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Cris (no login) Posted Oct 7, 2005 12:19 AM
Ana y Alejandro abandonaron el restaurante y salieron a la calle. Ella seguía sintiéndose mareada, y eso se unía la turbación de haberse encontrado con él. En realidad, se dio cuenta de que estaba temblando cuando él se detuvo, y soltó su brazo del de ella. Creyó que perdería el equilibrio, y además tenía tantos sentimientos encontrados que no sabía que hacer. Ana quería quedarse y salir huyendo al mismo tiempo.
-La tienda está cerca, ¿quieres ir? –habló él. –Está llena de antigüedades, y realmente creo que te gustaría.
Ana se encogió de hombros.
-Me da igual. –dijo.
-Claro, soy estúpido. –comentó Alejandro, y sonrió, avergonzado.
-¿Por qué?
-¿Cuántos meses llevas aquí?
-Pues…
-Seguramente Nicolás ya te ha enseñado un montón de sitios, lugares, y tiendas que han llamado tu atención. –terminó Alejandro.
-No… no estoy todo el tiempo con él.
-No tienes que darme explicaciones, Ana. –repuso Alejandro, y se dio cuenta de que pisaban arenas movedizas.
-Hubo un tiempo en que lo sabíamos todo el uno del otro, hubo un tiempo en que no lo llamábamos así. –replicó ella, más apenada que enfadada. –Y no te las estoy dando.
Además, supongo que nada de eso te interesa.
Ahí estaba el tema. Ella lo había sacado. Su ruptura, la forma en que Alejandro la había echado de su lado.
-Dijiste que no me odias. –dijo él.
-Y no lo hago. –aseguró Ana, consciente de que no podía hacerle reproches porque sabía toda la verdad, pero tampoco podía comportarse como si nada. En el fondo, lo que le dolía era que la sinceridad entre ambos se había esfumado. Le añoraba, añoraba a su amigo, además del hombre al que amaba.
Él la observó, y de pronto, sonrió.
-¿Qué? –inquirió Ana.
-Tienes las mejillas encendidas.
Ana se llevó las manos a la cara.
-Y no he querido decírtelo antes, pero hueles a… vino. –agregó él.
-Tampoco me he bebido una bodega entera.
Alejandro se rió, divertido.
-Sólo un poco. Probablemente sólo me haya dado cuenta yo. –la calmó. –Pero nunca te había visto…
-Evita la palabra borracha. –pidió ella. –Esta situación ya es lo suficientemente bochornosa.
Alejandro se rió de nuevo, más alto.
-Estás muy graciosa. –comentó.
-Sí, eso opináis los dos. –respondió Ana, y en cuanto lo dijo, se arrepintió.
La sonrisa de Alejandro se borró en el acto.
-Llévame a esa tienda. –pidió Ana.
-Claro.
Se miraron unos segundos muy largos, y ninguno se movió.
-Me gustó bailar contigo. –musitó él, de pronto. –No sé si te lo dije, pero estabas radiante.
-A mí también me gustó. –admitió ella. -¿Crees que… podríamos vernos en algún otro momento?
Lo había dicho. Ana quería alejarle, su sola presencia la torturaba, y casi inconscientemente había sugerido algo que tiraba por tierra todos sus planes e intenciones.
-Sería un placer. –contestó él, preguntándose porque demonios no podía negarse.
-Si no estás muy ocupado, claro.
-Para ti siempre haré un hueco. –bromeó él, con tono más amable que presuntuoso.
Alejandro se movió, y ella le siguió. A unos pocos pasos estaba la tienda. En el escaparate había libros antiguos, relojes, joyeros, cuadros y flores secas.
Ana se paró un segundo a contemplarlo, y luego entraron juntos en la tienda. Dieron un vistazo, y ella se paró frente a un pequeño y antiguo reloj dorado de mano. Le recordaba a uno que tenía su padre, aunque la cadena del de Juan era de plata. Se lo había comprado su madre en uno de sus aniversarios.
-¿Te gusta ese reloj, Alex? –inquirió ella. –Me gustaría comprártelo… ayer fue tu cumpleaños, y tú siempre me has hecho regalos.
-Ese baile fue el mejor regalo, Ana. –contestó él. –No tienes que comprarme nada, en serio.
-No sé si tengo aquí suficiente dinero…
Antes de que Alejandro pudiera añadir más, ella ya estaba hablando con el vendedor, un hombre canoso y delgado que negoció el precio. Ana le pagó en mano, pero le faltaban algunos pesos y seguía regateando.
Alejandro se acercó a ellos, sacó la cartera, y pagó al vendedor lo que faltaba pese a las protestas de Ana.
-No es un regalo si pagas la mitad. –se quejó ella.
Alejandro tomó su reloj, sonrió, y le dio un espontáneo beso en la mejilla a Ana.
-Es el mejor reloj que he tenido nunca.
Él salió de la tienda junto a Ana. Iban en silencio, hasta que Alejandro se detuvo de nuevo.
-No quería… no quería hacerte esta pregunta, no quería sacar temas desagradables entre nosotros, no ahora que todo parece haberse calmado…pero… -Alejandro titubeó. -¿Por qué?
-¿Por qué, qué?
-Porque eres así conmigo, después de todo lo que pasó, no estás enfadada, ni dolida. No es sólo que me hayas perdonado, es que… eres… natural… amable, afectuosa… deberías odiarme. –expuso Alejandro, verdaderamente contrariado.
-Tienes razón. No debiste sacar el tema. –replicó ella, molesta.
Derrumbarse o luchar. Su padre o ella. Esteban se encontraba ante una encrucijada. Y no sabía qué paso dar, ni hacia donde. Si contraía matrimonio con Isaura, perdería a su padre. De lo contrario, su felicidad se esfumaría. Detestaba las complicaciones. Nunca había tenido muchas, huía de ellas, siempre encontraba la salida fácil. Pero ya no había salida fácil.
Estaba bloqueado, y no quería decepcionar a nadie. Quería a Isaura, pero renunciar a su padre tampoco le parecía justo. Aquel hombre se lo había dado todo, sin pedir nada a cambio. El escándalo, la penuria, la familia. Lo perdería todo por aquella mujer.
Su madre. Pensó en ella. Siempre le había protegido, y bajo sus brazos sentía que ningún mal podía alcanzarle. ¿Pero sería capaz su madre de salvarle en aquella ocasión? ¿Podría Carmen enfrentar a su marido para defenderle? No, Esteban estaba solo por primera vez. Y tendría que mostrar su coraje.
Salió del cuarto de su padre dándole vueltas a todo. Se topó con su madre en mitad del amplio salón de Campo Real.
Carmen se levantó cuando le vio, y fue a abrazarle, sin decir ni una palabra.
-Hijo mío… estás triste. –observó ella, haciéndole una caricia en la cara.
-Papá… -Esteban tomó aire, le faltaban las fuerzas para tener la conversación- Me echará de casa cuando me case con Isaura…
-¿Cuándo te cases? ¿Es una decisión tomada?
-Eso es lo que él no entiende.
-Dale tiempo. Y daros tiempo tú e Isaura.
Esteban atravesó con la mirada a su madre, indignado.
-Creí que tú me entendías, ¿también piensas como él?
-No, cielo… pero sí es cierto que te estás precipitando por la prohibición expresa de tu padre, y quizás cometas un error. Esteban, tú y esa muchacha apenas os conocéis y sí sois muy diferentes. El matrimonio es para toda la vida, y tú nunca habías estado enamorado antes. No quiero que cometas un error. –argumentó Carmen.
Esteban esbozó una sonrisa.
-Eso es lo que nadie ve. No os queréis dar cuenta. Estoy absolutamente seguro de mis sentimientos.
-¿Has hablado con sus padres? ¿Has pedido su mano? ¿Cómo la vas a mantener? –le interrogó ella. –Del amor sólo no se vive.
-Claro, el pobre Esteban es tan inútil que no puede mantener a su esposa. No sabe hacer nada por sí mismo…
-¡No pienso eso! –se enojó Carmen. – Pero tú trabajas para tu padre, y no tienes un centavo para empezar a vivir por ti mismo… en serio, hijo, al menos date tiempo para organizarte…
-Tú quisiste a mi padre, ¿no puedes entenderme ahora?
-Te entiendo. –aseguró Carmen. –Pero piensa bien antes de hacer las cosas. Luego de hechas, no tienen vuelta atrás.
Ana no parecía dispuesta a continuar con aquella conversación. Se había callado, y caminaba de vuelta al restaurante. Alejandro la acompañaba en silencio, a su lado.
-Sólo quiero saberlo. –insistió él, de nuevo.
-¿No crees que soy yo la que merece las explicaciones? –inquirió ella, volviéndose resuelta hacia él.
-No quiero discutir.
-Yo tampoco. Además, no estoy muy… lúcida ahora mismo. –comentó ella.
Alejandro se fijó en sus ojos, un poco enrojecidos. Grandes, verdes, serenos, hermosos. Le trasmitían tanta paz que no podía dejar de mirarlos. Era como estar en casa. Pero al mismo tiempo que le recordaban grandes momentos, le llenaban de dulzura y cariño, le quemaban por dentro, le aniquilaban, y le hacían anhelar tocarla. Allí, a su lado, Alejandro sólo podía pensar en besarla al menos una vez.
-Deberías hablar tú primero. –dijo ella, en voz más baja y calmada. – Tú te fuiste sin despedirte, sin decirme que esperabas un hijo, sin contarme la verdad… me abandonaste.
-Quería verte feliz, por eso me fui. –contestó Alejandro con rapidez, bajando la vista hasta la boca de Ana.
-Lo sé. Y aunque sé que pensaste que era lo mejor, creo que la verdad me hubiese hecho menos daño. –replicó ella.
Alejandro levantó la vista y la miró con expresión interrogativa.
-¿La verdad? –preguntó.
Ana alargó una mano, y alcanzó la de Alejandro. Él no se movió, y ella le rozó levemente un par de dedos. Luego, le acarició la mano con afecto.
-Isaura… ella oyó una plática entre tú y mi primo Esteban y…
-¿De qué estás hablando?
Ana titubeó, y siguió.
-Ella os oyó, y sé toda la verdad, Alex. Sé que… que… no me dejaste por… falta de amor, sino precisamente por lo contrario…
Alejandro se soltó de su mano, sorprendido y confuso.
-No es posible.
-Te sacrificaste en vano. –apuntó Ana. –Cuando dejaste San Pedro yo ya lo sabía todo. Por eso no he podido odiarte. Aunque probablemente…
-¿Qué?
-Probablemente tampoco hubiese podido pese a haberme creído tu mentira. –concluyó ella. –Y fuiste un tonto al pensar que sí.
Alejandro abrió la boca, pero no dijo nada. No sabía que decir.
-Fui a la estación, pero cuando llegué ya te habías ido, así que no pude despedirme de ti. Me dejaste hundida en la más absoluta pena. –le contó Ana que ya no podía parar de hablar. –Y vine a la capital para recuperarme.
-Y Nicolás te está ayudando en eso. –le espetó Alejandro, que ni siquiera sabía porque había dicho tal cosa. Su lengua había sido más rápida que su mente. –Perdona.
-He perdonado tu mentira, y el hecho de que pensases por los dos y tomaras tú solo la decisión, sé que debiste sufrir mucho y…
-Ahora estoy bien. –le interrumpió Alejandro.
Ana hizo un gesto escéptico.
-No tienes que dejarte llevar por el orgullo, Alex, soy yo y te conozco y…
-Estoy bien. –repitió él. – He aceptado la realidad, Ana. Y además, te veo… bien. Estás contenta, viendo cosas nuevas, siguiendo con tu vida. Eso era lo que yo quería. Me has olvidado, y además de eso, no me odias. Estoy bien.
-¿Y qué hay de tu espantoso matrimonio?
-¿Por qué crees que es espantoso?
Ana se había quedado sin palabras. En ningún momento habría pensado que Alejandro fuese feliz en su matrimonio con Carolina, era algo que simplemente no se había planteado. Había asumido que los dos estaban sufriendo por estar separados, y que Alejandro se llevaba la peor parte por haberse casado con alguien a quién no amaba.
-Bueno, tú… -balbuceó ella. –Tú no la amabas…
-Pero estos meses en la capital me han ayudado mucho. –mintió él, y tragó saliva, nervioso. –Nos llevamos bien, nos entendemos, la conozco mucho mejor, y eso me hace… quererla mucho.
Ana no se dio cuenta de lo falso que sonaba aquel discurso, quizás porque estaba ebria, o quizás porque el amor ciega a las personas de muchas formas distintas. Y las palabras de Alejandro se le clavaron en el pecho, y tuvo que aguantar las lágrimas con mucho esfuerzo.
-La quieres… -dijo entre dientes ella. –Entonces los dos somos felices.
-Sí. –musitó él.
Ana sonrió entre lágrimas, y se pasó un mechón de pelo por detrás de la oreja. No se atrevía a mirarle a la cara.
-Pensaba que a lo mejor tu vida era un infierno… que ridícula soy. Estás casado con una mujer hermosa, y muy lista, ¿por qué no ibas a poder quererla?
Alejandro se mordió el labio inferior mientras la escuchaba. No sólo no quería a su esposa, sino que cada día la soportaba menos. Pero lo último que deseaba era que Ana le compadeciera. Realmente sí había mucho de orgullo en lo que había dicho.
-Uno aprende a vivir con el dolor. El dolor de no tenerte cerca, de haberte perdido, de estar solo. –habló él. –Pero un día te levantas por la mañana y te das cuenta de que el dolor se ha ido atenuando hasta que ya no queda nada de él. Y puedes finalmente volver a vivir.
-Claro.
-Eso nos ha pasado a los dos. –prosiguió Alejandro. – Y me alegra estar así. Lo hemos conseguido, Ana. Somos los de antes.
Ana le miró, con el gesto comprimido. Se negaba a llorar.
-Podemos estar juntos sin sentir nada el uno hacia el otro. Sólo somos dos grandes amigos, que siempre se tendrán el uno al otro, y que no se guardan rencor por el pasado. Me alegra tanto haberlo hablado… -dijo él.
¿Acaso sólo ella había sentido algo al bailar con él? Ese baile había sido mágico, y Ana lo había sentido tan cerca… ¿cómo podía ser que no hubiese removido nada en Alejandro?
-¿Puedo abrazarte? –inquirió Alejandro.
Ana se encogió de hombros.
-Voy a abrazarte. –decidió él.
Alejandro se acercó más a ella, y titubeó, pero finalmente la estrechó entre sus brazos con firmeza. Ana no se movió, sólo cerró los ojos. Y Alejandro sintió su pelo en la cara, y su dulce aroma impregnándole cada fibra de su ser. Se habría quedado allí para siempre.
Esteban volvió a San Pedro, a la casa de sus tíos. Entró por la puerta de la cocina, y al comprobar que estaba vacía se sentó en una de las sillas a esperar, pacientemente. Tenía que hablar con ella y no se iría hasta lograrlo.
Isaura entró en la cocina unos minutos después, y le vio allí sentado, pensativo y solo.
-¿Qué haces aquí? –preguntó ella, nerviosa. –Dos veces, en un mismo día, ¿qué excusa vas a dar?
-¿Están tu madre o Azucena? –habló Esteban, tranquilo.
-No. Mi madre ha vuelto a casa, y yo dije que iría más tarde. Voy a ayudar a Azucena a servir la cena por la noche.
-¿Dónde está Azucena?
-Salió a hacer algunas compras, pero aún así es imprudente…
-Tenemos que hablar, no podemos seguir demorándolo, cariño. –dijo él, dulcemente.
Isaura se paró delante de él, y Esteban se puso en pie. Él le sonrió y le hizo una caricia en uno de sus hombros.
-Mi padre no acepta, ni aceptará, al menos no por ahora, ni fácilmente, nuestra relación. –expuso Esteban y continuó. –Y tampoco va a ayudarme, digamos que…
-¿Qué?
-Me echará de casa si nos casamos, y no me va a dar un solo peso. Además de eso, me ha amenazado con desheredarme…
Los ojos de Isaura se llenaron de lágrimas, y toda su expectación, se convirtió en decepción. Esteban lo percibió.
-Eh, vamos… eso no significa que no vayamos a estar juntos…
Isaura dio un paso atrás.
-Si me lo cuentas, es porque para ti es importante, obviamente…
-Es mi padre, me importa, claro está…
-No me refiero a eso. –repuso Isaura. –Te estás preguntando si merece la pena perderlo todo por mí.
-¡No!
-Claro que sí. –disintió ella. –Y es normal… tú tienes una vida cómoda, y no es justo que yo te separe de tu familia, y te aleje de tu clase, y estás dudando. Si no, no me lo contarías, esperas que yo tome una decisión por ti, probablemente la de olvidarnos el uno del otro…
Esteban abrió la boca, atónito.
-¡Estás loca! Y demasiado susceptible, y no puedes razonar en ese estado. –protestó él. –Lo que has dicho es una tontería… te lo cuento, porque es lo que ha pasado…
-No te engañes, ni me engañes a mí. –replicó ella, molesta. –No tienes valor para afrontar la situación.
-Tampoco tú. Hace un rato quise contárselo a tu madre, y tú te echaste para atrás.
-¡Eso no es justo! –gritó Isaura. –Tú no has aclarado las cosas, es mi reputación la que está en juego, primero dime si vas a enfrentar a tu familia, y luego le contaré a la mía lo que hay…
Esteban se quedó callado un instante.
-No he venido a discutir. –dijo.
-Estás asustado.
-Tú también.
-¿Es comprensible, no? Yo soy quién más pierde. –le recordó ella.
-No vas a perder nada…
Isaura dejó escapar un sollozo. Él la entendería mejor si conociese su embarazo, pero había algo dentro de ella que le impedía contárselo.
-Sólo te pido tiempo. –explicó Esteban.
-¿Tiempo? ¡No tenemos tiempo! –chilló ella, exasperada.
-No grites… vamos, sólo unos meses, tiempo para organizarme, ver qué pasa con mi padre, para encontrar una solución…
-Las cosas seguirán igual en unos meses. –replicó Isaura.
-No, ahora no tengo dinero, ni trabajo ni…
-Ni agallas. –apuntó ella, realmente molesta. –Y tampoco las tendrás en unos meses, y tu padre no cambiará de opinión por si solo.
-No esperaba que tú también me presionases.
-No eres el único presionado aquí, Esteban. No recae todo en ti, pero supongo que eres incapaz de verlo…
Esteban se acercó a ella, con intención de tocarla, pero Isaura se apartó.
-Así que se trata de eso… me rechazas, y dejas de confiar en mí. –dijo él.
-Simplemente estoy cansada. Mucho. Estoy cansada de vernos a escondidas, de amarnos en secreto… no podemos seguir así eternamente. Ahora es el momento. Ahora o nunca.
-Me estás diciendo que… -Esteban tosió. –Me estás diciendo básicamente que si no me caso contigo ahora, no lo haremos nunca.
Isaura asintió con la cabeza.
-¿Por qué eres tan egoísta? ¡Por Dios! ¡Es mi padre! –se indignó él.
-¡¿Yo soy la egoísta?!
-¡Me obligas a elegir!
-¡No soy yo, es él quién lo hace! –chilló ella, una vez más.
-No entiendo por qué tienes tanta prisa…
-Me equivoqué contigo, Esteban. –murmuró Isaura. –Creí que lucharías por mí, pero…
-¡Sólo te pido tiempo!
-¡No lo hay!
Esteban guardó silencio de nuevo. La miró largamente.
-Está claro que los dos nos hemos equivocado. –comentó. –Yo también pensé que entenderías que además de quererte a ti, le quiero a él.
-Sí, está claro. –afirmó Isaura, fríamente.
-Bien. Entonces no hay mucho más que decir.
-No.
Esteban tenía un nudo en la boca del estómago. Toda esa discusión había transcurrido tan rápido y de forma tan extraña, que no le había dado tiempo a medir palabras ni consecuencias. Simplemente no lo había visto venir.
-Entonces… -dijo para sí.
-Entonces somos dos personas que se han amado, y que han llegado a un punto sin retorno.
Más silencio. Un silencio terriblemente largo.
-No dices nada. –musitó ella, entristecida.
-No sé que decir.
-Deberías saberlo, ese es el problema.
Los dos estaban dolidos, con el ego herido, y asustados. Y no había, ciertamente, vuelta atrás.
-Vete. –habló Isaura.
-¿Qué?
-Se acabó. Y lo sabemos los dos.
Esteban la miró, perplejo, y con los ojos húmedos, incapaz de entender qué había pasado allí.
-Si tú no tienes valor para luchar por nosotros, yo sí lo tengo para liberarte del peso y de la carga de una relación de la que no estás seguro… -aclaró ella.
-¡Te quiero! –exclamó él, como si no fuese obvio.
-Eso no es suficiente. –prosiguió Isaura. –Así que vete de una vez, y no vuelvas a buscarme…
Esteban no podía creer lo que estaba oyendo.
-Creo que eres tú quién no ama suficiente, Isaura, no yo.
-Es posible. –soltó ella, tan abrumada que no se dio cuenta de lo que había dicho hasta que lo dijo. –Yo…
-¿Estás segura de que quieres que me vaya? –inquirió él. –Porque si salgo por esa puerta, no volveré.
Isaura fijó la vista en la puerta, y las piernas le temblaron.
-Sí, estoy segura. –soltó en voz muy baja, y creyó que se desmayaría.
Esteban la miró una vez más, con una pena tan grande que si ella lo hubiese visto, todas sus dudas hubieran desaparecido. Pero ella estaba mirando el suelo.
Él caminó hacia la puerta, y se paró un segundo antes de salir de la cocina.
-Adiós. –dijo.
Isaura oyó la puerta abrirse, y volver a cerrarse. Cuando levantó la vista, estaba sola. Se agarró a la silla, y se sentó, con la cabeza llena de tantos pensamientos, y con un dolor tan grande en el pecho, que no podía respirar. Entonces las lágrimas empezaron a caer a borbotones por su cara.
Alejandro dejó a Ana con Nicolás en el restaurante, y se fue con su jefe. Ana se encontraba aturdida, y tan triste, que apenas habló con su acompañante primero en el paseo que hicieron por ciertas zonas de la ciudad hasta entonces desconocidas para ella, y después en el viaje de vuelta a casa de su prima Dolores.
Cuando ya parecía que entraría en la casa, y dejaría todo atrás, sin tener que contar nada, Nicolás se detuvo con ella frente a la puerta, y Ana supo que no sería una despedida breve.
-¿Qué pasó con Alejandro?
Ana se apoyó en la puerta, cansada.
-Nada. –contestó, escuetamente.
-Estás triste, otra vez. –opinó Nicolás. – No entiendo por qué él te descompone tanto…
-No voy a hablar ahora de eso… no tengo ganas, y no hay nada que contar. –se excusó ella. –No estoy triste, sólo algo ebria, cansada, y avergonzada.
-Los dos sabemos que no es sólo eso. –repuso Nicolás, y se acercó más a ella. –Pero no importa. Me he divertido mucho comiendo contigo.
Ana sonrió, sin ganas.
-Gracias. Yo también.
-Me tienes para lo que quieras, espero que lo sepas. –comentó él.
Ana se rió esta vez, y le dio un suave golpe en el hombro.
-Eso se lo dirás a todas…
Nicolás se acercó más, y Ana se vio atrapada contra la puerta.
-No hay otras. –le susurró él. –Tú eres la única.
-Oye, espero que el hecho de verme en este estado tan lamentable no te haga pensar que soy una presa fácil…
Nicolás se rió divertido ante su franqueza.
-¿Presa fácil? –repitió.
-Bueno, creo recordar que te pareces bastante a mi primo Esteban…
-Pero te fías de mí, ¿no es cierto? –replicó Nicolás. –Además, hace mucho tiempo que no ando con mujeres…
-¿Mujeres?
-Quiero decir, que he madurado, y ahora sólo quiero a la adecuada para sentar cabeza. –continuó él.
Ana se dio cuenta de que se acercaban peligrosamente a una declaración, y deseaba por todos los medios encontrar la forma de pararle.
-No soy la adecuada. –soltó ella, seria.
-Es pronto para saberlo. –dijo Nicolás, y se apartó. –Pero espero tener tiempo suficiente para averiguarlo.
Ana arqueó una ceja, algo desconcertada.
-¿No vuelves a San Pedro?
-Nada tengo que hacer allí. –contestó él. –Y mucho aquí.
Entonces Nicolás le sonrió, le guiñó un ojo, y se subió en el carruaje. Ana se separó de la puerta, y la abrió, pasando al interior.
Cuando entró en la casa, las luces estaban apagadas, y ella se agachó para encender una lámpara que había sobre una pequeña mesa cercana al sofá. Alguien le tocó el hombro y se sobresaltó. Dio un paso hacia atrás, y descubrió el rostro del hombre que allí se encontraba.
A través de la tenue luz de la lámpara, vio como aquel apuesto hombre le sonreía. Su melena negra caía sobre sus hombros, y sus facciones morenas y atractivas le hicieron sonreír. Pese al aspecto rudo y ciertamente salvaje que siempre llevaría consigo, y pese al respeto que su sola presencia le imponía, Ana nunca le temería. Le devolvió la sonrisa tan contenta que todo lo anterior se borró de su cabeza. Era el efecto que tenía en ella. Se lanzó a sus brazos sin pensarlo.
-Mi pequeña… -murmuró él mientras la abrazaba.
-Me alegro tanto de que hayas venido, papá… |
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