Todo había transcurrido tan rápidamente Después de la confesión de Rocío a Esteban, éste había hecho una maleta, se había presentado ante sus padres primero, para informales de su viaje, y luego ante Ana, pidiéndole que le acompañara. A fin de cuentas, así ella tendría ocasión de solventar las cosas con Alejandro.
Ana tuvo que pedir permiso a su madre. Y sin recurrir a su interés personal en el viaje a la capital, logró convencerla con el argumento de acompañar a su primo. Eso sí, le había dado permiso para dos días.
Al llegar a la casa de Dolores, ésta les había dado la dirección de la casa a la que se habían desplazado para asistir a una fiesta.
Alejandro tenía que estar allí, por razones obvias. Aún no le había visto, e intentaba sin éxito dominar su miedo al reencuentro.
Isaura dejó su copa sobre la mesa, y miró ambos lados, alterada.
-Hola, Isa. la saludó Ana, sonriendo.
-Hola.
-Estás muy linda. continuó Ana. Me alegra saber qué estás mejor, aunque ya lo sabía por tus cartas
Isaura parecía enfadada además de alterada. Su mirada era de amonestación.
-No te hagas la tonta. se quejó. Le he visto.
-No me hago la tonta. repuso Ana, con amabilidad.
-¿Cuándo habéis llegado? ¿Por qué?
Ana estaba contenta de que Esteban finalmente hubiese dado el paso, pero lamentaba la angustia de su amiga. Así que, prefirió explicarse pronto.
-Hace poco. Estamos alojados en un hotel, y Dolores nos dijo que estabais aquí. He tenido que ponerme un vestido de los que traía en la maleta el más elegante que encontré.
Isaura se fijó en el vestido de Ana. Ella estaba guapa así se vistiese con harapos, y el vestido era bonito. Quizás, al igual que el suyo, no tan rimbombante cómo los de las demás, pero era bonito de tono oscuro, pero alejándose ya del luto cerrado.
-¿Qué es lo que él quiere? inquirió Isaura, atormentada. -¿Viene a quitarme el niño?
-No.
-¿Entonces? insistió Isaura, casi temblando.
-Tendrá que decírtelo él mismo. replicó Ana. Cómo ves, te equivocaste en eso de que jamás vendría a buscarte.
Isaura se quedó callada. Estaba demasiado apesadumbrada para seguir cuestionándole a Ana la visita. Entonces, ésta se armó de valor e indagó sobre lo que le importaba más que nada.
-¿Dónde está Alex?
La expresión de Isaura adoptó una seriedad incluso mayor.
-¿Qué ocurre? añadió Ana, al ver su reacción.
-¿No le avisaste de que venías?
-No he podido.
Isaura vaciló.
-¿Qué pasa? insistió Ana.
-Bueno, le vi hace un rato está en la fiesta. informó Isaura, y comprobó que el rostro de su amiga se llenaba de luz. Pero apenas me saludó, está diferente. ¿Ha pasado algo que yo no sepa?
Ana bajó la vista.
-Rompí con él antes de que volviese aquí y hace cinco meses que no sabemos nada el uno del otro. contó.
Isaura abrió los ojos como platos. Aquello la hizo olvidarse por un segundo de que Esteban estaba allí mismo.
-¿Por qué? acertó a inquirir.
-Tenía celos de la hija de su jefe, tuve un ataque de estupidez, y le dejé ir en esas condiciones luego, el orgullo y la indecisión me han impedido escribirle durante todo este tiempo
-Y hablas tú de mi orgullo... la reprendió Isaura. No me puedo creer que hicieras eso.
-Por eso estoy aquí, para arreglarlo. se escudó Ana.
-¿Por qué ahora?
Ana suspiró. Se sentía interrogada. ¿Por qué ahora? Pues por qué el beso de Esteban le había despertado del letargo, pero lógicamente, ella no podía decirle eso a Isaura.
-Pues porque he reaccionado al pedirme mi primo que le acompañase a la capital, me he dado cuenta de lo terca y tonta que he sido, y me ha entrado un pánico horrible ante la idea de perderle definitivamente -se expresó.
Isaura hizo una mueca, poco convencida.
-¿Qué es lo que sucede? Vamos, Isa, secretos a estas alturas, no -protestó Ana, al comprender que su amiga sabía algo más de lo que contaba.
-Es que está distinto, Ana nunca le había visto así. respondió Isaura. No sé cómo te vas a tomar esto, pero el motivo por el que apenas me prestó atención, es que estaba muy ocupado coqueteando con un grupo de mujeres
Llovía a cántaros.
Carolina se levantó de la cama bostezando; empezaba a dormirse cuándo oyó cómo tocaban a la puerta. A esas horas la servidumbre ya estaba dormida, de modo que no le quedó más remedio que ocuparse ella. Tal vez fuese su hermano, podía haber olvidado las llaves, aunque le extrañaba que regresase tan temprano de la fiesta.
Por precaución, estuvo tentada de coger la pistola que guardaba en uno de los cajones de su mesita, y que hacía mucho tiempo, había pertenecido a su padre. Pero finalmente, desistió, y tras encender las luces, bajó las escaleras con menos parsimonia de la que hubiese querido. Fuese quién fuese, tocaba como un endemoniado.
Ella se ató cuidadosamente su bata, cubriendo el pronunciado escote de su camisón, y abrió la puerta.
No podía creer lo que sus ojos veían. Allí, bajo la lluvia, estaba él.
Respiraba agitadamente, y estaba empapado. Ni siquiera llevaba capa o sombrero sólo una camisa, que se le adhería al cuerpo a causa de lo humedecida que estaba.
A Carolina se le llenaron los ojos de lágrimas. Ángel se casaba en un par de días, y estaba allí.
Ella se asomó, y sintió las gotas de la lluvia sobre su cara. Aspiró el aire fresco, y se impregnó del aroma a mojado de la calle.
Iba a preguntarle qué hacía en su casa, pero no tuvo ocasión. Ángel avanzó hacia ella con decisión, y la tomó en brazos, levantándola de golpe del suelo. La sostuvo entre sus brazos, y la miró durante un instante con más deseo del que Carolina podía imaginar.
A continuación, entró con ella en la casa, cerrando la puerta de una patada.
La subió, acurrucada entre sus brazos, hasta la habitación. La depositó en la cama con delicadeza, y se tumbó a su lado.
¿Cómo podía estar pasando eso? Carolina creyó que era un sueño. Él la besó en la cara, con suavidad.
Ella pensó en detenerle, en interrogarle para saber los motivos de aquella visita tan extraordinariamente sorprendente quería saber si por fin se había cancelado su boda quería saber pero no pudo decir nada, porque sobre todo, necesitaba sentir.
Carolina le quitó el lazo que ataba su melena oscura, y enredó sus dedos en ella. Ángel le desató la bata, y la apartó. Recorrió con la mirada toda su esbelta figura, maravillado cómo si nunca la hubiese visto desnuda
El camisón era tan fino que dejaba entrever todas las curvas de Carolina y ella sintió incluso un poco de vergüenza por que él no tenía reparo alguno en observarla. Dios, hacía tanto que no estaban juntos
Ángel llevó su mano al cuello de Carolina, y acarició su aterciopelada piel. Ella cerró los ojos, y lo olvidó todo. Poco después, sintió sus labios en la boca, besándola con rotundidad explorando con su lengua, excitándola preparándola.
Él se puso a horcajadas sobre ella, y continuó besándola. Carolina le desabrochó la camisa, y metió sus manos dentro tocándole el pecho, firme aunque frío por culpa de la humedad de la camisa.
Ángel estiró una mano, y la colocó sobre una de las piernas de Carolina, acariciando arriba y abajo subiéndole el camisón hasta las caderas. Mientras, ella había conseguido quitarle la camisa y tirarla al suelo.
Él se hizo a un lado, y se quedó sentado, sacándole a ella el camisón por la cabeza. Carolina jadeaba y se mostraba totalmente vulnerable ante él.
Ángel se desprendió también de los pantalones y los calzones, y se tumbó sobre ella. Se quedaron quietos durante minutos, callados, respirando entrecortadamente, mirándose a los ojos, cómo si los dos fueran dueños de una magia inescrutable.
Él la percibía tibia, suave, cercana sus pezones se clavaban en su pecho ella percibía su miembro erecto sobre su propio sexo Nunca habían hecho el amor así con tanta lentitud dándose tanto tiempo para empezar a disfrutar.
Ángel puso una de sus manos sobre la frente de Carolina, apartándole el cabello. Luego, le dio un beso, con tanta ternura que ella estuvo a punto de llorar de felicidad.
Después, las manos de él comenzaron a trabajar. Le besó y mordisqueó los pezones, mientras se entretenía acariciándole allí abajo, dónde ella perdía por completo la noción de la realidad Carolina gemía, entregada al placer.
Cuándo la penetró, ella abrió los ojos durante un instante, y se miraron de nuevo, fijamente. Ángel se movía primero despacio, y luego cada vez más rápido. Al cabo de un rato de sudor, caricias, gemidos y amor, ella le sintió sacudirse y acabar.
Se quedaron abrazados, recuperando el aliento hasta dormirse juntos.
Ana la había dejado sola para buscar a Alejandro. Nicolás y Estefanía también la habían abandonado pocos minutos antes de que Ana llegase a la fiesta para ir a bailar, e Isaura no sabía qué hacer.
Ojalá conociese a alguien allí. Ojalá no hubiese ido a la fiesta. Ojalá la tierra se la tragase eso había ansiado desde que había visto a Esteban detrás de ella. Luego, él había desaparecido, cómo si nada.
No tenía apetito, y no podía seguir disimulando con una copa en la mano, o iban a pensar que era una borracha. Se armó de valor, y se giró otra vez hacia la concurrida sala, apartándose un par de pasos de la mesa.
Aquella gente parecía pasarlo tan bien bailaban, conversaban, reían al verles, se sintió aliviada de pertenecer a San Pedro y de no haber tenido el deber de relacionarse socialmente en esos eventos. Comprendía muy bien por qué Estefanía había huido de ellos.
Un hombre se acercó a ella, y la invitó a bailar. Eso era lo que le faltaba. Ella intentó librarse de él con una tímida sonrisa, y una negativa amable, pero él siguió insistiendo.
-No moleste a la señora, le ha dicho que no. oyó decir ella a su lado, y reconoció perfectamente la voz.
El hombre se retiró, dándose cuenta de que estorbaba, e Isaura levantó la mirada, encontrándose con Esteban. Tuvo ganas de morirse.
Él parecía tan tranquilo con un semblante apaciguado, con una sonrisa cálida en los labios parecía tan cercano que eso turbó aún más a Isaura. Y estaba tan guapo Dios Santo, ¿siempre había sido tan guapo? Estaba aterrorizada y no creyó ser capaz de disimularlo Una vez lo había estado al ser consciente de que podía enamorarse de él y ahora lo estaba al percibir lo fácil que sería volver a hacerlo.
-Buenas noches, Isaura. habló él.
¿Buenas noches? ¿Buenas noches? ¡¿Cómo podía presentarse así ante ella después de lo que había pasado?! ¿Cómo? ¿Tanta sangre fría tenía o es que no le importaba en absoluto? Claro, tal vez era eso qué tonta ¿y si ya se había casado con Rocío? ¿Y si sólo estaba allí para averiguar de su hijo? ¿Por qué pensaba que tenía algo que ver con ella? Inconscientemente, Isaura buscó a su alrededor quizás Rocío no tardase en aparecer para darle la noticia
-¿Buscas a alguien? le preguntó Esteban.
Isaura se ruborizó. Tenía tanto calor que comprendió que debía de estar más roja que un tomate le ardía el cuerpo entero, y debía de tener colorado hasta el pelo.
-No -musitó. Bueno, a Ana ¿vinisteis solos?
-¿Con quién más íbamos a venir?
-No sé. tartamudeó Isaura, y la mente se le quedó en blanco. Que alguien apareciese por favor, que alguien apareciese y la apartase de él... Siempre le pasaba igual con él a su lado no pensaba bien, el cerebro le funcionaba más lentamente de lo normal no acertaba con las palabras, era torpe, y estúpida. Así era cómo Esteban la hacía sentirse: cómo una boba integral.
-Estás preciosa. agregó él.
¿Por qué le decía eso? Esteban tenía que haberse dado cuenta de que ella estaba mucho más que sonrojada y era tan cruel que encima le hacía un cumplido
-Gracias. le dijo, en voz baja, y apartando la vista. Las manos y la nuca empezaban a sudarle.
-Ana me ha contado de qué has estado trabajando, qué te va bien ¿Te has habituado pronto a la ciudad? continuó él.
Bueno, ¡esto era el colmo! Por si fuera poco, encima le daba cháchara
-Sí, qué remedio -contestó ella. El trabajo no me queda demasiado lejos de la casa de Dolores, y como todos han sido tan buenos conmigo, me ha resultado menos complicado de lo que cabía esperar
-Te fuiste sin avisar.
¿Y cómo iba a avisarle después de aquella pelea que habían tenido? Esteban estaba roto de dolor, y había quedado claro que necesitaba perderla de vista Así que, ¿qué se suponía que debía de responderle a su reproche?
-Tú también. le recordó Isaura. No sabía bien si Esteban se daría cuenta de lo que ella pretendía decir pero era lo que ella deseaba decir. Cuándo él se había ido a España, tampoco la había informado.
-Buenas noches, Isaura. oyeron los dos decir a otro hombre.
Isaura volvió la vista hacia su lado derecho y se topó con él. Se sorprendió de verdad al ver allí a su jefe. Y les había interrumpido en un momento bastante incómodo. A ella le daba la impresión de que en aquellas fiestas uno siempre se encontraba con las mismas personas. No sabía muy bien qué decir, por qué nunca se había cruzado con su jefe fuera de la casa dónde cuidaba a sus hijos.
Don Marcos, que así se llamaba, sonrió, cortésmente.
-¿No me presenta a su amigo? solicitó.
-Sí, claro es Esteban Alcázar, un primo de
-De su marido, claro. completó Don Marcos.
-Sí, eso es. aceptó Isaura, con timidez.
-Yo soy Don Marcos San Llorente.
Esteban saludó con un gesto a Don Marcos, y luego se estrecharon las manos, brevemente.
-Me alegra verla por aquí nunca la veo en ninguna parte que no sea en mi casa, cumpliendo magníficamente con su trabajo. añadió Marcos. Ya era hora de que por una vez saliera a distraerse un poco y que empezase a dejar a un lado el luto a fin de cuentas, es usted una mujer muy joven.
Isaura asintió con la cabeza, porque tampoco sabía cómo llevar aquella conversación.
-¿Le apetece bailar?
Isaura no sabía cómo rechazar la proposición de su jefe, así que asintió nuevamente con la cabeza.
-Será un honor. contestó ella, educadamente.
Esteban se apartó, y les dejó pasar.
Isaura y Don Marcos se instalaron en el centro, con las demás parejas, y empezaron a bailar con muy buen ritmo.
Esteban no podía quitarles el ojo de encima. Así que aquel era el hombre para el que trabajaba Isaura a ella se la veía bastante apabullada en su presencia y a él se le veía encantado. Estaba claro que se había fijado en ellalo que tampoco le extrañaba.
Cómo no le podían descubrir, Esteban se dedicó a observarla sin reservas. Cuándo ella sonreía, el mundo entero brillaba con un maravilloso fulgor Estaba tan elegante tan diferente a pesar de ser obvio que no terminaba de sentirse a gusto allí, ya no era la muchacha asustadiza que él había conocido, dispuesta a salir corriendo sino que allí se quedaba, enfrentando la situación; enfrentando incluso su presencia, algo que también era evidente que le había incomodado. Quizás el cambio en ella hubiese operado después de tantas vicisitudes, después de tener un hijo o quizás se debiese a su matrimonio con Daniel, algo que le mortificaba y le mortificaría para siempre.
Pero él había tomado una decisión después de hablar con Rocío y era que tenía que intentarlo. Si Isaura aún le amaba, si aún quedaba algo de lo que les había unido en el pasado, merecía ser rescatado.
Cuándo la pieza de música terminó, Esteban avanzó con seguridad hacia dónde ellos estaban. Se detuvo tras Isaura, y puso el dedo índice sobre su hombro para llamar su atención. Ella se giró, y volvió a enrojecer al verle.
-Ahora me toca a mí, ¿no? planteó Esteban, sonriendo. -¿Me permites este baile?
Isaura no contestó, pero le dio la mano que él le estaba tendiendo.
¿Dónde se habría metido Alejandro? Ana le había buscado por toda la fiesta, y no había rastro de él. Sin embargo, Isaura había sido clara cuándo había dicho que le había visto.
Tan absorta estaba en sus pensamientos que no se percató de la presencia de Nicolás hasta que se paró justo delante de ella, sonriendo.
Ana abrió la boca por la sorpresa, y luego le devolvió la sonrisa.
-¡Hola! le saludó, feliz de ver a alguien conocido por fin en aquel lugar.
Nicolás la estrechó entre sus brazos, de forma rápida y amistosa, y al apartarse de él, Ana vio a Estefanía también allí. Sonrió y la abrazó, del mismo modo que a Nicolás.
-Qué guapa estás, Estefanía nunca te había visto así. la saludó Ana.
Estefanía parecía algo decaída, casi disgustada de haberla visto; lo que desconcertó a Ana. Cómo la idea era completamente absurda, Ana se obligó a apartarla de su cabeza.
-¿Qué haces aquí? le preguntó Estefanía.
-Vine con mi primo Esteban, él tiene que... ella se dio cuenta de no podía hablar del asunto que arreglar algunas cosas en la capital, me pidió que le acompañara
-Estás más hermosa de lo que podía recordar. la piropeó Nicolás.
Estefanía bajó la cabeza. Ella no era una persona envidiosa, era un sentimiento completamente desconocido para ella y jamás hubiese sido capaz de tenerla de Ana, a la que tanto quería pero lo que estaba sintiendo era quizás lo más parecido que podía haber.
-Gracias, Nicolás. le contestó Ana. Ella habría querido decirle que se alegraba de que la hubiese perdonado, pero ese no era el momento más oportuno. -¿Habéis visto a Alejandro?
Estefanía se cruzó de brazos.
-No. dijo.
Ana volvió a levantar la mirada, y encontró a Rosa junto a la escalera. Estaba sola, así que no iba a perder la ocasión de investigar.
-Disculpadme.
Rosa había tratado de ser clara con sus padres cuándo les había explicado que no deseaba, al menos por el momento, comprometerse con ninguno de los invitados a aquellas fiestas. Pero cómo de costumbre, no la tenían muy en cuenta, y seguían celebrándolas.
Se había quedado en las escaleras, sola, a contemplar el ambiente. Entonces vio a Ana dirigirse hacia ella, y abrió los ojos desmesuradamente por la sorpresa.
-Buenas noches, Rosa. le habló Ana, antes de que pudiese reaccionar.
Sus bucles rubios le estorbaban en la cara, así que los apartó con una mano.
-Buenas noches, Ana.
-¿Sabes dónde está Alejandro? le preguntó ella, directamente.
-Pues tengo una ligera idea, sí. aceptó Rosa.
Cómo no añadió nada más, Ana se vio forzada a insistir.
-¿Y dónde crees que está?
Rosa vaciló.
-¿Qué pasa? inquirió Ana, exasperada.
-No lo sé creí que tú tendrías la respuesta a esa pregunta. repuso Rosa, molesta. Alejandro estará ahí fuera ocupado supongo.
-Sí, últimamente no me hace nada de caso menos que antes incluso. Y soy la única a la que no le hace caso. se explicó Rosa, dolida. No sé que le pasa pero me está decepcionando no es el que era
Ana ya no quería seguir oyendo lo mismo, quería verle y comprobar por sí misma que le estaba sucediendo. Su ansiedad aumentaba cuánto más tiempo pasaba sin encontrarle.
-¿Puedes hablar con más claridad? le pidió.
-Ahí fuera -dijo Rosa, señalando con el dedo la terraza cuyos ventanales estaban abiertos, y que daba al jardín. Allí era dónde ella había conocido a Alejandro. Estará ahí fuera con alguna de sus conquistas
Esteban la llevaba con firmeza en el baile. Sino recordaba mal, esa era la primera vez que bailaban juntos.
Isaura no se atrevía a mirarle a la cara se sentía tan avergonzada recordaba con perfecta claridad el instante en el que le había confesado su relación con Daniel, y eso la ponía todavía más nerviosa. Tampoco podía dejar de pensar en la mano de Esteban prendida en su cintura, y la otra sosteniéndole la suya que le sudaba, y temía que él se diese cuenta.
Sus rostros estaban tan cerca ¿era impresión suya o bailaban demasiado pegados? Eso podía dar lugar a suspicacias si alguien la recordase a ella, claro estaba.
-No me gustan demasiado estas fiestas, ¿y a ti? le dijo él.
-No, tampoco. contestó ella, y entonces se dio cuenta. -¿Cómo qué no te gustan? Si ibas a cientos
Esteban se rió porque aquello había sonado a regaño.
-Cierto, buena memoria Pero prefería San Pedro. respondió. Las de la capital me parecían incluso más artificiales.
Isaura tomó aire, intentando tranquilizarse en vano. El corazón le iba a mil por hora, y le temblaba la voz. Hasta le dolía el pecho al respirar.
-¿Le gustas a tu jefe, eh? le espetó Esteban, de golpe.
-¿Cómo? No digas tonterías.
-Bueno, no es culpa tuya gustarle. rectificó él.
-Pero no es así.
-Tú siempre dices esas cosas, y luego
Isaura guardó silencio, y Esteban se percató de que había metido la pata. Había sacado el tema de Daniel a relucir sin tener ninguna intención de ello.
-Estás muy guapa, de verdad. agregó, para suavizar la situación. Nunca te había visto así.
Isaura estaba cansada, molesta, enfadada casi sin saber por qué. No quería seguir así. ¿Qué demonios pretendía él comportándose así? ¿Seducirla? ¿Burlarse? ¿Volver a atacarla? No lo entendía, pero no sólo estaba confusa, también asustada. Esteban estaba consiguiendo tumbar sus defensas, y eso era algo que no iba a consentir.
-¿A qué has venido? inquirió ella, desafiante, altiva. No creo que hayas venido sólo para sacarme a bailar y decirme que estoy guapa y todo eso
Ni siquiera sabía de dónde había sacado el valor para soltarle el asunto de ese modo. Y continuaba sin mirarle directamente a los ojos.
Esteban tardó un segundo en contestarla. Acercó la boca a su oreja, y el contacto de su aliento en la piel, la hizo estremecerse.
-Vine por qué te dije una mentira. susurró él.
-¿Cuál? balbuceó ella.
-Recuerdo perfectamente ese beso -añadió Esteban. Tú me lo devolviste, fue delicioso. Y quiero repetirlo
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