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  • Capítulo XVIII
    • silvana (Acceso 3909041167)
      Moderadoras
      Posted Nov 28, 2004 4:28 PM

      Estuvo entre sus brazos hasta que no quedaron más lágrimas, y todo pasó. La estación de tren había quedado vacía, y ya había anochecido.
      Ni siquiera recordaba con claridad qué había sucedido, estaba tan atolondrada que Nicolás la condujo hasta el carruaje como si estuviera sonámbula. Hicieron el camino de regreso a la casa de Ana sin decir una sola palabra, oyendo únicamente el traqueteo del coche.
      Cuando el carruaje se detuvo frente a la reja de su casa, Ana tomó conciencia de que seguramente sus ojos estarían enrojecidos, y de que no podía permitir que la vieran así. Se secó los ojos, y tomó y exhaló aire varias veces para calmarse.
      Nicolás estaba sentado frente a ella, y la había estado mirando fijamente todo el camino de vuelta.
      -¿Por qué estás tan mal? –preguntó él mientras Ana se arreglaba el pelo, y se retocaba el rostro.
      -¿Qué? –balbuceó ella.
      -Una simple amistad no produce tanto dolor. Sólo se ha ido a la capital, y volverá probablemente dentro de unos meses. –argumentó Nicolás.
      -Es más que un amigo, Alejandro ha estado presente toda mi vida, es como mi hermano. –respondió Ana.
      Nicolás hizo un gesto de escepticismo.
      -No es tu hermano. –dijo entre dientes. –Parece más el amor de tu vida, ¿no crees?
      Ana se sorprendió mucho, y se sonrojó de una forma exagerada. Era lo que le faltaba para terminar aquel día de pesadilla.
      -¿Cómo has dicho?
      -Seamos sinceros. –prosiguió él inmutable. –Tú estás enamorada de Alejandro, hasta un ciego podría verlo.
      Ana alzó la cabeza, enfadada y con orgullo.
      -Eso es no es asunto tuyo. –musitó ella y se dispuso a abandonar el carruaje.
      Nicolás, en cambio, no le permitió escapar. Estiró una mano, y la amarró por el brazo, obligándola a sentarse de nuevo. La miró directamente a los ojos, había un escaso espacio entre ellos.
      -Acéptalo, y olvídale. Reconoce tus sentimientos, y entiérralos. Él está casado con mi hermana, jamás se fijará en ti, ni te dará una pizca de lo que tanto anhelas. –le habló él en voz muy baja.
      -¿Y qué es eso? –preguntó Ana, forcejeando inútilmente con él.
      En los labios de Nicolás se dibujó una sonrisa irónica.
      -Su amor en exclusiva.
      Ana se enfadó aún más, y con un movimiento rápido y brusco se liberó de su mano.
      -¿Sabes, Nicolás? Creo que me he equivocado contigo. –dijo, y abrió la puerta.
      Él no se movió, y Ana abandonó el coche.
      Cuando ella ya se había encaminado resuelta a su casa, oyó la voz de Nicolás a sus espaldas.
      -Yo también me he equivocado. Te falta crecer, Ana.
      Ella se detuvo, y trató de obligarse a no replicar, pero finalmente su voluntad declinó.
      Se giró, y le vio. Nicolás estaba asomado por la ventana del coche, su gesto era tan serio que sus facciones parecían muy duras; efecto extraño dada su habitual y extrema amabilidad.
      -¿Qué me falta crecer? –repitió, incrédula.
      Nicolás asintió con la cabeza.
      -Crecer y madurar. –agregó él. –Cuando lo hagas, te darás cuenta de que Alejandro sólo es parte de tu infancia, y por lo tanto, debes dejarlo en el pasado, como los recuerdos. Los dos sois personas contrarias a aquellos niños que jugaban juntos, sois dos adultos con vidas diferentes. Si fueras más madura, dejarías de idealizar lo que ya no existe.
      Ana no pudo evitar sentirse contrariada, y prácticamente estupefacta. Odiaba que la analizaran, cosa que por ejemplo Alejandro había hecho casi siempre, pero odiaba aún más que la analizara un desconocido. Prefirió no replicar, y se limitó a abrir la verja de su casa, y entrar en ella, sin volver a mirar a aquel desagradable hombre.

      Sus padres estaban empezando a cenar en compañía de Daniel. Mónica estaba sirviendo los platos, lo que significaba que había permitido que Meche y Azucena se fueran a sus casas con sus respectivas familias. Juan presidía la mesa, y empezaba a comer mientras platicaba con Daniel sobre Campo Real. Al oír la puerta abrirse, se volvió y la vio.
      Juan se levantó, y la abrazó.
      -Es tarde... creí que no volverías nunca de tu paseo. Tu madre me contó que habías salido con Nicolás. –habló él.
      Mónica les miró alternativamente, y luego usó el cucharón para echarle más sopa en el plato a Daniel.
      -Lo siento, sé que es tarde... –se disculpó Ana. –No tengo hambre, así que me acostaré porque estoy agotada.
      -Ya me enteré de lo de Alejandro. Estuve con su abuelo esta tarde, y me lo contó. –continuó Juan.
      Ana suspiró, y percibió la sutil mirada de su madre sobre ella.
      -¿Te despediste de él? –preguntó Juan. –Don Noel no sabe exactamente cuándo volverán de la capital, y parece que va ser bisabuelo... seguro que estás contenta, vas a ser casi tía.
      -Juan... –le reprendió Mónica, deseando terminar con una conversación que hería a su hija.
      -¿Qué? –se quejó él. –Ana, hija, ¿no dices nada?
      Ella sonrió a su padre, con cariño y un alo de pena.
      -Ya lo sabía, papá. Sí, despedí a Alex y Carolina en la estación de tren, de allí vengo. –mintió Ana con descaro.
      -¿Cómo le encontraste? –siguió interrogando Juan.
      -¿Cómo le encontré? –se desconcertó Ana.
      -A Alex, sí. Don Noel me comentó que a pesar del viaje, su próximo hijo y todos los planes de nueva vida, ve a su nieto un poco triste... y no sabe exactamente por qué. –aclaró Juan.
      -Juan, mi amor, deja que Ana se acueste, debe de estar muy cansada, aún no está completamente recuperada. Ya hablareis en otro momento, ¿no crees? –intervino Mónica.
      -Está bien. –aceptó Juan.
      Ana sonrió a sus padres, y tras darle un beso en la mejilla a ambos, hizo lo mismo con su hermano y se retiró a su recamara.
      -Está extrañamente cariñosa... –bromeó Daniel cuando su hermana ya se había ido.

      El portazo se escuchó en todo el pasillo. Isaura estaba tan dolida y furiosa que no podía controlarlo. Se descalzó, y abrió la cama con rapidez y desesperación, la desordenó por completo, y acto seguido tomó la almohada, y la lanzó al otro lado de la habitación. Dio una patada contra la una de las cuatro patas de la cama, e inmediatamente sintió un dolor agudo en el pie, y notó un molesto cosquilleo y calor en el mismo. Sin poder volver a apoyar el pie en el suelo, se sentó al borde de la cama y rompió a llorar.
      Aquel día había sido un infierno. Primero la habían despedido, después de había enterado de toda la verdad sobre Alejandro y se había armado de valor para contárselo a su mejor amiga, y por último había visto a Esteban en compañía de otra mujer.
      Andrés había hablado con ella a su regreso de la casa de Ana para comunicarle que seguiría trabajando como criada en la casa, cosa que ella ya no quería. Sólo deseaba desaparecer, y olvidarse de todo.
      Lloró un buen rato y cuando ya le dolía el abdomen, y el pie se le había empezado a poner morado, se tumbó sobre la cama sin recuperar la almohada del suelo, y cerró los ojos. Quiso dormirse, pero no pudo.
      Había una cosa que permanecía en su mente. Esteban. Siempre él desde que lo había conocido. Era una tortura de la que no podía librarse. No se borraba de su cabeza la imagen de él subiendo a aquel coche con una mujer desconocida. ¿Estaría con ella todavía? Por supuesto.
      La noche anterior ella se había entregado a él, por primera vez en su vida había estado con un hombre de aquella forma, y se había sentido tan feliz que había creído que sería para siempre. Estúpida. Los hombres como Esteban nunca eran para siempre. Si hubiera escuchado los consejos de Ana, y lo que la razón le decía, no habría cedido a aquel impulso deshonesto, y ahora no tendría porque sentir esa angustia en el pecho. La angustia de ser rechazada, de poder perderlo. ¿Pero cómo perder algo que nunca ha sido tuyo? Ella le había dicho dos veces que le amaba, y él había guardado silencio. Debió darse cuenta, y no haberlo pasado por alto.
      Al llegar a este punto, Isaura empezó a llorar de nuevo. No sabía que hora era, probablemente de madrugada. Y seguía sin dormirse.
      Entonces oyó como tocaban a la puerta, dos veces. Ella pensó en Esteban, y con cierto desconcierto, y calculando todo lo que le gritaría, buscó el interruptor a tientas, y encendió la luz. Se incorporó, y mientras se ponía en pie volvieron a tocar.
      Apoyada solo en un pie, y dando saltos, llegó a la puerta, y la abrió. Era él.
      Con su hermosa sonrisa, y con el mismo aspecto informal y galante con el que aparecía siempre ante ella, era Esteban.
      Isaura se apartó, y él entró, cerrando la puerta, y echando un vistazo al desorden.
      -Parece que un huracán ha pasado por aquí. –comentó Esteban en broma, y observó como ella cojeaba al caminar hacia el otro extremo del cuarto. –Y veo que incluso estás lesionada.
      Ella apoyó su espalda en la pared, y le miró con frialdad.
      -¿Dónde has estado? Es muy tarde para que vengas a interrumpir mi sueño. –habló ella. –Eres tan increíblemente egoísta que crees que puedes entrar y salir cuando te dé la gana, sin pensar en mí.
      Esteban se sorprendió.
      -¿Estás enfadada conmigo? –inquirió él.
      -Eres un cínico. –le espetó Isaura. –No sabes cuánto te odio.
      Esteban frunció el ceño, y continuó sonriendo.
      -Advierto un cambio trascendental en ti desde ayer. Estabas tan cariñosa, tan seductora y complaciente, querida mía, que no sé que decir... –siguió bromeando él mientras se acercaba a ella, y la acorralaba contra la pared. -¿Tan mal estuve ayer para que me trates así?
      Esteban apoyó las palmas de sus manos en la pared, a ambos lados de Isaura, encerrándola por completo. Isaura se dejó llevar por la ira, y aprovechando su cercanía, le dio una cachetada cuando él se disponía a besarla.
      Él se apartó un poco, molesto y ya serio.
      -Pero, ¿qué demonios te pasa? –preguntó, perplejo. -¿Qué te he hecho?
      -Piénsalo, y lo sabrás.
      Isaura posó la vista en el cuello de Esteban. No llevaba corbata, y la camisa estaba un poco abierta, de modo que podía verlo. Se extrañó al contemplar un pequeño círculo oscuro en su piel. Era como una marca, o un moratón. No sabía qué era.
      -No lo sé. –afirmó él.
      -¿Qué tienes en el cuello? –preguntó ella, casi sin darse cuenta.
      Esteban se llevó la mano al cuello, y después de dos segundos, sonrió con picardía.
      -¿No lo sabes?
      Isaura negó con la cabeza.
      -Me lo hiciste tú. –contestó él.
      -¿Cómo?
      -Ayer, me lo hiciste tú. –repitió Esteban.
      -Eso no es cierto. –replicó Isaura, ofendida.
      -Por supuesto que sí, pequeña fierecilla. –dijo él, y se echó a reír, divertido.
      -Oh, eres un patán.
      -Oye, ¿cómo te fue por San Pedro? –se interesó Esteban. -¿Hablaste con mi prima?
      -Sí, lo hice, y me siento rara por ello, pero Ana tenía que saberlo. A la larga, le beneficiará. –Isaura hizo una pausa. –Y no cambies de tema...
      -¿Cuál es el tema?
      -Tú, y tus mentiras. Eres un...
      -A lo mejor si dejaras de insultarme, podría enterarme de por qué estás tan enfadada conmigo. –repuso él.
      -Te vi.
      -¿Me viste?
      -Te vi irte con esa mujer. –aclaró Isaura. –Yo acababa de llegar de San Pedro cuando os vi subir a un coche.
      -Ah, eso.
      -¿Ah, eso? –se enojó ella ante su indiferencia. -¿Por qué lo hiciste?
      Esteban se encogió de hombros.
      -No pasó nada entre nosotros. Es una antigua amiga, y...
      -Querrás decir amante. –corrigió Isaura al borde de un ataque de celos.
      Esteban ladeó la cabeza, y la midió con la mirada, algo que ella detestaba.
      -Una antigua amiga. –repitió él. –Hace tiempo que se fue de San Pedro, estaba en Europa con sus padres, volvió y vino a verme... salimos a cenar juntos. –explicó él.
      -¿A estas horas estabais cenando? ¿Me crees estúpida? –replicó Isaura.
      -Quizás mis intenciones no fueran tan inocentes al principio, pero no pasó nada, te lo aseguro. No pude...
      Esteban calló, Isaura estaba dolida. Lo veía en sus ojos. El que le dijera que había estado dispuesto a acostarse con otra mujer, pero que no lo había hecho finalmente, sólo había empeorado el estado de Isaura.
      -Así que no pudiste. –farfulló ella. – Ya veo.
      -Lo que cuenta es que entre ella y yo no sucedió nada. Me contuve, por ti. –añadió él, pero aquello tampoco había mejorado las cosas.
      -¿Por mí? –preguntó entre lágrimas Isaura. –Tú no puedes estar más de diez minutos a solas con una mujer sin que pase nada, y en eso me incluyo. ¿Por qué iba a creerte?
      -Porque te dije una vez que no puedo herirte. –argumentó Esteban, a dos pasos de ella.
      -Acabas de hacerlo. –repuso Isaura.
      Un frío silencio se instaló entre ambos. Esteban hubiera querido contarle lo que le pasaba realmente, porque no había podido ceder ante los encantos de aquella bella mujer, pero no pudo. Sólo había una cosa peor que tener aquellos sentimientos, y era no poder expresarlos.
      -Vamos... –murmuró él.
      Se acercó de nuevo a Isaura, tanteando, y estaba dispuesto a besarla, pero ella le empujó con brusquedad.
      -Tú no me quieres. –habló ella. –Lo sé desde ayer, ni siquiera pudiste mentirme, cómo seguramente has hecho con otras para llevarlas a la cama. Te confesé mis sentimientos, y no dijiste nada.
      -¿Te importa eso? Pensé que no eras como las otras mujeres...
      Isaura arqueó una ceja, atónita y aún más herida.
      -No soy como otras mujeres. –afirmó rotunda. –Pero tú acabas de tratarme como a una prostituta.
      -No te he tratado como a una prostituta. Si lo hiciera, dejaría una propina al lado de tu cama por lo de ayer. –le espetó él.
      Isaura levantó una mano, y le abofeteó.
      “¿Por qué he dicho eso?”, se preguntó Esteban. Lo había dicho sin pensar, y se había arrepentido en el mismo instante en que las palabras habían salido de su boca. Había sido cruel e irracional.
      -Vete. –ordenó ella, con una lágrima resbalando por su mejilla.
      Esteban dudaba, pero no lo demostró. Cumplió su orden en un par de segundos, abrió la puerta con decisión y abandonó la habitación de Isaura anhelando dejarlo todo atrás.

      Era una fría mañana de finales de otoño cuando Alejandro se encontró de nuevo en la capital de México. Habían llegado a la estación, y habían tomado un carruaje al que llenaron de maletas y baúles, encaminándose después hacia la mansión que había sido de los padres de su esposa.
      Carolina estaba feliz. Feliz y cansada porque no había dormido bien en el tren, y él estaba tanto más agotado anímicamente. Se asombró al comprobar que le gustaba aquella ciudad, al fin y al cabo se había hecho hombre en ella.
      México bullía. Era una ciudad cada vez más grande y ruidosa, con las calles siempre en movimiento y con todo tipo de gente. A veces le agobiaba, pero sabía que en aquel viaje debería aprender a amar esa ciudad como a San Pedro. Debería, también, aprender a amar a Carolina como a Ana.
      Se asomó por la ventanilla del coche, y echó un vistazo a las calles. Un par de niños corrían revoltosos perseguidos por su madre. Al notar el frío en su cara, se acomodó de nuevo en su asiento.
      -Me gusta volver a casa. –le dijo Carolina sonriendo.
      La observó. Estaba contenta, y parecía haber vuelto a su rostro el encanto que había perdido desde que se mudaran a San Pedro. Carolina era coqueta, quizás un poco manipuladora y egoísta, pero era una buena mujer. Era bonita, no como Ana, por supuesto, no tenía esa clase de belleza que podía dejar sin respiración a un hombre, mezcla de una marcada personalidad e inteligencia.
      Al pensar en ello se dio cuenta de lo ciego que había estado. ¿Cómo pudo confundir tanto sus sentimientos hacia aquellas dos mujeres? No le quedaría vida para pagar por el sufrimiento gratuito que les había causado a ambas.
      Ana. ¿Podría perdonarle algún día? Si había algo aún más duro que resignarse a olvidar el amor inmenso que le tenía, era vivir sin su amistad. Desde que la había apartado de él, le faltaba una parte de su corazón. Y estaba seguro de que el dolor jamás se mitigaría.
      Pero debía seguir adelante. Por él, por su esposa, y por su hijo.

      Isaura tenía ojeras, Daniel lo percibió cuando ella le sirvió el desayuno en el despacho. Era muy temprano, y él había decidido tomar un ligero desayuno mientras trabajaba en Campo Real, por lo que se había levantado aún de noche. Apenas había amanecido, y se sorprendió de que fuera Isaura quién le sirviera. La marcha de Alejandro le había obligado a poner muchas cosas en orden.
      Ella le sonrió, con cariño, pero pocas ganas, y le dejó la bandeja sobre la mesa. Cuando se iba a retirar él la llamó.
      -¿Isaura?
      Ella volteó y le miró, esperando que hablara.
      -¿Te preocupa algo? –se interesó Daniel. –No te veo muy bien.
      -No, sólo he tenido una mala noche. Ya sabes... –respondió ella, deseando poder irse.
      Daniel se puso en pie, y caminó hacia ella. La observó, de un modo educado y que no podía molestarla.
      -Creo que ocultas algo. –opinó él. –Sé que no tengo derecho a obligarte a contármelo, Isaura... pero siendo sincero, te veo distinta.
      -¿Distinta? –repitió Isaura como si fuera absurdo.
      -Sí, desde ayer. Hoy te veo triste, pero ayer... estás distinta. Es un cambio quizás imperceptible, y que no sé precisar... pero toda tú... has cambiado.
      Ella bajó la mirada, sabiendo que no podía ocultar su rubor. ¿Sería cierto aquello de que una mujer cambiaba después de tener intimidad con un hombre? Y si era así, ¿por qué sólo Daniel podía darse cuenta?
      -Puedes irte si lo deseas. –prosiguió él. –No quiero quitarte tiempo.
      Isaura levantó la cabeza, y se sorprendió al comprobar que había empezado a llorar sin darse cuenta. Avergonzada, se pasó las manos por la cara para ocultarlo.
      -Estás llorando... –comentó Daniel. -¿Qué te han hecho?
      Yo... –balbuceó ella. –No es nada.
      Daniel lo sabía, había una voz en su interior que se lo gritaba, pero la acalló. Sacó un pañuelo de su bolsillo y se lo ofreció.
      Ella se limpió con él, y le sonrió.
      -Es la segunda vez que me das tu pañuelo. –dijo Isaura.
      Daniel le devolvió la sonrisa.
      -Espero no tener que volver a hacerlo, porque no quiero verte otra vez llorando. –él hizo una pausa. –Creo que eras más feliz en mi casa, ¿verdad?
      -Me sentía menos vulnerable. –contestó ella.
      Se quedaron quietos y callados unos segundos. Isaura estiró la mano, y le devolvió su pañuelo.
      -Gracias.
      Daniel estaba a escasos centímetros de ella, y la abrazó. Ella lo esperaba, él lo hizo movido por un impulso, quizás la lástima. Isaura se dejó envolver en sus brazos, fuertes y sinceros. Se hubiera quedado allí siempre, protegida y cómoda.
      Pero entonces la puerta se abrió de golpe. Isaura sintió un escalofrío subiendo por su espalda cuando oyó su voz tras ella.
      -Siento interrumpir. –dijo Esteban. –Buenos días, primo.
      Isaura se separó de Daniel, turbada. Salió del despacho sin mirar siquiera a Esteban.

      La casa estaba cerrada y polvorienta, pero en vez de un hotel, Carolina y Alejandro escogieron la mansión en la que ella había crecido para instalarse desde el primer día.
      Estaba vacía, desordenada, y llena de trastos, pero ella tenía claro como empezar a organizarlo todo a partir de ese día.
      Alejandro había estado allí un par de veces, pero desconocía aquella casa ahora que lucía tan abandonada. Enorme, y de estructura imperial, tenía unos muebles suntuosos y sólidos que volverían a su esplendor a manos de su esposa.
      Carolina y él entraron por la puerta principal, y pagaron al hombre que les había recogido en la estación para que subiera también las maletas a las habitaciones.
      Como hasta el día siguiente Alejandro no acudiría a su nuevo trabajo, ambos dispusieron ocuparse de habilitar un par de recamaras, y ella pensaba en buscar ya mismo a la nueva servidumbre.
      Alejandro, además, había tomado una decisión. La sinceridad era la base de un matrimonio, y si quería intentar hacer feliz a su esposa, debía contarle todo. Era el momento, y nada le haría retroceder.

      Esteban escrutó a su primo con la mirada, y le contempló mientras se sentaba en la mesa, y se disponía a trabajar.
      -Ya que has madrugado, espero que me ayudes a poner en orden lo que Alex dejó sin terminar. Tenemos trabajo doble. –habló Daniel.
      Esteban guardó silencio, reprimiendo ciertas palabras.
      -¿Te pasa algo? –preguntó Daniel impasible.
      -Me sorprende que estés tan cercano a Isaura... tú que niegas cualquier sentimiento por ella. –soltó finalmente Esteban.
      -Yo no niego que la aprecio y me preocupo por ella, mucho más sinceramente que tú. –le espetó Daniel.
      Esteban sonrió, con sarcasmo.
      -Ya veo. –masculló. –Al menos empiezas a admitirlo.
      -Siempre lo he admitido, no busques más dónde no lo hay. –repuso Daniel. –Y espero que tú no seas el culpable de esas lágrimas...
      -¿Yo? –preguntó Esteban como si eso no tuviera sentido.
      -De lo contrario, tendrás serios problemas. –continuó Daniel.
      -¿Me estás amenazando?
      -Te estoy advirtiendo.

      Isaura limpió la cocina, y comenzó a ayudar a Petra a hacer la comida, mientras las otras muchachas se encargaban de las recamaras.
      A Isaura le gustaba aquella cocina, porque era amplia y soleada, y quizás porque a pesar de extrañar la casa de Ana empezaba a acostumbrarse a aquello.
      -Corta esos tomates. Voy a buscar la ropa que la señora Carmen me ha mandado lavar. –le ordenó Petra, y abandonó la cocina.
      Isaura tomó un afilado cuchillo, y empezó a trocear los tomates cuidadosamente. Estaba concentrada en su trabajo, cuando una mano le tocó la cadera, y se sobresaltó.
      Ella se dio la vuelta, y se encontró con Esteban. Se sonrojó.
      -Te espero en tu habitación. –dijo él. –Ahora.
      Acto seguido, había desaparecido.

      Él la esperaba sentado sobre la cama, con rictus solemne. Ella ni siquiera sabía por qué había acudido, pero estaba indignada con su comportamiento. Cerró la puerta al entrar en su cuarto, y le miró.
      -¿Cómo te atreves a ordenarme venir a verte a estas horas del día y después de todo lo que ha pasado? –habló ella, tratando de no levantar mucho el tono de su voz.
      -Soy tu patrón, así que trátame con respeto. –le espetó Esteban poniéndose en pie.
      Isaura no esperaba que le dijera algo así, y se quedó muda.
      -Puedo verte cuando quiera, recuérdalo. Y tú tendrás que acatar mis órdenes. –prosiguió él contundentemente. –No creas que porque nuestra relación ha sido más íntima tienes derecho a insultarme o pasar por encima de mí...
      -¿Yo te he insultado? –replicó ella, boquiabierta y al borde del espanto. –Esto es el colmo...
      Isaura se dio la vuelta, tan ofendida como herida, y abrió la puerta, dispuesta irse y dejarle con la palabra en la boca. Pero Esteban dio dos pasos al frente y cerró la puerta de un golpe, antes de que ella pudiera salir de la habitación.
      Ella se giró, y él se apartó un poco.
      -No te vas. –dijo él.
      -¿Qué te has creído? ¿Crees que puedes tratarme de esta forma? –le increpó Isaura conteniendo las lágrimas de nuevo.
      -¿Y de qué forma sino? ¿Te ofendes? –preguntó Esteban, con ironía. –Tú te haces la decente y la pura, cuando estás en brazos de dos hombres que además son primos.
      Una bofetada. La tercera en menos de doce horas. Isaura nunca había pegado a un hombre, pero ninguno la había hecho daño antes. Antes de Esteban no sabía nada del amor, y ahora que lo había descubierto, prefería olvidarlo.
      Él no se movió, e Isaura vio como su mejilla enrojecía por la cachetada.
      -Me estaba consolando. –musitó ella con voz muy pausada. –Ni siquiera sé porque te lo cuento.
      -No soporto que te toque, y menos que...
      -¿No soportas que un amigo intente consolarme y yo debo entender que pensabas acostarte con otra mujer, pero cambiaste de opinión? –repuso Isaura.
      -Espero que no te burles de mí.
      -No pienso seguir escuchándote. –afirmó ella, y se volteó de nuevo para marcharse. Esta vez fue la voz de Esteban lo que la detuvo.
      -Dijiste que no te quiero. –habló él.
      Isaura le miró de nuevo. El corazón le latía deprisa.
      Esteban se encogió de hombros.
      -En realidad, –continuó él. – te quiero un poco.
      -¿Un poco?
      -Sí, un poco.
      Isaura sonrió.
      -Bueno, al menos me reconforta que después de habernos acostado me digas que me tienes un poco de afecto. –comentó ella.
      -Tú sabes lo que quiero decir.
      -No, ¿qué?
      Esteban calló.

      Alejandro entró en la habitación que su esposa escogió para ellos. Grande, más lujosa y confortable aún que la de Campo Real, pero sin limpiar. Las maletas lo llenaban casi todo.
      -¿Te gusta? –preguntó Carolina expectante.
      -Sí, mucho. Pero antes de empezar nuestra nueva vida, me sinceraré contigo, Carolina. –expuso Alejandro.
      -¿De qué hablas? –inquirió ella, y sintió el pavor recorriéndola todo el cuerpo.
      Alejandro le sonrió, con cariño y pena.
      -Ya es hora de que lo sepas todo. Quizás de ese modo, podamos empezar de cero.

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