Capítulo LXIV

by Cris (Acceso crispires)
Moderadoras

 
Meche entró en la recamara de su hija, y le dejó una taza de leche caliente sobre una mesita. Isaura tenía a Gabriel en brazos, y lo acunaba tiernamente para dormirle.

-Hija, tengo algo que contarte. manifestó Meche, seria.

Isaura atisbó la expresión de preocupación de su madre, y depositó cuidadosamente a Gabriel en la cuna. El niño ya estaba tranquilamente dormido, y sólo se oía su respiración.

-Dime, mamá. aceptó ella, expectante.

Meche cruzó los brazos, y tomó aire.

-Tu padre ya lo sabe todo. le comunicó.

Isaura guardó silencio.

-Tenía que saberlo. apuntó Meche.

Tras unos segundos de silencio, Meche decidió contárselo todo de golpe dado que Isaura parecía no saber qué decir o hacer.

-Y se ha ido a Campo Real antes de que pudiera decirle que él él no lo sabe. finalizó.

¿Su padre había ido adónde? ¿Para qué? Isaura clavó sus ojos en su madre, estaba desencajada.

-No es posible. ¿Por qué no le detuviste? le reprochó.

-Tu padre estaba fuera de sí, Isa, nunca le había visto así. se excusó Meche, consciente del miedo que su hija sentía. No quiso escucharme más, y salió a buscarle. Él no podía venir a hablar contigo, a ti no puede acusarte de nada y necesitaba descargarse

Isaura se dejó caer muy lentamente sobre la cama, y allí se quedó sentada, inmóvil.

-Dios mío -musitó. Mamá

-Esto tenía que pasar, Isaura. opinó Meche. Tarde o temprano. Y yo no podía ocultárselo a tu padre. Ese hombre lleva más de veinte años amándome y respetándome nos adora a las dos. Tenía el derecho de saberlo. No puedo mentirle, a él no.

Isaura no respondió. Su aturdimiento le impedía hablar, le impedía hasta pensar.



Ana logró calmar la furia del Tuerto con su habitual racionalidad, aunque le costó mucho. El hombre optó por irse, totalmente derrumbado, al tiempo que Esteban se adentraba en la casucha proyecto de la escuela.

Luego, Ana se dirigió a Alejandro. Con su sola mirada él entendió, no hizo falta siquiera que se lo pidiera.

-¿Quieres que te deje a solas con tu primo, verdad? supuso Alejandro.

Ana asintió con la cabeza.

-No pensé que consiguieses hacer que Facundo se marchase, estaba fuera de sí. agregó él.

-Entendió que mi primo está demasiado aturdido, al igual que él. ella hizo una pausa. Sé que esto es asunto de Isaura, y le corresponderá a ella arreglarlo pero tengo que hablar con mi primo. No puedo dejarle así.

Alejandro lo sabía. Colocó ambas manos en los hombros de Ana, y fijó sus ojos en ella. Eso provocó que ella se dejase llevar, y suspirase, aterrorizada por lo que sabía que iba a desatarse en su familia.

-Tranquila, ve con él. Me regreso a San Pedro, ya sabes dónde encontrarme. la alentó



Esteban se colocó de espaldas a la puerta, con los brazos cruzados sobre el pecho. Tenía la mirada perdida a través del ventanal de la vivienda. Ana le miró y sintió una oleada de comprensión y lástima por él.

-Esteban -le llamó, pero él no se movió un milímetro. Yo

-¿Por qué estás aquí? contestó él, en voz muy baja, y sin girarse hacia ella.

-Porque me preocupa lo que puedas estar pensando.

Él no respondió. Estaba demasiado lejos de allí. Se estaba volviendo loco. Todo tenía que ser una pesadilla, no era posible que regresase al lugar en el que su mundo había sido destrozado una vez, para que volviesen a destrozárselo nada más llegar. Era demasiado cruel.

-Esteban. insistió ella, que no pensaba darse por vencida tan pronto. Por favor, dime algo.

-¿Para qué? repuso él.

-Para que pueda ayudarte. contestó Ana, marcando cada sílaba, como si no fuese evidente.

-¿Es cierto, verdad? Lo que Facundo ha dicho es cierto.

Ana se encogió de hombros, suponía que a su primo no le quedaba ninguna duda real, pero quería oírlo de sus labios.

-Sí. musitó ella, a sabiendas de que le asestaba un golpe brutal.

Esteban aspiró una bocanada de aire, y luego lo exhaló. Seguía sin mirar a su prima.

-¿Qué vas a hacer? preguntó ella, llena de desasosiego. Sé que tienes millones de preguntas y dudas en la cabeza ahora mismo, y

-¿Es un niño? la interrumpió él.

Ana titubeó.

-Sí. dijo ella. Se llama Gabriel, y se parece a ti.

Esteban continuaba sin moverse, sin mostrar ningún sentimiento, ni ira, ni pena, ni emoción, ni desconcierto. Parecía una piedra de mármol, ajeno a todo. Estaba claro que no lo asimilaba.

-Querrás hablar con ella, está en nuestra casa -prosiguió Ana, que no sabía que era lo que su primo deseaba oír en ese momento. Mis padres aún no lo saben, los tuyos tampoco

-¿Tu lo sabías? preguntó él, y ella percibió como su tono de voz se había endurecido. -¿Lo sabías?

-Así es. aceptó Ana, avergonzada y cabizbaja. La vergüenza era un eufemismo de lo que ella estaba sintiendo ante Esteban. Lo sabíamos mi hermano y yo, únicamente.

Esteban descruzó sus brazos, y se irguió. Apretó los puños fuertemente.

-¿Por qué por qué no me lo dijiste, Ana?

Ana se mordió el labio inferior. Quería echarse a llorar. Desde que su hermano e Isaura habían hecho lo que habían hecho sin contar con su aprobación, y ella había optado por el silencio, sabía que algún día tendría que enfrentarse a Esteban, al igual que ellos. Ahora, ella también era responsable de la farsa. Y eso la estaba matando.

-No era asunto mío contártelo. explicó.

-Entiendo que Daniel no me lo contase, lo entiendo incluso de ella, o intento hacerlo más bien, digamos que imagino los motivos de ambos. replicó Esteban. Pero de ti, Ana de ti jamás

Su voz se había endurecido aún más. Él mismo había dejado la frase inacabada, ahora Ana sabía que Esteban se estaba conteniendo con ella.

-Lo siento. balbució ella, y se sintió aún más torpe e incongruente. Aquello no se arreglaba con un lo siento. Ellos me lo pidieron

-Creía que tú eras la rebelde de la familia. refutó Esteban. Creía que tú eras la de moral firme, e ideas fijas nunca pensé que te callaras algo semejante.

Ana suspiró. Estaba temblando ante su primo, su conciencia le estaba provocando un agudo dolor de cabeza.

-Lo sé. admitió ella. Sé que no tengo justificación posible, estoy aquí, agachando la cabeza ante ti. Esteban, quiero ayudarte.

-¿Por qué?

Ana frunció el ceño, desconcertada.

-¿Qué? ella sacudió la cabeza. Porque eres mi primo, eres mi familia

-¿En serio? inquirió él e hizo una pausa. Ambos sabemos que nunca he formado realmente parte de esta familia, de la gran familia Alcázar.

-¿Por qué dices eso? protestó ella, alterada.

-¡Porque de lo contrario alguien me lo habría contado! exclamó él, alzando la voz. Por ejemplo, tú misma que tanto me estás recordando que eres mi prima y que estás de mi lado.

-Yo sólo digo que

-¿Qué? preguntó él, y su voz sonó tan determinante que la calló.

Ana bajó la vista y calculó qué decir. Entonces, Esteban se giró, y ella, al fin, le vio la cara. Su primo estaba esforzándose en mantener la compostura, en mantenerse entero. No había lágrimas en sus ojos, pero su mirada era tristísima y le llegó a Ana al fondo del alma.

-Querido Esteban, tienes que creerme. insistió ella, con voz zozobrante. Te juro que siento mucho haber cedido ante ellos. Te quiero.

-No más que a tu hermano y tu amiga -protestó él, y una sonrisa cínica se dibujó en su rostro. Perdón, quise decir, cuñada.

-Todos hicimos mal, lo admito. Pero por eso no puedes poner en duda mi cariño hacia ti. Ni mis principios ni mi forma de pensar. replicó ella. Intenté por todos los medios que no se casaran, y que te lo contaran. Pero no era yo quién debía hablar.

Esteban bufó, y pasó por su lado, tropezando en ella levemente y zarandeándola. Ana giró sobre sí misma, y le vio dirigiéndose hacia la puerta.

-¿Dónde vas? ¿Qué vas a hacer? le interrogó, asustada.

-Voy a buscar a quién debe hablar.



Cuando Alejandro llegó a casa de sus padres, se encontró a Mariana esperándole en la sala, sentada sobre un sillón de color marrón claro. Notó por su rictus que algo sucedía.

Él se detuvo, casi instintivamente.

-Mamá, ¿qué?

Mariana se puso de pie en el acto.

-Tienes visita, y en honor a la verdad, no sé que decir. habló ella.

-¿Visita? ¿De quién?

Mariana suspiró, y dirigió la vista hacia las escaleras.

-La he acomodado en la habitación de invitados.

Alejandro frunció el ceño, y sus ojos negros adquirieron una expresión interrogativa.

-Alex, no quiero meterme en lo que no me llaman, y creo conocerte lo suficiente cómo para pensar que no es culpa tuya, pero dijo que es amiga tuya, y dado que te estás divorciando y esperando para casarte con Ana, no quiero pensar que además tienes amigas. puntualizó Mariana, hablando tan deprisa que no dejó opción a que su hijo le interrumpiese.

-¿Cómo?

Mariana abrió la boca para hablar y expresarse con mayor claridad, pero entonces ella apareció en las escaleras, asomando casi tímidamente. Miró a Alejandro, y habló.

-Hola, Alex. le dijo.

Alejandro la miró sin dar crédito a lo que veía.

-Tú aquí -balbuceó.

Qué boquita tan bonita, que ojos tan inocentes, que carita tan angelical pensó. Sí, la palabra que mejor definía aquel niño, era ángel. Y no era porque fuese su madre, realmente era un angelito. Bueno, dulce, suave. El único motivo de felicidad que tenía en su vida, aunque quizás no de orgullo. La manera en que había sido concebido y ocultado posteriormente, no la podían llenar de orgullo.

Si hubiese hecho las cosas de otra manera, pensó ella. Pero ya era tarde. ¿Qué iba a contarle a su padre, a los que habían sido sus suegros cuando le reclamasen? Pero sobre todo, ¿qué iba a contarle a él? Deseó salir huyendo otra vez, pero, ¿adónde? No había lugar en el mundo en el que pudiese esconderse esta vez.

Cuando oyó tocar en la puerta, el corazón se le paró en el pecho. Sintió la cabeza pesada, embotada. Era él. Allí estaba.

Mónica le había abierto la puerta, y antes de que Isaura pudiese erguirse sobre la cuna de su hijo, Esteban había llegado a la recamara.

Advirtió su mirada sobre ella, y oyó su respiración y sus pasos, pero no le oyó hablar. ¿Qué debía hacer, girarse y mirarle? Le temblaba cada fibra de su cuerpo.

Entonces, Isaura oyó la voz de Mónica, que parecía fatigada. Estaba claro que había subido las escaleras corriendo tras su sobrino.

-Esteban, ¿qué pasa? ¿Qué haces aquí? le interrogó Mónica, inquieta por lo que percibía.

-Déjame a solas con ella, tía. le oyó decir Isaura a él, en tono seco.

-Pero

-Por favor, es importante, y urgente. aquí su voz pareció endulzarse hacia su tía. -¿Confías en mí, verdad?

-Está bien. aceptó Mónica, con cierta pesadumbre.

Segundos después, la puerta se cerró, y un completo y helado silencio inundó la habitación.



Ana fue a casa de los padres de Alejandro, buscándole a él, porque no sabía en quién más refugiarse.

En su casa aparecería Esteban hecho una furia, y se desataría una tragedia de proporciones casi griegas.

Afortunadamente para ella, fue Alejandro quién le abrió la puerta.

-Menos mal que te encuentro -comentó ella, mientras pasaba al interior de la casa.

Alejandro permaneció callado, y la siguió hasta la sala tras cerrar la puerta.

-¿Están tus padres? preguntó ella.

-Mi padre todavía no ha llegado, y mi madre está en su cuarto. respondió él. -¿Cómo te ha ido con tu primo?

-Fatal, como era evidente está muy dolido, temo lo que pueda hacer. explicó Ana, con vehemencia. Más bien, temo lo que pueda estar haciendo, porque ha salido disparado hacia mi casa. Alex, no sé que hacer.

-Entiendo. murmuró él.

Ana le contempló. Había algo extraño allí. Alejandro parecía incómodo, y ella le conocía demasiado bien como para no darse cuenta de que algo sucedía.

-¿Estás bien? le preguntó.

-Sí, sí. Por favor, cuéntame.

-Pues verás, intenté explicarle como habían sido las cosas, pero él

Entonces Ana cerró la boca. Su expresión cambió de súbito. Alejandro se giró, y la vio parada allí. Eso era lo que había interrumpido a Ana.

-Ella, aquí. dijo Ana, perpleja.

Rosa se movió, y se colocó al lado de Alejandro.

-Vine de visita. explicó la muchacha. Hola, Ana. Espero no interrumpir la conversación.



-Isaura, mírame. exigió Esteban.

Ella tomó aire, y cerró los ojos. No encontraba el valor para hacerlo, pero no podía negarse, de modo que, lentamente se giró hacia él.

Cuando le vio parado frente a ella, tan serio, y con esa mirada de aturdimiento y dolor, creyó morirse. Hubo una época en que había encontrado millones de motivos para callar y ocultarle a su hijo, y tenía la certeza de poder esgrimirlos como argumentos válidos si un día él se lo reprochaba. En cambio, en este momento comprendió que nada de aquello iba a servirle, y que el sufrimiento que le había causado a Esteban no podía repararse, ni justificarse.

Él observó la habitación, estaba buscando al niño, pero ella le bloqueaba la visión pues estaba colocada delante de la cuna. Isaura se dio cuenta, pero aún así, no se movió.

Esteban tragó saliva, y trató de serenar su voz. Tenía que parecer seguro.

-Tu padre me lo ha dicho. Supongo que lo sabes. le dijo.

Isaura asintió con la cabeza. Continuaba sin poder hablar.

-¿No vas a decirme nada? añadió él, extrañado por el silencio que ella guardaba. Creo que estás demasiado callada dada la situación

-No tengo qué decir. musitó ella.

-Imagino que tú que has sido siempre tan digna, tendrás que escupirme a la cara tus razones. le espetó él.

Isaura le miró, tímidamente, porque el corazón le galopaba en el pecho. Esteban tenía un ojo magullado, y una herida en la comisura de los labios. Parecía que había salido de una pelea.

-¿Quién te ha hecho eso? se atrevió a preguntar.

-Tu padre. respondió él, con rapidez.

Ella ya lo había supuesto.

-Lo siento. le dijo.

-¿Sientes lo que tu padre me ha hecho pero no lo que tú me has hecho? replicó él. No te apures, sus golpes no me han dolido más que la verdad.

-Lamento -ella agachó la cabeza, e intentó pensar con rapidez, pero, ¿qué podía decir? ¿Por dónde empezar? Se sintió torpe, y sin defensa. Se había quedado sin palabras.

-¿Lamentas? preguntó él, con una profunda ironía. -¿Qué lamentas? Veamos, quizás haberme ocultado que tengo un hijo. O no, perdón, tal vez sea haberme dejado ir. O seguramente, haberte casado con mi primo sin decirme que estabas embarazada. La verdad, ayúdame, estoy confuso porque no sé cuál de estas cosas lamentas más.

Isaura se encogió de hombros, y apoyó sus manos sobre los barrotes de la cuna. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

-Lamento haberme enamorado de ti. le soltó.

Esa frase fue la daga más afilada que pudo haberle lanzado. Esa frase desarmó por completo a Esteban, y le cargó de ansias de venganza, de odio. Era lo que menos esperaba oír, y lo que más dolía.

-Ya lo sé. repuso él, ahora su voz estaba cargada de bilis. Aún así, creo que merecía saber que de ese enamoramiento destructivo, erróneo, y terrible, había nacido un hijo. No digo que su presencia vaya a conmoverme o a aliviarme no digo que su presencia arregle nuestros errores ni le dé sentido a nuestro romance a nuestro estúpido enamoramiento, pero al menos, debía saberlo, ¿o no?

-No me atreví a decírtelo. dijo ella. Estuve tan enfadada contigo

-Sí, sí, lo sé. Lo recuerdo. Te fallé en todo. prosiguió él, y en su tono no había un ápice de disculpa. Bueno, ¿cómo conseguiste que mis primos que son la moral reencarnada, callasen?

-Yo

-Déjame pensar. Seguro que yo solito puedo adivinarlo. agregó Esteban, que no se había movido de su sitio, y que no pensaba darle tregua. Con Daniel fue fácil ¿verdad que sí? El dulce y honesto de Daniel perdió la cabeza por ti, y de paso, sus principios

-No sabes de qué hablas. protestó Isaura, furiosa. No iba a consentir que hablase mal de su esposo.

-¿Ah no? inquirió Esteban. -¿Y tú sí? ¿Tú siempre tienes razón, verdad? La pobre Isaura pisoteada por todos, maltratada por todos la pobre e incomprendida Isaura a la que nadie tiene en cuenta, a la que nadie valora la que tiene ese gran complejo de inferioridad, pero nos vapulea a todos nos miente a todos nos usa a todos, y aún así, se siente capaz de hacerse la digna tan llena de soberbia y de

-¡Basta ya! chilló ella, fuera de sus casillas. Le dolía demasiado escucharle. -¡Deja de insultarme! Puedes ahorrarte esta escena, es más de lo mismo, más de Esteban e Isaura cabía suponer que tu reacción sería ésta, por eso no te dije nada.

-Y claro, como siempre, la culpa de todos tus errores la tengo yo. le increpó Esteban, alzando más la voz. Yo tengo la culpa de que te enamoraras de mí, de que te entregaras a mí, de que no lucharas lo suficiente por nuestro amor también tengo la culpa de que me ocultaras a nuestro hijo, de que te casaras con mi primo yo te empujo a hacerlo todo mal, ¿no?

-¡Pues sí, aunque no lo creas, es así! sollozó ella. Tú me sedujiste persiguiéndome hasta que me rendí, tú me hiciste tu amante, tú no fuiste capaz de defenderme ante tu padre, y tú me fuiste infiel

Esteban clavó sus ojos penetrantes y oscuros en ella. Eso hizo que Isaura sintiese un escalofrío, y un miedo atroz.

-¿Sabes qué, Isaura? él hizo una pausa. Para todo lo que has dicho, salvo lo último, necesitaba de tu consentimiento y libremente, me lo diste. No te obligué a nada. En cuanto a mis otros errores, creo que tu conducta no fue más madura que la mía.

Ella no contestó a eso.

Esteban dio un par de pasos, y luego otros dos más. Ya estaba frente a ella, a escasos milímetros. Detrás de ellos, su hijo.

Isaura respiraba con dificultad, y bajó la vista. ¿Qué iba a hacer él? ¿Por qué se había acercado tanto? Si no se separaba ya, ella se desmayaría.

-Todavía no me creo que fueses capaz de callar semejante cosa. masculló él, entre dientes. Eres peor de lo que mi padre dijo

Isaura no podía más. Se echó a llorar.

Verla llorar, sus lágrimas era algo que martirizaba a Esteban en circunstancias normales, pero estaba demasiado irascible, demasiado herido. Era incapaz de sentir empatía, y borró de su mente la pena que sentía por ella, y por su primo. Por la muerte de Daniel, y por lo que seguramente ella estaría sintiendo en ese momento. Olvidó todo para poder ser cruel, y desahogarse.

-Eres una mujerzuela, y una mala madre. la insultó.

-¡Tú no sabes nada! gritó Isaura, entre lágrimas. -¡Mi hijo es todo lo que tengo, todo lo que quiero, daría la vida por él! No te atrevas a volver a insul

Isaura fue interrumpida por el llanto de Gabriel. Con la discusión, la criatura se había asustado y se había despertado. Ahora lloraba fuertemente.

Esteban se quedó quieto, rígido durante algunos segundos. Era su hijo, estaba escuchando a su hijo llorar y seguía sin verlo. Isaura ya no le tapaba, puesto que Esteban era más alto que ella, y podría verlo. Pero no tenía fuerzas para hacerlo por sí mismo.

-Quiero verlo. pidió, casi sin darse cuenta.

Isaura se limpió las lágrimas con las mangas negras de su vestido, y se apartó de la cuna.

Allí estaba. Ése era su hijo.

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Escrito desde Nov 5, 2008, 7:08 PM
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