Ana abrió los ojos y miró el reloj que estaba colgado de la pared. Oía su monótono tintineo de minutos pasando.
Estaba sentada sobre el amplio sillón, en la entrada de su casa. El silencio que inundaba todo era desolador.
No podía apartar la vista del reloj. Un minuto, otro, y otro más desde que se había desatado aquélla pesadilla.
Apretó las manos sobre las faldas de su vestido, y sus nudillos enrojecieron. Le dolía el estómago, y apenas podía respirar. Nunca había experimentado semejante agonía.
Tomó aire, y pestañeó un par de veces, haciendo un esfuerzo sobrehumano por no llorar.
¿Dónde estaría Alejandro? Seguramente, habría llegado a la capital, y estaría tranquilo y afanado en su trabajo, rellenando papeles, y cumplimentado todos los requisitos para obtener la nulidad, y poder casarse con ella. Estaría tranquilo y ajeno a todo, ajeno a su terrible dolor.
Ana continuaba esperando. No sabía cuántos minutos llevaba allí sentada, porque no era capaz de contarlos en el reloj. Esperaba que su madre volviese de la casa de Isaura para hacer lo que le pidiese. Ella no podía ir aún, no, no podía.
Su ropa negra le estaba agobiando, no podía siquiera mirarla. Tenía un ardor dentro de su cuerpo que la sofocaba, pero en cambio, estaba temblando.
Tragó saliva. Tenía que tener paciencia. Sí, seguir esperando. Calmarse. Respirar. Sólo tenía que intentarlo con más fuerza, tenía que seguir respirando.
¿Y su padre? ¿Cómo estaría su padre? Cuando había recibido la noticia, se había encerrado en la habitación que había sido de Daniel antes de casarse. Había gritado, pataleado, arrojado cosas… y finalmente, se había encerrado allí, afirmando que él no iría a ningún funeral, porque su hijo estaba vivo.
Qué terrible calor… Ana se desató el primer botón del escote de su vestido. ¿Por qué no podía respirar? Se había recogido el pelo en un moño muy práctico, dejando su rostro y su cuello al descubierto.
No podía continuar allí. Se levantó, y andando torpemente, llegó hasta la cocina.
Se apoyó sobre la mesa, y tomó y exhaló aire con fuerza, buscando una paz en su interior que no lograba hallar. Vio como una lágrima caía sobre la mesa, y de un manotazo se limpió otra que rodaba por su mejilla. Se tapó la boca con una mano, no quería gritar de dolor.
La puerta de la cocina se abrió, sobresaltándola. Ana se incorporó y miró a la persona que había entrado.
-¡Niña! ¿Pero qué haces ahí? Por Dios, qué pálida estás… tienes que sentarte… ¿te preparo un té de tilo?
Azucena corrió a su lado. Era la única persona que estaba en la casa, aparte de ella y su padre. Meche había ido a buscar a su hija, y seguramente todavía estaría en la casa de Daniel e Isaura, como las demás personas.
Azucena la sostuvo por la cintura, y pasó una mano por su frente.
-Niña, estás ardiendo… -añadió.
-Estoy… estoy bien. –tartamudeó Ana.
Azucena la ayudó a sentarse. La escrutó. Aquélla era, sin duda, le peor tragedia que había sufrido nunca la familia de Juan. Hasta dudaba de que pudieran reponerse.
-¿Dónde está mi madre? –preguntó Ana, a la que hasta el hablar le resultaba complicado.
-Sigue allí, Ana… me pidió que te dijera que fueses… no quiere abandonar a Daniel…
-¿Qué vaya? –repitió Ana, como si fuese una misión imposible.
-Sí, eso dijo. También que intentes hablar con tu padre, porque ella no lo ha conseguido… que le digas cuánto le necesitáis… que le convenzas para que salga de su encierro. –le explicó Azucena.
Ana no se sentía capaz de nada.
-¿Qué dijo el médico? –inquirió.
Azucena vaciló. Ella también tenía el alma partida en dos, y no sabía muy bien cómo afrontar el tema y la situación.
-Que fue el corazón, Ana… -informó. –Qué no sabe como resistió tanto… un infarto… que seguramente tuvo que notar algún síntoma, quizás fatiga… y que no se podía hacer nada. Estaba enfermo, y nadie lo sabía.
Ana escuchó aquello impertérrita. No era capaz de reaccionar, de asimilar nada. No comprendía.
-Ya sabes, tu hermano no se quejaba por nada. Era tan bueno que… -añadió Azucena, cargada de pena.
-Voy a buscar a mi padre. –dijo Ana, levantándose de la silla.
El Tuerto no soportaba verla así. ¿Cómo había pasado aquello? ¿En qué momento?
Meche estaba abajo, con Mónica, Mariana, Amanda, Don Noel, Andrés y su esposa. No había entrado más gente en la casa, a excepción de Azucena y su esposo, por expreso deseo de Isaura.
Él la miraba desde la puerta. Su hija estaba destrozada como nunca pensó verla. No se había apartado de la cama en la que reposaba su esposo. Nadie había conseguido sacarla de allí ni para alimentarse.
Se había puesto un vestido negro, se había recogido el pelo en un moño alto, y allí estaba, arrodillada a los pies de la cama, con la mano de Daniel entre las suyas, con la vista fija en él. No podía llorar más, había agotado todas las lágrimas.
El Tuerto quería sacar a su niña de allí. Curarla del dolor, y protegerla, como cuando era una criatura.
Isaura besó la palma de la mano de su esposo, que estaba helada. Aún no se lo creía. Al igual que todos, estaba desencajada y petrificada. Todo había sucedido de forma demasiado brusca e imprevista, demasiado terrible y dolorosa.
Allí, quieto, parecía dormido, y ella no dejaba de verle guapo. Su pelo rubio, sus ojos cerrados, y su rostro apacible. Dentro de su interior no dejaba de desear que él se despertase, y todo quedase en un susto. Que él se levantase de aquella cama, y la mirase con el azul de sus ojos, bello, transparente… que le dijese cuánto la quería, que la abrazase… que le hablase de sus cosas con esa timidez tan suya. Que volviese a su lado… porque estaba demasiado asustada para pensar en qué sería de ella desde ese momento. Cómo continuar era algo que ni siquiera podía plantearse.
Por su cabeza transitaban un millón de ideas, de pensamientos confusos y de recuerdos. Daniel… su esposo… aquél hombre tan bueno que parecía un ángel… que le había enseñado a amar de nuevo, a confiar. Que había sido su compañero, su amigo, el padre de su hijo. Le había dado confianza, seguridad, respeto y fidelidad. Le había dado todo lo que soñaba, más de lo que se merecía, y sin duda, más de lo que nunca pensó alcanzar.
Recordó cómo él había estado siempre a su lado, antes incluso de que se diese cuenta. Protegiéndola en Campo Real, cuidando de ella, escuchándola, animándola… ofreciéndole su pañuelo cada vez que ella lloraba o sufría… algo que entonces era muy a menudo. Recordó su aroma, la suavidad de su piel, su voz dulce, su forma de hablarla y tratarla, con ternura y amor siempre. Le dolía tanto el corazón que sintió que no podría con ello, que no podría vivir así.
Se sobresaltó cuando el Tuerto puso una de sus grandes manos en su hombro. Isaura ni siquiera se giró hacia él.
-Hija mía… -la llamó Facundo. –No has comido… no has dormido… no puedes estar en esta habitación todo el tiempo…
-No puedo dejarle solo. –dijo Isaura, y fueron las primeras palabras que su padre le oyó decir. –Él no me habría dejado…
Ana se detuvo frente a la puerta de la habitación que había sido de Daniel, dónde estaba su padre. No sabía qué podría decirle… si ni su madre ni Don Noel habían conseguido hacerle salir, o hacerle contestar, si ellos no habían conseguido nada, ¿qué iba a lograr ella? Don Noel le había hablado como el padre que siempre había sido para él, y se había ido frustrado y aún más hundido por el silencio de Juan.
Ana levantó una mano, y titubeó. Finalmente, tocó a la puerta con el puño cerrado, un par de veces. No oyó nada al otro lado.
-Papá… -le llamó, con voz más baja de lo conveniente, y tosió para aclararse la garganta y alzar un poco más su voz. –Papá… tienes que salir de ahí, mamá me manda decirte que…
Ana hizo una pausa. No conseguía hilar bien sus ideas.
-Te necesitamos. –añadió. –Por favor, sal de esa recamara y acompáñame a la casa… yo aún no he ido, ¿sabes? Me falta valor… es curioso, porque hasta dónde puedo recordar siempre he presumido de lo contrario… tú y yo, papá, por más que nos esforcemos, no somos tan duros como parecemos…
Nada. Sólo un completo silencio. Parecía que estaba hablando sola. ¿Le estaría tan siquiera escuchando Juan?
-Papá, por favor… nosotras no podemos solas con esto… -suplicó ella.
Ana esperó algunos segundos, y tampoco obtuvo respuesta. Suspiró, vencida. Su primer pensamiento fue para Alejandro. Su presencia era urgente para ella… a pesar de todo lo que le había querido y añorado en años, era la primera vez que le necesitaba con absoluta desesperación. Le necesitaba a su lado como nunca antes.
Rosa entró en su despacho feliz como unas castañuelas. Al fin, él estaba de regreso.
Alejandro estaba acomodado en su silla, frente a la mesa llena de papeles, ordenando y poniendo al día todo lo que tenía atrasado por su inesperado viaje a San Pedro.
En cuanto la joven supo que él había entrado en la casa, se había cepillado su sedoso pelo rubio, se había puesto un lindo vestido, y había bajado alegremente al despacho.
Alejandro la miró y recordó los temores de Ana. Intentó ser amable, aunque sinceramente deseaba poner distancia entre ambos. Para él sólo existía una mujer, y tampoco quería conducir de nuevo a falsas ilusiones a la muchacha.
-Buenos días, Rosa. –saludó él. -¿Necesitas algo?
Ella sonrió, ampliamente.
-Me alegra tanto que hayas vuelto al fin… esto ha estado muy aburrido sin ti. Ya sabes la clase de vida que llevo… -dijo ella. –Hasta las fiestas me aburren ya… sólo quiero verte a ti.
Alejandro se sintió algo violento.
-¿Cómo te ha ido en San Pedro? –curioseó Rosa, ávida de novedades que no la perturbasen.
-Bien…
-¿No me cuentas nada más? –indagó ella.
Él vaciló un instante. Y entonces, tomó una decisión.
-Rosa, hay algo que debo decirte. –comenzó él.
Ella dio un paso hacia delante, y le miró, entre ansiosa y preocupada.
-¿Y qué es?
-Bueno, ya tengo el divorcio, y espero que pronto tenga ya la nulidad… -continuó Alejandro, viendo como ella esperaba oír algo que no iba a oír. –Mi viaje a San Pedro me ha devuelto la felicidad.
Rosa sintió un golpe de miedo en la boca del estómago.
-¿Ah sí?
-Sí… Ana no se ha casado con Nicolás. Y nuestros padres han aceptado que nos casemos cuando yo tenga todo listo. Te lo cuento porque tú eres mi amiga, y quiero que te olvides de eso que dices sentir por mí… que conozcas otros muchachos y seas feliz. –explicó él, cortésmente. -¿Puedo confiar en ti, verdad?
Rosa se había quedado de piedra. ¿Por qué él no podía fijarse en ella?
-¿Rosa? –insistió él, esperando una respuesta.
-Claro… puedes confiar en mí. –aseguró ella, por inercia. –Ahora… tengo que irme.
Rosa salió del despacho, y cerró la puerta tras ella, sin volver a mirar a Alejandro. Se sentía humillada y dolida. Él era lo único que deseaba, lo único bueno. No era justo que acabase con otra. Maldijo su mala suerte.
Vio cómo una criada caminaba apurada hacia allí. Frunció el ceño, intrigada. La criada se paró delante de ella.
-Disculpe, señorita… ¿me deja pasar? Tengo que entregarle un telegrama al señor Alejandro.
Rosa tuvo un presentimiento.
-Déjamelo a mí, yo se lo entrego. –dijo.
La criada asintió, y sacó el telegrama del bolsillo de su delantal. Se lo dio a la mano y se retiró.
Rosa se quedó algunos segundos mirando el papel. Seguramente, era otra vez de San Pedro. Ella no quería que Alejandro volviese a irse.
Lo abrió y leyó: “Alex, tienes que regresar de inmediato. Ha pasado algo. Es urgente. Papá.”
Inducida por un impulso, un deseo, y una idea estúpida… sintiéndose culpable en el mismo instante en que lo hizo, Rosa rompió el papel en varios pedazos, y se fue de allí con él.
Había tal caos y dolor en la casa, que Ana se coló entre todos casi sin ser vista. Subió las escaleras, y caminó hacia la habitación de Daniel apoyándose en la pared. Se paró al llegar a la puerta abierta. Dentro, podía ver de perfil a Isaura y al Tuerto tras ella.
Apartó la vista. No podía entrar, no podía ver a su hermano así. No podía.
Se quedó apoyada en la pared, de pie, temblando. Cerró los ojos, y trató de buscar valor para entrar en la recamara. Pero no lo conseguía.
Cuando volvió a abrir los ojos, vio delante de ella a su tío Andrés. Él la observaba, realmente entristecido.
-Hola, tío. –dijo ella.
-¿Cómo estás, Ana? –preguntó él, por empezar de algún modo.
Ella esbozó una sonrisa amarga.
-Sé cómo estás. –agregó Andrés, enfundado en su traje negro de luto. –Como estamos todos… Tu tía Carmen está destrozada, sabes cuánto os quiere… sois como dos hijos más para ella.
Ana asintió con la cabeza. El desasosiego aumentaba al tener tan cerca a Daniel.
-¿Qué puedo hacer por ti, sobrina? –inquirió él, muy amable y afectuoso.
Ana se encogió de hombros.
-No creo que nadie pueda hacer nada, tío… pero gracias.
-No te atreves a entrar, ¿verdad? –observó Andrés.
-No. –aceptó ella. –Quiero… pero el cuerpo no me responde. No quiero verle así… tan… quieto…
Andrés vio como los ojos de Ana se cargaban de lágrimas, pero ella se esforzaba en evitar que rodasen por su cara.
-Porqué debe de estar muy quieto, ¿verdad? –prosiguió ella. –He venido hasta aquí, pensaba entrar pero… no puedo.
Andrés se acercó a ella.
-Entonces no entres. –le aconsejó. –No tienes por qué hacerlo. Recuérdale de otro modo… esto no es una obligación, Ana. Cada uno lo vive y lleva como puede.
Ana le sonrió. Se lo agradecía de verdad.
-¿Dónde está tu padre? –inquirió él. –Mónica dijo que se había encerrado en la recamara de Daniel.
-Allí sigue. –contestó Ana. –Intenté hablar con él, pero al igual que a mi madre y a Don Noel… ni siquiera nos contesta… no tengo idea de cómo ayudarle, tío… porque ni siquiera puedo con mi propio dolor. Esto es…
Ana se calló. Ya no podía seguir hablando sin sollozar. Así que, Andrés simplemente la abrazó. Abrazó a su sobrina con todo el cariño que sentía por ella, y por su familia entera.
Carolina abrió la puerta de su mansión de la capital, y se topó con Nicolás. Se sorprendió al verle. Él llevaba un par de maletas consigo.
-Nicolás… volviste.
Él no contestó, y pasó al interior de la casa.
-Me preguntaba si puedo quedarme aquí, al menos una temporada. –expuso él. –No me gustaría quedarme solo ahora mismo.
Carolina posó sus ojos marrones en él.
-Claro… esta casa también se ha vuelto en exceso solitaria para mí. –dijo. -¿Cómo estás?
-Hundido… como supongo que tú lo estuviste una vez por tu esposo, ¿no?
Nicolás caminó con las maletas hacia la escalinata.
-Dónde quieras… si lo deseas, en la de invitados. –contestó ella.
Nicolás hizo ademán de subir las escaleras, pero su hermana le detuvo cogiéndole por una muñeca.
-Nicolás…
Él la miró, esperando lo que tuviese qué decirle.
-Ahora es terrible, seguramente les odies, y creas que eres el hombre más desgraciado de la tierra… pero créeme, se pasará, y terminarás sufriendo por otras cosas. –dijo Carolina, intentando consolarle, a su modo.
Nicolás asintió con la cabeza, y empezó a subir las escaleras, acompañado de su hermana.
Meche se colocó al lado de su marido. Los dos contemplaron a su hija. Allí seguía, al lado de Daniel.
-Aguanta estoica aquí. No he conseguido sacarla, Mechita. –le susurró Facundo.
-Ya veo. Pues tienes que sacarla porque… ya han venido a… -Meche no sabía como pronunciar aquellas palabras. –Han venido con el ataúd, para llevarlo al cementerio. Sácala de aquí, por favor, Facundo.
El Tuerto miró a su esposa. Ninguno sabía cómo afrontar la situación.
-Lo intentaré. –dijo él. -¿Cómo está Mónica? ¿Juan sigue sin venir?
-Mónica está acompañada de su hija, ahí abajo, con los demás. –le comunicó Meche. –De Juan nada sabemos. Creo que Azucena se quedó en la casa con él, por si se decidía a salir o se le ofrecía algo.
Isaura se volvió hacia ellos, les oía murmurar a sus espaldas.
-¿Qué ocurre? –les preguntó. -¿Mi niño está bien?
-Sí, cariño. Está bien. Le he cuidado, ahora está con Marcela. –le contestó Meche, cargada de lástima por su hija. –Tienes que… salir de la habitación.
Isaura dio un respingo. Sabía lo que venía ahora, y no quería. Dirigió sus ojos de nuevo hacia Daniel, y la vista se le empañó por las lágrimas.
-No… -musitó.
-Isa, tienes que salir. –insistió el Tuerto.
Isaura se abrazó a Daniel. No quería que se lo llevasen, no a aquél lugar. Él la necesitaba. Ella le necesitaba. Dios, no podría soportar dejar de verle. Su cuerpo estaba frío, pero ella no quería alejarse de él.
El Tuerto, utilizando su fuerza, se aproximó a su hija, y la amarró con ambos brazos. Pese a las patadas y llantos de Isaura, logró arrancarla de Daniel y sacarla del cuarto, ante Meche, que no soportaba la pena de ver a su hija en aquél estado.
Don Noel abrazó a Mónica. Ella esperaba en la sala, con los demás. Al igual que Ana, estaba entumecida, casi sin reaccionar. Pero tenía los ojos rojos e hinchados de llorar.
-Mónica… -le habló Don Noel, en un susurro dulce. –Sé que ninguna madre puede recuperarse de la pérdida de un hijo, pero conozco tu fortaleza… por Dios que saldrás adelante…
Mónica comprimió el gesto. Algunas arrugas asomaron en la comisura de sus labios. De pronto, se sentía muy vieja.
-Don Noel…gracias por todo. No sé que habría hecho sin vosotros. Necesito tanto a Juan… estoy tan preocupada por él… sabe cómo es, temo que cometa una locura. –confesó Mónica. –Y mire a mi hija.
Ana estaba a unos pocos pasos de allí, mirando el ataúd sin expresión alguna en el rostro, rodeada por Mariana, Marcelo y Amanda. Inmediatamente al lado, se encontraban Andrés y Carmen.
-¿Qué tiene Ana? –inquirió él, aunque conocía la evidente respuesta.
-Está… como ajena a todo. Desde que lo supo, no ha llorado, no se ha desahogado. Apuesto a que cree que tiene que mantenerse firme para ayudarnos… Apenas ha hablado… está así… como en otro mundo. –explicó Mónica. –Temo que cuando reaccione, sea terrible.
-Bueno, ella se parece a Juan mucho. –opinó Don Noel. –Es fuerte, y apasionada. La he estado observando… desde luego intenta mantenerse entera. Se derrumbará, tendrá que hacerlo porque no hay más opción… pero volverá a levantarse. Y Juan… os quiere demasiado para cometer locuras. Saldrá de su encierro tarde o temprano, y acudirá a ti, Mónica… tú eres su tabla de salvación. Así ha sido siempre.
Mónica sintió palpitar su corazón fuertemente cuando vio cómo subían el ataúd al piso de arriba.
-Eso espero, Don Noel, eso espero… -balbució.
Por petición de Meche, Ana subió a buscarla. Encontró a Isaura fuera de la recamara, pues ya habían sacado a Daniel. Estaba sentada en el suelo, clavada allí, apoyada en la pared. No habían conseguido moverla ni el Tuerto ni Meche.
Ana caminó despacio hacia ella, y se arrodilló a su lado.
-Isaura… -le habló. –Por favor, ven conmigo… estamos esperándote para celebrar el funeral.
Ella no contestó. Tenía la mirada perdida en algún punto inconcreto del horizonte.
-Isa… siento mucho no haberme acercado a ti hasta ahora. Pero no he podido. –añadió Ana. –Es una pésima excusa, pero… tú le querías tanto como yo, de otro modo, pero tanto… y sentí que me derrumbaría al verte. Mi madre me necesita serena, me necesita… aunque no creo que sea de utilidad ahora mismo. De repente hablar, moverme, pensar… se ha vuelto imposible.
Isaura tragó saliva. Estaba apunto de llorar nuevamente.
-¿Vienes conmigo? –preguntó Ana.
-Esto es un castigo… -masculló Isaura.
Ana se sorprendió al oír eso.
-No digas tonterías. –replicó.
-Fui tan egoísta con ellos… mentí a Esteban, le oculté lo del bebe, y luego me casé con tu hermano sin pensar en sus sentimientos…
-Isa, tú has querido a mi hermano. Le has amado. –repuso Ana. –Esto es una tragedia del destino, no es culpa de nadie, y menos tuya. Al contrario, yo tengo mucho que agradecerte.
Isaura la miró, atónita. Ahora la sorprendida era ella.
-Le hiciste feliz, Isa. –aclaró Ana. –Le amaste, gracias a ti los últimos meses de mi hermano fueron felices, merecieron la pena… conoció el amor, y tuvo una esposa y un hijo. Creo que estabas destinada a hacerle feliz lo poco que ha vivido.
-Él era demasiado bueno… -comentó ella, abrumada por la pena. –Y sí, le quiero de verdad… me estoy muriendo, Ana.
Ana sintió cómo le quemaba la garganta. Había aguantado mucho, y no quería echarse a llorar ahora. Si lo hacía, sabía que no podría parar, y aquello todavía no había terminado. Tenía que acompañar a su madre al cementerio.
-Ven conmigo. –repitió Ana. –Después del funeral, le he dicho a tus padres que te quedaras en nuestra casa con Gabriel. Creo que no podrías soportar vivir en esta casa ahora mismo.
Isaura asintió con la cabeza. Lo cierto es que le daba igual dónde o cómo vivir. Se levantó del suelo con ayuda de Ana, y la siguió hasta el piso de abajo.
Allí esperaban todos.
Isaura no esperaba tal cosa, pero Andrés se acercó a ella, y le extendió la mano. Sin poder pensar, Isaura le dio la suya, y Andrés se la estrechó.
-Lo siento mucho, muchacha. –le dijo, clavando sus ojos en ella. –Me doy cuenta de que has querido de verdad a mi sobrino.
Isaura no contestó, pero sintió un alivio enorme al no ser atacada por él. Parpadeó y tomó aire.
Mónica, Ana, Isaura y su hijo, volvieron a casa tras el funeral. Mónica se llevó a Isaura y al bebe a la habitación que ocuparían. Azucena les comunicó que Juan seguía metido en la recamara, y que ella le había dejado comida y bebida en una bandeja fuera.
En lugar de seguirlas, Ana se dejó caer en el sillón de la entrada. El día más largo de su vida había sido ése.
Mariana le había contado que le habían mandado un telegrama a su hijo. ¿Cuándo volvería Alejandro? Estaba ansiosa por verle, porque la abrazase y la rescatase de todo aquello.
Se sentía exhausta, y casi mareada. Miró el reloj. Otro minuto más.
Una semana más tarde…
Vestidas de luto, las dos estaban sentadas en los sillones de la entrada de la casa. Isaura acababa de dormir a su pequeño, y Ana tenía un libro en las manos, al que desde luego, no prestaba atención.
Mónica estaba durmiendo, se pasaba el día durmiendo. Y Juan seguía sin salir de su recamara. Le dejaban la comida fuera, en una bandeja, y luego no se la encontraban allí, pero desconocían si él la comía o la almacenaba en el interior de la recamara. No sabían cuánto tiempo más tendrían paciencia para esperar a que él saliese de ahí, y estaban por tirar la puerta abajo.
De Alejandro no había noticias, no había contestado siquiera al telegrama, ni había vuelto a San Pedro. Fugazmente, Ana barajó la posibilidad de que él ignorase el asunto, pero rápido lo desechó. Algo debía de haber pasado. Y Marcelo se había puesto rumbo a la capital para encontrar a su hijo y averiguarlo.
Había sido una semana muy larga, y muy dolorosa. Nada era igual, nada era normal. Seguían viviendo por inercia.
Era mediodía, y tocaron al timbre.
Ana posó el libro sobre su asiento, y fue hacia la puerta. En cuánto la abrió, se quedó paralizada por la sorpresa.
-Tú… -murmuró ella. –Has venido…
-Querida prima, no sabes cómo lo siento… -dijo él, y la abrazó.
Ana se quedó quieta, entre sus brazos. Agradecida de verle.
Dentro de la casa, en el sillón, Isaura se quedó rígida. Oyó su voz, le vio. Estaba más delgado, más moreno, tenía barba de unos días, y el pelo peinado hacia atrás. Estaba serio, guapo, y vestía de negro.
Aún no la había visto. Esteban no la había visto. El corazón le saltó en el pecho, los nervios se apoderaron de ella, y sólo quería salir de allí. Tenía que salir de allí.
Escrito desde May 10, 2008, 8:03 PM de la dirección IP 201.78.140.88