Capítulo LXXVII

by Cris (no login)

 
Allí fuera se podían escuchar los murmullos de la fiesta, pero llegaban hasta ella ya de forma lejana. Los jardines estaban sumidos en la oscuridad, pues la luz del interior de la casa sólo caía tenuemente sobre la terraza.

A Ana le sentó bien recibir la brisa en el rostro, y hasta cerró los ojos un par de segundos, deseando acallar todas las sensaciones que la embargaban. Se dejó arrullar por el gorjeo de los grillos, y el sonido del agua cayendo en las fuentes.

Cuando volvió a abrir los ojos reparó en que había llovido. No veía a Alejandro, y por un momento tuvo la esperanza de que todo fuese una mentira de Rosa. Pero el encanto de la ilusión se rompió en cuánto oyó la risa de una mujer. Afinó el oído y esperó hasta que volvió a oír la misma risa, procedente del jardín en penumbra.

Ana se armó de valor, y se remangó las faldas del vestido, bajando sigilosamente las escaleras que conducían allí.

Dio un par de pasos y volvió a escuchar las mismas risas. Se adentró un poco más en el jardín, hasta encontrarles.

Ella estaba apoyada sobre el cemento de una pared, acorralada por sus brazos. A su lado tenían una fuente, lo que impidió a Ana escuchar la conversación. En cualquier caso, no le fue necesario para adivinar lo que estaba sucediendo. La chica se reía estaban coqueteando y pese a la oscuridad, Ana distinguió perfectamente la elegante figura de Alejandro. Tenía el cuello de la camisa abierto, el pelo muy bien peinado, y se había dejado crecer perilla.

Ana se quedó inmóvil, respirando agitadamente, tan aterrada como si estuviese teniendo una pesadilla incapaz de irse de allí, de despertarse y volver a la realidad. Apretó los puños tan fuertemente que se clavó las uñas en las palmas de las manos, provocando que cayeran unas gotitas de sangre sobre su vestido. La vista se le nubló por las lágrimas. No podía respirar y entonces entonces fue incluso peor.

Alejandro se inclinó sobre ella, y la besó. La besó con pasión en los labios, y después, se entretuvo en la curva de su cuello.

Aquello era demasiado, y Ana no fue consciente del grito que había soltado hasta que ellos se volvieron hacia ella. Fue en ese instante, cuándo la mirada de Alejandro se cruzó con al suya, cuándo ella echó a correr, y entró de nuevo en la fiesta.

Alejandro se quedó petrificado. ¿Había visto realmente a Ana o había sido un espejismo?



Isaura se separó de él. Se llevó las manos a la cara, en un vano intento de cubrir su sonrojo. Pero había algo más en ella que la tibia vergüenza que le habían sugerido las palabras de Esteban en su oído, y él se dio cuenta. Sus ojos brillaban con radiante vitalidad cómo él no los había visto desde hacía mucho tiempo quizás desde la época en que ellos escondían su romance en uno de los cuartos de los criados en Campo Real.

Eso alentó aún más a Esteban. Extendió de nuevo su mano a Isaura, quería bailar con ella, quería hacerlo durante toda la noche de ser posible.

Isaura volvió a tomar su mano, y reanudaron el baile. Sus pies iban despacio, tranquilos y seguros, haciéndoles moverse y girar armoniosamente al compás de la música.

-Ella tenía razón. habló él, mirándola fijamente.

Isaura no tuvo necesidad de preguntarle de qué hablaba, porque su confusa expresión precipitó una explicación.

-Rocío -añadió Esteban. Ella me habló de esa conversación que tuvisteis.

Isaura se había quedado sin habla y casi sin aliento. De todos los motivos que había sopesado para entender por qué eso sucediendo, Rocío era el único que no había barajado. ¿Qué interés podía tener Rocío en contar aquella conversación? ¿Le habría contado la verdad o se lo habría inventado? Y Esteban podía estar allí sólo por su hijo, tal vez se estaba comportando así con ella sólo por el niño Después de todo, Isaura estaba convencida de que él era consciente del efecto que siempre producían en ella sus galanteos, y podía estar usándolo para ablandarla.

-¿Has venido por el niño? inquirió ella.

Esteban frunció el ceño, algo desconcertado. Creía estar siendo lo suficientemente claro con sus flirteos como para que ella advirtiese sus intenciones.

-No -balbuceó. Al menos, no he venido sólo por él.

-¿Y dónde está ella?

Esteban se sorprendió de que Isaura no fuese capaz de amar las piezas del puzzle por sí misma con todas las pistas que le había dado.

-Pues supongo que ha de estar bien acomodada en su barco de regreso a España. le contestó, alegremente.

Isaura abrió la boca para decir algo, pero no supo qué. Volvió a cerrarla y se perdió en la mirada de Esteban durante unos segundos interminables. Sus ojos casi podían sonreírla la observaban cómo si algo se estuviese quemando dentro de ellos otorgando un nuevo tono a aquel seductor marrón.

Ella se había parado, había dejado de bailar. Él tuvo que detenerse también, y los dos se quedaron allí, embelesados mientras el resto de los invitados bailaban a su alrededor.

-Te has parado, Isaura. le dijo él, para sacarla de su ensimismamiento. Si continuamos así de quietos, van a empezar a mirarnos

Isaura soltó su mano, y volvió a apartarse.

-¿Qué pasa? se impacientó Esteban, y sonrió, optando por incordiarla con dulzura. -¿Te molesta que quiera besarte?

Isaura tampoco contestó, y se dio media vuelta, apurando el paso y perdiéndose entre la gente, ante la aturdida mirada de Esteban.



Estaba tan atolondrada, que tropezó con Nicolás al entrar en la casa.

-¿Qué te pasa? preguntó él, preocupado al notarla tan conmocionada.

Ana bajó la vista, y se fijó en sus manos. Tenían arañazos y un pequeño rastro de sangre. Le escocían Sonrió, amargamente. Aquello no era lo único que dolía.

-¿Estás bien? insistió Nicolás.

-¿Y Estefanía? habló Ana, desviando el tema.

-La dejé comiendo algo, y vine a verte te noté muy alterada al volver de esa terraza. expuso Nicolás. Y por cierto, quiero que sepas que, aunque no te lo dije antes, lamento profundamente lo que le pasó a tu hermano cuándo Estefanía me lo contó, no me lo podía creer. Sino fui a San Pedro fue porque dadas las circunstancias no lo consideré conveniente, no deseaba incomodarte

Ana se encogió de hombros. Le tenía mucho cariño, y apreciaba el valor de sus sinceras y amables palabras, pero no tenía cabeza para hablar con él.

-Gracias, Nicolás -murmuró ella, demasiado distante cómo para que él no lo percibiese.

-Es por Alejandro, ¿verdad? indagó Nicolás, serio. -¿Qué ha pasado entre vosotros?

-Las cosas no van bien -confesó Ana, y tuvo que controlar su gimoteo. Él

Justo cuándo estaba dispuesta a soltarlo todo, el propio Alejandro les interrumpió. Ana no podía creérselo. Además de todo lo que había descubierto esa noche, él parecía impertérrito. Sonreía como si nada.

Alejandro les miró, alternativamente, y se atusó la chaqueta de su traje. Sus ojos, su pelo, su nueva perilla, todo en él era diferente. Había cambiado tanto por fuera como por dentro y se veía a leguas. Su actitud, hasta sin hablar, era la de un completo cretino. Pero por desgracia para Ana, era el cretino que ella quería.

-Me parece que aún no me has saludado. le dijo él. Ya veo que estás ocupada con el mismo pretendiente de siempre, por cierto.

Ana le fulminó con la mirada. ¿Cómo se atrevía? Afortunadamente, Nicolás no tenía ganas de aventurarse en otra disputa similar a las del pasado.

-Me doy cuenta de que tenéis cosas que solucionar. comentó Nicolás. Si necesitas algo, Ana, ya sabes que estoy por aquí.

Dicho esto, Nicolás se apartó de ellos sin darle tiempo a Alejandro de replicar nada.



Abrió los ojos despacio y tuvo que tomar conciencia de la situación. Suponía que se había quedado dormida durante un escaso espacio de tiempo, y se desperezó rápido. Se dio la vuelta, y se sentó, cubriendo su desnudez con las sábanas.

Allí estaba él, de pie al lado de la cama, terminando de ponerse los pantalones. Carolina comprendió que de no haberse despertado ella, él se habría marchado sin hacérselo saber.

Ángel la miró, y continuó abrochándose la camisa, inmutable.

-¿Es que no vas a decir nada? le increpó Carolina.

-Es tarde, vuelvo a casa.

-¿Y ya está? replicó ella, furiosa. Aquello era incomprensible e indignante, incluso para ella. Acababan de hacer el amor a dos días de la boda, y él no mostraba interés alguno en explicar el por qué. No puedes irte así, sin más

Ángel se ató de nuevo su cabello negro, y habló.

-No sé que quieres que te diga

-Has cancelado la boda, ¿verdad? inquirió ella, y contuvo la respiración, aferrándose al último halo de esperanza. Es eso, por eso me has buscado

-Por supuesto que no. No digas tonterías. contestó él, molesto.

Esa fue la gota que colmó el vaso. Carolina se puso en pie, cubierta con la sábana, y clavó sus ojos en él, de forma arrogante y furiosa. Su cabello desordenado le caía por los hombros desnudos y esa imagen sacudió a Ángel con una oleada de deseo así que él se obligó a apartar la vista.

-¿Quién te crees que soy, eh? bramó ella.

Ángel no se alteró ni lo más mínimo.

-Eres una mujer que ha caído en deshonra que pronto estará del todo divorciada y con una imagen muy poco intachable en sociedad y a la que no le quedan amistades, al menos no sinceras. repuso él, con cinismo. Supongo que ya habrás notado cómo evitan saludarte en la calle, y habrás decidido encerrarte aquí la que será tu cárcel hasta que te mueras. Y no puedo decir que no te lo merezcas.

Carolina asió la sábana que la cubría con una mano, con la otra agarró con fuerza la camisa de Ángel, y le zarandeó.

-¡No soy el entretenimiento de nadie, y menos el tuyo, imbécil! -le gritó.

-Tienes razón. repuso Ángel, fijándose en sus ojos. No eres ni siquiera eso.

Carolina le soltó, y resopló. Era imposible hacerle ceder, y estaba agotada.

-No puedes hacerme el amor cómo lo has hecho, y después pretender engañarme -argumentó ella, con lágrimas en los ojos.

Ángel volvió a apartar la mirada. Desde luego, no quería mentirla pero tampoco iba a enfrentarse otra vez a esa situación. Tenía muy claro lo que iba a hacer, y ella no le haría dudar.

-Acepto que no te importa ser cruel conmigo, venir a buscarme y luego ignorarme ser así conmigo no te cuesta nada, porque crees que me lo merezco por lo que te hice. agregó ella, de forma convincente. Pero ¿cómo puedes hacerle esto a ella también?

-No sé de que me hablas. se escudó él.

-¡Eres un cobarde! exclamó Carolina, exasperada. Con Rosa ponías la excusa de la falta de cariño, pero siempre has presumido de que Susana era diferente, que te importaba y que por eso a ella la ibas a tratar bien y que te casarías con ella

-¡Y eso haré! afirmó él, rotundo.

-¿Consideras que acostarte conmigo a dos días de la boda es tratarla bien? discutió ella.

-¿Desde cuándo te preocupan tanto los demás?

Carolina reprimió un sollozo, y contestó, con una apesadumbra sonrisa.

-Claro que no me importa ella mucho menos que nadie. aceptó. Pero lo que quiero es hacerte ver la realidad

-¿Y cuál es?

-¡Qué me quieres! declaró ella. Y lo vas a hacer siempre

-No volveré a verte jamás después de mi boda.

-¡Eso no cambiará nada!

Ángel dio un par de zancadas hacia ella, y la amarró por los hombros, obligando a mirarle directamente a la cara. Su ira provocó que Carolina palideciese.

-Te juro que jamás volverás a verme. Ésta es la despedida. sentenció él.

Ella se zafó de sus manos con un ágil movimiento, y buscó su ropa. Dejó caer la sábana al suelo, descubriendo su cuerpo, y enseguida se puso la bata. Aunque continuaba estando prácticamente desnuda, al menos podía moverse con más libertad.

-Está bien. dijo. Tú verás que haces con tu vida después de todo, yo también puedo buscarme a otros.

Ángel sonrió para sí. La conocía lo suficiente cómo para saber lo que estaba tratando de conseguir lo peor de todo es que aún surgía efecto.

Ella pasó altiva por su lado, y aunque él luchó contra su instinto, terminó por caer, y detenerla agarrándole una muñeca.

-¿A quién vas a buscar? Tu marido no quiere saber nada de ti.

Carolina sonrió, satisfecha.

-Hay más hombres en el mundo que tú y él ¿o crees que tú has sido mi único amante? le atacó ella.

Lo cierto es que Ángel había sido el primero, y sabía que evidentemente después había ido Alejandro, por algo era su marido; y luego, otra vez él. Pero no había pensado en la posibilidad de que hubiese más hombres en su cama no le cabía duda de que Carolina era una manipuladora nata, y que disfrutaba siéndolo y saliéndose con la suya pero no la imaginó en brazos de más hombres. Quizás estaba mintiendo, quizás era parte de otra nueva manipulación pero la duda le estaba fastidiando sinceramente.

-Entonces, diviértete en la búsqueda. masculló él, y la soltó. La miró de arriba abajo con una expresión que Carolina no logró interpretar, y Ángel abandonó la habitación.

Carolina contrajo sus facciones reprimiendo el llanto y el impulso de salir corriendo tras él para maldecirlo una vez más.

Alejandro la llevó hasta el escondrijo en el jardín en que ella les había encontrado. Era el único lugar en el que podrían hablar con cierta privacidad.

Casi sin ser consciente de ello, Ana se apoyó contra la pared en la que había estado acomodada la otra chica. Quería gritarle, pegarle, odiarle pero estaba tan abatida que tuvo que dejarle hablar primero a él.

-¿Qué haces aquí?

Ana no le contestó en el acto, porque se concentró en sus ojos negros, anhelando encontrar en ellos al Alejandro que ella conocía. Pero le fue imposible descifrarlos.

-¿Ana?

Ella sacudió la cabeza, y reaccionó.

-Vine acompañando a mi primo Esteban, él vino a buscar a Isaura. le comunicó.

-Pues no le he visto aún, y me gustaría saludarle.

-Espero que esté arreglando las cosas con ella.

Se hizo otro silencio entre ellos. Alejandro no parecía dispuesto a darle explicaciones, tampoco parecía avergonzado o arrepentido. Su indiferencia la desesperó.

-¿Qué estás haciendo? murmuró Ana.

-¿A qué te refieres?

-A esa chica Rosa e Isaura me advirtieron que habías cambiado, pero nunca pensé que tanto

Alejandro se hinchó de orgullo.

-Lo que hago es disfrutar de mi casi soltería divertirme. se explicó. Algo que nunca había tenido oportunidad de hacer

Ana luchó por controlarse. Estaba tan furiosa no recordaba haber estado tan indignada con él, excepto cuándo él la había mentido y había roto con ella en la Palapa. Entonces el dolor había sido superior a la rabia. Pero ahora ahora la rabia era superior a todo. Porque el Alejandro que tenía enfrente era un desconocido, y esa era la realidad. La había olvidado y se había convertido en un presuntuoso de lo peor.

-¿Y estar con mujeres que no significan nada para ti es divertido? le espetó ella, apelando a la moral que su amigo tenía en el pasado.

Él se rió, con burla.

-Estar con mujeres siempre es divertido.

-¿En qué te has transformado? inquirió ella. Ni siquiera mi primo Esteban en sus peores épocas era así

Alejandro se acarició la perilla.

-Sea cómo sea, no es de tu incumbencia. soltó él, y Ana apreció en sus palabras un leve reproche.

Ella no podía más.

-¿Qué diablos estás haciendo? le gritó. -¿Andas con otras para vengarte de mí?

Alejandro estaba a punto de perder su fingida calma iba a estallar.

-¿Me oyes? prosiguió Ana. -¡Dame una explicación!

-¡Tú me dejaste! le chilló él, y tomó aire para tranquilizarse. No vengas a darme sermones

-Si tu padre y tu abuelo te vieran se avergonzarían.

-¿No les has dicho que no habrá boda? le preguntó él.

Ana bajó la vista.

-No pensé que lo harías tú. mintió. Ella esperaba arreglar las cosas con él y no tener que hablar con la familia de su estúpido arrebato.

-Yo estoy aquí desde hace cinco meses. No les voy a informar de esto por carta.

-¿Y les cuentas lo que haces?

-Soy un hombre joven y libre, puedo hacer lo que me venga en gana. protestó Alejandro, fastidiado.

Ana clavó sus ojos verdes en él.

-Todavía estás casado.

-No por mucho tiempo. repuso Alejandro. Y hay muchas a las que eso no les preocupa

Ana volvió a apretar los puños, encolerizada. Se resintió en los arañazos que se había hecho. Trató de suavizar el dolor frotando las palmas de las manos contra las faldas de su vestido, con disimulo. Pero Alejandro se percató.

-¿Qué tienes en las manos? preguntó, intrigado.

-Nada.

-Déjame ver.

Ana extendió sus manos, desviando la vista, porque no podía siquiera mirarle. Alejandro le tocó las heridas, y ella dejó escapar un leve quejido.

-¿Qué te has hecho? quiso saber él.

-Fue un accidente

-¿Te duele?

-Pues claro. afirmó ella.

-Deberías lavarte. aconsejó Alejandro, y acto seguido sacó un pañuelo de su bolsillo, enroscándolo en la mano de Ana que más heridas tenía. No es muy elegante, pero quizás así no se te infecte

En cuánto ella notó cómo la voz de Alejandro se había dulcificado, apartó las manos, furiosa. No quería ni que la tocara. Estaba demasiado enfadada.

-Sino quieres explicarme qué estabas haciendo con esa chica, ¿por qué me has traído aquí? agregó Ana.

Alejandro se aproximó a ella.

-No me explico porque no creo que haga falta eres lo suficientemente mayor cómo para saber qué estaba pasando. dijo.

Eso era demasiado, y Ana ya no soportaba más la provocación. Levantó la mano, y le golpeó en la cara con fuerza. Ella misma sintió un ligero cosquilleo en la palma de su mano debido al impacto, y supo que a él tenía que haberle dolido. Pero Alejandro no se quejó. Simplemente, se inclinó sobre ella, y la besó en la boca.

Ana apartó la cabeza con brusquedad, asqueada. Pero durante el breve momento en que los labios de Alejandro la tocaron, se estremeció por completo. La humedad de sus labios sobre los suyos, tibios y gruesos, le erizó la piel.

Ana consiguió escabullirse, y se separó de la pared, dando un par de pasos y deteniéndose a la altura de Alejandro. Él sonrió, con crueldad.

-Qué tonta. masculló, con absoluto desdén.

Ana tuvo que hacer un esfuerzo titánico para no llorar al oír la entonación que había usado Alejandro.

-Sí. musitó ella, dolida. Qué tonta hasta me enamoré de ti.

Luego, apuró el paso, y subió las escaleras de la terraza, dejándole allí.



Esteban la encontró sentada en la escalinata, en medio de la sala. La fiesta se extendía a su alrededor, y ella había logrado hallar un lugar menos concurrido allí. Tenía la cabeza apoyada sobre las rodillas, y él la contempló un instante, dubitativo.

-Siento que mi presencia te repugne. comentó él.

Isaura levantó la cabeza.

-¡No! negó ella, con vehemencia. Claro que no

Esteban se cruzó de brazos.

-Saliste corriendo. dijo.

Ella vaciló también. Cómo explicarse no se sentía preparada para eso.

-Es que me asusté. se sinceró.

-¿Por qué?

Isaura hizo una mueca. No creía que la entendiera.

-Me asustó tu amabilidad. expuso. No sé si estaba lista para ella. No la esperaba. Y luego este lugar

-¿Qué?

-Vine sólo por Estefanía. le confesó, jugueteando con su vestido. La única vez que he estado en una fiesta de este tipo fue cuándo Daniel me trajo a la capital me sentía muy incómoda, y no quería cometer ningún error ni parecer una pueblerina y entonces apareció esa mujer

Esteban estaba intrigado. Pese a que oírla hablar de Daniel le producía siempre una ligera turbación, quería escuchar su historia. En el fondo, deseaba saber todo de ella, todo lo que se había perdido por su ausencia.

-¿Quién? inquirió, muy atento.

-Pues Isabel la conoces bien.

Esteban tragó saliva, algo avergonzado. Lamentaba haber introducido a esa bruja en la vida de Isaura.

-Fue grosera conmigo, y luego coqueteó con mi mar -ella se interrumpió en el acto, pero Esteban se había percatado. Con Daniel y terminé haciendo justo lo que no quería hacer: el ridículo. La pegué delante de todos, y hasta la tiré al suelo.

Esteban se rió. Le salió natural imaginarla así e imaginar a Isabel humillada en su propio ambiente de esa forma, le hizo reírse a carcajadas.

-Lo pasé mal, no te rías. se quejó Isaura.

-Perdóname. se excusó Esteban, volviendo a la seriedad. No te preocupes por haberla pegado, se lo merecía.

Llegados a este punto de la conversación, él se sentó a su lado sobre el escalón. Ella le recibió a su lado con una sonrisa.

-Me gustaría saber todo lo que te ha pasado durante este tiempo. le confesó él.

Isaura se hacía las mismas preguntas sobre él. ¿Cómo habría sido su vida sin ella, lejos de allí? Pero no se atrevía a formularlas en voz alta. Temía enterarse de que hubiese habido más mujeres en su vida.

-Siento que te la encontraras, y siento que volviese a incordiarte. Pero estoy seguro de que mi primo te cuidó bien. agregó Esteban. Y puedes contarme lo que sea no quiero cometer los mismos fallos que en el pasado. No te permití confiar en mí lo suficiente.

Isaura asintió con la cabeza al escucharle, aunque no podía consentir que él se echara toda la culpa de lo que había ido mal entre ellos.

-Y yo me sentía tan poquita cosa para ti, que se me metió en la cabeza que no podía funcionar y así fue. musitó. No debí huir de ti y mentirte

Esteban hizo un gesto con la mano, indicando que el asunto estaba zanjado y no quería oír sus disculpas otra vez.

-Esto ya está hablado. repuso. Más bien, pensemos en el futuro porque ya somos suficientemente conscientes de lo que hicimos mal en el pasado.

Isaura tenía otra curiosidad pendiente. Le miró, y lanzó la cuestión.

-¿Qué fue lo que te dijo Rocío? inquirió, incapaz de asumir que le hubiese contado todo. -¿Te dijo que le pedí que cuidara de ti?

Esteban clavó sus ojos castaños en ella. Por su expresión, era evidente que él no sabía nada de eso.

-Creo que eso fue justo lo que no me contó -murmuró él, y ella le vio sonriendo, satisfecho. Eso no me lo dijo. Pero me gusta saberlo.

Isaura se volvió a sonrojar, imaginando lo que podía estar cruzando la cabeza de Esteban.

-Me gustaría ser yo quién te llevase de vuelta a casa. propuso Esteban, con un tono muy dulce.

-A mí también. aceptó ella.

Sus ojos se encontraron durante unos segundos, y se sonrieron. Esteban movió su mano, y tomó la de Isaura comenzaron a juguetear con ellas casi involuntariamente. Primero fueron un par de roces, y después caricias largas, y estudiadas los dedos, las palmas de las manos la sensible y sensual zona de las muñecas Las manos les sudaban sentían, palpitaban cómo si estuvieran haciendo el amor.



Escrito desde Sep 6, 2009, 12:47 AM
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