A Ana se le subió el calor a la cabeza al escuchar aquello.
-¿Qué? -preguntó Nicolás.
-Que tus temores son ciertos, cuñado. La quiero. –completó Alejandro.
Ana tragó saliva, no estando preparada para lo que se avecinaba.
-Oíd… esto es una tontería. –manifestó ella. –Es demasiado tarde, y… Nicolás, acércale a su casa, está borracho…
Nicolás no escuchó a Ana. Caminó hacia Alejandro y se detuvo a dos palmos de distancia de él.
-¿La quieres? –inquirió.
-Más que a nada. –corroboró Alejandro.
Los dos se analizaron un par de segundos, sin hablar. La tensión había aumentado.
-¿Y mi hermana, qué? –comentó Nicolás.
-No la quiero, nunca lo he hecho. –confesó Alejandro, sin pudor.
Nicolás endureció sus facciones, y le amarró por la solapa con las dos manos.
-Vete de aquí antes de que pierda la paciencia.
-No. –le provocó Alejandro, con descaro.
Y acto seguido, Nicolás, sin poder reprimirse, le dio un puñetazo en la boca.
Ana dejó escapar una exclamación de susto, y Alejandro giró la cabeza por el golpe recibido. Se llevó la mano a los labios, le sangraban. Miró a su cuñado, y respondió a su golpe dándole otro puñetazo.
Ana reaccionó y se metió en medio de ambos.
-¡Basta ya! –chilló, enojada. –No convertiréis esta casa en un corral de pelea.
-¡Ha empezado él! –protestó Nicolás.
-¡Me importa un bledo! –replicó Ana, fuera de sus casillas, y se dirigió a su novio. –Nicolás, hablamos mañana, haz el favor de irte a casa. Gracias por el bolso.
Él frunció el ceño, estupefacto.
-¿Me echas a mí? ¿Y él se queda aquí? –se quejó.
-Necesito hablar con él. Por favor, mañana hablamos.
-No. –se negó Nicolás.
-Confía en mí… -rogó Ana. –Tengo que solucionar esto.
Nicolás les miró a ambos, alternativamente, y asintió, resignado.
-Espero no arrepentirme. –dijo él.
Luego, salió de la casa, de mala gana.
Isaura llevó a su esposo hasta la recamara. A continuación, pidió a las muchachas que buscasen al doctor. Acomodó la almohada en la espalda de Daniel, y le abrió con delicadeza la camisa, dejando al descubierto la herida.
-Es más profunda de lo que imaginaba. –comentó ella.
-Estoy bien.
-¿Pero qué sucedió? –preguntó mientras pasaba un paño limpio sobre la zona y retiraba algo de sangre.
-Pues… -empezó él, y gimió, dolorido. –Tuve problemas con un peón, quería que le pagásemos más que al resto, traté de hacerle razonar, no hubo manera… así que lo dejé, y continué preparando documentos sobre la entrada de nuevos peones a la hacienda, el pago del resto…
-¿Y qué pasó?
-Pues que al final del día fui a buscarle, no lo encontré, y en la noche, cuando estaba apunto de subir al carruaje, me abordó de malas formas, me encaré con él, le expuse la situación, y sacó una navaja… me moví, pero me la clavó en el costado, y salió corriendo. Como me di cuenta de que aguantaría hasta aquí, y no me apetecía regresar a la casa, simplemente subí al coche y me vine… -explicó Daniel.
-¿Y eso qué? Mira lo que ha hecho, no puede quedar impune…
-Hablaré con mi tío. –prometió Daniel. –Quizás otro tipo de sanción, si se porta bien de ahora en adelante…
-¡Te ha herido! –protestó Isaura.
Daniel sonrió, en cierto modo satisfecho con su enfado y desasosiego. Cerró los ojos y apoyó la cabeza en la almohada. Isaura se sentó a su lado, y tomó una de sus manos.
-Estate tranquilo, el médico viene de camino. –le alentó.
Ana le atravesó con la mirada, indignada.
-¿Qué te pasa? ¿Te has vuelto loco? –le preguntó.
Alejandro parpadeó, y se pasó la mano por la cabeza. Estaba confuso y abrumado.
-No lo sé. –dijo.
-No entiendo cómo has podido decir todo lo que has dicho…
-Y yo no sé cómo después de decirme lo que dijiste en San Pedro, vengo aquí, y estás prometida con Nicolás… qué rápido, ¿no? –la increpó él.
-Y tú me dijiste lo que me dijiste en Campo Real, y ahora te plantas aquí en este estado y haces esto…
Alejandro dio un par de pasos hacia ella, tambaleándose. Ana se apartó ligeramente, por prudencia.
-¿Vas a casarte con él? –preguntó él. -¿De verdad?
-Ahora soy su novia. –contestó Ana, enojada. –Y no soporto qué hagas esto, no puedes tomarme y dejarme cuando te venga en gana, me besas, me rechazas, te alejas, me buscas…
-Sabes cómo son las cosas. –replicó Alejandro.
-Precisamente por eso ya tomé una decisión, alentada por ti, te recuerdo. Y no tienes ningún derecho a comportarte como si fuese de tu propiedad, tratando así a Nicolás…
-¿Ahora le defiendes? –inquirió él, atónito. –De modo que es más de lo que pensaba,
te preocupa lo que él pueda pensar…
-Sino me gustase, no le habría aceptado, ¿quién te crees que soy?
-Así que, por fin hablamos claro…-dijo Alejandro. –Así que… tan poco significo para ti… ¿es eso?
Ana se mordió el labio inferior, y le dio una cachetada. Bufó, realmente enfadada.
-Esto es el colmo. –murmuró ella.
Alejandro se tocó la cara, enrojecida por la bofetada.
-Está claro. –insistió él, mirándola fijamente. –Esta pelea demuestra tus preferencias. Qué iluso he sido, tanto tiempo con él…
Ana reprimió las lágrimas.
-Tú te casaste con otra. –le echó en cara.
Alejandro intentó dejar los celos a un lado.
-Lo sé. Y lo he pagado. –aceptó.
-Pues no me reproches a mí que estemos separados. Además, aún no entiendo que has venido a hacer aquí. –le espetó Ana.
Él la observó unos segundos, y bajó la vista.
-Nada. Ya no tiene importancia. –musitó Alejandro.
Ana no contestó a eso, y le vio salir de la casa. Una vez él abandonó el lugar, ella suspiró, sintiendo un nudo de nervios en el estómago. Disgustada, se sentó en el suelo, encogida, apoyada en sus rodillas.
Estefanía apareció instantes después, como acostumbraba.
-Lo he escuchado todo, qué escándalo… por poco despiertan a mi madre. –comentó.
Ana agachó la cabeza, y lloró en silencio. Estaba tan enfadada con Alejandro que sólo quería echarle de allí. Y estaba terriblemente asustada.
El médico le echó un par de puntos, le recomendó reposo, y abandonó la casa. Isaura se sintió más tranquila, y acompañó a su marido mientras éste comía algo en la recamara.
-Te has preocupado en exceso, Isaura. –comentó él.
-No lo creo. Y sigo pensando que habría que despedirle.
-No pienses ahora en eso.
Daniel terminó su sopa, y dejó el plato sobre una mesita.
-¿No quieres nada más? –preguntó ella.
-No tengo demasiado apetito. –repuso él, y sonrió. –Estoy bien…
Isaura asintió, sentada a los pies de la cama.
-Mañana no irás a Campo Real. –resolvió.
-Lo que usted ordene.
Ella se levantó, y dio un par de vueltas por el cuarto, pensativa.
-¿Cómo ha ido tu día? –inquirió Daniel.
-Bien. Vino a verme mi madre… transcurrió sin novedades. –contestó ella. –Pero…
-¿Qué?
-Le he estado dando vueltas a todo. –confesó Isaura. –Lo he hecho mal.
-Isaura, ya de nada sirve…
-Esteban debería saber que tendrá un hijo. ¿Crees que si algún día regresa debo contárselo?
Daniel suspiró, turbado.
-Siempre he dicho que no es asunto mío. –dijo. –Y siempre te dije que debías decirlo.
-Lo sé… pero estaba tan enfadada…y sentía un dolor tan grande… él me traicionó, se acostó con otra, y nadie pareció comprender como me sentí. Todos pensasteis que debía perdonarle, y luchar por él, pero no quería. Estaba decepcionada. Y mi orgullo me impedía decirle lo del bebé, yo quería que él estuviese conmigo no a causa de deberes paternales… y su padre me trató fatal, y yo sólo quería huir de todos ellos… y apareciste tú. –se sinceró la muchacha. –Me planteaste una solución tan fácil, tan cómoda para mí… sé que suena a loco, porque para ninguna mujer debe de ser cómodo casarse sin estar enamorada, pero para mí lo era. Contigo me sentía tan bien, que aquí estoy, soy tu esposa. Y entonces Ana se enojó, y me odió y…
-¿Adónde quieres llegar, Isaura?
-Pues a que, quizás, no pensé por un segundo en Esteban, en que estaba siendo cruel con él, en que pese al daño que me había causado, era su hijo, es su hijo, y que yo debí de ser más noble, y más franca… y dejar que lo supiera aunque no me casase con él. –expuso. –Y ahora podría ir a Campo Real y decirle a tus tíos que serán abuelos, sin embargo, no quiero ni puedo… sería terrible para todos, y además, ellos me odian.
-¿Entonces?
-Entonces… si él vuelve, lo haré. Se lo diré.
Daniel asintió con la cabeza.
-Pero quiero que me des tu permiso para hacerlo. –prosiguió ella.
-¿Mi permiso? –se sorprendió él.
-Bueno, ahora eres mi esposo, tienes que estar de acuerdo. Y no quiero incomodarte. –se explicó Isaura.
-Mi dulce Isaura… -murmuró Daniel. –Tú no necesitas mi permiso, puedes pedir mi opinión, pero no soy tu dueño, y realmente no debo meterme en algo así. Es vuestro hijo, mal que me pese. Es una decisión exclusivamente tuya.
-Pero cuando una mujer se casa… bueno, ya sabes… no es que mande el hombre, porque en mi casa nunca ha sido así, y soy consciente que en la tuya tampoco, pero no sé… lo habitual es eso, y no sabía que pensarías tú al respecto, y has sido tan bueno conmigo que no quería molestarte… -balbuceó ella, con timidez.
-Estás colorada. –habló Daniel. –No te preocupes, Isaura. Para nada me molesta que se lo digas, para nada. Y nunca seré yo quién mande en esta casa. Es más, puedes disponer lo que quieras… quiero que seas libre… y feliz.
Isaura le sonrió, con cariño. Qué maravilloso era aquél hombre…
Carolina se sentía perdida. Aquella noche de nuevo sola en una casa tan grande, tan vacía. Alejandro despreciándola como nunca, Ángel prometido con otra, el causante de su desgracia. Cuando tocaron al timbre, se sorprendió, y estuvo segura de que sería uno de ellos.
Bajó rápido a la entrada, y abrió la puerta, agitada. Frunció el ceño al comprobar que se trataba de su hermano.
-¿Te has peleado con la cama? –soltó él, pasando al interior de la casa.
-¿Qué?
-Tienes todo el cabello alborotado.
Carolina se llevó la mano a la cabeza, y trató de asentarse el pelo.
-No podía dormir. –dijo ella. -¿Qué haces aquí? Y a esta hora…
-¿No sabes dónde está tu querido maridito?
-¿Cómo?
-He venido a traerte las últimas novedades. –continuó él.
-Adelante.
-Estoy prometido con Ana. Me ha aceptado.
Carolina le miró con una expresión extraña, mezcla de confusión, desconcierto y sorpresa.
-Qué irónico que justo ahora… -musitó ella.
-¿Qué justo ahora, qué? ¿No era lo que tú querías? –replicó él.
-Sí, pero me hubiese servido de más mucho antes.
-¿Ahora es tarde? Bueno, en realidad sé que sí, después de lo que he visto hoy, no creo que nada pueda salvar tu matrimonio…
-¿De qué demonios hablas? –preguntó Carolina, fastidiada. -¡Habla de una vez!
Nicolás hizo una mueca, creando más intriga.
-Bueno, digamos que yo sé donde está tu marido ahora mismo.
-¿Dónde? ¿Le has visto? –inquirió ella.
-Está en casa de mi novia.
-¿De Ana?
-Exactamente. –afirmó Nicolás. –Allí se quedó, y estaba muy borracho.
-Tienes la cara…magullada. –observó Carolina. –No me digas que…
-Sí, fue él. Nos agarramos a golpes por Ana.
-¿Pero qué le veis a esa maldita? –se enojó ella.
-Mira, Carolina, lo único que sé es que Alejandro estaba descontrolado, y no dudó en decirme que le importas un carajo y que está enamorado de ella.
Carolina tomó aire, profundamente irritada.
-No es posible que se haya atrevido a decirte eso a ti…
-Pues sí. Y aquí estoy, vine a informarte. –explicó Nicolás. –Y quiero advertirte, que no voy a permitir que tu marido se meta en medio ahora que ella me ha aceptado.
-¿Y qué puedo hacer yo?
Nicolás se sorprendió al oír aquello.
-No lo sé, siempre te las has ingeniado para mantenerlo bajo tu dominio. Me importa poco, Carolina, el cómo. –él hizo una pausa. –Pero una vez me pediste que alejara a esa chica de tu esposo, y ahora que yo la tengo, no voy a perderla. Te pido lo mismo, mantenle al margen.
-Por si no lo comprobaste hoy, Alejandro no está muy sumiso. No me es fácil acercarme a él ahora mismo. Más quisiera que alejarle de ésa…
-¿Estás muy celosa?
-No son celos. –aclaró Carolina. –Es mi dignidad, mi orgullo de mujer, y mi odio hacia esa pueblerina estúpida. Ella tiene la culpa de todo.
-Bueno, como sea… no sé que ha pasado entre vosotros, pero yo quiero a Ana. Así que, ya puedes ayudarme. No soy ciego, sé lo que ella siente por Alejandro. Pero también sé que no le soy indiferente, y voy a luchar con todas las armas que tenga a mi alcance. Te lo juro. –concluyó Nicolás.
Isaura se quedó sentada sobre el borde de la cama hasta que su esposo se durmió. Entonces bajó a la cocina para dejar la bandeja con los platos, y volvió a subir a la recamara. Se cambió de ropa, se puso uno de los camisones que Mónica le había comprado, y se recostó al lado de Daniel.
Él estaba profundamente dormido. Le contempló unos instantes, y luego cerró los ojos. Cuando estaba casi dormida, le oyó gemir levemente. Entreabrió los ojos, y le vio moverse.
-Daniel… -le llamó. -¿Estás bien?
Él abrió los ojos, con cierta dificultad.
-Noto alguna molestia, pero no te preocupes, sigue durmiendo. –contestó él, en voz baja.
Isaura se dio cuenta de que estaba pálido, se incorporó y puso una mano sobre su frente.
-Creo que tienes fiebre. –opinó. –Bajaré a por agua, ¿sí? Y en cuanto amanezca, volveré a llamar al doctor…
Daniel le sonrió con afecto antes de cerrar nuevamente los ojos.
-Gracias por preocuparte, querida Isaura…
Ella le miró, y sintió una punzada en el estómago.
-De nada. –musitó.
Era demasiado tarde para que una dama decente anduviese sola, aunque la hubiesen llevado en carruaje. Las calles estaban casi desiertas, lo único que quedaba en ellas era algún que otro hombre borracho, maleantes, y mujeres de mal vivir. La gente de bien dormía en sus casas.
Pero a Carolina poco le importaba, cruzó la calle, dispuesta a llegar a aquélla pensión.
Cuando tocó a la puerta, salió a recibirla el marido de la dueña, un hombre bajo y corpulento, y Carolina preguntó sin contemplaciones por Ángel, como tantas otras veces.
-Ese hombre no se encuentra aquí. –le contestó él.
-Mire, si no quiere verme, dígale que pierde el tiempo, porque voy a entrar de todas formas…
-Le digo que no se encuentra. –repitió el hombre. –Se fue anoche de aquí, recogió sus cosas y se marchó. Dijo que no volvería.
-¿Dónde se fue? ¿No le dejó alguna dirección de otro hotel o…?
-Mire, señora, como comprenderá, esa información no es de nuestra incumbencia. Nuestros clientes no nos la dan, y nosotros no la pedimos. Disculpe, y buenas noches.
Y sin más consideraciones, el hombre le cerró la puerta en las narices.
Carolina suspiró, abrumada. No esperaba que Ángel desapareciera sin más.
Entonces se dio cuenta de que, desde el principio, él había tenido el plan muy bien trazado. Si quería hablar con él tendría que hacerlo en la casa de su prometida, dónde apenas tendría oportunidad de conversar con intimidad.
Estaba contrariada, agotada, abatida. Parpadeó, y se apoyó en la pared de la pensión. ¿Qué iba a hacer ahora?
Escrito desde Oct 30, 2007, 2:58 PM de la dirección IP 200.251.51.102