Alejandro llevó a Ana hasta el porche que daba al jardín. Aquel era el sitio en el que se había refugiado la primera vez que había estado en esa casa, y era dónde había conocido a Rosa.
Ana se quedó encandilada por el lugar, y él la hizo bajar las escaleras hasta llegar al jardín. La luz allí era muy tenue, la que les llegaba del interior de la casa.
-Estos arrebatos tuyos… -comentó ella, perpleja. –Alex, esto no puede seguir así…
Alejandro la miró fijamente, con unos ojos suplicantes que hicieron que a Ana le temblaran las piernas.
-No te cases, Ana, por favor, no te cases… -rogó él.
Ella frunció el ceño.
-¿Qué?
-Por favor, no lo hagas…
Ana sacudió la cabeza, desconcertada.
-Dijiste que lo hiciera, lo dijiste…
-Olvida eso. –replicó él.
-¿Por qué? ¿Qué es lo que es diferente ahora? ¿Qué ha cambiado desde que estuvimos en San Pedro? –le interrogó ella.
Alejandro dudó un instante.
-La culpa… ya no la siento. –explicó.
-Pero…
Alejandro se acercó a ella, y colocó sus manos en ambos hombros de Ana.
-¿Es qué no lo ves, Ana? –inquirió él. –Me estoy volviendo loco de celos…
Ana hubiese querido besarle, no resistía la forma en que la miraba. Pero había hecho una promesa, y no podía faltar a eso. Dio un paso atrás.
-Ana... –la llamó entonces Nicolás.
Ella se giró y le vio parado en la puerta que daba al porche. Les observaba, pero no sabía desde cuando.
-Ana, te estoy esperando. –prosiguió él.
-Enseguida voy. –contestó ella.
Nicolás no hizo ademán de irse para dejarlos de nuevo a solas. Ana entendía el motivo, así que decidió volver con su novio.
-Hasta luego, Alex. –murmuró, sin mirarle. No se atrevió a mirarle.
Daniel la buscó por toda la casa, preocupado. Cuando no la encontró en ninguna de las estancias, recurrió a las muchachas, que le ayudaron. Ni rastro de Isaura.
Se puso una chaqueta sobre el pijama, y decidió salir de la casa. Recorrió el barrio varias veces sin éxito, y luego volvió a la casa, exhausto. Todavía se sentía débil por la herida.
Se sentó en uno de los sillones de la entrada, pensando en qué hacer, sintiéndose terriblemente culpable por su arrebato.
Habían pasado un par de horas, y sólo deseaba con todas sus fuerzas que estuviese bien. Si ella estaba a salvo, él haría lo que fuese para no volver a turbarla.
Cecilia, una de las dos criadas, se presentó a su lado casi sin que Daniel se percatase, y se sentó a su lado.
-Señor… ¿puedo hacer algo por usted? –se interesó la joven.
Daniel la miró, algo confuso.
-Hay que encontrarla… mandad al chofer a la casa de mis padres… o mejor, a la de mis suegros, para saber si tienen noticias de mi esposa… -resolvió.
Cecilia le observó, y puso su mano sobre la de Daniel, de una forma insinuante, pero él no se dio cuenta, se encontraba demasiado abrumado para comprenderlo.
-Yo hago lo que usted me pida… -contestó ella, en voz baja.
Entonces tocaron a la puerta, y Daniel se puso en pie rápidamente, cortando de forma abrupta a la chica. Caminó hacia la puerta, y la abrió.
Asomaron el Tuerto e Isaura. Daniel, al verles, sintió que le volvía la vida al cuerpo.
-Aquí te la traigo, Dani… -habló el Tuerto, con uno de sus brazos alrededor de Isaura. –Se presentó de visita y ya le advertí que no son horas para que ande sola por ahí… la pobre quería ver a su padre, y eso que sólo lleva unos pocos días de casada…
Daniel fijó sus ojos en ella.
-¿Estás bien? –preguntó, impaciente.
Isaura asintió con la cabeza, tímidamente.
-Bueno, yo me retiro, es tarde. –continuó el Tuerto.
-Gracias, Facundo. –habló Daniel.
El Tuerto se despidió con un gesto de cabeza, y dando un beso a su hija, y se retiró. Daniel cerró la puerta, y se acercó a ella, sin atreverse a tocarla.
-Isaura, estaba aterrado, si te hubiese pasado algo… jamás me lo habría perdonado. –confesó él.
-Lo siento. –habló ella. –Me asusté…
-Lo sé. Vamos a la recamara… tenemos que hablar. –sugirió él.
Alejandro entró de nuevo en la fiesta, agobiado. Se dirigió a uno de los camareros, y tomó una copa de la bandeja, bebiéndola de golpe, lo que le quemó la garganta y le aturdió levemente.
Ana estaba a unos pocos pasos de él, observándole con detenimiento. A su lado estaba Nicolás, que hablaba con el novio que, por lo visto, había sido amigo suyo en la universidad. Aquel tipo, Ángel, parecía demasiado altivo para casarse con una muchacha tan natural como Rosa.
Se añadieron al grupo un par de personas más, y ellos siguieron hablando animadamente. Ana no podía dejar de pensar en las palabras de Alejandro, y sin ninguna intención determinada, se alejó del grupo y caminó hacia él.
Nicolás se dio cuenta en el acto, y el desasosiego se apoderó de él. Pero decidió esperar.
-Alex…
Alejandro se dio la vuelta, y se encontró frente a frente con Ana.
-¿Qué haces aquí? Tu novio va a empezar a buscarte. –le espetó él, de mala manera.
-No me hables así… -pidió ella.
-Es la verdad.
-Estás enfadado conmigo, y no tienes razón. –comentó Ana, jugueteando con las manos.
Alejandro la miró de arriba abajo.
-Mírate… perfectamente arreglada para él. No eres la Ana de San Pedro, la Ana de siempre… ahora eres una más, emperifollada y superficial. –dijo él, deseando herirla.
Ana alzó la cabeza.
-Lo único que faltaba es esto… yo no he cambiado, has sido tú quién lo ha hecho. Y no tienes ningún derecho a hablarme así, Alejandro. –replicó.
Alejandro sonrió. Solía usar su nombre completo cuando estaba enfadada. Bebió otro sorbo de la nueva copa que tenía en la mano.
-Y haz el favor de dejar de beber. –exigió Ana. –Vas a volver a emborracharte.
-Y a ti… ¿qué?
Ana estiró una mano y le arrebató la copa. Acto seguido, se bebió lo que de ella quedaba. Y dejó la copa sobre otra bandeja de uno de los camareros.
-Sólo quería saber cómo estás, pero ya veo que es inútil. –agregó ella.
-Últimamente te vistes… de otro modo.
-Sí, eso ya lo has dicho. Estoy en una fiesta elegante, ¿qué quieres que lleve puesto? ¿La ropa que usaba para correr por la playa? –repuso Ana.
-Estabas más natural.
-Tampoco creo que esté tan espantosa ahora.
Alejandro la miró fijamente, de un modo bastante impertinente.
-No he dicho que estés espantosa, Ana, sino todo lo contrario… apuesto a que más de uno aquí ya te ha echado el ojo…
Ana enrojeció violentamente.
-Sino estuviéramos aquí, te juro que te daría una cachetada. –dijo.
Alejandro se encogió de hombros.
-¿Algo más deseas de mí? –preguntó. –Nicolás te espera… te lo dijo antes, pero no pareces haberte enterado bien…
Ana bajó la mirada. Estaba triste, y enfadada, no soportaba que él la tratase así, y que la echase de su lado. Alejandro la contempló, y el estómago se le hizo un nudo.
-Bien… yo sólo quería… -murmuró ella. –Sólo quería saber cómo estabas, y tal vez, bailar contigo…
-¿Querías bailar? –se sorprendió Alejandro.
-Pero tú no quieres ni verme, así que…
-Bailemos. –concluyó él.
Alejandro se acercó a ella, y puso una mano en su cintura, atrayéndola hacia él. Ana levantó la vista despacio, y comenzaron a bailar con suavidad, rodeados de personas que hacían lo mismo.
-¿No te atreves a mirarme? –inquirió él.
-No seas ridículo. –protestó ella, avergonzada.
-Estás colorada, Ana.
-Eso es porque sólo dices tonterías.
-Ya veo.
Entonces Nicolás la agarró de un brazo y la apartó súbitamente de Alejandro. Ana se quedó atónita, y casi no pudo reaccionar. En la mirada de Nicolás había mil reproches.
-Apártate de ella. –ordenó él, mirando a Alejandro.
-Vaya, ya la has vuelto a perder… -contestó éste, impasible, e insolente.
-No la he perdido.
-Yo diría que sí. –prosiguió Alejandro, provocándole. –Es más, a lo mejor no te has dado cuenta de que ella quiere perderse de ti… y que no la encuentres.
-Voy a cerrarte la boca, patán.
Ana se metió en medio de ambos, deseando poder salvar la situación.
-Oye, no vais a volver a hacerme esto, y menos aquí… -suplicó ella, mirándoles alternativamente.
-¿Dónde has dejado a mi hermana, Alex? –soltó Nicolás.
Alejandro le sonrió, con un halo de cinismo, se dio la vuelta, y desapareció entre los invitados.
-Esto no puede seguir así. –habló Ana mirando a su novio.
Nicolás la escrutó con la mirada.
-Claro que no.
Isaura se sentó sobre la cama y Daniel se quedó de pie. Él cerró la puerta. Ella estaba nerviosa, y él lo notaba.
-Ante todo… -comenzó él. –Ante todo, quiero pedirte disculpas.
-No, soy yo la que…
-No me interrumpas, por favor. –solicitó él. –Sé que me sobrepasé, me dejé llevar, y estuvo mal porque te hice una promesa… lo siento mucho, Isaura.
-No te preocupes.
-Saliste huyendo, y pudo sucederte algo. A ti o a tu bebé… -prosiguió Daniel. –Te juro que no volverá a pasar. No sé como pude por un instante olvidar las condiciones de este matrimonio… Te vi tan afligida que no pude resistirme, y lo siento mucho.
Isaura titubeó.
-Déjalo, Dani, no tienes que seguir disculpándote… en cambio, yo sí que siento haberte asustado, no debí irme así. Eres tú quién merece todas mis disculpas. –balbuceó.
Daniel asintió con la cabeza.
-Lo he estado pensando, y creo que lo mejor es que te deje la habitación para ti sola.
Isaura abrió la boca para protestar, pero se contuvo.
-No quiero hacerte sentir incómoda. –agregó él. –Me instalaré en la recamara de al lado, por lo que, si necesitas algo, sólo tienes que llamarme.
-¿Y qué pensarán tus padres?
-Ellos no tienen por qué saberlo. –repuso Daniel.
Isaura no tenía argumentos para rechazar tal propuesta. Era lo ideal para ambos, principalmente para ella. Por alguna razón, no se atrevía a pedirle que se quedara, no se atrevía a confesar que ese beso había significado algo aunque no pudiese expresarlo. Se sentía estúpida, y mal.
-El beso… -musitó sin darse cuenta.
-¿Qué? –preguntó él.
Ella hizo una mueca.
-Sentí que le estaba siendo infiel a Esteban. –dijo.
Daniel hizo una mueca.
-Me imagino… ya sé que no puedes sentir nada por mí. Lo he sabido siempre, pero… he sido tan tonto…
Isaura se mordió la lengua. Además de lo que acababa de decir, había sentido algo con el beso, indudablemente, algo que no esperaba, y algo que era incapaz de decirle.
-Yo…
-No digas nada más, por favor. –la interrumpió Daniel. –Dejemos el tema. Hoy dormirás aquí sola y tranquila…
Isaura retuvo las lágrimas, y retuvo las palabras.
-Bien. –aceptó, en voz baja.
Carolina se entretuvo saludando a los invitados, poniendo excusas para justificar que no estuviese al lado de su esposo. Buscaba el momento de poder hablar con Ángel a solas, quién, ni la había mirado y se pasó la noche entre unos y otros, y bien lejos de su prometida.
Todos la habían halagado al saludarla, comentando lo hermosa y elegante que se veía. Siempre había sido guapa, aunque no tuviese los ojos tan llamativos como Ana.
Llevaba un vestido azul oscuro, y el cabello suelto sobre los hombros.
Cuando vio como Ángel abandonaba la gran sala de la fiesta, decidió seguirle. Le abordó en uno de los pasillos, desierto, de camino a la entrada de la mansión.
-Ángel. –le llamó, secamente.
Él se dio la vuelta, y la vio. Frunció el ceño, algo sorprendido.
-¿Qué haces aquí? –preguntó él. -¿Me sigues?
-¿Adónde vas?
-He preguntado yo primero. –respondió él, sonriendo.
Carolina levantó la cabeza, en un gesto de soberbia.
-Tenemos una conversación pendiente. –dijo.
-Yo creo que no.
-Después de lo que me hiciste… -expuso ella.
-Después de lo que tú me hiciste a mí…
-Caíste muy bajo, ¿sabes? –le atacó Carolina.
-No más que tú. –replicó él. –Además, así tu marido sabe con quién se casó. Le he hecho un favor.
-¿No será que tienes celos y por eso quisiste alejarle de mí?
-No seas ridícula.
-En cualquier caso, quiero que sepas que no has logrado lo que te proponías… él volverá conmigo. –añadió ella.
-Siempre me ha llamado la atención tu perseverancia. –comentó Ángel, dando dos pasos hacia ella. –Si él volviese a tu lado, sería estúpido.
-Él me ama.
-No he visto que se haya acercado a ti en toda la noche.
-Es algo temporal… en cambio, para estar apunto de casarte, no te he visto muy pendiente de la que será tu mujer, ni ella de ti. –le espetó Carolina.
-Eso no es asunto tuyo. –contestó él, realmente molesto.
-Eres una rata de la peor calaña.
-No tengo porqué escuchar tus insultos. Fuera de mi vista.
Carolina titubeó. No sabía muy bien qué decirle, pero no quería irse. Le miró.
-¿Qué? –preguntó él, de forma brusca. –No irás a decirme que estás aquí porque tu cama me echa de menos…
Ella levantó una mano y le abofeteó. Ángel ni siquiera se movió.
-Deberías darte la vuelta, e irte. –aconsejó él. –No tenemos nada más que decirnos.
Carolina le miró a los ojos, buscando una forma de expresarse, incapaz de silenciar su orgullo.
-¿Pero qué te pasa? –inquirió Ángel, desconcertado.
Entonces, Carolina, simplemente, se dejó llevar. Le agarró por la solapa con ambas manos y le acercó a ella. Le besó en la boca, furiosa y brevemente.
Luego, le soltó de forma abrupta, y salió corriendo sin mirar atrás. Se odiaba por sentir aquello.
Alejandro había salido de nuevo al porche. Allí estaba más tranquilo. Odiaba el bullicio del interior de la casa.
La serenidad de la noche, el murmullo de las fuentes, y el poder ver las estrellas, le ayudaban a calmarse. Cerró los ojos un instante, apoyado en la barandilla, y cuando volvió a abrirlos, Rosa estaba a su lado.
-Hola. –le saludó él.
-Estás muy serio, Alejandro, y triste… -observó ella.
-Casi tanto como tú. –comentó Alejandro. –No formo parte de ahí dentro.
-Tampoco yo. Pero mi situación es peor, es mi fiesta.
Ellos se miraron un instante, e intercambiaron una sonrisa.
-No te cases, Rosa, no con ese hombre, no te merece. Tú aún estás llena de ideales e ingenuidad. –opinó él.
Ella se encogió de hombros, y se aproximó un poco más.
-He visto a esa chica, a Ana. –dijo. –Una mujer realmente guapa, sus ojos son impresionantes.
-Sí… -musitó él, sonriendo al recordarla. –Son iguales que los de su padre.
-¿Es ella quién te tiene así?
-¿Por qué lo preguntas?
-Porque se te ha cambiado la cara cuando la he nombrado. –explicó Rosa.
-Son muchas cosas. –repuso Alejandro. –Mi vida no es como esperaba, y yo… soy un hombre diferente al que debía ser. No me estoy comportando de forma adecuada, estoy cambiando, éste no soy yo… me estoy amargando. Y pienso muchas veces en mi padre y mi abuelo, ellos son hombres de honor, ¿entiendes?
-Yo creo que tú también lo eres. –le animó Rosa, con sinceridad.
-He cometido tantos errores…
Ella se acercó aún más, quedando a un palmo de distancia.
-Me gustas, Alex. –confesó. –Y ya te quiero un poco.
Él la miró, con cierto cariño, imaginando otra clase de afecto al que la chica hacía referencia. Pero, para despejar sus dudas, Rosa se puso de puntillas, y le besó en los labios.
Justo entonces llegó Ana. Ella iba a marcharse de la fiesta con Nicolás, pero mientras él se despedía, Ana decidió buscar a Alejandro una vez más, para decirle adiós.
Se quedó parada en la entrada del porche, petrificada, con los ojos abiertos como platos.
Cuando Rosa se separó de Alejandro, él pudo ver la figura de Ana parada allí. Rosa se sintió tan avergonzada, por primera vez en su vida, que pasó rápidamente cerca de Ana y desapareció en el interior de la casa.
-Ana, yo… -habló Alejandro, aturdido.
A Ana le costaba respirar, tenía los ojos llenos de lágrimas, y se adentró en el porche, furiosa.
-¿Qué demonios…? –comenzó ella, pero las palabras no le salían. Y en lugar de hablar, ella le empujó un par de veces, de forma brusca. Estaba colérica. –Hace un momento me estabas pidiendo que no me casase, y ahora te encuentro besando a esa chica… ¡esa chica novia de otro hombre y que se va a casar! ¡La hija de tu jefe!
-No es lo que piensas. –dijo Alejandro. –Ana, por favor…
Ella le dio una sonora bofetada.
-¡No te defiendas! –chilló. –Esto es el colmo, Alex, ahora… ¿ahora eres uno de esos tipos que van por ahí de flor en flor?
Alejandro observó como a Ana empezaban a caerle las lágrimas, deseó poder explicarse, que le escuchara, pero ella estaba demasiado enfadada.
-Estás casado, te has empeñado en alejarme de ti, y te encuentro besando a otra… ¡a ella! ¡Es una niña! O es que, ¿Carolina y yo ya somos poco y tienes que probar nuevos horizontes? –le increpó Ana.
-Estás totalmente irracional. No se puede hablar contigo.
-Es que esto es absolutamente repugnante…
-Ni siquiera te has parado a preguntarme qué siento por ella. O qué, ¿también crees que la seduzco por qué sólo me la quiero llevar a la cama? –le espetó Alejandro, molesto porque Ana pensara así de él. –Dime, Ana… ¿ahora me ves así?
Ella se quedó callada, reprimiendo los sollozos.
-¿La… la quieres? –preguntó ella, con el ceño fruncido.
Alejandro se quedó en silencio, contemplándola.
-Mi matrimonio está totalmente acabado. –le contó. –Y quiero divorciarme.
-¿Y vas a rehacer tu vida con ella?
-Es asunto mío, ¿no? Tú ya has elegido con quién estar.
-¡Porque no tenía otra opción! –exclamó Ana.
-Cierto… ahora podrías tenerla, dime, Ana…si ahora pudieras elegirme, después de lo que has visto, ¿me escogerías?
Ana titubeó. Estaba demasiado celosa para razonar.
-No, claro que no… -prosiguió Alejandro, dolido. –Por lo visto, estás tan lejos de mí ya que ni me conoces… sólo soy un recuerdo difuso de San Pedro. Me conoces tan poco que olvidas qué has sido la única mujer que he querido en mi vida.
Y antes de ella pudiese responder, Alejandro se había ido. Entraba en la casa con rapidez, y se esfumaba.
Ana se quedó allí, en el porche, con las lágrimas bañando su rostro, sin reaccionar.
Ángel salió del jardín, había escuchado sólo la última parte de la discusión entre ellos. Se acercó a Ana sin que ella se diese cuenta apenas. Sonreía divertido.
-Vaya, que escena tan conmovedora… -se mofó.
Ana se giró, y le miró, enojada.
-Ay, cállese. –repuso.
Y luego, entró en la casa.
Ángel se apoyó en la barandilla, y miró el jardín, oscuro y susurrante. Había sido una noche interesante…
Escrito desde Dec 4, 2007, 6:08 PM de la dirección IP 200.251.51.102