Isaura llegó a su casa feliz por Ana. Subió inmediatamente a su recamara para ver a su hijito, que Marcela tenía en brazos, acallando su llanto. Isaura sonrió, y con un gesto dio permiso a Marcela para que se retirara. Aquélla sí era una buena muchacha, y le gustaba tenerla en casa, se fiaba de ella… nada tenía que ver con la otra, Cecilia.
Tomó a Gabriel en brazos, y le acunó suavemente. Acto seguido, se desabrochó el escote de su vestido, y acercó el bebe a su pezón, para que comiese.
Se sentó sobre la cama, y segundos después, Daniel entró allí.
-Me pasaré por Campo Real antes de la cena. –anunció.
Isaura le contempló durante unos instantes. Tan guapo, tan alto, con ese porte tan elegante, y siempre tan tímido, sereno, y sencillo.
-Muy bien, cariño. –aceptó ella.
-Prometo volver pronto. En realidad, estoy cansado de este día… demasiado ajetreado. Aunque me alegra que todo haya salido bien para mi hermana. Ella y Alex… quién iba a pensarlo… -comentó.
Isaura sonrió para sí.
-Bueno, yo lo sabía…
Daniel hizo un gesto de incredulidad.
-¿Lo sabías? Yo pensé que era una noticia nueva para todos… -dijo él, y luego se quedó pensativo. –Aunque claro, vosotras dos erais íntimas amigas… pero eso fue antes de que Ana se fuese a la capital, así que… ¿desde cuándo…?
Isaura le miró, algo divertida.
-Desde hace mucho. Han sufrido bastante… así que me alegro de verdad por los dos. En especial por ella, que es mi mejor amiga. –confesó Isaura, acariciando la cabecita de su hijo. –Pensé que lo de ellos era una historia de amor imposible. Pero al fin han tenido su recompensa por tanta espera.
Daniel se sentó a su lado, sobre la cama, muy cerca, observando como Gabriel chupaba y chupaba, hambriento. Pensó en Esteban, y la desazón se apoderó de él… Los celos, sí, los malditos celos por un minuto.
-Gracias por quererme, Isa. –le susurró, casi sin darse cuenta.
Ella clavó los ojos en él, sorprendida por el comentario, y también, tremendamente enternecida.
-Dani… mi Dani… eso debería de agradecértelo yo a ti… -murmuró. –Dadas las circunstancias, que hayas podido quererme igualmente…
Daniel se acercó a ella, queriendo callarla, y le dio un dulce y breve beso en los labios.
-No sé que habría hecho sin ti… no sé que habría hecho… -agregó Isaura, perdida en el azul de sus ojos. Absorta en ellos, encantada por ellos. –Te quiero tanto…
Marcelo acompañó a su hijo a la pensión del pueblo. Al entrar, se toparon con Carolina, que se encontraba sentada en el recibidor, dándose aire con un abanico de plumas. La mujer sonrió en cuánto les vio, probablemente pensando en la posibilidad de atormentarles. Cerró el abanico de un golpe.
Alejandro decidió ignorarla, y se dirigió a la habitación en la que había dejado sus cosas. Entró, y cogió la maleta, dispuesto a reunirse rápidamente con su padre, antes de que Carolina pudiese añadir más tensión a aquél día.
Cuando salió de la habitación, con su maleta en la mano, les vio hablando y maldijo para sí. Respiró hondo, y caminó hacia ellos.
Alejandro se detuvo al lado de su padre.
-Hola, Alex… -le saludó ella, con una gran sonrisa. –Parece que el divorcio te sienta bien…
-A ti tampoco parece sentarte mal, Carolina. –le espetó Marcelo, algo molesto al comprobar su ánimo de fastidiar. –Lamento que las cosas entre mi hijo y tú hayan resultado imposibles de solventar… de verdad, lo lamento mucho.
-En realidad, no debe lamentarlo. Simplemente… él nunca me quiso… -replicó ella, llena de ira.
Alejandro suspiró, mucho más que incómodo.
-¿Nos vamos, papá? –le preguntó, deseando salir de allí ya.
Carolina abrió la boca, con otra ingeniosa frase en la punta de la lengua, pero entonces vio salir de sus respectivas habitaciones a Ángel y aquella mujer. Se distrajo el tiempo suficiente para que Marcelo y Alejandro se retirasen antes de poder evitarlo.
Ángel y esa chica se reían, y estaba claro que se iban, porque llevaban las maletas con ellos. Decidió en ese instante no dejarles irse así como así, y solos.
-¡Ángel! –le llamó.
Los dos la miraron, y entonces, Carolina esbozó su más falsa y educada sonrisa, y se acercó a ellos.
-Oh, disculpadme… -comenzó ella. –Lo que pasa es que yo también regreso a la capital ahora mismo, pero no tengo quién me acerque a la estación… y pensé que podría ir en vuestro carruaje, sino es inconveniente… además, así tendré compañía en el tren. Viajar sola es siempre tan… aburrido.
Ángel la miró, con una sonrisa cínica en la cara, dispuesto a negarse, pero su acompañante le interrumpió.
-¿Quién es esta mujer? –preguntó.
Carolina alargó la mano, y se la estrechó.
-Qué descuido el de Ángel, ¿verdad? Mira que ni siquiera presentarnos… me llamo Carolina Mendoza, y soy íntima amiga suya… -se presentó, fingiendo una amabilidad que no sentía.
Aquella chica era joven, bonita, y se veía totalmente desorientada. Era morena, tenía los ojos muy negros, delgada, y quizás un par de centímetros más alta que ella.
-Me llamo Susana. –dijo la otra, presentándose a su vez. –A mí no me importa que venga, Ángel. Todo sea por hacerle un favor…
Carolina sonrió. Sus ojos también lo hicieron.
Ángel suspiró, resignado a llevarla con ellos.
-Todo sea por hacerle un favor… -repitió él, de mala gana.
Juan posó sus manos sobre los hombros de Ana, y fijó sus ojos verdes en ella.
-Ahora que ya todos se han ido, Ana… -habló él. -¿De verdad le quieres?
Ana se sentía algo avergonzada con su padre. Continuaban en el recibidor, y se habían quedado solos porque Mónica había ido a la cocina a preparar un poco de café.
-Siento mucho lo que he hecho hoy, papá… -se disculpó, sinceramente. –También tendré que hablar con él, Nicolás no se merecía algo así…
-Ana, no te he preguntado eso. –cortó Juan.
Ana sintió calor en sus mejillas, sabía que se había puesto colorada.
-Sí, papá… le quiero…
Juan se separó un par de pasos.
-Ahora sí te creo. –dijo. –No como cuándo hablabas de tu supuesto amor por Nicolás…
Ana quería llorar. Lo que había hecho no merecía seguramente tanta comprensión.
-Siento tanto el escándalo, los invitados…
Juan sonrió, con amor de padre.
-Que no te preocupe eso, Ana. Ya no importa. –replicó él. –Ahora sólo espero que seas de verdad feliz… y que hagáis bien las cosas. Lo que sí que no quiero es que tu reputación salga dañada… por eso aceptamos todos la idea de Marcelo. Es lo más sensato.
-Echaré de menos la capital… -comentó ella, resignada. –A Dolores y Estefanía…
-Ellas se han ido muy sorprendidas. Tu madre las despidió en la iglesia, y prometieron volver por aquí cuando todo esté calmado. –la informó Juan. –Además de ofrecernos su casa para lo que sea.
Ana se encogió de hombros, pensativa.
-Y le echaré de menos a él… -confesó. –Ahora más que nunca.
Juan dio un paso al frente, y abrazó a su hija, fuertemente.
Carolina se sentó en el tren frente a ellos, atenta a cada posible gesto de complicidad entre los dos. No apartaba su mirada de Ángel y Susana… no le importaba lo indecoroso que pudiese resultar. La sangre le hervía cada vez que los imaginaba juntos, cada vez que le imaginaba a él con Susana como había sido con ella una vez.
La tal Susana no parecía muy conversadora, y Carolina sólo pensaba en la forma de deshacerse de ella.
-¿Y usted también es de la capital? –la interrogó Carolina.
Susana la miró, desganada. El traqueteo del tren le producía somnolencia.
-Sí… -contestó escuetamente. –Toda mi familia lo es.
Ángel ni siquiera la miraba, no tenía la atención puesta en ella. Eso hacía que los celos de Carolina aumentasen.
-¿Y sabía que nosotros estuvimos apunto de casarnos? –soltó, a bocajarro.
Eso hizo que tanto Susana como Ángel girasen la vista bruscamente hacia Carolina.
-No… -respondió Susana, ésta vez sorprendida e interesada en el tema. -¿En serio?
-En serio… -confirmó Carolina, sin perder la sonrisa. –No me puedo creer que él no se lo haya contado.
Ángel no pensaba darle ese gusto.
-Se te olvida la parte en que me plantaste por otro… -agregó él, imperturbable.
Susana les miró alternativamente, desconcertada.
-¿De verdad? –repitió, sin poder creérselo.
-De verdad. Aunque eso último… fue un grave error. –prosiguió Carolina, mirándole a él.
-Discúlpanos un segundo, Susana… -pidió él.
Acto seguido, Ángel tomó a Carolina de un brazo, y la sacó del compartimiento de tren en que estaban acomodados. El balanceo hizo que se tambaleasen levemente, de modo que Carolina se apoyó en la pared, frente a él.
-Más te vale que el resto del viaje te estés calladita, o perderé la paciencia… -la amenazó él, realmente enfadado.
-¿Dónde la conociste? –le preguntó ella, que ya no podía resistirse.
-Eso no te importa.
-¿Te gusta?
-Sí, me gusta, y no vas a estropearlo. –aseguró Ángel, y le amarró ambos brazos con fuerza. Su cara estaba a un palmo de la de Carolina. –Así que… a partir de ahora, no abras la boca. Porque puestos a hablar de los dos, tú llevas las de perder…
Ángel la soltó, con desprecio, y abrió de nuevo la puerta del compartimiento, pasando al interior con Susana, que esperaba con una mezcla de intriga y desasosiego.
Carolina cerró los ojos y respiró hondo. Por una vez en su vida, no le apetecía continuar con la lucha, y fastidiarles. No tenía ganas de pensar, ni tampoco de molestarles. Sólo quería llorar.
Marcelo se encerró con su esposa en la recamara de ambos. Grande, bien decorada, e iluminada. Se paró frente a ella, y le dio un suave beso en los labios.
-¿Y eso? –preguntó Mariana, coqueta y sonriente.
-Para pedirte perdón por mi comportamiento de hoy. –dijo él.
Mariana alzó la cabeza, y le observó detenidamente. Su esposo, siempre tan serio, podría parecer aburrido o seco, pero ella sabía la verdad. Era un hombre lleno de amor para dar, afectuoso, apasionado y muy tierno.
-¿Entonces aceptas que yo tenía razón?
Marcelo sonrió, en parte divertido. Mariana no había dejado de ser como una niña, dulce y traviesa.
-Mariana, no… -contestó él, tratando de mantenerse inmune ante la forma en que ella le estaba mirando. –No del todo, al menos… Alex no ha debido hacer lo que ha hecho… puedo comprender lo que siente, y si en parte he aceptado toda esta locura, es porque… bueno, Carolina no me da buena impresión, y creo que es sincero el amor que sienten Ana y él… pero… no está bien, y tú deberías de haber sido algo más…
Mariana le interrumpió dándole un beso en la comisura de los labios. Marcelo estaba apunto de derretirse.
-¿Más qué? –inquirió ella.
-Más dura… ya sabes…
-Ese papel, –dijo ella, poniendo los brazos alrededor de su cuello. –te lo dejo a ti, cariño… Alex necesitaba un poco de apoyo.
Marcelo olvidó el asunto. Al fin y al cabo, no podía pensar en otra cosa que no fuesen los labios de Mariana. Dejó que el tema muriese, y la besó en la boca.
Llegaron a la estación de la capital, y Carolina iba en silencio.
Se bajaron los tres juntos, con las maletas, y curiosamente, era Susana quién parloteaba, y con él.
Ángel se retiró para llevar los bultos a un carruaje, y ellas se quedaron a solas. Entonces Carolina aprovechó para despejar dudas.
-¿De qué conoce a Ángel? –le preguntó, directamente.
Susana, que tenía la atención puesta en Ángel, se volvió hacia ella, mientras se colocaba los guantes en las manos.
-¿No se lo ha dicho?
-No. Sino no preguntaría. –repuso Carolina.
-Somos primos segundos.
Carolina había estado calculando las posibles respuestas, y nunca se le pasó por la cabeza la de parientes. Tal vez se habían conocido en una fiesta, o tal vez, ella era hija de unos amigos… mil posibilidades, pero nunca eso. Se sintió aliviada, y sonrió.
-Él me pidió que le acompañase a esta boda. ¿El novio era su hermano, no? Debe de estar destrozado… aquello fue un verdadero escándalo. Me extraña que no esté con él, consolándole… -se explayó Susana.
-Lo cierto es que desapareció y no volví a verle… espero que esté bien, y estoy segura de que me buscará cuando lo necesite. –replicó Carolina, molesta por hablar de ese tema. Ella estaba interesada en otro. -¿Así que, primos eh? De modo que no hay nada entre vosotros…
Susana la analizó. No, esa mujer no le gustaba.
-No lo hay. –corroboró.
La satisfacción de Carolina se hizo aún más notoria.
-Pero eso no significa que no quiera que lo haya… -dejó caer Susana. –Siempre me ha gustado, y no dudo que ahora que hemos vuelto a vernos, podré hacer que sienta algo por mí. Al fin ya no está prometido.
Carolina se quedó boquiabierta. Esa respuesta tampoco la esperaba.
Desde el carruaje, Ángel les hizo una señal con la mano para indicarles que ya podían ir, todo estaba listo. Susana le sonrió, y dio un paso hacia delante, dispuesta a reunirse con él. En un impulso, cargada de rabia, Carolina estiró un pie y lo atravesó en su camino. Eso provocó que Susana tropezase y cayese de bruces al suelo. La chica se quejó, en voz alta, y Ángel, al ver la escena, corrió hacia allí.
Él se agachó al lado de su prima.
-¿Estás bien? –le preguntó, intentando buscar la manera de ayudarla a ponerse en pie.
Susana lloraba.
-Me he roto el pie… -sollozó. –Me duele muchísimo…
Ángel giró la cabeza, y atravesó con sus ojos oscuros a Carolina. Sabía que había sido ella. Falsamente, Carolina se encogió de hombros, desentendiéndose del accidente.
En cuando él regresó las atenciones a la malherida Susana, Carolina sonrió, de lo más divertida.
Ana se levantó temprano al día siguiente. No desayunó debido a la inquietud que sentía. Iría a buscar a Nicolás para disculparse, y después, Alejandro volvería a su casa para despedirse de ella y regresar a la capital.
Con un vestido blanco, y vaporoso, Ana recorrió las calles de San Pedro. El primer lugar al que entró, fue la pensión… le dijeron que Nicolás aún tenía las maletas allí, así que se alegró de que no hubiese abandonado todavía el pueblo.
Lo buscó durante horas, agotada… decidió ir hasta la casa que Carolina había mandado construir una vez para ella y Alejandro, y en la que finalmente, ellos habían planeado vivir tras la boda. Aquél lugar lucía vacío, abandonado y hasta sombrío.
Decepcionada, sus pasos la llevaron, casi instintivamente, hacia la playa.
Se sorprendió al verle allí. Nicolás estaba en la playa, sentado en la arena, imperturbable ante las olas que le salpicaban ligeramente. No se había cambiado de ropa, tenía algo de barba, y su expresión era muy triste.
Ana se sintió súbitamente mal. La culpabilidad aumentó en ella hasta límites insospechados. Se acercó a él, sin saber muy bien si Nicolás se había percatado de su presencia. Turbada, se sentó a su lado, encogiendo las piernas.
-Nicolás… te he buscado por todo el pueblo. –habló ella.
Él permanecía ausente, con la mirada puesta en el horizonte. Estaba despeinado por la brisa del mar.
-Por favor, perdóname… sé que no tengo derecho a pedírtelo, y que no lo merezco, pero te juro que es lo que más he sentido en esta vida… -balbució ella, atropelladamente.
Nicolás giró la cabeza hacia ella, parecía desconcertado. Cuando habló, su voz sonó ronca.
-No tienes por qué lamentarlo… yo sabía lo que sentías desde siempre… la culpa fue mía, por meterme en esto. –dijo.
-No, la culpa es exclusivamente mía… nunca debí…
-Ana. –la cortó. –No me hagas pasar por esta escena, en la que yo te diré que no importa, que estoy bien, que no te guardo rencor, y tú irás a casa, sintiéndote mucho mejor… y dónde seguramente él te estará esperando.
Los ojos de Ana se llenaron de lágrimas.
-Está bien. –murmuró. –Pero te juro que lo siento mucho. Y entenderé que me odies.
Nicolás suspiró.
-No voy a insultarte preguntándote cómo estás… -agregó ella. –Pero si me gustaría saber, qué vas a hacer ahora, no sé… ¿está de más ofrecerte mi ayuda y apoyo?
-Estaré bien… no sé cómo… pero lo estaré. –contestó él. –Te agradezco que hayas venido a buscarme, y que te hayas preocupado… pero no necesitaré nada de ti. Lo que más quiero ahora, es dejar de verte.
Ana asintió con la cabeza, y se puso en pie.
-Nicolás… aunque… aunque no me creas, también te he querido. –le dijo.
Él sonrió, para sí, con ironía.
-Ya me puedo imaginar. –replicó.
Ana se dio la vuelta, y comenzó a caminar para regresar a casa.
Alejandro esperaba sentado, tomando un café que Mónica le había servido. Allí estaba él, con las maletas, preparado para regresar de nuevo a la capital. Esperando por ella.
Ana abrió la puerta, y rápidamente, él percibió su pesadumbre. Alejandro se puso de pie, en un acto reflejo.
La cara de ella se iluminó al verle, y corrió a abrazarle, pero Alejandro dio un paso atrás casi inconscientemente. Ana le observó, estaba serio.
-Mi amor… ¿Qué pasa? –le preguntó ella.
-Llevo un rato… aquí. Esperando.
Ana no entendía. ¿Qué sucedía? ¿Por qué estaba él tan serio?
-¿Ha pasado algo?
-Nada. Simplemente me voy, regreso a la ciudad y no sé cuando te volveré a ver…
Ana sintió una opresión en el pecho. No aguantaría aquello. Ahora que podían estar juntos, volver a separarse era la peor de las torturas. Le deseaba con ella, necesitaba su cercanía, sus caricias y su risa.
-Lo sé. –aceptó ella, reprimiendo las lágrimas. –No quiero que te vayas…
-De… de la playa. –contestó ella, temerosa de algo que no sabía muy bien qué era.
-¿Y estabas allí sola? –siguió interrogándola él.
Ana frunció el ceño.
-No, bueno… yo…
-Fuiste a buscarle a él. Tu madre me lo dijo. –soltó Alejandro, evidentemente molesto.
-Sí, lo menos que podía hacer era disculparme. –explicó ella, absurdamente confusa. -¿Estás enfadado conmigo?
-Éste es el último momento que puedo estar contigo… quién sabe en cuánto tiempo… y tú primera reacción es salir… a buscarle a él.
Ana bufó, sorprendida.
-Alex… lo que yo le hice a ese hombre…
-Ibas a casarte con él, Ana. –recalcó Alejandro, como si no fuese obvio. –Ibas a casarte con él… y yo vengo aquí, y me encuentro con que has salido a buscarle…
-Le debía una disculpa.
-¿Te importa acaso lo que piense?
-¡Está mal!
-Yo no he salido a disculparme con Carolina por divorciarme de ella.
-Es diferente. –replicó Ana. –Tú la odias… yo no le odio a él.
La expresión de Alejandro se endureció. Desafortunadas palabras.
-Alex… -murmuró ella, con voz más dulce.
-Ya, ya lo entiendo. –dijo él. –Pero es que yo tampoco la odio a ella, simplemente no tenemos nada qué decirnos. Noto muy bien que tú no le odias… bueno, entonces, digamos que… ¿le quieres?
Ana no sabía cómo escapar de aquella conversación. Dijese lo que dijese, se interpretaría mal.
-Sí, ¿es malo eso? –confesó ella, intentando ser sincera.
-No, claro que no… porque yo también quiero a Rosa, y en su día quise a Carolina. Supongo que el que las quiera, no te importa. De modo que… -él titubeó. –Buenos días, Ana.
Alejandro tomó la maleta, y se dirigió a la puerta. Ana estaba tan perpleja que tardó un par de segundos en reaccionar.
-¡Alejandro! –chilló, entre lágrimas, ofendida. –No seas… no seas… tan idiota…
Él, cerca de la puerta, la miró. Ana se iba a echar a llorar, y se sintió estúpido y muy culpable. Dejó la maleta de nuevo en el suelo, y en un segundo, se colocó al lado de Ana.
-Por favor, por favor… no llores, Ana. –le pidió.
Ella comprimió el gesto, era tarde, ya estaba llorando.
-Lo estoy pasando fatal porque te vayas… y también me siento culpable por haberle hecho daño a él… tienes que entenderme. –tartamudeó ella. –Siempre se portó bien conmigo, y yo he sido muy cruel… dejé que las cosas llegaran a este punto… le he humillado y he jugado con sus sentimientos… lo que me faltaba es que tú no quieras entenderme…
Ana estaba gimoteando. Alejandro agachó la cabeza.
-Lo siento, Ana. Claro que te entiendo… es que… mientras tú estabas fuera, no he dejado de imaginarte con él en millones de situaciones… y los celos se han disparado… pensé en lo que importante que él sería para ti, porque ha pasado más tiempo contigo que yo en los últimos meses, pensé… en si él te pediría una nueva oportunidad, en si tú dudarías… -contó él, algo avergonzado.
-Él no quiere ni verme, Alex. Lo que le he hecho no es fácil de perdonar.
-¿Y te duele mucho eso? –preguntó él.
-Lo lamento… pero puedo vivir sin él. –repuso ella, sollozando. –Sino no le habría plantado en el altar y habría corrido a tus brazos, grandísimo imbécil…
Alejandro se rió por la contundencia de sus dos últimas palabras.
-Soy un grandísimo imbécil, lo sé. –aceptó él.
-Y… Alex…
-¿Qué, amor?
-Tú… ¿quieres mucho a Rosa? –soltó Ana, cuyas dudas se habían disparado por el comentario de él.
Alejandro sonrió, y le acarició la mejilla a la altura de la oreja. Eso hizo que un escalofrío recorriese todo el cuerpo de Ana.
-Le tengo cariño, como tú a Nicolás, nada más. –contestó. -¿No vayas a dudar, eh?
Ana asintió con la cabeza.
-Por favor, ten cuidado con ella en la capital… -pidió Ana.
-Lo tendré. –afirmó él. –Ana, te amo… no hay mujer que pueda competir contigo.
Ana sonrió para sí.
-¿De verdad? –inquirió.
-De verdad.
-Tampoco hay hombre que pueda competir contigo. Y ya lo sabes.
-Perdóname… -repitió él.
-Te voy a echar tanto de menos… -se quejó ella, cogiendo la mano de Alejandro y llevándola hasta su boca para darle un beso.
Alejandro sintió como un calor insoportable se apoderaba de él con el simple contacto de los labios de Ana en su piel. Se inclinó, buscó su boca, y le dio un profundo beso.
Ana se quedó sin aliento.
-Ay, Dios mío… -susurró ella. –Qué duro va a ser esto…
-Piensa lo siguiente. –dijo él, queriendo consolarla. –Cuando volvamos a vernos, seguramente será para casarnos.
Ana sonrió, terriblemente complacida ante la sola idea.
-En eso pensaré. Será lo que me dé fuerzas.
Mónica entró en el lugar. Carraspeó, no quería interrumpirles.
-Perdonarme… sólo quería saber, si os apetece tomar algo más… -comentó.
Alejandro negó con la cabeza.
-Muchas gracias, Mónica, pero yo tengo que irme ya, en realidad. –habló él.
Ana oyó aquellas palabras, y toda ella comenzó a temblar de angustia.
-Alex… muchacho, feliz viaje, y suerte en la capital. –le despidió Mónica, con una sonrisa afectuosa. –Ya sabes que siempre eres bienvenido aquí. Os dejo para que os despidáis.
Mónica volvió a desparecer dentro de la casa.
Ellos se miraron, aturdidos.
-Tengo… tengo que irme. –repitió Alejandro. –Odio estas despedidas.
-Yo también.
Alejandro la abrazó. La estrechó entre sus brazos efusivamente. Y el corazón le dolió.
-Volveré pronto, lo arreglaré todo pronto, lo prometo… -afirmó.
Ana se puso de puntillas, y le besó en los labios. Alejandro colocó las manos en su talle, y la sostuvo. Ese beso fue tan intenso cómo lo era el momento… los dos eran conscientes de que sería el último contacto en bastante tiempo, de modo que lo apuraron al máximo… recorriendo la boca del otro con meticulosidad.
Ana volvió a abrir los ojos cuando él se separó. Alejandro tomó la maleta, y se encaminó hacia la puerta. Ana rezó entonces para que el tiempo pasase muy deprisa en su ausencia, o se moriría.
Se quedó mirando la puerta incluso después de que Alejandro saliese. Tenía tanto miedo, que apenas podía contener el deseo de salir tras él.
Mónica apareció a su lado sin que ella se diese cuenta.
-Mi cielo… tranquila, ahora todo estará bien. –la alentó.
Ana giró la cabeza hacia su madre.
-¿Cuáles eran esos planes que tenías para mí?
Mónica sonrió.
-Antes de casarme, tuve la intención de crear una escuela para los hijos de los peones en Campo Real… por unas cosas u otras no se llevó a cabo… y pensé que tal vez, te gustaría hacerlo. Te mantendría ocupada, tendrías un trabajo…
Ana se sintió encantada ante la idea.
-Sería perfecto, mamá. –dijo. -¿Puedo avisarle a Isaura? Ella podría ayudarme… sabes que tiene mucha más cultura que cualquier chica de su condición, leía todos mis libros…
Mónica acarició la nuca de su hija, cariñosamente.
-Claro, Ana. Como tú quieras.
Dos días después…
Isaura había salido al mercado con Marcela. Era un día soleado, y Daniel se había quedado en la casa cuidando del pequeño Gabriel.
Así, Isaura pretendía hacerle la comida favorita a su esposo. Buscó entre los puestos, las mejores frutas, arroz, especias y verduras.
Antes del mediodía, regresaron a la casa las dos mujeres, cargadas con un par de cestas. Abrieron la puerta, y la sombra les alivió del pesado sol de aquél día.
Isaura posó una cesta en el suelo, y mandó a Marcela que llevase la otra a la cocina.
Cuando Marcela llegó a la altura de uno de los sillones, dio un respingo y dejó escapar un grito de pánico. La cesta se le cayó al suelo.
Todavía en la puerta, quitándose el sombrero, un escalofrío recorrió a Isaura. Contrariada, corrió a ver qué había espantado a su criada. Cuando llegó al sillón, Isaura se tapó la boca con la mano, aterrada.
Tras el sillón, estaba Daniel. Pero estaba tirado en el suelo, rígido, sin movimiento ni expresión. Isaura se arrodilló en el suelo, a su lado, buscando una explicación, demasiado aturdida para pensar.
-¡Llama a un médico! –ordenó Isaura, con voz zozobrante.
Marcela se quedó quieta, mirando el cuerpo inerte de Daniel.
-Señora… señora… -dijo, acercándose a ella. –El señor está… muerto.
Isaura se puso en pie de inmediato, y le dio un fuerte empujón a la muchacha, lo que provocó que ella se cayese al suelo.
-¡Cállate, estúpida! –le chilló, fuera de sí. -¡He dicho que llames a un médico!
Marcela estaba sentada en el suelo, a unos pocos pasos de Daniel, petrificada.
Isaura se arrodilló junto a su esposo.
-Dani… Daniel, mi amor… -le llamó. –Por favor, contéstame…
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