Germán Dehesa
Hamlet ataca de nuevo
Ayer hablábamos de Hamlet y hoy el melancólico príncipe exige una segunda presentación. Los que hayan leído esta obra o asistido a alguna de sus representaciones (fatalmente inferiores a su lectura) y los que cultiven la aconsejable pasión por Shakespeare y se hayan asomado a los ensayos de Jan Kott ("Shakespeare, nuestro contemporáneo") y a la magna aproximación de Harold Bloom, sabrán que Hamlet está consagrada a mostrarnos los males y los bienes que se le siguen al hombre por no escuchar lo que debe y, sobre todo, por escuchar lo que no debe. Fíjense, amados lectores: el papá de Hamlet, padre de nuestro protagonista, se abodolla, como cualquier padre que se respete, para echar una siestecita. Mientras duerme, una "mano criminal" vierte en su oído un letal tósigo y el belicoso rey de Dinamarca procede a chupar Faros. La ciencia de la época nos enseña que esto es imposible, pero a Shakespeare la ciencia de la época le viene francamente floja; él es poeta y sabe, como tú sabes, lector y ¡lectora!, que en un plano simbólico es perfectamente factible que te den la muerte con lo que secretamente vierten en tu oído. A partir de que esto ocurre, todo se pudre en Dinamarca y comienza el festival de los metiches: detrás de las paredes, de los tapices, de las columnas, siempre hay alguien oyendo lo que no le concierne. Los que actúan así -Polonio en particular- han encontrado una estúpida justificación que hoy sigue vigente: el bien del Estado. Otro dato curioso: aquellos que son escuchados de algún modo lo saben y por eso dicen puras locuras (ya me voy para mi fiesta, espero que salga bien, te voy informando de la fiesta... ¡ay, no manches!). En algún momento de la obra, Polonio, Secretario de Gobernación, se pone astuto y decide escuchar la plática entre el príncipe Hamlet y Gertrudis, su mamita que, la verdad, era harto babosa y melodramática (hay madres así). Y aquí tenemos a Gertrudis haciéndole a la mujer de madera y a su pimposho, el tal Hamletito, perorando acerca de las ratas (hagan de cuenta que estuviera dándole apoyo político al Gobernador de Morelos), metiéndole duro al Edipo con su mamá y diciendo, con ánimo de rematar: ya vi a una inch' ratota, pero ahorita la fonacotizo y ¡toma chango tu banana!, saca la espada, atraviesa un bonito gobelino y escucha ese inconfundible bultazo que producen los políticos de primer nivel cuando los ensartan: Polonio muere por andar oyendo lo que no.
Creo que todo esto viene a cuento y es pertinente a raíz de las conversaciones que han sido filtradas a "los medios" y que nos hablan de una orquestación desde el GDF (con razón AMLO sólo hablaba de beisbol) de los desmanes y tropelías de los Cadetes de Padierna (los reyes de la quebradita con su agraciada vocalista ¡La Barrales!). La pregunta que parece preocupar a todos es: ¿quién habrá filtrado esa información? No dudo que esto sea importante (yo no sé nada, pero puesto a sospechar y sabiendo cómo es ese personaje que en ambas asonadas se quedó sin su sillita y en calidad de idiota, a pesar de que tiene fama de ser rata de albañal, pero que no sabe trabajar a gusto cuando está a plena luz; sabiendo que este personaje trabajó en la etapa más sórdida de la SEGOB y conocía al dedillo los tejemanejes del CISEN, me gusta para sospechoso; pero aquí cada quien puede escribir su novela); esto, insisto, puede ser importante, pero hay otros aspectos de igual o mayor entidad. ¿Estamos dispuestos a que nuestra vida pública sea periódicamente violentada por la irrupción escandalosa de testimonios que atañen a la esfera de lo privado?, ¿existe todavía esa frontera entre lo público y lo privado y si es así, dónde acaba una y dónde comienza otra?. No tengo respuestas, sino perplejidades. Lo que sé con certeza es que en Hamlet, Dinamarca termina arrasada y con todos, ¡todos!, los señores y muchachas del poder convertidos en estorbosos cadáveres. Yo declaro mi total desacuerdo y lo hago por una razón muy simple: no admito ser espiado; es una vulgaridad y una infamia.
No, No, No, No, No...
¡Díganle que no a esa pelota!. Los Medias Rojas mordieron el polvo. Mi dolor es enorme. Mi amigo el del apodo impronunciable cuenta los billetes y sonríe. Quiero venganza. Dehesa sufre.
¿Qué Tal Durmió? CCCLXXXIX
Mañana hablamos. Adiós.
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