Todos les miraron, expectantes. Ellos no se soltaron las manos, y se mantuvieron callados, sin saber cómo comenzar ante sus dos familias.
Mónica decidió romper el hielo acercándose a ellos. Se colocó en medio, rodeándoles la cintura con las manos, y atrayéndolas hacia ella para darles su apoyo.
-Os estábamos esperando. –habló.
Los dos sonrieron, algo incómodos, y Mónica se retiró de nuevo, poniéndose al lado de su esposo.
-Queremos una explicación, muchachos. –dijo Don Noel. –Más vale que seáis convincentes, por aquí los ánimos están caldeados.
Alejandro miró un segundo a Ana, para hacerle ver que él lo haría, y entonces, se armó de valor para afrontarles a todos.
-Sé que esto ha debido de… dejaros muy sorprendidos… -empezó. –No quiero que penséis que ha sido algo espontáneo, nuevo, que lo hemos hecho a la ligera… hace mucho tiempo que nos queremos, que deseamos estar juntos, pero no hemos podido por una razón evidente…
-Sí, que estás casado. –le interrumpió Marcelo, apunto de perder la paciencia. -¿Me quieres explicar, Alex, cómo has… podido?
Alejandro no quería enfrentarse a su padre, discutir con él. Pero sabía que eso sucedería, no era un hombre fácil.
-Padre, yo… -balbució. –No me siento avergonzado por esto.
-¿Cómo dices? –bramó Marcelo.
-Escucha a tu hijo, Marcelo. –le pidió Mariana, con su dulce voz.
Marcelo se cruzó de brazos.
-Muy bien, continúa. –aceptó.
-Ana y yo hemos sufrido mucho por esto. –agregó él. –Querernos así, estando yo casado…
-¿Y por qué te casaste con otra? –preguntó Juan, indignado.
-Porque… -Alejandro sonrió llegado este punto del tema. –Porque soy un tonto, Juan. Yo creí que lo que sentía por Ana era simple amistad, y que amaba a Carolina… ironías de la vida, me di cuenta de que eso no era así poco después de casarme.
-¿Y cómo te diste cuenta? ¿Por qué en ese momento? –le interrogó Juan.
-Porque tuve celos de los acercamientos de Nicolás hacia Ana, y entonces reaccioné. –contó Alejandro.
-¿Y se te hizo muy fácil llevar a Ana a esta situación tan bochornosa? –le atacó Juan. –Tú que decías que jamás le harías daño… tú que te quejaste ante tu padre y tu abuelo cuando te enviaron a la capital para alejarte de mi hija…
-Papá, no seas injusto. –se enojó Ana. –Ninguno lo seáis. Todos estáis felizmente enamorados y casados, lo habéis tenido por lo visto mucho más fácil que nosotros.
Ellos se miraron entre sí, conscientes de lo poco acertadas que eran las palabras de Ana respecto a la facilidad con la que todos habían conseguido ser felices.
-Alex nunca abusó de mí. –recalcó ella, tajante. –Nosotros simplemente sentimos lo que sentimos… él no me obligó a nada… yo le quería desde antes de que se casase con Carolina. Y me ha alejado de él constantemente para que fuese feliz con otro. Pero no ha podido ser… y por fin nos hemos dado cuenta de que…
-¿Estás divorciado? –repuso Marcelo, mirando a su hijo. -¿Cómo no nos lo dijiste? Sólo a tu madre… como si no tuvieras más familia…
-Repito que no me siento avergonzado de lo que siento. –contestó Alejandro. –Pero tú, papá, y el abuelo, habéis sido mis modelos a seguir desde niño. No quería decepcionaros, disgustaros… siempre he visto la honradez, la justicia, la nobleza y la dignidad en vosotros… no quería ser diferente… me he esforzado mucho por ser tan buen abogado como vosotros, por ser tan serio y perfecto como lo sois vosotros… y cometí un error, un error terrible, que fue casarme con otra mujer diferente a la que quería… quise corregirlo, os lo prometo, guiarme por los principios que me habéis inculcado… pero no he podido resistirlo más…
Marcelo, que tenía muy claros sus argumentos, no supo qué alegar. Juan tosió, rompiendo el silencio que se había hecho tras las palabras de Alejandro, y continuó.
-¿Y por qué no intentaste ser feliz con Carolina, y dejar a mi hija al margen de este escándalo y de este problema? –le increpó.
Alejandro se alteró visiblemente. Bufó, enojado.
-Juan… -dijo, y respiró fuerte, para calmarse. -¿Qué no lo he intentado? Lo he intentado hasta que el dolor ha sido insoportable… te juro que lo he intentado una y otra vez, durante mucho tiempo, intenté no querer a tu hija, apartarla de mí… pero cuánto más lo intentaba, más se cruzaba en mi camino… lo he intentado con todas mis fuerzas.
-Se ve qué no lo suficiente. –discrepó Marcelo.
Alejandro agachó la cabeza, vencido.
-¡Basta ya! –protestó Ana, furiosa con todos ellos. –No soy tampoco una niña para que le echéis toda la culpa a él por estar casado…
-¿Te parece un detalle menor? –inquirió Marcelo.
-No, no lo es… pero si tan siquiera supierais lo que hemos sufrido… cómo nos esforzamos en hacer las cosas bien, y la clase de arpía que él ha tenido como esposa… no estaríais aquí juzgándonos a nosotros, sino felicitándonos y alegrándoos por nuestra dicha… que ha tardado mucho en llegar, por cierto. –argumentó Ana, con el ceño fruncido. –Para que lo sepáis, pese a mi terrible comportamiento en esa iglesia, y aún habiendo hecho lo que he hecho, hoy es el día más feliz de mi vida.
Alejandro la miró, conmovido, y le acarició suavemente la mano.
Marcelo suspiró, largamente.
-Muy bien, Alex… ven conmigo y con tu abuelo a la cocina. –exigió. –Afortunadamente, Azucena y Meche ya se han ido a casa a descansar… así que podremos hablar tranquilamente.
Alejandro soltó la mano de Ana, y siguió a su padre y su abuelo hasta la cocina.
-¡Abra la puerta! ¡Señor! ¡Le digo que abra!
La puerta estaba siendo aporreada. Desconcertado, Ángel caminó hacia ella, y la abrió. Se encontró con el dueño de la posada, un hombre bajito y canoso, que había heredado la pensión de Amparito por ser su sobrino. El hombre le miró de arriba abajo, y luego, examinó el cuarto. Al descubrir a la otra mujer sentada sobre la cama, montó en cólera.
-En esta casa hay unas normas básicas… -dijo. –Y están muy claras… nada de personas de distinto sexo en la misma recamara, ¿oyó? Así que ya puede volver la… “señorita” a su cuarto… a menos que quieran que les desaloje…
Ángel asintió con la cabeza, había entendido. Le hizo un gesto a la mujer, que se levantó y caminó lentamente hacia la salida.
Ella le miró antes de salir.
-Estaré en mi recamara. –le dijo. –Prepararé la maleta para regresar a la capital.
El hombre la dejó pasar, y volvió de nuevo su atención a Ángel.
-Así ya está mejor. –le dijo.
Ángel no contestó, asqueado. Iba a cerrar la puerta de nuevo, cuando un pensamiento le asaltó. Decidió asomar fuera de su recamara.
Allí estaba ella, por supuesto.
Carolina sentada cómoda y alegremente sobre una silla en la entrada de la posada, viendo divertida como su acompañante se instalaba otra vez en un cuarto aparte.
La rabia invadió a Ángel, y se dirigió directamente a ella.
-¿Has sido tú, verdad? –le preguntó.
Carolina levantó la mirada, aparentemente distraída.
-No sé de qué me hablas… -repuso.
-Has sido tú… -aseguró Ángel. –Tú le has dicho a ese hombre que estaba en mi recamara con ella… ¿Estás loca o qué te pasa? ¿Acaso atormentarme es tu única misión en esta vida?
Carolina se puso en pie, mordiéndose el ataque de celos que tenía.
-No es de mujeres decentes meterse en el cuartucho de una pensión con un hombre que no es su marido. –le soltó.
Ángel dejó escapar una exclamación burlona.
-Por eso tú hacías eso exactamente…
Ella enrojeció violentamente, y reprimió el impulso de abofetearle por no armar escándalo en el lugar.
-Eres un… -dijo Carolina, entre dientes. –Sólo hago que se cumplan las normas en este sitio… para que se respete el decoro y al resto de los hospedados… a algunos no nos apetece oír los muelles de las camas ni otras cosas… para eso, vete a una casa de…
Ángel esbozó una sonrisa irónica.
-Ya lo entendí, Carolina. Me lo han explicado. –replicó. –No te preocupes, no atentaré contra el buen gusto y el decoro de esta pensión.
Carolina sonrió, satisfecha.
-Ya lo haré en otro lugar, cuando llegue a la capital. –le espetó Ángel, dándose media vuelta y regresando a su habitación, con una sonrisa triunfal en la cara.
Alejandro se quedó de pie, ante ellos. Estaba nervioso, necesitaba la aprobación de los dos.
Don Noel era el único que estaba sentado, la edad empezaba a pesarle.
Marcelo, con alguna cana que ni se atrevía a asomar apenas, y sus profundos ojos, continuaba mirándole con dureza.
-Siento haberos defraudado. –habló Alejandro.
Don Noel miró con cierta lástima y cariño a su nieto. Él sabía lo que era hacer las cosas mal por amor, arrepentirse y ser juzgado igualmente por ello. Y también sabía lo que era ser juzgado por Marcelo.
-¿Por qué dijo Ana que tu esposa es una arpía? –se interesó Marcelo.
-Bueno, ella… no es por justificarme, papá, pero también es culpable del desastre de mi matrimonio. Me manipulaba, me hacía sentir culpable todo el tiempo…
-Tenía razones para ello. –le atacó.
Alejandro se encogió de hombros.
-Supongo… pero… y eso es algo que ni Ana sabe, Carolina también me ha sido infiel. –les contó. –La encontré en la cama con otro hombre, al que yo conocía por otras circunstancias que ni vale la peña señalar ahora…
-¿Cuándo fue eso? –preguntó Don Noel, pasmado por la sorpresa.
Alejandro abrió la boca para contestar, pero su padre le interrumpió.
-Has dicho “también me ha sido infiel.”. –observó Marcelo. -¿Tú también lo fuiste, con Ana?
Alejandro sabía que no podía salir vivo de allí si decía la verdad… además, tenía que proteger a Ana por encima de todo.
-Bueno, lo fui con el pensamiento… yo estaba enamorado de Ana. –se defendió él. –Y hay otras cosas espantosas sobre Carolina que ni sé si vale la pena decirlas…
-Dilas. –pidió Marcelo.
-Su amante dijo que ella había abortado un hijo de los dos antes de casarse conmigo. –le contó Alejandro. –Os lo cuento sólo porque sois vosotros.
Marcelo vaciló. Aquello realmente era espantoso.
-No estoy de acuerdo con qué abandones a tu esposa, el matrimonio es sagrado, Alex. –opinó. –Por muy buenas razones que tengas. En cambio, ya no eres un niño, no puedo obligarte a nada…
Alejandro sonrió. Su padre estaba cediendo.
-Y a tu madre la tienes ganada. Es una romántica incorregible. –agregó él.
-Yo creo que el muchacho tiene derecho a ser feliz. –manifestó Don Noel. –Todos sabemos lo que es el amor… y siendo Ana, a la que queremos tanto…
-Precisamente por eso. Si alguien lo supiera su reputación se vería gravemente dañada. –replicó Marcelo. –Ni siquiera tiene la nulidad, y sería un escándalo… la juzgarían como a una ramera.
-Yo no quiero eso para ella. –dijo Alejandro, apesadumbrado. –Lo sabéis muy bien. Pero estaremos juntos pese a todo.
-Ya que lo tienes tan decidido… -comentó Marcelo.
-Papá. –le habló Alejandro, queriendo captar su atención. -¿Tú no has querido así a mamá nunca o qué?
-Precisamente por que la quiero no me imagino poniéndola en una situación así. –se cerró.
-¿Y si las circunstancias hubiesen sido otras? –le preguntó Alejandro. -¿Y si ella hubiese sido de otro? ¿O y si tú estuvieses casado con otra, hubieses podido dejarla a un lado, sufriendo ella y queriéndote cómo tú la quieres?
Marcelo calló. Se acordó de todo lo que amaba a su esposa. Mariana, era impulsiva e inocente, no tenía maldad alguna… era preciosa, dulce, y se había entregado por completo a él. Había traspasado su dureza, su frialdad y el muro que había instalado en su corazón para protegerse. Había logrado acabar con sus defensas, y cuando ella le miraba o le pedía algo, él se sentía derrotado, sin armas. La miraba y no podía dejar de desearla. Y eso no cambiaba pese al tiempo. Por eso tal vez, se había enojado al descubrir que ella no le había contado todo. No soportaba que le ocultase nada. Y no soportaba que la conducta de su hijo fuese reprochable.
-Cuando miro a Ana, yo… me olvido de todo menos de ella. –confesó Alejandro. –Ella lo es todo. La conozco tan bien que no me hace falta contar las cosas, ella simplemente, las sabe. Es preciosa, es dulce conmigo, tiene mucho genio, es lista, divertida… cuando estamos juntos, me siento niño otra vez. Pero la deseo como hombre. Nos conocemos tanto, y nos queremos tanto, que todo fluye naturalmente entre nosotros… Lo siento mucho, de verdad, por haceros pasar por esto. Pero no puedo ser feliz con nadie que no sea ella.
Marcelo y Don Noel se miraron, brevemente. En esa mirada emitían su juicio.
-Bueno, -comenzó Marcelo, aquélla era la sentencia. – si lo tenéis tan claro, de nada servirá oponerse.
Alejandro sonrió, realmente contento.
-Pero… -añadió su padre. –Vas a tener que hacer algo que demuestre tu responsabilidad. No te lo vamos a poner tan fácil.
Alejandro se sintió confuso.
-¿De qué hablas?
-Bueno, de algo tendréis que vivir tú y Ana cuando os caséis. –dejó entrever él.
-De mi trabajo, por supuesto. –aseguró Alejandro, tajante.
-Sí, pero no en Campo Real, como antaño. No será tan fácil, Alex. –objetó Marcelo. –Has hecho las cosas como las has hecho… y tendrás una sanción por ello.
-¿Sanción? –repitió Alejandro.
-Sí, tendrás que volver a la capital, a trabajar dónde trabajas y ahorrar dinero. Ya sabes, la boda, la casa… todo eso.
-Ya tengo una pequeña cantidad…
-Tendrás que seguir trabajando, con una pequeña cantidad no pretenderás vivir. –prosiguió Marcelo, imperturbable.
-Bueno, está bien. –aceptó Alejandro. –Además, a Ana le encanta aquello, le gusta la universidad…
-Ana se quedará en San Pedro. –dispuso Marcelo. –Lejos de ti, dónde los comentarios no puedan dañarla. Cuando tengas la nulidad, y el dinero, podrás venir a buscarla y hacerla tu esposa.
¿Separarse de ella? Después de haber rozado el cielo con las manos aquél mismo día, ¿dejarla de nuevo e irse? Alejandro sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Aquello sería insoportable, no podrían vivir. Miró a su padre, inflexible. Sabía que era el precio que tendría que pagar por haber hecho lo que había hecho… pero realmente era duro. No había imaginado ni por un segundo tener que volver a dejar a Ana. De todos modos, sabía que no había otra salida, y que su padre lo hacía por el bien de ambos. No podía decepcionarle también en eso. Debía volver a la capital, y agilizarlo todo para poder casarse con Ana rápidamente.
-De acuerdo, papá. Como tú decidas. –dijo.
-Es lo mejor, Alex. Para los dos, por el momento. –trató de consolarle Marcelo, al verle tan afligido.
Ana fue a su recamara, para cambiarse de ropa. No soportaba seguir con el vestido de novia encima. Pensó en Nicolás. Algo a lo que debería de enfrentarse. En cuánto las familias hubieran dictado veredicto, iría a buscarle para disculparse. Era lo menos que podía hacer.
Se quitó el vestido, y se vistió con una falda sencilla azul, y una camisa blanca algo escotada. Ropa sencilla para estar en casa. A continuación, se cepilló el cabello, y lo dejó suelto. Se desmaquilló.
Tocaron a su puerta. Ella dio permiso para que entraran, y Daniel entró en la habitación.
Ana le sonrió, feliz de verle justo a él. Daniel se acercó a ella, y le dio un beso en la frente.
-Estoy orgulloso de ti… -habló él. –Para hacer lo que has hecho hoy, se tiene que ser muy valiente.
-Gracias.
-He venido para decirte que pese a todas las circunstancias, me alegra que el escogido por tu corazón, sea Alex. Le conozco a la perfección, y sé que te quiere mucho. –comentó Daniel.
Ana se sintió emocionada.
-Es muy importante para mí lo que opines, Dani.
-No te desanimes… ahí abajo pueden parecer muy duros, pero ambos sabemos que nada de eso. Os ayudarán. –agregó él. –Y cuenta conmigo, para lo que sea.
Ana le abrazó. Cuánto quería a aquél mocoso. Su hermano pequeño era todo corazón.
-Nosotros volvemos a casa, ahora. –la informó él. –Isaura tiene que dar de comer al pequeño Gabriel.
Ana asintió con la cabeza.
-Entiendo. –dijo.
-Así que… suerte. –musitó Daniel, sonriéndola mientras abandonaba su habitación.
Alejandro, Marcelo y Don Noel regresaron con todos, mientras Ana aún estaba cambiándose. Les contaron lo que se iba a hacer, y lo aceptaron.
Juan se acercó a Alejandro, en una forma algo desafiante. El muchacho tomó aire, dispuesto a oír cualquier reproche más que quisiese hacerle.
Juan levantó una mano, en señal de advertencia.
-Más te vale, Alex… tratarla bien… más te vale. –le amenazó, con tono cariñoso, y luego, le sonrió. –Confío en ti, hijo.
Alejandro le devolvió la sonrisa.
Entonces Ana apareció en el lugar. Su hermano e Isaura ya se habían ido.
Alejandro la miró. Y durante unos segundos, no pudo apartar sus ojos de ella. Estaba preciosa. El pelo suelto le hacía la cara aún más dulce. Sus expresivos ojos verdes brillaban, nunca se los había visto así, tan encendidos. La ropa era… Dios, la hacía demasiado apetecible. No podía concentrarse en nada más que no fuese mirarla. Le costaba respirar, y deseaba escaparse con ella otra vez a la Palapa.
Los encuentros que tendrían a partir de entonces, como novios formales iban a ser muy difíciles de llevar, después de haber estado juntos como lo habían estado.
Ana se acercó a ellos, sonriente, caminando de forma tan inocente y despreocupada, que era terriblemente sensual. Su voz, su forma de moverse… Alejandro tuvo que obligarse a apartar la vista antes de que todo lo que se pasaba por su cabeza fuese demasiado evidente para los demás.
-Hola, cariño. –le dijo Mónica a su hija, dándole un beso en la mejilla. –Ya todo está arreglado.
Ana les miró, alternativamente.
-¿Sí? –preguntó, esperanzada.
-Sí, pero debemos decirte algo. –comenzó Mariana.
-¿Qué es? –se preocupó Ana.
Alejandro decidió ser él quién lo dijese.
-Vuelvo a la capital. –anunció.
-¿Por… por qué? –inquirió Ana, contrariada.
-Para trabajar y arreglar lo de la nulidad.
-¿Y cuándo volvemos? –se interesó ella, sin terminar de entender.
Alejandro tragó saliva.
-Tú… no… no vienes. –balbuceó él. –Ellos creen que hasta que esté todo arreglado, es mejor que vivamos en sitios diferentes.
-Pero yo tengo allí la universidad, vivo con Dolores y Estefanía, tengo un trabajo… -se quejó Ana, con lágrimas en los ojos. -¿Qué voy a hacer aquí?
-Sólo será un tiempo, Ana. –la consoló Alejandro, que no sabía qué más decir, y más estando todos presentes.
Ana quería llorar. No quería separarse de él otra vez. No, no quería por nada del mundo.
Miró a su madre, buscando una salida. Mónica respondió acariciando su espalda.
-Ana, mi cielo, no te preocupes. –le dijo. –Yo tengo planes para ti, algo que te mantendrá ocupada y entretenida este tiempo…
-Mañana volveré para despedirme, antes de irme a la capital. –terminó Alejandro.
-Vamos, tenemos que pasar por la pensión a buscar tus maletas, y luego ir a casa. –le recordó Marcelo a su hijo.
Ana y Alejandro se miraron, con un nudo de angustia en el estómago. Alejandro siguió a su familia hasta la salida, por inercia. Sintió los ojos de Ana sobre él, como un punzón, hasta que salieron de la casa.
Escrito desde May 1, 2008, 3:44 AM de la dirección IP 201.78.197.179