Capítulo LXI

by Cris (no login)

 
Isaura, tapada con las mantas, y arropada en el silencio de su cuarto, comenzó a sentir cómo le pesaban los párpados, y se durmió poco a poco. Entonces un dulce sueño la meció.

-Te quiero, Isa.

-Y yo te quiero a ti… -se atrevió a decir ella.

-Isaura, eso… ¿eso es verdad? –dudó Daniel.

-Sí, lo es… no sé cuando ha pasado… pero ha pasado. Te quiero como tú me quieres a mí.

Él la abrazó, estrechamente, sacudido por una felicidad desconocida y que no creyó que podría llegar a sentir. Subió una de sus manos hasta la nuca de ella, y se la acarició despacio.

Isaura cerró los ojos y disfrutó de aquél tibio contacto. Estaba tan cómoda que pudo haberse dormido en sus brazos. Cuando volvió a abrir los ojos, le vio a él, observándola tan cerca que percibía su aliento en la cara.

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Daniel acercó sus labios lentamente a la boca de Isaura, y entonces la besó. No era la primera vez que la besaba, pero sí lo era siendo consciente de que ella le correspondía. Ella se abandonó.

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Él la besó de nuevo, y caminaron hacia la cama. Isaura le acarició el pelo, mojado, y empezó a desabrocharle la camisa. Se sentaron juntos, y continuaron besándose. Daniel la besó en la curva de su cuello, en las mejillas, la frente, y otra vez los labios. Isaura temblaba, hacía mucho tiempo que no sentía el amor.

Él la tumbó cuidadosamente, y se colocó a su lado. Metió la mano bajo el camisón, y le acarició las piernas hasta los muslos. Isaura respiraba entrecortadamente, y finalmente pudo quitarle la camisa a su esposo. Daniel la veía increíblemente hermosa a través de sus ojos azules.

Daniel la besó largamente en la boca, y le sacó el camisón por la cabeza. Isaura estaba sonrojada, y le miraba, también nerviosa. Entonces comenzó a desabrochar su pantalón.

Semidesnudos, continuaron besándose y recorriéndose con las manos durante largos minutos. Daniel besó los pezones de su esposa con meticulosidad, mientras seguían haciendo el amor.

Él ya estaba listo cuando ella abrió las piernas, y le recibió. Cuando estuvo dentro de ella, Daniel sintió un placer y una dicha desconocidos para él. Entonces todo pasó rápidamente para ellos, de forma confusa, y borrosa. Los gemidos fueron en aumento hasta terminar.

Isaura se sentó sobre la cama, sobresaltada. El corazón le latía deprisa. ¿Aquello había sido un sueño o un recuerdo? Volteó la cabeza hacia la cuna, y vio a su hijito dormido plácidamente. Revisó el cuarto oscuro con la mirada. En la penumbra apenas se vislumbraba nada, salvo algunos muebles tocados por la luz de la luna, que se colaba entre las cortinas.

Allí estaba, en la habitación que había compartido con su marido. Allí estaba, sola. Tomó aire, y trató de calmar su agitada respiración. No podía seguir viviendo en esa casa, tenía que encontrar una solución, una salida.

Se tumbó de nuevo en la cama, y se encogió, como un ovillo de lana. De repente, las lágrimas empezaron a caer, una tras otra… hasta que el sueño volvió a apropiarse de ella, cuando ya empezaba a amanecer.

Carolina abrió las puertas de su gran mansión a todos los invitados. El lugar resplandecía, al igual que ella, que se había afanado en lucir la más bella en aquél evento. Su hermano aún no había llegado, ella suponía que continuaba sin estar de acuerdo con la fiesta, pero eso no le importaba. Iba a estar tan encantadora que nadie podría apartar la vista de ella, que nadie podría dejar de hablar de ella, y de lo fuerte y viva que se sentía. Nunca había sido cobarde, no, no lo era. Podía ser muchas cosas, pero eso no.

Había optado por hacerse un soberbio recogido en el pelo. Su maquillaje remarcaba su sonrisa y sus ojos almendrados. Su vestido, recién comprado, la última moda importada de Europa, iba a ser la envidia de todas las mujeres. Y ella sería la más deseada.

La sala rápidamente se llenó de gente. Siempre había sido buena dando fiestas, y nadie quiso perderse el acontecimiento… sabía que muchos de ellos estaban allí por curiosidad, pero tampoco eso le importaba.

Las luces, la comida, los camareros, y la música concordaban a la perfección, y ella no dejó de recibir a todos con una sonrisa y sus comentarios más aduladores. Su mujer cada día está más joven, cada día es usted más gallardo, siempre han sido grandes amigos de la familia… sí, frases cargadas de hipocresía e intención. Y ella las disfrutaba. Tenía un don para decir lo que ellos querían oír, y que sonase sincero. Tenía un don para relacionarse con toda aquélla gente, al fin y al cabo, había crecido y se había educado entre ellos.

Pero dejó de oírles, para ella se hizo un completo silencio a su alrededor, en cuánto les vio entrar en la casa. Ángel y Susana, ella iba cogida de su brazo. Carolina sintió los nervios como un punzón en el estómago.

Airada, mordiéndose levemente el labio inferior, se remangó el vestido con una mano, y caminando con la cabeza erguida, se aproximó lentamente a ellos. Desde luego, Ángel ya la había visto, pero había optado por ignorarla mientras parloteaba con Susana.

-Buenas noches. –les saludó ella.

-Buenas noches. –contestó Susana. –Voy a saludar a unos amigos.

Carolina percibió la frialdad de Susana, pero le resultó indiferente. La muchacha se movió, y empezó a conversar con una pareja de ancianos que tenía a su derecha.

-Buenas noches, Ángel. –repitió Carolina, mirándole fijamente.

-Buenas noches.

-Susana parece molesta conmigo.

-¿Te sorprende? –replicó Ángel, serio. –Casi le rompes una pierna en la estación.

Carolina sonrió.

-Qué exagerado… además, yo no hice nada. No tengo la culpa de que sea tan torpe que se tropiece con todo… -repuso ella.

-Nunca cambiarás.

Carolina se encogió de hombros.

-Aún así has venido a mi fiesta. –objetó.

-Bueno… -él hizo una pausa. –Susana dijo que quería venir, y yo… sentí cierta curiosidad. Dada tu situación, es… llamativo que te atrevas a esto.

-Perdona, ¿Carolina?

Alguien la llamaba a su espalda. Ella maldijo que les interrumpiesen. Quién sabía cuándo podría hablar a solas con Ángel, después de todo, llevaba con él a ese estorbo de mojigata, y para colmo, les interrumpían. Ella se giró hacia quién la importunaba.

-Ah… hola… -dijo ella, con un tono de voz entre sorprendida y alegre.

Ángel frunció el ceño. ¿Quién era ese hombre? Era un tipo algo más mayor que Carolina, con un par de canas, apuesto y elegante. Nunca antes le había visto. ¿Quién era?

Ana bajó inmediatamente al recibidor en cuánto Azucena la avisó. Aún no se había desvestido, ni se había metido en la cama, porque las palabras que su padre había pronunciado aquella noche seguían resonando en su cabeza.

Se detuvo en seco al verle. Por fin había llegado, allí estaba Alejandro. Realmente aquél día, el día del regreso de su primo Esteban, había sido demasiado largo. Pero volvería a vivirlo con tal de tener allí a Alejandro.

Ella le sonrió, se sintió repentinamente aliviada, y se tiró a sus brazos. Alejandro la abrazó fuertemente, y Ana suspiró.

-Creí que nunca llegarías… -musitó ella, entre sus brazos.

-Créeme, yo pensé lo mismo.

Ana se separó, y le miró a los ojos.

-Por favor, marchémonos de aquí…

-¿A esta hora?

-Vamos a la playa, tengo tanto que contarte… -rogó ella.

Alejandro la contempló, y pasó un dedo índice por los labios de Ana, con ternura.

-¿Y tus padres? –le preguntó.

-No quiero hablar de ellos, no sé… no sé dónde están…

-¿No les voy a saludar?

-No es un buen momento. –repuso Ana, sintiendo un escalofrío al contacto de la mano de Alejandro en su rostro. –Vamos, yo te cuento por el camino.

Él la vio hablar con aquel hombre un buen rato. La vio riendo y coqueteando, conocía a la perfección aquel juego porque él había sido víctima del mismo.

-Ángel… ¿quieres bailar? –le preguntó Susana, sacándole de su ensimismamiento.

-Sí, claro. –dijo él, dejándose llevar.

Ella le tomó de la mano, y le llevó al centro de la sala con el resto de parejas, dónde se estaba bailando. La fiesta estaba resultando todo un éxito. Pero él sentía aquella desazón insoportable, y se arrepintió de haberse presentado. No entendía bien porque había aceptado ir, siempre deseaba dejar de verla, alejarse, pero al final, terminaba en el mismo lugar en el que Carolina estaba. Era un mal vicio.

-Estás tan ausente… muy lejos de mí. –protestó Susana, dulcemente.

Ángel hizo un esfuerzo por sonreír.

-Estoy bien. Hay que ver qué linda estás esta noche… -le dijo.

-No, no lo estás. –discrepó ella. –Es por esa mujer, ¿verdad? ¿Qué es lo que yo no sé?

-De verdad que no…

-La forma en que os comportáis es muy extraña, Ángel. –añadió Susana. –No creas que no me doy cuenta.

-No sé de qué me hablas. –contestó él, fingiendo no entender.

Ella hizo una mueca.

-El modo en que os miráis, os habláis… parece que estáis en guerra. –ella hizo una pausa. –Pero, sin embargo…

Susana dejó morir la frase. No quería pensar en eso, en lo que en realidad le rondaba en la cabeza. Quería pasarlo por alto.

-¿Qué? –inquirió él.

Susana sacudió la cabeza.

-Nada, prométeme que intentarás disfrutar de la fiesta. –pidió.

-Lo prometo.

Ángel levantó la vista, y siguió con la mirada a Carolina y a aquél sujeto. Los dos se alejaban entre los invitados, con dirección a la escalinata. ¿Era posible que se fuesen a las habitaciones? Su atormentaba expresión alarmó a Susana.

-¿Qué sucede? –indagó ella.

Él ni siquiera la miró al contestarla.

-¿Puedes esperarme un momento?

Y antes de que Susana respondiese, él ya se había mezclado entre todos y había desaparecido.

Ana tomó aire, y el sabor a mar la embargó. Se sintió más relajada. Alejandro no le había soltado la mano en todo el camino, y tampoco la había importunado con estúpidas preguntas, porque sabía perfectamente cómo estaba, y no era necesario hablar de ello. En cambio, sí había cosas que él quería saber. Pero iba a esperar a que ella se decidiese a hablar.

-La playa siempre es el mejor lugar para refugiarse, ¿no crees? –comentó ella, algo distraída y perdida en sus pensamientos.

-Sí, siempre que uno no se esconda. –opinó él.

Ana se detuvo, giró la cabeza, y le miró. Alejandro se sintió morir ante esos ojos verdes.

-Han pasado tantas cosas… -murmuró ella.

-Yo aún no lo creo, Ana. –confesó Alejandro, lo más sereno que pudo. Quería consolarla, y el sentimiento de impotencia se apoderó de él. –Daniel… era como un hermano para mí…

Ana apartó la vista, disimuladamente. No quería enseñar sus lágrimas.

-Alex, mi hermano era… -su voz se le quebró, y tragó saliva. –Lo que mantenía en pie a mi familia… él era el bueno, el tranquilo, el dulce… todos le escuchábamos porque siempre fue más maduro que nadie, era el que compensaba mi mal genio, mis errores… él siempre lo hacía todo bien…

Alejandro levantó una mano, y la llevó hasta la mejilla de Ana, haciéndole una caricia.

-¿Por qué dices que era lo que mantenía en pie a tu familia? –inquirió.

-Porque ahora que no está, todo es un caos…

-Sería igual de faltar cualquier otro… siempre habéis estado muy unidos los cuatro, Ana. Al faltar uno, el resto de las piezas del castillo se vienen abajo. –comentó.

Ella se encogió de hombros. Suponía que tenía razón.

-Es posible. –aceptó ella. –Pero no soporto ser yo quién esté pasando por esto. Me viene grande, no puedo con ello… ni puedo con mis padres.

Alejandro la abrazó, porque no encontró otro modo. Al percibir el suave cuerpo de Ana temblando, se le encogió el corazón. Ana apretó las manos a su chaqueta, y se derrumbó por completo. Era lo que necesitaba sin duda. Cayó de rodillas sobre la arena, empujando con ella a Alejandro, y así, abrazada a él, ella pudo llorar en lágrimas todo lo que había estado aguantando.

Ángel se quedó fuera, esperando algunos segundos, estupefacto. El corazón le latía deprisa. Carolina se había encerrado en la habitación con aquel hombre. No sabía qué hacer… ¿para qué les había seguido? ¿Qué le importaba? Dio varias vueltas por el pasillo, agitado, nervioso. ¿Qué hacer, qué hacer? Desde luego, no podía dar media vuelta y volver a la fiesta. No. Así que, actuó.

Giró el pomo de la puerta, y entró en la habitación sin reflexionarlo ni dos minutos.

La escena que encontró le hizo escapar una exclamación de indignación. ¡Carolina estaba besando a aquel hombre!

-¿Qué demonios…? –soltó Ángel, petrificado al comprobar que había acertado en sus sospechas.

Carolina empujó al tipo en cuestión, y le miró, fingiendo una vergüenza que ella no sentía.

-¿Cómo se atreve a entrar sin llamar? –le espetó ella.

-¿Quién es…éste? –le preguntó Ángel.

El hombre se acomodó la chaqueta, y alzó la voz, muy dignamente.

-Soy Federico Stuart y…

-Y me da igual. –le interrumpió Ángel, furioso. –Salga de aquí inmediatamente. ¿Le parece bonito abusar así de una… dama?

A Ángel le costó bastante pronunciar la última palabra, y sino hubiese estado tan fuera de sí, es posible que se hubiese reído de la manera en que estaba defendiendo a Carolina.

-Yo no estoy abusando de nadie… a lo mejor usted lo ignora, pero ella es una mujer adulta, divorciada y…

-¿Y qué? –le preguntó Ángel, de muy mal genio, y en tono amenazador. – ¿Es que eso le da derecho a algo?

-Bueno, no es una… señorita. –dijo el otro.

-¿Ah no?

Ángel cerró el puño y lo estampó en el aristocrático rostro del tal Federico, tumbándole en el suelo.

Carolina se acercó a ellos, y empujó a Ángel.

-¿Pero qué haces? –le reprochó, enojada. –Es un gran amigo de la familia…

-Sí, eso ya lo veo. –replicó Ángel, con ironía.

Federico se levantó del suelo, ofendido, les miró alternativamente, soltó un resoplido, y abandonó le habitación rápidamente.

Carolina escudriñó con la mirada a Ángel, sopesando qué decir. Él se escudó e irguió la cabeza, en un gesto que manifestaba su intención de mantenerse a distancia.

-¿Cómo te atreves a entrar así aquí y a insultarme de esta forma? –habló ella.

-¿Yo te he insultado? –repuso él, sorprendido. –Te he defendido de caer en…

-¿En qué?

Ángel se mordió la lengua. Aquella condenada mujer…

-Soy una mujer libre, y tomo mis decisiones. –añadió Carolina. –Yo decidí estar aquí con él… y lo único que has hecho al aparecer así, es abochornarme.

-Dudo mucho que pueda abochornarte más de lo que ya tú misma lo has hecho. –le espetó él.

-¿Cómo dices?

Ángel dio una vuelta por la habitación, y tardó un par de segundos en contestar.

-Un bonito nido de amor… -comentó. –Realmente bonito, sí… por aquí podrían desfilar… no sé, ¿una docena más de amantes?

Carolina estaba soportando la reprimenda como podía, acallando su orgullo y su furia. Él lo sabía, e iba a seguir provocándola.

-Porque me imagino que sabes que ninguno de los hombres que están ahí abajo, compitiendo por ti, quiere otra cosa que… esta bonita habitación. –dejó caer él, sutilmente. –Ningún hombre que se precie tomaría en serio a una mujer como tú, divorciada… por muy de clase alta que seas, y por muy amables que sean contigo. No es como si fueses… viuda. Ellos te ven… algo así como a una ramera… aunque una ramera con mucha elegancia.

Carolina levantó la mano derecha, y le dio una furiosa bofetada. La mejilla de Ángel enrojeció.

-¿Y a ti qué más te da? –le increpó ella. –Debería de alegrarte, ¿no? Siempre has deseado lo peor para mí. Así que no veo porque tienes qué entrar aquí, como un príncipe al rescate…

-Yo no… -él titubeó. –No he venido a rescatarte.

-¿Entonces a qué?

-No sé… todo esto es una contradicción absurda. Me vuelvo abajo. No tengo por qué perder el tiempo en esta discusión. –concluyó él.

-De modo que, huyes. –objetó Carolina, sonriendo.

Ángel clavó sus ojos oscuros en ella.

-Yo no huyo.

-Eres un cobarde. Te niegas a aceptar lo que sientes por mí.

-Tú no mereces la pena, Carolina. –respondió Ángel, tan tajante como siempre.

-Por más que digas eso… -ella calló.

-¿Qué?

-Estás aquí. –prosiguió Carolina.

Ángel metió las manos en los bolsillos de su pantalón, y ladeó la cabeza.

-No eres capaz de hacer nada bueno. –dijo él. –Ni siquiera admites que le pusiste la zancadilla a mi prima.

-Yo no hice tal cosa.

Él esbozó una sonrisa.

-¿Lo ves?

-Pero te quiero. –dijo ella.

Ángel hizo una mueca. No debía de estar allí, no debía de haberse involucrado en esa conversación, ¿por qué?

Carolina estaba avanzando hacia él, y él allí seguía, parado como un idiota. Ella se puso de puntillas, y cuando estaba apunto de alcanzar sus labios, él dio un paso atrás. Ángel percibió la turbación de Carolina.

-¿Qué debo hacer? –musitó ella.

Acto seguido, Carolina se arrodilló en el suelo. Ángel no se esperaba eso, ni lo hubiese imaginado, así que cuando ella se arrodilló ante él, y se quedó quieta, él no supo cómo reaccionar.

-¿Qué… qué haces? –tartamudeó él.

-Pedirte perdón… ¿no es eso lo que quieres?

Ángel gruñó, y dio otro paso atrás.

-¿Qué intentas hacer? –preguntó, desconfiado.

-Te pido perdón por todo lo que te he hecho… -dijo ella, como si no estuviese claro.

Él suspiró.

-Un noble gesto. Pero esto no supone nada para ti. –replicó.

-¿Cómo?

Carolina no tenía prevista esa actitud.

Ángel sacó las manos de los bolsillos, y los cruzó sobre el pecho, con un ligero aire de indiferencia.

-Humillarte aquí, ante mí… puede que te suponga algo, pero quiénes realmente te importan, son ellos, todos los que están ahí abajo, en tu fiesta. –prosiguió Ángel, con voz firme. –Si al menos te humillases ante ellos… si viese un gesto de humildad y arrepentimiento en ti…

Carolina frunció el ceño.

-¿Qué esperas que haga? –inquirió.

-Que le pidas perdón a Susana por lo de la estación… delante de todos.

Ana se calmó lentamente. Estaba acurrucada sobre el hombro de Alejandro, sentados los dos sobre la arena. Apenas se distinguía nada en la oscuridad, la luna estaba llena y era la única luz en la playa. Pero el rumor del mar y la cercanía de Alejandro eran los mejores bálsamos para ella.

Él le acariciaba despacio el brazo, meciéndola con delicadeza. Llevaban así un buen rato.

-¿Qué ha pasado con tus padres? –preguntó él, intrigado.

Ana se movió, y se incorporó.

-No sé si son imaginaciones mías, o su matrimonio se está desmoronando…

La expresión de Alejandro cambió, mostrando su sorpresa. Estaba desconcertado.

-Tus padres se adoran, Ana. –repuso.

Ella suspiró, y aún en la penumbra, él vislumbró como sus ojos se llenaban nuevamente de lágrimas.

-Eso creía yo… pero es que… mi padre lleva toda la semana encerrado en la habitación que era de Daniel. Y hoy ha salido, y se han dicho cosas que…

-¿Qué se han dicho?

-Yo fui a Campo Real… -explicó Ana, que intentaba con dificultad hilar bien lo que quería contar, y desde el principio. –Porque mi primo Esteban regresó…

Alejandro asentía con la cabeza mientras la escuchaba.

-Entiendo. –comentó.

-Nos invitaron a cenar, pero mis padres no fueron, entonces yo me llevé a Isaura, a la vuelta nos acompañó mi tío… y yo estaba en la cocina con Meche, y les oí discutir.

-¿A quiénes? –inquirió él, muy atento.

-A mis padres y mi tío… o más bien, a mi padre con mi tío. Se dijeron cosas que no entendí, y que no me he atrevido a preguntar. –sollozó Ana. –No soporto más…

-Ana… mi Ana… ¿qué oíste?

Ella esperó unos segundos antes de contestar, mientras su voz se aclaraba.

-Mi padre le echó en cara a mi tío estar abrazando a mi madre, ella a su vez le reprochó a mi padre el haber estado encerrado todo este tiempo sin ayudarnos, y mi padre replicó que para eso está mi tío… y luego añadió algo que…

-¿Qué?

-Mi padre dijo que mi tío siempre nos había ayudado mucho, que de hecho había estado apunto de ser… mi padre. –soltó Ana, otra vez derrumbada.

Alejandro se sintió tan confuso que no supo cómo continuar la conversación. Tomó la mano de Ana, y se la llevó a la boca, dándole un beso muy suave.

-Ana, creo que… debes preguntarles.

-¿Yo hija de mi tío? –comentó ella, casi inconscientemente.

-Eso es imposible, Ana, eres igual que Juan, físicamente y en todo. –apuntó Alejandro. –Tiene que haber otra clase de explicación… tu padre está ofuscado, y con un dolor muy grande… tiene que haber una explicación lógica.

-Mira a mi hermano e Isaura…

-¿Qué pasó con ellos?

-Ay, Alex... hay tanto que tú no sabes…

Mónica vio la puerta entreabierta de la recamara de Daniel, la empujó, y entró dentro. Juan estaba sentado sobre la cama, cabizbajo, y muy ausente. No reconocía a su esposo, tenía un aspecto y un alma diferentes, estaba agotado y derruido. Juan no era ni la sombra de lo que era, y Mónica sintió un gran pánico a perder a su esposo.

Ella caminó hacia él, que levantó la vista y su mirada verde la recorrió por entera. Mónica sintió un escalofrío, y se paró justo delante de él.

-Juan… ¿qué has dicho? –le dijo, más entristecida que enfadada. -¿Qué le has dicho?

Las venas del cuello de Juan se tensaron. Estaba haciendo un esfuerzo por contenerse, pero finalmente, no pudo. El torrente de lágrimas que sembraron su rostro terminó de enternecer a su esposa. Juan se abrazó a su regazo, hundió la cabeza en sus faldas, y lloró sin tapujos.

-Lo siento, Mónica, lo siento… -murmuró.

Ella llevó una de sus manos a la cabeza de su esposo, y se la acarició con delicadeza. Su espesa mata de pelo negro ya tenía alguna cana.



Escrito desde Jun 29, 2008, 6:29 PM
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