Capítulo LV

by Cris (Acceso crispires)
Moderadoras

 
La Palapa tenía polvo. Aquél lugar, que había sido restaurado por Ana en un pasado no tan lejano, se había descuidado, y el polvo se acumulaba en los rincones. Aún así, su mobiliario seguía haciéndole acogedor.

Los dos sentían el peso de los recuerdos sobre ellos, aquel era su sitio, dónde habían llegado a la máxima intimidad. En otras circunstancias, estar allí podía haber resultado doloroso, pero éste era un día diferente.

Ana tenía frío. Su escotado vestido de novia, y los nervios que había pasado, no la permitían dejar de temblar. Alejandro se quitó la chaqueta, y se la colocó cuidadosamente sobre los hombros.

-No me creo aún que hayas tenido valor para… -comentó él.

-Yo tampoco. –interrumpió ella. –Lo que acabo de hacer es lo peor que he hecho en mi vida… iré al infierno por esto…

Alejandro no pudo evitar sonreír, y ella se ofendió.

-¿Te hace gracia? –le azuzó ella. -¿Te parece divertida la situación en la que he puesto a Nicolás y al resto de mi familia?

-No he dicho eso…

-Claro, es tu rival, debe de resultarte gracioso. –continuó Ana, que no iba a darle descanso ni ponérselo tan fácil.

Alejandro se encogió de hombros.

-No me hace gracia… -aclaró él. –Es terrible lo que le ha pasado, no me gustaría estar en su pellejo… pero tampoco me siento mal. Soy feliz por mí, que quieres que te diga. Y además, piensa en si yo fuese a casarme con Rosa y la dejase plantada en el último momento… ¿te haría sentir mal eso?

-Son cosas diferentes. –repuso Ana, encogida de frío debajo de la chaqueta. –Aunque… ¿Qué quieres decir? ¿Tenías esos planes con ella?

Alejandro se rió, abiertamente.

-Pero qué tonta eres… -dijo. –Sabes de sobra que no… era un ejemplo.

-¿Sólo fue amistad, Alex? –preguntó ella, preocupada. -¿Limpia y pura?

-Te lo prometo. –afirmó él, rotundo y serio. –Es una niña encantadora, pero no podría quererla. Ni a ella ni a ninguna otra, Ana. Yo… bueno, es curioso, pero desde que te besé… la única mujer que ha existido para mí, has sido tú.

Ana se sintió satisfecha y algo incómoda. No sabía que contestar o cómo continuar.

-No sé que voy a hacer ahora… qué vamos a hacer… -murmuró, distraída. –Cuando vuelva a casa yo…

Alejandro puso su dedo índice sobre la boca de Ana.

-Calla. –pidió él, dulcemente. –Sabes por qué estás aquí, conmigo. Huiste de tu boda y estás aquí, porque sabes lo que quieres a partir de ahora.

-¿Tan creído te lo tienes? –le espetó ella, tratando de defender su orgullo.

-Ana… para, por favor. –protestó Alejandro. –No sigas por ahí… no me gusta que me hables así… que estés enfadada por haberte pedido que no te cases… yo sólo quiero…

-¿Qué?

Alejandro dudó en si decirlo o no. Ella estaba enfadada con él, y suponía que tenía razón. No le había puesto en una situación muy fácil, pero él también había sufrido lo suyo y había luchado por ser libre para estar con ella. Eso tenía que reconocerlo.

-Estar contigo. –finalizó él. -¿Tú también quieres o… o no te has casado por… por cualquier otra razón?

Ana no quería dar su brazo a torcer, quería hacerle sufrir, dudar… pero cuando vio cómo la miraban los ojos negros de Alejandro, toda la ira y soberbia se esfumaron.

-Sí, quiero. –confesó, en voz baja. –De otro modo no habría plantado a mi novio en el altar. ¿De verdad estás divorciado?

Alejandro asintió con la cabeza.

-Y pienso conseguir también la nulidad. –agregó él. –Y entonces podré…

-¿Qué? –preguntó ella, ansiosa por oírlo.

-Hacerte mi esposa como Dios manda.

Ana sintió un alivio enorme dentro de ella. Por un segundo había dudado, porque aquello era demasiado bueno para ser verdad. Alejandro se inclinó sobre ella, y le dio un beso en la punta de la nariz. Ana deseaba más que nunca que la besase.

-Debemos volver a casa…. Tus padres y los míos deben de estar… preguntándose todo lo que ha pasado… y querrán verte, seguramente estén buscándote…

Ana no quería irse tan pronto. Había sido demasiado el tiempo que había estado esperando ese momento, tanto, que no podía reducirse a una simple conversación de arreglo. Ella deseaba estar con él, sentirle, amarle. Pero no se atrevía a decirlo. ¿Acaso él no quería?

Juan, Mónica, Don Noel, Amanda, Marcelo, Mariana, Daniel e Isaura, entraron en la casa de los dos primeros. Se habían despedido velozmente de los invitados, habían presentado sus excusas ante ellos, Nicolás había salido de la iglesia sin querer hablar con nadie, y por orden de Mónica y Mariana, se habían reunido todos allí.

Andrés había vuelto con Carmen a Campo Real, y prometió estar al pendiente por si necesitaban algo de él. Juan se lo agradeció, y le aseguró informarle cuándo todo estuviese calmado y supiese lo que había pasado con su hija.

Azucena y Meche volvieron a la cocina, y sirvieron a todos café.

Juan se acercó a la puerta.

-Mientras deliberáis todo esto, yo voy a buscar a mi hija… quién sabe dónde se habrá metido… -habló él.

Mónica se alteró.

-Juan, espera. Primero tenemos que hablar todos. –dijo. –Mariana y yo tenemos cosas que contaros… Ana estará bien, sal a buscarla luego.

Juan la miró con expresión interrogativa.

-¿Qué es lo que sabéis? –preguntó, levantando la cabeza en ese clásico gesto suyo.

-Siéntate, cariño. –sugirió Mónica, dulcemente.

-Estoy bien así. –repuso él.

Marcelo se cruzó de brazos, y dirigió su mirada a Mariana.

-Yo lo que sé es que mi hijo se ha divorciado. –habló.

Don Noel se levantó del sillón en el que se había acomodado junto a Amanda.

-¿Cómo dices? –inquirió, mucho más que sorprendido.

-¿Qué Alex se ha divorciado? –intervino Juan, a su vez.

Daniel e Isaura, sentados juntos, les miraban alternativamente, en silencio, tratando de no interferir.

Mónica y Mariana intercambiaron una mirada cómplice.

-Sentaros, por favor. –pidió la segunda, calmadamente. –Hay cosas que tenéis que saber.

Ellos obedecieron, absolutamente intrigados y descolocados.

Mónica decidió comenzar, y tosió para aclararse la garganta. No iba a ser fácil reconocer ante su esposo que le había ocultado lo que sucedía con Ana.

-Ana y Alejandro… -comenzó ella, no sabía cómo soltarlo sin que fuese muy brusco. –Ellos quieren casarse.

Marcelo arqueó una ceja, Juan se levantó de la silla, y Don Noel parpadeó repetidamente hasta que asimiló lo que había oído. Amanda se mantenía más calmada, queriendo racionalizar aquello.

-¿Qué demonios dices? –protestó Juan.

-Alejandro se ha divorciado de su esposa porque no la ama, y no se entienden, y ahora quiere la nulidad para poder casarse con Ana… -explicó Mariana, nerviosa y apresurada.

-Por esta razón, Ana ha salido corriendo de la iglesia como lo ha hecho… ella desconocía que Alejandro fuese libre y pudiese estar con ella… -agregó Mónica.

-Es que no está libre. –bufó Marcelo, y clavó los ojos en su esposa, a modo de reproche. -¿Tú has sido capaz de apoyarle en algo semejante?

-Bueno, bueno… calmémonos todos… esto tiene que tener una explicación… -habló Don Noel, gesticulando con las manos. -¿Los muchachos se quieren?

-Así es. –corroboró Mónica.

-¿Mi hermana y Alejandro? –balbució Daniel, que no pudo reprimirse.

Juan caminó hacia Mónica.

-¿Tú lo sabías? –le preguntó, alterado.

Mónica había temido ese momento desde hacía mucho tiempo.

-Sí. –musitó.

Juan la tomó de un brazo, tratando de contener su enojo ante todos.

-Vamos a la cocina… quiero hablar esto a solas. –le exigió.

-¿Quieres que nos vayamos tan pronto? ¿Ahora? –tartamudeó Ana, demasiado avergonzada para ser más clara.

-¿No quieres volver a casa y contarles todo? –respondió él.

Ana dudó unos instantes.

-Sí, claro, pero… -ella bajó la mirada. –Hacía tanto que no te veía…

Alejandro le acarició una mano, suavemente, y el contacto le estremeció. Necesitaba terriblemente tocarla, era una urgencia que le quemaba por dentro. Pero quería hacer las cosas bien por una vez.

-Se lo diremos a nuestros padres… y también nuestros planes… y luego podremos estar juntos… -repuso Alejandro.

Ana fijó sus ojos color mar en él. Eso derrotó a Alejandro. Su expresión era de aturdida felicidad, de anhelo, y de decepción por la sugerencia de él. Vio escrito en ella el deseo que él mismo sentía, y cedió al impulso de besarla. No importaba ya nada, excepto ellos dos y lo que se necesitaban.

Colocó de nuevo sus dos manos en las mejillas de Ana, y acercó su boca a la suya. Ana gimió levemente al sentir sus labios, y le abrazó. Sus lenguas se encontraron como en el pasado, en el mismo jugueteo perfectamente rítmico y delicioso.

Cuando se separaron, él la observó. Ana continuaba con los ojos cerrados, extasiada, esperando más. Cuánto la quería, cuánto había deseado tenerla así de nuevo. Se acercó de nuevo, y la besó. Esta vez, el beso fue más largo, y ella recorrió su espalda por debajo de la chaqueta mientras Alejandro desabotonaba el vestido de novia de Ana.

-Ana… Ana… -murmuró él, intentando decir algo, pero ella no paraba de besarle. –Ana…

Ella se separó un segundo, atenta, y respirando entrecortadamente, esperó a que hablase.

-¿Quieres… hacer esto… ahora? –preguntó Alejandro, torpemente.

Ella retrocedió, confusa.

-¿No quieres?

Él sonrió.

-Claro que sí… por supuesto… no sabes cuánto. –contestó él. –Es sólo que es un día complicado y cargado de emociones… y a lo mejor querías solucionar primero todo antes de…

-No, ni hablar. –replicó Ana. –Ya estoy harta de eso… no me importa que nada esté solucionado… ya lo arreglaremos. Además, mírame… aún llevo el vestido de novia puesto y… he huido de mi boda por ti… ¿crees de verdad que ahora mismo me importa algo más que no sea nosotros? Así de egoísta soy. Ya es hora de tener algo que de verdad quiero…

Aquello bastó para disolver las posibles dudas que él tuviese. Se acercó de nuevo a ella, y la volvió a besar. Ambos gimieron, y empezaron a moverse con dirección a la cama.

Mónica estaba muy nerviosa, y callada, esperando que él hablase, que desatase su enfado. Le conocía a la perfección y podía intuir el grado del enojo.

Estaban solos en la cocina, y el silencio entre los dos hacía aquello demasiado violento.

Juan había recorrido la cocina durante segundos interminables, a zancadas, respirando hondo, y buscando como empezar.

-Mónica…

-¿Sí?

Él calló de nuevo. Sólo mirarla le hacía perder las fuerzas, así que decidió no mirarla directamente para poder reprocharle todo lo que tenía que reprocharle.

-¿Cómo has podido mentirme? –le soltó.

-No te he mentido.

-¿Ah no? –protestó él.

-Te he ocultado algunas cosas. –acomodó ella.

-¿Crees que decirme que no pasaba nada cada vez que te preguntaba por nuestra hija no es mentirme? –le espetó Juan, iracundo.

Mónica se mordió el labio inferior.

-Juan, no te lo conté en su momento porque Ana estaba demasiado desesperada y yo no quería… preocuparte o meterte en el asunto… además, temía tu reacción. –argumentó.

-¿Meterme en el asunto? –repitió él, indignado. -¡Es mi hija, Mónica! No sé cómo he podido estar tan ciego que ni lo he visto… ella y Alex, pues claro… con razón la esposa de él la odia, con razón… con razón todo… he estado al mismo nivel de Andrés en el pasado, sin enterarme de lo qué ocurre a mi alrededor…

-Juan, lo siento. –pidió ella, sinceramente.

-Me has convertido en esa clase de tonto. –prosiguió él.

Ella bajó la vista, pensativa, queriendo tranquilizarle.

-No soporto que te enfades conmigo. –confesó.

-Y yo no soporto que me mientas… y no soporto ignorar la vida de mis hijos… estoy decepcionado y enfadado. – dijo Juan. –Además, creí que me tenías más confianza, que después de tantos años, teníamos otra clase de matrimonio.

Mónica se encogió de hombros, con lágrimas en los ojos.

-Cariño… cuando yo supe lo que pasaba entre Ana y Alex, sufrí mucho… quise evitarte el dolor, y sé que no estuvo bien. Y ella estaba… mal, porque lo suyo con él no podía ser… y me rogó que no te lo dijese… y quise protegerla. Además, que pensé que si no se hablaba, se olvidaría, y ella seguiría con su vida… pero no ha sido posible. –dijo ella, e hizo una pausa. -¿Y sabes por qué?

-¿Por qué? –preguntó él.

-Porque ellos se quieren como nosotros, Juan.

-¿Y cómo lo supiste?

-Azucena les vio. –respondió ella, escuetamente.

-¿Azucena? ¿Y a mí no me lo contó? –se sorprendió él.

-Fue circunstancial… y como ves, los años la han hecho algo más discreta y leal a mí. –repuso Mónica. –No la pagues con ella…

-Así que, se quieren, ¿eh?

Mónica asintió con la cabeza.

-¿Hay algo más que deba saber? –añadió Juan.

-No, Juan. –respondió ella. –Te lo juro.

Juan caminó hacia ella, contemplándola. Levantó la mano, y le hizo una fugaz caricia en la cara.

-Si no fuera porque no puedo enfadarme contigo… sino fuera por eso… -murmuró.

Sus senos perfectamente redondos, sus piernas firmes, su vientre liso, su piel suave, sus labios sensuales, le enloquecieron. Volver a desnudarla, a poseerla en el mismo lugar de la primera y única vez, era el mejor bálsamo para curar las viejas heridas.

Ana sintió un deseo aún mayor que aquella vez, y un placer más fuerte. Las caricias, los besos, los abrazos, la intimidad… les llevaron al cielo.

Alejandro besó su cuello, y exploró su cuerpo entero. Mordisqueó sus pezones, llevó las manos por la parte interna de sus muslos, buscó, y la complació. Ana se arqueó, envuelta en el placer, y le recibió sudorosa y ansiosa.

Terminaron enredados y exhaustos. Felices como nunca. Alejandro jugueteaba con el cabello de Ana, y la tenía bien agarrada, para que no se le escapase.

-Te amo. –susurró ella.

Alejandro le besó en la comisura de los labios.

-Y yo te amo a ti, Ana… creí que nunca iba a llegar este día.

Ella le sonrió, su mirada reflejaba lo que estaba sintiendo.

-Después de tanto tiempo, de tanto sufrimiento, y complicaciones… de tantos malos entendidos… por fin estaremos juntos, sin nada en medio. –vaticinó ella.

Alejandro asintió, y la besó de nuevo.

-¿Cómo se ha tomado Carolina el divorcio? –inquirió Ana, curiosa.

-No lo sé… hace tiempo que no hablamos… la última vez, intentó que regresara con ella.

Ana contuvo la respiración, mortificada. Alejandro lo percibió.

-No te preocupes, tonta… -la animó. –Ella ya no puede separarnos.

-Ella no… pero nuestros padres, no se cómo se lo tomarán… Marcelo es…

-Mi madre está conmigo. –afirmó él.

Ana le miró, sorprendida.

-¿Tu madre…?

-Me visitó, y se enteró por Carolina, que no perdió oportunidad para decírselo… yo le expliqué cómo habían sido las cosas, y ella me pidió que esperase al divorcio para luchar por ti… -le contó Alejandro.

-Un consejo sabio de tu madre… poco más, y me encuentras casada.

-De hecho, ella me avisó por telegrama. –continuó él.

Ana le observó. Alejandro cada día estaba más guapo. Y no podía dejar de pensar en lo que acababan de hacer, por segunda vez, y había sido increíblemente maravilloso. No dejaba de verle desnudo en su cabeza, su espalda ancha, sus piernas largas, su porte… sus ojos negros atravesándola de deseo…eso la llenaba de satisfacción… y no dejaba de desear que se volviese a repetir… una y otra vez… Sintió como sus mejillas enrojecían al pensarlo, e intentó disimularlo, sofocada.

Pero él la conocía demasiado bien y además, no le quitaba ojo de encima. Estaba demasiado hermosa para apartar la vista.

-Ana… en qué estarás pensando… -bromeó él.

El rubor de ella aumentó.

-Cállate, pesado.

Eso hizo que Alejandro se riera a carcajadas.

-Eres… terrible. –musitó ella.

Alejandro dejó de reírse, pero sus ojos mostraban lo divertido que le había resultado.

-Bueno, mejor será que nos vistamos y regresemos al mundo real para enfrentarlo… -sugirió él.

Ana miró con pereza su vestido de novia.

-¿Tengo que volver a ponerme eso? –preguntó, hastiada.

-Me temo que sí, y más vale que parezca que no te lo has quitado… -contestó él. –Y debes peinarte.

Ana suspiró, resignada. Se sentó sobre la cama, tapada con la sábana, dispuesta a vestirse.

Marcelo acusaba inquisitivamente con la mirada a su esposa, cuando Juan y Mónica regresaron con ellos, que estaban esperándoles.

-Lo que mi hijo ha hecho no quedará así, Juan. –fue lo primero que dijo Marcelo.

-Tranquilo… tendrán que explicarnos lo ocurrido ambos. – contestó Juan.

Mónica se acercó a Mariana, y dirigió sus palabras al esposo de ésta.

-Marcelo, las cosas no son tan malas como parecen… sólo tenéis que entenderles, como hemos hecho nosotras… -comentó Mónica.

Marcelo la miró, intentando ser amable.

-La actitud de mi hijo me parece muy reprochable, Mónica. Uno no puede casarse y al día siguiente dejar a su esposa abandonada e ir a buscar sustituta… y encima en la hija de nuestros mejores amigos. Yo eso no lo tolero… respeto tu buen juicio, Mónica, pero sé que el de mi esposa se ve afectado generalmente por otros factores poco prácticos… -replicó.

-Marcelo, por Dios… -se quejó Mariana, al verse aludida. –No te empeñes en echarme la culpa… te aseguro que las cosas no son tan simples…

-Pero debiste decírmelo. –insistió él. –En cualquier caso, yo lo que quiero es encontrarles a ellos… porque he de suponer que estarán juntos.

Daniel decidió dar su opinión, tras haberles oído a todos.

-Bueno, yo creo que deberíais dejar vuestros juicios al margen hasta que les escuchéis. –habló. –Si ellos son felices juntos, y están convencidos de sus sentimientos, debemos apoyarles… y respetarles. Los dos son adultos.

Isaura asintió con la cabeza, corroborando lo dicho por su esposo, y tomó su mano.

-Algunos adultos se comportan como criaturas. –objetó Marcelo, mirando a su esposa.

-Bueno, yo me he mantenido al margen hasta ahora… pero Marcelo, ya sabemos todos que a veces te apresuras a sentenciar duramente algo y luego no es como tú lo ves… -intervino Amanda, hablando suavemente. –Calmémonos… seguro que los muchachos están al llegar.

-Sí, tenemos que ser pacientes y saber escuchar. –apuntó a su vez Don Noel.

Carolina se había quedado atónita al presenciar lo ocurrido en la iglesia. Vio salir a su hermano apresuradamente del templo, pero no le dio tiempo a alcanzarle, se escurrió entre la gente con suma rapidez. Lo mismo le sucedió con Ángel y su acompañante.

Así que regresó a la pensión. Cuando entró en el lugar, tan pequeño y corriente que sólo estar allí le asqueaba, les vio.

Ángel iba con aquella mujer, y los dos entraron en la misma habitación. Se quedó paralizada por aquel maldito sentimiento que no la dejaba vivir. Sí, eran celos. La sangre le hirvió al pensar lo estúpidos que eran los dueños de la pensión que ni se fijaban en quiénes entraban en los cuartos, permitiendo así que se mezclaran los dos sexos.

Contuvo la respiración, y trató de agilizar su mente. Se esforzó en que se le ocurriera alguna idea que impidiese de inmediato lo que podía suceder en aquella recamara.

Ana y Alejandro se detuvieron a pocos pasos de la puerta de la casa de Juan y Mónica. Iban cogidos de las manos, y ella suspiró largamente al llegar allí. Él notó sus manos frías, estaba nerviosa. Le dio un dulce beso en la frente, y tan sólo con eso, ella se sintió reconfortada.

-Todo saldrá bien. –dijo él.

Ana miró la puerta, y luego le miró a él.

-¿Y sino nos entienden?

-Lo harán.

Ana vaciló.

-Espero que no nos pongan más dificultades.

Alejandro miró fijamente sus ojos, obligándola a no apartar la vista.

-Confía en mí. –susurró. –Estamos juntos, yo te protegeré.

Ana le sonrió. Lo cierto es que le temblaban las piernas, pero a su lado nada debía temer.

-Vamos. –dijo Alejandro, zarandeándola con delicadeza mientras le devolvía la sonrisa.

Tocaron al timbre.

Dos segundos después, Juan les abría la puerta. Ana apretó fuertemente la mano de Alejandro.

-Adelante. –les invitó Juan.

Los dos asomaron tímidamente. Entonces el silencio inundó la casa.







Escrito desde May 1, 2008, 3:42 AM
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