| Original Message |
Cris (Acceso crispires) Moderadoras Posted May 1, 2008 3:32 AM
Daniel e Isaura se ayudaron a vestirse mutuamente. Cada uno abrochaba los botones de la camisa y la blusa del otro, respectivamente. Estaban en silencio. Cuando él abrochó el último botón del blusón de Isaura, que ella se había puesto con una falda más sencilla, acercó su nariz a la de ella y se la rozó suavemente.
Isaura le sonrió, y tras algunos titubeos, se abrazaron. Ella suspiró largamente al separarse de él.
Daniel tenía dentro de él millones de sensaciones. Estaba totalmente impregnado por el aroma de Isaura, por la calidez de su cuerpo, por su textura, por el color de su piel, por sus pechos preciosos, por sus piernas delgadas, por sus ojos… todo estaba en él.
-Daría lo que fuera por saber en qué piensas ahora. –habló ella.
-En ti… ¿en qué más? Y que aún no me creo esto.
Isaura se encogió de hombros.
-Yo tampoco. –reconoció. –Todo este viaje ha sido… mágico.
-Y… ¿estás arrepentida de algo?
Isaura se puso de puntillas y le besó en la boca.
-No. –contestó. –Ya te he dicho… que te quiero. Y eso no cambia así como así.
-Me gusta oírlo.
Isaura se rió, y puso sus brazos ambos lados de su cuello.
-Pues te quiero, te quiero, te quiero, te quiero… -repitió.
-Y bueno, no es que me preocupe excesivamente, y supongo que es una cosa de hombres, pero… -intentó exponer él, con dificultad.
-¿Qué?
-Pues… ¿cómo… estuve? –preguntó, avergonzado. –Porque ya sabes…
Isaura sonrió, divertida, al verle sonrojado.
-Estuviste bien.
Él asintió con la cabeza.
-No soy un experto amante… no soy como… bueno, ya sabes. No hace falta que le nombre. –dejó caer Daniel, con inseguridad.
-Dani… fue muy bonito. –dijo ella. –No cambiaría nada de lo que sucedió ayer. Y tú estuviste perfecto… y muy tierno. No dejo de recordar tu ternura.
Daniel se inclinó sobre ella, y buscó sus labios. Un beso largo, delicioso, húmedo, intenso. Un beso de amor.
Los cuatro, además de Marcela y el bebé, iban juntos en aquél tren, de regreso a San Pedro.
Ana era ciertamente observadora, pero aquello pudo haber sido percibido por cualquiera. No podía apartar la vista de su hermano y su esposa, ellos estaban diferentes. Seguramente intentaban disimularlo, pero era evidente.
Daniel e Isaura se sonrían, se miraban de forma cómplice, aprovechaban cualquier oportunidad para rozarse, y sus manos jugueteaban tranquilamente en el asiento. Los ojos de ambos tenían un brillo especial. Sí, definitivamente, Ana supo que algo había cambiado entre ellos. Y se sintió aliviada y feliz al imaginar lo que era.
Al bajarse en la estación en San Pedro, todos se sentían cansados por el viaje. Dejaron a Marcela con el pequeño Gabriel en la casa para que descansasen, y fueron todos a casa de Mónica y Juan para saludar, y en el caso de Ana, instalarse.
Les abrió la puerta Mónica, que sonrió inmediatamente al ver a sus hijos. Entraron los cuatro, y se quedaron en el recibidor. Mónica besó a Ana, Isaura y Daniel con afecto, y luego saludó educadamente al que iba a ser su yerno.
-¿Recibiste la carta, mamá? –inquirió Ana, algo nerviosa.
-Sí, cariño… -contestó Mónica, sonriendo. –Pero como el correo es más lento que las personas, recién ayer nos enteramos…
Ana comenzó a moverse por la estancia, intranquila.
-Y papá, ¿qué opina?
-Bueno, le sorprendió algo, y quiere hablar contigo, pero en principio no hay inconveniente. –le comunicó Mónica.
Nicolás las miró, y decidió intervenir.
-Yo debo de ir a instalarme a la pensión del pueblo, mientras acomodan algo la casa que iba a ser de mi hermana, y en la que viviremos Ana y yo. Supongo que ella le contó en la carta. Me gustará acostarme un rato a descansar, y así las dejo hablar. –comentó él, y se encaminó hacia la puerta.
-Muy bien… -aceptó Mónica, y añadió, antes de que saliese por la puerta. –Ven a cenar… me gustaría teneros a todos para la cena.
Nicolás asintió con la cabeza, y salió de la casa. Entonces, Isaura tosió, y habló también.
-Yo voy a la cocina, estoy ansiosa por ver a mi madre… -confesó, retirándose.
-Bueno, mis dos muchachos, ¿qué tal por la capital? –les preguntó Mónica.
-Bien, mamá, cansados de tanto ajetreo, pero en el caso de Isaura y yo, nos hemos divertido. –explicó Daniel.
Azucena pasó por el lugar, apurada.
-¡Azucena! –la llamó Mónica, y ella se detuvo. -¿Dónde vas?
-Iba apurada al mercado, a Meche se le olvidó comprar…
-¿Hiciste lo que te pedí? –la interrumpió Mónica.
-Sí. Ayer fui a buscar a última hora a la señora Mariana pero no se encontraba en la casa. – respondió Azucena, encogiéndose de hombros.
-Por favor, Azucena, insístele… quiero que venga a verme, es urgente.
Azucena asintió, y salió por la puerta a la calle.
Ana dirigió su mirada a su madre.
-¿Urgente? –inquirió.
-Bueno, tengo que decirles que te casas. En fin, supongo que Juan ya se lo habrá dicho a primera hora de hoy a Don Noel, pero quiero hablar con ella. –se explicó Mónica. –Porque supongo que Alex no lo sabe.
Daniel se giró hacia su hermana.
-¿No se lo has dicho a Alex? –comentó sorprendido, y sonó a reproche.
-Bueno, no he tenido ocasión de verle. –se justificó Ana. –Tampoco es tan grave…
Isaura abrazó a su madre fuertemente. Meche sonrió al tener a su pequeña allí. Se separó, y le acarició la cara afectuosamente.
-Hay que ver que guapa estás. –la piropeó su madre.
Isaura le devolvió la sonrisa.
-¿Te ha ido bien por la capital? ¿Cómo está mi nieto precioso? –la interrogó su madre, volviendo a sus quehaceres, y troceando una cebolla con un cuchillo mientras se oía el hervir de las cazuelas.
-Bien… todo bien. Gabriel está perfecto.
-Tu padre os ha echado mucho de menos… tiene unas ganas terribles de ver al niño… no ha hecho otra cosa sino quejarse de vuestra ausencia. –le contó Meche.
-Pero si sólo ha sido una semana… -repuso Isaura. –Aunque yo también os he echado de menos. Y seguro que vuestro nieto consentido también.
Ana entró en la cocina, casi corriendo. Seria, miró a Isaura.
-Ven a mi cuarto, ahora, por favor. –ordenó, yéndose de nuevo.
Meche observó a su hija.
-Ana parece… dura contigo. –opinó. –Ahora que eres su cuñada, pareces más su criada, ¿no?
Isaura se sintió apenada porque su madre notase aquello. Ana nunca la había tratado como una criada, pero sabía que todo había cambiado a raíz de la boda con Daniel.
-No es así tampoco, mamá. –refutó Isaura.
Meche hizo una mueca.
-Tienes razón, cariño. –aceptó. –Ha sido sólo un comentario… ay, ¿he dicho ya lo preciosa que estás?
-Mamá, por favor…
-Es cierto. El matrimonio te ha cambiado, Isaura. –prosiguió Meche.
-Como a todas, supongo.
-No, te veo… mucho más guapa que antes de irte. –agregó Meche. –Tal vez, más contenta.
-Me hizo bien el viaje. –dijo Isaura. –Pero sigo siendo la misma niña insegura y torpe que se escondía tras tus faldas en esta cocina, mamá. Sigo siendo la misma.
Ana dio vueltas por su habitación, incapaz de deshacer la maleta y guardar la ropa en el armario. Tanto como amaba su casa y San Pedro, aquél regreso la turbaba demasiado. No quería estar allí, no. Quería huir, salir corriendo, y eso no era bueno.
Su boda sería el fin de semana, y aunque intentaba olvidar las palabras de Isaura, era cierto que las había tenido en cuenta. De todos modos, ¿qué otra opción tenía? La única persona del mundo con quién deseaba estar, no sería jamás para ella. Y Nicolás era… bueno, lo mejor que podría encontrar. Además, le gustaba, y eso era una buena base. No debía de estar tan nerviosa, tan atolondrada. Ya estaba. Se iba a casar, olvidar y empezar de nuevo. Y estaría bien.
Tocaron a la puerta. Sería Isaura. Se aclaró la garganta, y la mandó pasar.
Isaura asomó, algo acobardada.
-Dime Ana, ¿qué quieres?
Ana le sonrió, y ella apreció cierto cariño en el gesto.
-Acércate, tonta.
Isaura obedeció, hasta quedar a pocos pasos de su amiga.
-Quería preguntarte algo que no he podido preguntarle a él... a mi hermano. –expuso Ana. –Os noté… diferentes en el tren, en todo el camino de regreso. ¿Ha pasado algo nuevo entre vosotros?
Isaura sonrió, y ladeó la cabeza, tímidamente. Asintió.
-¿En serio? –inquirió Ana.
-Sí… ha pasado, Ana. –confirmó Isaura. –Ahora soy su mujer, de verdad.
Ana abrió la boca, atónita, y volvió a cerrarla. En un impulso, la abrazó.
-Cuánto me alegro… -murmuró Ana. –No me lo puedo creer… nunca pensé que esto pudiese pasar…
-Nosotros tampoco. –reconoció Isaura.
-Dios, no me lo creo… ¿entonces quieres a mi hermano?
-Sí, Ana, le quiero. Me he enamorado de él.
Ana se llevó una mano a la cabeza.
-Nunca pensé… gracias a Dios… ¿cómo?
-¿Y cómo no? –respondió Isaura. –Es un hombre tan bueno, tan dulce, y guapo, e inteligente… me ha cuidado y respetado tanto que… era imposible no sentir nada…
-Me alegro, Isa. Pero no sabes cuánto. Al final, de todo esto, ha salido algo bueno.
Isaura guardó silencio. Algo le rondaba la cabeza, pero no se atrevía a decirlo.
-¿Qué te ocurre? –se interesó Ana. –Quiero que sepas que lamento en cierto modo mi dureza contigo, lo que te dije… sólo fui sincera, intentaba protegeros a todos de un desastre… intentaba hacer lo correcto. Pero nunca he dejado de quererte, Isaura. Por eso fui tan dura, quizás. Eres, y siempre has sido pese a la distancia y lo alejadas que hemos estado, mi mejor amiga.
Isaura le sonrió, aliviada.
-Gracias, Ana. Yo siento lo mismo… pero no es sólo eso.
Ana la escrutó unos segundos con la mirada. Y entonces se dio cuenta.
-Mi primo… claro, es eso. –dedujo. –Temes que venga a mi boda, ¿cierto?
-Sí, no puedo evitarlo.
Ana suspiró.
-Bueno, tranquila. Mi madre acaba de decirme que no lo hará, que no va a venir. Mi tío Andrés le avisará, pero Esteban ya ha dicho que por ningún acontecimiento volverá aquí. No por el momento. Que si yo me caso con mi novio, me deseará lo mejor, pero que está muy ocupado allí. –la informó. –De modo que mi tío le avisará, pero ya sabemos que no vendrá.
Isaura se quedó callada, sin contestar. La tensión que sentía se había evaporado al saber que él no regresaría. Pero sí, aquello no dejaba de suponer una pequeña decepción.
-¿Creías que… qué volvería sin dudarlo para verte, no? –añadió Ana, al ver la cara de su amiga.
Isaura se encogió de hombros.
-No… prefiero que no venga porque… prometí hace algún tiempo que cuando regresase, le contaría que Gabriel es su hijo. Y ahora que soy feliz con Daniel, supondría un nuevo caos, más problemas y desasosiego… así que me alegra que aún no tenga intención de volver. –contestó ella, en voz baja.
-Ya. – musitó Ana, poco convencida. Sabía que Isaura se había enamorado de Daniel, sin lugar a dudas… pero también sabía que Esteban seguía produciendo en ella algún tipo de resquemor. Aún era importante, aún la atormentaba. Era inevitable.
Mariana entró en la casa de Mónica realmente nerviosa, sin poder disimularlo. Mónica le mandó servir un té caliente, y las dos amigas se acomodaron a solas en un sofá, juntas.
Mariana se quitó los guantes, y sintió el calor de la taza de té en sus manos. Bebió un primer sorbo, y habló.
-Azucena me dijo…
-Lo sé. Mandé a buscarte ayer, pero ella no te encontró. –dijo Mónica.
-¿Este fin de semana? ¿Cómo tan pronto? –preguntó Mariana, perpleja.
-Qué puedo decirte… conozco a mi hija y creo que intenta poner un muro definitivo entre ella y Alex. Seguir con su vida.
-¿Crees que ama a ese hombre?
Mónica negó con la cabeza.
-Ay, no lo creo… pero no se puede saber. –respondió Mónica. –Ana estaba tan enamorada de tu hijo y le costaba tanto fijarse en Nicolás que… lo veo poco probable.
-¿Entonces crees que se casa por despecho?
-Tampoco creo que sea eso. –opinó Mónica, confusa. –Conozco a Ana, y no creo que pudiese hacer algo así. Creo que estima a su novio, le gusta… lo que sea.
Mariana tomó aire.
-Qué problema tan terrible, mi Alex aún no tiene el divorcio, pero está apunto de lograrlo. Sus abuelos y su padre no saben nada al respecto, aún. Y tu hija se quiere casar este fin de semana… ¿no podéis atrasarlo?
Mónica titubeó.
-No lo creo… sabes lo testaruda que es Ana, es igual que su padre. Cuando algo se le mete en la cabeza… -Mónica hizo una pausa. –Por eso quería que vinieses aquí, avisa tú a Alex, es el único que puede hacer algo.
Mariana entreabrió la boca, vaciló, y luego prosiguió.
-Pero… pero si no tiene el divorcio… ¿qué harían los muchachos? ¿Estás de acuerdo en qué estén juntos de ese modo?
-Bueno, -repuso Mónica. –en esas circunstancias no… pero si tienen una oportunidad, que mi hija se case con el que no es el amor de su vida, no me agrada… quizás puedan esperar juntos a que todo se solvente…
-Uff… Marcelo montará en cólera. –comentó Mariana. –Para él, estas no son formas de hacer las cosas.
-Para mí tampoco pero… -Mónica hizo una pausa, de nuevo, pensativa. –He visto sufrir mucho a mi hija, y tras pensarlo mucho… si nuestros hijos tuvieran una posibilidad de hacer las cosas bien… no sé. Avisa a Alex.
Mariana asintió con la cabeza un par de veces.
-Le mandaré un telegrama hoy mismo. –afirmó. –Pero he perdido la dirección de su hotel, tendré que escribirle a la casa en la que trabaja, espero que le llegue sin problema.
Daniel abrazó a Isaura por detrás, tomándola por la cintura. Isaura se volvió hacia él, sonriente.
-Marcela dice que la comida está lista. –dijo él, sin soltarla.
-Gabriel ha comido también…
Daniel acercó sus labios al cuello de Isaura, y se lo besó, haciendo que ella se estremeciese.
-Tengo ganas de… -habló él, y dejó morir la frase.
Isaura le miró, y descubrió sus ojos azules más cálidos que nunca. La abrasaban.
-Yo también. –tartamudeó ella, le faltaba el aliento.
-Me costará mucho ir a Campo Real a trabajar. No quiero ir.
-Jamás has sido perezoso para el trabajo.
-Ahora sólo pienso en una cosa… todo el día, desde lo que pasó… sólo quiero repetirlo… estás en mi cabeza constantemente… no dejo de verte desnuda y cercana y…
Isaura se había puesto roja como un tomate. No se imaginó que él pudiese ser así.
-Dani… -murmuró, a modo de queja, pero en el fondo encantada. –Esto me da vergüenza…
Daniel la sonrió, tiernamente, y la besó en la comisura de los labios.
-No la sientas. No tienes por qué. –contestó.
Isaura clavó sus ojos en la boca de su marido, y asintió, distraída.
-¿Quieres besarme, verdad? –preguntó él.
-Sí… -susurró ella.
Daniel la giró entre sus brazos, para acomodarla, y la besó en la boca. Ella gimió, complacida.
La cena transcurrió sin mayores novedades. Allí estuvieron, como habían prometido, su hermano e Isaura, y Nicolás. Juan preguntó mucho acerca de los planes de los futuros esposos, y Ana sabía que tenía una conversación pendiente con su padre.
Cuando se encerró en su recamara, estaba realmente agotada de todo aquél día. Vio el pequeño baúl de los recuerdos a los pies de su cama, y estuvo tentada de abrirlo.
Allí guardaba muchas cosas de la familia, de su infancia… y toda la correspondencia que durante cinco años había mantenido con Alejandro.
Sacudió la cabeza, no quería pensar en él. Se cambió de ropa, se puso su camisón, y su bata. Se cepilló el pelo, y entonces Juan llamó a su puerta. Ana le abrió, y le abrazó entre la puerta.
-Mi niña… -susurró Juan a su oído. –Mi niña se casa… no sabes qué sorprendido se ha quedado Don Noel… te veía tan independiente que…
Ana le dio un sonoro beso en la mejilla.
-Pasa, papá.
-No, bueno, no te entretendré mucho, tienes que descansar del viaje. –replicó él.
-Bien, dime. Sabía que querrías hablar conmigo.
-Bueno, -comenzó Juan, sonriendo. –Es lo obvio… sólo quiero saber que quieres a ese hombre, y que este matrimonio te hace feliz… si es bueno contigo, si confías en él y si de verdad quieres estar a su lado para siempre. Porque para que un matrimonio resista y sea feliz para siempre, tiene que haber mucho amor y respeto. Y paciencia, también, el uno con el otro…
Ana intentó mostrarse tan segura que su padre pudiese ir a dormir tranquilo.
-Sí, papá. –contestó. –Claro que es bueno conmigo, me conoce, soporta el carácter Alcázar… que no es fácil muchas veces…
Juan se rió al oír aquello.
-Y también le quiero lo suficiente para casarme. –añadió ella. –Así que, esta boda me hace feliz.
Juan aceptó aquello.
-Si es bueno para ti, lo será también para nosotros. –comentó él. –Buenas noches, Ana.
Ana cerró la puerta tras la salida de su padre, y se sintió agobiada por la culpa de sus mentiras, o verdades a medias.
Posó su vista sin quererlo de nuevo en el baúl. Caminó hacia él, y titubeante, lo abrió. Se sorprendió al descubrir cosas en él que había olvidado, juguetes, viejos tesoros… y el montón de cartas acumuladas. Qué lejos quedaba todo aquello, en otro tiempo, en otra época, más feliz, menos desengañada, más fácil… más tibia también. Sintió una fuerte opresión en el pecho, y quiso llorar. Se puso de rodillas, y sacó una carta al azar.
Estaba atada con un lazo rojo. La abrió, y volvió a encontrarse con la letra de Alejandro, con sus recuerdos, y la invadió una profunda nostalgia.
“Querida Ana:
La capital sigue siendo tan aburrida como siempre sin ti.
Aquél problema que te conté en la última carta, el que tuve con un profesor, parece haberse solventado por completo, quedando tan sólo en un malentendido.
No sabes cuánto te extraño… a medida que pasa el tiempo y los meses, más lejana te percibo, y sin embargo, más siento que estás conmigo a cada paso que doy. Mi casa, mi familia, la tuya… San Pedro entero, no lo puedo olvidar.
Como sabes, estoy lleno de ocupaciones, entre mis estudios y el trabajo que he comenzado para pagarme algunos gastos… la capital es cara, y aquí sino tienes dinero no puedes entretenerte ni conseguir ningún pasatiempo. Aquí no tenemos la maravillosa playa de San Pedro… ni sus atardeceres, ni el puerto de pescadores.
Pero como sabes, lo que más echo de menos, es a nosotros, juntos, lo que éramos el uno para el otro, y cómo no nos separábamos durante días enteros. Me encantaría volver a la Palapa, y a correr contigo por la playa. Echo de menos tus regañinas, tu risa y tus ojos. Tu sinceridad, que aquí me falta, mucha gente no es para nada transparente, las apariencias me rodean la mayor parte de las veces… no creo que pueda encontrar nunca una persona tan auténtica y pura como tú.
Supongo que para cuando vuelva a verte… estarás convertida en toda una mujer, igual de terca y rebelde, pero si cabe más bonita. Tus ojos, tu belleza y tu inteligencia no podrán pasar desapercibidos. Toda tú serás increíble… y tendrás millones de pretendientes… pero no importa, porque yo siempre seré el más importante y especial amigo para ti. El único que te conoce a la perfección, y que ha tenido el placer de crecer contigo. Me odiarán todos tus futuros novios… y les romperás el corazón.
Y bueno, tras mi imaginación de cómo serás en el futuro, y recordándote como añoro mi hogar, me despido. Sé que esta carta es más breve de lo habitual, pero no puedo escribir mucho más por ahora, el deber me llama.
Espero ansioso tu respuesta, y te contestaré tan pronto como pueda.
Un abrazo y un fuerte beso, Alex.”
Ana se secó una lágrima que le recorría la cara, con una mano. Cerró los ojos, abatida.
Alejandro no pudo ir a trabajar en unos días, debido a un fuerte resfriado. Feliz por tener el divorcio ya en sus manos, y totalmente curado, regresó a su trabajo. Allí se encontró con su jefe, que le comunicó que había llegado un telegrama de San Pedro, que no pudieron entregarle porque no sabían dónde se hospedaba… que habían ido a buscar a Carolina, pero que ella se había negado a colaborar.
A solas en su despacho, Alejandro leyó:” Vuelve a San Pedro, cariño, este sábado se casa Ana. Haz algo. Te quiere, mamá.”
Un golpe de angustia sacudió su estómago. Alejandro no podía creerse lo que leía. Era jueves. Tenía la feliz noticia de su divorcio, y el desastre de la boda de Ana. Una boda de la que ella no había sido capaz de informarle.
¿Debía regresar a casa y confesar sus sentimientos a una mujer que ni siquiera le había invitado a su boda personalmente? ¿Debería intervenir en una decisión que había sido tomada libremente? ¿Debía correr a buscarla y decirle lo mucho que la quería y que al fin podían estar juntos? ¿Debía ser tan egoísta? O tal vez, el orgullo se imponía… y también los celos… sí, celos, porque Ana había optado por casarse con otro hombre… y podía quererle de veras… ¿Qué hacer? |
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