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  • Capítulo XXX
    • Cris (no login)
      Posted Feb 12, 2006 6:19 PM

      Ana se separó un poco de su padre, y le miró, emocionada. Juan se irguió, y sonrió de nuevo. Luego, alargó una mano, y le acarició la mejilla.
      -Estás tan linda… -habló él.
      -Has venido. –contestó ella. -¿Por qué? ¿Y mamá, y Daniel?
      -Con calma. –pidió Juan. –Primero dime, ¿de dónde vienes tú?
      -¿Qué?
      -Dolores me dijo que habías salido con ese hombre, Nicolás.
      Ana asintió con la cabeza.
      -Me invitó a comer, y luego hemos paseado por la ciudad. –explicó ella.
      Juan la observó, y movió la cabeza un poco más hacia atrás, serio.
      -¿Hay algo entre ese hombre y tú? –preguntó.
      Ana se sorprendió. Lo cierto es que pese al interés que Nicolás mostraba en ella, y pese a aquel beso, ella no había considerado la posibilidad de que hubiese algo tangible entre ambos.
      -No. –mintió, pensando en lo que su padre pensaría si supiera que él la había besado. –Sólo es un buen amigo.
      -Parece tener demasiado interés en ti, para ser sólo un buen amigo…
      Ana se movió, y se sentó al borde de un sillón, mientras clavaba la mirada en su padre.
      -¿Por qué estás aquí?
      Juan suspiró, y se sentó a su lado.
      -Tenía ganas de verte. –dijo, despacio.
      -¿Nada más?
      -Nada más. Todo sigue igual por San Pedro, no te inquietes.
      Ana sonrió.
      -Me alegro. –musitó.
      -De paso que he venido, Don Noel me ha encargado que le entregue una carta a su nieto. La dirección viene en el sobre, ¿querrás acompañarme?
      Ana sintió como el corazón se le encogía, y los nervios se apoderaban de su estómago.
      -¿A casa de Alejandro? –tartamudeó.
      -Sí, supongo que tendrás ganas de verle también a él.
      -Hoy he estado con él, papá. –confesó ella. –Pero no tengo el placer de conocer su casa…
      -Ah, entonces mañana vendrás conmigo.
      -No sé si es buena idea. –opinó Ana, tímidamente.
      Juan arqueó una ceja, extrañado.
      -¿Desde cuando no es buena idea que tú veas a Alejandro?
      -Creo que… no le caigo muy bien a su esposa, papá. –explicó Ana.
      -¿Y eso porqué?
      Ana se encogió de hombros.
      -Es una sensación. –expuso ella. –Y no quiero ser causante de una pelea entre ellos.
      -Eso no tiene ningún sentido. Hablas como si ella te tuviera celos.
      -Le conozco mucho mejor de lo que ella nunca podrá conocerle. –respondió Ana, y su lengua fue más rápida que su mente. –Quiero decir que…
      Juan esbozó una sonrisa.
      -Mi pequeña Ana, eres tú quién tiene celos de ella, y probablemente, conociendo tu carácter, porque es como el mío, no se lo pondrás muy fácil… ¿crees que no es lo suficientemente buena para tu Alejandro? –argumentó su padre, convincente.
      Había parte de verdad en aquellas palabras. Sólo que los celos de Ana no eran de amiga, sino de mujer.
      -Es posible, no me hagas caso. –dijo ella.
      Luego, Ana apoyó la cabeza en el hombro de su padre, y se abrazó a él, como tanto le gustaba hacer. Suspiró, relajada, y Juan empezó a acariciarle el pelo suavemente. Entonces se dio cuenta de lo cansada que estaba, y los ojos se le cerraron lentamente hasta quedarse dormida.

      Una taberna de mala muerte. Eso buscó Esteban aquella noche. Un lugar donde perderse, y beber. Eso hizo desde que llegó allí. Cuando ya estaba lo suficientemente borracho como para no acordarse bien de la discusión, pero no demasiado como para no poder tenerse en pie o perder por completo sus facultades mentales, se puso en pie, y optó por salir a la calle.
      Tropezó con un hombretón, y salió al exterior. Se sentía ahogado, así que aflojó el cuello de la camisa. Anduvo un par de horas, sin rumbo fijo, por las calles casi vacías de San Pedro, hasta llegar a uno de los barrios habitualmente concurridos por gente bien.
      Se apoyó en una pared, y respiró hondo. ¿Cómo había llegado a aquel punto? Se vio asimismo en diferentes momentos de su vida, y de repente, Isaura apareció en su mente. Todos los días de su vida hasta llegar a ella. A veces no bastaba con desear algo, a veces había que luchar por ello. Él estaba decidido, y ella no lo veía.
      Deslizó su espalda en la pared, hasta sentarse en el suelo. Las luces de un restaurante le obligaron a cerrar los ojos. Oyó las voces de lo que parecía ser una pareja pasando ante él, murmullos, y poco después entreabrió los ojos, y vio ante él el rostro de una mujer de cuclillas, mirándole fijamente.
      -No me lo puedo creer… Esteban Alcázar…
      Él reconoció aquélla malévola voz, que ahora también estaba satisfecha.
      -El destino es una broma cruel. –prosiguió ella.
      Esteban alzó la mirada, y vio a un hombre elegantemente vestido parado de pie junto a ellos. Luego volvió la vista hacia ella, y no dijo nada.
      Isabel sonreía.

      Isaura lloraba en sus brazos. Daniel había entrado en la cocina poco después de que Esteban la hubiese abandonado. Sentado en una silla a su lado, la arropaba entre sus siempre acogedores brazos.
      Cuando ella se hubo desahogado, se apartó suavemente, y se pasó las manos por las mejillas, secando las lágrimas.
      -No sé porque le dije todo eso… -murmuró ella. –En realidad, no lo siento.
      -Estás herida, y asustada. Sobre todo lo segundo. Llevas todo el peso, Isaura, y sería más fácil si le contaras que estás embarazada. –habló serenamente Daniel. –No puedes dejarle ir, y lo sabes. Le quieres, y vas a tener un hijo. No puedes apartarle, y seguir con tu vida como si no pasara nada.
      -No volverá a buscarme. –sollozó Isaura. –Se lo pedí, se lo exigí…
      Daniel la miró, y sonrió. Luego, cogió una de sus manos, y se la acarició.
      -¿Qué? –preguntó ella.
      -No es la primera vez que le ordenas que se aparte de ti. Y nunca ha sido capaz, no creo que ahora lo haga.
      -Tu primo es muy orgulloso, Daniel. Y esta vez he sido firme. –repuso Isaura.
      -Me temo que en cuestión de orgullo, Isaura, vais igualados…

      -Eres la mujer más linda que he visto… -le dijo él en cuanto la vio entrar en la cocina para el desayuno.
      -Lo dices sólo porque me quieres.
      -No, no… el afecto no tiene nada que ver en esto. Claro, que tienes a quién parecerte. Y no me refiero sólo a tu madre. –comentó Juan.
      Ana, por primera vez en meses, se había despertado con una sonrisa en la cara. Su padre le había hecho mucha falta.
      Su prima Estefanía estaba ya sentada al lado de Dolores, y habían servido el café y los zumos.
      -Siempre llega tarde. –comentó Estefanía sobre Ana. –No sé como lo hace…
      Ana le sonrió, y se sentó junto a su padre.
      -Lo bueno, Estefanía, siempre se hace esperar.
      -Quizás por eso tienes a ese hombre detrás de ti. Está realmente entusiasmado contigo, no hay más que verle. Será porque le haces esperar. –soltó Dolores, con la misma naturalidad que tenía para hablar de todo.
      Ana deseó que su padre pasara el comentario por alto, pero por supuesto, su padre seguía siendo el mismo de siempre.
      -¿Qué hombre? -inquirió él.
      -Nicolás… ¿cómo se apellida? –le preguntó Dolores a Ana. –No lo recuerdo…
      -¿Está entusiasmado contigo, Ana? –siguió Juan.
      -No, son… cosas de Dolores. –contestó ella, a regañadientes.
      -En San Pedro parecías gustarle. –insistió Juan.
      -Oh, y le gusta…. Si hasta la llevó a la ópera la otra noche. –completó Dolores.
      -¿Cómo? –musitó Juan.
      -Sólo somos amigos.
      -Si a él le gustas, no sois sólo amigos. –replicó Juan, molesto.
      Ana se mordió el labio inferior, y bebió un sorbo de su zumo de naranja. No quería seguir hablando de aquello.
      -¿Entonces luego que quieres hacer, papá?
      -Ana, no hagas lo mismo que hace tu madre para cambiar de tema. –se enojó Juan.
      Ella se rió, y le dio un beso en la mejilla.
      -No quiero cambiar de tema, es que no hay nada más que decir. –replicó Ana, convincente.
      -Sé cómo eres, pero algunas cosas hay que hacerlas bien. Recuérdalo. –continuó Juan.
      -Lo haré, papá.
      Juan suspiró, y dio un mordisco a su bollo. Tragó, y luego habló.
      -Lo primero que quiero hacer es ir a visitar a Alejandro, y llevarle la carta de su abuelo. ¿Crees que estará en casa?
      -Por la mañana no creo. Quizás no esté hasta la noche. –respondió Ana, tensa.
      -Entonces pasaremos el día viendo la capital, y en la noche, visitaremos a Alejandro. –resolvió Juan.
      -Está bien…

      Esteban abrió los ojos lentamente. Le dolía tanto la cabeza que creyó que le iba a estallar. Tardó unos segundos en recobrar el sentido de la realidad. Estaba desnudo bajo las sábanas, y entonces lo recordó todo. Cuando se giró, ella estaba allí, caliente, próxima, y tan desnuda como él.
      Estaba despierta, y le miraba, complacida por todo.
      -Ha sido una noche increíble… -habló ella. –Lástima que estuvieses borracho. Aunque al menos no tanto como para no poder hacerlo.
      Esteban se incorporó, con cierta dificultad, todo su cuerpo se resentía.
      -No recuerdo… ¿Qué fue del hombre que nos acompañó hasta aquí? –preguntó.
      -Ah, mi amigo nos dejó en cuanto se lo pedí. –respondió Isabel, y sonrió, largamente. -¿No te parece una pensión muy acogedora?
      Ella estiró una mano para acariciarle el pecho, y él se apartó, bruscamente.
      -Anoche no estabas tan esquivo. –comentó Isabel.
      -Anoche las cosas eran diferentes. –replicó él, molesto. –Y nunca debió pasar esto.
      -No estoy de acuerdo. –dijo ella. -¿Es por esa criadita?
      -No la menciones. Tú no le llegas ni a la planta de los pies.
      Esteban se levantó, y se puso los pantalones. Acto seguido, se inclinó sobre Isabel, y le cogió la cara con ambas manos, apretando sus mejillas.
      -Ni se te ocurra decir una palabra de esto. –le advirtió.

      Rosa salió al jardín con uno de sus libros preferidos, el día era soleado y ligeramente templado. En vez de escuchar a su madre hablar de su futura boda, optó por salir a disfrutar un rato del sol y la lectura.
      Se sentó sobre uno de los escalones, y abrió el libro. Oyó pasos, y notó la cercanía de alguien. La mirada de alguien sobre ella. Alzó la vista, y se encontró con Ángel, parado allí y mirándola sin ningún tipo de disimulo.
      Era la primera vez desde que le conocía, e incluso la primera vez desde que se habían prometido, que los dos coincidían a solas. Todos sus encuentros habían sido vigilados por la atenta mirada de sus padres, y nunca habían compartido más de dos frases o sonrisas amables, educadas, y frías. Eran dos extraños.
      Rosa se sorprendió al darse cuenta de que era guapo.
      -¿Qué? –preguntó ella.
      -Así que te gusta leer. –observó él. –Casi siempre te veo leyendo algo, o buscando entre los libros de tu padre.
      -Me gusta aprender.
      -Todas las mujeres son curiosas.
      -No me refería a eso. –protestó ella.
      Ángel sonrió para sí, guardando lo que pensaba.
      -Eres sólo una niña. –murmuró al pasar por su lado, dándole una palmadita en la cabeza, que Rosa se tomó como una ofensa.
      Se puso en pie acto seguido, y replicó.
      -No soy ninguna niña. –dijo en alto, lo que hizo que Ángel se detuviera. –Y voy a ser tu esposa.
      -No sabes nada de la vida. –prosiguió él. –Ni de las relaciones, ni de los hombres…
      -Aún así me has aceptado. –repuso Rosa, resuelta. –Puede que yo no tenga mucha experiencia, pero eso no te da derecho a tratarme con esa prepotencia. Si quiero aprender de alguien, lo haría de Alejandro, él sí es un hombre lleno de sentimientos y sabiduría, lo dicen sus ojos. Tú, en cambio, proyectas frialdad en cada gesto.
      Ángel se quedó petrificado ante aquél discurso. Era la primera vez que hablaban, y se habían agredido mutuamente. Él sabía que era una niña impertinente y hasta cierto punto rebelde por lo que sus padres le habían comunicado, pero esperaba encontrarla sumisa ante él. No buscaba amor en Rosa, tan sólo una esposa de cara a la sociedad.
      El amor lo había ocupado ya una vez Carolina.
      Sonrió, sorprendido. Se acercó a ella, y alargó una mano, tocándole uno de sus bucles rubios.
      -Eres como una muñequita de porcelana. Diseñada para cumplir un papel, como tantas otras. No eres diferente a las demás, y nunca lo serás para mí. –le dijo, secamente.
      Rosa se sintió tan humillada como nunca antes en su corta vida. A sus diecisiete años su orgullo se hería con suma facilidad, y sus sentimientos eran aún más frágiles. Así que levantó la mano, apartó la suya, y salió corriendo.
      Entró en el despacho de Alejandro sin pensarlo, y antes de que él pudiera reaccionar, le abrazó.

      Esteban buscó a Isaura en la casa de Meche y el Tuerto. Era pronto por la mañana, y tenía la esperanza de encontrarla sola. Había dejado a Isabel en la pensión, y había vuelto a Campo Real con pesar de conciencia a cambiarse de ropa.
      Pese a la discusión del día anterior, sabía que no podía renunciar a ella. Y no lo haría.
      Tocó en su puerta varias veces hasta que por fin ella le oyó, y salió a abrir. No le esperaba y él lo vio en sus ojos. Se miraron durante unos segundos.
      -¿Puedo pasar? –preguntó Esteban.
      Isaura asintió con la cabeza, seria y callada. Él la miró de arriba abajo. La notó pálida, como si estuviese algo enferma, y aún así, la deseó con la misma intensidad de siempre.
      Esteban pasó al interior. Él llevaba el pelo mojado, y un traje nuevo, que resaltaba su gran atractivo. Isaura no entendía porque él le resultaba tan cautivador llevase lo que llevase puesto.
      Esteban comprendió en cuanto entró en aquella casa lo diferente de sus vidas. Apenas tenía un par de cuartos, era pequeña, limpia, y tan austera, que rápido entendió todos los complejos y en cierto modo, miedos de aquella mujer.
      Después de un rápido vistazo, se fijó en ella.
      -Has llorado. Tienes los ojos rojos. –observó él.
      -No es para menos, después de lo que pasó ayer.
      -Fuiste tú quién me dijo todas esas cosas…
      A Isaura le temblaba la voz, quería llorar. Esteban estaba molesto, dolido, y no iba a ceder un milímetro, o eso pensaba ella.
      -Estaba ofuscada, nerviosa… -trató de justificarse.
      -Yo también lo estoy. Y no por eso he pensado en dejar todos nuestros planes de lado…
      Isaura se acercó a él, tímidamente, y le acarició el pecho con una mano.
      -¿Podrás perdonarme? –preguntó ella.
      Esteban la miró, y se acordó de cómo había pasado él la noche. Sonrió, con dificultad.
      -Sólo quiero que estemos juntos. –contestó él. –No lo dudes.
      Isaura asintió con la cabeza.
      -¿No vas a besarme? –preguntó, turbada.
      Él se inclinó, y le dio un dulce beso en la frente.
      -¿Prometes esperarme y apoyarme hasta que resuelva mi situación familiar? –preguntó Esteban.
      -Eso no tiene fácil solución. –opinó ella. –Y hay algo que debemos hablar. Pero prometo apoyarte, cariño…

      Alejandro posó los papeles que llevaba en la mano, y acarició con una mano la espalda de la muchacha. Rosa se había apretado a él, y se separó dos minutos después.
      -Estás apunto de llorar. –observó él, cuando pudo verle la cara.
      Rosa se apartó, abrumada, y sonrió.
      -Siento haber sido tan impulsiva. Es otra de las cosas que mis padres intentan corregir en mí…
      -¿Estás disgustada por algo?
      -No quiero casarme. No con Ángel. Bueno, ni siquiera sé si con alguien… -titubeó Rosa.
      Alejandro se rió.
      -Bueno, es un problema, sí. ¿Por qué no se lo cuentas a tus padres?
      -No me escucharían. –explicó ella. –Sólo me casaría con alguien como tú. Pero tú ya estás casado.
      Alejandro ya estaba acostumbrado a la absoluta sinceridad de Rosa, así que no se sorprendió.
      -Puedes darle tiempo a tu prometido, y sino, hablar con tus padres… hay muchos hombres mejores que yo, y que estarían locos por casarse contigo. –habló él, con un tono casi paternal.
      Rosa se encogió de hombros.
      -Ángel es un patán. Y no es que me gusten los hombres educados, simples, y vacíos… pero no me gustan tan fríos, y… estúpidos.
      Alejandro se volvió a reír, más alto. Aquella chica era realmente graciosa cuando hablaba.
      -Poco a poco, Rosa. –aconsejó Alejandro, ya serio. –Poco a poco, date tiempo. Y si sigues pensando lo mismo de él, no te cases.

      Isaura estaba más tranquila dentro de su propio nerviosismo. Tenía que hablar con sus padres, y decirle a Esteban que iban a tener un hijo, y nunca encontraba el momento adecuado. Y cada vez se sentía peor, comía peor, y toleraba peor las comidas. Intentar ocultárselo a su madre, ahora que volvían a vivir juntas, era prácticamente imposible.
      Y allí estaba de nuevo, trabajando en la casa de Juan y Mónica, sin Ana. Su único apoyo era Daniel, y estaba casi todo el día en Campo Real.
      Estaba barriendo la cocina de la casa, cuando alguien abrió la puerta y entró sacándola de sus pensamientos.
      -¿Azucena? –preguntó, y entonces se volvió.
      Su expresión cambió al verla allí, junto a la puerta, mirándola con todo el odio y la satisfacción del mundo.
      -Usted… -murmuró Isaura, atónita.
      -Esta no es una visita de cortesía. –habló Isabel, tan increíblemente hermosa como siempre, y entonces levantó una mano, y le enseñó la chaqueta que llevaba. –Me dijeron que estarías aquí, y pensé que tú podrías devolvérsela a Esteban…
      Isaura tragó saliva, y sintió como violentamente un calor visceral le subía a la cabeza.
      -Esa chaqueta la llevaba ayer Esteban… ¿cómo es que la tiene usted? –preguntó Isaura, sabiendo ya la respuesta.
      Isabel dejó la chaqueta sobre la mesa, y sonrió.
      -Puedes preguntárselo a él. O puedes deducirlo tú misma. Creo que ya eres lo suficientemente mujer como para saberlo… -le espetó.

      Ana se plantó con su padre en casa de Alejandro al anochecer. Habían paseado por toda la capital durante el día, y había llegado la hora.
      Era una casa tan grande que Ana sintió un ligero vértigo cuando la vio. Fue su padre quién cruzó la verja, y llamó a la puerta, decididamente.
      Unos segundos más tarde, una de las criadas abría la puerta, y les miraba, desconfiada.
      -Venimos a ver a Alejandro. –expuso Juan, rotundo.
      -Querrá decir al señor Alejandro.
      -No para nosotros, somos su familia. –le espetó Juan.

      La criada siguió analizándoles con la mirada.
      -Esperen un momento. –dijo mientras entraba de nuevo en la casa.
      Ana miró a su padre.
      -Quizás sólo deberíamos dejar la carta, papá. –sugirió Ana.
      -No seas ridícula. –contestó Juan.
      Unos minutos más tarde, volvieron a oír pasos, y entonces Carolina apareció ante ellos. A Ana se le heló la sangre, pese a haberla visto hacía tan poco. Carolina clavó sus ojos en ella.
      -Ah, vosotros… -murmuró, realmente fastidiada. -¿Qué tal, Juan? No le había visto desde la boda…
      -Bien, bien., gracias. –respondió Juan educadamente. -¿Podemos ver a Alejandro?
      Carolina sonrió, maliciosamente.
      -Claro, pero tendréis que esperar unos minutos para que se vista, nos habéis sorprendido en uno de esos momentos románticos de los recién casados… -soltó ella, sin ningún pudor.
      Ana enrojeció, y su padre no se dio cuenta.
      -Pasad, por favor… -pidió Carolina, abriendo del todo la puerta.
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