Isaura y Daniel emprendieron el viaje acordado a ciudad de México. Ella ya estaba recuperada del parto, aunque se sentía muy nerviosa porque nunca había salido de San Pedro, y porque llevaban a Gabriel con ellos, que no dejaba de ser muy vulnerable y pequeño. Habían decidido llevar también a Marcela, para que atendiese al niño cuando ellos estuviesen fuera.
No tenían pensado quedarse más de una semana, y ambos deseaban encontrarse con Ana, aunque Isaura aún la temía.
A la muchacha la asombró el tamaño de la ciudad. Daniel había estado allí siendo muy niño, pero la recordaba en cierto modo, y para él no supuso gran novedad.
Se instalaron en un hotelito sencillo y bonito, un lugar acogedor, no demasiado grande. Daniel no tenía intención de abrumarla.
Ellos se quedaron en una recamara conjunta, con el niño, y a Marcela la colocaron en la habitación inmediatamente contigua.
Isaura se dejó caer sobre la cama, exhausta.
-Ya estamos aquí. –dijo él, sonriéndola.
Ella le devolvió la sonrisa.
-Sí, al fin…
-En cuanto nos hayamos recuperado del viaje, te enseñaré esta gran ciudad. Sé que mi hermana la ha disfrutado enormemente, y tú no serás una excepción.
Isaura se incorporó, acomodándose el pelo.
-Me produce cierto desasosiego estar tan lejos de mi casa.
-Es normal. –opinó él, abriendo una maleta. –Pero te acostumbrarás, además, sólo serán unos días.
Isaura asintió con la cabeza.
-¿Cuándo… iremos a visitarla? –se atrevió a preguntarle.
-Cuando te sientas cómoda. Pero quiero que conozca al niño, aunque no sea mi hijo de verdad. –expresó Daniel, con cierto resquemor.
-Yo también quiero que lo conozca. Pero el desprecio de Ana, es el que más me hiere… -confesó.
Daniel la miró, con dulzura.
-Isa... no temas. Sabes lo tremenda que es mi hermana, pero pese a todo, sé que te tiene gran cariño. Seguro que ahora que ha pasado todo el huracán de la boda, está más tranquila. –la animó.
-Eso espero… porque quisiera recuperarla.
Ana escribió aquella carta con gran dificultad. Les explicaba a sus padres que al final de la semana volvería a San Pedro, con Nicolás, su prometido, para organizar la que ya era una inmediata boda.
Estuvo en su cuarto encerrada, mientras las lágrimas caían por sus mejillas. Se sentía tonta y confundida por tener incrustado aquel miedo en el pecho. Cuando terminó de escribirla, se limpió la cara con las mangas del vestido, y respiró hondo. Ya estaba.
Estefanía tocó a la puerta con ahínco.
-Adelante. –dijo Ana.
La muchacha entró allí, seria.
-Mi madre está con Nicolás en el recibidor, él te espera. Y ella le está felicitando, se ha quejado todos estos días de no tener la oportunidad de celebrar vuestro compromiso como Dios manda. Está encargando que sirvan algo de merendar para los cuatro. Ya sabes lo que mi madre quiere a la tuya, y lo importante que es tu boda… dice que en esta ocasión no faltaremos, no como cuando se casó tu hermano…
-A mis padres les hubiese gustado que fueseis, es sólo que todo fue tan apurado, que estuvimos algo atolondrados… -contestó Ana. –Y quiero que vayáis a la mía.
Estefanía pasó al interior de la habitación, y se sentó sobre una silla, cerca de Ana.
-Y, ¿has pensado ya que le dirás a él?
Ana se encogió de hombros, perceptiblemente alterada.
-No. No voy a hablar con él.
-¿No le invitarás?
-Lo harán mis padres, no es necesario que yo se lo comunique.
-Creí que teníais una relación tan estrecha que el enterarse de esto por terceros sería impropio.
Ana hizo una mueca, fastidiada.
-Cuando él se casó casi me enteré la última. –replicó. –Y además, han pasado ya demasiadas cosas. No somos los de antes, y no podemos vernos sin pelearnos. Y no creo que le importe… ya tiene a otra al fin y al cabo.
-¿Y si él está con ella por lo mismo que tú con Nicolás?
-Ay, por favor… él sigue casado, no tiene por qué estar con ninguna otra. Y yo estoy con Nicolás porque me gusta, me agrada… y será mi esposo. Está decidido.
Estefanía sonrió.
-Veo que mi madre tenía razón cuando dijo que la terquedad en tu familia es una cualidad sobresaliente. –comentó.
-Le quiero. –le dijo.
Fernando abrió los ojos como platos. Su hija siempre producía en él la misma sensación de pavor y asombro.
-¿Cómo dices?
Rosa se había presentado aquella mañana en el despacho de su padre, con una única intención, y lo había soltado sin titubeos.
-Nos hemos vuelto locos para cancelar tu compromiso y ahora… ¿ahora nos vienes con esto? –bufó él, quitándose las lentes de la punta de sus narices. –Es intolerable… él, él dijo que entre vosotros había algo… ¿es acaso posible que me hayáis mentido ambos para sacar a Ángel del camino?
-Él es un hombre de honor, jamás haría algo así. Simplemente quiero que lo sepas… porque cuando su esposa desaparezca, yo quiero casarme con él… es a él a quién quiero…
-¿Pero que tonterías dices, niña? –exclamó Fernando desde la mesa de su despacho. –Él no va a deshacerse de nadi…
-¡Se está divorciando! –le interrumpió Rosa. –Y quiero que lo sepas, para que no te opongas. Él y yo somos casi novios.
-Alejandro no puede ser tu novio. Si eso pasara, me vería obligado a echarle de esta casa. –resolvió Fernando, furioso.
La joven Rosa no había contado con eso.
-No puedes alejarme del hombre al que quiero… ¿es que no te gusta para mí?
-Repito que está casado, es una locura, un disparate y no tiene sentido alguno…
Fernando levantó su campanita de la mesa, y la tocó con insistencia y nerviosismo.
Una criada asomó allí, como siempre.
-Tráeme a Alejandro… -le ordenó él, otra vez. Era la segunda vez que tenía que llamarle por causa de su insensata hija.
Alejandro apareció allí, y se quedó desconcertado al ver a Rosa. Él llevaba unos papeles en la mano, en los que estaba trabajando.
-Los contratos de venta de las fincas que me ordenó vender ya están listos, señor. –le anunció Alejandro, y miró a Rosa. -¿Qué sucede?
-Pregúntamelo a mí, no a ella. –protestó Fernando. –Y bien, me alegro, pero no te he mandado llamar por eso.
Alejandro depositó los papeles sobre la mesa, y prestó toda su atención a su jefe.
-Bien, ¿qué ocurre? –inquirió.
-Mi hija dice que quiere casarse contigo.
Alejandro clavó los ojos en Rosa y la muchacha enrojeció.
-Esta es la segunda vez que tengo que llamarte por ella, la primera vez le diste la razón con el bochornoso tema de su novio, y ahora… ahora esto. ¿Estás de acuerdo? –habló Fernando. -¿Has alimentado las esperanzas de mi hija?
-Yo se lo he dicho… señor. Respeto esta casa, y la respeto a ella. Entre nosotros hay tan sólo una buena amistad. –afirmó Alejandro. –La verdad es que no entiendo a qué viene esto.
-Te quiero. –le dijo Rosa. –Sólo quería que mi padre lo supiera. Y no padre, él no ha hecho nada, no me ha tocado siquiera… pese a que yo no habría opuesto resistencia. Sólo quiero que sepas que le quiero, y que he encontrado al hombre que tú tanto te has preocupado en encontrar para mí. Es él. Y no me avergüenza decirlo.
Tanto Alejandro como Fernando la observaban boquiabiertos.
-¿Te estás divorciando? –le preguntó Fernando a su abogado, intentando pasar por alto aquello de “yo no habría opuesto resistencia”.
-Sí, así es. No le había dicho nada porque es algo muy… íntimo y bueno…
-Rosa, sal de aquí. –exhortó Fernando.
-Pero papá…
-Sal de aquí. Déjame a solas con él. Creo que ya has hablado demasiado.
El desasosiego se apoderó de Rosa. Si su padre le echaba, ya no tendría oportunidad de verle. Su precipitación podía arruinarlo todo. Contrariada, salió del despacho.
-¿Por qué te estás divorciando? –se interesó Fernando, sorprendido.
-Digamos que entre mi esposa y yo ahora hay más odio que amor. Los dos nos hemos hecho daño, y no hay nada que salvar entre nosotros. –dijo.
-Hay pocos hombres que tengan la audacia de afrontar lo que un divorcio supone. La gran mayoría prefiere tener sus amantes, y desahogarse así de un matrimonio infeliz. –opinó Fernando.
-Tal vez. –aceptó Alejandro. –Pero yo no podría actuar así. Además, sólo quiero mi libertad.
-¿Y dónde entra mi hija en todo esto?
-Yo le tengo un gran cariño. –se explicó él. –Lo he dicho muchas veces. Es una buena muchacha, acude a mí porque la escucho, y le presto atención… me recuerda a una persona que yo quiero mucho. Pero… no tengo, se lo aseguro tajantemente, ninguna intención romántica con ella. Ninguna.
Fernando guardó silencio un par de segundos.
-Si te… acabases divorciando… y terminases por corresponder a mi hija, pasado un tiempo prudencial… es posible que no nos opusiéramos. Pero ahora no, de ningún modo. –repuso Fernando. –Si te veo cerca de ella… te lo juro, Alex, por mucho aprecio que te tenga, te despediré.
Rosa abordó a Alejandro en cuánto lo vio salir del despacho de su padre. Él parecía apurado.
-¿Te ha echado? ¿Te echó? –inquirió ella.
Alejandro se detuvo, y la miró.
-No, no me ha echado. Pero has podido meterme en problemas, Rosa. –contestó él, molesto. -¿Cómo se te ocurrió decirle algo así a tu padre?
Rosa le miró fijamente a los ojos, y tomó una de sus manos.
-Porque es la verdad. –perseveró.
Alejandro tomó aire.
-Rosa… -él sonrió, con dulzura. –Me halagas, de verdad. Pero en ningún momento te he propuesto nada, ni te he declarado mi amor o algo parecido.
-Aceptaste mi beso, y también has salido conmigo a comer, siempre hablas conmigo…
-Pensé que el beso había sido un impulso tonto, y que al no volver a hablar de ello había quedado clara mi postura. –se excusó él. –Está claro que no debí darlo por sabido. Y lo otro… bueno, nunca te he dicho que te vea como algo más que una amiga. Tienes que aprender a distinguir, Rosa.
-Pero yo te quiero. –insistió ella. –Por favor, dame esperanzas…
Alejandro separó su mano de la de ella.
-Lo siento, Rosa. Lamento mucho que sientas esas cosas, lo último que quiero es herirte. –dijo. –Pero no puedo corresponderte.
-Es por esa tal Ana, ¿verdad? –se enojó ella.
-No metas a nadie más en esto. Ni te enojes conmigo, te lo ruego. –pidió él. –Simplemente, entiende que no puedo corresponderte. Además, mi vida está hecha un caos, estoy casado aún… ¿para qué quieres un hombre como yo? Sólo te traería problemas. Te mereces algo mejor, un muchacho bueno, sencillo, sin complicaciones, que te quiera, que te dé todo lo que esperas. Un hombre que… a diferencia de mí, no esté amargado.
Y dicho esto, Alejandro se encaminó a su despacho, sin darle la oportunidad de replicar.
Isaura disfrutó de sus primeros días en la capital de México. El viernes por la mañana, ella no pudo rehusarse más a aquella visita. Volverían en un par de días a San Pedro, y tenían que visitar a Ana sin más demora.
Se puso un vestido nuevo, otro más comprado a raíz de su matrimonio, realmente bonito, rosa y blanco, y se dejó el cabello suelto sobre los hombros. Tomó a su querido hijo en brazos, y con Daniel, salió del hotel.
El nerviosismo se apoderó de ella al plantarse delante de la casa de Dolores. Fue Estefanía quién les abrió la puerta. Daniel la saludó educada y cariñosamente, y le dijo quién era, puesto que la muchacha era incapaz de reconocerle. Estefanía le sonrió, y les mandó pasar tras comentarles que su madre había salido de compras.
Se quedaron los tres en el recibidor, esperando por Ana. Unos segundos después, ella apareció, sin duda sorprendida de verles allí.
-Dani… -murmuró Ana, y se echó sobre los brazos de su hermano. Se apartó inmediatamente para reparar en el niño. –Madre mía… ¿este es el pequeño Gabriel? Mi madre me contó por carta que había nacido, pero no pensé que pudiera estar tan grande…
Isaura se colocó de manera que Ana pudiese ver bien al niño.
-Come bien. –explicó la orgullosa madre. –Y le doy de mamar puntualmente.
-Es precioso… y se parece a Esteban… -comentó Ana, percibiendo la incomodidad de Isaura. –Me alegro de conocerle.
-¿Quieres cogerlo? –sugirió Isaura.
Ana asintió con la cabeza, y con cierta torpeza, y mucho cuidado, tomó al bebe en brazos. Le dio un beso en la cabecita, y le observó encantada.
-Es un niño muy bueno, además. –agregó Daniel. –Apenas llora.
-Eso es porque sois buenos padres. –dijo Ana.
La puerta se abrió, y Dolores dejó escapar una exclamación de alegría al verles a todos allí. Supo que era Daniel al ver su tez clara, y sus ojos azules, tan parecido a Mónica.
Les saludó con un abrazo, y tras mimar al bebé, se ofreció a enseñar su modesta casa a Daniel.
-Ah, por cierto, supongo que sabéis que Ana se casa… -dejó caer Dolores mientras se llevaba a Daniel cogido por un brazo.
-¿Cómo? –preguntó atónito Daniel. –Hermanita…
-Vamos, vamos… enseguida podrás hablar con ella. –protestó Dolores.
Así se quedaron a solas las dos viejas amigas. Isaura clavó los ojos en Ana, que parecía ajena a su expectación, y seguía absorta con el bebé.
-¿Cómo es posible? –acertó a preguntar Isaura.
Ana levantó la cabeza y fijó su atención en su cuñada.
-Con Nicolás. –aclaró ella, seria.
Isaura frunció el ceño.
-Pero tú… tú… -ella tosió, y se aclaró la garganta. -¿Cómo puedes casarte con él sino lo amas?
Gabriel emitió un suave llantito, y Ana le meció cariñosamente, acallándole.
-Ana… no puedes hacer lo que tanto me has reprochado a mí. –agregó Isaura, perpleja.
-Son situaciones completamente diferentes. –discrepó Ana.
-¿Ah sí? –inquirió Isaura, escéptica. –Pues a mí me resultan muy similares… ¿Y Alejandro?
-Él está casado con otra mujer, por si se te olvida. –dijo ásperamente Ana. –Y no estoy pidiendo tu opinión.
-Eso no me importa. Tampoco yo pedí la tuya y me la diste. –repuso Isaura, molesta. –Puede que tú me odies por todo lo que ha pasado, pero para mí sigues siendo la única hermana que he tenido, porque fuiste mucho más que una amiga. Y voy aconsejarte aunque no quieras.
Ana guardó silencio, cabizbaja, sabiendo lo que Isaura diría.
-Tú no le amas. –insistió Isaura.
-Tú no sabes lo que siento por él, cómo han cambiado las cosas…
-Ana, no te atrevas a mentirme. –advirtió Isaura. –Te conozco muy bien, y sé lo que sientes por Alex… no sé porque habrás tomado la decisión de casarte con Nicolás, porque tú no eres así… te prevengo, no soportarás un matrimonio así, tú no… saldrás huyendo al día siguiente. ¿Cómo vas a afrontar la intimidad con él?
-Pues de la misma forma que tú lo has hecho con mi hermano. –le espetó Ana.
Isaura hizo una mueca, casi sonrió.
-No, así no. –negó. –Daniel es un hombre demasiado bueno, que me libró de esa situación, y que me lo ha dado todo sin pedir nada a cambio. Es casi un ángel… pero otro, cualquier otro, no aguantaría algo así. Y Nicolás no lo aguantará.
-Eso no me importa. –replicó Ana, enfadada. –Yo puedo estar con él, no me apura eso… le aprecio, le estimo, me atrae… puedo desearle, y ser su esposa, su verdadera esposa.
Isaura la miró, desconcertada.
-Sí que has cambiado… -comentó. –Eres dura, demasiado racional… no eres la Ana que se fue de San Pedro, ésa… ésa después de lo que sucedió con Alex no se vería con otro hombre… a menos que lo amase, claro. Pero no es el caso.
Ana aguantó las lágrimas. No sabía por qué, pero aquello le había dolido.
-Mira, Isaura… tú no sabes por todo lo que he pasado.
-Eso mismo te dije yo cuando llegaste a San Pedro juzgándome.
-No compares… -refutó Ana, airada. –Tú estabas embarazada de otro hombre, mi primo, y te casaste con mi hermano sin que nadie supiese nada. No me compares.
-Pero tú estabas enfadada porque me casaba sin amar a tu hermano. Ahora, tú harás lo mismo con Nicolás. –la atacó Isaura.
-No… no es igual. A diferencia de ti, yo no tengo oportunidad de solventar las cosas con el amor de mi vida. Él está casado, y ahora anda con otra chica más joven, que es la hija de su jefe. –argumentó Ana.
-No me puedo creer eso de Alex…
-Para que veas. Ya no le importo, siempre me aleja de él, no me ha dado una sola señal de querer luchar por lo nuestro, porque creo que eso quedó muy atrás en el tiempo para él. Yo sólo… -musitó Ana, apunto de llorar. –Sólo quiero continuar con mi vida, no estar sola… he cambiado, necesito a alguien a mi lado. Quizás la culpa sea de Alex, no lo sé. Pero con Nicolás me entiendo, me quiere y aguanta como soy. Así que por eso, me caso. No será una gran historia de amor… pero hay muchas maneras de amar…
Daniel volvió con ellas. Las contempló y percibió la tensión entre ellas.
-¿Todo bien? –les preguntó.
Las dos asintieron, y Ana parpadeó para borrar las lágrimas de sus ojos. Entonces sintió el abrazo cálido de su hermano a su espalda, lo que la consoló.
-Así que… ¿te casas? –inquirió él.
-Así es. –corroboró ella. –Con Nicolás. Vuelvo a casa este fin de semana.
-Me encantaría. –aceptó Ana, e hizo una pausa, deseando cambiar de tema. –Ah, por cierto, tengo un par de invitaciones para una fiesta de esta noche, yo estoy cansada y le he dicho a Nicolás que prefiero no salir, de modo que si queréis, podéis ir vosotros. Así Isaura podrá ver algo de la alta sociedad.
Daniel giró la cabeza hacia su esposa.
-¿Te apetece?
-Bueno, no sé si estaré muy cómoda en un lugar como ése… -contestó ella.
-Tranquila, Isaura. –replicó Ana. –Algunas personas son agradables, otras muy estúpidas. Pero no saben quién eres, te tratarán bien, te divertirás, y volverás al hotel… es un pasatiempo superficial, pero es entretenido.
-¿Qué dices? –preguntó Daniel.
-Está bien. –sonrió Isaura.
Nicolás visitó a su hermana para informarla. Carolina seguía sola en aquella gran casa que había sido de sus padres. Huraña, y fría, así le recibió.
-Te noto aburrida, hermana. –habló él, dándole un beso en le mejilla a modo de saludo.
Carolina se sentó en su amplio sofá, en el recibidor.
-Qué puedo decir… he sido abandonada. –comentó, hastiada.
-Me sorprende tu falta de tácticas para recuperar a tu esposo. Tú nunca has sido una mujer sin recursos. –sonrió Nicolás.
-Esto parece divertirte.
-Más bien, me sorprende. –aclaró él, de pie junto a su hermana. –Vengo a invitarte a mi boda, por cierto.
Carolina le miró, sin expresión alguna en su rostro.
-Qué bien… primero la soporto como la amante e íntima amiga de mi esposo, y ahora como mi cuñada…
-Más respeto. –exigió él, irascible.
-Te felicito. Al menos uno de los dos, consiguió lo que quería. –prosiguió Carolina. –Desde luego, yo… los he perdido a ambos.
-Ángel es mi amigo, le invitaré a la boda. Por supuesto, por motivos en los que no puedo intervenir, también irá Alejandro. Será en San Pedro, y espero que sepas lidiar con los dos. –le comunicó Nicolás.
Carolina suspiró.
-Ya veo. Aún no sé si iré… sería incómodo hasta para mí. La mitad de los invitados querrán matarme, y no sé como enfrentarme a mi familia política ahora que Alex está divorciándose de mí…
Nicolás arqueó una ceja.
-¿Carolina atemorizada y vencida?
-No estoy ni lo uno ni lo otro, pero soy consciente de mis limitaciones en este caso. –se enojó ella. –En cualquier caso, tal vez vaya, será una buena oportunidad para torturarles… si la aprovecho.
-Está bien, haz lo que quieras. –repuso él. –Me gustaría que vinieras aunque nunca hemos estado especialmente unidos… al menos hace mucho que no lo estamos, porque eres mi única familia.
-Tu novia no deseará verme.
-Igualmente, eres mi hermana. –recalcó Nicolás.
-Me gustará fastidiarla. –sonrió Carolina, y él apreció en el gesto cierto cariño. –Espero que a ti las cosas te vayan mejor… porque si Alex se divorcia de mí y seguís sin casaros… creo que tu compromiso correrá peligro.
-De eso ni hablar. –discrepó Nicolás, molesto. –Ella se casa conmigo porque quiere, él no nos afectará.
-¿Tan seguro estás?
El orgullo de Nicolás estaba herido. Claro que no estaba seguro, pero no pensaba reconocerlo.
-Otra cosa más, hermana. –prosiguió él, cambiando de tema. –Quería pedirte la casa de San Pedro para mí, si no piensas usarla. Me gustaría instalarme allí con Ana, y más adelante, si te deshaces totalmente de ella, te la compraría. Ahora mismo, puedo pasarte un alquiler mensual.
-Haz lo que quieras con esa casa. –consintió Carolina. –No volvería allí ni loca… ni creo que tenga que hacerlo. No puedo luchar más por mi matrimonio, así que puedes quedártela. Y no es necesario que me pases ningún alquiler, tengo dinero de sobra.
Nicolás se inclinó sobre su hermana, y le dio otro beso en la cara.
-Gracias, Carolina.
Isaura vio el vestido que Daniel le había dejado sobre la cama, que le había comprado para la fiesta. Al observarlo, pensó que sería demasiado sofisticado para ella.
Era verde, de un tacto suave y delicado, con gasa. Tan bonito que Isaura se quedó mirándolo embobada.
Salió de la habitación con él puesto. Él la esperaba en la calle, al lado del coche.
Al verla, no pudo evitar sentir un escalofrío recorriéndole el cuerpo. Isaura se había recogido el pelo en un bonito moño, y su sensual cuello quedaba así al descubierto. Estaba preciosa, y parecía toda una dama.
Ella le sonrió al pararse a su lado.
-Gracias, Daniel. –le dijo. –Creo que el vestido es demasiado… para mí.
-Parece hecho a tu medida. –comentó él. –Estás radiante. Conquistarás a todos.
Isaura le contempló. Daniel llevaba un traje igualmente elegante, en un tono que resaltaba sus ya de por sí hermosos ojos claros.
-Tú también estás muy guapo. –opinó ella, sin dejar a un lado su timidez.
-Gracias.
Subieron al carruaje, y se dirigieron a la mansión de la fiesta. Para ella todo era nuevo, todo la sorprendía e ilusionaba. Tanto lujo, tanta gente importante… temió cometer algún error, y dejar a su esposo en ridículo, pero él la recordó lo educada que era, y que se desenvolvería a la perfección. Al fin y al cabo, iban a disfrutar de la velada, no a relacionarse ni hacer amistades.
Entraron en el gran salón, e Isaura se quedó sin palabras al ver la enorme lámpara de cascada que colgaba del techo. Creyó que pesaría toneladas.
Todos parecían disfrutar allí. Había mucha comida, bebidas, y la música sonaba deliciosa.
Isaura iba del brazo de su esposo, y observaba todo maravillada.
-¿Quieres tomar algo? –preguntó él.
Isaura asintió con la cabeza.
-Muy bien, te buscaré una copa de champán, no sé si lo has probado alguna vez. –agregó Daniel.
-Sí, pero muy poco. No estoy acostumbrada al alcohol, y se me sube pronto a la cabeza.
Daniel se dio la vuelta, con dirección a un camarero, y allí se quedó ella, a regañadientes, amedrentada. Revisó el lugar con los ojos, y deseó para sí que Daniel regresase ya.
Entonces alguien le tocó en un brazo, y ella se giró. Tan boquiabierta estaba Isaura que no pudo articular palabra.
Allí estaba, sonriendo, seductora y maligna, mirándola de arriba abajo, sin poder creérselo. Allí estaba: Isabel Rivas.
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