Capítulo XLIII

by Cris (Acceso crispires)
Moderadoras

 
Ana recibió la visita de Nicolás antes de ir a la universidad. Aún se sentía aturdida por lo sucedido la noche anterior, y estaba algo avergonzada. De todos modos, él entró en la casa naturalmente, y se tomó el café que Dolores le ofreció con amabilidad.

A continuación, salió con Ana a la calle, con dirección a la universidad. Se subieron al coche, y se acomodaron uno enfrente del otro.

Ya a solas, él la observó unos instantes antes de hablar.

-Lo de anoche… -comenzó. –Lo de anoche me dejó perplejo.

-Gracias por acompañarme a la facultad. –dijo ella, sonriendo. –Aunque no sé, supongo que tendrás otras ocupaciones…

-Ana, no cambies de tema. Sabes que esta conversación vamos a tenerla.

Ella respiró hondo.

-Adelante. –aceptó.

-No entiendo cómo pudiste echarme a mí… lo siento, pero no lo comprendo. Soy tu novio, me sentí fuera, me dolió, y más teniendo en cuenta la declaración tan poética que él hizo… en medio de ese aliento de borrachera, pero la hizo.

Ana hizo una mueca, no le gustaba el camino que llevaba la conversación.

-Supongo que tienes razón. –dijo. –Y además, es el esposo de tu hermana.

-¿No vas a decir nada más? –la increpó él, molesto, y sin ganas de disimular.

-No.

-¿Por qué te muestras tan indiferente?

-No es indiferencia. –replicó Ana. –Pero no sé que puedo decirte, Alex dijo lo que dijo y se portó como se portó, me sorprendió tanto a mí como a ti. Y no le juzgues como si fuera cualquier hombre, forma parte de mi vida desde que puedo recordar…

-¿Y por eso se toma esas atribuciones?

-¿Qué quieres decir?

-Que tú le habrás dado pie. –le espetó Nicolás. –De otro modo, no alcanzo a entenderlo. Además, para que fingir, siempre he sabido que tienes debilidad por él.

-No quiero discutir sobre esto. –repuso ella, con el ceño fruncido. –No lo entenderías, te lo dije una vez, y además, ahora estoy contigo, puedes confiar en mí. Si te he dado el sí es porque estoy dispuesta a comprometerme.

-Quiero saber que sientes por cada uno de los dos, Ana. Creo que ya es hora de hablar claro. –exigió Nicolás.

-Son cosas distintas, Nicolás, y…

-¿Entonces qué pasó ayer cuándo te dejé con él?

-Nada. –afirmó ella. –Sólo le pregunté que le sucedía, no es normal en él comportarse de esa forma, y le pedí que se fuese a casa… se fue enseguida.

-Ya veo.

-Y no me gusta que me interroguen. –expresó Ana.

Nicolás guardó silencio un par de minutos.

-Esta noche me acompañarás a una fiesta en casa de unos viejos amigos. Es la fiesta de compromiso de su hija. –anunció.

-¿Es una orden?

Nicolás intentó calmarse, y suavizó el tono de su voz.

-Por favor… ¿quieres ir conmigo? –solicitó.

Ana asintió con la cabeza.

-Claro. ¿Y dónde dices qué es? –preguntó.

-Ponte elegante, es una familia muy rica. Conoces al padre de la chica, le vimos aquél día que te emborrachaste un poco en la comida. –la informó él. –Es la casa en la que está trabajando tu querido Alejandro. Muy probablemente, estará allí con mi hermana.

Ana se ruborizó al imaginarse la situación, e intentó disimularlo. Pero era tarde, Nicolás ya se había percatado. Él se inclinó hacia delante, y acercó su boca a la mejilla de Ana, dándole un beso.

-No te preocupes, no haré ninguna escena de celos allí. –le susurró al oído. –Pero quiero que estés conmigo.

Ana no respondió, y desvió la mirada.




Isaura pasó la noche pendiente de Daniel. El médico le revisó de nuevo, le mandó algunos medicamentos, y reposo. Y a media mañana, Mónica se presentó en la casa.

Isaura le abrió la puerta, y le sonrió. Mónica entró en la casa con su típica serenidad y dulzura.

-¿Cómo van las cosas, pequeña? –le habló Mónica, cariñosamente.

-Bien, bien… señora Mónica, dejó usted la casa perfectamente arreglada…

-Acostúmbrate a tutearme, Isaura, ahora eres como una hija más. –interrumpió Mónica.

-Gracias. –Isaura hizo una pequeña pausa. –Hay novedades, Daniel tuvo un altercado con un peón y… bueno, ¿quieres tomar algo?

Mónica ya se había sentado en uno de los sillones.

-No, no es necesario, tranquila. –contestó. -¿Qué le sucedió a mi hijo?

-El peón le agredió. –resumió Isaura y se apuró a tranquilizar a su suegra. –Pero está bien. Es una herida de la que se repondrá, el médico ya le revisó, ha tenido fiebre, pero ya remitió y ahora está descansando.

Mónica se había asustado, eso era visible.

-Quiero verle. –manifestó.

-Por supuesto. –contestó Isaura. –Puede subir a la habitación, yo iré un momento a la cocina para comprobar si las muchachas tienen todo en orden.

Isaura se encaminó hacia la cocina, y Mónica la llamó de nuevo. Isaura se giró y la miró.

-¿Sí? –preguntó ella.

-Isaura… ¿sois felices aquí? –soltó Mónica.

-Claro. –respondió.




Rosa protestó hasta el cansancio, no quería que aquella fiesta se celebrase, pero nadie parecía prestarle atención. Era una fiesta oficial de compromiso, la mitad de los que acudiesen, irían a la boca, programada meses más tarde.

Buscó a Alejandro en su despacho, hacía tiempo que no le interrumpía mientras trabajaba, y que apenas le veía. Se sorprendió de nuevo al comprobar lo guapo que era.

Él levantó la mirada de los folios cuando la vio entrar.

-Cierra la puerta con cuidado, tengo un dolor de cabeza de los mil demonios. –pidió Alejandro.

Rosa cerró la puerta con suavidad, y se sentó en una silla.

-No quiero casarme, pero nadie me hace caso. –expresó ella, rotunda y sin rodeos.

Alejandro suspiró.

-Pues no lo hagas, sería una tontería. Un matrimonio forzado, o equivocado, es la peor desgracia que podrías tener. –opinó Alejandro. –Pero no creo que debas venir a cantármelo a mí.

-Pero tú eres la única persona en esta casa que me comprende. –explicó Rosa, fastidiada. –Mis padres no me escuchan, me consideran una niña, o una tonta, lo que sea.

-No eres ninguna de las dos cosas.

¿Por qué te duele la cabeza? –curioseó ella. –Tienes mala cara.

-Anoche bebí más de lo que debía. Tengo una resaca terrible. –confesó él. –Además de otro sinfín de problemas.

-Pensé que tú no tenías esa clase de vicios.

Alejandro suspiró y no respondió.

-Y también tienes un moratón en la comisura de los labios. ¿Te metiste en una pelea? –agregó ella.

-No quiero hablar de eso ahora.

-¿Te molesta que te dé la lata con mis asuntos? –prosiguió Rosa.

Él negó con la cabeza.

-Claro que no… es solo que hoy no es un buen día. Últimamente, no me llega la cabeza ni para mis propios asuntos. –dijo.

-Esta noche habrá mucha gente aquí. Entre todos, el presuntuoso de mi prometido.

Alejandro pensó en Carolina, y en todo lo que había descubierto sobre ellos dos. Se mordió la lengua.

-No te cases, Rosa, no lo hagas obligada. –insistió él.

La muchacha parecía turbada.

-Lo sé… y bueno, tú estarás aquí, ¿verdad?

-La verdad, no estoy para esa clase de celebraciones… -intentó excusarse Alejandro.

-Pero tu esposa estará, le han enviado la invitación a vuestra casa, y también ha confirmado su presencia el hermano de Carolina, que creo que traerá a su novia… algo así le oí a mi padre, que la conoció en una ocasión y quedó encantado con ella… creo que dijo que la conoces, y que es una chica maravillosa y preciosa…

Alejandro trató de digerir tanta información, además de que aquella chiquilla hablaba demasiado y muy deprisa.

-Ya veo. –musitó.

-¿Vendrás? –instó ella.

-Si es así… sí, vendré.




Ana se preparó a conciencia. Se puso un vestido rojo de gala, regalo de su tía Carmen hacía un par de años, demasiado refinado para San Pedro, y que creyó que nunca tendría ocasión de utilizar. Se recogió el pelo en un moño, y se maquilló resaltando los mejores rasgos de su rostro, especialmente sus ojos verdes. Su prima Estefanía dijo que estaba preciosa, algo que minutos después corroboró Nicolás.

Entró en la gran casa de los Garza cogida del brazo de Nicolás. Se quedó maravillada ante tanto lujo, y por la gran cantidad de personas invitadas. Sintió una leve punzada de desasosiego en la boca del estómago, y se dejó guiar por Nicolás, que parecía pez en el agua. Se notaba lo acostumbrado que estaba a aquello.

Vieron, en primer lugar, al padre de la novia, Fernando Garza, que era tal como Ana recordaba de aquel encuentro en el restaurante. El hombre estrechó la mano de Nicolás, y besó la mano de Ana, comentando lo maravillosa que lucía. A continuación, acercó a una jovencita que estaba cerca, cogiéndola de un brazo, y procedió a presentarla.

-Esta es Rosa, mi hija… y la futura esposa de Ángel Rábago. –anunció él.

Nicolás tomó su mano, y se la besó, educadamente.

-Hay que ver como ha crecido esta niña… -comentó.

Rosa le sonrió.

-Y bueno, esta es Ana. –continuó Fernando, indicándoselo a su hija. –Es la prometida de Nicolás, y su familia conoce a la de tu estimado Alejandro.

-Encantada. –musitó Rosa.

Ana asintió con la cabeza, y observó a aquella muchacha con curiosidad. La presentación de Fernando la había dejado intrigada… “estimado”. Se preguntó lo íntima que sería esa relación. Inmediatamente sacudió la cabeza, alejando aquel ridículo pensamiento… Alejandro estaba casado, y aquella chiquilla estaba prometida.

No pudo evitar buscarle con la mirada un instante, deseando saber si también él estaría allí.




Isaura fue avisada por una de las criadas de que tenía visita. Dejó ordenado que sirvieran la cena a su esposo en la recamara, y bajó las escaleras. Y allí, en la entrada, junto a uno de los sillones, de pie, esperaba Andrés Alcázar y Valle.

Isaura se detuvo en seco, petrificada.

-¿Qué… qué hace usted aquí? –acertó a preguntar.

Andrés la escudriñó con la mirada. Ella se sonrojó ligeramente y rezó porque no le notase el embarazo, que comenzaba a ser perceptible.

-Es la casa de mi sobrino. –habló él. –Puedo venir a verle cuando me plazca… ¿no crees?

-¿Qué quiere? –insistió ella, queriendo terminar rápido con el asunto.

-Si me tienes miedo, será por algo. –continuó Andrés, soberbio. –Realmente te salió bien la jugada… sólo espero que no dejes a mi sobrino por alguien con más dinero, que sepas valorarle…

-Cállese. –exigió ella. –Usted no me conoce, y no le permito que venga a mi casa a insultarme.

Andrés se rió.

-Vaya… ahora te pones digna. –se burló. –No es tu casa, es la de mi hermano y mi cuñada, la de mi sobrino.

-¿Qué quiere? ¿Sólo ha venido a esto?

Andrés carraspeó, aclarándose la garganta.

-No… desde luego que no. –dijo, más serio. –Vine para saber cómo está mi sobrino, y para deciros que despedí al peón que le agredió. Vino a verme Mónica y me lo contó todo.

Isaura asintió.

-Muy bien. –dijo. –Si quiere verle, está en su cuarto.

-No, no… no quiero molestar. Prefiero que descanse. –contestó. –Me retiro, para dejar a solas a la parejita de recién casados.

Isaura asintió con la cabeza, roja de rabia.

-Aunque antes, quería saber… -él hizo una pausa. –Bueno, ¿tan rápido has olvidado a mi hijo? Porque nosotros no olvidamos lo que le hiciste… se ha ido por tu culpa, ¿sabes? Hemos perdido a un hijo… y la familia se ha partido por tu culpa, mira que meterte con dos primos… qué clase de mujerzuela haría algo semejan…

-¡Basta ya! –chilló Isaura, furiosa. -¡Lárguese, váyase de mi casa!

-¿Me estás echando? –preguntó él, en parte sorprendido.

-Sí, eso hago. Le echo, le echo como una vez usted me echó de su casa. Lo siento mucho, pero aunque sea el tío de mi esposo, no es bien recibido aquí.

-Podría decírselo a mi hermano, ¿sabes? –amenazó Andrés.

-Me importa poco, es más, nada. Haga lo que le dé la gana, pero váyase de una vez. –ordenó ella, en tono más que imperativo. –No soportaré una sola humillación más de su parte, ni un insulto más.

Andrés la miró, y no se movió.

-¡Largo, fuera! –repitió ella, gritando.

Andrés se dio media vuelta, y fue despacio hacia la salida. Salió cerrando la puerta tras de sí.

Isaura caminó hacia la puerta, y se apoyó en ella, agitada, respirando con fuerza. Recordó a Esteban, una sucesión interminable de imágenes pasaron por su cabeza. No se dio cuenta de cuando cayó la primera lágrima. Se arrodilló en el suelo, llorando sin pausa ni control.

Daniel había escuchado las voces de la discusión, bajó las escaleras despacio, y divisó a su esposa junto a la puerta, en el suelo, llorando desesperada. Fue hacia allí, e Isaura apenas se dio cuenta.

Daniel se agachó a su lado, y la recogió entre sus brazos, sosteniéndola, abrazándola. Isaura se agarró a él, y continuó llorando.

-Ha vuelto a insultarme, me ha… -murmuró ella, entre sollozos.

-Tranquila… -le susurró Daniel al oído, entre su pelo. –Tranquila… llora, llora, y desahógate, querida Isaura…




-Hola, Carolina. –dijo Nicolás en cuanto se cruzaron con ella.

Ana se tensó, como siempre. Carolina la miró un segundo, con desprecio, como siempre. Y como siempre, Nicolás suavizó la situación. Le dio un beso en la mejilla a su hermana, que ni siquiera saludó a Ana.

Carolina estaba hermosa. Era una mujer guapa, cierto, pero desde luego también se había tomado la celebración en serio, porque lucía muy elegante.

-¿Has perdido a tu esposo? –inquirió Nicolás.

Carolina se encogió de hombros, y bebió un sorbo de su copa de champán.

-La verdad es que no sé dónde está. –contestó, y miró a Ana. –Pero me consta que está.

-¿Te consta? –preguntó él.

-Sí, bueno, me han comentado que anda por ahí… -Carolina hizo una pausa. –Ana, felicidades… mi hermano me ha dicho lo de vuestro noviazgo.

Ana pensó en lo hipócrita que se veía Carolina felicitándola.

-Gracias. –contestó, entre dientes.

-Y bueno, ¿para cuándo es la boda?

-Aún no tenemos fecha. –intervino Nicolás, algo molesto por el interrogatorio de su hermana.

-Ya veo. Y Ana… tú que estás acostumbrada al campo, la playa, y todo eso, ¿no te aburre la capital? –aprovechó para soltar Carolina en cuanto vio que se acercaban algunas personas.

-No. –dijo Ana, rotunda. –De hecho estoy disfrutando… soy una persona bastante activa, tengo la oportunidad de ir a la universidad como siempre quise, de ver obras de teatro, y museos, de asistir a alguna que otra fiesta… aunque para mí esto es secundario. Nunca me ha gustado ser un elemento decorativo, como a tantas otras. De hecho, hasta quizás me busque un empleo.

Carolina hizo una mueca, indiferente. Nicolás, en cambio, se sintió orgulloso, y apretó su mano a la de Ana en un gesto de cariño.




Daniel subió con Isaura a la habitación de ambos, y se quedaron de pie junto a la cama. Él sacó un pañuelo de su bolso y le secó las lágrimas cuidadosamente.

-Vamos, estate tranquila. –habló él.

-Tu tío me odia…

-Bueno, él tiene un concepto equivocado de ti. –replicó Daniel. –Piénsalo por un segundo… mi tío no es como mi padre, es más clasista, aunque mi padre dijo que había cambiado bastante…y cree que te acercaste a mi primo por interés, que sois diferentes y por tanto incompatibles, que seríais infelices… y luego, rompiste con Esteban, y te casaste conmigo… eso a él le da argumentos más que suficientes para permanecer en su error. Además, que mi primo se ha ido, te culpan a ti, y mi tía Carmen le echa mucho en falta.

Isaura le miró, enojada.

-Así que, ¿me echas la culpa tú también de todas sus desgracias?

-Desde luego que no. –rebatió Daniel. –Todos nos hemos equivocado aquí, Isaura, en mayor o menor medida. Te digo cómo piensa él.

-Pero si vieras como me habló, como me miró… ¿será eso también lo que piensa tu primo de mí actualmente? –comentó ella, casi sin darse cuenta.

Daniel tomó aire, le molestaba que siguiera pensando en él, y hasta se sintió ridículo sintiendo celos. Sería su esposa, pero nunca había sido suya, y esa era la realidad.

-Seguramente no, Isaura. –opinó. –Él sí te conocía, y te amaba.

Isaura bajó la mirada, aguantando todavía las lágrimas.

-Puedes llorar… no voy a decirte nada. –dijo él.

-No, no quiero.

Daniel le dio un beso en la frente, tratando de consolarla.

-Además, de ahora en adelante seré fuerte. –agregó ella. –Tengo que serlo, por mi hijo. Bueno… y también por ti.

Daniel esbozó una sonrisa, la última parte de la frase había sonado tímida.

-Gracias. –musitó él.

Isaura empezaba a serenarse. Estaban allí, muy cerca el uno del otro. Daniel cogió la barbilla de Isaura con una mano, y le levantó la cabeza, pudiendo así mirarla a los ojos.

Ella no se apartó, y Daniel se inclinó sin pensarlo, buscando su boca. La besó en los labios, con suavidad, y dulzura. Isaura respondió a la caricia, y sus labios juguetearon despacio unos segundos muy breves. Entonces ella se sobresaltó, y se apartó bruscamente.

-¿Qué… qué… pasa? –preguntó él, conmocionado.

Isaura le atravesó con la mirada, asustada, y salió corriendo de la recamara.

-¡Isaura! –la llamó Daniel, e intentó seguirla. Sin embargo, su herida se resintió y se vio obligado a detenerse.

Se llevó una mano al corazón.




Ana quería irse del lado de Carolina. Seguían allí, conversando con ella y otras personas, totalmente desconocidas para ella, y Ana quería irse. No estaba cómoda, pero Nicolás estaba metido allí, saludando a antiguos conocidos.

Bajó la vista un instante, y de repente, cuando volvió a levantarla, Alejandro se había parado en aquél círculo, próximo a Carolina.

-Ah, miren, aquí llegó mi esposo… -anunció ella, sonriendo satisfecha.

Alejandro ni siquiera la miró, ni siquiera contestó.

-Buenas noches, Alejandro. –le habló Nicolás.

-Buenas noches. –contestó él, secamente.

-¿Has visto que bonita pareja forman mi hermano y Ana? –prosiguió Carolina, en su empeño por torturarles.

Nicolás miró a su hermana, desaprobaba aquella conducta.

Ana se acercó a Nicolás.

-Quiero irme. –susurró a su oído.

Alejandro les observó, y sus celos volvieron a desatarse. Se mordió el labio inferior, y acto seguido se acercó a ellos. Tomó a Ana bruscamente de un brazo.

-Ven conmigo. –exigió.

-¿Qué…? –intentó preguntar ella.

Antes de que pudiese darse cuenta, Alejandro la había sacado de allí, prácticamente a la fuerza, sin respetar los modales del buen caballero, y sin mirar atrás en un mínimo gesto de educación.

Nicolás sintió la furia crecer dentro de él, e hizo ademán de seguirles, pero Carolina le detuvo sujetándole por un brazo.

-No vayas. –aconsejó.

-¿Pero cómo crees que voy a dejar que se la lleve así en mis narices? –bramó él, ya apartado del grupo.

Carolina le sonrió.

-No seas ingenuo. –dijo. –Que les armes una escenita, no va a ayudarte. Creéme, es mejor que finjas, no te conviene darte por enterado. No le des a elegir entre los dos, podría no gustarte su decisión…

Nicolás vio como Alejandro y Ana desaparecían entre el gentío, y sintió un puñal clavado en el pecho.

-Paciencia, hermano. Tendrás que tenerla. –concluyó Carolina.



Escrito desde Dec 4, 2007, 6:07 PM
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