Ella no contestó, parecía ajena, con la cabeza en otra parte.
-Es por él, ¿verdad? –prosiguió Daniel.
Isaura le miró a los ojos, turbada.
-¿Cómo? –inquirió.
-Te lo ha vuelto a traer a la cabeza… Esteban ha vuelto a atormentarte.
-Es inevitable… ella formaba parte de esa historia. –se excusó Isaura.
Daniel la atrajo más hacia él, y continuó bailando, en silencio.
No habían pasado más de diez minutos, e Isabel volvió a aparecer junto a ellos. Isaura fue la primera en verla. Isabel tocó el hombro de Daniel, y él se giró hacia ella.
La mujer, que sonreía con un propósito determinado, se quedó allí quieta.
-¿Qué… sucede? –preguntó Daniel, confuso.
-¿Querría bailar conmigo? –sugirió Isabel, sin borrar de su rostro la sonrisa de maldad.
Daniel no vio el gesto de Isaura cuando él aceptó por pura educación, no la vio, y no supo cómo aquello acababa de atragantársele a Isaura.
Isabel colocó una mano sobre el hombro de Daniel, y la otra se la dio a él, para que la condujera en el baile. Desde luego, el tímido Daniel se sentía incómodo.
-Realmente es usted guapo… -comentó ella.
Él no contestó.
-Su primo solía ser el seductor, él era quién conquistaba… pero porque usted decidía permanecer en la sombra…En cambio, yo me fijé en usted desde el primer instante… -agregó Isabel, sin vergüenza alguna. –Lo que sucede es que Esteban se adelantó, y usted parecía demasiado distante… pero yo le veía interesante, misterioso, serio… y tan atractivo como acabo de comprobar…digamos que su caballerosidad y timidez le hacen aún más deseable…
-Disculpe. –la interrumpió Daniel, realmente violento. –Creo que esto está del todo fuera de lugar.
-Oh, perdone mi atrevimiento… -se excusó Isabel, falsamente. –No pretendía incomodarle, a veces la sinceridad me pierde.
-Ya veo.
-Supongo que esa chica le habrá prevenido en mi contra. Simplemente, está celosa de mí porque Esteban le fue infiel conmigo. Me odia, pero no es mi culpa que él no le fuese fiel…
-De verdad, ese tema no me interesa. –protestó Daniel.
-Pero ella fue antes de su primo, ¿no le importa?
-Le agradecería que dejase de hablarme de ese tema si no quiere que sea grosero con usted. –repuso él. –No vuelva a hablar así de mi esposa.
Isabel abrió la boca, estaba sorprendida.
-No sabía que se habían casado. –confesó.
-Lo supo todo San Pedro.
-Yo ya no me encontraba allí, me vine a la capital… ignoraba el asunto.
La música dejó de sonar, e Isaura se reunió con ellos, molesta, e intentando disimularlo. Isabel clavó sus ojos en ella.
-Veo que no pierdes el tiempo, muchacha… -le dijo.
Isaura la miró con expresión interrogativa.
-¿Cómo dice?
-Dos primos, y semejantes primos… en tan poco tiempo…
Isaura enrojeció, víctima de la vergüenza y también de la ira.
Isabel miró de nuevo a Daniel, sonriendo.
-Me encantaría verle de nuevo. –continuó. –Me ha encantado bailar con usted…
Daniel asintió con la cabeza, quizás algo más consciente del estado de furia en el que estaba entrando Isaura. Lo suficientemente consciente como para azuzarla con los celos, unos celos que eran para él más una esperanza que una realidad.
Isabel pasó su mano por el brazo de Daniel, flirteando sin pudor.
-Es usted verdaderamente irresistible...
Isaura se mordió el labio inferior, y no aguantó más. Tomó a Isabel de un brazo, y la apartó de Daniel, bruscamente.
-Me parece que usted se merece una lección desde hace mucho tiempo… -masculló Isaura, entre dientes.
Isabel se soltó de ella, furiosa.
-Una criada vestida con ropa elegante y fingiendo ser una gran señora, no va a darme a mí lecciones de nada. –refutó Isabel, fuera de sí, y sin ocultar esta vez su odio. –Una vez me apartaste de Esteban… y yo voy a quitarte a tu guapo marido.
-No diga tonterías, eso es ridículo.
-Por si no lo has visto, él ha bailado conmigo, y me está prestando de momento más atención que a ti. –bramó Isabel. –Y no me extraña, porque sólo eres una zorra que no se compara a él, ni tampoco a mi elegancia y mi clase…
-¿Y cuál es su clase, señorita? –inquirió Isaura, respirando fuertemente.
-La clase de mujer a la que ningún hombre se resiste… ni Esteban… ni el esposo que ahora tienes y no mereces… -respondió Isabel, y miró de nuevo a Daniel, sonriendo. –Venga conmigo, le presentaré a algunos amigos…
Daniel asintió con la cabeza.
-Isaura, ven conmigo. –pidió él.
Isaura les miró, alternativamente, y totalmente sorprendida por la actitud de Daniel. Fue con ellos, e Isabel los presentó a un par de matrimonios de clase alta.
Alejandro tuvo una visita aquella noche. Después de tanto tiempo, verla parada en la puerta de su recamara en el hotel, le dejó sin palabras.
Carolina se había esmerado en vestirse, arreglarse, y parecer feliz, orgullosa y hermosa, como siempre. Su dignidad debía de lucir intacta.
Alejandro llevaba un pantalón, y una camisa desabrochada hasta la mitad del pecho. Era evidente que por las arrugas se había quedado dormido sin cambiarse de ropa.
-¿Qué haces tú aquí? –quiso saber él.
Carolina tardó unos segundos en contestar.
-Quiero recuperarte. –dijo.
Alejandro se rió, abiertamente. Le parecía todo absurdo.
-Pensé que eras más lista. –le espetó.
-¿Puedo pasar? Dijiste que si necesitaba algo, podía venir…
Alejandro consintió, de la mala gana, y Carolina entró en la recamara.
-Mi hermano y Ana deben de estar ya apunto de casarse… -comenzó ella. Quería presionarle con eso, pero no darle una fecha ni comunicarle la inmediatez de aquél asunto para que no se le ocurriera intervenir. –Ya la perdiste… ¿por qué divorciarnos?
Alejandro contrajo su expresión.
-¿Qué sabes de eso? –le preguntó, de malas maneras.
-No mucho… pero cuándo pase, ¿qué necesidad tenemos de ir separados a la boda, de armar un escándalo… y de quedarnos solos? –argumentó ella. –Tú la has perdido, y sino me quieres, puedes volver a tolerarme… si me perdonas todo, yo puedo perdonarte, e intentarlo de verdad…
-Eso es imposible. –replicó Alejandro, perplejo. –Con todo lo que ha pasado, no entiendo cómo puedes venir todavía aquí con semejante intención. Yo no puedo respetarte ni tolerarte.
-¿Por qué tuve un amante? –se quejó Carolina. -¿Acaso vas a decirme que durante nuestro matrimonio nunca tocaste a Ana? No soy tan estúpida.
-Eso ya no es asunto tuyo. –dijo él. –Y no, no es porque hayas tenido o no un amante, sino porque no te soporto, y porque eres muy diferente a mí, Carolina… y no podríamos entendernos. Y no me obligues a ponerle un nombre a esa diferencia, porque no deseo ofenderte más.
Carolina se mordió la lengua. No le gustaba ni humillarse ni dejarse insultar por nadie, y ya había oído bastante en el último tiempo.
-Lo mejor es que aceptes lo que te propongo. –insistió ella, y se acercó a él, buscando su boca. –Tú me encantabas, Alex…
Él se apartó, molestó.
-Carolina, vete… no tengo nada más que escuchar ni hablar. –repuso.
Ella respiró hondo, y caminó hacia la puerta, airada.
-Te quedarás sin ninguna de las dos, Alex. –le dijo antes de salir. –Ya lo verás… te quedarás solo
Isabel y Daniel reían mientras tomaban algo de champán. Isaura estaba al lado de su esposo, desplazada y absorta, observando el líquido color amarillo que llenaba su copa. No iba a resistir mucho más.
Lo que la hizo estallar finalmente, fue ver a Isabel acercándose a la mejilla de Daniel, y dándole beso, un beso ante el que él no supo cómo reaccionar. Eso lo precipitó todo.
Isaura se colocó enfrente de Isabel, iracunda.
-¿Así que su clase es la de ramera? –le espetó Isaura, en voz más alta de lo que debiera.
Isabel se quedó demasiado sorprendida para replicar.
-Isa… -murmuró Daniel.
Isaura levantó la mano, y vertió el champán de su copa sobre el escote de Isabel, para luego dejar caer la copa vacía al suelo. Isabel emitió una exclamación ahogada, indignada. Y entonces recibió un par de bofetadas de parte de Isaura, ante la atención de todos los presentes.
-Eres una vulgar. –acertó a pronunciar Isabel.
-¿Ah sí? –inquirió Isaura, incontrolable ya. –Tiene toda la razón, y voy a terminar de demostrárselo… porque esto debí hacerlo hace mucho tiempo…
Isaura se quitó los zapatos que hacían juego con su bonito vestido, y se lanzó sobre Isabel, tirándola al suelo, ante el escándalo generalizado. Antes de que Daniel la agarrase por la cintura y la separase de Isabel, Isaura tuvo tiempo de pegarle otro par de bofetadas y de destruirle el peinado.
La sacó de la fiesta mientras Isabel, tendida sobre el suelo, bufaba y protestaba fuera de sus casillas.
Isaura se soltó de su esposo, despeinada, y salió corriendo.
Daniel la buscó por todos los salones, hasta al final hallarla sentada en uno de los peldaños de la escalinata de madera que comunicaba los tres pisos de aquella gran casa.
Isaura estaba descalza, y encogida sobre sus rodillas. Le vio acercarse, pero no habló. Daniel se sentó a su lado, serio.
-Estoy molesto contigo. –dijo él.
Ella le miró fijamente, confundida.
-No debiste actuar así… -añadió Daniel. –Tú eres dulce y educada… y así quería que todos te viesen.
-Esa mujer estaba amargándome la fiesta, y tú no me hacías caso.
-Eres mi esposa, y sólo estaba siendo educado con ella.
-¿Mientras coqueteaba contigo? –protestó ella. –Debiste pararle los pies, eso esperaba de ti, y me estabas recordando a Esteban…
-Sí, ¿verdad? –replicó Daniel, con ironía. –Yo te lo recuerdo mucho…
-No tienes derecho a enojarte, soy yo quién debe…
-Sí, ya sé. –la cortó él. –Tienes muchos motivos para indignarte… pobrecita Isaura, siempre tan maltratada por todos…
-¿Qué?
-Vete al coche, está fuera, esperando. Y que te lleve al hotel. –ordenó él.
-No eres quién para darme órdenes…
-Me parece que hasta ahora he sido demasiado tolerante. Soy tu esposo, así que haz lo que te digo. –le espetó Daniel, realmente enfadado.
-No eres mi dueño, creía que esa era la clave de nuestro matrimonio. Ni tú eres esa clase de hombre, ni yo de las que se someten… -refutó Isaura, lo suficientemente enojada como para no acatar nada de lo que él dijese.
-Vete en el carruaje, Isaura… ve y acuéstate. Porque yo no estoy de humor… y no sé a qué hora volveré al hotel. –concluyó Daniel, levantándose de la escalera y regresando a la fiesta ante la perplejidad de su esposa.
Gabriel tenía hambre cuando Isaura llegó al hotel. Ella se sentía cansada y mal por la horrible velada que acababa de pasar. Al ver al pequeño moviéndose en la cuna, se sintió reconfortada. Era su mayor tesoro.
Lo tomó en brazos, y lo meció. Ella se abrió el escote de su vestido, y sacó uno de sus pezones para darle de comer. A los pocos minutos, la criatura dejó de mamar y volvió a dormirse en brazos de su madre. Isaura le dio cuántos besos quiso, y volvió a depositarlo en la cuna.
Se cambió de ropa, y se puso uno de los camisones que había llevado a la ciudad. Luego, volvió a sentarse sobre la cama, y fue incapaz de dormirse durante horas. No dejaba de preguntarse dónde estaría él, y oyó cómo la lluvia comenzaba a caer en la calle.
Serían probablemente las tres de la madrugada cuando tocaron en la puerta. Isaura había comenzado a adormitarse, y eso la hizo volver a la realidad.
Se levantó, somnolienta, y abrió la puerta. Allí estaba Daniel, cabizbajo, y oliendo a alcohol. Tenía el pelo y la camisa totalmente empapados por la lluvia.
Isaura se apartó para que él pudiese entrar. Daniel así lo hizo, en silencio, y volvió a cerrar la puerta.
-Estás borracho. –dedujo ella.
-No, he bebido, pero no estoy borracho. –repuso él.
-Yo iba a dormir ya, debe de ser muy tarde…
-Es muy tarde. –confirmó Daniel, recorriendo la habitación. –Te debo una disculpa, supongo.
-Ya no es la primera vez.
Daniel la contempló unos segundos, quedándose callado.
-No soporto lo que pasó hoy.
-Yo tampoco. –aceptó ella. –No me gusta discutir así contigo cuando yo tengo razón, y no me gusta que me dejes de lado ni me tomes por loca, como sucedió con Cecilia…
-No me refiero a eso. –dijo él. –Sino a ti, y a Isabel, y como te saca de quicio porque ella fue amante de tu querido Esteban…
Isaura abrió los ojos como platos. Así que era eso.
-¿Estabas celoso? –inquirió ella.
-¿Tan descabellado es? –respondió Daniel. –Que tú no sientas lo mismo por mí no debe de cegarte hasta olvidar que yo sí lo siento…
-Pero es que…
-Que te pelearas así con ella, por él… por todo lo que sufriste por Esteban, me enloqueció. Y quise mortificarte. –se explicó Daniel, gesticulando con las manos. –Sé que estuvo mal y que fue muy mezquino por mi parte… porque aún sabiendo que los celos que sentías no eran por mí, seguí hablando con ella y siguiéndole el juego sólo para molestarte…
-No tenías que hacer eso.
-Lo sé, lo reconozco, te lo estoy diciendo. –prosiguió Daniel. –Pero estaba celoso, ¿entiendes? Llegaste a insultarla, pegarla, arrojarla al suelo… delante de todas esas personas, después de haberte preocupado tanto por no hacer ningún ridículo y pasar inadvertida… y lo hiciste todo por él.
Isaura bajó la mirada, buscando las palabras.
-Así que aclarados mis motivos, lamento haberla dejado hacerte daño. Colaboré con ella porque fui injusto y egoísta. –añadió Daniel, y la observó. -¿Qué te pasa?
Ella se pasó la mano por la frente.
-¿Y si…?
-¿Y si… qué?
-¿Y si te dijera que yo tenía celos por ti? –soltó Isaura, al final.
Daniel cruzó sus brazos.
-¿Cómo? –preguntó, trastornado.
-Qué tuve celos de Cecilia… -comenzó a confesar ella, con torpeza. –Y esta noche de esa mujer, pero por ti. Porque una vez se metió con Esteban, y tampoco soportaba la posibilidad de que tú la hicieses caso.
-Por orgullo.
-No… no. No sólo por eso. –discrepó Isaura. –Eran celos… como los tuyos.
Daniel se acercó a ella. Levantó una mano y la llevó a la mejilla de Isaura, haciéndole una caricia fugaz.
-Perdona, estoy mojado… -murmuró él, retirando su mano.
Isaura se la tomó, y la acercó a su boca, dándole un beso.
-No importa. –contestó.
Daniel le dio un beso en la frente, muy dulcemente, e Isaura sintió un escalofrío.
-Te quiero, Isa.
-Y yo te quiero a ti… -se atrevió a decir ella.
-Isaura, eso… ¿eso es verdad? –dudó Daniel.
-Sí, lo es… no sé cuando ha pasado… pero ha pasado. Te quiero como tú me quieres a mí.
Él la abrazó, estrechamente, sacudido por una felicidad desconocida y que no creyó que podría llegar a sentir. Subió una de sus manos hasta la nuca de ella, y se la acarició despacio.
Isaura cerró los ojos y disfrutó de aquél tibio contacto. Estaba tan cómoda que pudo haberse dormido en sus brazos. Cuando volvió a abrir los ojos, le vio a él, observándola tan cerca que percibía su aliento en la cara.
-¿Cómo es posible que te hayas enamorado de mí? –inquirió Daniel, en voz muy baja. –Le amabas tanto…
Isaura se encogió de hombros, sin apartarse de él.
-No lo sé… yo… ¿cómo no iba a quererte con todo lo que has hecho por mí, y lo maravilloso que eres? –musitó.
Daniel acercó sus labios lentamente a la boca de Isaura, y entonces la besó. No era la primera vez que la besaba, pero sí lo era siendo consciente de que ella le correspondía. Ella se abandonó.
El beso, al principio tímido y dulce, se transformó en una demostración de sus sentimientos urgente y apasionada. Se abrazaron tanto como pudieron, y agitado, él se separó un instante.
-Yo… yo… Isaura, sabes lo que te dije, no… tengo experiencia y no sé si tú quieres… -intentó expresarse Daniel, sintiéndose tonto.
Ella le sonrió.
-Confía en mí, Dani. –contestó. –Y sí… claro que quiero. Ya es hora de que tengas una verdadera esposa.
-Ni se te ocurra hacerlo por obligación.
-No lo hice por obligación en su momento, ¿qué te hace pensar que ahora sí? –refutó ella. –Ya te lo he dicho, yo quiero…
Él la besó de nuevo, y caminaron hacia la cama. Isaura le acarició el pelo, mojado, y empezó a desabrocharle la camisa. Se sentaron juntos, y continuaron besándose. Daniel la besó en la curva de su cuello, en las mejillas, la frente, y otra vez los labios. Isaura temblaba, hacía mucho tiempo que no sentía el amor.
Él la tumbó cuidadosamente, y se colocó a su lado. Metió la mano bajo el camisón, y le acarició las piernas hasta los muslos. Isaura respiraba entrecortadamente, y finalmente pudo quitarle la camisa a su esposo. Daniel la veía increíblemente hermosa a través de sus ojos azules.
-Todo irá bien… -le susurró ella al verle titubeante.
Daniel la besó largamente en la boca, y le sacó el camisón por la cabeza. Isaura estaba sonrojada, y le miraba, también nerviosa. Entonces comenzó a desabrochar su pantalón.
Semidesnudos, continuaron besándose y recorriéndose con las manos durante largos minutos. Daniel besó los pezones de su esposa con meticulosidad, mientras seguían haciendo el amor.
Él ya estaba listo cuando ella abrió las piernas, y le recibió. Cuando estuvo dentro de ella, Daniel sintió un placer y una dicha desconocidos para él. Entonces todo pasó rápidamente para ellos, de forma confusa, y borrosa. Los gemidos fueron en aumento hasta terminar.
Ambos se quedaron dormidos, laxos, y abrazados bajo las sábanas.
Cuando Isaura despertó, estaba amaneciendo. Se giró, y vio a su esposo, abrazado a ella, desnudo. Contempló su tez clara, y su cabello rubio. Sonrió, complacida. Le dio un beso en la mejilla, y le despertó.
Daniel abrió los ojos despacio, adormitado. Al descubrirla a su lado, y darse cuenta de que no había sido un sueño, le dio un tierno beso en la frente, y la abrazó fuertemente. Una de sus manos se dedicó a acariciarle la nuca y el cuello. Isaura cerró los ojos.
-Ha sido… precioso. –comentó él.
-Lo sé. –sonrió ella. –Me siento tan aliviada por habértelo dicho…
-Yo también. –aseguró Daniel. –Por fin… por fin eres mi mujer, en todos los sentidos de la palabra. Casi no me creo que esto me esté pasando a mí, que tenga esta suerte…
Isaura le miró.
-Yo tampoco me lo creo. Con todo lo que ha pasado, nunca pensé que volvería a encontrar el amor… que sería feliz.
-¿Y eres feliz? –inquirió él, expectante.
Isaura pasó su mano por el hombro de Daniel, y luego la colocó sobre su rostro, acercándose más a él.
-Sí, Daniel… soy feliz. Al fin, soy feliz. –confesó, en voz baja.
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