Capítulo LXVI

by Cris (no login)

 
Ana tenía los músculos agarrotados, debía de llevar quizás horas en aquella posición, sin poder moverse. Por otra parte, el frío también estaba colaborando. Notaba la puntita de su nariz helada, y las manos y los pies adormecidos.

¿Cuánto tiempo iba a estar allí? ¿Por qué le habían hecho eso? ¿Acaso la habían abandonado a su suerte?

Estornudó, y los latidos de su corazón se aceleraron al oír el viento fuera de la casa. ¿Estaría en medio de la nada? Haciendo un esfuerzo, logró incorporarse, y llevar las manos hasta sus pies. Las correas estaban anudadas fuertemente, y tras forcejear con insistencia, se dio cuenta de que no conseguiría desatarlas.

Tampoco podría intentar ponerse en pie y caminar hacia la puerta, ni siquiera la veía, y estaba mareada. Por otra parte, aún le dolía el tobillo. Si se levantaba, caería al suelo desmayada.

Volvió a recostarse, y se encogió como un ovillo.

Segundos, minutos, o tal vez horas más tarde, la puerta se abrió de golpe. Ana se sentó en el acto sobre la cama. Oyó pasos, pero continuaba sin ver nada claramente. Alguien había entrado, ¿pero quién? Empezó a tiritar de miedo casi sin darse cuenta.

Oyó un ruido, como si hubiesen posado algo en el suelo. De pronto, la penumbra se disipó muy levemente, y se abrió paso un pequeño círculo de luz.

Ana parpadeó un par de veces, para acostumbrar su vista a la luz, y comprobó que había un quinqué sobre una vieja mesa. Levantó la cabeza para comprobar quién había entrado allí.

Era un muchacho joven, probablemente un par de años mayor que ella, delgado, sucio y feúcho. Moreno, y con el pelo alborotado. Parecía muy pobre, y su aspecto desaliñado la asustó incluso más.

-¿Quién eres tú y por qué estoy aquí? balbució ella.

Él no contestó, y sacó una navaja de uno de los bolsillos de su pantalón.

Ana reaccionó moviéndose hacia atrás sobre la cama. Él caminó hacia ella con paso decidido, y aunque ella quiso escurrirse, él la sostuvo con firmeza por el cuello, y cortó sin titubeos las correas que ataban sus muñecas y pies.

-¿Qué quieres de mí? preguntó Ana.

Tampoco consiguió respuesta a aquello. Él la tomó bruscamente de un brazo, y la obligó a ponerse en pie. Ana se tambaleó, y él la instó a andar, empujándola.

Salió con ella de aquella especie de choza inmunda, y la obligó a seguir caminando a través de la oscuridad por lo que sin duda era campo, monte. La brusquedad y rapidez con la que él la dirigía hizo que Ana perdiese uno de sus zapatos.

-Por favor, dígame que

Tras andar un trecho, él se detuvo en seco. Estaba muy oscuro pero Ana oía el agua fluir. Estaban junto a un arroyo, o río, no sabía bien. Tuvo el mal presentimiento de que aquél muchacho estuviese loco y la quisiese lanzar al agua, donde sin duda moriría. Pero en lugar de hacer eso, él la hizo andar unos metros por la orilla, hasta llegar a un punto dónde había luz, una luz muy tenue, que se desprendía de otro quinqué colocado sobre una gran piedra.

Allí se pararon. Él revisó el lugar, estaba esperando. ¿A qué, o quién?



Nicolás se puso su capa, y decidió salir aquella noche. Pidió al cochero que le llevase a una concreta dirección. La lujosa casa se alzaba en el centro de la capital. Hacía años que él no pisaba aquel lugar.

Una de las criadas le abrió la puerta, y le hizo esperar en el amplio y ostentoso recibidor.

Ángel se sorprendió al saber que tenía visita a semejante hora, y lo hizo mucho más al encontrar al que en una época había sido su mejor amigo, allí.

Los dos se estrecharon las manos, y se sentaron en los sillones.

-¿Qué ocurre? inquirió Ángel. No es que no me agrade la visita, pero hacía demasiado tiempo que no venías por aquí

-Lo sé, y te pido perdón porque sé que no es hora para presentarme aquí. Es una lástima que no pueda siquiera saludar a tu padre. comentó Nicolás, educadamente. -¿Podemos hablar a solas, sin ser molestados?

-Podría invitarte a mi despacho, pero realmente no lo considero necesario. respondió Ángel. Todo el mundo está durmiendo ya, podemos hablar aquí sin tapujos, de lo que sea.

Nicolás asintió con la cabeza, y se acomodó en su sillón. Vio que Ángel ya no llevaba chaqueta ni corbata, evidentemente estaba apunto de irse a dormir.

-Las criadas van a retirarse enseguida, pero si lo deseas puedo pedirte algo de beber. sugirió Ángel.

Nicolás negó con la cabeza, sonriendo amablemente.

-No es necesario, gracias. rechazó.

-Bien, tú dirás.

-Vas a casarte. introdujo Nicolás, mirándole con atención. Al fin uno de los dos lo hace.

-Sí, lamento mucho lo que pasó con tu matrimonio

-No he venido a hablar de eso. le cortó Nicolás. No tenía intención de involucrarse en ese tema. Es por mi hermana que estoy aquí.

Ángel suspiró, y apartó la vista. Se había incomodado.

-¿Por Carolina? inquirió él, como si no hubiese escuchado bien.

-Sí. La invitación a tu boda no creo que sea adecuada para ella dada la situación -dejó caer.

-Bueno, no voy a invitar solo a uno de los dos. Si lo dices porque se ha divorciado

Nicolás negó con la cabeza nuevamente. Ángel parecía no sospechar de lo que le hablaba.

-Es por lo que hubo entre vosotros. explicó Nicolás.

Ángel frunció el ceño, molesto, y se colocó el cuello de la camisa. Tardó unos segundos en proseguir.

-Eso no creo que sea asunto tuyo.

-Es mi hermana. recalcó Nicolás, casi ofendido.

-No es ninguna inocente criatura.

-Eso ya lo sé. replicó Nicolás, y continuó. Pero sufre.

-¿No me digas?

-Sufre por ti.

Juan aporreó la puerta de la casa de Marcelo. Sus golpes fueron tan fuertes, que apenas tuvo que esperar a que la casa despertase. Seguramente, todos habrían terminado de cenar y se habrían retirado a sus recamaras. Pese a todo, Alejandro le abrió la puerta enseguida.

Juan entró en la casa andando a zancadas, alterado, nervioso, y buscando algo.

-¿Qué ha pasado Juan? preguntó Alejandro.

Éste le escrutó con la mirada. Así, comprobó que Alejandro aún no se había desvestido.

-Así que, aún no te has acostado.

-No, no tengo sueño. respondió Alejandro. No ha sido un buen día, ¿qué?

-¿Dónde está Ana? le interrumpió Juan.

Marcelo, con el pijama y una bata, bajó las escaleras deprisa y se plantó ante ellos.

-¿Qué es este escándalo, Juan? le preguntó, preocupado.

-¿Ana está aquí? inquirió éste.

Alejandro se encogió de hombros.

-Por supuesto que no. respondió, malhumorado.

Juan levantó su mano, y señaló con el dedo índice a Alejandro, de modo amenazador.

-Te juro Alex, que como le esté pasando algo a mi hija voy a partirte la cara sin más contemplaciones ésta vez

Marcelo no dejó que su hijo, boquiabierto, respondiese a la provocación de Juan, y se interpuso entre ambos.

-Juan, podríamos ayudarte si te expresases con mayor claridad. le dijo.

Juan respiró hondo.

-Ana no ha llegado a casa. Supuse que estaría aquí, tal vez cenando con vosotros, con Alex. él agitó las manos. En fin, ¿dónde más podría estar?

Marcelo desvió la mirada hacia su hijo.

-¿Tú sabes algo? le preguntó.

Alejandro se pasó una mano por la cabeza.

-Veamos, ella estuvo aquí hace horas pero se fue. Debería de estar en su casa. dijo él, esforzándose en recordar algo que ella hubiese dicho en medio de aquella pelea ridícula, algo que les sirviese. -¿No ha vuelto a casa?

-Si estuviese allí, yo no estaría aquí. replicó Juan, iracundo.

-Bueno, yo la dije que iba a dormir en casa de mi abuelo al final me he quedado aquí porque mamá me lo pidió. explicó Alejandro, analizando lo ocurrido. Tal vez, después de irse de aquí ella decidiese ir a casa de mi abuelo.

-¿Para qué iba a querer buscarte de nuevo si ya te había visto? preguntó Juan, desorientado.

Alejandro no quería mencionar el asunto de la discusión con ella. El único lugar al que imaginaba que Ana hubiese podido ir era a su propia casa, a hablar con Isaura y adivinar que había sucedido con ella y Esteban. Pero sino había optado por eso, quizás habría ido a buscarle a casa de su abuelo, para hacer las paces. Lo que no le entraba en la cabeza, era que hubiese desaparecido.

-No lo sé. Tal vez, se podría haber pasado por casa de mis abuelos para decirme algo que se le hubiese olvidado. inventó Alejandro.

Marcelo tomó aire, y se dirigió de nuevo a su buen amigo Juan.

-¿Y en casa de tu hermano? ¿En Campo Real? sugirió.

Juan ladeó la cabeza, su agobio aumentaba.

-Vengo de allí. farfulló. -¿No sabéis de ella?

-Esto es ridículo. murmuró Alejandro, que no terminaba de asimilar que Ana se hubiese esfumado. Tiene que estar en alguna parte.

-Pues no lo está. No está en casa, y mirad qué hora es -enfatizó Juan. Voy a casa de Don Noel.

-¡No! interrumpió Alejandro, cuyo nerviosismo empezaba a aflorar. Yo voy a casa de mi abuelo, tú busca caballos tendremos que buscarla por todo San Pedro.

Marcelo se ató el lazo de la bata.

-Es muy tarde, y está oscuro. No podéis ir solos. observó. Voy a cambiarme.

Ángel esbozó una sonrisa cínica. Hizo una mueca, y contestó.

-Así que, sufre por mí. repitió, escéptico. Voy a tener que tomarme una copa para asimilarlo.

-Oye, deja las burlas a un lado. se quejó Nicolás, lo suficientemente serio como para que Ángel adoptase otra actitud. Sé cómo es mi hermana.

-Me parece que no.

-Sé que es manipuladora, cruel, egoísta, egocéntrica, mentirosa y capaz de todo por ser feliz. agregó Nicolás. Pero jamás la había visto como está ahora. Ni siquiera por su esposo.

Ángel agachó la cabeza. Seguía resistiéndose a creer que Carolina pudiese sentir algo auténtico por él.

-Sólo está encaprichada. refutó.

-No. ¿Por qué no me crees?

Ángel empezaba a sentirse mal con aquella conversación. Viejas heridas se empezaban a abrir nuevamente.

-Tu hermana me abandonó para casarse con Alejandro. dejó caer.

-¿Y?

-¿Te parece poco? inquirió Ángel, indignado.

-No. Pero pudo darse cuenta de su error después

-Ella hizo cosas horribles. puntualizó él, artomentado. Cosas que juré no contar, porque me implican. Pero ya que crees conocerla bien, te las contaré.

Nicolás no contestó a eso, pero se inclinó, mostrando su atención a la historia.

-Ella se quedó embarazada de mí, y abortó. Yo la acompañé a eso. Por esa causa, se quedó estéril. Prometió que se casaría conmigo, que haríamos nuestro compromiso oficial y entonces me abandonó para irse con él. explicó Ángel, con la mirada perdida en la moqueta que recubría el suelo.

Nicolás clavó sus ojos en él, estupefacto. Conocía bien a Carolina, pero aquello sobrepasaba sus expectativas sobre ella.

-Volví a encontrarme con ella hace un tiempo, volvió a mí porque su marido no la atendía y desde entonces, me persigue. Supongo que quiere que sea su nuevo títere. prosiguió Ángel.

-Si la desprecias tanto, ¿por qué dejaste que ella volviese a ti?

Ángel se encogió de hombros.

-Quería vengarme, y lo hice. Lo preparé todo para que su marido nos sorprendiese. Por eso están divorciados. respondió.

-Sí, por eso, y porque él quería a otra mujer.

-Cómo sea. masculló Ángel. Cómo ves, no me interesa hablar de tu hermana. Así que, si me disculpas

Él se levantó, indicando sutil y educadamente la salida a Nicolás. No quería continuar con el tema.

Nicolás le imitó, y se puso en pie.

-Está bien. Me voy ya. aceptó él. Pero quiero que sepas, que por muy malvada que sea mi hermana, ésta vez es sincera. Yo también la conozco un poco, y conmigo no tiene por qué fingir.

-No sé por qué la defiendes. replicó Ángel. Sólo te está usando para que intervengas y vengas aquí a darme lástima de ella

Nicolás se colocó cuidadosamente su capa.

-Verás, ella no me pidió que te suplicara. dijo. Me pidió que te matase.

Ana estaba casi encogida por el frío. Su pie le dolía, y aunque se empezaba a acostumbrar, lo tenía ligeramente levantado del suelo para sentir algo de alivio. Esperaron largos minutos hasta que apareció.

Era otro hombre, pero mucho mayor. No era demasiado alto, estaba delgado, y parecía enfermo, muy cansado o tal vez demasiado viejo. Tenía poco pelo, y éste era completamente canoso. Sus ojos eran menudos y estaban hundidos en la cara. Se paró frente a ellos, apoyándose en un bastón, a pocos pasos, junto al quinqué.

Ana, aterrorizada, contuvo la respiración unos segundos. Aquél hombre se dedicó a escudriñarla detenidamente con la mirada.

-Mírala un animalillo asustado. fue lo primero que dijo.

-¿Quién es usted? preguntó ella, intentando sonar calmada.

-El mismo porte de tu padre. comentó él. Sus mismos ojos la misma dignidad de tu madre la misma sensualidad de tu tía

Ana frunció el ceño. Así que, aquél hombre les conocía. Pero, ¿de qué?

-Te veo intrigada. agregó él, que desde luego, lo estaba disfrutando.

-¿Quién es usted y por qué estoy aquí? se atrevió a preguntar ella, cuya curiosidad empezaba a ser superior al miedo.

Él sonrió, satisfecho, estaba disfrutando con su desconcierto.

-¿No te han hablado de mí tus padres?

Ana se quedó pensando unos segundos muy breves.

-No, yo no sé quién -murmuró.

-Un hombre que quiere vengarse de toda tu asquerosa familia, ése soy yo. bramó él. Los malditos Alcázar nos trajeron la desgracia a todos, incluso a los que les ayudamos incondicionalmente.

-¿Usted ayudó a mi familia?

El hombre se apoyó sobre la piedra, y descansó. Seguía mirándola fijamente.

-Al menos a tu tío y su madre fui incondicional con ellos, y me pagaron dándome una patada como a un perro. Hace más de veinte años que se olvidaron de mi existencia.

Ana se alarmó. Dios, no podía ser posible

-Sí. afirmó él. Soy Alberto de la Serna. ¿Te suena mi nombre?

Claro que le sonaba. Su madre le había hablado de él al relatarle toda su historia. Era muy irónico que apareciese de la nada, justo cuando ella había descubierto todo. Maldijo su estupidez al bajar del carruaje maldijo su mal genio y presintió que iba a morir muy pronto a manos de aquellos locos.

-¿Por qué yo? inquirió ella, conociendo de antemano la respuesta.

-Porque a quién más odio de todos, es a tu padre. Yo apoyé a tu tío cuando quiso deshacerse de él, hice todo por ellos y me enviaron a la cárcel, ellos no reconocieron nada de lo que hice, me ignoraron los Alcázar no sintieron gratitud alguna hacia mí y toda la culpa es de tu maldito padre

Ana no soportaba oír hablar así de su familia, mucho menos de su padre. Sintió una turbadora mezcla de sentimientos, rabia, ira y un desasosiego terribles.

-Usted hizo demasiadas cosas a espaldas de mi tío y cometió mil delitos era de suponer que iría a parar en la cárcel, ellos no tienen la culpa. Mi tío se arrepintió, debió preverlo dado que la furia era dirigida a su hermano inocente y mi padre no tiene culpa de que usted fuese un criminal

-¡Cállate, mocosa! interrumpió Alberto, iracundo. Había pasado muchos años en la cárcel, demasiados, tramando una venganza muy simple y satisfactoria, y no permitiría siquiera que argumentasen algo en su contra.

-A usted sólo le importaba el dinero. añadió ella.

Alberto se incorporó con cierta dificultad, ayudado por su bastón.

-Es cierto, pero mira en lo que la cárcel me convirtió. En un viejo inmundo, enfermo, sin esperanzas, cargado de odio hacia todos los tuyos pero sigo teniendo una deuda pendiente con tu padre. Juan del Diablo él también habrá envejecido, cambiado ahora que ha perdido a un hijo yo haré que pierda a la otra

Ana se puso rígida y tragó saliva. Estaba apunto de echarse a temblar de nuevo, pero no quería que él lo percibiese. Su padre no estaría orgulloso de ella si la viese flaqueando ante aquellos cobardes.

-Pasé muchas noches planeando con Cajiga cómo hacerle daño a tu padre. Él murió pronto pero yo he aguantado hasta ahora. He salido de prisión y ni habéis pensado en mí. La suerte ahora está de mi lado. prosiguió Alberto. Tu hermano acaba de morir, y tu rapto y posterior asesinato asestará el último golpe brutal sobre Juan del Diablo

-¡Es Juan Alcázar! protestó Ana. Y te matará.

-Ah, ¿crees que me importa? replicó Alberto, y rompió a reír. Yo no tengo nada por lo que vivir, salvo por esto y él no podrá impedirlo, querida

Juan entró corriendo en la casa. Mónica e Isaura esperaban juntas, sentadas sobre un sofá. Mónica se levantó de inmediato al ver entrar a su marido. Llena de ansiedad, se plantó ante su esposo.

-¿Y bien? le preguntó.

Juan tomó aire, y lo expulsó a continuación.

-Vengo a buscar al Tuerto, quiero que avise a todos mis hombres para ponernos en marcha

-¿Dónde está Ana? inquirió Mónica, con los ojos llenos de lágrimas, temiendo lo peor.

Juan apoyó sus manos sobre los hombros de su mujer, y clavó sus ojos verdes en ella.

-No la hemos encontrado. confesó. No estaba en casa de Alejandro, ni de Don Noel, ni en Campo Real. Tampoco en la Palapa.

Mónica dejó escapar una exclamación ahogada. Iba a romper a llorar en cualquier momento.

-Mónica, te juro que la encontraré, y estará bien. afirmó Juan, de forma tajante. Ni siquiera era una forma de tranquilizarla, era lo que realmente pensaba hacer.

-¿Dónde está Alex?

-No quiso esperarnos, se ha ido en con Esteban en un par de caballos. informó. Nosotros les alcanzaremos.

-Dios mío, Juan ¿qué ha podido pasar?

-No lo sé. contestó. Pero quiero que te calmes, y esperes. La traeremos de vuelta.

Isaura permaneció inmóvil en su asiento, escuchando petrificada. No eran posibles tantas desgracias. Trató de imaginar qué habría pasado con Ana, y nada vino a su mente.

A Ana la volvieron a encerrar en aquella casucha vieja y fría. Ésta vez no la ataron, pero estaba segura de que la puerta estaba cerrada, y de que si trataba de escapar, ellos estarían allí afuera.

Se quedó parada, de pie junto a la puerta, inmersa en la penumbra. Cerró los ojos, y contuvo el aliento unos segundos, tratando de recuperar la calma. Quería llorar.

Alejandro rogó por qué apareciese Alejandro



Escrito desde Dec 22, 2008, 11:31 PM
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