Alejandro abrió la puerta de la habitación, y vio a su madre allí parada, con un par de maletas en el suelo. Mariana parecía desencajada, y desde luego, preocupada. La vio triste. De cualquier modo, la inmediata reacción de él fue abrazar a su madre, estrechamente.
-Querido hijo mío… -murmuró ella.
-Entra, vamos. –dijo él, cogiendo las maletas y metiéndolas en la habitación.
Ya era de noche, y Alejandro acababa de llegar del trabajo.
-He pasado el día deambulando por la ciudad. –contó Mariana, echando un vistazo al cuarto. –Esto no es muy grande.
-Lo sé, pero no quería algo demasiado ostentoso, no quiero malgastar mi sueldo. Con esto para mí tengo de sobra. –explicó él. –Supongo que estuviste en casa…
Mariana le observó. Su hijo ya se había puesto el pijama. Era todo un hombre, pero para ella siempre sería su niño.
-Así es. –confirmó ella. –Llegué por la mañana, quería veros, y Carolina me explicó la situación.
Alejandro suspiró, apesadumbrado.
-Luego supuse que estarías trabajando, no sabía muy bien qué hacer… he paseado por la ciudad, comido en un restaurante… y decidí venir finalmente ahora. –prosiguió ella.
-¿Todo está bien en San Pedro? –se interesó él.
-Sí. Simplemente, tu padre se quedó allí porque tu abuelo está resfriado, y como es mayor, no quiso dejar sola a mi madre por si se presentaba cualquier contrariedad. –explicó Mariana.
-Está bien. Siéntate. –la invitó Alejandro.
Mariana contempló la habitación, sus armarios, la cama, mesitas, lámparas, y libros. Todo cómodo, y sencillo. Se sentó en una silla, cerca de la cama.
-¿Sabes…? –empezó Alejandro.
-Sé lo que ella me contó. Ahora quiero que tú me lo cuentes.
Alejandro se sentó en la cama, próximo a ella. Su madre conservaba ese aroma tan agradable, que él había apreciado desde niño. Tenía el cabello más corto, igualmente rizado, y en esta ocasión, recogido en un moño. Llevaba un bonito vestido de rayas, negro y blanco, y su figura ya no era tan delgada. Sus inteligentes y despiertos ojos negros, que él había heredado, aguardaban expectantes.
-Mamá, yo… -él tragó saliva. Tenía ganas de llorar. Se le hacía muy difícil explicarlo, contárselo a ella. Cerró los ojos, y se contuvo.
Mariana sintió mucha pena al verle así. Se levantó de la silla, y se sentó a su lado, sobre la cama. Extendió una mano, y le acarició una suya.
-Carolina dijo que te vas a separar de ella, pedir el divorcio y todas esas cosas. –le ayudó.
Alejandro miró a su madre.
-Así es. –confirmó.
-Y que estás enamorado de otra mujer. –agregó Mariana.
Alejandro clavó sus ojos en ella, sorprendido.
-Y que es Ana. –terminó ella.
Él dudó un instante, no sabía cómo abordar el tema.
-Alex… soy tu madre. Deberías saber qué puedes contármelo todo. –dijo Mariana, con un dulce tono de voz.
-Es verdad. –musitó él.
Mariana se sorprendió en parte. Había supuesto o esperado que Carolina exagerase.
-Debes pensar lo peor de mí. –comentó Alejandro, sintiéndose muy culpable.
-No, más bien, estoy… muy desconcertada. No entiendo nada. –Mariana hizo una pausa, pensativa. –Alex, estás casado. Y es Ana.
Alejandro tomó aire, buscando las palabras apropiadas. Giró la cabeza.
-Ya lo sé. –aceptó. –Pero esto no es algo… de ahora. Llevo cargando con estos sentimientos desde que me casé. Y hay cosas, mamá, de mi matrimonio y de Carolina, que desconoces.
-¿Sabe esto alguien más? ¿Los padres de Ana, su hermano…?
-Lo sabe su madre, y lo sabía también su primo Esteban. –contestó él.
-¿Mónica? –se sorprendió Mariana. –Nunca me ha dicho nada…
-Es obvio por qué. Se enfadó mucho cuando lo supo, y ahora supongo que intenta que Ana siga con su vida lejos de mí. Conoces la moral de Mónica, su modo de pensar, y nunca querría ver a su hija involucrada con un hombre casado, por mi esposa, por ella…
-Pero Mónica también te quiere mucho, y es una mujer muy comprensiva, no me creo que no entendiese vuestros sentimientos… -objetó Mariana.
-No es eso, mamá. Es que la situación es imposible. Y el deber es el deber.
-¿Y qué siente Ana? –le interrogó Mariana, ávida de saberlo todo. –Quiero decir, ¿te corresponde plenamente? Porque según tengo entendido, está prometida con el hermano de tu esposa.
Alejandro estaba cabizbajo, mirando el suelo.
-Pues… no lo sé.
-¿No lo sabes y te vas a separar de tu mujer por ella? –le interrumpió Mariana, exasperada en parte.
-Antes sí lo sabía. Pero ahora está con ese hombre, y sé que siente algo por él. Creo que la estoy perdiendo.
-Cariño…
-Pero mi decisión de separarme no es sólo por ella. Ya no es sólo por ella. –aclaró él, tajante. –No soporto a Carolina, soy incapaz de amarla, y ya incluso de respetarla. Es una mujer muy… caprichosa, voluble, egoísta, fría… otro error fue casarme con ella sin apenas conocerla, creyendo que lo veía era lo que había.
-Entiendo. Y, ¿qué harás con Carolina y con tu vida?
-Si consigo divorciarme, y la nulidad, me sentiré enormemente aliviado, y libre. –dijo Alejandro. –Y Ana…
-¿Qué ha pasado entre vosotros?
Alejandro esbozó una sonrisa.
-Pues… han sido muchos sentimientos encontrados. –murmuró. –La he querido toda mi vida, mamá. Y creo que siempre del mismo modo, pero fui tan estúpido que ni cuenta me di.
-Alex…
-Me casé con Carolina, y entonces empezaron a torturarme los celos por verla cerca de Nicolás, por ver a la maravillosa mujer en que se había convertido, y cómo todos los hombres querían estar cerca de ella, y yo ya no podía. Entonces me di cuenta de lo enamorado que estaba. –narró él, con un hilo de voz. –Y ella dijo sentir lo mismo, no pudimos contenernos…
-Al volver de mi luna de miel. Nos encontramos, nos declaramos… ella dijo que me amaba tanto como yo a ella, y que no me lo había dicho porque no quería interferir en mi relación con Carolina, ni tampoco estropear la nuestra, la de años y años de amistad… imagínate lo terrible que fue para ambos… pensé en separarme, pero Carolina me comunicó que esperábamos un hijo…
-Dios Santo, pequeño mío. –se lamentó ella. –Cuánto has debido de sufrir, y yo ignorándolo…
-Así que alejé a Ana de mí. –prosiguió Alejandro. –La engañé, la mentí cruelmente asegurando que nunca la había querido. Y ella me odió. Y yo me fui de San Pedro con mi esposa… y allí la dejé, abandonada y con el corazón roto.
-¿Por qué hiciste eso?
-Quería empujarla a odiarme. Que me odiase y pudiese seguir con su vida. –se explicó él. –Sé que fue un acto muy idiota por mi parte, pero no puedo volver atrás. De todos modos, Isaura escuchó una conversación entre Esteban y yo, y cuando yo me fui de San Pedro, Ana ya lo sabía todo…
-Sigue. –pidió ella.
-Aquí me he encontrado a Ana sucesivas veces, y siempre ha sido fantástico y horrible al mismo tiempo. Últimamente, me he portado como un patán con ella, haciéndole escenas de celos en todas partes, me estoy volviendo loco de celos… porque veo como ella se aleja de mí. Y no hay mucho más que contar.
-Lamento que estés pasando por esto, hijo. –opinó Mariana. –Te veo tan destrozado… creo que, bueno, debes arreglar tu vida de un modo u otro. Porque no quiero verte así para siempre, y si eso implica divorciarte, pues hazlo…
Alejandro se sorprendió también al oír aquello. Frunció el ceño.
-Pero el honor, el escándalo…
-Siempre he pensado que es mejor luchar por ser feliz. No me gustan los convencionalismos. –repuso Mariana, sonriendo. –Por si no te has dado cuenta, soy una romántica empedernida. Ahora bien, que te apoye en todo esto, no significa que me alegre esta situación. Nosotros, y los padres de Ana no queremos veros en boca de todos, y por supuesto no dejaremos que la perjudiques… así que, no sé, hijo, sé libre primero y luego búscala… si te ama, seguirá estando dispuesta a estar contigo. Si es amor verdadero, estaréis juntos. Pero vas a tener que esperar.
-¿Y si para entonces ella ya se ha casado? –replicó Alejandro, en desacuerdo.
-Esperemos que no lo haga, que si de verdad te ama no se case con ese hombre. Porque no puedes convertirla en tu amante. Y tampoco puedes deshonrar así a la que todavía es tu esposa.
-Si supieras…
-Si supiera, ¿qué? –se molestó ella.
-Mi digna esposa tiene un amante. Yo mismo les sorprendí.
Mariana abrió los ojos, perpleja.
-Pero si… si yo pensé que ella te adoraba… ¿cómo es posible qué…? –tartamudeó.
-No lo sé. No la acuso de nada, porque no he sido precisamente un esposo modélico. Pero… no es buena persona.
Mariana hizo una mueca, más entristecida aún. Se acercó a Alejandro, y le abrazó. Él apoyó la cabeza en el regazo de su madre, y contuvo las lágrimas. Qué gran alivio para él contar con ella…
Ya se habían ido. Las muchachas lo estaban recogiendo todo. El comedor estaba iluminado levemente por un par de lámparas, e Isaura había reunido el último par de fuentes para retirarlas de la mesa. Llevaba el cabello recogido, y un camisón con la bata encima, color marfil.
Daniel apareció tras ella, la observó un par de segundos sonriendo, y luego se acercó. Isaura se sobresaltó al principio, y luego le sonrió. Él deseó poder tocarla, pero se aguantó.
-Me ha encantado tener aquí a nuestros padres hoy. –manifestó ella. –Se llevan tan bien, y nos quieren tanto… tus padres son muy buenos conmigo, mucho más de lo que merezco.
Daniel la miró fijamente.
-Tú te lo mereces todo, Isaura. –discrepó.
-Sólo lamento que Ana no esté, y que me odie. –dijo ella. –La echo de menos.
-Yo también. Pero estoy seguro de que nos perdonará.
El gesto de Isaura se torció. Aquel asunto le dolía.
-Eh… -susurró él. –Por favor, no te pongas triste. Me gusta verte como hace un momento, atareada y contenta.
Isaura asintió con la cabeza.
-Es lo único que tengo. – añadió Daniel.
Isaura no supo que contestar durante unos instantes.
-¿Quieres llevar esto a la cocina? –pidió ella. –Es lo que queda de la vajilla. Es que empiezo a estar algo mareada.
-Por supuesto. –dijo él, cogiendo las fuentes en las manos.
Isaura le contempló. Luego, le dio un suave y espontáneo beso en la mejilla.
Daniel no levantó la mirada, le ofreció un gesto cariñoso, y se encaminó a la cocina, ruborizado.
Nicolás se presentó en la casa por la noche. Quería darle las buenas noches a Ana. Ella abrió la puerta, y él advirtió que estaba esperándole.
-Has abierto rápido… -habló él.
Ana le miró, furiosa, y le dio una bofetada con todas sus fuerzas.
Nicolás parpadeó, aturdido, y cerró la puerta tras él. Estaban de nuevo en aquel diminuto recibidor, solos. Ella jadeaba, llena de cólera, y quién sabía que más. Nicolás no entendía nada.
-¿Pero qué demonios te pasa? –acertó él a preguntar.
-Me equivoqué contigo, Nicolás, y me siento tan tonta… -masculló Ana. –Eres igual a tu hermana, o incluso peor, porque al menos ella no disimula lo que es.
-¿De qué hablas?
-Lo sé todo.
Nicolás la miró absolutamente desconcertado. Sus ojos eran un interrogante. Se encogió de hombros.
-¿Qué es todo? –inquirió.
-No te hagas el que no sabe… tu hermana estuvo aquí, y me habló de vuestro gran plan. –dijo Ana, entre dientes, indignada.
-¿Carolina aquí?
-¿Puedes dejar de repetir lo que te estoy diciendo?
-Es que te juro que no sé de que me hablas. –afirmó él.
-Sé que estás conmigo porque ella te lo pidió y que todo obedece a un plan de ella… de ella para alejarme de Alex. Es tan retorcido como sólo su cabeza podría planificar…
-Espera un momento. –solicitó Nicolás, abrumado por la información recibida. -¿Mi hermana te ha dicho que me voy a casar contigo porque ella me lo ordenó?
Ana asintió con la cabeza.
-Así es. –musitó, entre lágrimas.
Nicolás sonrió.
-Vaya…
-¿Y sonríes? Definitivamente, eres un cínico. –le increpó ella.
-Sonrío, porque estamos iguales. Ninguno se habría prometido con el otro por un interés parecido al amor. Ah, bueno, sí, tú por amar a otro, y yo por favorecer a mi hermana, la única familia que tengo.
-No te burles. –exigió Ana.
-No me burlo, Ana… intento… entender esto. Intento entender por qué te molesta tanto.
-Tengo dignidad. –respondió ella, como si no fuera obvio. –A cualquiera le dolería algo así.
-No más que a mí ver cómo deseas estar con otro cuando sales conmigo y te lo encuentras. –le espetó él. -¿O crees que no me doy cuenta de lo mucho que le quieres? No estoy tan ciego, Ana. Así que, este papel no te queda.
Ana se cruzó de brazos, y movió los labios, pero no sabía qué más decir.
-Y para que lo sepas, mi hermana te ha mentido.
-¿Ah sí? Parecía muy triunfal cuando me lo dijo. –repuso Ana.
-Te dijo una media verdad. Es cierto que ella me pidió eso, pero no tengo una vocación tan de mártir como para casarme contigo por ella. Y además, yo no te he enamorado, así que no he logrado lo que ella buscaba.
Ana titubeó.
-¿Entonces…? –preguntó ella.
-Entonces ella me lo pidió, y yo le seguí el juego, porque me gustabas. Sabes de sobra lo mucho que me gustas. Yo sí estoy contigo sinceramente, y de corazón. –expuso Nicolás.
Ana bajó la mirada. Se sentía fatal, y avergonzada. Desde luego, él no mentía, y lo sabía. Hubiese querido que la tierra se la tragase. Se mordió el labio inferior.
-Perdona. –dijo. –Lo siento, ella me dijo eso y yo…
-Ya da igual. Buenas noches, te veo mañana.
-Nicolás, espera.
Él se dio la vuelta junto a la puerta. Ana caminó hasta llegar a su lado.
-Quiero que sepas que…
-¿Qué? –se impacientó Nicolás.
-Sí que siento algo por ti…
-Eso lo has dicho muchas veces.
-Algo parecido al amor. –continuó Ana. –Y me cuesta mucho decirlo, pero creo que lo empiezo a sentir…
Nicolás sonrió, tan feliz que no podía creerlo.
-¿De verdad? –preguntó.
Ana se puso de puntillas, y le besó en la boca. Nicolás cerró los ojos al sentir su contacto, y la sujetó con las manos, pues se tambaleaba.
Isaura se asomó a la cocina al oír el estruendo. Se encontró con la escena de Daniel y Cecilia arrodillados en el suelo, entre risas, recogiendo lo que se había roto. Se les había caído una fuente. Al oír sus risas, y ver cómo tropezaban el uno en el otro recogiendo los pedazos de cerámica, algo se removió dentro de ella.
Isaura calculó que Cecilia no tendría más de diecinueve años. Era una muchacha bonita, de facciones suaves y redondas, pelo oscuro y ojos negros, algo regordeta, pero atractiva. Por contraste, Marcela era más alta y delgada, de piel más clara, el color de su pelo era rojo, sus ojos claros y tenía la cara llena de pecas.
Daniel vio a su esposa parada en la puerta, observándoles con cierta desconfianza.
-Isaura, cariño… se nos ha caído la fuente, lo lamento. –se disculpó él.
Ella no le contestó, se dio media vuelta, y salió corriendo hacia las escaleras. Daniel se sintió confuso.
-Cecilia, termina de limpiar esto, ¿sí? Voy junto a mi esposa. –expuso Daniel, y salió de la cocina decididamente.
Marcela, que guardaba el resto de platos limpios en una estantería, miró a su compañera de trabajo.
-Molestas a la señora Isaura, Cecilia. –dijo, llamándole la atención.
Cecilia se encogió de hombros.
-No sé que quieres decir.
-Claro que sí. No te creas que soy tonta, y tampoco la señora lo es. Flirteas con su marido, deliberadamente, y está mal. –desaprobó Marcela.
Cecilia sonrió, con malicia.
-Por supuesto que flirteo. Soy joven, y bonita… el señor es muy apuesto… si se fijará en mí, imagínate la suerte que tendría…
-¡El señor está casado! –se escandalizó Marcela.
Cecilia arqueó una ceja.
-¿Y qué?
Daniel llegó a la recamara de su esposa dos segundos después de que ésta cruzase la puerta, e impidió que la cerrara. Ella se paró al lado de la cama, y le miró, fatigada, y con los brazos en jarras.
-No te conviene correr así. –opinó él.
-Estoy perfectamente.
-Pareces disgustada, o molesta conmigo por algo, pero lo desconozco. –comenzó Daniel. –Vi la misma expresión en tu cara cuando llegaste de la compra, la misma que tienes ahora… ignoro por qué. ¿He hecho algo mal, algo que te haya enfadado? Si es así, dímelo…
-Por supuesto que sí. –repuso Isaura, fuera de sus casillas, e imparable ya. –Todo lo que haces, me molesta.
Daniel no esperaba algo así. Frunció el ceño, abrumado por la información recibida.
-¿Qué?
-Me obligaste a casarme.
-¡Eso no es cierto! –protestó él, indignado.
-Y ahora… esta amabilidad tuya… tu paciencia, como si con ello fueses a conseguir algo. Quedó todo muy claro cuando nos casamos, como sería nuestro matrimonio…
-Eso lo sé, Isaura.
-¿Entonces por qué te comportas así? –le atacó ella.
-Me culpas de algo y ni siquiera sé de qué.
-Claro, tú que vas a saber… tú no te enteras de nada, no tienes la culpa de nada, todo en ti es inocencia y bondad… no hay un ápice de maldad en ti… pero, ¿sabes qué? Que en el fondo no es así, que eres cruel, e hipócrita, y haces daño, me haces daño… no sé que pretendes conseguir, pero no lo conseguirás…
Daniel clavó sus ojos en ella, no le encontraba sentido a nada de lo que decía.
-No sé que te pasa, pero no voy a aguantar esto. –replicó él.
Luego, se giró y se encaminó a la puerta.
-Claro, di que sí… oféndete… cuando me arrebataste de los brazos de tu primo, no te sentías así de digno… -le espetó ella.
Daniel la miró de nuevo, atónito.
-No puedo creerme que me acuses de esto, Isaura. Buenas noches. –dijo.
Daniel salió del cuarto, y se detuvo en el pasillo. Trató de analizar que sucedía, porque habían tenido semejante y estúpida pelea. Se sentía horriblemente mal, y ni siquiera entendía por qué. Respiró hondo, y decidió regresar.
Entró de nuevo en la habitación de Isaura, y la encontró tirada en el suelo. Asustado, corrió a su lado, y la tomó en brazos. A continuación, la depositó sobre la cama.
-Isaura, vamos, dime algo… -pidió él, entre susurros y dándole una palmada suave en el rostro. –Contéstame… Siento mucho lo que sea que haya hecho, perdóname, por favor…
Isaura entreabrió los ojos, y gimió.
-Perdóname tú a mí… -murmuró ella.
-Buscaré al médico.
Isaura le sujetó por una mano.
-No, espera. –dijo, abriendo los ojos del todo. –Ya estoy mejor. Tan sólo fue un mareo.
Daniel se quedó quieto, y esperó, atento.
-Yo… -intentó hablar ella.
-¿Qué te he hecho? –preguntó él.
-Nada. Lo siento mucho, creo que tenido un ataque de nervios. –se excusó ella, esquivando el verdadero motivo de su enojo. –Perdona, todo lo que te he dicho… he sido muy injusta, Dani. Desde luego que no pienso nada de eso, ¿podrías olvidarlo?
-Sí, podría. –aceptó él. –Pero me has herido. Me he sentido culpable, y no sabía de qué. Sabes de sobra que no te he obligado nunca a nada, que he dejado que decidas todo, y mi amabilidad sólo pretende conseguir tu comodidad y bienestar…
Isaura se sentó sobre la cama, y le abrazó.
-Lo siento, lo siento muchísimo…
Daniel cerró los ojos, y respondió a su abrazo, sintiéndola temblar.
-Ya pasó, ya pasó… -la consoló él.
Ella se separó, y le miró a los ojos.
-Perdona mi enorme estupidez. –solicitó Isaura, enrojecida.
Él asintió con la cabeza.
-Ya lo he hecho.
Durante unos segundos interminables y tensos, ninguno supo qué más decir. Finalmente, Daniel abrió la boca.
-Voy a buscarte un poco de agua.
Nicolás subió hasta su habitación. Carolina se disponía a acostarse, y se sorprendió al verle allí. Llevaba unos rulos en la cabeza, y tenía el camisón puesto. Había una lámpara encendida.
-¿Qué haces aquí a esta hora? –preguntó ella.
Él se quitó el sombrero, y lo sostuvo en las manos. La miró, muy serio.
-Qué mala eres… nunca pensé que hasta quisieras destrozar mi vida… -comenzó Nicolás. –Para ser mi única familia, eres…
-De modo que ya has hablado con ella, ¿eh? –le interrumpió Carolina, sonriendo. –Y dime, ¿le dolió mucho?
-Sé por qué lo has hecho. –aseguró él. –No puedes verme feliz cuando tu vida es un desastre, no lo soportas…
La sonrisa se borró de los labios de Carolina.
-No es justo que todos seáis felices menos yo. –aceptó ella. –Pero no fue sólo por eso. Quería mortificarla y que pensase que ni lo que tiene contigo es auténtico.
-¿Pretendías echarla a los brazos de tu marido?
-Por supuesto que no. –negó ella. –Sabía que si le decía eso, conseguiría dos cosas. La más inmediata, que ella se sintiese dolida y traicionada, y la segunda, intrigada. Eso la mantendría interesada por ti… no me digas que no funcionó…
Nicolás hizo una mueca, impresionado.
-Realmente, sí. Una vez le expliqué todo, y cómo la habías engañado, ella ha parecido acercarse más a mí.
-Lo suponía. La psicología de las muchachitas como Ana es simple. –añadió Carolina. –Ahora se sentirá mal por haber dudado de ti, al tiempo que se habrá dado cuenta de que le gustas, y estará más segura de haberse prometido contigo. Sino conseguía eso, y realmente ella dejaba de estar interesada en ti… pues lograba que tú te liberases, y que estuviésemos a la par.
-Lo que no sé es porque te has arriesgado a mandarla a los brazos de Alejandro. –expuso Nicolás.
Carolina se encogió de hombros.
-Porque Ángel se sintió atraído por ella, y prefiero alejarla de él que de Alejandro.
-¿Cómo? –inquirió Nicolás, entre sorprendido y desconcertado.
-Estoy enamorada de Ángel… bueno, enamorada, tengo ciertos sentimientos por él… -balbuceó Carolina.
-¿Ángel? ¿Mi amigo de la universidad? ¿Desde cuándo…?
-Tuvimos un pequeño romance antes de que me casara con Alex. –explicó ella, a regañadientes. –Ahora, empiezo a sentir cosas por él, cosas nuevas… no creas que me gusta, pero las siento… dijo que Ana era bonita, y yo sólo quería que esa idiota se decidiese por ti, o por Alex incluso, pero no que estuviese a su alcance…
-Entonces, Alejandro ya no te importa. –dedujo Nicolás.
Carolina sacudió la cabeza.
-No, tampoco es eso. Si por mí fuera, él estaría en esta casa. Y trataré de evitar que se separe de mí, nadie me deja así como así… es sólo que ahora está en un segundo plano. –dijo.
Nicolás suspiró.
-Hermana, no me gustaría ser tu enemigo… -comentó. –Eres la persona más manipuladora, y terrible que conozco.
Carolina sonrió, en cierto modo, halagada.
-Tampoco es para tanto. –musitó.
Mariana llegó a San Pedro un par de días después. Fue directamente a la casa de Juan y Mónica antes de entrar en la suya propia. Azucena le abrió la puerta, y Mariana esperó en la entrada, con las maletas en el suelo.
Afortunadamente, Mónica fue quién salió a recibirla. Las dos mujeres se saludaron con un beso en la mejilla, y una sincera sonrisa de cariño.
-¿Sucedió algo en la capital? –preguntó Mónica.
-Ay, Mónica… lo sé todo. –respondió Mariana.
Mónica la miró con expresión interrogativa.
-Sé lo que hay entre nuestros hijos, y todo lo que ha sucedido.
-No me digas que…
-Alejandro quiere separarse de su esposa. Y me lo ha contado todo. –continuó Mariana.
-Ya veo. Te serviré un café.
-Tenemos que ayudarles, Mónica. –opinó Mariana.
-No creo que…
-No voy a decirles nada ni a mi marido, ni a mis padres. Pero tú y yo, tenemos que apoyarles…
Mónica titubeó.
-Nuestros hijos están locos. –dijo.
-Es posible. Pero nosotros debimos suponer que esto pasaría. Mi pobre Alex está destrozado, y voy a ayudarle a que termine su matrimonio con esa mala mujer… ¿cuento contigo?
Mónica se quedó pensativa.
-Si tu hijo se separa de verdad, legalmente, y obtiene la nulidad… y si entonces, Ana y él quieren estar juntos… bueno, yo no me opondré.
Mariana asintió con la cabeza, y sonrió
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