Capítulo XLIX

by Cris (no login)

 
Daniel le dio un beso en la frente, y puso sus manos a ambos lados de su cintura. Isaura sentía su aliento en la cara, y se le erizó la piel.

-Entonces… ¿me crees? –preguntó ella.

Daniel sonrió, con dulzura.

-Por supuesto. ¿Y tú me crees a mí?

Isaura se movió, retrocediendo unos centímetros.

-La vi en tu cama. –volvió a insistir ella. –Estaba semidesnuda y dijo cosas que…

-Isaura, por favor. –pidió él, fijando su vista en ella. –Tú me conoces.

-¿Y cómo pudo atreverse a tanto?

Él dudó.

-No lo sé. –contestó. –Pero acabo de verla, ahí abajo, y he de decir que supe en ese momento que tenías razón, y que me había portado como un idiota.

-¿Qué hizo? –inquirió ella, intrigada.

Daniel titubeó de nuevo. No quería martirizarla más.

-Dímelo. –exigió Isaura.

-Intentó besarme.

Isaura se molestó, su reacción fue evidente.

-Lo sabía…

-Por favor, tienes que creer que yo no tengo la culpa. Nunca ha pasado nada entre nosotros. –repuso él. –Nunca la he mirado siquiera, ni a ella ni a ninguna. No sé que intenciones tenía, pero la he despedido y no volveremos a tener problemas por su causa.

-¿De verdad?

-De verdad. Te lo aseguro, Isaura. Lamento todo esto, la discusión entre nosotros, y tu enorme disgusto. –dijo Daniel.

Isaura se sentía avergonzada, y no sabía muy bien por qué. Daniel volvió a acercarse a ella, y se quedó quieto a escasos milímetros de ella, sin tocarla.

-Quiero disculparme por todo lo que te dije. –le susurró.

Ella asintió, y tragó saliva, nerviosa.

-Isaura…

-¿Qué?

-¿Por qué te enfadaste tanto? –preguntó él finalmente.

Isaura se mordió el labio inferior, y se pasó el pelo por detrás de las orejas. Llevaba el cabello suelto.

-Pues… es obvio. –musitó.

-No, no lo es.

-Eres mi esposo, y pese a las circunstancias de nuestro matrimonio, no me gustaría verte enredado con otra. Tú eres algo mío. Lo único que tengo junto a mi hijo.

Daniel estaba abrumado. No dejaba de darle vueltas a las palabras de su padre, no podía concederles mayor crédito, pero la esperanza se había encendido en él por un segundo.

-¿Nada más?

Isaura tomó aire, y luego lo exhaló.

-Ella tenía razón en algo. –comentó. –Tú eres un hombre, un hombre casado que no tiene intimidad con su esposa, de ningún tipo… eso me sembró la duda, porque desde luego eres humano y sería normal que te fijases en otras, que buscases lo que yo no te doy…

Daniel puso su dedo índice sobre la boca de Isaura, pidiéndola callar de nuevo.

-No digas tonterías. –dijo. –Nunca he sido de ésos.

-Pero eres humano.

-Quizás deba contarte algo. –expuso.

-¿Algo?

-Sí. –afirmó él, y levantó un instante la vista hacia el techo, buscando las palabras. Desde luego, le costaba hablar de ello. –Yo no he… no…

-¿Qué?

-Nunca he estado así con una mujer. –soltó él.

Isaura abrió la boca, mucho más que sorprendida.

-Pero sí eres más que atractivo. Ana siempre me decía que había muchachas que te perseguían. –replicó.

-Yo no soy así, Isaura. –objetó Daniel, incómodo. –No soy como otros hombres, yo no… no puedo hacer algo así a la ligera.

-Desde luego no es común.

-¿Y por qué no? –protestó él, apunto de enfadarse. –No todos los hombres del mundo son como el que tú conociste, no todos nos vamos con cualquier mujer que esté dispuesta a ello.

Isaura le observó. Daniel se había ofendido, tenía su orgullo herido, y sus ojos chispeaban. Espontáneamente, ella le tomó una mano.

-Perdóname. –murmuró. –Estás aquí, abriéndome tu corazón y yo… gracias por contármelo.

Daniel sacudió la cabeza.

-Pensé que así se despejarían posibles dudas futuras. –dijo.

-¿No te ha atraído nunca ninguna muchacha?

-No en serio. Sólo una, y sabes quién es. –le espetó.

Isaura sonrió, levemente. En el fondo, le alegraba.

-Una vez, -agregó Daniel, e hizo una pausa. –era un adolescente aún… acudí a una fiesta con mi primo Esteban, y sus amigos decidieron ir a uno de esos lugares… ya sabes.
Isaura asintió con la cabeza.
-No me atreví a rehusarme, algo de lo que me arrepiento, porque yo no soy así, pero era demasiado joven. –prosiguió él, cabizbajo. –La prostituta que me tocó olía a alcohol y tabaco… yo no quería estar con ella, por supuesto. Fue tenso, violento y horrible. La mujer se enfadó mucho, y armó un escándalo. Me fui de allí muy avergonzado, huí prácticamente.

-¿Y tu primo?

-No lo sé, Isaura. Éramos muy jóvenes, él accedió a ir a aquél burdel imagino que por los mismos motivos que yo. –opinó Daniel. –Porque mi primo sería muy mujeriego, pero le gustaba seducir, enamorar… no esa clase de mujeres. No sé que haría por qué no esperé por él, ni volvimos a mencionar el asunto. De hecho, dejé de salir con ellos.

Isaura se enterneció. Alargó la otra mano, y le tocó una mejilla, en un gesto afectuoso. Daniel se apartó, molesto.

-¿Qué pasa? –preguntó ella.

-No me tengas lástima.

Isaura se acercó aún más a él.

-Yo no te tengo lástima, tonto. –rebatió.

-¿Entonces qué…?

Ella actuó movida por un instinto. Apoyó las manos en los hombros de Daniel, se puso de puntillas, y le besó en la boca de modo fugaz. Acto seguido, se retiró.

Daniel clavó sus ojos en ella, turbado, y después hizo lo mismo, le devolvió el beso, muy rápido. Los dos se miraron a los ojos instantes interminables, y Daniel volvió a besarla, sin preguntar. Sus labios se encontraron de forma tan natural que a Isaura le extrañó. Él besó sus labios, largamente, jugueteando con el inferior, y luego con el superior unos segundos, hasta abrir muy delicadamente la boca e introducir la punta de su lengua en la boca de Isaura. Sus lenguas se tocaron muy brevemente, y ellos se separaron.

-Me has besado, Isaura. –dijo él, como si no fuese obvio.

Ella sonrió, aturdida.

-Lo sé.

-Yo… no iba a preguntarte esto, pero… ¿tuviste celos de Cecilia?

Isaura cruzó los brazos sobre el pecho, y bajó la cabeza.

-No me gustó, desde luego… he tenido siempre toda tu atención, confiaba en ti, y no me agradaba que otra te alejase… -se explicó, torpemente.

Daniel emitió un sonido, poco convencido, no era lo que esperaba.

-¿Y ya está? –preguntó, decepcionado.

Isaura sintió cómo le ardían las mejillas.

-No quiero hablar de esto. –se cerró.

Los claros ojos azules de Daniel se vieron tristes.

-Bueno, entonces yo me retiro ya. –dijo. –Buenas noches, Isaura. Descansa, ha sido un día agitado.

Fernando se encerró con Ángel en su despacho a primera hora de la mañana. El hombre fumaba en pipa, como acostumbraba, y se acomodó en su sillón, mientras Ángel esperaba. De algún modo, presentía lo que se avecinaba.

-No he mandado llamar a mi hija, pero es posible que mande buscar a Alejandro. –comenzó Fernando. –Por lo visto, él es el testigo más fiable que hay en toda esta historia.

Ángel permanecía de pie, y se sentía igual que aquél que es juzgado.

-Usted dirá. –se limitó a responder.

-Mi hija no quiere casarse, y aunque es una cuestión que avergüenza a mi esposa y a mí, a toda esta familia, he de decir que ayer me sentí incapaz de combatir su tozudez. –expuso Fernando, realmente contrariado. –No me gusta actuar así, pero ella asegura que tú nos has engañado aprovechando nuestra confianza.

Ángel se encogió de hombros, y suspiró.

-Su hija tiene derecho a elegir a su marido. No voy a oponerme en caso de que el compromiso se disuelva. –dijo.

-¿Entonces no te importa no casarte con ella?

-Me importa, pero no me gustaría obligarla a ser mi esposa. –repuso. –No me apetece forzar su voluntad. Y tampoco quiero que se dude de mí.

Fernando tomó una pequeña campanita que reposaba en su mesa, y la tocó un par de veces, hasta que una criada asomó en el lugar, entrando después de pedir permiso.

-Busca a Alejandro. –le ordenó.

Al cabo de unos segundos, Alejandro entró en el despacho. Sus ojos y los de Ángel se encontraron unos instantes muy breves, aunque Fernando no lo percibió.

-Alejandro, no quiero comprometerte, pero mi hija asegura que eres el único que puede corroborar que Ángel tiene a otra mujer, y nos ha engañado.

Ángel sabía que no tenía escapatoria, así que prefirió hablar él mismo.

-Esto no es necesario… escuche, Fernando, su hija no le ha mentido, y no es necesario que le meta a él en esto. –replicó. –Es cierto.

-¿Y cómo has podido hacer algo así? –preguntó un indignado Fernando, mientras se estiraba su bigote.

-Pasó lo que pasó por… -Ángel tomó aire, y continuó. –Era un asunto muy personal. Nunca quise traicionarles ni engañarles, he dejado eso en el pasado, pero si su hija no quiere, no tenemos por qué casarnos. La verdad es que ni yo estoy seguro de poder cumplir como se debe con ella.

Fernando clavó sus ojos en él, muy severamente.

-Pasaremos una vergüenza muy grande para anular la boda. No quiero ni imaginarme los rumores, los chismes… vamos a estar en boca de todos. Lamento mucho también esto por tu familia, con la que siempre hemos tenido una muy buena amistad.

-Yo también lo lamento, se lo aseguro. –masculló Ángel. –Aunque seguramente, la noticia alegre enormemente a su hija. Según parece… ella también ha puesto los ojos en alguien más, y alguien que es bastante cercano a usted…

Ángel dirigió su vista hacia Alejandro, un instante muy fugaz, dejando entrever lo que quería, y después salió del despacho.

Fernando se puso en pie, aquello era demasiado.

-¿Tú tienes algo con mi hija, Alejandro? –preguntó, a bocajarro.

Alejandro se encogió de hombros, aturdido.

-Le aseguro que lo único que me une a su hija es una buena amistad. –habló. –Soy un hombre casado, y creo que durante mucho tiempo he demostrado mi integridad en mi trabajo. No sería capaz de hacerle algo semejante, señor. Rosa es una chica especial, y es posible que haya encontrado en mí una persona cercana y comprensiva, pero nada más. Se lo ruego, no dude de mí.

Fernando carraspeó.

-Está bien, puedes retirarte. Siento haberte involucrado en esto. –dijo.

Daniel observaba el trabajo de los peones de cerca, bajo un paraguas. Decidió enviarles a descansar al darse cuenta de que el temporal no pasaría.

La lluvia no había cesado aquella mañana, y él sujetaba con una mano el paraguas mientras analizaba las tierras y el trabajo realizado. Sus botas estaban enlodadas, y sentía un aire fresco golpeándole en la cara. Era temprano, se había levantado muy pronto para ir a Campo Real. Todo lo que había pasado la noche anterior no se le iba de la mente, la discusión, el despido de Cecilia, los labios de su esposa.

Alguien posó su mano sobre su hombro, sacándole de su ensimismamiento. Se giró y vio a su tío parado a su lado, bajo otro paraguas.

-Ayer estuve en tu casa, Daniel. –le habló. –Vi a tu esposa, y al niño. Quiero saber si es hijo de Esteban.

Aquellas palabras le sorprendieron sobremanera. En medio de todo el problema de Cecilia, Isaura no le había contado nada sobre Andrés.

-¿A qué viene eso, tío?

-Conozco tu nobleza, y sé que Isaura ha podido aprovecharse de ella para casarse contigo aún esperando un hijo de Esteban. –expuso. –Ella lo negó, pero hay un temor muy grande dentro de mí y de mi esposa… el temor de que ella nos haya dado un nieto.

Qué terrible era para Daniel mentir así a su tío, qué terrible era mentir por ella, y qué terrible era ocultar algo así a su propia familia, iba contra todo lo que pensaba y le habían enseñado. Sentía unos remordimientos espantosos por la mentira que aún no había dicho, una más al fin y al cabo. Pero no podía hacer otra cosa que ser leal a ella.

-Eso es una locura, tío, ¿cómo se te ocurre? –protestó Daniel, convincentemente. –Ella nunca se embarazó de Esteban… ese hijo es mío, siento que se te haya pasado semejante idea por la cabeza, pero es del todo absurdo.

Andrés continuaba sin sentirse del todo seguro.

-Sé que mentirías por ella, Daniel. –repuso. –Aunque quiero creer que por encima de ella está tu familia, los que somos de tu sangre.

-¿Acaso has sentido remordimientos de conciencia por haberla separado de mi primo, tío? –le espetó Daniel, sin ánimo de ofender. –Porque ese pesar no sólo va a caber en ti, sino en mí también, y posiblemente en él por más lejos que esté ahora… pero no temas por el bebé, no es hijo de mi primo.

Andrés le tomó por un brazo, fuertemente.

-Júrame que no estás diciéndome mentiras, Daniel, que ese niño de verdad es tuyo, y que sois un matrimonio real.

-Conoces las circunstancias de nuestro matrimonio, tío, pero somos un matrimonio real, sólido… y ese niño lo demuestra. Es hijo de los dos. –contestó Daniel, a su modo.

Ana no había vuelto a aquel restaurante desde la ocasión en que el vino de la comida se le había subido a la cabeza, y se habían topado con Alejandro y su jefe. Era un restaurante muy acogedor, y aquella mañana, Nicolás la llevaba de nuevo a almorzar allí.

Se sentaron, uno frente al otro, junto a un ventanal amplio, cubierto con cortinas blancas, por el que se filtraban los rayos de sol. Le mesa, pequeña, con mantelería bordada, y un diminuto jarrón con flores a un lado, ofrecía una panorámica de todo el lugar.

Nicolás pidió vino tinto, y la comida para ambos.

-Bueno, pues ya estamos aquí. –comenzó él. –Debería esperar a los postres para esto, pero teniendo en cuenta que desconozco el estado etílico que tendrás entonces, prefiero hacerlo ahora.

Ana le sonrió, entre ofendida y divertida por el comentario.

-No estaré borracha cuando acabemos de almorzar, Nicolás. –protestó. –Además, tengo que trabajar por la tarde, no puedo llegar en ese estado a cuidar a un par de niños. Aunque reconozco que posiblemente me lo hiciera más llevadero.

Él le devolvió la sonrisa, y luego buscó en el interior de su chaqueta. Su gesto era más serio que de costumbre, y Ana percibió cierta solemnidad en ello. De pronto, Nicolás dejó ver lo que había sacado del bolsillo de su chaqueta. Era una cajita envuelta en papel, desde luego era algo de joyería.

A Ana se le removió todo, el miedo se había adueñado de ella. Nicolás extendió una mano, y se lo dio. Ana miró la cajita en sus manos, abrumada, y entonces la desenvolvió. La abrió, y allí vio aquél hermoso anillo. Sabía lo que era, lo que significaba.

-Lo he estado pensando, y creo que ya es hora de tomar una decisión. No voy a quererte más de lo que te quiero, y pienso que tú tampoco me querrás más de lo que puedas quererme ahora. De modo que… Ana, -dijo, despacio, y mirándola fijamente. -¿Quieres casarte conmigo?

Ana miraba el anillo, contrariada. Suspiró, y quiso llorar, sin saber muy bien por qué, pero se contuvo.

-No sé qué decir…

Cuando ella levantó la vista para mirarle, otra escena se apoderó de su atención. Alejandro estaba allí, otra vez en ese restaurante. Y tampoco estaba solo, estaba con ella, con aquella niña, Rosa. Ana parpadeó y volvió a mirarles, sin poder dar crédito a lo que estaba viendo. Alejandro y Rosa estaban sentados también uno frente a otro, y las manos de ambos estaban puestas sobre la mesa. Rosa había colocado la suya delicadamente sobre la de Alejandro, y le sonreía.

Daniel volvió a casa para comer. Isaura estaba sonriente, de buen humor, y Marcela les había preparado el almuerzo. Isaura sentía una poderosa corriente de aire fresco y renovado en la casa, sin Cecilia.

-Hola, Daniel. –le saludó, dándole un espontáneo beso en la mejilla.

Daniel dejó la chaqueta sobre el respaldo de la silla, y se sentó.

-Traigo puestas unas botas que me dejó mi tío, porque las mías se llenaron de barro, y no quería llegar con ellas aquí, y ensuciar toda la casa. –comentó él. –Pareces alegre…

-He dormido bien. –contestó Isaura, sentándose a su lado. –Y mi Gabriel está cada día más guapo.

-Me alegro. –musitó él.

-Tú, en cambio, estás muy serio. ¿Sucedió algo en Campo Real? –se interesó ella, preocupada.

-Mi tío me preguntó si Gabriel es hijo de Esteban, y he tenido que mentir. –expuso Daniel. –No me gusta mentir, y ya lo he hecho con toda mi familia…

Isaura bajó la cabeza, sintiéndose súbitamente culpable.

-Lo lamento. –dijo. –Se me olvidó decirte que ayer estuvo aquí, interrogándome acerca de eso.

-Me siento mal, por mis padres, mis tíos y mi primo. Un hijo es algo demasiado grande, y Esteban ignora que lo tiene… siempre dije que tenía que saberlo.

Isaura bebió un sorbo de agua de su copa, y volvió a dejarla sobre la mesa.

-No es culpa tuya, Dani. He sido yo la que he tomado la decisión de ocultarlo, para protegerme de ellos, de tu tío y de tu primo. Me sentí tan mal y despechada, que opté por quedarme con mi hijo, por encerrarme y huir. No digo que esté bien, y te hablé de mis deseos de contárselo a Esteban si regresa algún día… pero a tu tío, a tu tío Andrés no quiero decirle nada, aunque terminase sabiéndolo igualmente. Tú sólo has… respetado mi decisión y guardado silencio. No es culpa tuya.

-Tanta culpa tiene quién hace, como quién consiente.

-¿Te arrepientes de haberte casado conmigo? –inquirió Isaura, de golpe.

Daniel la miró, sorprendido por la pregunta.

-No he dicho semejante cosa. –dijo él. –Tal vez me arrepienta de cómo hemos hecho las cosas.

Isaura removió la comida en el plato con el tenedor, sin ganas de probar bocado.

-Porque yo no me arrepiento. –murmuró, suavemente. –Ni me arrepiento de la conversación de ayer, y de todo lo que me contaste… confiaste en mí, me diste un pedazo de tu intimidad… te conocí más. Y me gustó.

Daniel la escrutó con la mirada, mientras ella continuaba jugueteando con la comida en su plato, tratando de adivinar el sentido de sus palabras.

-También a mí me gustó contártelo. –reconoció él, a su vez.

Isaura movió una mano, y tomó la de Daniel, acariciándola cariñosamente, y sin atreverse a mirarle. Él la contempló. Otra vez, Isaura estaba sonrojada.

Ana no podía apartar la vista de ellos, y no podía tragar su comida. Era evidente que Nicolás, aunque estaba de espaldas a ellos, terminaría por darse cuenta.

-No ha parecido agradarte mi propuesta. –comentó él, metiendo una porción de pan en la boca.

-No es eso, simplemente me ha tomado por sorpresa. –se excusó Ana.

-No entiendo por qué, llevamos meses de noviazgo.

-Sí, es cierto… es sólo que… -ella tragó saliva. –He de pensarlo…

-¿Más aún?

-No te impacientes. Si has esperado tanto por mí, no te costará esperar un par de días más. Prometo contestarte pronto, y será una respuesta definitiva.

-Está bien. –aceptó Nicolás. –Sólo esperaba… que te hiciese más ilusión. Llámame estúpido.

Ana seguía con la mirada clavada en ellos. Ahora les veía reírse.

-¿Quieres postre? –preguntó él, observando el plato casi lleno de Ana. –Yo he terminado de comer.

-No, no, no tengo demasiado apetito.

-Entonces, ¿nos vamos?

Ana asintió con la cabeza, y Nicolás le hizo un gesto con la cabeza a un camarero, para pedirle la cuenta. En cuánto hubo pagado, se puso en pie.

-¿Nos vamos? –repitió.
Ana le imitó, titubeante.
-Sí, pero… salgamos por la puerta de atrás, ¿sí? –propuso ella, sabiendo que así evitarían cruzarse con Alejandro.
-Claro.

Los dos se encaminaron hacia la salida, y cuando llegaron a la puerta, Ana resolvió volver a entrar. Miró a Nicolás.

-Espérame, será sólo un segundo. Me he olvidado algo. –habló ella.

Nicolás asintió con la cabeza, y Ana caminó, airada, hacia la mesa de Alejandro.

Alejandro y Rosa se reían mientras comían. No la vieron hasta que Ana se sentó justo al lado de Alejandro, ocupando el escaso espacio que había en el banquito en el que él se encontraba.

-Buenas tardes. –dijo ella, absolutamente llena de ira, y con el corazón latiéndole desbocadamente en el pecho. –Me alegra verte tan bien, Alex.

Rosa se quedó callada, sintiéndose bastante incómoda y violenta por la aparición de Ana.

Alejandro fijó sus ojos negros en Ana. Sabía lo enfadada que estaba, porque la conocía a la perfección. En lugar de desear aliviarla, sintió la mezquina necesidad de atormentarla más.

-Sí, estoy mucho mejor que la última vez que nos vimos en aquella fiesta. –contestó. –O tal vez, igual de bien ahora que lo recuerdo… Y dime, supongo que tu novio estará por ahí, ¿no? No creo que hayas venido sola.

Ana estaba temblando, de rabia, de celos, y de pena. Hacía meses que no le veía, y tenía que encontrárselo en aquella situación.

-Sí, está fuera, esperándome. No pude resistir la tentación de saludaros, y volví a entrar. –replicó ella, cargada de ironía. –Y dime, ¿al novio de Rosa no le molesta que tú la saques a comer? Porque parecéis una feliz pareja, y mira que si la gente os ve y empieza a hablar… bueno, no creo que haga falta hacer hincapié en que estás casado…

Alejandro esbozó una sonrisa.

-Veo que no estás al día. –dijo él. –Rosa y Ángel han roto su compromiso. Ya no habrá boda.

Aquello la desconcertó incluso más, le dolió incluso más. De modo que aquella muchacha estaba libre de compromiso, y estaba con Alejandro. A Ana ya no le cabían dudas al respecto. Entre ellos, definitivamente, había algo. Y eso la estaba matando.

-Qué sorpresa… -balbució.

-No deberías hacerle esperar más, ¿no crees? –la atacó Alejandro. –Ya nos has saludado, y no deseo que Nicolás piense que te demoras demasiado en hablar conmigo, luego tienes problemas, como las últimas veces. Así que, vuelve con él.

Ana estaba apunto de explotar. Contempló a Rosa, molesta por lo que estaba pasando, pero callada y esperando a que Alejandro se deshiciera de ella.

-Desde luego que vuelvo con él. Esto sólo era una visita de cortesía, a un viejo amigo, y una conocida. –repuso ella, intentando suavizar su tono de voz. –Así que, os dejo, en ningún momento quise interrumpir.

Dicho esto, Ana se levantó, y se dirigió a la salida, casi corriendo. Si hubiese esperado un segundo más, se hubiese echado a llorar allí mismo.

El rostro de Alejandro se relajó al verla desaparecer. Su gesto cambió, también su actitud. Estaba terriblemente triste, y eso torturó a Rosa.

-Alex… ¿qué significa ella para ti? –inquirió, casi sin darse cuenta.

Alejandro estaba cabizbajo, tenía un nudo en la garganta. Había prometido a su madre no perseguir a Ana hasta que tuviese el divorcio en sus manos, y aquello estaba en trámite. Tal vez, para cuando todo estuviese arreglado, Ana ya hubiese resuelto su vida.

-Eso es algo que no puedo responder con un par de palabras. –respondió él, en voz baja.

Rosa tomó de nuevo su mano, intentando consolarle.

-Ya veo. –dijo.

Ana salió a la calle, y el aire en la cara la alivió. Estaba agitada, y Nicolás lo percibió.

-¿Qué sucede? –quiso saber él, apoyado en la pared del restaurante.

Ana se detuvo a su lado, y sacó la cajita de su bolso. Tomó el anillo, y se lo puso en el dedo corazón de la mano izquierda.

-Acepto casarme contigo. –le dijo, en un sollozo.

-Querida Ana…

-No creo que deba seguir esperando. Como tú dijiste, las cosas no van cambiar más. –se explicó ella. –De modo que… es el momento.

Nicolás apenas podía creérselo. La abrazó, sonriendo.



Escrito desde Mar 1, 2008, 12:05 AM
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