Paola, si esta carta llega a tus manos, es prueba suficiente que los milagros existen, porque en verdad no tengo esperanzas que puedas leer estas líneas. Sé que las posibilidades de éxito son casi nulas. Que esta carta llegue a buen puerto, por desgracia no depende de mí. Pero no importa, yo igual debo cumplir con mi parte, que es escribirla, hacer que leve anclas y se aventure a la mar, aún a sabiendas que su destino más probable sea naufragar a mitad de camino.
Paola, soy un viejo admirador tuyo y, por más que resulte obvio, tengo que aclararte algo: no esperes de mí objetividad ni moderación. Nada de eso. Todo lo que escriba va a estar atiborrado de exageración y admiración hacia vos.
Te conozco desde hace mucho tiempo. Éramos muy jóvenes ambos, la primera vez que te vi fue en febrero de 1992 en Drácula, vos eras la atormentada Lucy. Quedé impresionado por la fuerza que le dabas a ese personaje, podía sentir su angustia y abandono. ¿Cómo el maldito conde podía jugar con los sentimientos de tan hermosa criatura?
A partir de allí, estuve en casi todos los musicales que tuvieron la suerte de poder contar con tu voz y presencia -ambas hermosas por igual-. Entonces te ví en Mi Bella Dama y en dos ocasiones en Aplausos (Estabas adorable, a pesar que la trepadora Eva Harrington no resultaba precisamente muy querible, y si algún desubicado del público te hubiera puteado, aunque fuera obvio que a la que insultaban era a tu personaje, yo estaba preparado para saltar prestamente de mi butaca en defensa tuya). Luego te fui a ver en Sueños de una noche de verano, donde eras Titania, papel que ya habías hecho antes en Puck, obra que, con mucho pesar, debo reconocer que no presencié. Aún me pregunto como pude dejar pasar esa oportunidad para verte. ¡No se va a volver a repetir!
Pero el motivo de esta carta no es dar testimonio de mi reconocimiento hacia tu talento y belleza, porque en definitiva eso no sería nada nuevo. Sólo soy uno de los tantos anónimos admiradores a quien nunca conocerás personalmente. Ya lo tengo asumido y me conformo con ser como un espejo que refleja tu imagen; lástima que vos no podrás nunca ver el reverso de ese espejo, el lado oscuro donde permanezco. Desde el escenario sólo alcanzas a distinguir a una fila borrosa de personas sentadas mirándote embelesados, hechizados ante tu magia.
La verdadera razón de toda esta parrafada incoherente es porque una tarde de casualidad, observé en el noticiero de Telefé una nota que te hacían para promocionar el reencuentro de Laura, tu personaje en Montecristo, con Santiago –el afortunado Pablo Echarri- (al respecto, reconozco que envidio muchísimo a Echarri, pero no como el resto de los hombres que lo envidian porque todas las mujeres mojan sus bombachitas al verlo. Yo no, lo envidio porque como trabajó tantas veces con vos, pudo disfrutar del trato cotidiano contigo a lo largo de todos estos años). Bueno, volviendo a esa nota, me llamó la atención que en medio de la excitación de la periodista, vos eras la antítesis, eras el equilibrio, la calma; tu imagen era muy tranquila, serena, casi diáfana.
Pero había algo que opacaba tu fulgor. Tus ojos estaban tristes. ¿Como es posible que en medio del semejante éxito de audiencia y reconocimiento de la crítica que es Montecristo, vos pudieras tener una mirada tan abatida?. Si, ya sé, son todas boludeces mías. Es posible, pero ¿Podría ser que algo te perturbe? Espero que no. Seguro que todo fue producto de mi imaginación, o simplemente estabas cansada
Nunca sabré la verdad, pero de todas formas quería escribirte porque seguro que habrá momentos en los que, como todo el mundo, te sentirás bajoneada y triste. Entonces, en esos días en que todo parece estar como el culo, me gustaría que te acuerdes que hay muchas personas como yo, que en realidad no te conocen, pero que de manera anónima te han estado acompañando, que siguieron tus pasos todos estos años (y lo seguirán haciendo), que disfrutan tu talento y te quieren ver muy feliz.
Ya nos volveremos a ver en algún teatro. Vos, radiante y etérea desde las alturas del escenario; yo, absorto e invisible desde las tinieblas de las primeras filas. Espero que ese reencuentro sea muy pronto, como diría Lucy “Apura, se veloz”