Isaura regresó entre los brazos de Daniel al cuarto. Se sentía mejor después de haber vomitado. Él la posó ligeramente en la cama, y ella se sintió aliviada al tumbarse.
-Deberías cambiarte, aún llevas el vestido de novia… -sugirió él.
-Estoy mejor… -musitó ella. –Gracias por todo, nunca me cansaré de…
-Deja de agradecerme, por favor. –la cortó Daniel mientras se quitaba la chaqueta y la dejaba sobre una silla.
Isaura se sentó.
-Mañana vienen las criadas, ¿te lo dije ya? –habló él.
Isaura asintió con la cabeza. Se hizo un silencio algo incómodo.
-Tu primo se fue a Europa. –dijo ella, de pronto.
-No sabía.
-Me lo dijo Ana, y… -ella calló un instante, para intentar no llorar. -¿Soy una mala persona?
Daniel se arrodilló frente a Isaura y la miró fijamente a los ojos.
-Claro que no. –contestó.
-Debí dejar el orgullo a un lado, tal vez, los temores, que él supiese que iba a ser padre… tal vez Ana sí tenía razón. No he tenido valor. De pronto, casarme contigo resultaba tan fácil…
Daniel esbozó una sonrisa afectuosa.
-De nada sirve que sigas atormentándote ahora. Descansa y deja de pensar. Hoy ha sido un día largo y agotador. Piensa en el bebe. –argumentó él.
-¿Te tumbarás a mi lado en la cama? –pidió ella. –De verdad que no me gustaría quedarme sola esta noche en este cuarto…
Daniel estiró una mano y le tocó la mejilla, rozándosela levemente a modo de caricia. Isaura sintió un escalofrío en su espina dorsal, y se sobresaltó.
-¿Qué sucede? –inquirió él.
Ella sacudió la cabeza.
-Na… nada. –titubeó. –Tengo sueño.
Daniel se levantó y caminó hacia el otro extremo de la cama, tumbándose en ella, de espaldas a Isaura para que se sintiese más cómoda. Ella se quitó el velo, y lo dejó caer al suelo, para luego acomodarse en la cama. Le miró un instante, pensativa. Luego cerró los ojos y se quedó dormida.
Ana daba vueltas por su recamara, inquieta, insomne. Llamaron a la puerta, y abrió rápidamente. Era su padre.
-Papá… a esta hora…
Juan pasó al interior de la recamara, con un pijama puesto.
-Tu madre se ha quedado dormida, estaba exhausta por el día de hoy. –comentó él. –Pero veo que tú y yo no podemos dormir.
Ana le sonrió.
-Sí, nos parecemos… -reconoció.
Juan se sentó sobre el borde de la cama de su hija, observándola.
-¿Qué te preocupa? –le preguntó.
Ana frunció el ceño.
-¿Por qué piensas que me preocupa algo? –replicó ella.
-Porque eres mi hija.
Ana bajó la cabeza, vencida.
-Pues la boda de mi hermano. –expuso.
-¿Por qué? Se ha casado con tu mejor amiga.
Ana hizo una mueca, buscando las palabras.
-No sé… me preocupo por si será feliz y eso, no tiene importancia. –mintió ella.
-Lo será. –afirmó Juan. -Y tú, ¿lo eres?
Ana le miró, sorprendida.
-Sí, claro, yo…
-Esta tarde le he concedido tu mano a ese hombre, Nicolás. Al que apenas conocemos, y me gustaría saber si le quieres, si es un buen hombre y si te hace feliz… -se explicó Juan, sin rodeos.
Ana carraspeó.
-Bueno…-murmuró. –Papá, me resulta algo incómodo hablar de esto contigo…
-¿Por qué?
Ana se encogió de hombros.
-Pues porque eres mi padre. –repuso ella como si no fuese obvio.
Juan sonrió.
-Tampoco te he preguntado algo escandaloso, Ana, sólo si quieres a ese hombre. Al único que te he visto unida en tu vida es a Alex…
Ana bajó la cabeza, temiendo ruborizarse y que ello la delatase.
-Sí, bueno, eso era diferente. –dijo.
-Lo sé. –contestó Juan e hizo una pequeña pausa. -¿Y entonces?
-Siento algo por él, honestamente, y pienso que podría crecer. Y sí, es un buen hombre, siempre ha sido respetuoso conmigo. –respondió ella.
-Sientes algo, ya… -repitió Juan, algo escéptico.
-¿Está mal?
-No, claro que no… es sólo que para casarse con alguien hace falta más que eso. O debería. –dijo él.
-Siempre he pensado que me gustaría tener un matrimonio como el que tienes tú con mamá, pero eso es… algo excepcional, creo yo…
-¿Por qué? –inquirió Juan.
-Porque lo que tenéis es demasiado bonito, demasiado especial y único…
-Es amor, hija. –replicó él. –Un amor sincero y grande, no te lo niego, pero no es imposible encontrarlo… no me gustaría que te conformaras con menos. Y nosotros también hemos tenido nuestras dificultades…
Ana caminó hacia su padre, y se sentó a su lado. Exhaló un suspiro.
-Ojalá pueda sentir eso por Nicolás. –comentó, sabiendo de antemano que ese amor era el de Alejandro.
Juan le pasó un brazo alrededor de los hombros, y la atrajo hacia ella. Ana apoyó la cabeza en su hombro.
-Algún día me gustaría escuchar completa vuestra historia, papá… -solicitó Ana, en voz baja.
Isaura abrió los ojos al sentir la claridad del sol colarse por la ventana de la habitación. Se desperezó, y giró la cabeza. Daniel aún dormía, y se había dado la vuelta, de modo que estaba mirando hacia ella.
Sonrió al verle tan plácidamente dormido. Aquel hombre era tan bueno y tan tierno que era imposible no encariñarse con él. Estaba ligeramente despeinado, y con la ropa arrugada, y se fijó en su cara. Realmente era atractivo, eso era indudable.
Entonces Daniel se movió imperceptiblemente, y abrió también los ojos, poco a poco. Sus bonitos ojos claros la contemplaron.
-Buenos días… -dijo él, aún adormitado. –Estás sonriendo.
Isaura cambió la expresión, algo avergonzada.
-Buenos días. –le contestó.
-¿Has dormido bien? –inquirió Daniel.
-Sí, lo cierto es que sí. ¿Y tú?
-Sí, he descansado, Isaura. –él hizo una pausa. –Y ahora, debería… bajar para comprobar si han llegado las muchachas, indicarles dónde está todo, y bueno, pedirles que hagan el desayuno.
Isaura se sentó sobre la cama, con el moño deshecho, y asintió.
-Claro. –dijo ella, suavemente.
Daniel se puso en pie.
-Antes me pasaré por la habitación de invitados, dónde está mi ropa, y me asearé y cambiaré. –prosiguió él. –Hazlo tú también, te dejo a solas. Cuando estés lista, baja.
Daniel caminó hacia la puerta, mientras ella le observaba.
Alejandro estaba en su despacho, en la casa de sus jefes, ordenando los papeles y documentos que había dejado a medias antes de partir a San Pedro para la boda de Daniel e Isaura. Había pasado la noche en un hotel, y no había logrado conciliar el sueño. Estaba cansado y tenso. Así que bebió el café que le pidió a una criada rápidamente, y trató de concentrarse en su trabajo, sin pensar en nada más.
Pero entonces ella abrió la puerta. Allí estaba Carolina.
Su esposa se presentó allí a primera hora de la mañana, con sus elegantes ropajes, y su actitud inmutable. Cerró la puerta tras de sí, y le miró.
Alejandro clavó sus ojos en ella, sorprendido de que se atreviera a buscarle tan pronto.
-No viniste a dormir. –soltó Carolina.
Alejandro se recostó en la silla, y frunció el ceño.
-No me digas…
-Al menos debiste dejar que me explicase. –continuó ella, haciéndose la ofendida.
Alejandro tomó aire, y rezó por controlarse.
-Creo que deberías irte, tengo mucho trabajo. –dijo.
Carolina se movió y caminó hacia la mesa.
-Tenemos que hablar. –solicitó.
-Creo que quedó todo claro ayer. –repuso él, levantándose de la silla. –Así que te invito a salir del despacho… a menos que quieras que pierda la educación y las buenas maneras.
Carolina dio una vuelta, y puso los brazos en jarras.
-No tienes derecho a tratarme así. –se quejó.
-¿Qué? -preguntó él, incrédulo.
-Tú me echaste a sus brazos.
Alejandro dejó escapar una exclamación de indignación.
-No tengo ganas de escuchar tonterías. –expresó. –Vete.
-Pero es que no son tonterías, ¡soy tu esposa!
-Carolina, no me armes un escándalo, y menos aquí… estoy seguro de que a esta buena familia le dejaría atónito saber quién es una de sus grandes amistades, y a que se dedica en su tiempo libre con el prometido de su única hija…
Ella se mordió el labio inferior.
-¡No tienes ni idea! –gritó.
-¿No? Entonces explícate, anda, tengo curiosidad. –la azuzó Alejandro.
-La culpa es tuya.
-Como no…
-No me has tocado desde la noche de bodas, amas a otra, me desprecias. Tú me fuiste infiel primero. –se defendió.
Alejandro tragó saliva, y habló.
-No sabes cómo han sido las cosas, o no has querido entenderlo. No te quiero, y te lo he dicho, pero aún así me he quedado a tu lado para cumplir el deber que tenía… y Carolina, déjame decirte, que el que yo haya hecho algo mal, no es excusa para que tú lo hagas peor. Meter en la cama a un hombre por venganza hacia mí, o soledad, o lo que sea… mientras me amarras a ti, y me haces la vida imposible, no es muy digno, ni está muy justificado…
Carolina buscó algo a lo que agarrarse, algo para defenderse. Había ido allí con un propósito.
-Eres mi esposo, y debes volver a casa. –dijo, finalmente.
-No, no tengo que hacer nada. –negó él. –Mis deberes para contigo, Carolina, se acabaron ayer.
-No es honorable que me dejes abandonada.
-Creéme, lo que tú has hecho, tampoco lo es. –repuso Alejandro, fuera de sus casillas.
-Me sentía tan sola… -se lamentó Carolina, afligida. – Tan desdichada, que…
-Por favor, deja de hacerte la víctima. –interrumpió. –Nos usaste a los dos como a dos títeres. Me mentiste mucho antes de casarnos, Carolina.
-No es cierto. Nunca te mentí.
Alejandro la miró desencajado.
-¿Cómo?
-Él dijo un millón de mentiras anoche. –dijo ella. –No puedes creer esas locuras. Lo que pasa es que quería vengarse de mí por haberme casado contigo.
-¿Y por qué iba a hacer eso si tú dijiste que él te abandonó? –preguntó Alejandro.
-Ay, pues porque así es de despreciable ese hombre… no soportaba que le hubiese olvidado y hubiese rehecho mi vida. Desde que lo encontré aquí, en aquella fiesta, no ha dejado de perseguirme…
-¿Por qué no me contaste quién era?
-Pues porque me sentía avergonzada. –mintió ella. –No pensarás que soy capaz de hacer algo como lo que dijo, ¿verdad? Capaz de matar a mi propio hijo, tú viste como sufrí cuando perdimos el nuestro…
Alejandro tardó algunos segundos en contestar.
-Lo más terrible de todo, Carolina, es que sí te creo capaz. –le espetó.
Carolina titubeó, contrariada.
-Y tampoco veo lógico que metieras en tu cama a ese hombre después de lo que dijiste que te había hecho. –concluyó Alejandro. –Así que, creo que está claro quién de los dos dice la verdad, y no eres tú.
Carolina cerró uno de sus puños, furiosa.
-Me da ya igual que pienses, pero tienes que regresar a la casa.
-Jamás lo haré. –afirmó él, rotundo. Sus facciones se habían endurecido. –Y vete de una vez, o te juro que no respondo.
Carolina se dio cuenta de que no obtendría nada más en esas condiciones.
-Muy bien. –musitó, abandonando el despacho.
Isaura abrió el armario y encontró toda la nueva ropa que Mónica le había comprado. Eligió un vestido rosado, se cepilló el pelo, y se lo dejó suelto, y salió del cuarto. Estaba algo perdida en la casa, pero enseguida bajó las escaleras, y se encaminó a lo que supuso sería la cocina.
Allí encontró a su esposo hablando animadamente con dos muchachas de aproximadamente unos dieciocho o diecinueve años. Ambas morenas, de piel curtida por el sol, como la suya propia. Al verla llegar, los tres se callaron.
-Ven, Isaura. –pidió Daniel, y ella obedeció, acercándose. –Ésta es mi esposa, Isaura. Todas las cuestiones domésticas las llevará ella, os dirá lo que tenéis que hacer.
Las dos muchachas asintieron.
-Y bueno, Isaura, ellas se llaman Cecilia y Marcela respectivamente.
-Para lo que disponga, señora. –dijo una de ellas, Marcela.
Isaura les sonrió, con amabilidad, y también cierta timidez. No dejaba de resultarle extraño el hecho de tener servidumbre a su servicio.
-Les he dicho que nos lleven el desayuno al comedor, ¿te parece? –comentó Daniel.
-Sí, está bien. –aceptó Isaura.
-Bueno, pues vamos. –dijo Daniel, tomando a su esposa por la cintura, y saliendo ambos de la cocina.
Cecilia miró a su compañera de trabajo.
-¿No te parece una lástima que el señor esté casado? –dijo.
Marcela miró a la chica, desconcertada.
-¿Cómo dices? –preguntó.
-Nada, que me parece realmente guapo…
Daniel se sentó junto a Isaura en la mesa del comedor, mientras esperaban por el desayuno.
-Estás muy linda. –le dijo, sonriendo.
Isaura se sonrojó ligeramente.
-Gracias. –contestó, en voz baja.
-Espero que estés cómoda aquí, y que te sientas tranquila.-prosiguió Daniel. –Es mi mayor propósito.
-Lo estoy, gracias.
-Deja de darme las gracias… -replicó él. –No sé cuando dejarás de hacerlo.
-Lo siento, no puedo evitarlo. –se excusó ella, y se pasó la mano por el vientre. –Que cargues conmigo y mi hijo…
-Isaura, eso está ya más que hablado, por favor.
-Está bien. –musitó.
Ellos se quedaron en silencio unos instantes.
-Después de desayunar iré a trabajar a Campo Real. Mi tío dijo que podría ausentarme unos días, por la boda, pero realmente no lo considero necesario. Tampoco es éste un matrimonio común. Y bueno, sí he pensado en el viaje de luna de miel, para cuando nazca el bebé. Entonces podríamos ir a algún lugar.
Isaura se sorprendió.
-¿En serio? Pero…
-No te asustes. –la cortó él, adelantándose a la pregunta. –Estoy seguro de que siempre habrás querido ver más mundo que San Pedro, y cuando tengas al niño, podríamos hacer algún viaje los tres. Tampoco tiene que ser demasiado lejos la primera vez, pero sí que me gustaría ofrecerte la posibilidad de viajar, he pensado que quizás te gustaría. No sé, incluso la capital, unos días allí, como tú quieras.
Isaura sonrió, conmovida por su ofrecimiento y su cariño sin exigencias a cambio.
-Estaría encantada, Daniel. –confesó.
Él asintió con la cabeza, complacido. Entonces ella dio un suave respingo sobre la silla.
-¿Qué ocurre? –se inquietó él.
-El bebe… me ha dado una patada. –contó ella. –No lo había sentido hasta ahora.
-Me alegro…
-Otra vez. –dijo Isaura, y se rió. -¿Quieres comprobarlo?
Daniel titubeó.
-Bueno…
Y antes de que pudiese contestar, Isaura había tomado su mano, y la había colocado sobre su vientre. Entonces el bebe dio otra patada.
Los dos se rieron. Daniel se dedicó a contemplarla, pues Isaura estaba distraída, absorta en sentir a su hijo dentro de ella. La observó, vio como reía, como parecía serena por primera vez. La vio hermosa, vulnerable, y entendió porque su primo la había deseado tanto.
Isaura no tardó en percibir la mirada de su esposo sobre ella, y levantó la vista. Daniel no apartó sus ojos de ella.
Carolina salió enfurecida del despacho de su marido, dispuesta a abandonar la casa, pero al pasar por las escaleras, antes de llegar a la salida, vio a Ángel parado junto a las escaleras, esperando.
Al verla, él sonrió impertinentemente.
-Mi muy querida señora Carolina… -habló, con sorna.
Ella no contestó, se armó de valor, y siguió andando como si nada.
Entonces vio como Rosa bajaba las escaleras y se paraba al lado de su prometido. Ángel tomó la mano de la muchacha y le besó la palma con devoción.
Carolina aligeró el paso sin mirar atrás.
Ana llegó a la capital en la noche, acompañada por Nicolás. Estaba agotada del viaje, y también con ganas de darse un baño.
Bajaron del carruaje, él llevó sus maletas hasta la puerta de la casa, y se detuvo para despedirse.
-Es la primera vez que hago este recorrido siendo tu novio. –comentó.
Ana le sonrió.
-Sí, es cierto.
Nicolás se acercó a ella, y le dio un beso fugaz en los labios. No fue suficiente. Se acercó de nuevo, y la besó, más lentamente, un beso más largo.
Ana cerró los ojos, y lo aceptó, como las otras veces.
-Buenas noches –dijo él. –Te veo mañana.
Ana asintió, y acto seguido tocó a la puerta. Le abrió su prima Estefanía, contenta de verla, y le ayudó a cargar con las maletas hasta la recamara.
-Es tarde. –comentó Estefanía posando un par de maletas en el cuarto de Ana.
Ana se desplomó sobre la cama.
-Lo sé. –dijo. –Hemos parado a cenar antes de llegar aquí.
-Veo que ese hombre fue a buscarte a San Pedro… -dejó caer Estefanía, con ansias de platicar sobre el tema.
Ana se incorporó.
-Tengo novedades. –dijo. –Pero hablaremos mañana, ¿si? Estoy tan cansada…
Estefanía asintió, aunque de mala gana.
-¿Podrías dejar mi bolso y el sombrero sobre esa silla? –pidió Ana, sin moverse de la cama.
-No veo el bolso, Ana. –contestó Estefanía.
-Andará por ahí… ¿y tu madre?
-Ya está acostada. No sabíamos que regresabas hoy. –explicó Estefanía. –Pero me alegro mucho, yo aquí sola me aburro… insisto, no veo el bolso.
Ana se levantó, decidida, y buscó entre las maletas.
-Oh… maldita sea. –farfulló.
-¿Qué ocurre?
-Me lo he debido de dejar en el coche. –observó. –Bueno, no importa, mañana me lo traerá Nicolás.
Estefanía no pudo evitar dar un saltito de la felicidad, y abrazarla.
-¿Le sirvo la cena? –preguntó Marcela.
Isaura la miró, e hizo una mueca de aprobación, mientras esperaba sentada en el sillón de la sala.
-Sí, supongo que mi marido… -Isaura sonrió para sí, al pronunciar esa palabra. –Mi marido debe de estar al llegar.
-Sí, señora. –dijo la muchacha, retirándose.
Entonces llamaron a la puerta, e Isaura fue a abrir. Daniel entró, torpemente, y cerró la puerta.
-Hola, Daniel, ya he pedido que sirvan la cena… -comentó ella, y dejó de hablar.
Daniel no caminaba erguido, llevaba la mano puesta en un costado, y vio que su camisa estaba manchada de sangre.
-Dios Santo… -se asustó ella. -¿Qué ha…?
-No es nada, tranquila. –respondió él. –Tuve un altercado con un peón de Campo Real… no vine a comer porque quise solventarlo, y ahora…
Isaura se colocó al lado de su marido, tomándole de un brazo, y ayudándole a llegar al sillón.
Ana estaba casi dormida cuando tocaron a la puerta. Se sorprendió, y se levantó, somnolienta. Dio la luz de su recamara, y vio lo tarde que era en el reloj. Aún así, recordó el asunto del bolso, y pensó que sería Nicolás, para devolvérselo.
Salió del cuarto, con la bata puesta sobre su camisón, dio la luz de una lámpara, y se acercó a la puerta, mientras llamaban de nuevo. Cogió la llave, y abrió la puerta.
Tardó unos segundos en reaccionar. Era Alejandro.
-Alex… -murmuró, desconcertada.
Él entró en la casa, sin pedir permiso. Entonces Ana se dio cuenta del estado en que él se encontraba. No llevaba corbata, ni chaqueta, las mangas de la camisa estaban remangadas y desprendía un fuerte olor a alcohol.
-¿Qué haces aquí, a esta hora? –preguntó ella.
-Quería saber si ya habías vuelto… -dijo él.
Ana cerró la puerta.
-Es tarde, y si Dolores o Estefanía te descubren aquí…
-¿Sabes, Ana? Tantos años siendo amigos íntimos, y es la primera vez que te veo en camisón…
Ana se ruborizó, y se apoyó en la pared.
-Alex, has estado tomando, estás borracho. –opinó ella.
-He estado tomando. –corroboró él. –He tomado mucho, y sí, estoy muy borracho.
Alejandro se acercó a ella, y apoyó un brazo en la pared, a su alrededor, cercándola.
-Quería verte… -susurró, muy próximo a ella, y de una forma realmente sugerente.
-Alex, no creo que…
-Siempre quiero verte, pero ahora mucho más. –le interrumpió él.
-De verdad, creo que tal cómo estás, lo mejor sería que volvieras a tu casa. –titubeó ella.
-¿Tú crees? –repuso él, y la miró de arriba abajo, de una forma minuciosa; lo que provocó que Ana se ruborizará violentamente. -¿Te he dicho que me vuelves loco?
-Alex, por Dios… -tartamudeó Ana, atónita.
Él apoyó una mano en su hombro, y la deslizó por todo el brazo. Ana cerró los ojos, sintió un escalofrío.
-Te deseo tanto… -murmuró él.
-Alex…
Alejandro la atrajo hacia sí, y la besó en la boca, profundamente. Primero despacio, y luego urgentemente, jugueteando con su lengua entre los labios de Ana. Ella gimió, vencida, y él la apretó a él, tanto como pudo, dejándola al mismo tiempo apoyada en la pared. Deslizó su boca por el cuello de Ana, y bajó hasta su escote. Ella entendió que él no se iba a detener esta vez, y por poco perdió los papeles.
-Alex, no… -dijo ella, apartándose bruscamente.
-¿Qué? –preguntó él, extrañado. –En San Pedro dijiste que deseabas estar conmigo, que…