba cogida del brazo de Daniel. Encendieron una tenue luz de la sala, y ella se asombró. Aquél lugar era adorable y había sido decorado con sumo cariño y esmero.
-Lo hizo mi madre. –habló Daniel. -¿Te gusta?
No era excesivamente lujoso, pero sí muy acogedor.
-Es preciosa. –sonrió ella.
-Mañana llegarán los criados, creo que son dos muchachas. –la informó él.
Isaura asintió con la cabeza, y continuaron caminado hasta su alcoba. Abrieron la puerta, y entraron. Grande, espaciosa, bien iluminada, con un gran ventanal, la cama en el centro, y varios muebles.
Ella tomó aire.
-Puedo dormir en otro cuarto si lo prefieres. –comentó Daniel, con dulzura.
Isaura le miró.
-No es necesario. Podemos compartir la cama… no sé que dirían tus padres de vernos en habitaciones separadas. –dijo.
-Sólo quiero que estés cómoda.
-Lo sé… -musitó ella, y sintió con un fuerte mareo se apoderaba de ella, tambaleándose.
Daniel la sostuvo, con delicadeza, pero fuertemente.
-¿Te encuentras bien? –se preocupó él.
-Tengo náuseas.
-Te acompaño al baño. –dijo Daniel, y sosteniéndola por la cintura, se encaminaron ambos hacia allí.
Mónica y Juan entraron en su habitación. Él suspiró, y se dejó caer sobre la cama.
-No sé si he debido darle la mano de nuestra Ana a ese hombre. –dijo.
-Casarse o no con Nicolás, es decisión de ella, Juan. –le respondió Mónica, comprensivamente.
-Lo sé, pero… su hermana no me gusta.
-No tiene por qué ser como ella. - razonó Mónica. –Míranos a Aimeé y a mí…
-Ya sé. –reconoció él. –Pero esa mujer no me gusta.
-A nadie le gusta, Juan.
Alejandro llegó a la capital por la noche. Con la maleta en la mano, entró en la casa. Le pareció raro ver aquello tan cerrado, y sin rastro de criado alguno.
La casa parecía solitaria, y abandonada.
Encendió una luz, y subió las escaleras lentamente, hasta la habitación que compartía con Carolina. Abrió la puerta sin tocar. Y entonces vio la escena.
Carolina dormía sobre el pecho desnudo de Ángel y ambos estaban tapados por las mantas. Se le cayó la maleta al suelo de la impresión.
El golpe les despertó.
Carolina se quedó tan perpleja que no pudo articular palabra. Se sentó, cubierta por la sábana, asustada y bloqueada.
Ángel, en cambio, sonrió, maliciosamente, se levantó de la cama y se puso los pantalones tranquilamente.
-Dame la bata. –pidió ella.
Ángel se la pasó, y continuó callado, vistiéndose. Carolina se puso la bata, y miró a su esposo.
-No es lo que… parece. –acertó a decir, torpemente.
Alejandro les miró a los dos, alternativamente, rojo de ira.
-¿Y qué es entonces? –preguntó, mucho más que indignado.
-Creí que venías mañana.
-Recibí tu telegrama. –explicó él. –Para que viniese urgentemente, y te juro que no entiendo nada… ¿querías que os descubriese así?
Carolina abrió los ojos desmesuradamente.
-¿Qué telegrama? –preguntó. –Yo no te he enviado ningún tele…
Y antes de terminar la palabra, ella se dio cuenta, lo vio claro. Giró la cabeza, y miró a Ángel, que sonreía, divertido. Había sido él. Debió hacerlo mientras ella dormía.
Carolina se levantó de la cama, y caminó hacia su esposo, con la bata puesta.
-Cariño, esto es un error. –murmuró.
-No, yo creo que está bastante claro. –replicó Alejandro, fuera de sus casillas. –Y con él… con razón se te veía tan rara a su lado. ¿Es él? ¿Ese hombre?
-¿Qué hombre? –intervino Ángel, intrigado.
Carolina tragó saliva.
-¡Cállate! -ordenó ella.
Alejandro tomó a su esposa por los hombros, furioso, y la sacudió.
-¡No! –gritó. –Cállate tú… vulgar…
-¡No tienes derecho a insultarme! –protestó ella.
-Y todavía eres soberbia…
-¿Qué hombre? –insistió Ángel.
-El hombre que antes de que nos casásemos la sedujo y la dejó abandonada. –explicó Alejandro.
Ángel se rió, a carcajadas, lo que desconcertó aún más a Alejandro.
-Eso no es así… -corrigió Ángel. –Tu mujer es una gran mentirosa.
Alejandro soltó a Carolina, con desprecio.
-¿Entonces cómo es? –preguntó.
-Ella fue quién me sedujo y me prometió matrimonio, yo era un pelele, la amaba, y me dejó para casarse contigo. –explicó. –Además, hay otro oscuro secreto, ¿cierto?
Carolina temblaba de miedo.
-Cállate. –exigió.
-No, no se va a callar. –repuso Alejandro, y miró a Ángel. –Continúa.
-Ella se quedó embarazada de mí. –habló Ángel. –Y como ese hijo estorbaba sus planes, lo abortó para quedar libre de carga…
Alejandro atravesó con la mirada a Carolina, tan espantado que no podía ocultarlo. Ella cerró los ojos, asustada y vencida.
-No puedo creerlo. –musitó Alejandro, sin apartar la vista de ella. –Me das asco, Carolina.
Ella se mantuvo en silencio. Entonces Alejandro cogió de nuevo su maleta, y salió de la habitación, con paso rápido y seguro.
Carolina volteó la vista un instante hacia Ángel, y después reaccionó, siguiendo a su marido. Corrió tras él, llamándole.
Alejandro bajó las escaleras seguido de ella, que no consiguió detenerle.
-Alejandro, por favor, escúchame… te lo suplico… no te vayas, Alex… -rogaba.
Finalmente, junto al sillón de la entrada, Carolina cayó al suelo, de rodillas, intentando alcanzarle. Él no miró atrás.
Carolina extendió una mano.
-Alejandro…
Vio como se cerraba la puerta de un golpe cuando él salió de la casa.
Y entonces, Ángel se detuvo al lado de Carolina. Se agachó.
Carolina parpadeó. Ángel tomó su barbilla con una mano, y le dio un beso rápido en los labios.
-Y ésta, Carolina, es mi venganza. –dijo él.
Acto seguido, Ángel se erguía, y salía de la casa, cerrando la puerta, y dejándola definitivamente sola.
Carolina cerró los ojos, e intentó no llorar. En ese momento, lo comprendió. Estaba enamorada de Ángel.
-Maldita sea. –masculló.
Escrito desde Sep 29, 2007, 7:37 AM de la dirección IP 200.251.51.56