Capítulo LXIII

by Cris (no login)

 
Dolores abrazó a Mónica en cuanto ésta le abrió la puerta. Estefanía se quedó tras su madre, sosteniendo el par de maletas que habían llevado. Buscó con la mirada a Ana, pero no la encontró allí. Sin embargo, Juan se acercó a ella, y la saludó amablemente. Para entonces, Mónica y su madre ya se habían separado la una de la otra.

-No tenías que venir, Dolores... -habló Mónica.

-No digas tonterías, Mónica, esto que ha pasado es demasiado grave. -puntualizó Dolores. -Ni siquiera hemos ido aún a la pensión. No podía esperar a verte.

Mónica asintió con la cabeza, verdaderamente agradecida.

-Gracias, Dolores. -dijo Juan. -Mónica, acompaño a Don Noel a su casa.

Mónica se apartó de la puerta, y dejó que Juan saliese con Don Noel.

-Querida Mónica, supongo que sobra preguntar cómo estás. -se expresó Dolores. -Pero, ¿puedo hacer algo por ti?

Mónica se encogió de hombros.

-Con que estéis aquí, es suficiente. -respondió ella. -Y no hace falta que vayáis a la pensión, podéis quedaros en mi casa sin ningún problema.

-Ah, no, no... No queremos molestar y más en un momento tan terrible como éste. Quiero estar cerca de vosotros, pero sin ser vuestros huéspedes.

-Pobre Dani... -murmuró Estefanía, casi inconscientemente.

Mónica volvió a asentir con la cabeza, y tuvo que reprimir las lágrimas. Estefanía se arrepintió en ese momento de haber abierto la boca. Y Dolores reaccionó abrazando nuevamente a Mónica.



Isaura entró en la habitación de Ana, dónde está se encontraba. Había huido también de los brazos de Esteban en cuánto había sido consciente de encontrarse en ellos.

Ana estaba sentada sobre la cama, y parecía pensativa. Sonrió a su amiga en cuánto la vio.

-Isa...

-Llueve. -comentó ella, desorientada.

-Ya lo veo. Estás mojada. -contestó Ana, escrutándola con la mirada. -Mis padres y mi padrino se han quedado muy extrañados con tus palabras. ¿Cómo es eso de que no quieres la herencia de mi hermano?

Isaura se sentó con ella, sobre la cama. Bajó la vista, abatida.

-No quiero vuestro dinero, ni siquiera el de él. -dijo.

-Pero Isaura...

-Vamos, Ana, ¿qué clase de cínica crees que soy? Mi hijo no era de él.

-Eso lo saben mis padres, y aún así consideran justo que recibas lo que mi hermano te deja. Era su deseo, y todos lo respetamos. Además, creo que te lo mereces. -argumentó Ana, decidida.

Isaura levantó la cabeza, y fijó sus ojos en su amiga.

-¿De verdad? -preguntó, en desacuerdo. -Lo que tus padres ignoran es quién es en realidad el padre de mi hijo. Creo que eso les daría una perspectiva diferente de la situación. No quería el dinero de Daniel, le quería a él. Y jamás aceptaría una parte de Campo Real, no estoy tan loca todavía.

Ana contempló su propio vestido negro, y tomó aire. Tardó algunos segundos en volver a hablar. No quería discutir con ella, pero estaba convencida de que Isaura debía de aceptar lo que Daniel había decidido dejarle.

-No te olvides de que tu hijo es hijo de Esteban y es el legítimo heredero de una parte de Campo Real. -objetó Ana.

-No quiero nada que venga de ellos, ni siquiera para mi hijo. Y es mi última palabra. -afirmó, tajante.

-Que terca eres...

-También tú. -protestó Isaura, irritada.

-Y bueno, ¿de qué vas a vivir? ¿Cómo mantendrás a Gabriel? -la interrogó Ana, exasperada.

-Trabajaré. -contestó Isaura.

-¿De qué? ¿De sirvienta otra vez?

-No lo sé. Tampoco es tan grave, es lo que soy. -replicó ella.

-No. -discrepó Ana. -Eres la viuda de mi hermano, te mereces mucho más que eso.

-Estar casada con tu hermano fue un bonito cuento de hadas que no duró más que un sueño. Ahora debo de volver a la realidad. -agregó Isaura, con los ojos húmedos.

-No tiene por qué ser así.

-Encontraré un empleo lejos de los Álcazar, no quiero su dinero.

-Yo también soy Álcazar, no te olvides. -se quejó Ana, ofendida.

Isaura volvió a ponerse en pie.

-Lo sé, Ana. Lo siento, yo...

-Puedes trabajar en la escuela de Campo Real, y mantener a tu pequeño con el dinero que te paguen, si eso es lo que quieres. -sugirió Ana, que empezaba a ser consciente de que sería imposible convencerla.

-Ni hablar. Sigue siendo dinero de ellos. -se negó Isaura. -Y tú no vas a cobrar por eso, ¿por qué yo sí?

-Que orgullosa y testaruda eres... -dijo Ana, vencida, y suspiró. -Al menos, quédate en esta casa hasta que encuentres trabajo y puedas mantenerte. O, ¿Piensas volver con tus padres?

Isaura sonrió.

-De acuerdo. Eso sí lo acepto. Porque quiero que la casa de Dani y todo lo demás, sea para ti. Y por otra parte, vivir en esa casa es una tortura con los recuerdos.

-Entonces no se diga más, te quedas aquí por el momento. -concluyó Ana, contenta de haberse salido con la suya al menos en eso.

-Pero no mucho tiempo, no quiero abusar.

La puerta de la habitación estaba entreabierta, pero aún así, tocó antes de pasar.

-Adelante. -mandó Ana.

Estefanía asomó en el lugar, y antes de que pudiese decir nada, Ana ya se había levantado y había corrido a abrazarla.



Juan se presentó en Campo Real tras acompañar a Don Noel hasta su casa.

Aquello no le resultaba fácil. Tragarse su orgullo siempre había sido difícil, pero hacerlo ante su hermano, lo complicaba aún más. Incluso a estas alturas de su vida, agachar la cabeza ante Andrés y reconocer que había metido la pata, no era fácil. No, no lo era.

Cruzó la hacienda andando apresuradamente, decidido y resuelto a hacerlo lo más rápidamente posible.

Solicitó ante una criada hablar con Andrés, y ésta le condujo hasta su despacho. Allí se encontraba Andrés, como era habitual, entre papeles y documentos.

-Buenos días, Andrés. -habló Juan.

Su hermano no se movió del asiento, pero le hizo un gesto con la mano indicándole que se sentara.

Juan pasó, y se acomodó en una silla, frente a Andrés.

-Buenos días. -contestó Andrés. -Me alegra ver que sigues fuera de esa habitación. ¿Deseas algo?

Juan notó por su tono de voz que Andrés todavía estaba molesto. Era educado, pero estaba molesto. Y no podía reprochárselo.

-Andrés, sabes cómo soy. La clase de genio que tengo, y lo necio que puedo llegar a ser. -comenzó Juan.

-¿Y eso que significa? -preguntó él.

-Sabes por qué estoy aquí. -prosiguió Juan. -Por favor, te pido que no me lo pongas más difícil.

Andrés suspiró, resignado.

-¿Estás aquí por qué...? -inquirió.

-Porque lo siento, y porque nunca debí hablarte cómo lo hice. -soltó Juan al fin, y se sintió aliviado.

-No, no debiste hacerlo. -opinó Andrés. -Y si no te di un puñetazo fue porque sé que lo que estás pasando te supera.

Juan asintió con la cabeza. No quería hablar de ningún modo del tema de Daniel porque sabía que se desplomaría. Eso era algo que sólo había podido hablar con Mónica, e incluso con ella, había resultado demasiado duro.

-Juan, -añadió Andrés. -Lo único que siento hacia Mónica es un gran respeto y cariño. Igual que hacia ti y toda tu familia. Sois la única familia que tengo... y aunque en un tiempo eso se borró, es cierto, y te lo dije una vez, que fuiste el único amigo que tuve en la infancia. Y eres mi hermano... y además de todas esas razones, quiero a mi esposa. Jamás volvería a cometer un erro...

Juan levantó la mano, pidiéndole que se detuviera.

-No te expliques más, Andrés. -le interrumpió. -Lo que dije, lo dije para descargar mi furia, estabas allí, y te tocó a ti. Lo lamento, de verdad.

Andrés sonrió, y se apoyó sobre la mesa.

-Pediré un par de cafés. - dijo.



Antes del almuerzo, Isaura trasladó sus cosas nuevamente a la casa de Mónica y Juan, y volvió a instalarse en la habitación que había estado usando junto a Gabriel. Comieron con Dolores y Estefanía, y se sintió más tranquila.

Después de la comida, que se prolongó debido a los invitados, todos se retiraron a descansar, y entonces Ana le pidió a Mónica hablar con ella, a solas.

Las dos se encerraron en la habitación de Ana. Mónica estaba expectante, aunque intuía de qué se trataba. Ana dio un par de vueltas por el cuarto, no sabía muy bien cómo iniciar la conversación, y buscó un tema menos espinoso.

-Me ha gustado ver a Dolores y Estefanía, ¿a ti no? -comentó ella.

Mónica estaba sentada en una silla, con la espalda erguida y con toda su atención puesta en Ana.

-Claro que me ha gustado. Dolores ha dicho que se quedará unos días en San Pedro, y que piensa sacarme a pasear, y hacerme compañía.

Ana sonrió.

-Es una mujer maravillosa. -apuntó ella.

-Lo es. -corroboró Mónica, que continuaba esperando. -¿Qué pasa, Ana?

-Anoche vino Alejandro. -contestó ella, jugueteando con sus manos. -No os lo dije porque era tarde... me fui a la playa con él.

-Hija...

-No me regañes, por favor. -pidió Ana. -No sabes cuánto necesitaba verle.

Se hizo un largo silencio entre las dos. Mónica analizaba con la mirada a su hija, cómo si supiera exactamente lo que le rondaba en la cabeza.

-Tú no quieres hablarme sólo de esto. -dedujo.

-Es cierto. -reconoció Ana, en voz baja, y continuó con cierta timidez. -Mamá... papá dijo algo, le dijo algo a tío Andrés y yo... no he dejado de darle vueltas. No sé cómo preguntártelo, pero creo que lo mejor es que lo haga a que me quede con esta extraña sensación de no saber... algo importante acerca de mi propia familia. Algo de lo que nunca habéis hablado antes.

Mónica sabía antes de que su hija lo expusiese, que eso era de lo que necesitaba hablar. No se sintió sorprendida, pero sí algo incómoda, y hubiese preferido equivocarse. No tenía muchas ganas de tocar ese tema, y menos en unos momentos cómo ésos. Pero también supo que al fin y al cabo, lo mejor era que Ana conociese toda la historia de su familia.

-Explicártelo me va a llevar un tiempo. -comentó Mónica. -Siéntate.

Ana titubeó, y se sentó en el borde de la cama, observando a su madre con sus expresivos ojos verdes.

-¿Es cierto que... que tío Andrés pudo ser... mi...?

-No. -se apresuró Mónica. -No exactamente.

Ana tragó saliva, y apoyó una de sus manos en la madera de su cama.

-Tienes que saber la historia desde el principio. -empezó Mónica. -Mucho antes de conocer a tu padre, yo estuve prometida con tu tío Andrés...

Carolina cerró la puerta de su casa tras ella. Guardó la llave en su pequeño bolso color pastel, y se colocó el sombrero con la otra mano. Se remangó levemente su vestido de tarde, y se dispuso a avanzar por las calles de la capital. Pero entonces, un hombre la detuvo sujetándola por un brazo, y ella dio un respingo. Sonrió inmediamente al comprobar quién era.

-Ángel... venías a visitarme. -dijo ella, alegremente. -¿Quieres pasar?

-No es necesario. Lo que tengo que decirte puedo hacerlo en la calle. -contestó él, con sequedad.

Carolina le contempló disimuladamente, mientras ellos caminaban despacio por la calle. Ángel llevaba su tradicional coleta, un traje oscuro, botas, y todo eso era acompañado de un ligero aire altivo del que había estado desprovisto en la fiesta.

-Bien. Parece urgente. -dejó caer ella ante su silencio. -Estoy intrigada. Y encantada de verte, me gustó cómo te despediste de mí la última vez que te vi.

Carolina extendió una mano, dispuesta a cogerle del brazo sin reparo alguno, pero él la retiró rápidamente, y guardó ambas manos en los bolsillos de sus pantalones.

-¿Qué pasa? -insistió ella. -La última vez que te vi no estabas tan arisco.

-Sí, lamento haber hecho lo que hice.

Ella se sintió confusa, y también agotada.

-Estoy harta de esta relación de perro y gato que tenemos. -confesó ella.

-Yo también. Por eso he tomado una decisión, y quería comunicártelo para terminar con esto. -dijo él.

Ángel se detuvo, y la miró a los ojos.

-Voy a casarme con Susana. -le espetó. -Después de la fiesta, me decidí al fin y le pedí matrimonio. Es definitivo, su familia está feliz.

Su expresión de perturbada sorpresa hizo que Ángel apartase la vista de sus ojos. Carolina no podía creerlo, al final Nicolás tenía razón en lo que había dicho.

-¿Y por qué me lo cuentas? -le increpó ella.

-Para que dejes de perseguirme.

-No fui yo quién te besó en la fiesta. -repuso Carolina, furiosa.

-Pero lo preparaste todo para que lo hiciera.

¿Era posible que lo supiera?

-¿Cómo dices? -inquirió ella, para asegurarse.

-Intentaste darme celos, manipularme y agradarme pidiéndole perdón a Susana...

-¡Me costó mucho hacer eso! -chilló Carolina, fuera de sus casillas. -No puedes hacerme esto... no puedes volver a comprometerte con otra que tampoco quieres... sé que tampoco te casarás.

-Esta vez, sí lo haré. Ella sí me importa. -aseguró él.

Carolina cerró los puños y los levantó, intentando pegarle. Aquello la había descontrolado por completo. Pero Ángel la detuvo interponiendo sus brazos en medio, y unas lágrimas asomaron en los ojos de Carolina.

Ella bufó, le empujó, y salió corriendo. Ángel la vio irse, y de algún modo, volvió a dolerle. Miró a su alrededor, algunas personas se habían parado a observarles. Él las sonrió, despreocupada y amablemente, y echó a andar.



-¿Tía Aimeé hizo eso? -preguntó Ana, perpleja.

A Mónica no le extrañó el interés que su hija estaba mostrando en el relato. Hasta para ella hablar del tema le volvía a traer recuerdos y viejos sentimientos... parecía estar viviéndolo de nuevo al explicárselo a Ana. Tenía que ser cuidadosa para que ella no juzgase muy duramente a sus tíos.

-Así es. -le respondió.

-¿Tía Aimeé se casó con tío Andrés queriendo a mi padre, y aún así, pretendía tenerle de amante? -continuó Ana, que no lo encajaba.

-Tu tía era muy egoísta, no puedo defenderla. Sí te diré, en cambio, que fue muy infeliz y murió siendo muy desdichada. -añadió Mónica.

-No me creo que fueseis tan diferentes.

Ana se pasó una mano por la frente, pensativa. Mónica comprendió que era demasiada información para procesar, y ni siquiera habían llegado a la mitad de la historia.

-Hay algo que no entiendo... ¿tú te casaste con papá sólo para impedir que mi tía engañase a tío Andrés? -prosiguió Ana, que se negaba a aceptar tal cosa. Siempre había visto demasiado amor entre sus padres.

-Una vez hace tiempo te dije que había querido a alguien, y después había llegado tu padre, ¿recuerdas? -dijo Mónica, y le sonrió. -Me casé con tu padre porque me gustaba pero no me atrevía a aceptarlo, y los motivos que pusimos fueron una excusa. Ya casados, me enamoré profundamente de él, y lo sabes.

-¿Papá dijo que tío Andrés pudo ser mi padre porque estuvisteis comprometidos?

Una mentira, sólo tenía que decir que sí, y Ana quedaría convencida sin descubrir las miserias de su tío, sin conocer aquella pesadilla que se había desatado entre Andrés y Juan hacía tantos años. Sólo hacía falta una mentira de Mónica, y en cambio, no fue capaz de decirla.

Ana adivinó en los ojos azules de su madre cierto disgusto.

-¿No fue por eso? -insistió.

-No. Déjame seguir, y llegaremos a ese punto de la historia.



Carolina deambuló por las calles de la capital durante horas. No alcanzaba a entender la mala suerte que había tenido desde su matrimonio con Alejandro, porque desde entonces, todo había ido mal. Ella siempre lo calculaba y ataba todo, no dejaba un sólo detalle al azar, y siempre se salía con la suya.

Ahora todos le daban de lado, y estaba sufriendo. Sí, sufría por ese imbécil de Ángel que ni siquiera la merecía, y también había sufrido por la indiferencia de Alejandro.

Tenía en mente hacer algunas compras, pero volvió a casa sin haber pisado una tienda.

Cuando entró de nuevo en su enorme y fría casa, el corazón se le encogió y estuvo apunto de echarse a llorar. Pero ella no solía llorar delante de los demás, y allí estaba su hermano Nicolás.

Ella caminó hacia él con desgana. Nicolás estaba parado en medio del recibidor, era obvio que él también acababa de llegar.

-Tenías razón. -le dijo ella.

Nicolás frunció el ceño, no recordaba de qué le hablaba.

-Ángel se va a casar con su prima. -añadió Carolina, con voz lánguida.

-Lo siento, pareces afectada.

Carolina se mordió el labio inferior, y luego cerró los ojos, apretándolos fuertemente. Le dolía la garganta porque estaba reprimiendo el llanto.

-Carolina... -murmuró Nicolás.

Entonces, su hermana le abrazó. Nunca le había abrazado, quizás una o dos veces cuando eran niños, pero nunca le abrazaba ni se mostraba afectuosa, lo que descolocó a Nicolás.

-Realmente estás mal... -comentó él, abrazándola también.

-Tienes que hacer algo para defenderme. -soltó ella. -Eres mi hermano, no puedes dejar que se burlen así de mí. Me ha utilizado...

Nicolás se separó de su hermana unos centímetros y la miró a los ojos.

-¿De qué hablas?

-Se... aprovechó de mí... sé que es tu amigo, y sé que yo estaba casada, pero no puedes permitir que... me use así.

-¿Qué quieres que haga? -preguntó él.

-Que me defiendas, que te vengues de lo que me ha hecho. -explicó ella, y su voz se endureció. -No me importa siquiera si tienes que matarlo.

Ana se quedó callada. Mónica la observaba, estaba intrigada, deseando saber que sentía su hija después de lo que le había contado. Se había quedado tan atónita que no reaccionaba. Eso preocupaba a Mónica.

-Ana, hija... dime algo. -pidió Mónica, impaciente.

-Tío Andrés intentó violarte. -dijo Ana, que había resumido en una sola frase lo que su madre le había contado con millones de rodeos y palabras que suavizasen el hecho. -El odio que le tenía a mi padre hizo que intentase violarte... y le perdonasteis, y mi padre le salvó de ese terremoto. Es algo que no entiendo, y que yo no habría hecho.

La preocupación de Mónica aumentó. Quizás había sido un error esperar que Ana asimilase la información y la olvidase tan rápidamente, y sin problema.

-Es hermano de tu padre, Ana. Es tu tío, le conoces, y le quieres. -argumentó Mónica. -Dices esto porque lo que te he contado no lo esperabas, y te he dejado... indignada.

Ana levantó la vista, y miró a su madre con algunas lágrimas asomando en sus ojos.

-He visto algunas cosas de mi tío que no me han gustado, cómo se portó con Isa, pero... siempre traté de verlo de otro modo para no creer que fuese tan mezquino en realidad. Ya veo que sí lo es.

-¿Con Isaura? -preguntó Mónica. No sabía de qué hablaba su hija.

Ana se dio cuenta de que había metido la pata. Si Isaura hubiese estado presente la habría matado por abrir la boca.

-Nada, mamá... simplemente vi rasgos de clasismo en mi tío. -contestó, algo nerviosa.

-Ya veo, bueno, tu tío se educó como lo hizo y aunque los años le han hecho bastante tolerante, cierto es que... conserva algunos principios equivocados en su manera de pensar. -aceptó Mónica. -Pero para tu tío somos importantes, nos quiere.

-Ahora entiendo porque papá le dijo eso.

-Tu padre estuvo muy desafortunado en sus palabras. -discrepó Mónica, enojada porque Ana viese lógica la reacción de Juan. -Él es tu padre, y no tiene ninguna duda de eso, Andrés nunca me tocó.

-Lo sé, mamá. Te creo. -afirmó Ana, que temió que su madre dudase de eso. -Es sólo que mi tío se portó demasiado mal como para perdonarle.

-Pero lo hicimos. -discutió Mónica. -Y cuando se perdona o se hace de corazón, y no se vuelve a sacar el tema, o no es tal perdón. Lo que le dijo tu padre fue muy injusto.

-Lo que hizo mi tío fue lo injusto. ¿Por qué le defiendes? -la atacó Ana.

Mónica bufó, apunto de perder la paciencia con Ana como le solía ocurrir con Juan.

-Eres igual que tu padre. -gruñó. -El rencor es una mala enfermedad, Ana. A tu tío le consumió hasta que casi no dejó nada.

-Porque era un necio que no quería ver la realidad. Tía Aimeé fue la culpable de todo, lo tuvo delante de sus narices todo el tiempo, y aún así prefirió martirizaros.

-¿Es que no me has oído? -protestó Mónica, levantándose de su silla. -Tu tío sufrió muchísimo. No le justifico, pero le perdono. Y tu padre también lo hizo, gracias a eso tenemos una familia.

Ana sonrió con ironía.

-Sí, ya veo... -dijo, con la misma sorna que hubiese utilizado Juan. -La que también fue maravillosa fue Sofía... desde luego, de tal palo, tal astilla.

-¡Basta ya, Ana! -chilló Mónica. -Te estás ofuscando.... no debí de contarte nuestra historia. Si nunca os la contamos fue precisamente por esto.

Ana sintió una pizca de resquemor por su madre, una pizca de empatía.

-Lo siento, mamá. Yo quiero a tío... pero...

-¿Qué?

-No me imaginaba que hubieseis pasado por algo así. -dijo. -Es bonito, muy bonito como vuestro amor salió a flote... pero también es muy terrible cómo os heristeis todos.

-Tú también lo estás teniendo difícil con Alex. -expuso Mónica. -Y seguramente cuando os caséis y tengáis hijos, y les contéis vuestra historia, no os gustará que os juzguen por haber estado juntos mientras él estaba casado con otra...

Había dado en el clavo. Con aquello, Mónica había dado en el clavo. Ana bajó la cabeza, avergonzada.

-Tu tío no es mala persona, pese a todo. Sufrió, y pagó sus errores. No le juzgues. -rogó Mónica.



Alejandro estaba en el despacho de su abuelo cuando Ana irrumpió con la misma fuerza de un vendaval. Don Noel le había pedido que le ayudase a ordenar sus papeles, tirar algunos que no servían, y guardar otros. Su abuelo había salido, y él se había quedado allí. Se sorprendió al ver a Ana.

Ella dejó los guantes y el bolso en una silla, y se colocó un par de rizos que resbalaban rebeldes por su cara.

-Tu madre me dijo que estabas aquí. -habló ella.

Alejandro la miró, y se levantó de su silla después de recoger una carpeta que se le había caído al suelo. Se acercó a ella, y sonrió.

-Vienes muy apurada... -comentó él. -¿Tantas ganas tenías de verme?

Ana le devolvió la sonrisa, y durante un segundo, se le olvidó todo lo que la agobiaba.

-No estoy para bromas.

Él se puso serio.

-¿Qué ocurre? -preguntó.

Antes de contestar, Ana echó un vistazo al lugar. El despacho de Don Noel era casi como él, inalterable al paso del tiempo. Ese lugar siempre le había resultado agradable, desde niña, y siempre había conservado el mismo humilde y servicial mobiliario. Ahora sabía que también parte de la increíble historia de sus padres había transcurrido allí.

-¿Recuerdas lo que te conté, lo que mi padre le dijo a mi tío que me tenía tan alterada? -habló ella.

Alejandro asintió con la cabeza, y continuó escuchando.

-Mi madre me lo ha explicado todo hoy... me armé de valor, y le pregunté. Y fue más de lo que hubiese querido saber. -explicó Ana, abrumada.

Los ojos negros de Alejandro la observaron con meticulosidad.

-¿Lo que tu padre dijo tiene fundamento? -inquirió él.

-Es una historia muy larga y truculenta, he sabido cosas que ni sospechaba... y por resumirlo de algún modo, sí, tiene cierto fundamento. -contestó Ana.

-¿Quieres hablarme de ello ahora?

Ana negó con la cabeza.

-No. -repuso. -Estás ocupado, es largo de contar... ya te explicaré con tiempo. Sí me gustaría, en cambio, que me abrazases.

Alejandro sonrió, divertido, y con picardía.

-¿Has venido hasta aquí sólo para pedirme un abrazo?

Ella se encogió de hombros, reconociéndolo de modo implícito.

Alejandro abrió los brazos, y la acogió en ellos, con ternura. La abrazó largamente, y se dedicó a acariciar su espalda lentamente, de arriba abajo, algo que para ella resultó muy relajante. Unos escasos minutos después, Ana se apartó, y le miró.

-Tengo que ir a Campo Real, quedé con Esteban para ver lo de la escuela. ¿Quieres venir? –sugirió ella. –Hace tiempo que no le ves.

Hicieron el trayecto a Campo Real en un carruaje de Don Noel. A Ana siempre le había gustado el traqueteo del coche, y el paisaje que tenía el viaje a la hacienda. Veía por la ventana árboles gigantescos, caminos estrechos, campos, y el cielo azul, muy azul. El aire le sacudía el pelo ligeramente a través de las ventanas.

Pensó en Daniel, de repente, y se le hizo un nudo el estómago. Alejandro se ya había dado cuenta, y le cogió la mano, delicadamente.

-Te quiero, Ana. –le dijo, en voz baja.

Ella le sonrió.

Para entonces, el carruaje ya estaba entrando en la hacienda.

Esteban les esperaba allí. Saludó a Alejandro con un gran abrazo, y los tres se encaminaron al lugar escogido.

-Creo que te gustará, es una vieja casa de peones abandonada, renovándola, podrá convertirse en una buena escuela para los niños de los trabajadores. –habló Esteban.

Ana llevaba las faldas de su vestido negro levemente sujetas con las dos manos, para no arrastrarlas por el polvo del suelo.

-¿Crees que nos dará mucho trabajo arreglarla? –inquirió ella.

-Quizás. Pero podremos hacerlo rápido. –contestó Esteban.

Anduvieron un trecho largo, alejándose de la casa, y finalmente, se pararon delante de la construcción elegida. Era una casucha gris, vieja, y sucia. Desde luego, habría que cambiarla mucho para que pareciese una escuela.

Ana hizo una mueca, algo decepcionada. Esteban lo percibió, y sonrió.

-Es grande, Ana, nos dará trabajo, pero lo conseguiremos. –la alentó.

-Ya sabes que nunca ha sido muy paciente. –dejó caer Alejandro, con amabilidad.

Ana frunció el ceño.

-Ya lo sé. –repuso. –Pero más vale que empecemos ya. Sería mejor hacer nuevas las paredes, para eliminar la humedad, y encargar los pupitres y las mesas.

-Puedo pedirlos a la capital. –comentó Esteban.

Alejandro oyó unos pasos tras ellos, y se dio la vuelta para saber quién andaba por allí. Su desconcierto hizo que Ana girase también la cabeza.

Esteban continuaba hablando de la escuela cuando el silencio de Ana y Alejandro, hizo que se volviese hacia ellos.

-¿Qué os ocurre? –preguntó, y al levantar la vista, vio lo mismo que ellos.

¿Qué hacía el Tuerto allí? Parecía que buscaba a alguien, y caminaba a grandes zancadas. En cuanto los vio, su gesto cambió y se dirigió directamente a ellos.

-¿Qué hace aquí el padre de Isaura? –preguntó Esteban, desconcertado.

Un temor se apoderó de Ana, una gran intuición.

-No lo sé. –contestó ella, en un murmullo.

Antes de que pudiesen reaccionar, el Tuerto se plantó ante ellos. Con su eterno parche en el ojo, aquel hombretón, el mejor amigo de Juan, uno de sus más leales hombres, todo corazón, apretó uno de sus enormes puños y lo estampó, con una fuerza brutal, en la cara de Esteban.

Ana dejó escapar una exclamación ahogada, por la sorpresa y el susto. Alejandro se quedó clavado en el sitio, petrificado por la actuación del Tuerto.

Esteban había caído al suelo, derrumbado por el puñetazo, y desde allí, miraba terriblemente confundido a su agresor.

El Tuerto resoplaba, realmente estaba fuera de sus casillas, y le estaba costando muchísimo contenerse para no darle otro puñetazo a Esteban.

-Facundo, ¿qué…? –intentó preguntar Alejandro.

-¡Levántate! –chilló el Tuerto, ignorando a Alejandro, y mirando fijamente a Esteban.

El aludido se llevó una mano a la boca, tenía sangre en la comisura de los labios. Aturdido, miró al Tuerto, y continuó inmóvil en el suelo.

-¿Pero qué demonios le pasa? –le preguntó.

Facundo se irguió, y tomó aire, indignado.

-¿Y todavía te atreves a preguntar? –le soltó, agitando las manos. -¡Levántate para que arreglemos esto como dos hombres!

-¡No sé de qué me habla! –protestó Esteban, muy irritado.

-¿No lo sabes? –replicó el Tuerto, incrédulo. –A ver si te refresco la memoria con la paliza que te voy a dar…

Esteban apoyó una mano en el suelo, y se puso en pie, frente a él. Le dolía mucho la nariz por el puñetazo, y supuso que también empezaría a sangrarle en breve. Se colocó la chaqueta con ambas manos, y clavó sus ojos en el Tuerto, desafiante.

-Repito que no sé de que me habla. –le dijo.

-¡Tú eres el padre del hijo de mi niña! –exclamó el Tuerto, rojo de la ira, y con ansias de matarle. -¿Te vas acordando ahora?

Esteban no pudo contestar aquello, ni siquiera le salió una sola pregunta. Ladeó la cabeza, y fijó la atención en su prima. Ana había bajado la mirada, y evitaba cruzarla con la de él. Desde luego, quería que la tierra se la tragase.

Eso le sirvió a Esteban para comprender que las palabras del Tuerto eran ciertas. Sintió un agudo pinchazo en el pecho, acababa de descubrir un gran secreto.

El gran secreto de su vida.



Escrito desde Sep 7, 2008, 4:03 AM
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