Ana estaba subida al taburete, colocada en el centro de la habitación. Mónica revisaba el vestido de novia meticulosamente, sosteniendo un par de alfileres entre los labios, y poniendo otros tantos en la cintura de Ana.
-Dolores lo encargó hace algunos meses, para que estuviese listo. Lo escogió ella prácticamente… siempre pensé que lo harías tú, mamá… pero bueno, tampoco importa. –comentó Ana.
-Es bonito. –contestó Mónica, hablando como podía con los alfileres en la boca. Colocó los dos últimos, y pudo hablar por fin normalmente. –Ya está.
-Todas las novias adelgazan por los nervios.
-Y engordan una vez casadas. –apuntó Mónica. –Date la vuelta.
Ana obedeció a su madre, y se giró. Así Mónica pudo verla con el largo vestido blanco hasta los pies. Tenía una cola muy corta, y un velo que no llevaba puesto.
-No me lo puedo creer… -murmuró Mónica.
-¿Qué?
-Pues que te cases ya. –explicó su madre. –Creo que así te queda perfecto. Y dime, ¿vienen Dolores y su hija?
-Sí, llegarán entre hoy y mañana, y quieren quedarse en la pensión del pueblo para no darnos trabajo estos días. –contó Ana. –Intenté hacerlas quedarse en nuestra casa, pero sabes que cuando Dolores toma una decisión…
Mónica sonrió.
-Lo sé. –dijo. –La verdad es que estoy deseando verlas. A su hija la última vez que la vi era una escuincla.
Ana se bajó del taburete, y el sol que atravesaba los cristales de su recamara, le bañó el rostro. Notó como su madre estaba intentando decir algo.
-¿Qué pasa, mamá? –preguntó.
-¿Y Alex, Ana?
Ana se tensó visiblemente, todos sus músculos se contrajeron.
-¿Alex, qué?
-Si aún le quieres, no te cases. Todavía estás a tiempo. –soltó Mónica.
-La boda es ya. No puedo echarme para atrás.
Mónica la miró fijamente.
-Créeme, hija, que si lo haces, te apoyaremos.
Ana puso los brazos en jarras.
-Pero bueno, mamá, ¿no eras tú la que quería que me casase? –le espetó.
-Sabes bien en qué condiciones, enamorada y feliz… no así. No por despecho por Alex.
-A Alex no puedo tenerle. –contradijo Ana. –Sabes bien por qué… y ya es hora de que piense en mí.
-Porque pienso en ti, te lo digo, Ana. No te cases si no estás enamorada de Nicolás.
-¿Y quedarme sola para siempre? –inquirió Ana. –No, gracias… no tengo vocación de santa, quiero tener un marido y un hogar.
-Ana, a lo mejor puedes enamorarte de otro…
-Mamá, ¡se acabó! –exclamó ella, enojada. –Voy a casarme el sábado, y punto. No hay más que hablar. Además, tú querías que rehiciese mi vida, y eso hago.
-Alejandro…
-Alejandro está casado, y por si no lo sabes, mejor que lo sepas. Ya hay otra mujer en su vida. –protestó Ana, ceñuda.
Mónica no se podía creer aquello. Miró a su hija, desconcertada.
-¿Cómo dices? –preguntó, pensando en Mariana y en todo lo que habían hablado.
-La hija de su jefe… una niña apenas. Les vi besándose en una fiesta, y otro día comiendo juntos… él ya no piensa en mí… se le pasó. Supongo que confundió sus sentimientos hacia mí, y nunca me quiso de verdad. –se explicó Ana, cargada de celos sólo al recordarlo.
Mónica se quedó callada algunos segundos, observándola.
-Está bien, desvístete para que pueda terminar de arreglarlo. –concluyó.
Daniel e Isaura despertaron muy tarde aquella mañana. Abrazados bajo las sábanas, él la tenía asida, y la abrazó aún más fuerte a él, haciendo que ella se quejase suavemente. Ella acarició el pecho desnudo de Daniel, su piel era blanca y suave.
-Ir a trabajar se ha convertido en una maldición. –dijo él, desperezándose.
Isaura le sonrió, con el pelo revuelto de la noche.
-Lo cierto es que sí… pero siempre me gustó esa cualidad tuya, la responsabilidad.
Daniel se incorporó, dejando al descubierto su desnudez hasta la cintura.
-Debo ir a Campo Real. –continuó él. –Queda mucho trabajo aún por hacer, antes de la boda de mi hermana. Al igual que con la nuestra, mi tío Andrés realizará allí el banquete.
Ella hizo una mueca de fastidio.
-Sé que no quieres verle… pero es mi familia. –agregó Daniel.
-Lo sé. Pero siempre que le veo… noto como me juzga y me odia, y me mira como diciendo: “yo tenía razón”. Me incomoda mucho. Y más con el tema de Gabriel. –se explicó ella.
-Si él vuelve… -dejó caer Daniel, confuso.
-No lo hará. Ana me dijo que Esteban no tiene intención de regresar.
-¿Fuiste a preguntarle? –inquirió él, intentando mostrarse despreocupado, como sino importase.
-No, pero ella me mandó llamar y hablamos un poco de todo… de su boda, de nosotras, de lo que siento por ti y de qué somos felices… parece haberme perdonado.
Daniel sonrió, una buena noticia.
-Me alegro. –opinó.
-Yo también, lo necesitaba mucho.
-Isa… él me pidió algo antes de que nos casáramos. Creo que nunca te lo he dicho. –habló Daniel.
Isaura se mostró atenta.
-¿El qué?
-Que te cuidase… y en sus palabras vi mucho de lo que él sentía por ti. Habló de lo maravillosa que eres, de tu timidez, de tu inseguridad… y de lo que te merecías. –le contó él, a sabiendas de lo que eso podría remover en ella.
Isaura se movió en la cama, incómoda, realmente abrumada, y en parte conmovida.
-¿En serio dijo eso? –preguntó, casi inconscientemente. –Yo pensé… yo pensé que debía odiarme y desearme lo peor…
-Sabes de sobra que eso no es así. –apuntó Daniel, algo molesto. –Bueno, sólo quería que lo supieras.
Isaura asintió con la cabeza, sin saber muy bien que más decir.
-Isa… otra cosa que podría hacer es… -murmuró Daniel, sin saber si soltarlo o no.
-¿Qué?
-Es preguntarte a quién de los dos has querido más, pero… no lo haré. –concluyó él, abatido.
Isaura le miró, entristecida, suponiendo lo que él debía de estar sintiendo. Para ella todo era más fácil, al fin y al cabo, Daniel nunca había sido de otra mujer antes de ella. Eso le daba un poder, una seguridad y una satisfacción plena.
Isaura se acercó a él, despacio, y colocó las manos a ambos lados de su cara. Daniel entrecerró los ojos, recibiendo su cariño y su consuelo.
Ella le besó en la comisura de los labios, tiernamente, y después en los labios, muy despacio.
-Daniel… te quiero, te quiero mucho, sabes qué es verdad… me he entregado a ti en cuerpo y alma… te quiero… -susurró ella, mientras él asentía con la cabeza, demostrando que lo aceptaba. –Sin comparaciones, no hagamos comparaciones.
Mónica se encontró con su esposo en la recamara. Juan estaba sentado sobre la cama, meditabundo. Sus ojos verdes se fijaron en ella, quizás algo ausentes.
Mónica se acercó, y se quedó parada de pie ante él. Juan se abrazó a su cintura, y hundió la cabeza en su regazo. Ella sonrió, y le acarició la cabeza.
-Pensé que ya habías salido. –comentó.
Juan no contestó.
-Nuestros dos hijos… tan mayores ya y casados. –habló él.
-¿Quieres tener otro? –bromeó ella.
-Sabes lo que quiero decir.
Mónica guardó silencio, y continuó acariciando la cabeza de su esposo.
-¿Te sientes mayor, Juan? –le preguntó.
-Me preocupa la felicidad de nuestros hijos…y me entristece que esta casa se quede sin ellos definitivamente.
-Ana volverá a estar en San Pedro al menos. Y ellos se fueron ya hace algún tiempo.
Juan se separó de su esposa, y la miró a los ojos.
-¿Crees que nuestra hija ama a ese hombre? –inquirió.
Mónica apartó la vista disimuladamente de él. No era buena mintiendo, y menos mintiéndole a él, y eso era algo que le ocultaba desde hacía demasiado tiempo.
-Pues claro… sino no se casaría, es decir, lo supongo… -balbuceó ella. -¿Por qué me lo preguntas?
-Porque hay algo que no… -Juan suspiró, abstraído. –Hay algo…
Ana fue a la playa. Lo necesitaba más que nunca.
La brisa la golpeó en cuánto se acercó a la orilla, de modo que se agarró más fuertemente el chal que llevaba sobre los hombros.
Sus pies descalzos sintieron el agua fría y espumosa del mar. Cerró los ojos, y aspiró el olor a salitre. Aquello le despejó las fosas nasales, y la mente. Se sintió súbitamente bien.
Ana se levantó furiosa y empapada, y le vio salir del agua, corriendo.
Le siguió decidida, pero él hizo una maniobra, girando alrededor del cuerpo de Ana, y empezó a perseguirla a ella. Corrían hacia un extremo de la playa, tanto como podían y los pies les dolían.
Finalmente, Ana se doblegó por el cansancio, y él pudo atraparla, estirando un brazo. La tomó por la cintura, y la tiró sobre la arena.
Alejandro quedó tendido sobre ella, que quedó inmovilizada ya que le sujetaba las muñecas con las manos. Estaba puesto a caballo sobre ella y sus rostros estaban tan cerca que sus narices casi podían tocarse. Los dos respiraban entrecortadamente por la carrera.
-¿Quién es más rápido? –preguntó él.
-Podría ganarte mil veces.
-No jugando limpio. –replicó él.-Y soy más fuerte. Soy un hombre, y puedo contigo.
-Eres un niño de diecisiete años. –le rebatió Ana.
-Que puede contigo.
Ana forcejó, intentando librarse de las manos que la tenían asida, pero no pudo.
-Me haces daño... –habló ella.
Alejandro se rió divertido. Ana le miró enfadada, y luego se echó a reír también.
-¡Santo Dios! Era lo que nos faltaba por ver... –oyeron los dos en la voz de una mujer.
Ambos giraron la cabeza y vieron las faldas de dos mujeres paradas delante de ellos.
Alejandro se desprendió de la chaqueta y fue a por ella. Se lanzó al agua, y nadó hacia Ana. La agarró por la fuerza, en medio de sus protestas, y la arrastró hacia la costa. Ella se cayó sobre la arena al forcejear con él, y bufó. Se levantó, airada.
-No tienes ningún derecho a...
-¿Qué demonios te pasa? –la interrumpió él. -¿Quieres matarte o qué? Mírate, estás empapada, vas a enfermar.
-Tú también estás empapado. –repuso Ana.
-¡Por culpa tuya! ¡Estás loca de remate! Eres peor que una niña pequeña.
Ellos callaron. La lluvia seguía cayendo sobre ellos. Ana se estremeció de frío cuando el viento empezó a soplar de nuevo.
-Estás helada. –dijo él e intentó acercarse, pero ella se movió.
-Déjame. –exigió ella, molesta.
Alejandro sintió aumentar la ira dentro de él, y simplemente recogió la ropa de ambos de la arena, y luego la tomó a ella en brazos, colgándola a su espalda como si fuera un saco.
-No quiero que te cases con él. –dijo él, de pronto.
Ana levantó la cabeza, y le miró. Alejandro seguía con la vista fija en el horizonte.
-¿Cómo? –preguntó ella, que no sabía si había escuchado bien.
Alejandro clavó sus ojos en ella.
-Que no quiero. Eso siento, sinceramente. –continuó.
-¿Por… qué?
Alejandro tragó saliva, nervioso.
-Porque te quiero y no soy capaz de imaginarte con ningún otro… -confesó él.
Ana sonrió, tan feliz que las lágrimas asomaron en sus ojos.
-Es egoísta, pero te siento mía, desde siempre. Estás hecha a mi medida, eres para mí, y no te puedo imaginar con nadie más. –dijo Alejandro, en un absoluto torrente de sinceridad.
-Pensé que la querías a ella. –comentó Ana. –Lo he pensado tanto tiempo… le he dado vueltas a todo, y esa idea me daba tanto miedo, que llegué a pensar que era cierto…
-En honor a la verdad, -se explicó él, todo lo sereno que podía –no la soporto, Ana. Cada día se me hace más difícil, su carácter voluble, endemoniado, sus caprichos, sus reproches, sus quejas… su afán por hacerme sentir culpable cada día, por herirme, por dominarme de esa forma… Me siento tan solo…
Ana estaba abrumada, conmovida, confusa. Dentro de ella explotaban una infinidad de sentimientos, desde la más grande alegría, hasta la lástima más fuerte por el sufrimiento de Alejandro.
Se puso delante de él, robándole la vista del mar. Se miraron a los ojos sin decir nada. Sus ojos negros, tan grandes y sinceros, provocaron un escalofrío en Ana, que recorrió toda su espina dorsal y le puso la carne de gallina. Ella se puso de puntillas, y le besó en los labios. Lejos de resistirse, Alejandro le devolvió el beso. Una de sus manos sujetaron el talle de ella, y sus bocas se apretaron enérgicamente. Alejandro abrió ligeramente la boca, y acarició el labio inferior de Ana con la lengua.
Aquella caricia sensual despertó la pasión en ambos. Ana subió sus manos hasta el cuello de Alejandro, y se colgó de él. Entonces Alejandro la abrazó, mientras sus bocas se abrían del todo y sus lenguas se encontraban.
Él comenzó a acariciarle la espalda, y las piernas de Ana flaquearon. Se dejó caer en la arena, con Alejandro sobre ella, besándola.
Sus respiraciones se agitaron, y Alejandro se separó un instante de ella. La contempló, y sonrió, con ternura. A continuación, besó su frente y bajó de nuevo hacia su boca, esa boca tanto tiempo anhelada. Se besaron otra vez, y pronto las caricias se hicieron más urgentes.
Ana levantó la camisa de él, y sus dedos tocaron la suave piel de la espalda de Alejandro, con cierta timidez y dulzura. Él puso su mano en la mejilla de ella, mientras la besaba sin pausa. Su otra mano acariciaba uno de sus brazos, y descendía a su cintura.
Ana estaba abandonada, no oponía resistencia alguna, y sentía todo el peso del cuerpo de Alejandro sobre ella. Los besos se hacían más breves, más fugaces, más seguidos, y los abrazos más efusivos. Alejandro estaba absolutamente excitado, cuando se dejó caer a un lado, de forma abrupta. Quedó tendido sobre la arena, recuperando el aliento.
Se sentó al lado de Ana. Y ella le imitó.
-¿Qué sucede? –preguntó ella, desconcertada.
-No podemos, no podemos… -dijo él, recuperando la conciencia.
Nicolás puso una mano sobre uno de los hombros de Ana, sacándola de su ensimismamiento. Ana se giró hacia él, y le miró, desubicada, sin comprender qué pintaba él allí.
-Tu madre me dijo que estabas aquí. –habló él.
Ana se encogió de hombros.
-Sabes lo mucho que me gusta la playa. –comentó ella.
Él la observó detenidamente, y luego fijó la vista en el mar. Algunos minutos más tarde, Nicolás la rodeó con un brazo.
-Volvamos a casa… hace fresco. –sugirió él.
Ana asintió con la cabeza, y regresaron en silencio.
-¡Azucena, Azucena! ¡Por Dios! ¿Dónde te habías metido? –la regañó Mónica en cuanto la vio entrar apurada en la casa.
Azucena se cuadró, y tomó aire, fatigada.
-Lo siento, he ido tan deprisa como he podido… -se excusó.
Una elegante y preocupada Mónica cruzó los brazos sobre su pecho. Llevaba un fino vestido blanco y azul, y un amplio sombrero a juego en la cabeza.
-Dime, ¿qué te dijo Mariana? –le preguntó ella, inquieta.
Azucena se alisó la falda con una mano.
-Pues que no sabe nada de su hijo… que no respondió a ese telegrama… y que no tiene idea de dónde está. –respondió Azucena.
El rostro de Mónica adquirió una nota aún mayor de preocupación.
-¿Qué ocurre? –preguntó una curiosa Azucena.
Mónica se mordió el labio inferior, disgustada.
-Que mi hija se casa en una hora… y su mejor amigo no viene a la boda… -masculló.
Azucena se contuvo. Ella había sido al fin y al cabo quién había descubierto aquella vez a Ana y a Alejandro besándose en la Palapa. Sabía que había algo más, y se preguntaba si Juan conocería el asunto.
-Anda, -dijo Mónica, dulcemente. –No sé que haces ahí parada… ve a vestirte o vas a llegar tarde a la boda… Meche ya fue a cambiarse.
Azucena se retiró, y entonces llamaron a la puerta. El corazón de Mónica dio un salto, y pensó por un segundo que sería el milagro de Alejandro quién tocaba el timbre. Se acercó, y abrió, rápidamente, anhelando más que nunca ver a ese muchacho. Sus ojos mostraron una clara decepción al ver a Dolores y Estefanía entre la puerta.
Dolores dio un paso hacia delante, y besó a su prima en la mejilla.
-Por Dios, Mónica, no parece alegrarte que hayamos venido. –se quejó ella. –Ésta es mi hija, Estefanía, que sino recuerdo mal, la última vez que la viste era una mocosa.
Mónica sonrió, forzadamente, y saludó a la muchacha con un gesto de cabeza.
-Pasad, por favor. –las invitó. –Me alegra tanto veros…
-Pero esperabas otra persona. –dedujo Dolores.
-No, no… es que son los nervios de la boda, ando algo aturdida.
-¿Dónde está Ana? –preguntó Estefanía. –No me puedo creer que me vaya a dejar sola en la capital, la añoraré mucho…
-Está arriba, terminando de vestirse. –contestó Mónica. –Ella también te ha tomado afecto, Estefanía. Pero por favor, sentaros…
Dolores y Estefanía obedecieron, y se quedaron mirando a Mónica, que estaba de pie, y angustiada.
-Ay, prima, a ti te pasa algo más que la boda… te conozco a la perfección. –insistió Dolores. –Pero bueno, no es asunto nuestro, ¿cierto? Vinimos hace un par de días, pero estuve enseñándole a mi hija el pueblo… no quise venir antes para que estuvieseis tranquilos ultimando todo lo de la boda.
-No hubiese importado que hubieseis veni… -la voz de Mónica se quebró al ver quiénes habían entrado por la puerta de la cocina.
Su marido, como padrino de la boda, más guapo y elegante que nunca, traía, sonriente, a Alejandro a su lado.
-Mirad a quién me he encontrado fuera… -soltó él, alegremente.
Mónica y Alejandro intercambiaron una mirada, y la esperanza volvió a encenderse dentro de ella.
-Llegué anoche. –habló Alejandro, tímidamente. –Pero era tarde… y aún no he pasado por casa. Aún así, vengo preparado para la boda.
Mónica asintió con la cabeza, porque no supo que más decir, mientras Juan saludaba a Dolores y Estefanía.
Se acercó a él.
-¿Vienes a…? –intentó preguntar ella, pero no pudo acabar la frase.
Alejandro miró fijamente a Mónica.
-Sí… ¿puedo subir a verla?
-Hazlo, está sola en su cuarto. –consintió Mónica.
Ana estaba vestida, preparada, lista del todo. Se había acabado el tiempo. En unos minutos, su padre subiría y le diría que era hora de ir hacia la Iglesia. Sabía que no sería el acontecimiento más feliz de su vida cuando lo había estado planeando, pero aún así, nunca imaginó una tristeza tan grande. Y ya no había posibilidad de marcha atrás.
Se miró en el espejo. Un vestido blanco, inmaculado… que reflejaba una pureza que no existía. Ni siquiera había tenido la confianza suficiente en Nicolás para confesarle que no era virgen. Y tendría que decírselo esta noche. ¿No era eso engañarle aún más? No había sido a propósito, simplemente no había reparado en ello.
Tenía los ojos y los labios suavemente maquillados, el cabello recogido en un aparatoso moño del que descendía el velo de novia. Su vestido era hermoso, ligeramente escotado en el pecho, y algo más en la espalda.
Tocaron en la puerta, de forma rotunda, pero solo una vez.
-Adelante. –dijo ella.
Ana se giró, quedando de espaldas hacia la puerta, para coger el ramo de flores que estaba colocado sobre la cama.
-Hola, Ana… la novia más bella del mundo…
Ana se tensó, no hubo un solo músculo en su cuerpo que se quedara relajado. El estómago se le hizo un nudo, y las palabras simplemente no eran capaces a salir.
La voz de Alejandro había llegado hasta ella en un tono suave y viril.
Escrito desde May 1, 2008, 3:35 AM de la dirección IP 201.78.197.179